Archivo | septiembre, 2013

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia XII – Otro aspecto de las Normas Claras

24 Sep

 Hilachas que van tramando  – Autoridad en la Familia XII

El otro aspecto de las Normas Claras

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Recordemos que estamos hablando de una familia. Una familia tiene una dinámica diferente a cualquier otra institución en la que se necesiten normas expresas de convivencia.  La familia no se maneja con un Código formal.  Para distinguir bien este concepto, como otras veces, volvemos a la sencillez de la experiencia de vida de generaciones y generaciones de familias que nos precedieron.  La familia se estructura y se desestructura según la vida le va pasando por al lado, por encima como una aplanadora o con tiempos de paz y alegría en los que parece que todo está muy bien.  Pero casi nunca estamos en equilibrio.  Por la misma riqueza de emociones y sentimientos, expectativas, proyectos y contingencias que vivimos en la familia, casi nunca estamos en equilibrio.  ¡Lo que es una suerte!

Porque en todo Equilibrio, las fuerzas se compensan hasta que se anulan para terminar siendo iguales.  Eso no existe en una familia.  Si fuera así se perdería el riquísimo entramado de muchas vidas que recorren juntas todo el camino.  Y siendo el amor y la identidad lo único que los ata, los integrantes de una familia, verdaderamente resultan iguales pero diferentes.

Lo que se requiere en la familia es la Armonía: por la cual las fuerzas no son iguales, por lo contrario se complementan, las personas se aceptan como diferentes y en tiempos diferentes, todos crecen.

Todos son diferentes, tienen diferentes edades, diferentes sueños, diferentes proyectos y otros recursos personales.  Hay momentos en que los planos se inclinan para uno u otro y todos deben respetarlo y comprenderlo.  Hay momentos en que uno necesita más tiempo que los demás, aquél más severidad y éste más risas.  Uno recibirá más tiempo y otro más diálogo.

De eso se trata lo que llamamos Armonía en la familia, para lo cual necesitamos las Normas Claras, con ellas aprendemos unos de otros según se suceden las generaciones.

Repasando, hemos dicho que para que resulte necesitamos las cuatro C de la información sobre las normas a imponer:

  • Clara
  • Corta
  • Concisa
  • Cambiar de tema

Para que el hijo entienda y aprenda:

  • Lo que tiene que hacer
  • Lo que debe hacer
  • Lo que puede hacer
  • Lo que quiere hacer

Ahora corresponde hablar sobre el otro aspecto de toda norma y jugamos con las cuatro C, que también necesitamos:

  • Conversar
  • Comprender
  • Conciliar
  • Conceder

Esto se refiere a los padres y se irá requiriendo de los hijos a medida que ellos vayan creciendo.

Conversar: Tener trato y comunicación con alguien.  Ya nos hemos detenido largamente en el tema de la comunicación y seguiremos haciéndolo porque es fundamental en la vida de todos los hombres y, especialmente, en la vida de una familia.  Es la matriz de toda educación, de toda relación y, por ende, de todo el amor que se tienen entre ellos.  Para que la Comunicación sea eficiente es necesario hablar y hablar y no solamente de cosas concretas, cotidianas y simples.  A veces se necesita hablar de otras cosas, más personales, más íntimas y formadoras.

A veces es necesario lo que yo llamo: “Hablar con subtítulos”.  Hace falta decir lo que uno siente.  Hace falta explicar por qué uno quiere algo.  A qué se debe tal exigencia.  Hace falta contar lo que le pasó en tal o cual situación.  Hablar de lo que para uno es importante. Expresar cuánto uno ama al resto.  Lo que quiere para ellos.  Lo que agradece tenerlos.  Y explicar cuando una norma debe cumplirse y por qué.  No basta con “sentir” las cosas, hay que relatarlas.  Los otros, los integrantes de una familia no tienen por qué “saber” intuitivamente lo que le pasa a uno.  Con la moderación de no exagerar, hay que “comunicar”.

En estos tiempos nos vamos acostumbrando a dejarnos llevar, demasiado seguido, por banalidades; hablamos con abreviaturas, tememos a los temas importantes, nos deslumbran las imágenes y nos falta el tiempo.  Hay que conversar, y hablar con subtítulos.

Comprender: Es abrazar, ceñir, rodear// Contener, incluir en alguna cosa// Entender, alcanzar, adivinar.

Incluir a nuestros hijos en toda nuestra consciencia, alcanzarlos en su desarrollo, abrazarlos con voluntad de cuidarlos. ¡Entenderlos! ¡Entenderlos! ¡Entenderlos!

Conciliar: conciliar es componer y ajustar los ánimos discordes.  Armonizar.  Somos los padres los que estamos preparados y debemos bajar los ánimos y acrecentar nuestra benevolencia.  Por edad, por situación, y por la responsabilidad que nos hemos tomado, los padres debemos manejar las situaciones en que hace falta conciliar.  No se puede perder la paciencia . “El que pierde la paciencia pierde la guerra” Por amor a nuestros hijos no se puede perder esa guerra.

Conceder: Esto es dar u otorgar algo como merced o gracia.  Asentir sobre algo que se nos pide o espera.  Y convenir en lo que el otro dice o afirma.  Es de hombres inteligentes tener ideas propias, y de sabios aceptar lo que los otros saben o que los otros tienen razón cuando la tienen.

¿Estamos hablando de lo mismo?

De Normas Claras, Autoridad, Exigencia, Orden, Responsabilidad, y todas esas cosas que se nos hacen severas, sordas a otros conceptos, poco flexibles.

Y, al mismo tiempo, hablamos de Comprender, Conversar, Conceder, Conciliar.

¡Cómo si fuera lo mismo!

¡Es lo mismo!

Desde el principio de estas charlas hemos ido demostrando que es lo mismo.

La naturaleza de la Autoridad está formada por el Prestigio y la Vocación de Servicio.  La Responsabilidad, la Exigencia,  las Normas que nos permiten convivir con nuestros semejantes, el orden que establecemos para nosotros mismos nos deben ayudar a Comprender, Conversar, Conciliar y Conceder en la relación con los otros.  Es parte de naturaleza del ser humano y de su capacidad de ser cada vez mejor.

Comprender y escuchar a nuestros hijos implica acompañarlos en su tarea de mejorar para ellos mismos y para los demás.  Implica que los consideramos héroes, cada vez mejores, cada vez más dignos de sí mismos.  Implica que los entendemos, los amamos,  que los vamos a formar y que, de nuestra tarea resultará que ellos mismos adquieran su libertad de elegir.

Elegir las Normas y hacerlas cumplir es entender que son instrumentos válidos para educar y  para convivir.  Solamente los hombres dignos se someten a las reglas claras de la convivencia. Solamente ellos saben que la única debilidad es estar por debajo de las posibilidades personales de ser cada día lo mejor que uno puede ser y que la norma de vida es el vehículo eficiente en este propósito.

La norma existe para doblegar el propio egoísmo, para respetar los espacios ajenos, para corregir al que se equivoca, para ordenar lo que tiende a desordenarse.  Para reconocer las reglas del juego que impone cada familia.

Si negar las normas de convivencia, aceptar que casi todo está permitido, que todo es relativo y que cada uno vive a sus aires, trajera la felicidad de todos, estaríamos de acuerdo.  Pero la experiencia vital del hombre moderno nos enseña que el vacío existencial, que a veces  atenta contra esa felicidad, está nada más y nada menos en la falta de reglas y el desalentador relativismo que nos impiden convivir en paz con nuestros semejantes y enseñarles a nuestros hijos a hacer algo por los demás.

A medida que se van cayendo estructuras que parecían inamovibles en la sociedad en la que viven nuestras familias, se hacen más necesarias las normas que, con total libertad, establecemos para ellas.  Todo se puede ir ordenando y solucionando en este arduo camino de llevar adelante la vida en común.

Por estas realidades hoy, más que nunca, podemos asegurar que “La familia de hoy se estabiliza y funciona, según su capacidad de reconocer sus conflictos y asumirlos para resolverlos”.

En este momento de la reflexión los padres e hijos deberían probar sentarse a una mesa y hacer una pregunta clave para todos.  No importa la edad o la circunstancia de cada uno, cada uno opina sobre lo que le parece mejor para su familia.  

Creo que la pregunta clave para contestar y poder establecer parámetros de comportamiento sería:
“¿Qué clase de familia queremos?

De allí saldrán las normas que los ayudarán a vivir según la familia que quieran tener.  Es notable hacer la experiencia y ver cómo los hijos, hasta los más chicos, aportan su caudal de opiniones valiosas.

Las pequeñas reuniones informales en las que se van estableciendo estos temas culminan con notas escritas que ayuden a no olvidarlas.

Después, recordemos que “no se educa por consenso”, son los padres los que finalmente van a decidir en consecuencia de lo hablado.

Créanme que es una experiencia muy reveladora y educativa.

Lo que los niños saben intuitivamente y saben que lo necesitan y los padres, a veces, parece que se niegan a reconocer es que con normas claras, conocidas por todos, aceptadas por todos y cumplidas por todos, la vida es mucho más fácil.

Esto también tiene que ver con un tema principalísimo en la vida de la familia y que desarrollaremos en otro momento: La Participación de todos, en todo.

Parece difícil en estos tiempos tener Tiempo para estas experiencias familiares.  He dicho muchas veces y lo seguiré diciendo en el futuro que “El Tiempo de la vida podemos “gastarlo” o “acumularlo”.  En definitiva eso es lo que estamos decidiendo cuando nos ocupamos de nuestra familia.

Lo que viene en los próximos artículos es hablar de

¿Qué pasa cuando la norma no se cumple?

¿Hay premios y castigos?

¿Cuál es el método apropiado para recorrer el camino del Servicio en el ejercicio de la autoridad? Sus cinco pasos.

Esta historia de la familia es tan atrapante como la mejor de las aventuras.  La tenemos a mano.  Vamos a vivirla con toda la pasión que podamos. Vale la pena.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

Hilachas que van tramando – Morirse de la risa

14 Sep

Hilachas que van tramando

Morirse de la risa

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Era una tarde de domingo de invierno.  Puesta a hacer algo que me encanta fui a recorrer un Mercado de Pulgas.  Solamente a los que nos gusta eso, nos gusta eso.  Los pasillos eran estrechos y con pozos, los tenderetes rodeados por alambres tejidos se cerraban con puertas muy precarias, adentro de cada uno, según sus especialidades, había cosas increíbles.  Preciosos tesoros escondidos, horrendos objetos viejos.  Un deleite para los que apreciamos las cosas con historia.  Pero ésa es otra historia.

Me detuve en un puesto de muebles y allí, medio oculto, alto y presuntuoso, había un aparador de alzada de roble con la parte de arriba tipo gabinete con dos puertas centrales y otras dos, una a cada lado, con el vidrio biselado tallado en florones, estantes gruesos terminados en curva y arriba, alto y en el medio un remate de madera tallado con las mismas flores de los vidrios.  Cuando lo vi un montón de emociones llenaron mi alma.  Otra vez fui una niña buscando tesoros para jugar en la mesa enorme del comedor de mi abuela.  Ese mueble vacío se llenó de voces, de olores y de sonidos que no tienen competencia entre mis recuerdos.  Era igual al que había en la casa de mi abuela.  Igual al que tuvimos enfrente durante todos los años de la infancia y la adolescencia.  Igual, igual a mí cuando yo empezaba a ser yo.

Mi  abuela, la del aparador, era una mezcla de mujer sacrificada y heroica con una niña a la que el mundo le resultaba siempre una sorpresa.  Era dramática pero ingenua.  Simple y laboriosa.  Una mujer a la que fui conociendo de verdad a medida que yo misma me transformaba en abuela.

Venía de una familia con un montón de mujeres en la que  solamente dos de los hermanos eran varones.  Esto le daba a la vida de todos un componente especial.  Ellas pasaban gran parte del tiempo juntas, con sus hijos de acá para allá.  Siempre había tiempo para una visita, una charla o una tarde de costura juntas.  Cuando crecimos, nuestras abuelas nos llevaban con ellas y nosotras estábamos encantadas.  Y uno se pregunta ¿Cómo puede disfrutar una niña de ocho, diez, doce años una reunión con mujeres de la edad de su abuela?  Sin embargo en cuanto ella decía que se iba a la casa de alguna de sus hermanas corríamos a pedirle que nos llevara.  Allá íbamos, contentas por el programa.

Porque mi abuela se reía a carcajadas.  Ella y sus hermanas se reían a carcajadas.  Lo que ahora resulta inexplicable porque pensando en sus vidas, hijas de inmigrantes, teniendo que trabajar desde que casi no habían salido de la infancia, todas, menos dos, viudas muy jóvenes, con muchos hijos y casas grandes, uno no le encuentra la vuelta.  Ellas tampoco se la buscaban.  La risa era algo espontáneo e inevitable.

Allí estaban alrededor de la mesa grande, charlando, cosiendo, arreglado ropa de unos niños a otros, pelando arvejas, planchando un cuello almidonado y dando uno que otro coscorrón sobre todo a los varones que pasaban corriendo seguidos por el perro o los perros de la casa, alborotando todo y contagiando las risas.

Todo se desarrollaba con tranquilidad hasta que alguna de las hermanas contaba algo gracioso o se acordaba de algo que había pasado que pudiera tener apenas un rastro de humor.  Entonces cualquiera de ellas empezaba a mostrar una especie de inquietud mientras le temblaba el pecho y se le iba transformando el rostro.  Otra preguntaba “¿Qué?” y la primera apenas podía empezar a contar.  Se les iban poniendo los ojitos pequeños y la boca grande.  Empezaban a reír, y las cosas pasaban a mayores, una traía la otra.  Se tentaban de cualquier cosa y la risa continuaba por un buen rato.  Hasta que alguna se levantaba sacudiendo la cabeza como diciendo “¡Estas hermanas mías, qué pocos formales!” y preparaba la tetera para empezar con la merienda.  Pero la mayor parte de las veces volvía la tentación, una miraba a la otra y todo recomenzaba.  Si el relato era nuevo, se repetía una y otra vez y cada vez con más algazara.  Si era conocido, bastaba una palabra hipada entre dos suspiros para que una y otra y otra hermana fueran agregando detalles como claves de entendimiento que las hacía cada vez más graciosas.  Se secaban las lágrimas con aquellos pañuelitos bordados que siempre llevaban en el borde del escote y parecía que todo estaba en orden.  Sin embargo al rato a veces bastaba una mirada de lado para que recomenzara la fiesta.  Después terminaban la tarea, recogían la mesa, nos ponían prolijas y nos íbamos.

De aquellos días recuerdo los relatos más importantes y todavía me tientan, no tanto sus historias pero sí la manera en que me lo transmitían mi abuela y sus hermanas.  A veces había tristeza, duelos, pérdidas, trabajos duros pero, finalmente, la rutina entre ellas tendía a ser suavizada, adornada por las risas que inventaban entre todas.

Me imagino que su reflexión era: la vida es dura, las cosas son difíciles, pero siempre hay lugar para una risa.  Creo que la risa ablandaba sus desventuras.  Riendo vencían a cualquiera de las dificultades que se les presentaban bastante seguido.  Pero no se daban cuenta, era como correr bajo la lluvia después de un día de mucho calor.  Uno se refresca, se alegra, todo cambia para mejor.  Uno se querría quedar más tiempo bajo la lluvia y ya se ha olvidado del sofocón.

Mi abuela y sus hermanas se reían a carcajadas porque eran sencillas y amables.  Porque apreciaban los buenos momentos, porque eran laboriosas y así como lo hacían con la ropa de la familia, arreglaban, cortaban, cosían y llenaban de belleza con sus bordados la vida que, de otra manera, hubiera sido un viaje aburrido sin más opciones que sufrir y quejarse.  Ellas no pensaban en sí mismas.  Estoy segura de que no tenían un conocimiento acabado y objetivo sobre quiénes eran y para qué estaban en este mundo.  Sencillamente estaban en él y conseguían hacerlo más amigable y gentil, más agraciado y fino para sus familias.

Mi abuela se reía a carcajadas y de esa manera, nos regalaba el goce de vivir como si esto fuera fácil y  atrevido.  Como si fuera abundante y eterno.  Como si uno venciera a la tristeza para siempre y siempre volviera a vencerla para toda la eternidad.  Su propia idea de la eternidad solamente se relacionaba con las actividades de la parroquia, las procesiones de la Patrona del barrio y los casamientos, bautismos y responsos que alteraban periódicamente su vida.  Pero ella no sabía que la creaba cada vez que se olvidaba de todo lo otro y se reía con todo el cuerpo, con todo el corazón y con toda el alma.

Ahora, en este tiempo pródigo que nos toca vivir, no nos estamos riendo lo necesario.  Estamos muy conscientes de este mundo, de las cosas que pasan, de nuestro cansancio.  Estamos muy ocupados, muy tensos, muy necesitados de tecnología, muy apegados a grandes emociones.  Opinamos de todo, le tememos al ridículo más que a nada.  Nos preocupamos por cosas que seguramente no nos pasarán.

No tenemos tiempo para reírnos.

No compré el mueble que me recordó a mi infancia.  Es mejor el que tengo atesorado entre mis recuerdos.  Pero me he decidido a reír todas las veces que pueda.  A soltar el cuerpo, a dejarme llevar porque, al fin y al cabo, lo que nos queda de todo el camino es la parte de la alegría.

Nos encantaba ir de paseo con la abuela porque ella se reía a carcajadas.  De eso no me olvidaré nunca.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van tramando – Podría ser yo

9 Sep

Hilachas que van tramando

Podría ser yo

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Salía para el supermercado.  Un atardecer sereno se caía sobre el río.  Del otro lado la ciudad relumbrante y poderosa se iba desvaneciendo en el agua.  Todo brillaba pero en silencio.  Caminé por el boulevar disfrutando de ese momento cuando oí música y cantos que venían desde una calle lateral.  Resultó ser una procesión en honor a la Virgen de la Consolata que agrupaba a una buena cantidad de gente.  Lo de siempre, cantos, velas, flores, niños y mujeres con una profunda piedad, hombres con unas capas celestes y otros hombres, los sacerdotes, con sus túnicas blancas orladas de verde.  Adelante y al final sendos patrulleros que acompañaban el recorrido con sus luces de colores.

Como tantas manifestaciones religiosas de distintos credos, que siempre respeto y trato de compartir, porque Dios es uno solo.  Uno solo.  Por suerte y, aunque a veces lo tratemos como si fueran muchos, es uno solo.  Y nosotros le hablamos de distinta manera.  Lo que pasa es que todas las buenas maneras complacen a Dios no importa de donde vengan, ni de quien vengan.  Y eso es muy bueno.

Casi en la mitad de la procesión, unos hombres llevaban en andas una imagen de la Virgen.  Lo hacían con los pasos tan clásicos en la liturgia católica, la imagen era preciosa y yo empecé a acompañarlos desde la acera, casi sin darme cuenta.  Casi sin darme cuenta estaba rezando en silencio y casi sin darme cuenta estaba llorando.  Sin consuelo y, aparentemente, sin motivo.

Era el día en que en todo el mundo se invitaba a rezar por la Paz.  Ahora que  lo estoy contando se me hacen ilegibles las palabras en la computadora, estoy llorando.  Estoy hablando de la Paz y estoy llorando.

Por la Paz que no es simbólica, es lo que se refiere a hombres, mujeres y niños.  Todos ellos sufriendo situaciones absolutamente injustas, más injustas ahora, en este tiempo presuntuoso en que nos creemos que ya estamos de vuelta de todo y que sabemos lo que son los derechos humanos y que es malo discriminar, y que la libertad es un bien inevitable, y que todos queremos ser más buenos que los otros, y que el mundo tiene que ser de todos.  Y todas esas cosas que nos hacen sentir bien.

Ellos se mueren, se mueren en las calles entre los escombros, se desangran hasta que cesa el fuego y alguien los levanta para sacarlos del medio, se mueren entre incendios y gritos.  Lo peor no son los gritos, lo peor es cuando llega el silencio.  Y el espanto.  Y ese niño de poquitos años que vaga por las calles ensangrentado y ha perdido a su familia, y también su vida y su identidad porque todo quedó hecho polvo y nadie sabe de dónde vino.  Las mujeres van a parir oyendo el tableteo de las ametralladoras, los soldados corren como conejos que serán cazados, en algún momento serán cazados.  Los jóvenes se arriman a las paredes porque tienen miedo, porque todavía no han vivido nada y temen que no han de vivirlo.  La mayoría no ha de vivirlo.  Se mueren los niños y los ancianos y los hombres y las mujeres porque la tragedia los iguala como miserables seres que no tienen ningún derecho.  Hay sangre por todos lados, no hay calmantes.  Y cuando pasen los días no habrá comida.  Ni agua, ni médicos, ni piedad ni consuelo.  Sólo seres desventurados a los que el zarpazo de la muerte les llegó de la mano de otros seres que no saben lo que hacen.  Unos y otros perdiendo lo que tienen de humanos.

Les ha explotado la vida de todos los días, se les ha acabado la vida de todos los días.  No tienen más, nunca más, la vida que tenían hasta hoy.  La preciosa vida que creían que les estaba perteneciendo.

Los más afortunados se irán por las fronteras llevando consigo lo poco que puedan.  Y después caerán como bolsas de plomo en otras comunidades en las que no tienen cabida.  ¡Cuántas veces hemos visto o imaginado pueblos enteros caminando sin rumbo y por los caminos de Dios dejando caer las cosas que se van haciendo más y más pesadas!  Desaparecen los juegos y las escuelas, llega el hambre, la prostitución y las venganzas.  Se oye gritar bajo los escombros, alguien perderá la vista y otro las piernas.  Alguien perderá la cordura porque el dolor y el miedo reemplazan a todo lo demás.  Se perderá el marido de la esposa, los hijos, los hermanos entre ellos, algunos nos sabrán nunca qué pasó con sus seres queridos.  No habrá más una plaza, ni una escuela, ni el negocio del barrio adonde los vecinos hacíamos tertulia.  Nadie tendrá una sinagoga, una iglesia o una mezquita para rezarle al Dios de todos, que es uno solo.  Nadie tendrá un templo, sea cual sea su Fe.  Y todos se sentirán abandonados.  En tinieblas porque Dios está en silencio.  Y más gritos y más sangre, y más ruido y más hambre, más dolor y más crueldad, y muerte, muerte, muerte.

¡Quién nos dijo a nosotros los hombres que podemos matar a otros hombres?  ¿Quién nos volvió locos de tal manera que cortamos de raíz la vida de otros seres humanos, su felicidad, su esperanza, sus derechos, sus cuerpos?  ¿Quién tiene derecho a destruir una casa, todas las cosas ajenas, los recuerdos, las fotos, los libros, los hijos?

En toda la historia los hombres pelearon guerras para cambiar sociedades.  ¡¡Pero eran otros tiempos!!!  No sabían mucho unos de otros, eran todos extraños, el mundo muy grande y las culturas muy diferentes.  La maldad tenía excusas.

¡Pero en el Siglo XXI!  Todos conocemos la cara de todos.  Sabemos lo que pasa aquí y allá.  Matamos lo conocido.  No podemos mirar para otro lado porque todo lo que pasa, pasa en nuestra casa.  En nuestro televisor, en la tableta o en el teléfono.  Siglo XXI absurdo en su impiedad.  ¡No tenemos excusas!  Sabemos que somos todos iguales, sabemos que el mundo tiene ciertas dimensiones.  Oímos lo que hablan, lo que cantan, como aman y en lo que creen; ningún rostro, ninguna cultura nos sorprenden, nos mimetizamos en las modas, nos entendemos en los miles de idiomas que hablamos.  No.  ¡No puede haber más guerras en este Siglo XXI!  Y, sin embargo, éstas aparecen en uno u otro lugar de la Tierra, da lo mismo, la crueldad y el horror no tienen Patria ni territorio.  Y los seres humanos somos todos iguales.  Algunos, sin embargo, son menos iguales que otros.  Me quedé en un rincón temerosa de seguir caminando hasta que unos brazos fuertes y torpes me abrazaron.  Por primera vez, ¡por primera vez en mi vida no sentí ningún consuelo!  Sólo le dije “¡Podría haber sido yo!”

¿Quién me preservó de tales demonios?  ¿Quién manejó esa lotería diabólica que hace que algunos tengamos todos los derechos y otros todas las desgracias?  ¡Podría ser yo!

Lo único que podemos hacer es tomar consciencia de que esto no es justo. De que esto es letal.  Que por cada hombre que muere en una guerra se pierde un poco de humanidad para todos. Debemos hacer que ese convencimiento vaya venciendo la fuerza de los malvados.  Que se sienta en el mundo entero la ira de los justos.  Debemos rechazar la violencia.  Debemos manifestarnos cada uno a su manera.  Ya no hay ninguna excusa para la violencia en este Siglo XXI.  Vamos a rezar, cada uno en su credo, a un Dios que a veces parece que está en silencio. Vamos a hacerlo cada uno en su idioma, y otros a la Naturaleza y a los duendes del bosque, y a los cielos y a la Tierra.  Cada uno a lo que crea que tenga una fuerza superior para terminar con toda esta locura.  Vamos a rezar porque podríamos ser ellos.  Somos ellos.  Somos otra parte de ellos.  Vamos pensar en la Paz.  Vamos a hablar de la Paz.  Vamos a exigir la Paz.  Todos, todos  tenemos derecho a gozar de la Paz.  ¡Podría ser yo!

Bajo la cabeza con toda humildad, les pido a los otros que me cobijen, que me cuiden, porque podría ser yo.

Que Dios nos ampare a todos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van Tramando – Autoridad XI Las Normas Claras

7 Sep

Hilachas que van tramando: Autoridad en la Familia XI

Las Normas Claras

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Rebobinamos un poco para seguir con uno de los temas concretos de este “curso”  en que nos hemos empeñado mis lectores y yo.

Las normas  que reglamentan la vida de una familia y contribuyen a la educación de los hijos hacen al bien común de la familia y son el sustento de la autoridad bien ejercida:

    Deben ser conocidas por todos

    Deben ser entendidas por todos

    Deben ser aceptadas por todos

    Deben servir a todos

Cuando decimos “conocidas” y “entendidas” por todos nos estamos refiriendo a un principio de “comunicación” que ya vamos a desarrollar en el futuro y que es la llave maestra de toda relación humana.  Comunicar es hacer saber algo a otro u otros pero ¡cuidado! la comunicación sólo se establece cuando el otro u otros la reciben  y la entienden.  Muchas relaciones humanas se arruinan, trayendo grandes sufrimientos a las personas, porque simplemente nadie pensó en asegurarse que una comunicación había llegado y había sido entendida.  El silencio es oro algunas veces, el diálogo respetuoso y atento siempre es oro puro.

La comunicación no es dar por descontado que el otro recibió y entendió lo que hemos querido que recibiera y entendiera.  Y ésta, por sutil y precisa, es la clave de toda comunicación, sobre todo en la relación en la familia.  Los otros, en este caso los niños, deben hacer tenido la posibilidad de recibir y de entender esta comunicación y nosotros, en este caso los padres, debemos asegurarnos de que así haya sido.

Que nadie pueda alegar “Eso no lo sabía”.  Como en toda relación humana, es necesario un buen entendimiento.

Cuanto más importante sea la norma a establecer, más segura debe ser la comunicación de la misma.

Tan clara que padres e hijos deben aprender a reconocer, de ida y vuelta:

Saber diferenciar lo que se nos dice de lo que se nos quiere decir

La intención de lo que se nos dice

Las fuentes de lo que se nos dice.

Reflexionemos sobre eso con referencia a todas nuestras relaciones

Vamos por pasos

Hemos establecido una norma, por ejemplo:

“En esta casa siempre se hará la tarea escolar los viernes, el que no lo haga no va a poder hacer algún programa para el fin de semana.  Porque cuando alguno no cumple esa norma todos nos perjudicamos en nuestros días libres.  No hay matices, el que no deja la tarea hecha el viernes, no se divierte el fin de semana”.

Para poder comunicar con buen resultado vamos a buscar auxilio de nuestra mejor herramienta: Las cuatro C que serán más importantes cuando más lo sea la norma que vamos a imponer.

La comunicación debe ser:

  • Clara: Repetimos: tanto más clara como más importante sea el tema.  No debe quedar ninguna duda de lo que estamos diciendo.  De lo que se debe hacer y de lo que no se debe hacer;  saber y entender cuáles son las consecuencias.  En todo caso Juancito debe saber que si no tiene la tarea terminada el viernes,  no habrá diversión el fin de semana.  Debe haberlo sabido y entendido sin ninguna duda.
  • CortaLos discursos tienen dos variantes, si son para ponderarnos siempre parecen cortos; si son para imponernos una norma o llamarnos la atención sobre algo, siempre son largos.  Sobre todo para los niños y adolescentes.  Los discursos  demasiado largos confunden, distraen, aburren.  Sobre todo crean cierta duda sobre la seguridad y la decisión categórica   de quien expresa algo.  Cuanto más seguros estamos de la bondad y eficacia de lo que vamos a decidir más debemos respetar los tiempos de los que van a obedecer y conservar su buena predisposición de ánimos.  Recuerdo a mis mayores hablar poco y con toda contundencia, para lo cual mostraban estar seguros de lo que hacían.  Para lo cual, perdonen la reiteración, debemos conocernos, conocer a los hijos, saber lo que queremos para ellos y hacernos responsables de lo que decidimos.  Decía la abuela “Una tontería que se repite, sigue siendo una tontería, y además aburre; una genialidad que se repite será una genialidad pero, aburre”  No hay niño más rebelde que el que no quiere oír, ni discurso más difícil de atender que el que se alarga sin sentido.
  • Concisa: Quiere decir muy concreta.  Informar todo lo que hace falta, nada más lo que hace falta, con las palabras precisas y el ánimo positivo.  Demostrando decisión y convencimiento.  Esa decisión y convencimiento significa para nuestros hijos un par de cosas importantes: que sabemos lo que hacemos, que estamos decididos a hacer cumplir la norma y que es en bien de ellos.
  • Cambiar de tema: Es lo más adecuado.  Cuando se ha dicho lo necesario hay que cambiar de tema.  Sobre todo con los adolescentes.  Cambiar de tema puede ser explícito o implícito.  Esto se da por terminado, está decidido, está resuelto, no lo vamos a seguir discutiendo.  Estamos demostrando que lo hemos pensado bien, decidido con ánimo de justicia y que estamos dispuestos a mantenerlo.

Queda como el último paso de una norma, el hacerla cumplir.  Este es un tema aparte que merece todo un artículo y más.  Sólo adelantamos que los hijos deben intuir nuestra decisión y fortaleza de ánimo para que les sea más fácil aceptar la autoridad.

La vida no es un libro de normas a seguir pero, lo vamos a repetir innumerables veces:  “Educar es Prever”  La Autoridad no tiene movimientos espasmódicos con los que se van resolviendo los problemas a medida que aparecen.  La Autoridad se asienta, con las debidas contingencias, sobre la prevención de situaciones que pueden traer felicidad o infelicidad a las personas de una familia.

Deberíamos agregar que para llegar a las normas que organizan la vida de una familia se ha recorrido un camino que siempre tiene vueltas y desvíos.  Se presume que hay normas que los padres pueden decidir por sí mismos porque están preparados para eso. Se presume que hay algunas que, sobre todo según la edad de los niños, se pueden discutir, conversar, cambiar, completar, etc.  No es lo mismo lo que vamos a decidir sobre el funcionamiento de los horarios generales de una familia que lo que decidimos sobre los niños pequeños o cuando se trata de los adolescentes.  Todos deben poder opinar según su edad y su capacidad de entendimiento.  Para que se sepa:  “Opinar no es decidir”.

El buen convivir de una familia y la buena educación de los hijos incluye escuchar, atender, cambiar cuando hace falta, asegurar el bienestar de los otros y respetar su libertad de expresión y de acción.

Pero de última somos los padres los que estamos a cargo del barco.  Somos los agentes primarios, naturales y directos de la formación de la personalidad y la educación en el carácter de nuestros hijos.  Esa responsabilidad, ya lo hemos dicho, es la más importante de todas las que puede tener un ser humano.  Debemos actuar a consciencia, conocer los temas, decidir y estar dispuestos a perseverar en lo que creemos que es bueno para ellos.  No es fácil.  Nadie puede decir que es fácil.  Pero no me canso de decir que es un viaje apasionante hacia ellos y hacia nosotros mismos.  Hagamos de su vida una senda tranquila en la que vayan aprendiendo lo más importante de los seres humanos, respetar a los demás, saber convivir, ser tolerantes y optimistas, sentirse parte activa y buena de este mundo prodigioso en el que nos ha tocado vivir.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

 

 

 

 

Hilachas que van tramando – La plaza de las diagonales

2 Sep

Hilachas que van tramando

La Plaza de las diagonales

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Los vi mientras cruzaba la plaza en diagonal.  La plaza de mi barrio es una de las más lindas de la ciudad.  También una de las más antiguas, por lo que sus árboles son enormes y tienen increíbles historias de vida para contarnos.  En uno de sus lados se enfrenta con casas muy grandes, que tienen la majestuosidad de toda una época.  En otro la Biblioteca de líneas clásicas que más parece un templo griego y por la que hemos pasado generaciones y generaciones de niños y jóvenes estudiantes.

Nos falta hablar del  hospital con su torre de estilo y las cuadras que se han llenado de pequeños cafés muy agradables, en los que se encuentran y reúnen los vecinos.  La plaza es muy grande por lo que todavía guarda rincones recoletos, encantadores ámbitos de silencios o murmullos que invitan a la gente como yo a caminar por ella.  Las diagonales que la cruzan son coincidentes con las avenidas diagonales que han sido la matriz del barrio; salga uno por donde salga, si no ha vivido allí, se pierde y los lugareños lo hacemos con una sonrisa suficiente aunque a veces,  metida en mis pensamientos, también me pierdo y como siempre vuelvo a pedirle a los duendes que me han acompañado toda mi vida, que tengan a bien llevarme de nuevo al mundo conocido.  Sacudo la cabeza y los sigo yo humillada, ellos divertidos.

Se oían, lejanos, los gritos de los chicos en el patio de juegos, era un día extraño de primavera, en un espacio del cantero había flores blancas que tenían la presunción de ser rosas pero no, eran otras silvestres y fuertes; no caían desmayando sobre el pasto, se iban abriendo hasta que estallaban en pétalos de seda marfileños, y se morían abrazadas a los cabos.  Creo que están ahí desde siempre. Todo un mensaje.

Pasaban como saetas imágenes de mi adolescencia, el beso robado en la época en que se robaban los besos, el encuentro fortuito, las confidencias, el amigo que nos dejaba leerle poesías de amor y nunca nos dijo que él nos amaba.  La espera inútil de aquél que nosotros amamos más que nada en el mundo hasta la próxima fiesta de quince que estrenamos el vestido de falda de colores y peinado nuevo y encontramos otro amor eterno.  Iba, como casi siempre, ensimismada en esos recuerdos, dulce amargura de los años antiguos que en la plaza sombreada repiten una y otra vez la magia de revivir.

Los vi sentados en un banco que parecía más escondido que los otros.  Él estaba de costado, como dispuesto a irse, con la cabeza baja y el gesto adusto, presumiendo que estaba preocupado cuando a las claras sólo había algo que le estaba molestando; distraído, inquieto, queriendo irse para no volver.  Ella tirada para atrás, con toda su espalda en el respaldo del banco mirándolo fijamente, con los ojos colorados y la boca apretada, lista para estallar en llanto.  Rogando, pidiendo, anhelando una respuesta con las manos desmayadas sobre el regazo, palmas para arriba  y toda la soledad del mundo en ellas.  Hablaba hipando y parecía repetir una y otra vez  lo mismo, de a momentos preguntaba algo porque el muchacho le contestaba con un sí o un no moviendo la cabeza y levantando la vista para mirar a ningún lado.

Me quedé inmóvil mientras todo lo de alrededor se transformaba en una niebla ligera y yo, atrapada con ellos en la eterna historia de encuentros y desencuentros que forman el tejido espeso del amor en todos los tiempos y en todos los lugares del mundo en el que hay amantes y amados, anhelos y abandonos, requerimientos fastidiosos para quien no ama y trágicos para los que ya lo están haciendo.  De pronto él se levantó y la atrajo a su lado, caminaron juntos en silencio hasta la vereda exterior.  Me quedé deseando que se perdieran en el mundo de las diagonales para que la niña lo tuviera con ella para siempre.  Pero ya sé que es inútil.  El amor va y viene o no está.  Caminaron hasta la esquina.  El la besó en la mejilla y se fue apresurando el paso sin mirar atrás.  Ella se quedó un rato mirándolo, suspiró, y volvió sobre sus pasos para cruzar y perderse por la calle.  Hubo un instante en el que su mirada y la mía se cruzaron, uno solo en el que estuve tentada a abrazarla para darle algún consuelo pero no lo hice porque no hubiera sabido qué decirle.  Cada uno tiene su propio espacio de dolor y es suyo.

Hoy después de un tiempo estoy más cerca de entender qué ha pasado cuando dos se entienden y qué cuando se lastiman.

Las cosas siempre tienen un comienzo.  Y en él se definen relaciones que constituyen la vida entera.

Porque vamos a nuestras relaciones con el deseo vehemente de ser amados como queremos, no como seremos amados algunas  veces, cada uno empieza ocupando un lugar que difícilmente pueda cambiar en el futuro.  En todos los casos y con todas las relaciones, con nuestros amigos, con nuestros compañeros, sobre todo con nuestros amores.

Nos vamos a parar de una manera y hablar con un tono que el otro recibirá como mensaje de identidad.  Tendremos la desventura de empezar con cierto miedo o inseguridad o avanzaremos con una risa fácil y desenvuelta para quedarnos con el mundo entero.  Estaremos tratando de explicar cada cosa, o las vamos a vivir sin muchas explicaciones.  Seremos cariñosos o malhumorados.  Nuestro lenguaje se llenará de palabras saltarinas o de términos ofensivos.  Daremos por descontado que todo nos es debido porque el amor es para poseer todo o estaremos dispuestos a trabajar para “merecernos” un amor.  Los otros, a su vez, nos mostrarán lo que puedan y harán con lo nuestro lo que quieran.

Así será el encuentro de todos y cada uno, y resultará difícil salir de ese marco.  Todo tiene que ver con el personaje que somos y el que elegimos ser.

Y…es mejor que pensemos seriamente en el lugar que decidimos ocupar en nuestra vida y en la de los otros, antes de ocuparlo.

Hay imponderables, siempre hay imponderables.  El momento de la vida en el que se produce un encuentro puede ser un momento de felicidad, de soledad, de éxito o de arrepentimientos, todo puede estar pasándonos cuando encontramos a alguien a quien amar.   Es necesario que reconozcamos verdaderamente cómo somos y qué tenemos para dar.  Es imprescindible que sepamos que toda relación se da de a dos en el mismo rango.  Cuanto más importante sea, más nos iguala el rango en el que viviremos.

No es menos importante elegir el lenguaje que será el nuestro en el futuro.  Que nadie tenga que rogar para ser amado, ser comprendido, ser escuchado.  Bueno sería que empezáramos a decidir hablarnos bien y establecer el mismo compromiso de ida y vuelta para todas las cosas de la vida.

Las diferencias siempre enriquecen, podemos ser más expresivos, más enérgicos o menos ocurrentes que el otro, podemos ser más vitales o más apagados, más demostrativos o discretos, pero somos siempre iguales.  Siempre iguales.

Tenemos una manera de relacionarnos y eso constituye la vida entera.  Las cosas siempre tienen un comienzo.  Hasta entonces podemos elegir, más tarde estaremos solamente defendiéndonos.  No he vuelto a encontrarme con la joven. L e he pedido a los duendes de la plaza que la preserven de amores tristes, que le den, en cambio, risas y ternura, que lo dé  y que lo reciba en la misma cantidad.  Después me sonrío y salgo de la plaza hermosa, florecida, llena de diagonales en las que no me importa perderme.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.