Las Mujeres Somos Fuertes
El té cumpleaños se iba desarrollando con toda normalidad si consideramos normalidad una mesa bien puesta, mantel bordado blanco de la época de las abuelas, tazas de porcelana y copas de cristal que nos transportaban a otros tiempos más gentiles y preciosos. La repostería casera, y el refuerzo de algunos sándwiches de miga y otras exquisiteces de la confitería del barrio, llenaban de colorido la mesa alargada donde todo parecía desbordar.
Un grupo de mujeres de distintas edades, todas hablando al mismo tiempo, todas hablando de distintas cosas y cruzando las respuestas por encima y a través de las otras con esa particularidad difícil de explicar en términos de equilibrio, que tienen las charlas de mujeres. Afuera los niños, también de todas las edades, jugaban haciendo “ki-ki-la-la” (la palabra familiar que reemplaza entre los más chicos la de “quilombo”, por una cuestión de pureza del idioma) y gritando tan fuerte como para que se los escuchara desde algún planeta lejano. En la puerta que llevaba al jardín, una tía abuela, que nunca había tenido hijos, extendía piernas y brazos con el heroico mandato de “no pasarán”. Todo fuera para que sus sobrinas, que siempre habían sido tan gentiles y amorosas con ella, disfrutaran de cierto sosiego mientras tomaban su taza de té. Aunque, a veces, alguno de los más chicos lograba pasar la barrera llorando porque “me pegó para sacarme la pelota” o “no me dejan jugar con ellas”; entraban, eran consolados por su madre que, mientras secaba las lágrimas y daba besos seguía con su charla, le daba una palmadita suave en el trasero y lo mandaba de vuelta, con una suave admonición a la tía con espíritu de maestra jardinera: “No los dejes pasar a menos que se incendie el jardín”.
El grupo era bastante homogéneo, profesionales jóvenes, entre 35 y 45 años, todas madres de familia, todas exitosas, fuertes y decididas. El resto, tres o cuatro mujeres de una generación anterior. Casi todas éramos de la misma familia y unas pocas, amigas.
Las conversaciones se fueron entremezclando, confundiendo y saliendo a flote hasta que todas llegaron a un solo cauce. El “tema”. Las mujeres del siglo XXI. Las magníficas, bellas, comprometidas, inteligentes, responsables, agotadas, confundidas, y sobresaltadas mujeres del siglo XXI.
Las mayores apenas pudimos establecer alguna comparación con lo que había sido nuestra vida, madres de familia; mujeres profesionales y no tanto, exitosas y no tanto, fuertes y decididas de la segunda mitad del siglo XX. Después, su vehemencia venció a nuestros intentos y nos dimos cuenta de que, a pesar de que todo lo que se decía era “sabido”, había entre aquellas mujeres jóvenes una carga de emoción y experiencias personales muy diferentes a las nuestras. Con gran atención las escuchamos.
Todos sus pesares fueron expuestos en aquella charla en el té cumpleaños de mantel blanco bordado, copas de cristal, tazas de porcelana que nos transportaban a otros tiempos más felices y preciosos.
Fui tomando nota de lo que estaba oyendo buscando un hilo conductor para llegar a las definiciones. Los diálogos entrecruzados fueron subiendo de tono y de volumen, la charla se hacía personal y las emociones quebraban sus propias reglas, mientras ellas coincidían en tantas experiencias similares. Algo dolía.
Al fin, una de ellas, con la voz casi quebrada, dijo lo que más la angustiaba y luego se quedó en silencio. Una tras otra fueron callando y la idea nos atrapó a todas como un amanecer de colores distinto a todos los colores.
Primera conclusión: Esas mujeres a las que la vida había situado en un plano privilegiado, estaban acongojadas. Si pudiera decirlo sin ser cruel diría que tuve la impresión de que la vida, tan generosa con ellas, sin embargo las estaba avasallando.
Las mujeres fuertes del siglo XXI gozan del ostentoso regalo de su poder adquirido en las heroicas luchas de las feministas del otro siglo siendo que, a cambio, aceptan el vasallaje que les impone una sociedad rumbosa en la que tienden a desaparecer las diferencias, las identidades, las seguridades y los propósitos nobles. Las mujeres del siglo XXI responden a estereotipos, cuanto menos, despiadados.
Ella con voz enérgica y los ojos brillantes había dicho:
“¡Lo qué más me tortura es la duda!¡Siempre tengo que decidir entre muchas cosas, no estoy segura de nada, me agota!”
Me recordó al personaje de una película de hace unos años que, escapado de un país totalitario, visita por primera vez un supermercado bien provisto y, ante la oferta de una cantidad interminable de marcas y calidades de café, se turba y se desmaya.
Dudar es estar con el ánimo perplejo y suspendido entre resoluciones y juicios contradictorios. Es abandonar la seguridad de lo conocido, dejar caer todos los escudos y avanzar por uno u otro sendero. Para dudar primero tenemos que quedar inermes, sin barreras, sin anticuerpos. Si multiplicamos esa duda en un arco inmenso que va desde la sencilla elección de una marca de cereal entre decenas de ellos en el supermercado, hasta la definición de la propia identidad y del lugar que ontológicamente ocupamos en la sociedad de la cual somos la mitad; y todo eso cada día, cada día, cada hora de cada día, el resultado es deshacer el equilibrio indispensable que nos permite vivir y convivir poniendo cada cosa en su lugar.
¿Y, dónde genera tanta duda? Hoy tiene tres patas
a) El relativismo
b) Los estereotipos
c) Los mandatos inflexibles de la sociedad.
¿En qué se asienta?
En la Ansiedad.
Uy! Otra taza de té caliente y un trozo de torta de manzana para hacer más llevaderos estos pensamientos que nos van poniendo frente a un precipicio de emociones, casi no queremos saber….
La sociedad en la que vivimos tiene, como todas, juntos y separados, los gérmenes de su supervivencia y los de su maldición. Técnica y ciencia desbordadas, mejoras para la vida de los hombres, bienes en cantidad, un mundo interminable a sus pies es lo magnífico, y su precio: la Ansiedad como el pivote indispensable para que siga existiendo.
La Ansiedad es un estado de intranquilidad, zozobra, inquietud, de extrema aflicción por un bien que no tenemos. Tan íntima es la ansiedad a la sociedad en que vivimos que no podría ésta sostenerse sin aquella. El mundo actual se nos presenta como un banquete extendido que nos muestra lo que podemos tener y nos miente sobre lo que no podemos tener. Nos confunde sobre todo cuando nos presenta, como valioso y con la misma entidad, lo que es y lo que no es valioso. No sabemos entonces qué elegir.
Otro tema es que entre tantos bienes exagerados, relumbrantes y tentadores nos falta entender que no son para todos. Ni la juventud es eterna, ni el talento es universal, ni el nacimiento igualitario. Toda esta confusión está abonada por un relativismo a ultranza que nos hace creer que todas las cosas no son como son, sino como queremos que sean. Un voluntarismo que se lleva hasta la última resistencia de estas maravillosas mujeres que a esta altura no tienen bien definidas las “verdades verdaderas” como las llamaría mi abuela.
El primer consejo que les daría es que si quieren tener una buena vida deben poner en orden sus prioridades; porque cuando las oigo hablar me estoy sospechando que hay una brecha muy grande entre lo que, verdaderamente, es importante para ellas y la manera que viven su vida diaria.
Les regalo una idea de madre y abuela.
Hagamos cada una, a solas, sinceramente y sin prejuicio una lista de las prioridades de su vida. Y, con el mismo cuidado nos hacemos dos preguntas básicas
¿Quién manda en mí?
¿Quién dejo yo qué mande en mí?
¡El resultado podemos no contárselo a nadie pero, debemos ser sinceras a ultranza con nosotras mismas!
La verdadera elección sería entonces tratar de ser lo mejor que podemos, y de hacer lo mejor que podemos con aquello que nos ha sido dado, con toda la libertad del mundo. Y recordando como principio que la libertad es legítima cuando se forja en el bien y en la verdad.
Lo peor que les pasa a mis amadas mujeres del siglo XXI es que en esta rara mezcla de relativismo, mandato imperioso de la sociedad en la que viven, y estereotipo de mujer que tienen grabado a fuego, están juntas pero solas con la soledad de los fuertes y la confusión de los que no saben bien quienes son.
Mientras las miro me digo que, con toda la fuerza que tengo voy a ir acompañándolas en estas reflexiones de hilachas de la vida que va tramando para ver si juntas compartimos algo más que un te cumpleaños en una tarde desapacible, con el mantel blanco bordado que era de la abuela, las copas de cristal, las tazas de porcelana y los niños gritando afuera mientras disfrutan la suerte de tenerlas por madres.
Armado el arco que relaciona a las mujeres fuertes de mi generación con las actuales, que esto sea, también, mi homenaje a las magníficas amazonas del siglo XXI.
Se han ido todas las mujeres fuertes del siglo XXI. El comedor vacío quedará desordenado hasta la mañana siguiente. El silencio se me llena de preguntas y de dudas. ¡Todavía! ¿Quién te dijo qué la vida es fácil? ¿Quién te dijo que esto te pasa a ti solamente?
Apago la luz y me voy por el corredor.
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