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Hilachas que van tramando – la Puerta 45

14 Ago

Hilachas que van tramando

La Puerta 45

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Lo que llamamos “Puerta 45”  en ese aeropuerto es un alarde de grandiosidad y buen gusto.  Allí llegamos muchas horas antes del vuelo.  En lugar de convertirnos en peregrinos desalentados recorriendo la ciudad para hacer tiempo, después de un viaje estupendo y muy cansador, decidimos buscar refugio metiéndonos en el pre- embarque como quien se mete en una cama ajena  pero confortable.  El lugar es enorme, y los amplios ventanales incorporan cientos de aviones.  A la distancia hay más, y parece que estuviéramos volando con cada uno de ellos, asumiendo el cielo y la tierra en otra dimensión.  El piso brillante y los espacios que se van sucediendo siempre iguales y siempre distintos a medida que buscamos la Puerta 45, serán nuestra cápsula fuera de toda realidad. Como si nos hubiéramos transformado en viajeros eternos renovamos esa emoción de no pertenecer.  Insignificantes y al mismo tiempo dueños de ese lugar al que solamente acceden los que van a viajar.  Únicos, distintos, anónimos, cositas dispersas en el espacio que nos va a contener dentro de unas horas, sobre un mar que se hace inmenso en la noche hasta que volvamos  a ser los dueños de nuestra propia vida.

Hay todo tipo de personajes y nosotros somos otro tipo de personajes.  Hay gente de todo el mundo y nosotros somos de otro mundo.  Se oyen mil lenguas diferentes y nosotros tenemos una de ellas ¡sólo que la nuestra es la mejor porque nos entendemos!  Ese espacio cerrado es uno de los puntos en los que uno experimenta la vastedad del mundo, las diferencias entre los hombres que confirma que finalmente somos todos iguales, pertenecemos todos a este planeta Tierra y lloramos y reímos por las mismas cosas.  Todos embarcados en los mismos viajes. Dependiendo unos de otros.

En un momento empezamos a sentir una guitarra y una canción.  La voz es de un hombre joven y, más que entonada, es emocionante. Está rodeado de gente pero su voz está sola, categóricamente sola, como si estuviera a la puerta de su casa frente al desierto, mientras amanece y la arena se pone rojiza. Es una voz con cavidades y tiempos remotos que se llenan de sus propias querencias a las que, por puro sentimiento, se van incorporando las nuestras.  Todos frente al desierto, cada uno solo y todos juntos.  Está a unos veinte metros de nosotros y lentamente empieza a hacerse  silencio.  Se agrega otro sonido, y otro de instrumentos pocos convencionales.  Se agrega una voz de mujer y otra y otros hombres.  La música es rítmica y de sones repetidos, como los salmos.  Increíblemente dulce y sin embargo fuerte y convocadora.  Nos vamos acercando hasta que los rodeamos en círculo.  Alguien corre los sillones.  Ellos van formando pequeños círculos y empiezan a bailar.  Se invitan unos a otros para incorporarse al grupo.  Después mezclan las figuras coreográficas y se hace un círculo mayor.  Van para un lado y para el otro.  Es, notablemente, un baile folclórico.  Cambian las canciones pero siempre del mismo estilo.  Los rostros se iluminan, los jóvenes bailarines-cantores están felices, y la danza se hace más activa.  Las mujeres despliegan todo su encanto, las hay de todas las edades aunque siguen prevaleciendo las más jóvenes.  Los hombres se sonríen y bailan estimulados por ellas. Alguien dice “Son canciones judías”, “No, son sardas catalanas”.  “Son canciones religiosas”. “Son del Este de Europa”.  “Parecen de gitanos”.   Un rato después nadie trata de entender, todos gozamos con el espectáculo que convoca a más de cien jóvenes.  Cantan y bailan como si estuvieran solos, al borde del desierto mientras amanece y la arena se pone rojiza.  Me dejo llevar, como todos, y tengo ganas de agregarme a ellos.  No lo hago porque los dueños del desierto son ellos y yo un pasajero anónimo, pero me quedo hasta que terminan de bailar.  ¡Han pasado más de dos horas!  El público estalla literalmente en aplausos y gritos de aprobación.  Ha sido un momento único, de aquellos que la vida nos depara.  Inolvidable.  Después nos enteramos de que son jóvenes polacos, más de cien, de un grupo de dos mil, que van al Encuentro de la Juventud a Río de Janeiro.  Su canto era religioso y cristiano y judío y catalán.  Era de gitanos y de peregrinos.  Era de alegría y de ofrenda.  Dios y la juventud se llevan muy bien, muy bien.  Dios y la juventud son posibles de suceder, siempre.  Llevan la vida, con toda precisión, hasta el punto de mayor esperanza.  Dios y los jóvenes son poderosos.  Cantan y bailan y nos conquistan.  Nos convencen de que todo es posible.  Nos contagian de eternidad.  Dios y la juventud se llevan muy bien.

Me pongo a pensar en el poder benéfico que tienen los que cantan y bailan con esa alegría.  Y, también, en el poder como una fuerza externa que puede decidir sobre la vida de cada uno.

Vamos a hablar un poco sobre el poder.  Pero, primero, diferenciamos.

Poder: Tener expedita la potencia o facultad de hacer alguna cosa//Tener facilidad, tiempo o lugar de hacer algo.

No vamos a hablar de ese poder.  Solamente decimos que el mundo sería mucho mejor para todos si todos usáramos los dones y las posibilidades que tenemos de hacer cosas, haciéndolas bien y con buenos propósitos.  Pero ese es otro tema.

Poder: Tener dominio, imperio, facultad para mandar a hacer algo// Suprema potestad rectora del Estado.

Estamos en tema.  El poder debidamente ejercido es el que se usa para el bien de los demás.  Es  la parte ejecutiva de la Autoridad. 

Como ya sabemos algo sobre la Autoridad deducimos que el Poder tiene que basarse en el prestigio de quien lo ejerce y solamente usarse para servir a los demás.

Pero la trampa en todo esto es que también el poder lleva en sí mismo el germen de su locura, que aparece una y otra vez para engañar a quien lo ostenta y hacerle creer que es absoluto o que puede durar para siempre, lo que equivale a lo mismo.  Locura que también engaña a quien está sometido a él y que contribuye con su actitud por subordinación, miedo, ambición o cualquier otro sentimiento negativo, a la torpe maniobra.   Con la necesaria complicidad de ambos sujetos, uno culpable, el otro víctima, el poder adquiere entidad como un tercer personaje, ajeno a los otros dos, que se pasea tan campante por este mundo arruinando la vida de mucha gente.  Dos hombres, por lo menos, se necesitan para que el poder aparezca.  Aunque, generalmente, es cosa de muchos.

Hablamos del poder de individuos en su familia, sus amistades, sus relaciones laborales, el mundo social, y, también, el poder político que siempre es desmesurado,  porque afecta a un número enorme de personas.

El sentimiento primario ante aquellos que están sometidos a un poder del que no pueden liberarse es de una profunda tristeza y un enojo enraigado en la naturaleza de los hombres que siempre han luchado contra él y siempre con éxito, ya que el mundo ha ido repartiendo el poder siempre de menos a más personas, y así será para siempre.  Pero eso es tema para historiadores y sociólogos.  Seguimos con lo nuestro.

En los primeros años de la vida uno teme, queda confundido, sospecha, se achica  y quiere alejarse del poder.  Sobre todo le teme.  Pero, felizmente, los años pasan y como decía la abuela “he visto más castillos caer que estrellas en el cielo, solamente me quedo mirando y espero”.

El poder termina derritiéndose hasta ser una masa informe para empujarla y sacarla de escena sin mirar atrás.  Es así porque su propia existencia es parte de una locura recurrente que el hombre debe desterrar de la historia.

Nos  preguntamos una y otra vez sobre su naturaleza.

Es sin dudas el más fuerte de los impulsos que tiene el hombre.  Más cosas  se han hecho por tener poder que por amor o ambición.  Y en su misma perversión está su fracaso.

El Poder es el instrumento ideal de la Soberbia, primer pecado que según la Biblia se ha cometido contra Dios.  ¡Nada menos qué contra Dios!  Creerse diferente a los otros y más qué ellos!  Engaña y deforma la realidad, aísla a un individuo de los otros, desprecia a los que son iguales, reduciendo la humanidad a harapos, abandona los afectos, agota porque necesita una fuerza inagotable, envejece porque se lleva los años de vivir, ejerciéndolo.  Miente, corrompe, aturde.

Peca contra los otros y necesita la soledad para sobrevivir.

Si lo miramos desde otro lado el poder se ha llevado jirones de la humanidad de quien lo ostenta cuando  la humanidad es lo que somos.  Andamos por la vida siendo humanos, necesitamos que nos amen, que nos cuiden, que nos entiendan, que nos permitan pertenecer, somos con los otros y por los otros.

El poder se ha llevado jirones de la humanidad de aquel pobre individuo que quiere ser poderoso, que se siente poderoso, que es poderoso, que en realidad está solo, está abandonado, está miserablemente perdido en la única vida que vivirá en este mundo.  Porque el poder tiene un enemigo fatal, impiadoso que lo persigue, lo acorrala y siempre, siempre le gana.  El Tiempo.  Tarde o temprano ese pobre individuo con poder absoluto mirará su imagen en el espejo del tiempo y, aunque no lo diga, aunque no quiera ni pensarlo, se encontrará fuera de todo espacio, solo, sin creer en nadie, sin que nadie le crea ni lo quiera.  Buscando una pertenencia que no existe, cuando no muriendo por el rebote de los excesos cometidos.    Nadie lo quiere ahora pero eso no es lo malo,  lo malo es que nadie lo ha querido nunca, nadie lo ha compadecido, nadie lo ha acompañado nunca.  Los que creía que lo acompañaban lo han estado engañando.  Entonces se va fundiendo en una masa informe, caída en el suelo, que alguien pateará sin conocer.  Es así.  Se derrite, hasta que el que lo ostenta, siempre, siempre, se queda pequeñito y termina desapareciendo.

“Lo importante para nosotros, personas comunes, millones de personas comunes, sería mirarlo desde el principio como si fuera su final”.  Es hacerle frente desde cada lugar.  Usar lo que uno tiene de humanidad para combatirlo heroicamente si se puede o enfrentarlo con un silencio elocuente.  Con fuerza interior, dejando que cada cosa adquiera la verdadera dimensión.  Para comprender su insignificancia y perder el miedo.  Con la viva fuerza de los hombres justos.

El poder absoluto  no sabe nada.  No tiene nada.  Es pura locura.  Se pierde lo mejor de la humanidad.  El poder absoluto es imbécil.  Y, si Dios quiere, será desterrado de este mundo siempre que  los hombres sigan caminando en busca de la paz y del entendimiento y la tolerancia entre ellos.

Hemos visto a los jóvenes cantar y bailar felices contagiando a todos su alegría: ellos y Dios se entienden.  No necesitan poderes especiales para vivir.

Ninguno podrá detenerlos. Qué así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.