Archivo | abril, 2013

Hilachas que van tramando – Tarde de Campo

28 Abr

Tarde de campo

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El paisaje es único.  La casa colonial está al final de un camino de unos cuantos kilómetros  que mezcla con lápiz fino los potreros, los arroyos y las sierras de distintas formas y tamaños. Para llegar hay que abrir tres o cuatro distintas tranqueras. Es de rigor, aparecen en un recodo o se descubren en el horizonte. Se baja otro, nunca el que maneja. En cada curva, cambia el paisaje y la luz que lo alumbra. Nos va dejando sin aliento. Venimos desde que éramos niños y nos va dejando sin aliento. Si llegamos de mañana estalla el sol por doquier y el paisaje es amigable, de colores, sereno. Si llegamos de tarde va cayendo una melancolía que apura el paso y tenemos ganas de escaparnos de esa enorme maravilla para aterrizar en la cocina campera con relumbrón y mate cocido.

La entrada propiamente dicha nos lleva al patio trasero de la casa por una avenida que mide algo así como doscientos metros. Es  un camino de tierra de unos doce metros de ancho, bordeado, de cada lado,  por dos hileras de abetos azules que se quieren tocar a cierta altura.  Serían demasiado imponentes para nosotros si no fuera porque antes del horizonte se van dibujando, a uno y otro lado del campo, las últimas estribaciones de las sierras que son silenciosas e imponentes pero declaman a viva voz su majestuosidad.

Vamos viendo laderas de colores verdes y marrones, animales que se juntan en racimos.  Vegetación cada vez más importante hasta que en el llano, aparecen los colores de la siembra amarilla y la casa que es enorme aunque parece pequeña en el paisaje.

Alli vive gente que queremos mucho.  De ellos me acuerdo esta tarde.

Estoy sola en casa, empiezo a sentirme inquieta.  Entro del jardín adonde estuve trabajando en los canteros y doy vueltas hasta que me siento a la computadora.  Tengo miedo, confusión, ansiedad.

La pantalla se me hace enorme y me quedo mirándola hasta que las cosas se van aclarando.  Me acuerdo de don Adolfo. Me lo contó una tarde de otoño, sentados los dos en la galería de baldosas con filigranas, bancos de plaza verdes y el cuadrado de pasto con los rosales de floración tardía.

“Me pasó hace muchos años. Yo había contratado a un administrador porque el trabajo del campo y los números juntos se me habían hecho pesados.  Quería alguien que entendiera de estas labores. Quedarme tranquilo, tenerle confianza, descansar  y, para qué decirlo, pagarle bien y que lo mereciera!

Este hombre llegó con muy buenas recomendaciones. Se me hizo familiero y simpático y las cosas se iban dando como yo había querido.”  Don Adolfo levantó la vista hacia el borde afilado de la sierra que está al lado de la casa, allí mismo adonde se ocultaba el sol y se veían los jinetes volver de la cabalgata. Sus figuras recortadas arriba  como sombras de un teatro chino, sus voces lejanas y el canto alargado de los benteveos que se iban a dormir- “Hasta que algo empezó a ir no tan bien. ¡Ya sabe! Alguna vaca que se fugaba por el cañaveral, las cuentas que se venían abultando y, algún que otro desconocido al que se contrataba para tareas ocasionales. Las cosas empezaban a no gustarme.”- Suspiró y apareció esa sonrisa maliciosa que solamente he visto en nuestros hombres campesinos, escurridiza como un rayo de luz,  que los pone más allá de cualquier pretendida picardía ciudadana.-“Empecé a repasar los números con más cuidado, me volví a subir a la camioneta a contar las vacas, revisé los contratos y me di cuenta de que el señor administrador estaba “refalando” en la tarea de administrar “mi” estancia.  ¿Sabe m’ija? Le di la oportunidad! ¡Bien qué se la di! Pero el hombre no entendió lo más importante de todo. Lo hablé con él un par de veces. Nada, la cosa seguía mal. Teníamos un contrato que yo quería cumplir porque, soy de otra clase! En cuanto se cumplió el plazo legal lo di de baja!»- Ya casi había llegado la noche, toda la familia se juntaba en la cocina atraídos por el olorcito de un guiso de cordero que se calentaba a leña, nunca supe por qué si se calienta a leña tiene otro sabor pero es así- “Lo último que le dije al hombre fue: “Yo hubiera aguantado que te quedaras con algo, y hasta me hubiera hecho el sonso si las cosas andaban! Pero…te olvidaste de que la Estancia era mía! Y parecía que te la querías llevar puesta! No. Era mía y sigue siendo mía. Yo elijo a los administradores y cuando termina el contrato se van, porque la Estancia sigue siendo mía!”

Nos quedamos en silencio hasta que nos llamaron a comer. Don Adolfo se levantó con la dificultad propia de un hombre de su edad, y, ya en la cocina, se sentó a la cabecera de la mesa. El lugar que le correspondía sin que nadie tuviera que declamarlo. La cena fue como siempre, buena compañía, buena comida y el señorío de los dueños de casa que hacen, naturalmente, un culto de la hospitalidad.

Me acuerdo de aquella charla y me voy sintiendo mejor.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Las cosas iban bien…

27 Abr

                                      Las cosas iban bien

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Trabajando en mi computadora veo reflejada una imagen en la que, difícil de creer, no había reparado nunca. Estoy en la casa de siempre y en mi escritorio. Contaba con imágenes que, por reflejo,  cambiaban constantemente en la pantalla y formaban parte de mis sensaciones sin que yo lo notara.

A mis espaldas está cerrada la ventana que da al jardín y lo que ella muestra es parte del techo del garaje, un arbusto que se asoma adelante, un árbol enorme,  la pared con la enredadera, la reja y otro techo de tejas del vecino además de una escalera exterior, más plantas y el paredón de ladrillos del fondo engalanado con una Santa Rita que puede ser centenaria y se ha apropiado de casi todo el paisaje íntimo del jardín de mi casa. Eso es lo que veo reflejado en la pantalla: mi ventana, mi jardín en ella; lo que tengo atrás pero que me enfrenta.

Todo un mundo escalonado en planos que seguramente he ignorado porque el brillo del sol molestaba y siempre me resultó cómodo entornar las persianas.

Hoy el cielo aparece con una tormenta inquietante e inevitable. Todo es color gris oscuro y todo está inmóvil esperando el estallido.  Lo primero que me impresiona es el silencio. Hasta los pájaros se han callado y vaya a saber dónde están ahora. Así me quedo yo. Esperando la tormenta mientras me  intranquilizan  esas imágenes que veo en la pantalla  de mi computadora.  El cielo se va poniendo más y más negro.

La visión es tan  imponente  como engañosa.  Me doy vuelta y miro directamente a la ventana. Lo primero que gano es el ordenamiento de los planos que, por el reflejo, se habían  mezclado  confusamente como si el árbol enorme se acercara peligrosamente a la ventana y los arbustos pudieran alejarse hacia la Santa Rita, cuyos colores habían empalidecido en los tonos desvaídos que la tormenta nos propone. Mirando de frente uno siempre se tranquiliza.  Hasta el cielo, oscuro, maligno, amenazante, se aleja un poco hacia el cielo verdadero, se hace menos pesado y el viento, que empieza a soplar, nos pide paso calladamente hasta que todo estalla.

Pienso y pienso. Me apoyo en el alfeizar de la ventana y se me ocurre que ver y conocer algo, no es lo mismo que entenderlo.

La vida nos tira cosas a las que parece que nos acostumbramos, y sí, debiéramos conocer. Nos lleva por senderos cotidianos, caminando junto a personas que amamos y viviendo situaciones que nos parecen amigables.  Pero de pronto entra un desasosiego, una extrema tristeza o un malhumor que sacude el ánimo.

La vida nos dará una lección porque las cosas iban bien y nosotros creíamos que iban mejor de lo que iban. Se impone pensar, escuchar a los otros, remover la tentación de lo cotidiano. Se impone el silencio para escuchar. Entre dos, entre todos los seres que amamos, a veces se impone remover la distracción de las palabras y dejar que escuche el corazón, transformando nuestro enojo, o nuestra tristeza y la confusión que ella nos produce, en las realidades de los otros.

Es el momento en que debemos conversar escuchando, en lugar de las palabras, las voces de las cosas que el otro representa para mí.

Y después de que el corazón ha escuchado, se impone la razón. El pensamiento disciplinado para escuchar y transmitir lo de verdad importante.   Acostumbramos buscar en el otro aquello que debilite su poder de resistir nuestra influencia. Somos pobremente humanos cuando se nos hace fácil opinar en la línea que sostiene nuestros deseos.

Estamos muy solos cuando vemos solamente el paisaje reflejado.  Hemos avanzado sobre la voluntad del otro para que siga escondido o dejamos que dominara nuestra voluntad de conocerlo. Hemos creído que somos lo que nos pasa. Contamos con la temida asistencia de la vida presurosa, bullanguera y precipitada que se hace cargo de nosotros y de nuestra felicidad, la del otro y la del universo en el que vivimos.

Empezaremos por los datos más obvios que proporciona la misma persona, aquello que está delante de nuestros ojos pero que,  confundidos por los detalles, no vemos, olvidando los tiempos que ha llevado  toda una vida para formar a ése a quien amo.   Hacer caso a lo evidente.

Descubrir que hemos creado cosas donde no había pero también donde no era necesario.

Saber primero y después comunicar.    Cambiar de un sopetón el “pues yo también quiero” por el “yo también te quiero”.

Creemos y creen ellos, el prójimo, que hemos  invertido mucho pero, en una de esas, todos hemos  seleccionando mal las prioridades.  Tal vez, digo tal vez porque no quiero lastimarme ni lastimarle con una pretendida y falsa autoridad en estas cosas de la vida. Solamente pregunto y pregunto y digo:” en este gran amor, en este proyecto magnífico que significó todos nuestros sueños y nuestros esfuerzos, tal vez, digo tal vez con la humildad del amante que ama, tal vez hemos levantado estructuras antes de que hubiera necesidades de ellas” Y después descansamos creyendo que estaba todo hecho. Y seguimos descansando de lo obvio,  porque el movimiento no permite la reflexión.

Aprecio mis momentos de tristeza porque se me aclaran muchas cosas cuando estoy triste.  Busco al otro, trato de conocerlo, aprendo de la generosidad como valor indispensable en el campo de los afectos. Y después, cuando todo ha pasado con la tormenta de mis emociones, de mis propósitos  y de mis amores, vuelvo a pertenecerme. Puedo volver a mi pantalla engañosa, retomar mi trabajo. Aplacar los temores de la soledad en la multitud. Sonreír.

Acordarme de cuando era muy joven y muy inocente de mis propios deseos.

Del desconocimiento a la duda, de la duda a la esperanza.

De la incertidumbre y la perplejidad, que nos vacían de certezas, iremos despejando el camino hacia una nueva persona con paisajes claros y bien definidos.

Una nueva persona rodeada de otras nuevas personas que son la sal de la única vida que viviremos.

La tormenta no ha pasado. El cielo sigue amenazador y empiezo a preguntarme como le habrá ido a mi familia recorriendo la ciudad en la tormenta.

He caminado caminos más difíciles y más confusos pero siento que hoy fui y volví hacia todos los paisajes engañosos de mi vida y volví para mirarlos de frente.

Empieza otra tarea.  Apago mi computadora,  me preparo un café bien caliente, con chocolate y canela, y me siento frente a la ventana en mi mecedora que cruje y cruje mientras miro la tormenta de frente.

Es una bella tarde de otoño.

                                                 PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Las cosas sin importancia

24 Abr

                     Las cosas sin importancia

Recursos de mujeres en tardes de nostalgia. Así podría llamar a las ocasiones, una vez o dos por año,  en las cuales nos reunimos un grupo de mujeres a tomar el té en el lugar que más nos gusta. Un hotel de los más tradicionales de mi ciudad, que ha sido restaurado  hasta el último detalle y que ofrece un servicio de aquellos.

Lo primero que me asombra es que de pronto, como si se agitara una campanita de orden, empezamos a llamarnos sin ton ni son, todas con la misma inquietud. Hace mucho que no lo hacemos, tenemos ganas de sentarnos a charlar y que nos atiendan.

Por una tarde me quiero sentir como una reina.

Allá vamos. Es un día especial, me visto con ropa de señora que toma el té con sus amigas, una tarde de otoño.  La Avenida tiene una subida que se completa con las escaleras a la entrada. Los coches se dejan en una media rotonda al revés que se engalana con pisos de mármoles oscuros, alfombra y arañas antiguas. Un caballero andante vestido de bedel, joven, sonriente y educado nos lleva el coche como si susurrara. Ya empiezo a ser una reina.

Pasillos que parecen salones; hay salones inmensos que se continúan; espejos, arreglos florales, una mesa en la que se cuida hasta el último detalle con las tazas y platos de la mejor porcelana, los cubiertos pesados y brillantes y las bandejas escalonadas que rematan en un anillo florido para que las pasemos de una a otra y nos sirvamos las delicias  que se nos ofrecen. Tarde de té que nos marea con la cantidad de variaciones de gustos y aromas. Poco acostumbradas, no sabemos casi elegir y lo hacemos al azar porque son todos riquísimos. Pruebo uno de aroma a flores sureñas.

Me voy despegando de la charla y se me ocurre seguir con la mirada los arabescos de la claraboya art decó de color verde francés, esa mezcla entre verde pálido y celeste, que remata el jardín de invierno.

Podría decirse que estoy en estado de felicidad y, en este caso, provocado por  estas cosas sin importancia real. Se me ocurre preguntarme cuántas cosas sin importancia hacen a la felicidad de las personas. En un alarde de conexiones hago una lista imaginaria de las cosas según sean importantes o no.

Un poco contagiadas por el ambiente mis amigas han bajado el tono de voz, inadvertidamente usan un lenguaje muy decoroso y se sonríen con toda generosidad.  Las miro, las veo felices en el tiempo fugaz de una tarde impecable y pienso en la importancia de las cosas sin importancia.

Los seres humanos somos una viva paradoja a la hora de tocar algunos temas. Por ejemplo, sabemos que nuestra relación de unos con otros está basada en cosas tan trascendentales como el amor, el compromiso, la fidelidad, el sacrificio, la dedicación, la entrega y la perseverancia.

Sin embargo, todo ello tan importante lo vivimos y lo comunicamos diariamente a través de gestos y actitudes sencillas y cotidianas, de a una y sin importancia aparente, que forman la trama sobre la cual vamos dibujando nuestra vida.  Hay algo singular, en estas experiencias con los seres que amamos, en este caso de nuestra familia, especialmente entre los esposos,  solemos dar por descontado que gozamos de tales bienes.

Pero entonces, porque somos humanos, débiles y falibles y distraídos, perdemos la atención debida y empezamos a descuidar las cosas cotidianas, las que son “cosas sin importancia” que, si pensamos detenidamente en ello, resultan los engranajes de la comunicación mediante la cual los otros saben de mí y yo de los otros; por los cuales los otros y yo sabemos que nos amamos; que nos interesa, recíprocamente, lo que nos pasa..

A las limitaciones básicas de los sentidos se acoplan las realidades externas e internas de la vida moderna; el cansancio, las preocupaciones, los problemas, el tiempo que no alcanza y tantas otras circunstancias que alteran, perjudicando nuestra convivencia.  Es así como nos olvidamos lo importante que son las cosas sin importancia. Entonces es, justamente, cuando me olvido de decir cuánto te quiero, me olvido de sonreír, de escuchar, de aprobar lo que haces, de reír, de abrazar, de emocionarme.

Diría la abuela que me olvido hasta de lo más pequeño, lo que ella llamaba “las palabras mágicas: Permiso,  por favor, perdón, gracias, lo siento, buenos días, hasta mañana, que descanses…”  Las pequeñas y sabrosas palabras mágicas que forman el más eficiente engranaje de relación amistosa que tenemos.  Las que, inadvertidamente, formarán parte de nuestra comunicación cotidiana. Las que nos hacen más personas.

Nuestros actos nunca son neutros, siempre expresan nuestras emociones y nuestros sentimientos. Nos comunicamos por las palabras,  por el tono y el volumen, por el ritmo y la intensidad de la voz; también por los gestos, por la postura corporal, por la mirada. Y lo hacemos todos los días de nuestra vida, sólo es cuestión de prestar atención a lo que hacemos.

Debo escuchar para comprender, no para contestar, y menos para contestar airadamente.  Debo prestar atención a las emociones de los otros y a sus sentimientos, soy el espejo de ellos. Debo tratar de descubrir sus necesidades sencillas, las que les hagan la vida más confortable y placentera. Si soy el primero que llega me toca preparar una buena comida, la casa tibia, una sonrisa de bienvenida. Si soy el último, el asombro renovado del reencuentro, el agradecimiento, después la ayuda.  Todo eso es la actitud,  ni más ni menos que la relación entre el ser y la manera de ser. Mostremos a los que amamos lo mejor de nosotros mismos y esperemos de ellos lo mismo.  Démosle importancia a las cosas aparentemente sin importancia que forman la trama de nuestra vida cotidiana.

En todos estos años, trabajando con los temas de familia, he conocido matrimonios que se terminaron y relaciones familiares que quedaron mal heridas. Las que más me dolieron, sin ninguna duda, fueron aquellas en las que, aparentemente no había un motivo importante y categórico para tal fracaso. “Se habían dejado de amar”, “No estaban cómodos juntos”, “Estaban aburridos”,  “Se trataban mal”, “No tenían diálogo”  eran algunas expresiones que querían explicar lo inexplicable.  Ninguno se acordaba el momento en que todo había empezado.  Sencillamente un día habían empezado a tratarse mal y no se habían dado cuenta. Seguramente fue el día en que no le dieron importancia a las cosas sin importancia.

El primer fruto del amor es la alegría, y  la alegría se educa, la alegría se enseña y se aprende, se copia, se expresa, se transmite. Tal aprendizaje siempre es a través de lo cotidiano.  La alegría busca el asombro renovado de una vida feliz en la familia, con los amigos, con los colegas. La alegría pone de manifiesto lo importante, es un homenaje a aquellos que amamos. La alegría es mirar con cariño, como una caricia de lejos. La alegría separa los tiempos  de dolor, que nunca elegimos,  de los otros tiempos que sí hemos decidido elegir y nos da fuerzas para tolerarlos o para disfrutarlos según corresponda.  Cuando transitamos tiempos en los cuales  no hay dolor apelemos a la alegría, expresada,  proclamada y reconocida en las pequeñas cosas sin importancia de todos los días.

El amor es ingenioso, gozar es parte del compromiso con los demás, hacer saber a quienes amamos cuánto los amamos nos hace inolvidables.

En mi tarde de té ha llegado la hora del poniente. En este lugar se vive por la luz dorada que se cuela por la claraboya del patio lleno de plantas, rebota en brillos caprichosos y se va acostando en la sonrisa de cada una de nosotras, mis amigas y yo.

Brindo por ellas y por mí.  Les digo: ¡Gracias!

Hilachas que van tramando – La Comunicación en el Matrimonio

21 Abr

La Comunicación en el Matrimonio

Sábado de sol radiante. Estoy tratando de ordenar los papeles, los libros y mi escritorio.  Me cuesta recuperar la rutina del trabajo porque todo este tiempo hemos vivido en algo así como un mundo paralelo, desprolijo e imprevisible. Me asomo a la ventana y los dos rosales de rosas diminutas que suelen adornar mi casa, están casi ocultos por la montaña de cosas que se siguen secando y, sin embargo, tienen pimpollos. Pequeños estallidos de rojo y rosa fuerte. Todo va volviendo a la normalidad.  Renuevo mi  tarea y entre los papeles encuentro un artículo que había escrito hace algunos años para una revista.  Me animo y lo publico porque, a veces,  los tiempos difíciles alteran las relaciones y viene muy bien una reflexión al respecto. ¡A mí me viene muy bien reaprender lo que alguna vez creí que sabía de memoria!

Nuestras flores- Rojas Nov 2007,  rosas, abril 2008 008

Siglo XXI, la maraña de comunicaciones que nos ayudan y nos acechan, nos hace pensar en una calesita vertiginosa en la cual buena parte de la población gira y gira. Algunos, sobre todo los más jóvenes, disfrutan enormemente este festival. Lo fantástico es que pueden sentir, al unísono y con todos los colores posibles la seducción de un mundo, aparentemente a su disposición;  lo dramático es que no se den cuenta de que esa misma algarabía les puede llevar la vida entera para dejarlos vacíos de contenido en cuanto algo trascendente los deje en cuclillas y desnudos, como hemos nacido todos y cada uno de nosotros. Y que esa algarabía no es la vida entera.

Los mayores repasan laboriosamente todos los circuitos de su propia formación. Prueban, encuentran y festejan hasta que un nuevo dispositivo los  vuelve a poner en la franja más ceñida de su humanidad y  aparece la ansiedad de volver a lo más sencillo. Pero todos estamos embarcados en este Siglo XXI, maravilloso, insolente, impetuoso, precipitado y genial.  Es, sin duda, el comienzo de una “nueva Edad”.  No sabemos para donde se dispara pero sí sabemos que es inevitable y dramáticamente atractivo,  que se mueve a velocidades inimaginables y que es lo que tenemos.

Sólo cabe diferenciar entre: “La edad de las Comunicaciones” y “La edad de la Comunicación”

No hay ninguna duda cuando hablamos acerca de las comunicaciones, el avance impresionante de la técnica y de las ciencias ha conseguido que todos los rincones del mundo puedan comunicarse, completa y simultáneamente, en lapsos de tiempo que provocarían vértigo a los hombres que vivieron hasta cincuenta años antes del final del milenio. El tema que hoy, sin embargo, nos ocupa  y nos preocupa es el de la comunicación.

El cruzamiento de las comunicaciones múltiples y simultáneas ha enriquecido a la sociedad en general, traduciéndose en lo que llamamos “la globalización de la cultura”.  Tal efecto ha traído inimaginables consecuencias en todo el mundo, desde la caída del Muro de Berlín,  hasta la difusión de los más insignificantes detalles de estilo en la moda que uniforma a los adolescentes de todo el planeta. No hay duda de que la  difusión y mezcla de todos los opuestos, diferentes y exclusivos ámbitos de cada cultura, enriquecen al todo.  Se produce sin embargo y como efecto negativo, una especie de aceptación pasiva de estereotipos de conductas y actitudes que  confunde las relaciones entre los seres humanos y corta, como efecto inmediato, la comunicación que debe nacer del conocimiento de la realidad y el esfuerzo personal de todos y cada uno. Se dan por descontadas muchas cosas que nos han sido incorporadas desde esa fiebre de “clasificar”, “unificar”, “desprejuiciar”, “generalizar”, “uniformar”, “definir” , desconociendo que en el plano de las relaciones personales, cada ser humano es único y especial, lo que transforma a la comunicación directa y personal con aquellos que amamos en la manera natural de vivir.

La comunicación entre los seres humanos es parte de su naturaleza, porque el hombre no puede vivir solo, se relaciona con sus semejantes de todas las maneras posibles y en ello consiste su “humanidad”.

Dos son los casos en que las relaciones humanas responden a la pura voluntad de los que las establecen: la amistad y el matrimonio. De los dos, el matrimonio, por su naturaleza, hasta puede conllevar algunas características de la amistad, que se va estableciendo entre los cónyuges a lo largo de la vida.

En lo que se refiere al tema de la comunicación en el matrimonio es conveniente aclarar primero algunos puntos con referencia a la institución matrimonial. El matrimonio además de ser la piedra fundacional de toda la estructura social desde el fondo de la historia del hombre, es un proyecto que nace entre dos seres que se atraen mutuamente, tienen una ilusión amorosa y la intención y el deseo de ser felices, pero no es sólo eso. El matrimonio es una institución natural, social y a veces religiosa, con fines específicos, entre los que se encuentran la vida comunitaria, la “ayuda mutua” y la procreación de los hijos.  Dentro del matrimonio los cónyuges deben “ayudarse” en la tarea de perfeccionarse, educarse mutuamente y realizar lo  mejor que tengan de sí mismos. El matrimonio no asegura por sí la felicidad ni el perfeccionamiento de los cónyuges, ellos deben ir a él con determinada voluntad y disposición. Para estos fines es imprescindible la “comunicación” entre los esposos. Para poder comunicarse con otro es necesario, ante todo, un conocimiento personal y completo sobre uno mismo y la intencionalidad de “conocer” y “darse a conocer” recíproca. De tal conocimiento nace una aceptación de la persona amada y elegida para compartir la vida. Y la voluntad de “escuchar” a esa persona durante toda la vida que se comparta.

Dar, Recibir, Hablar y Hacer  son los ejes que marcan las líneas de toda relación entre cónyuges. Para que ellos se conformen adecuadamente se necesitan tres condiciones:

  • Conocimiento de la realidad existente del otro,  saber ponerse en su lugar sin perder la objetividad
  • Aprecio del otro en una única dimensión, con toda su carga de cosas positivas y negativas, reconociendo su valor y demostrándolo
  • Congruencia en la integración funcional de uno con otro, de tal modo que tengan una experiencia común total, un reconocimiento de la situación que viven y una comunicación abierta para que actúen siempre de acuerdo con lo que realmente sienten y piensan

La comunicación tiene un sustento indispensable que se refiere a los valores que los cónyuges comparten en forma expresa y también implícita, en la forma de vida que eligen para su proyecto familiar. Y también tiene una “historia” que se hace de privilegiar los buenos recuerdos en las malas épocas. Se desarrolla de una manera formal en momentos especiales de la vida conyugal y familiar; y de una manera espontánea en los momentos normales de la vida cotidiana que, por otra parte, son los habituales en los que se nota la “buena comunicación” de los cónyuges. Una buena comunicación es parte del amor incondicional que le da a las personas la seguridad que todos necesitamos para ser felices.

El lenguaje para una buena o mala comunicación será el adecuado a cada pareja, que lo elegirá, único e irrepetible, como lo es ella misma. Estará hecho de gestos cotidianos, de palabras, que nunca son neutras dentro del matrimonio, de matices en las voces, de decisiones tomadas para complacer y ayudar o para mortificar al otro;  de miradas que alientan y que curan o de las otras;  de silencios elocuentes. Sobre todo será, según el caso,  una confirmación constante del amor o del desamor que siente uno por el otro, y del proyecto de felicidad o fracaso común y recíproco.

Las mujeres tienen mayor predisposición para comunicarse, a ellas les resulta más fácil hablar de  lo que sienten, están más abiertas a las confidencias y privilegian las situaciones románticas. El hombre tiene mayor inclinación a hablar de cosas concretas, no suele resultarle fácil hablar de lo que le pasa y a veces le cuesta manifestar sus sentimientos. Pero ambos pueden hacer una buena tarea para complementarse en la eficiencia de su comunicación mutua.

La posibilidad de comunicarse no es un don que se  recibe en forma gratuita. Requiere una intencionalidad, un esfuerzo diario y un abandono de uno mismo para ayudar al otro en su perfeccionamiento y su felicidad. Es bueno que se le haga saber a todos aquellos que van a formar un matrimonio que como todo lo que “vale”, no es fácil y “cuesta mucho”.

Sólo el ser humano goza de las capacidades de conocerse, amarse y comunicarse. El matrimonio es conocerse y amarse, la comunicación lo hace posible.

He cumplido con una parte de mis tareas. Me voy al jardín para cortar algunas rosas con las cuales adornar mi escritorio. Vamos volviendo a la normalidad.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – La Fama no es Puro Cuento

17 Abr

La fama no es puro cuento

En la Avenida ancha y majestuosa, flanqueada por una edificación adecuada a su naturaleza, hay dos tipos de luces. Las de los faroles de hierro antiguo, con su copete de cuadrante y cristales, que están colocados ordenadamente cada pocos metros, y las de los coches que van pasando.  Aunque las luces de los faroles son las que están quietas, ellas parecen ajustar  la velocidad de los coches entre uno y otro segmento.  De tal manera que esa inmovilidad corrige diferencias y todo se hace armonioso, aunque un poco alucinante.

Salimos de una reunión familiar, que nos ha resultado muy agradable, como de la cueva adonde el fuego es preservado y tenemos la supervivencia asegurada.

Hace mucho frío y una incipiente neblina confirmará la visión extraña y grandiosa del paisaje urbano. Otra más que el hombre le roba a la naturaleza.

Tenemos que caminar un par de cuadras para buscar el coche y la niebla, que ya se comió a las estrellas, nos va aislando en este universo vertiginoso. La avenida nos parece más ancha que nunca, aunque de cuando en cuando un cantero verde rodeado de una pequeña reja nos asegura que estamos en nuestro propio mundo. El resto son sensaciones extrañas de estar en un lugar desconocido, bello e inquietante, aunque sea en nuestra propia ciudad.

En el coche recuperamos nuestra identidad, y nos sumamos a las luces que vienen hasta que somos uno más en lo que parece una carrera.

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Yo tengo ganas de hablar.  Es lo mismo cada vez. Me impacta una situación distinta, me atrae un paisaje y es el disparador de una serie de reflexiones que aparecen desordenadas, empujándose una a otra hasta que la idea se va desenroscando y se arma el pensamiento.

En la reunión éramos un grupo de parientes y amigos y disfrutamos de buenas bebidas, cosas ricas para comer y de la charla informal y recurrente.  Sólo una persona  parecía ajena.  Escuchaba con atención pero con la mirada perdida en dos, la que miraba y la que estaba ausente.  Cada tanto quería intervenir pero tenía una manera un poco dramática, con pausas constantes y tonos descendentes, hasta que los otros optaban por interrumpir y seguir con lo suyo.

No había forma de que pudiera mantener el interés de sus contertulios. Hasta descubrí cruces de miradas entre críticas y divertidas.  Así es esa persona. Una de esas que van por la vida escuchándose solo a ellas mismas, mirando el pozo de una soledad particular que parecen haber adquirido con perseverancia y voluntad; desconociendo lo que son los otros, lo que los otros quieren, lo que necesitan.

Conozco su historia.

Con el ronroneo del motor y el calor de la calefacción nos espera un viaje más o menos largo hasta casa.  La realidad es que a nosotros siempre en los dos extremos de cada viaje hay alguien que nos quiere y a quien le gusta estar con nosotros. La sensación placentera, de ser y estar donde se debe ser y estar, nos viene acompañando en estos años de madurez y nos hace sentir una felicidad enorme, adecuada a este tramo de la vida. La única felicidad legítima cuando se ven cayendo los goces de la juventud.

Le digo a mi amigo:

-“La vida es imprevista e inapelable. Nadie nos dice que cada decisión que tomamos cuando somos muy jóvenes caerá sobre nosotros con la fuerza de lo inevitable cuando llegue la madurez. Vamos tallando nuestra fama desde el principio”-

La fama, la honra, el crédito, que nos va a acompañar toda la vida. Elegimos ser como somos cuando ni sabemos que estamos eligiendo. Ponemos a los demás por delante o por detrás de nuestros propios deseos y necesidades en tiempos en que la vida nos pertenece sin titubeos. Somos generosos o indiferentes, sonreímos o tenemos el ceño fruncido como si el mundo nos debiera un trato especial.  Somos precisos en nuestro perfil para con nosotros y para con los demás. Y todo eso sin tener la mínima idea de lo que estamos haciendo.

Casi desde la adolescencia armamos el mundo definitivo de nuestras relaciones y, porque somos humanos, tendemos a ponernos en el lugar privilegiado. Lo hacemos sin saber, siempre lo hacemos sin saber. Nos movemos entre la verdadera entrega a los demás, nuestra vanidad, o la capacidad de convivir bien con nuestros semejantes.

Digo que lo hacemos sin saber porque cuando somos muy jóvenes todavía nuestros recursos vienen de aquellos que nos enseñaron, modelando nuestro carácter y nuestra actitud con su propio ejemplo. Después nos toca corregir y corregir y volver a empezar en una suerte de mejorar la relación con el mundo y con los otros.

Algunos tienen la suerte de modificar cosas, algunos tienen quienes los aman y se educan recíprocamente en esto de las relaciones, otros arrastran definitivamente el carácter de ser como se les da la gana sin pensar detenidamente en los demás.

Sin embargo alguien debería enseñarnos bien pronto que sólo cuando colocamos en orden las prioridades y en ellas estamos bien equilibrados entre el amor a los demás y el amor propio, todo parece salir bien. Al contrario cuando nos hemos aislado en nuestras propias necesidades y no sabemos cómo es, verdaderamente, el paisaje exterior, al paso de los años habremos descubierto que la vida ha hecho su propio camino, que parece en estos casos ir por otro lado; la realidad entonces será desgarradora.

Lo malo es que el mundo, que siempre es de los otros,  con toda su rigurosidad, finalmente  nos pone de frente con nuestras propias faltas y nos remite a la soledad cuando casi  no hay camino de regreso.

Es bastante general que nos quejemos por las cosas que dejamos de hacer. Por los signos de envejecimiento que van moldeando nuestra apariencia y nuestras emociones. Es bastante común que digamos “¡Ahora que lo tengo claro.  Si volviera atrás, haría esto o aquello!”-  Y no nos damos cuenta de que nos estamos refiriendo a lo más elemental de nuestra condición humana, la satisfacción personal.

No es eso lo importante.  ¡No es eso!

Lo importante es el lugar que ocupamos entre los otros. Ellos son la referencia más clara de lo que hemos hecho siempre y de lo que hemos sido siempre.   Vamos tallando nuestra fama desde el principio pero no lo sabemos.  Eso es lo riguroso de la vida. Que no lo sabemos hasta que es tarde.

Me dice:

-“Tampoco te lo pasás pensando qué les gusta a los demás y vivís por eso! Los seres humanos siempre tenemos algo que reprochar y algo que exigir de los otros!-

-“Me hablás de lo que hacemos y yo hablo de lo que somos. Y del tiempo. Del tiempo inevitable que nos pasamos mientras la vida se va yendo. Alguien nos tendría que contar lo que pasa cuando todavía estamos empezando a buscar un lugar en el mundo. Porque en ese momento elegimos para siempre.”-

-“Es fácil. ¡Es buen negocio ser bueno!”- Y me da una palmadita en la pierna, empiezo a darme cuenta de que a esta altura de la noche, después de una buena velada y alguna copa de vino, en el calorcito del coche y la pronta llegada a casa, no hay interlocutor para mis disquisiciones.

Cuando llegamos teníamos dos mensajes telefónicos. Nada importante, uno de nuestros hijos que quería saber si habíamos llegado bien y otro para invitarnos a una jornada deportiva.

Nos miramos, nos sonreímos. El mundo es algo armonioso, sobre todo cuando  alguien nos enseñó, cuando era el tiempo de hacerlo, que no somos nada de nada, de nada, si nos somos con los otros. De verdad.

Voy apagando las luces de mi bella casa. Me detengo a mirar la vitrina del living donde tengo tantas pequeñeces que me recuerdan cosas buenas. El hogar todavía está caliente con algunas brasas y a salvo de lo desconocido. Le digo a él que me quedo un rato para pensar.  Para recordar y agradecer que el mensaje haya llegado a tiempo.  Voy saboreando una copita de licor ambarino y dulzón.  Suspiro, oigo las campanadas del reloj.  Y, finalmente, me voy a dormir tan campante.

Hilachas que van tramando – El silencio: culpa o desprecio

16 Abr
El silencio: culpa o desprecio
 
Hoy es un día de sol radiante. Las sombras de la inundación parecen haber quedado atrás. Mi casa está invadida de cosas para secar. Lo más engorroso son los libros, los preciosos libros que deben pasar por un largo proceso para recomponerse y que están cubriendo los pisos de una buena parte de la casa. Me siento a la computadora para volver al trabajo que ya tengo bastante abandonado desde aquel martes de malas sorpresas.
Pero no puedo. El deber va para un lado y las emociones para el otro. Todavía estoy atravesada por las revelaciones del programa que el domingo a la noche descubrió la locura de una corrupción atroz que hiere a todas las capas de nuestra sociedad. La acusación, por lo desmesurada, parece extraída de una película de ciencia ficción. En la cual a la vista aparecen bolsos de dinero que se pesa; individuos despreciables, amorales, arrogantes, con una falta de inteligencia tan notable como los monigotes de los teatros de títeres, a los cuales les falta altura hasta para ser parte de la mafia. Acusaciones que llegan y sacuden instituciones tan fundamentales como la del Presidente de la Nación Argentina.
¿Se escucha bien?  Presidente de la Nación Argentina. En negrilla y subrayado. El concepto hace temblar por lo categórico. El Presidente de la Nación Argentina.  Y me corre frío. Lo primero que se me viene a la cabeza es una especie de dibujito animado en el que veo desmoronarse y caer, uno por uno, todos los edificios emblemáticos de la República. La Casa Rosada, el Congreso de la Nación, el Palacio de los Tribunales. Después, como una carrera de dominó, caen cada escuela, cada hospital, cada carretera, cada dique. Los campos cultivados, cada fábrica. Todos los clubes, las bibliotecas, los negocios. Cuando le llega el turno a la Cordillera, ella arrastra a cada uno de los ciudadanos de esta Patria desconsolada. Y allí estamos todos, los niños, los hombres y mujeres de todas las edades, los religiosos y los ateos, los sanos y los enfermos, los buenos y los malos,  los que pensamos igual y los que disentimos, los inteligentes y los simples, los ricos y los pobres, los justos y los réprobos. Todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra magnífica.  Todos cayendo desordenadamente en la fosa inmunda de la corrupción. Víctimas de la soberbia y el poder.  Todos, todos, todos.  ¿Es desmesurada mi visión?
Estamos hablando de corrupción inédita, primaria, en la persona de quien o quienes ostentan o han ostentado el cargo de Presidente de la Nación Argentina
 
Debo reconocer que estoy pasada de emociones, que el corazón me palpita y que lamento por aquellos que no estén hoy sorprendidos, preocupados, asustados, los que no vean la realidad más extrema, que nos amenaza a cada uno y a todos nosotros.
Hay dos posibilidades.
La primera es que todo sea la creación de un megalómano que puso en vilo a la sociedad y se aprovechó de la buena fe y la preocupación de uno de los periodistas más importantes del país.  En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
La segunda es que todo sea verdad, que estamos en un lugar y un tiempo desgraciados que pueden arrasar hasta con nuestras esperanzas de un país mejor. En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
Si todo lo denunciado es verdad queda una sola posibilidad: los culpables deben pagar lo que han hecho al pueblo de la Nación Argentina. Deben ser castigados con la fuerza de la Ley. Y deben devolver lo que han robado.
Si lo denunciado es mentira, los acusados merecen ser resarcidos absolutamente del daño que se ha hecho a su honra y reputación. Y en eso tenemos que coincidir todos los argentinos. Y ¡ojalá así fuera! Porque entonces respiraríamos aliviados porque hemos escapado de un magnicidio en lo que se refiere al pueblo argentino.
Pero en los dos casos, lo único que no podemos aceptar es el silencio sobre el tema.
Cuando uno es acusado de algo muy grave y lesivo, que afecta a su honra y a su vida, debe hablar todo el tema con las personas que respeta y que ama; aclararlo y satisfacer toda la inquietud de aquellas personas. Lo contrario es desprecio total para aquellos con los que tenemos una relación seria, para aquellos que nos importan, que queremos o que respetamos.
El que siendo culpable calla, otorga. El que calla siendo inocente, desprecia y falta a su obligación de llevar tranquilidad a los otros.
cabildo
Nosotros, los ciudadanos de la Nación Argentina merecemos tales explicaciones, somos los dueños de la transparencia debida.
Debo reconocer que tengo los ojos llenos de lágrimas. Que estoy asustada, impresionada como cuando tenía el agua en el subsuelo de mi casa y la oía golpear contra las paredes como un animal sucio, desconocido y malvado.
Estoy necesitando, como cuando era una niña, que nuestros mayores me arropen, me aclaren y me aseguren que todo está bien, que estoy cuidada y que esto es un mal sueño.
¡Qué Dios nos cuide y nos proteja a todos los argentinos!!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS

Hilachas que van tramando – ¡Viva la Patria!

11 Abr

¡Viva la Patria!

Estoy desorientada,  inquieta y triste. Ha vuelto a llover y, desde mi casa ya casi recompuesta aunque está llena de cosas que se están secando y ¡no huele a rosas!, tengo presente a toda la gente que sigue sufriendo esta situación de necesidad extrema.  A los que fueron víctimas de los elementos y a los que están en la indigencia, en la pobreza y en el abandono. Y pienso “¡Ésta no es mi Patria!”  En mi Patria, el país más rico de la Tierra, no puede haber gente en estado de indigencia. No puede haber gente a la que no se la puede recuperar de una tormenta feroz. No puede. No debe. No puede.

Uno de mis nietos, adolescente, me dice:

“Éste no es el país más rico de la Tierra”

“No-le digo-no por su realidad pero sí por su naturaleza. Tiene todos los climas, todos los accidentes geográficos, una naturaleza paciente que  pocas veces en la historia nos acosa. Tiene una población escasa, comparada con su territorio. Tiene la mejor tierra de la Tierra.  Enormes reservas de agua. El cielo más azul y la Cruz del Sur.”

Les voy a contar una historia a mis nietos.

“Cuando yo era chica…..»Abuela, ¿eso era casi en la Colonia?»- «Sí, Tesoro, después hablaremos de eso!”

“Cuando yo era chica y llegaban los días de la Patria… ¿Qué son los días de la Patria?”, me pregunta uno de los más chicos.

“¡Los días que ahora se llaman Feriado Largo!  El 9 de Julio, el 25 de Mayo, el 20 de Junio, el 17 de Agosto, el 11 de Septiembre…»

Por ejemplo, llegaba el 9 de Julio. Mi madre almidonaba el delantal hasta que parecía de roca! Y me molestaba con su roce en el cuello y los puños. Desde unos días antes la maestra nos iba hablando de las Gestas Patrias, de la consolidación de la Independencia. Dibujábamos, leíamos, aprendíamos poesías. La Patria se nos iba metiendo en las venas y llenaba todas nuestras emociones.  Y ese día habría alguno de los alumnos que iban a “representar” en algún acto escolar, con uniformes que habían hecho las abuelas y el gorro afilado de los soldados de Tucumán, el solideo de los obispos, y las galeras lustrosas que se guardaban año tras año en los armarios de la escuela. Esa mañana nos despertaban más temprano, apenas minutos después de las 6hs. Tomábamos el desayuno siempre a las corridas y, en una mañana todavía oscura íbamos hacia la estación. Casi todas las personas con las que nos cruzábamos tenían la escarapela prendida en su pecho y parecía que todos respiraban profundamente como para que se luciera!!!  Las casas y los negocios estaban adornados con algún signo patrio, aunque fuera pequeño. El tren no venía tan lleno como en un día laborable, y los adultos nos miraban con aprobación mientras nosotros nos pavoneábamos por ser los actores principales del día, porque era feriado y la mayor actividad se concentraba en las escuelas.

Mi madre, como todas las madres, nos llenaba de abrigos debajo del delantal porque no podía llevarse nada encima y ¡¡¡parecíamos pequeñas naves blancas que en cualquier momento levantábamos vuelo!!!

La formación para izar la bandera era en la plaza, justo enfrente de mi colegio. Allí llegaban delegaciones de muchas escuelas del barrio. Las maestras, en nuestro caso las monjas, ponían las manos adentro de sus mangas enormes pero eran rápidas para sacarlas cuando necesitábamos un coscorrón por no mantener el silencio y la compostura adecuada al momento.  En cuanto se iluminaba bien la plaza con el sol radiante, empezaba a sonar “Aurora”, la canción a la Bandera, que, desde entonces, cada vez que la oigo, me pone todos los sentidos a funcionar; siento el frío y la emoción. El canto a toda voz y el orgullo enorme de ser argentina. “Es la Bandera de la Patria mía/ del sol nacida que me ha dado Dios”  Y esa Bandera era la que nos aseguraba un lugar privilegiado en el mundo. Era la que acogía a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

bandera-argentina

Después  íbamos al comedor a tomar el vasito de chocolate que tenía ese gusto particular de fiesta en el colegio, con el cartón acanalado para que no nos quemara.  E invadíamos el patio con nuestros juegos, felices porque estábamos en una fiesta. Cuando al día siguiente era sábado todo relucía porque podíamos quedarnos desvelados hasta más tarde y ¡no teníamos deberes!  Creíamos en una Patria acogedora, nos sentíamos seguros, esperábamos el futuro con una enorme confianza.

Éste es el futuro: Pobreza, indigencia, dolor. Una tormenta de aquellas y todo se desmorona.  Hay inundados y hay pobres. Hay muertos y hay indigentes.

Unos, producto de una tragedia. Otros arrastrando la peor de las tragedias, la de ser los pobres del “cuarto mundo”, los pobres de los países ricos.  Los pobres que nos avergüenzan. Los pobres sin sentido. Lo que viven en  una Patria abstracta. Que se invoca, en nombre de pesados intereses disfrazados de ideales. Que está siempre más allá de sus necesidades. Una Patria en la que ellos, definitivamente, no existen.  Una Patria que se declama y a la que se quiere vestir de fiesta cuando sólo tiene harapos.

Mis nietos se han ido dejándome sola.  Estoy triste, desorientada. La calma que me rodea es pura melancolía.  Esta Patria mía nos encuentra distraídos. Ocupados en otras cosas. Estamos perdiendo el rumbo.

Una Nación no puede ser más feliz, más próspera, más grande y bella que el más pobre de sus hijos.

Ellos son el espejo donde debemos mirarnos. Debemos mirarnos en los que no tienen nada, en su falta de educación, en su falta de salud, en su desesperanza. En lo injusto de su desamparo.

Cada niño, cada joven al que le cortan el futuro, cada uno de ellos son la medida de esta Patria declamada.

Recuerdo mi entusiasmo y mi felicidad cuando miraba la enorme bandera que ondeaba a su antojo en el patio del colegio. Recuerdo nuestro canto desafinado y sobre todo, el orgullo y la felicidad de haber nacido en esta tierra.

Quiero recobrar la medida exacta de pertenecer, para todos. Quiero la Patria que nos merecemos, todos. Quiero que esta tierra no tenga hambre, porque le sobra comida. Quiero que no tenga gente sin casa porque le sobra territorio. Quiero que haya escuela para todos porque sobra la materia prima. Quiero que los argentinos viajen, trabajen, descansen, se rían, se diviertan y se amen con todas las posibilidades de esta tierra rica. Quiero volver a cantar “Aurora”, recuperar mi inocencia y mi orgullo.

¡Viva la Patria!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos, Para todos.

Hilachas que van tramando – El sol en las vías y todas las emociones

11 Abr

Hilachas que van tramando

El sol en las vías y todas las emociones

              En la estación de mi infancia, para ir de un lado al otro, cruzábamos el puente sobre las vías.  Era magnífico, ancho muy ancho  y alto, muy alto, con los laterales de rejilla gruesa terminados en una cinta chata  de hierro que los sostenía como a un gigante.  Era color verde inglés, emblemático en aquellos tiempos de estaciones con casas enormes e importantes, de techos de tejas a dos aguas, que se repetían a lo largo de todo el trayecto desde la provincia hasta el centro de la ciudad.  El piso del puente tenía planchas muy grandes de cemento color gris, separadas por  apenas una línea de espacio entre una y otra. No se llegaba a ver nada abajo, pero nosotros, pequeños aventureros de seis y siete años vivíamos, cada vez que lo cruzábamos, la gran aventura de ¡¡¡poder caer el vacío!!!  A pesar de que nos costaba subir, los privilegiados éramos, sin duda,  los que para ir y venir del Colegio cruzábamos el puente todos los días. Las escaleras eran inmensas e interminables, con el mismo enrejado grueso en sus laterales, por lo que la sensación era la de estar entre el cielo y la tierra y ver todo hasta el horizonte.

Cuando volvíamos del Colegio en los días más cortos del otoño o el invierno y ya cerca del atardecer, nos deteníamos para mirar hacia el sol que, a lo lejos, caía en dirección a Pilar como una bola de billar incandescente, para meterse entre las  vías que se hacían una sola al final del sendero.

Éramos uno solo, el puente inmóvil y enorme, las vías brillantes con el sol que caía atrapado entre ellas más allá de nuestra vida y más acá de nuestros sueños y nosotros apretujados de guardapolvos blancos no tan blancos, manchadas las manos de tinta y las ganas de llegar para tomar la leche mientras escuchábamos las aventuras de Tarzán o Poncho Negro que nunca estaban en el puente como nosotros, pero que hubieran merecido conocerlo.  Nos colgábamos con los dedos del alambrado y recuerdo que permanecíamos en silencio y casi conteniendo el aliento hasta que el sol hubiera desaparecido de nuestra vista.

Los días nublados esos atardeceres eran magníficos porque desde el puente se veían diferentes a lo que podía verse al nivel de la calle. Rosas y amarillos, fucsias, azulinos y colorados atravesaban ondulantes todo el espacio. Nácar  y dorados se caían  al poniente para que yo los recordara ahora con una nostalgia persistente que me atraviesa sin piedad,  por aquellos chiquillos que éramos tan curiosos, tan ruidosos y llenos de vida y que, sin saberlo, estábamos aprendiendo a emocionarnos.

atardecer vias

Una tarde la maestra de tercer grado nos llevó al puente para enseñarnos los Puntos Cardinales. Y allí empezó otra historia. Primero miramos el sol, después nos hizo señalar su caída con la mano izquierda, aprendimos a que ése era el Oeste.  Al frente el Norte, atrás el Sur y  quedaba el Este por donde nacía el sol cada mañana.   No sólo quedó grabada la lección de geografía–a partir de ese momento fui la dueña de todos los caminos. Mi casa estaba al Norte de la tuya y Tierra del Fuego se había acercado bien desde el Sur.  Todos los mapas encontraron su razón de ser y ningún lugar en la Tierra me sería indiferente. Muchos años después atravesando la Cordillera se completó mi historia cuando sentí que ella era tan imponente, tan inmensa y majestuosa como el puente de mi infancia.

 ¡¡¡Las emociones!!!   Los estremecimientos del alma, la inquietud que se despierta  cuando vamos más allá de la razón y nos dejamos llevar por la belleza, o por la ternura. Cuando jugamos con nuestros sentidos, nos agitamos, nos inquietamos.  Exaltaciones, estremecimientos que nos hacen tan humanos como frágiles. Las emociones que se manifiestan en cambios de semblante, rubor, sonrisa y miedo. Cuando queremos transformarlas, compartirlas, mirar a quien amamos y temblar sin motivo. Cuando tenemos miedo y cuando nos conmovemos.  Todos los estados alterados por nuestra condición de seres humanos tan gozosos y, a la vez, tan inseguros si no podemos controlarlas.

Las emociones que nos pertenecen y nos completan, siempre y cuando sean legítimas.  Así recuerdo a las de “antes”.  Legítimas porque nacían de emociones propias, sin el impulso de una cultura demasiado agresiva. Porque no eran tantas y estaban reservadas a lo personal y compartidas por los que estaban en la misma situación.

Llegaban desde la pantalla cuando el cine era la única máquina de sueños. Desde el patio del colegio en el día de la fiesta Patria cuando cantábamos el Himno y nos sentíamos uno solo.  En las ceremonias de casamiento que sellaban un sueño común a casi todos.  En el amanecer de la playa donde íbamos con mamá y la tía Rosa, y nos quejábamos y nos quejábamos porque no nos gustaba madrugar y después, en silencio, hacíamos nuestro saludo asombrado al sol que se iba desperezando en la arena.

Cuando por primera vez nos besábamos con el corazón acelerado. Cuando se cruzaban miradas de encuentro y de despedida entre amigos o entre amantes.

Cuando nos asomábamos a la cuna de un recién nacido. Cuando él empezaba primer grado y cuando aparecían los primeros brotes del ciruelo descubriendo la primavera.  Cuando escuchábamos aquella melodía precisamente la que sonaba un día inolvidable de verano.

Emociones, emociones. Inevitables, importantes y  legítimas, eran las que subrayaban nuestra condición de personas, de una manera tan natural como contundente.

A veces siento un poco de pena por el número infinito de emociones devaluadas y gritonas que ahora nos proponen muchas veces, y que son provocadas por personas que no saben nada de la vida, por lo menos de la vida verdadera, de la que tiene la dimensión de lo «humano».  La pena es por los jóvenes cuando se los exalta para la mediocridad, en el mal gusto, en el bochinche y el desenfreno. En lo que no conocen.

Entonces nos cansamos de oír que muchos se “aman” aunque sean desconocidos, muchos se “mueren” por banalidades, muchos se enojan y se maltratan, gritan sin escucharse, al menos con la palabra,  porque la calesita de los sueños gira en el mundo del absurdo. Vemos llorar y reír con sentimientos que no conocemos o en los que no creemos porque intuimos que nacen de la histeria, del agotamiento o de la frustración peligrosamente provocada con el afán de dominar ¡vaya a saber uno qué mundo!

Muchos de  los mayores responsables “emocionan” a los más jóvenes saturándolos de experiencias cuando menos desagradables, cuando no obscenas y desaforadas. Agotadoras, frenéticas. Que les roban tiempo de su vida, los confunden y los angustian.

Entonces creo que me gustaría tomarlos de la mano, uno a uno, a los niños tan amados, y llevarlos a mi puente encantado, en silencio, despacio, y dejarlos gozar de una puesta de sol al oeste, donde se terminan las vías;  y después caminar con ellos por el jardín de la estación, deteniéndonos a comparar las flores de colores y alguna mariposa perdida, para seguir a casa bajo la mirada sonriente de los adultos que nos cruzan, a tomar el chocolate caliente y dejar que el corazón se acelere con la tonada que nos anuncia el programa de Tarzán o Poncho Negro.

Me gustaría hacer desaparecer para ellos todo el mundo de emociones artificiales y agresivas. Me gustaría que pudieran emocionarse por sí mismos, en la mejor compañía. Me gustaría que sus emociones fueran legítimas, humanas y profundas.

Me gustaría, me gustaría.  Pensando en ellos. Que Dios los bendiga.

«PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS»

Hilachas que van tramando- Para todos

10 Abr

Antes de retomar las tareas comunes, cuando las cosas se han normalizado para algunos de nosotros y siguen oscuras y desesperanzadas para el resto,  los hombres de buena voluntad que habitan en esta Patria amada, no sabemos bien qué hacer.  Empecemos a ordenar las prioridades.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.justicia

Hilachas que van tramando – Nunca antes

7 Abr

Hilachas que van tramando –  Nunca antes

tragica-inundacion-en-la-plata-1689638w300Frente a la computadora, y dispuesta a comunicarme una vez más a través de mi blog, no sé cómo decir las cosas que me pasan y las que siento. Dejaré, entonces, que lo hagan las emociones y las imágenes que se hicieron cargo de mi vida estos últimos tiempos. La madrugada de hace cinco días nos despertó el ruido de agua cayendo a borbotones dentro de la casa. La noche se hizo más oscura cuando quisimos prender la luz y nos dimos cuenta de que estábamos sin electricidad. Andar a oscuras, sentir que el piso está mojado.  Parpadear, cerrar los ojos con fuerza como para que todo eso desaparezca y volver a abrirlos para terminar de despertar a una realidad que colmó hasta el límite, cada minuto de nuestra vida desde entonces. Había llegado una de las peores tormentas que registra la  ciudad adonde nacimos y adonde vivimos, con algunos períodos en los que anduvimos por otras partes del mundo en esa mezcla rara de gitanos y burgueses que somos. La tormenta en la ciudad amada, la más bella de la Tierra. A tientas conseguimos encontrar unos fósforos y prender esos lindos candelabros que nunca creímos que sirvieran para algo más que resaltar la mesa de nuestras reuniones.   Cuando nos asomamos al piso inferior, un subsuelo que siempre ha sido escritorio y bodega, vimos que había agua hasta casi un metro de altura y que las cosas flotaban a su antojo. Por suerte la planta principal estaba a salvo, solamente había algo de agua que entraba por una ventana mal cerrada. Respiramos y, con una ingenuidad conmovedora nos dispusimos a reconocer el terreno. Afuera la calle era un río que, felizmente, en nuestra cuadra no pasaba del cordón. Solamente cien metros más abajo el agua había arrasado con todo, en algunos casos llegando a más de un metro de altura; había cosas saliendo por las puertas y ventanas y flotando en la superficie como formas grotescas y amenazantes de una especie de pesadilla que empezábamos a reconocer y que todavía no sabíamos que no era nuestra, era de aquellos que vivían en barrios menos privilegiados y perdían todo más la vida de los seres queridos.  Después la tragedia se generalizó. A medida que pasaban las horas nos íbamos enterando de la desdichada situación de miles de personas.  Y nosotros empezábamos  a vivir de otra manera.  Ese día y los subsiguientes terminábamos agotados, sin las cosas que son parte de nuestra vida cotidiana. Sin teléfono, sin Internet, sin televisión, perdiendo todo lo que había en el freezer, con un hilito de agua para bañarnos.  Lo peor era el atardecer. Mientras la tarde se moría desplegando los colores de la tormenta que a veces parecía alejarse y volvía con toda su amenaza, las sombras se hacían pesadas, temblorosas; el ánimo iba cayendo y a la luz oscilante de las velas comíamos en silencio, llenos de aprensión, temiendo que subiera el agua, ahora turbia y perversa como un animal peligroso y amenazante.  Sabíamos, lo hemos hablado muchas veces,  que nuestra situación era nada comparada con las noticias que oíamos de la antigua radio a pilas que habíamos encontrado en un armario. Pero, pequeños seres humanos atados a nuestras emociones, íbamos transitando como en un mundo paralelo en el que no hay nada más que soledad y desolación.  Querer y no poder, subir un espacio en la intuición del mundo y tratar de sobrevivir a los impulsos que nos quieren dejar inermes al solo amparo de las emociones.

La noche se hacía larga y nos sobresaltaba cualquier cambio exterior que pudiera traer la sospecha de otra lluvia. Vana presencia de la esperanza. Cielo cerrado, temor, cansancio y derrota. Acá, en mi ciudad y más todavía en otra ciudad cercana, el paisaje exterior iba mutando; en una iban cambiando las cosas, el agua retrocedió, empezaban las operaciones de limpieza, la gente se quedaba al sol, en las veredas, cerrando los ojos con alivio. En la otra explotaba la tragedia, las aguas no se iban, los muertos no podían contarse porque se necesitaba que fueran menos de los que eran y las cifras se mentían. Alguien dijo “Por lo menos si tuviera una taza de café caliente”.  Alguien salvaba a un niño pero no podía hacerlo con su abuelo. Otro héroe se ataba una soga a la cintura y salía con su valor a recoger náufragos de la ciudad. Hubo heroísmo y  saqueo, pero mayormente heroísmo.  Hubo quien dio la vida por los demás, quien se acercó a su enemigo para enfrentar juntos el terror de otra noche interminable. Hubo cuerpos flotando a la deriva y niños que lloraban sobre un tejado aferrados a una madre valerosa y llena de dolor. Hubo frío y hambre.  Frío, dolor y hambre. Frío, miedo, dolor y hambre. Frío dolor, hambre y muerte. Entonces empecé a sentir tanta compasión que me quedé sin aliento. Solamente podía vivir un desteñido reflejo de las realidades que estaban acosando la vida de tantas personas, pero esos desconocidos  se me hicieron cercanos, se montaron con su desesperación en el más recóndito lugar de mis emociones y lloré por ellos. A la luz de las velas, con mi alma mojada lloré por ellos. Y se me multiplicaron en el espacio y en el tiempo, como todos los hombres que sufren la injusticia de otros hombres. Porque la naturaleza había sido dura con los hombres y de eso no hay culpables,  pero los hombres que gobiernan no sabían, no podían o no querían mitigar el dolor de la tragedia. Y me imaginé a todos los hombres de mi hermosa Patria. Y me imaginé a todos los que habitan el llano, a los que somos el pueblo. Y a los que gobernaron antes y a los que gobiernan ahora. Los que no supieron o no quisieron prevenir. A los que se olvidaron que tener autoridad es solamente servir a los demás. Y me imaginé los despachos relucientes y los coches con escolta y los sillones mullidos y lloré por las vidas que se llevó una corriente de agua sucia. Por ese niño que perdió sus juguetes y por ese otro al que se le murió el abuelo.  Y no puedo soportarlo. Todo lo que hemos vivido y seguimos viviendo en este momento los privilegiados que solamente perdimos cosas  no es nada comparado con la desmesurada, inhumana, aterradora  injusticia de ser ignorado para el tiempo de ahora y para el futuro por aquellos que deben hacer lo que hay que hacer. Grité mirando la pared con la marca del agua porque quiero un mundo en el que la tragedia sea de la naturaleza y la compasión y el cumplimiento del deber  se  la lleven por delante. Gobernar es prever pero prever con la vista en nuestros semejantes. ¡No hay derecho!. ¿Quién les dio el derecho de gobernar a aquellos que no comparten las tragedias que enlutan a todo un pueblo?  ¿Cómo es posible que no se arrodillen bajando la cabeza ante tanto dolor? ¿Cómo pueden tener una comida caliente, una cama mullida y un mundo de colores cuando las sombras invaden la vida de los otros? ¿Qué es lo que tiene que venir después de la tormenta?  ¿Cómo les enseñamos a los pueblos que su derecho a la felicidad está más allá de cualquier derecho que tengan quienes gobiernan su nación? ¿Cómo separamos los errores de las culpas y las culpas de los errores? ¿Cómo permitimos los hombres justos que alguien se atreva, ose, se anime a dar vuelta la cara y mirar para otro lado cuando el bienestar de su gente depende de sus acciones y de sus decisiones?  Grito y agito mis puños y me pego contra la pared que va agrandando las sombras a medida que se baja la luz de las velas. No!, justicia no es solamente votar. Justicia no es solamente tolerar, justicia no es solamente repartir. Justicia es saber, estar convencido, meter en las entrañas y en el corazón la realidad de los otros. Justicia es saber que todo es de los otros. Justicia es prevenir las tragedias de la naturaleza, del hambre, de la enfermedad, de la pobreza y separar aquello que no puede evitarse de lo que depende de nosotros. Justicia son los otros por encima de nuestro orgullo y nuestro egoísmo cuando somos autoridad. Justicia es sentir tanto dolor que se quede uno sin aliento y no pueda respirar.

No sé qué podemos hacer. Nosotros todavía estamos viviendo a la luz de las velas y sigue cercando mi realidad este mundo paralelo en el que vivo entre el día y la noche. Pero esto también va a terminar y, después, estoy decidida a aprender, a escuchar, sobre todo estoy decidida a que me duela.  El primer día de sol se va yendo, le agradezco a Dios lo insignificante de mis pérdidas. Miro a mi amigo que comparte toda mi vida. Seco mis lágrimas y prometo que no me voy, que nadie me roba una Patria justa.  Que quiero para mis hijos y mis nietos, para todos los hombres que han sufrido esta vez y para los que les toque en el futuro, el cumplimiento de cada deber, más severo cuanto más privilegiado.  Bajo la cabeza ante las vidas que se perdieron, les pido perdón a quienes sufren lo que  no merecen. Que ellos sean semilla fértil de justicia.  Que así sea.