La cadena nos engaña

Mi padre tenía los ojos mansos y cautivantes. Como todo lo que se refería a él una parte de su vida era la realidad, producto de una educación severa dentro de una familia grande; y lo otro era su mundo personal en el cual todo era posible. Él alternaba de uno al otro con el solo límite de sus deberes primero como hijo y luego como padre. Sus ojos presumían de ser bien oscuros porque así nos engañaba con su aspecto español, tez blanca y pelo abundante negro y revuelto. Pero, si uno lo miraba bien, sus ojos eran claros, mezcla de verde perdido en celeste y con un centro dorado. Solamente había que mirarlo al sol y con determinación. Eran ojos mansos y engañosos. Como él.
Mi padre tenía una mezcla de importancia y atractivo para sus hijos y sus nietos. Sabía canciones que nadie más sabía. Se afeitaba cantando, sabía silbar y contar relatos que mezclaban todo, todo lo que el mundo podía ofrecer a esta riada de niños que lo seguíamos embelesados. También tenía su mundo mágico entre las mujeres, pero esas eran historias que nunca contaba, solamente lo sospechábamos a medida que íbamos creciendo.
Lo que hacía mejor que nadie era enseñarnos a conocer el mundo desde el límite cotidiano. Nunca se sabía por dónde iba a dispararse el sendero fino de la observación. Pero podía encontrar la linterna mágica que nos mostraba la luna y sus sombras, sentados en la escalera angosta que llevaba a una terraza de malvones. Era el primero que descubría el reflejo nuevo en un charco. Y cómo puede pasar un camello por el ojo de una aguja. Porque mi padre nos enseñaba, más que nada, a usar la imaginación, abriendo espacio y tiempos eternos. Nos llenaba el alma de relatos y, recién cuando fuimos grandes, nos dimos cuenta de que ésa era su forma de enseñarnos la vida desde otro lugar.
Y aprendimos. Sí que aprendimos algunas cosas. A veces lo recuerdo de improviso, descarto sus faltas y me regodeo compitiendo con él, que ya no está, para sacar provecho de lo que menos se piensa que puede aguardarnos desde el tumultuoso e inevitable mundo que me toca vivir. Ahora, cuando los años han suavizado las pasiones y tengo más que los que tuvo él, puedo balancear lo que nos dio con lo que no podíamos esperar de él y todo está bien.
Pero también, como lo aprendimos de él, puedo divagar por caminos aparentes y perder y volver a encontrar el hilo de mis reflexiones, una y otra vez. Hasta que aparece el tema y allá voy.
Era una mañana de domingo, mi padre estaba en la terraza, la de los malvones y las baldosas gastadas. Yo estaba jugando en la escalera y oí que me llamaba.
Miré para arriba y lo vi medio inclinado sobre la pared. En sus manos tenía una cadena brillante y una canasta. Me dijo que iba a enseñarme algo que algún día me serviría para decidir cosas importantes. Puse cara de interlocutor inteligente, cómplice de sus “bobadas” y aprendí, ¡vaya si aprendí!
Me pidió algunos de los juguetes de madera y los juntó en la canasta. Después, mientras tatareaba como distraído, fue bajando lentamente la canasta hasta donde se lo permitió el largo de la cadena. Izó lentamente ambas y con un pase mágico, que yo no advertí, cambió uno de los eslabones. El nuevo eslabón era notablemente más chico y débil que el resto. Consecuencia, en cuanto largó otra vez la canasta, ésta se soltó y cayó estrepitosamente al suelo por el hueco de la escalera. Grité, preocupada por mis juguetes y corrí para abajo seguida por mi padre que trataba de tranquilizarme. Por suerte nada había sufrido daño porque él se había asegurado de que así fuera. Ahora en el patio, en aquella mañana de invierno, me mostró el eslabón débil.
Y me dijo: “La cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil”. “Todas las cadenas tienen la fuerza de su eslabón más débil”. “No importa que tengas la más gruesa y fuerte del mundo. Se romperá en ese eslabón y, entonces la cadena no servirá para nada”.
Lo entendí, juro que lo entendí. Aunque en aquel momento no me di cuenta de lo importante que era ese concepto.
En las cosas materiales esto se comprueba fácilmente, saberlo hace la diferencia entre un artesano eficiente y un aprendiz torpe. Conocer la naturaleza de la “cadena” de la música hace la diferencia, por ejemplo, entre Mozart y un niño de dos años que golpea un tambor. Entre un profesional médico que enhebra los síntomas de su paciente y un falso médico que desconoce el valor de cada cosa. Para levantar una torre mejor evaluamos cada eslabón de cada cadena. Y así es fácil seguir una línea de pensamiento que nos guía a hacer las cosas bien.
Las verdaderas dificultades aparecen en otros dos casos.
El Tiempo. Enhebrar el tiempo de nuestra vida juntando los eslabones de cada día y aprender a descubrir en qué momento elegimos el más débil que fue cuando faltamos a nuestra fortaleza para elegir con justicia, con claridad, con conocimiento, poniendo cada cosa en el lugar que corresponde. No estamos hablando de culpas ni de responsabilidades, a veces elegimos sin fortaleza porque las circunstancias ajenas a nosotros nos arrastran. El tiempo está hecho de eslabones que tratamos, desde nuestra débil naturaleza humana, de gobernar según nuestros intereses. Veamos cuáles son los tiempos más débiles, ellos marcarán el resto. El resto de nuestra vida con mayor o menor importancia, pero definitivamente el resto de nuestra vida.
Lo más difícil son las relaciones humanas. Nos cuesta entender que siempre la cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil. Y así tenemos una familia perfecta hasta que uno de los cónyuges se quiebra por sus propios fantasmas y todo se termina. En nuestro trabajo vamos elaborando una tarea en equipo hasta que uno de nosotros no está a la altura de la exigencia y la cadena se quiebra. Confiamos en una promesa que nos convoca a muchos, hasta que uno de ellos no consigue remontar sus propias debilidades y la cadena ha dejado de servir. El ser más débil de una familia conflictiva adquiere una adicción y todos sufrimos. Los jóvenes que se mezclan con quienes, además de corruptos, son más fuertes y sucumben al grupo.
La vida tiene esas cosas que nos sorprenden mal, que nos hieren y hieren a los demás sin que nadie se lo proponga.
¿Qué hacemos? Aprender a encontrar el eslabón débil de la cadena de la vida.
Observar, prevenir, hablarlo con quienes amamos. Ponernos de acuerdo en que reforzaremos ese punto débil que llevaría todo al desastre. Encadenar una sonrisa al trato cotidiano. Responder con sencillez y fuerza a la ira del otro y trabajar juntos para eliminar ese solo eslabón que lleva la relación hasta el nivel de quiebre. En todos los casos reconocer, prevenir, reconocer, aceptar nuestras debilidades, reconocer.
“Darse cuenta”
Vuelvo a mi padre. Un hombre lleno de debilidades que tenía los ojos mansos y cautivantes, le sonrío, lo guardo entre mis recuerdos más afortunados. Lo sigo queriendo. Y trato de que la cadena de mi canasta tenga todos sus eslabones en orden. Claro, yo sola no puedo, necesito a los otros. Ése es el eslabón más fuerte en la vida. Los otros. Sin ellos todos los eslabones son débiles. Los otros.
Bajo la escalera que me llevaba a la terraza de los malvones y me voy, peripuesta como una niña sabia, a vivir otro día de mi vida.
LA JUSTICIA PRIMERO.
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.