Hilachas que van tramando
Elegir la soledad
Saboya (en francés: Savoie, en arpitán Savouè, en italiano: Savoia) era una región de Sacro Imperio Romano Germánico en Edad Media, luego de Italia hasta 1860. La Saboya se hará francesa con la anexión de 1860. Aproximadamente comprende el territorio de los Alpes occidentales entre el lago de Ginebra en el norte y la provincia de Mauriana en el sur. Con tiempo la Saboya se aumenta con tierras italianas, Niza, la costa mediterránea y el piamonte.
La tierra histórica de Saboya emergió como el territorio feudal de la casa de Saboya durante los siglos XI al XIV. El territorio histórico hoy es compartido entre las repúblicas modernas de Francia, Italia y Suiza.
En forma fría y concisa el texto nos sitúa, más o menos, en la zona de los Alpes Saboyanos. Nos pone como testigos asombrados en una historia que va mucho más allá de cualquier descripción. Que está hecha de sangre, de traiciones y amores desesperados. De tratados y pactos sin cumplir y otros que arrasaron con todo lo que se interponía a su paso. Grandes celebraciones, vasallaje, comunidades estructuradas por su riqueza o sus creencias. Destinos inevitables. Abuso de poderes, muertes y pasiones desordenadas. De grandes tapices y castillos enormes que se levantaban sobre el esfuerzo de generaciones y generaciones. De catedrales que llegaban al cielo con sus arcos y sus vitreaux de una belleza celestial. De guerras y ducados, de hombres pecadores llenos de ambición, de soberbia y vanidades. Sedientos de poder, casi inhumanos. Y también de otros que pudieron sacar lo mejor del espíritu humano en la Edad Media que terminó floreciendo hasta el Renacimiento para dejar al hombre como centro de la historia, de la cultura y de las artes.
Hoy, en una apacible tarde de verano, nos dirigimos de una ciudad a otra por los mismos caminos por donde se iban los cruzados y volvían los nobles empobrecidos sin saber que se acababa su época y ellos habían contribuido a su propia desaparición. Vamos cómodos, a velocidades que en aquellos tiempos se hubieran considerado diabólicas, y en lugar de terminar en una hoguera me entretengo sacando fotos de estos castillos montados sobre salientes rocosas, peñascos aislados como islas al viento, separados de las montañas enormes pero recostados sobre ellas, de tal manera que llegar a ellos era imposible y es imposible hoy día. Todos muy grandes y algunos de estructuras tan inmensas que dejaban atrás toda dimensión humana. Costaba mucho esfuerzo, muchas vidas y muchas muertes, llegar a ellos. Construirlos primero, después defenderlos. Cuánto más aislados, más fuertes, más solitarios, mejor tenían que ver con sus dueños. Dinastías de nombres famosos que se quedaron en la historia.
Vemos uno y otro, y otro, no puedo asegurarlo desde el conocimiento pero sí tengo la impresión de que es una de las zonas en las que encontramos más de estas estructuras abandonadas que se recortan contra el cielo, entre montañas apretadas, valles que no se ven y circuitos de camino que nos hace verlos y dejar de verlos en cada curva.
Ya nadie los quiere. Su mismo aislamiento provocó su decadencia y la muerte gestual en sus piedras. Los caminos de acceso originalmente difíciles han desaparecido entre bosques y quebradas y ellos están allá, solos, cerrados en sí mismos, sin que a nadie le interese su existencia.
El poeta ha dicho “Vanidad de vanidades y todo vanidad…” Y nosotros “Soledad de soledades y todo soledad”.
Como algunos hombres. Como algunos hombres que eligen la soledad. Se aíslan de los demás. Generalmente lo hacen en las épocas de la juventud en las que todo resplandece y el espejismo de la autosuficiencia es fuerte como una mañana de primavera. Y siguen por la vida sin escuchar, sin pedir perdón, sin compadecerse de los otros para terminar sin poder compadecerse de sí mismos.
Los hombres y mujeres que eligen su soledad probablemente no han tenido el mensaje de amor indispensable en los primeros años de la vida. Probablemente no han tenido quienes los amen lo suficiente para que los arranquen de su aislamiento, no han aprendido lo vulnerables que somos todos, que somos todos, los fuertes y los indecisos, los bellos, los grandes, los sabios y los niños. Lo vulnerables que somos todos. Tanto que necesitamos caminos que se crucen, que se mezclen y se acompañen. Caminos de unos y otros que serán cuidados con toda diligencia porque no hay otra manera de vivir más que dependiendo de los demás.
Los que eligieron la soledad sienten que siempre tienen razón. Esperan de los otros cierta devoción, una especie de humildad que refuerce su propia autoestima. Contestan con aspereza o se cierran en un silencio elocuente que despertaría preocupación si no terminara siendo ignorado por los demás.
Los que eligen la soledad van armando caminos difíciles, desconocidos, que se irán desdibujando a medida que el tiempo aleje a quienes deberían amarlos.
No saben que la misma soledad es un camino incierto, penoso y traicionero.
Una decisión absurda que esconde su propia desgracia.
Y resulta que cuando la vida sigue su curso, lo que se había decidido en el momento de la gloria y el poder, como un castillo en la montaña, se transforma en una condena inapelable, que nadie quiere, hasta que solo quedan piedras deformadas que se recortan contra el cielo muy azul, y los caminantes dejan de verlas mientras se alejan con su propia vida a cuestas, compartiendo lo que les es dado.
Porque el tiempo, inapelable, ya no deja volver atrás. La vida me ha enseñado y me sigue enseñando, cada dia, cada día sin faltar uno, que lo mejor es construir el castillo al nivel del suelo, cerca de los otros, con la puerta abierta para que entren y también para que salgan cuando quieran.
Alcanzo a ver el último de los castillos sobre un peñasco enorme antes de que se haga de noche. Me da una pena tan grande que tengo apuro por llegar a destino.
Miro a mi amigo ocupado conduciendo el coche y seguramente pensando en cosas mucho más sencillas. Me arrebujo en el asiento con la mantita de colores y ya estamos llegando al pueblo. La soledad, decididamente, no es para mí.
PRIMERO LA JUSTICIA.
PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.
