De Rebote
“Es una tarde con el cielo muy azul. Se oye el rebote de las pelotas en la cancha de tenis. Ha venido el vicario a tomar el té. Nunca olvides este día porque, tal vez, no volverás a vivir otro igual”.
Hace muchos años, más de los que querría, era la hora de la siesta pesada, pegajosa y aburrida, yo era una adolescente inquieta y preguntona y me decidí a leer un libro que había encontrado en la biblioteca de una amiga de mamá. Libro para mayores, serio, profundo y distinto. La novela se llamaba, en castellano “Nunca olvides este día”.
Ahora aprecio el talento de aquel escritor del cual no registro el nombre, tampoco la frase es textual pero me sigue impresionando la imagen- sonido de las “pelotas rebotando en la cancha de tenis”. No había nada mejor para meternos en una época lenta, cortés y novelera. Hablar de un mundo gentil, lleno de símbolos de buena vida. Aroma de té delicioso, el eco lejano del partido y las risas educadas de personajes vestidos de riguroso blanco, que solían aplaudir los triunfos del contrario. Todo en cámara lenta. Todo de un tiempo lejano que no era el mío pero que, increíblemente, añoro.
En el tiempo presente, mucho más vertiginoso y acuciante, me vuelve a la cabeza el concepto de “rebote”.
“Rebote: Rechazo, resistencia de un cuerpo al otro, haciéndolo retroceder- De rechazo- De resultas. Acción de un cuerpo elástico al que otro lo choca- De resultas de…”
Afuera hace frío, es una mañana gris. Me dispongo a evaluar esta desazón que me va invadiendo y escribo. Todos vamos por la vida “rebotando”. Oponemos fuerzas contrarias al accionar de los otros. Negativas y positivas, es la única manera de vivir porque todos estamos en este mundo y necesitamos unos de los otros. Necesitamos unos de los otros. A veces, digo a veces porque la vida es bastante autoritaria en algunas cosas, podemos elegir a quienes tendremos cerca de nosotros. Pero, fuera de unas privilegiadas elecciones, vamos encontrando caminos cruzados a cada paso. Giros de personas y momentos, que constituyen la vida. Y “rebotamos”. Bien y mal.
Para rebotar se necesita primero un hecho que producirá toda una cadena de consecuencias; el detonante, el original. El que desatará todos los otros. El hecho que, nos cuesta reconocer, será el “culpable” de la reacción del otro. Vamos de las acciones importantísimas en la vida, de lo vital y lo que clasifica para siempre, hasta el pequeño gesto de cortesía de dejar pasar al otro cuando el espacio es pequeño e insuficiente.
Hay muchos matices en esto de “rebotar”. Primero la capacidad de reconocer que el hecho disparador es el que origina todo y que ha dependido de mí, de mi decisión, de mi voluntad; a veces de mi generosidad , otras de mi tozudez o de mis errores. Todas, todas las emociones y los sentimientos que tenemos por el solo hecho de ser humanos, frágiles y pecadores. Allí empieza todo.
Y ¿cómo puedo medir la reacción del otro? No puedo. Por mucho que lo conozca, el otro tiene circunstancias, motivos, realidades, dolores, proyectos, estímulos, cansancios, alegrías, momentos y deseos que escapan a mi percepción, y yo también. No vale el conocimiento cuando, en algunos casos, el otro aparece como un desconocido que pelea por el “rebote”.
Y sigue el hecho de que, con el mismo disparador, cada persona reacciona en forma distinta. Por lo mismo, porque todos somos uno e irrepetible, sentimos los mismos dolores pero que parecen diferentes y los mismos goces que lo son. Todos vivimos el momento de manera diferente, todos queremos que nos quieran pero los matices nos delatan. Todos “rebotamos” de una manera diferente.
Ya tenemos primero un hecho del que somos autores y, enseguida, una reacción que no esperábamos. Distinta cada vez, aún dentro de la posibilidad de que conocemos al otro hasta poder vislumbrar alguna respuesta. Pero “sabemos lo que hacemos y lo que sentimos pero no sabemos, acabadamente, cómo va a reaccionar el otro”. Y el otro es el “prójimo”, el más cercano en esta riada de acontecimientos que van clasificando cada acción.
Nuestra expectativa es siempre distinta. Lo mismo, en otro momento, es distinto. De pronto el enojo ha conseguido un gesto conciliador del otro y nos sentimos avergonzados y confortados al mismo tiempo. De pronto solamente hemos querido hacer un comentario y la reacción ha sido devastadora. Y no estoy hablando solamente de parejas. Estoy hablando de todas las relaciones humanas. Estoy hablando de aquella chiquilina que me cedió el asiento en el bus y a quien le agradecí el gesto como una esperanza y me dolió la realidad de que ya estoy para que me den el asiento!!! Y de la madre que discute con su hijo y los hermanos entre sí, los amigos, los compañeros de trabajo. El intrincado tejido de las relaciones humanas que nos atrapan aún cuando nos salvan de la soledad.
Hay un infinito camino de “rebotes”. Desde la sonrisa de un bebe cuando se asoma su madre a la cuna hasta una declaración de guerra de fanáticos religiosos. Siempre un hecho primero, un receptor que responde, una cadena de acontecimientos cotidianos o de los otros que producen el cambio total del universo. Basta que una mariposa aletee en esta parte del mundo para que suceda un terremoto en la otra orilla. Es más fácil pensar antes de actuar a sufrir el “rebote” inesperado. Es más fácil ponerse de acuerdo entre quienes nos amamos para que nada de lo que hacemos produzca en ellos y en nosotros el “rebote” desmesurado, el que duele, el que no comprende. Es más fácil hacerse cargo del hecho propio y prepararse para un “rebote” correcto. El que empieza es el disparador de lo que sigue. Ser valiente es actuar según debemos y según sentimos y saber que debemos soportar las consecuencias.
Y cuando debemos actuar, en el terreno de las cosas importantes, sacamos de la manga las tres preguntas cortitas y sabias:
“¿Puedo hacerlo?”
“¿Quiero hacerlo?”
“¿Debo hacerlo?”
Contemos con un silencio, una sonrisa a tiempo, un argumento justo y fuerte, un pedido de mesura. Un “te quiero mucho”. La falta de malicia. La introspección para descubrir los verdaderos propósitos de lo que digo y hago. Y una esperanza cierta: “El amor es lo que más rebota”.
Se van apagando las luces de afuera, mi lámpara del escritorio llena de calidez el cuarto. Estoy divagando con esto de los rebotes. Y me suena bien.
Sin cerrar los ojos converso con el Vicario que vino a la casa con el parque inmenso y florido. Miro el cielo azul y oigo el rebote de las pelotas en la cancha de tenis. Voy a vivir bien este día porque nunca tendré otro igual.
PRIMERO LA JUSTICIA
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.
