Como quiero que me quieran
La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito. No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto pero de una manera absoluta y, sobre todo, ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.
El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;
y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada y que alcanzaba con un tecito y un beso cariñoso, respetaron la orden implícita de dejarme sola conmigo misma, con la intuición de amor verdadero que me tienen; por el cual, a veces me dejan desprenderme de ellos y entrar en las vueltas y revueltas de mi soledad .
Por eso, cada día se turnaban para estar un rato conmigo y el resto, ¡ale!, a tu antojo! El único que está siempre es mi amigo. Pero él tiene su propia y rica soledad y sus tiempos. A los dos nos alcanza con saber que el otro está cerca, que compartimos amores y nos elegimos todos los días.
Bien desparramada en el sillón, al principio estuve desordenada y ociosa. No tenía ganas de leer, ni siquiera de pensar. La calma era igual afuera que adentro. A tal punto había llegado que ni siquiera me inquietaba ese estado. Al contrario. Había perdido el sometimiento acostumbrado que yo tengo cuando se trata de mi propia voluntad de hacer, y hacer, y sentir y comunicarme y hacer. Llegó el cansancio más claro y determinante que se hubiera metido alguna vez en mi vida. Era raro y, sin embargo, tranquilizador. Era categórico y majestuoso. Y yo lo sentía y lo observaba como si fuera ajeno, un ser distinto a mí que llenaba cada hueco de mí. Difícil de explicar. Cuando lo intento me paso de un sendero al otro y dejo correr los dedos en la máquina para que las ideas se apropien de mis emociones y yo aprenda cosas nuevas e importantes cuando creía que ya no tenía muchas oportunidades de seguir aprendiendo cosas importantes.
De la nada total, considerando que los únicos acontecimientos eran comer, mirar la TV y dormir, pasé a un estado de bienaventuranza con imágenes interiores que me distraían del entorno. ¡Y no estaba tomando ningún medicamento!
La primera imagen fue un bosquecillo raleado pero familiar que, por capricho de mi imaginación he situado en algún pueblo del sur de Alemania. Tal vez porque tenemos una anécdota muy graciosa en uno de esos lugares, una tarde de verano en la que nos perdimos en el medio del campo y, pasando por delante de una granja aparecimos en un lugar al que bautizamos el bosque de Caperucita Roja, pero sin pretensiones de lobos.
Caminé por un sendero muy amigable, al costado de un río saltarín, pequeño y presuntuoso que tenía mucha profundidad y poco ancho. El sol daba solamente sobre el agua y las riberas, ya que el bosquecillo estaba manchado de sombras muy agradables para reparo del calor. Caminábamos o caminaba yo sola, pero tengo la impresión de que dialogaba con alguien, frases cortas, destinadas sólo a llamar la atención sobre diferentes colores, olores y chispazos de luz.
Detrás de un recodo del río, anticipando otra curva, donde los árboles parecían haber crecido en altura, había una construcción de madera, clara, manchada y muy vieja, que si me apuran un poco diría que era amarilla y opaca. Una casa desproporcionada en altura y con ventanas muy pequeñas. Después me di cuenta de que era un molino. Enormes ruedas de madera engranaban desde la altura del techo hasta el cauce del río, en distintos planos y de distinto tamaño. Se movían lentamente y llenaban el lugar con un sonido monótono salpicado de trinos de pájaros y del suave eco de las plantas que se movían a destiempo.
El agua del río arrastró mi vida hacia las ruedas y moliendo, moliendo, se fue haciendo historia. Como la de todos. Inevitable, precaria y sorprendente. Sin emociones y casi sin recuerdos aparece, relumbrando, el elemento más contundente entre todos los que han hecho que yo sea ésta y no otra. ¡Hasta ahora no lo había reconocido!
Como casi todo el mundo me he pasado la vida buscando la aprobación, como mínimo y el amor como la aprobación absoluta, de los demás. Eso hacemos todos. En mayor o menor medida.
He sonreído a extraños y explicado a otros no tan extraños, cosas que no merecían ser explicadas. Me he sometido a decisiones injustas y otras que me mejoraron como persona. He cambiado de opiniones, insegura ante la convocatoria de otros. A veces eso ha sido bueno y, a veces, riesgoso. No pude desarrollar acabadamente algunas de mis capacidades porque me retiré ante la mirada de los demás y, también, debo reconocerlo, crecí oportunamente hasta lo mejor de mí misma cuando los otros me aceptaron bien.
La necesidad de la aprobación de los demás, está implícita en una escala infinita y variada que compone toda la trama del destino universal.
En esa necesidad todos somos actores y receptores. Aprobamos y somos aprobados. Amamos y somos amados. Todos. Todos. Nunca sabemos quiénes son los otros hasta que sabemos cómo nos aprueban y cómo nos quieren. Nunca los otros sabrán quienes somos hasta que descubran lo mismo.
Todos somos sujetos activos y pasivos de esa misma necesidad de aprobación. Pero con matices que distinguen a cada hombre de los otros, a cada época de las otras.
¿De dónde llega el mensaje? De los primeros y más inmediatos actores de nuestra vida. ¿Los matices? Hay quienes dan por descontada esa aprobación. Son aquellos que triunfan contra viento y marea. Los que en la cúspide del éxito dicen con toda naturalidad:
“¡Yo estaba seguro de que alguna vez iba a triunfar de esta manera!” Y todos aprobamos como si éste fuera el bendito dueño de una profecía. Como si viniera de los dioses. Tal vez porque la única aprobación que necesitaron fuera la de esos dioses.
¿Qué triunfos? Todos distintos. Algunos están anclados en el amor de la familia, otros vuelan a conquistar multitudes. En el rango más numeroso estamos los que vamos rebotando aquí y allá de a pedacitos de aceptaciones y amores.
Los últimos, los que nunca serán primeros, son los que no pueden caminar sin la aprobación de todos los demás. A los tumbos, sufriendo y haciendo sufrir a todos.
Pero todos queremos que nos quieran.
También cada uno de nosotros condiciona a los demás en esta tensión de voluntades que hacen el mundo para los hombres.
Cuando en la vida nos toca ser los actores nos hemos equivocado, a veces hasta tal punto, que no pudimos reconocer en el enojo del otro, que lo único que esperaba de nosotros era nuestra aprobación o nuestro amor según fuera el grado de relación que teníamos.
Unos con otros y de otros. Desde el Génesis. Desde el Padre. Desde nuestro padre y desde cada uno de nuestros semejantes. Aprobamos y somos aprobados. Nos aman y amamos. Con heroísmo, con displicencia, con inseguridad y con señorío. Con generosidad y con alegría.
Sigo el curso del río y llego a las piedras que fueron moliendo mi vida. Algunas cosas las hice bien, otras no tanto. De mis fracasos tengo toda la culpa si fracasé cuando no terminaba de estar convencida de mis habilidades y dudaba de mis derechos porque la no aprobación de los otros me paralizó hasta el silencio. De mis éxitos también la tengo, porque escuché la aprobación de aquellos que valía la pena escuchar y aprendí, algo aprendí de tantas confusiones. Sigue la molienda y el sonido rumoroso del río.
¿Cómo quiero que me quieran? ¡A esta altura de mi vida! Ya no de una manera especial. Quiero que me quieran con toda libertad; que me quieran porque sí. Quiero que me quieran los buenos. Los que me puedan enseñar, porque todavía tengo mucho que aprender.
Quiero que me quieran los que todavía valoran mi propio cariño hacia ellos.
No quiero que me quieran los extraños, los soberbios, los prejuiciosos, los injustos, los mentirosos.
Después de todo ya tengo todo el derecho de elegir.
El río sigue corriendo, el tiempo es infinito y corto.
Me quedo entre dormida hasta que me despierta mi amigo que viene silbando bajito por el sendero que cruje, como si hubiera escuchado mis pensamientos y estuviera de acuerdo en todo.
Le sonrío y le digo que lo amo con todo mi corazón y él me pone cara de “¡¿qué te pasa calabaza?!» Que es un viejo código familiar.
Nos quedamos en silencio mirando correr el agua hasta que la noche tiende un manto de quietud sobre la Creación.
JUSTICIA PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Reblogueó esto en Zully Poratelli.
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Que reflexión!!!!
Podés creer? que es un pensamiento muy seguido en mi, pero, en estos últimos días más, sobre todo en mi estómago y ahora te leo, siento una claridad. Gracias, hermoso y mil cariños.
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Hola Ana
Me alegra que podamos coincidir en estas cosas.
Gracias por leerme
Un abrazo
Zully
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