La Familia es un calidoscopio

26 Mar

La Familia es un Calidoscopio

Calidoscopio: «Aparato consistente en un tubo con dos espejos inclinados que multiplican simétricamente las imágenes de los objetos colocados entre ellos»

¡Qué definición escueta y sin gracia para lo que era una de las maravillas de nuestra infancia! El primer calidoscopio que llegó a mi vida venía en una hermosa caja de madera brillante; me lo dio mi padre después de elegirlo entre las cosas que habían quedado de la abuela. Él sabía que nada podría haberme gustado más que eso. Tuvo la intuición de lo que iba a deslumbrarme y la generosidad de abrirme a un mundo de sensaciones y sueños. Si agregamos las siestas de ese verano y la frescura del piso adamascado del zaguán de casa, tenemos la certeza de una niña pequeña que inventaba historias y creaba formas y colores que nunca antes  hubiera imaginado.

Hoy lo tengo ante mi vista, un poco machucado por los años pero tentador y desafiante. Lo enfoco, miro por su pequeño visor y ¡otra vez la escalada de formas inimaginables, siempre distintas y siempre bellísimas! Me estoy distrayendo justo cuando me acabo de sentar para escribir sobre la familia. Gira y gira, me parece que tiene música, busco una armonía entre el color y el sonido y finalmente ¡Descubro que la  relación era entre mi calidoscopio y la familia!

La familia es una construcción sencilla, tan sencilla que viene desde el fondo de la existencia de los hombres. Con pequeñísimas diferencias se fue construyendo siempre a partir de la fórmula inicial: un hombre, una mujer, el llamado de la especie y los hijos. Después cada cultura le fue agregando ritos y formalidades, las religiones le dieron el sustento de la trascendencia y los hombres la defendieron, intuitivamente, como el molde en el cual se fragua la identidad. Como un calidoscopio, la familia es redonda y sólida, fácilmente reconocible y al alcance de la mano de cualquiera de nosotros.  Pero, cuando nos asomamos a su interior, si sabemos encontrarlo, tiene, escondido, un mundo fascinante. Un pequeño movimiento y todos los colores vuelven a rearmarse, las formas desafían toda imaginación, aparecen matices que molestan y otros que resaltan la belleza.

Como somos seres humanos, pequeños y perdidos en el tiempo y el espacio, nos aferramos a lo que conocemos; cuando transitamos tiempos tranquilos, nos sentimos cómodos y  queremos que la familia se quede así. Hemos encontrado un dibujo que nos encanta. Queremos disfrutar, como si disfrutar fuera que todo esté siempre igual, seguro, inamovible.  La casa en orden, los hijos sanos y durmiendo cada uno en su cama, bien en la escuela, un trabajo adecuado, las cuentas pagas, unas vacaciones que se acercan, el resto de la familia grande tranquila y en paz. Cada cristal relumbra inmóvil, cada color desafía, sin alteraciones,  la definición de la belleza. El mundo es mágico y pródigo hasta que, un movimiento, a veces notable y otras, completamente imperceptible, modifica el rompecabezas de luces y las cosas cambian absolutamente.  ¿Alguien no lo ha vivido? ¿Quién movió mi calidoscopio? ¡He perdido la imagen que creía que podía retener hasta cuando yo quisiera!  Hoy nació otro hijo, cambiamos de casa, se pierde un trabajo, alguien se enferma, apareció un nuevo trabajo, hubo un accidente, nos ganamos un premio inesperado  o se fue un ser querido. Lloramos y reímos con las cosas que nos pasan, buenas y malas, a veces porque las provocamos, otras, porque la vida irrumpe, inevitable y provoca dolor o regala maravillas. El calidoscopio sigue girando y girando, arma y desarma.

Cada uno tiene una visión diferente del conjunto, cada uno prefiere éste u otro momento de nuestra familia, éste u otro gesto de quienes amamos, ésta u otra decisión ante una emergencia, ésta o la otra persona que viene a integrarse a nosotros. Aquel momento en que todos éramos chicos y jugábamos o este día más cercano en que nos dimos cuenta de que los hijos habían crecido tanto que ya no eran solamente nuestros. Cuando pudimos pedir perdón y cuando lloramos por nuestras faltas, cuando el dolor nos hizo bajar la cabeza y cuando cantamos al amor que empezaba, cuando tuvimos que volver al principio y cuando miramos alrededor con la satisfacción del deber cumplido.

A veces lo giramos vertiginosamente como para ver todos los dibujos posibles. ¿No sabemos que la secuencia es infinita e irrepetible?   ¡No entendimos que lo único inalterable es el calidoscopio!  Nuestra familia. Su capacidad para crear belleza, su adaptación a los caminos de la vida, su cerco cerrado de madera lustrada que nos contiene a todos para que no dejemos escapar los colores y las luces.

Si el calidoscopio se rompe, cada uno de los cristales resulta ser un insignificante pedazo de vidrio irregular. Por lo contrario, juntos y girando son la manifestación de la belleza y la armonía. Juntos, cada cristal se vuelve importantísimo e irremplazable. Si están verdaderamente juntos no puede haber mejores diseños, luces más brillantes, visión más atractiva y conmovedora.

Por otro lado cada familia tiene personas de colores tenues, que se mueven con suavidad y parece que sólo estuvieran para resaltar a los otros colores. También están los rojos y los verdes brillantes y los amarillos que nos llenan de calor y pasión. Están los castaños y  los grises cuando los años pasaron ligero y el rosa y el celeste de los que nacen en la familia. Estamos todos los colores posibles, todos los matices, todas las formas y cada uno de nosotros, único e irrepetible en nuestra familia, le da identidad y consistencia al resto. Somos luz y color si estamos juntos. Tenemos sentido si estamos juntos.

Esta familia y la otra y la otra, prismas de equilibro y armonía, molde y refugio de una sociedad que se asienta en todas ellas. Cada familia y ésta y la otra para cuidar a las otras familias que no son tan afortunadas; para abrirse pródiga y generosa cuando seres solitarios, enfermos o abandonados,  necesitan de su amparo. Cada familia como la tentación real y tangible para los jóvenes que todavía no empezaron ese camino. Cada familia para abrigar, compartir, trabajar para los demás, mejorar la sociedad en su conjunto. Cada una de esas familias educando para mejorar, consolando para curar, acompañando, regalando belleza y despertando optimismo.

                                  Miles y miles de prismas prendidos y brillando en el espacio son las familias- calidoscopio que en su intimidad misteriosa vuelcan los colores de la vida para el resto de mundo.

No es una ilusión ciega. Es la fe renovada en los verdaderos valores. La familia es una realidad que existe y existirá mientras existan los hombres. En esta época tan difícil que está viviendo la sociedad y que, de una u otra manera, nos afecta a todos y a cada uno de nosotros, renovamos la esperanza en el pilar más sólido de los que sostienen la historia. Debemos creer en nuestra familia; confiamos en su eficacia y sabemos de su categoría. En esta época de relativismo y confusión estamos más seguros de conocer el camino. Se necesitan ideas claras, esfuerzo cotidiano, convencimiento, sacrificio, entrega, compromiso, sudor y lágrimas sin distracciones; todos los días y cada día.  Debemos ser ejemplo y sonrisa para todos, debemos mostrar conciencia y serenidad.

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