Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia XII
El otro aspecto de las Normas Claras
Recordemos que estamos hablando de una familia. Una familia tiene una dinámica diferente a cualquier otra institución en la que se necesiten normas expresas de convivencia. La familia no se maneja con un Código formal. Para distinguir bien este concepto, como otras veces, volvemos a la sencillez de la experiencia de vida de generaciones y generaciones de familias que nos precedieron. La familia se estructura y se desestructura según la vida le va pasando por al lado, por encima como una aplanadora o con tiempos de paz y alegría en los que parece que todo está muy bien. Pero casi nunca estamos en equilibrio. Por la misma riqueza de emociones y sentimientos, expectativas, proyectos y contingencias que vivimos en la familia, casi nunca estamos en equilibrio. ¡Lo que es una suerte!
Porque en todo Equilibrio, las fuerzas se compensan hasta que se anulan para terminar siendo iguales. Eso no existe en una familia. Si fuera así se perdería el riquísimo entramado de muchas vidas que recorren juntas todo el camino. Y siendo el amor y la identidad lo único que los ata, los integrantes de una familia, verdaderamente resultan iguales pero diferentes.
Lo que se requiere en la familia es la Armonía: por la cual las fuerzas no son iguales, por lo contrario se complementan, las personas se aceptan como diferentes y en tiempos diferentes, todos crecen.
Todos son diferentes, tienen diferentes edades, diferentes sueños, diferentes proyectos y otros recursos personales. Hay momentos en que los planos se inclinan para uno u otro y todos deben respetarlo y comprenderlo. Hay momentos en que uno necesita más tiempo que los demás, aquél más severidad y éste más risas. Uno recibirá más tiempo y otro más diálogo.
De eso se trata lo que llamamos Armonía en la familia, para lo cual necesitamos las Normas Claras, con ellas aprendemos unos de otros según se suceden las generaciones.
Repasando, hemos dicho que para que resulte necesitamos las cuatro C de la información sobre las normas a imponer:
- Clara
- Corta
- Concisa
- Cambiar de tema
Para que el hijo entienda y aprenda:
- Lo que tiene que hacer
- Lo que debe hacer
- Lo que puede hacer
- Lo que quiere hacer
Ahora corresponde hablar sobre el otro aspecto de toda norma y jugamos con las cuatro C, que también necesitamos:
- Conversar
- Comprender
- Conciliar
- Conceder
Esto se refiere a los padres y se irá requiriendo de los hijos a medida que ellos vayan creciendo.
Conversar: Tener trato y comunicación con alguien. Ya nos hemos detenido largamente en el tema de la comunicación y seguiremos haciéndolo porque es fundamental en la vida de todos los hombres y, especialmente, en la vida de una familia. Es la matriz de toda educación, de toda relación y, por ende, de todo el amor que se tienen entre ellos. Para que la Comunicación sea eficiente es necesario hablar y hablar y no solamente de cosas concretas, cotidianas y simples. A veces se necesita hablar de otras cosas, más personales, más íntimas y formadoras.
A veces es necesario lo que yo llamo: “Hablar con subtítulos”. Hace falta decir lo que uno siente. Hace falta explicar por qué uno quiere algo. A qué se debe tal exigencia. Hace falta contar lo que le pasó en tal o cual situación. Hablar de lo que para uno es importante. Expresar cuánto uno ama al resto. Lo que quiere para ellos. Lo que agradece tenerlos. Y explicar cuando una norma debe cumplirse y por qué. No basta con “sentir” las cosas, hay que relatarlas. Los otros, los integrantes de una familia no tienen por qué “saber” intuitivamente lo que le pasa a uno. Con la moderación de no exagerar, hay que “comunicar”.
En estos tiempos nos vamos acostumbrando a dejarnos llevar, demasiado seguido, por banalidades; hablamos con abreviaturas, tememos a los temas importantes, nos deslumbran las imágenes y nos falta el tiempo. Hay que conversar, y hablar con subtítulos.
Comprender: Es abrazar, ceñir, rodear// Contener, incluir en alguna cosa// Entender, alcanzar, adivinar.
Incluir a nuestros hijos en toda nuestra consciencia, alcanzarlos en su desarrollo, abrazarlos con voluntad de cuidarlos. ¡Entenderlos! ¡Entenderlos! ¡Entenderlos!
Conciliar: conciliar es componer y ajustar los ánimos discordes. Armonizar. Somos los padres los que estamos preparados y debemos bajar los ánimos y acrecentar nuestra benevolencia. Por edad, por situación, y por la responsabilidad que nos hemos tomado, los padres debemos manejar las situaciones en que hace falta conciliar. No se puede perder la paciencia . “El que pierde la paciencia pierde la guerra” Por amor a nuestros hijos no se puede perder esa guerra.
Conceder: Esto es dar u otorgar algo como merced o gracia. Asentir sobre algo que se nos pide o espera. Y convenir en lo que el otro dice o afirma. Es de hombres inteligentes tener ideas propias, y de sabios aceptar lo que los otros saben o que los otros tienen razón cuando la tienen.
¿Estamos hablando de lo mismo?
De Normas Claras, Autoridad, Exigencia, Orden, Responsabilidad, y todas esas cosas que se nos hacen severas, sordas a otros conceptos, poco flexibles.
Y, al mismo tiempo, hablamos de Comprender, Conversar, Conceder, Conciliar.
¡Cómo si fuera lo mismo!
¡Es lo mismo!
Desde el principio de estas charlas hemos ido demostrando que es lo mismo.
La naturaleza de la Autoridad está formada por el Prestigio y la Vocación de Servicio. La Responsabilidad, la Exigencia, las Normas que nos permiten convivir con nuestros semejantes, el orden que establecemos para nosotros mismos nos deben ayudar a Comprender, Conversar, Conciliar y Conceder en la relación con los otros. Es parte de naturaleza del ser humano y de su capacidad de ser cada vez mejor.
Comprender y escuchar a nuestros hijos implica acompañarlos en su tarea de mejorar para ellos mismos y para los demás. Implica que los consideramos héroes, cada vez mejores, cada vez más dignos de sí mismos. Implica que los entendemos, los amamos, que los vamos a formar y que, de nuestra tarea resultará que ellos mismos adquieran su libertad de elegir.
Elegir las Normas y hacerlas cumplir es entender que son instrumentos válidos para educar y para convivir. Solamente los hombres dignos se someten a las reglas claras de la convivencia. Solamente ellos saben que la única debilidad es estar por debajo de las posibilidades personales de ser cada día lo mejor que uno puede ser y que la norma de vida es el vehículo eficiente en este propósito.
La norma existe para doblegar el propio egoísmo, para respetar los espacios ajenos, para corregir al que se equivoca, para ordenar lo que tiende a desordenarse. Para reconocer las reglas del juego que impone cada familia.
Si negar las normas de convivencia, aceptar que casi todo está permitido, que todo es relativo y que cada uno vive a sus aires, trajera la felicidad de todos, estaríamos de acuerdo. Pero la experiencia vital del hombre moderno nos enseña que el vacío existencial, que a veces atenta contra esa felicidad, está nada más y nada menos en la falta de reglas y el desalentador relativismo que nos impiden convivir en paz con nuestros semejantes y enseñarles a nuestros hijos a hacer algo por los demás.
A medida que se van cayendo estructuras que parecían inamovibles en la sociedad en la que viven nuestras familias, se hacen más necesarias las normas que, con total libertad, establecemos para ellas. Todo se puede ir ordenando y solucionando en este arduo camino de llevar adelante la vida en común.
Por estas realidades hoy, más que nunca, podemos asegurar que “La familia de hoy se estabiliza y funciona, según su capacidad de reconocer sus conflictos y asumirlos para resolverlos”.
En este momento de la reflexión los padres e hijos deberían probar sentarse a una mesa y hacer una pregunta clave para todos. No importa la edad o la circunstancia de cada uno, cada uno opina sobre lo que le parece mejor para su familia.
Creo que la pregunta clave para contestar y poder establecer parámetros de comportamiento sería:
“¿Qué clase de familia queremos?
De allí saldrán las normas que los ayudarán a vivir según la familia que quieran tener. Es notable hacer la experiencia y ver cómo los hijos, hasta los más chicos, aportan su caudal de opiniones valiosas.
Las pequeñas reuniones informales en las que se van estableciendo estos temas culminan con notas escritas que ayuden a no olvidarlas.
Después, recordemos que “no se educa por consenso”, son los padres los que finalmente van a decidir en consecuencia de lo hablado.
Créanme que es una experiencia muy reveladora y educativa.
Lo que los niños saben intuitivamente y saben que lo necesitan y los padres, a veces, parece que se niegan a reconocer es que con normas claras, conocidas por todos, aceptadas por todos y cumplidas por todos, la vida es mucho más fácil.
Esto también tiene que ver con un tema principalísimo en la vida de la familia y que desarrollaremos en otro momento: La Participación de todos, en todo.
Parece difícil en estos tiempos tener Tiempo para estas experiencias familiares. He dicho muchas veces y lo seguiré diciendo en el futuro que “El Tiempo de la vida podemos “gastarlo” o “acumularlo”. En definitiva eso es lo que estamos decidiendo cuando nos ocupamos de nuestra familia.
Lo que viene en los próximos artículos es hablar de
¿Qué pasa cuando la norma no se cumple?
¿Hay premios y castigos?
¿Cuál es el método apropiado para recorrer el camino del Servicio en el ejercicio de la autoridad? Sus cinco pasos.
Esta historia de la familia es tan atrapante como la mejor de las aventuras. La tenemos a mano. Vamos a vivirla con toda la pasión que podamos. Vale la pena.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.
