Hilachas que van tramando
El pie en el acelerador
Las pequeñas ciudades alemanas, así como sus pueblos, estallan como burbujas en el verde colorido de las colinas suaves y delicadas en estos tiempos de verano, gozosas de tenderse al sol que se les irá escapando cada día un poquito, hasta hacerse apenas tibio y claramente esquivo el resto del año. Aparecen entre uno y otro valle que se suman y se dividen. Después vienen valles monumentales que contienen a otros más pequeños. Atrás, como vigilantes, unas montañas enormes que se nos van acercando a medida que recorremos más y más kilómetros. Y salpicando todo con una mezcla de fuerza viva y omnipotencia, bosques y bosques que se mezclan, se alejan y se imponen a la vista. Bosques desdeñosos que están arriba de la montaña, colgados, allá donde nadie puede alcanzarlos, adonde llegaron sin la mano del hombre. Bosques cercanos, inmensos que nos tientan y nos desafían con las historias de caballeros teutones, de walkirias y de duendes traviesos y maliciosos.
Árboles que se vienen cayendo por las laderas de las montañas para que nosotros entendamos el verdadero significado de la palabra pequeñez.
En el paisaje lo que asombra, sobre todo, es la infinita variedad de planos, verticales y horizontales, todos marcando diferentes tonos en los que predomina el verde, miles de verdes y de amarillos en los campos ya cosechados. Y las sombras a veces desproporcionadas, que tapan este o aquél recodo del camino, toda una ladera o el río escondido entre las rocas.
Los pueblos se anuncian, como casi en toda Europa, con las torres y los campanarios de cada iglesia. Desde uno se ve el otro y desde éste el que sigue hasta que todo termina siendo un camino de historia en la que la religión, para bien y para mal, ha tenido protagonismo. Hay torres afinadas de líneas sobrias y delicadas que se van hacia el cielo, las hay bien barrocas, con curvas y redondeces y las otras que, a medida que vamos para el este, tienen los campanarios acebollados tan característicos de las iglesias orientales. Cebollones que brillan como el oro cuando han sido preservados o tienen un especial color verde que toma el bronce viejo acunado por los años y por las leyendas heroicas de las persecuciones religiosas. Hay algunas de todas estas iglesias cuyos campanarios, recubiertos de esmaltes, despliegan todos los colores. Al amparo de todas ellas la vida ha seguido su curso con una perseverancia que se nota en las casas llenas de flores de colores, en cada ventana y cada vuelta del camino, en los campos de labor y el paso sereno y gesto gentil de sus habitantes.
Volvemos a las autopistas. En las más importantes de Alemania, no hay máxima velocidad. Y los alemanes lo aprovechan. La sensación, conduciendo, es que en el espejo retrovisor veíamos un punto remoto que en un parpadeo está pidiendo paso con todo derecho. Y nos asusta. Aunque la exigencia de corrernos sea respetuosa, ese coche pisándonos los talones nos asusta. Como somos seres humanos y tenemos inseguridades puede ser que pasen dos cosas, iguales de peligrosas, la primera es que aceleremos para sacarnos al intruso de encima, cosa que no logramos, la segunda es que volvamos a nuestro carril original dejándole poco espacio al coche que viene por él. Ambas maniobras son muy peligrosas.
Como en la vida. Todos, una vez u otra hemos empujado al que venía adelante, obligándolo a aceptar nuestro ritmo o a molestar a los otros poniéndose delante de ellos. Todos lo hemos hecho y es bueno que reflexionemos sobre estos tiempos vertiginosos que, a veces, nos tira la vida. Corrigiendo actitudes y procurando no repetirlas. Pidiendo perdón y que sea de verdad.
Pero hoy estoy pensando en algunas personas que viven siempre de esa manera. Personas que por irreflexión arrastran a todos los que tienen alrededor a una carrera interminable que les arrea la vida entera. Pensaba en personas que por egoísmo no detienen la carrera aunque otro lo necesite, que ponen sus necesidades por delante de las de los otros. Que someten a todo el grupo a situaciones dramáticas y definitorias que podrían evitarse por el bien de todos. Son los que miden la vida según lo que les pasa a ellos. Los que apenas eran un punto en el horizonte y repentinamente empujan al desastre a toda una carretera.
Los hay, a esta altura de mi vida sé que los hay. Y también sé que me los he cruzado y por inexperiencia o excesiva juventud alguna vez he dejado que sostuvieran su propio ritmo a expensas del mío. Como nos ha pasado a todos.
Hay quien ha podido salvarse de tales influencias porque tiene una especial serenidad o porque tuvo suerte. En cambio hay quienes acuciados por el que atropella se han cruzado en el camino de otro, multiplicando el daño sin haberlo querido. O le han dado a su propia vida un ritmo de infelicidad.
A esta altura de la vida sé que hay personas que desordenan la de otras personas, las empujan, las ponen en peligro, las desprecian. No importa que la suya propia sea un camino de penurias. No se dan cuenta y siempre piensan que los otros están obstruyendo el paso.
Es para pensarlo. Tratemos de respetar y hacer respetar esas largas y complicadas carreteras en las que va, siempre entrelazada, la vida de todos. Debemos ayudarnos a mantener el ritmo que las personas necesitamos para convivir con felicidad, que es lo que queremos todos. Alejemos de nosotros a aquellos que nos empujan, a menos que pueden reflexionar y cambiar sus impulsos.
Hagamos un pacto de honor.
Buena carretera, tiempo para gozar del paisaje, tiempo para comprender a los otros y ser comprendido. Tiempo de ritmo sereno, parejo, respetuoso de los demás y de uno mismo. El mismo derecho para todos y un cumplimiento estricto de las reglas de tránsito de la vida.
Cae la noche y las montañas se han hecho tan grandes que ya tengo ganas de no verlas, mientras los valles coloridos y el sol han desaparecido ¡¡quién sabe por dónde!!
Me espera una habitación muy sencilla en una casa de gente sencilla. Voy a disfrutar enormemente de su compañía para salir mañana, otra vez, a la carretera. Tengo una buena dosis de felicidad, la necesaria, el tiempo que pasa me va dando derecho a decir lo que pienso. Eso es una buena dosis de felicidad.
PRIMERO LA JUSTICIA.
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hermoso el lugar ,brillante descripción, ingeniosa metáfora y agudas reflexiones!
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