Archivo | noviembre, 2013

Hilachas que van Tramando- Autoridad en la Familia XVI- Lo de todos los días

26 Nov

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia  XVI

Lo de todos los días

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Es una mañana  grisácea y tristona.  No es “gris” ni “triste” porque es día de semana y no hay tiempo para disfrutar de una tarde en casa; lo sería por ejemplo un sábado, con té y torta de manzana incluídos. Pero como hay obligaciones que cumplir, no hay té ni torta, la dejamos en grisácea y tristona. El reflejo en la pantalla me da el movimiento de los árboles muy altos y el cielo tupido.  Hay una temperatura baja, inusual para esta época, y un silencio que acompaña.

Vamos a hablar de un tema que es la llave maestra de la educación.  Sin la cual no hay, sin duda no hay ninguna posibilidad de que nos salga bien esto de educar a nuestros hijos.

Hemos pasado por los cinco pasos: Pensar, Informar, Decidir, Comunicar y Hacer cumplir.  Hemos hablado de las Normas Claras, conocidas por todos, entendidas por todos y aceptadas por todos. De la Aceptación de la Autoridad por parte de aquellos que están a nuestro cuidado.  Y de los Premios y Castigos. Reconocemos  las diferencias entre Dar, Regalar y Premiar.

Y culminamos todo este capítulo tan importante sabiendo que a nuestros hijos les Damos siempre, sin retribución, les Ofrecemos cuando van creciendo y pueden empezar a elegir, y les Encargamos para que se hagan cargo de sí mismos y de sus responsabilidades cuando ya se empiezan a despegar de nuestras decisiones para tomar las suyas.  Ellos y nosotros vamos creciendo juntos mientras el tiempo va moliendo las vidas hasta que ellos puedan vivir en plenitud su propia libertad de pensar, de elegir, de decidir, de aceptar responsabilidades  y cumplirlas por sí mismos.

 ¡¡¡Uau!!! Cuántas cosas ya sabemos!!!

Ahora, cuando creíamos que somos expertos,  alguien nos habla de la “llave maestra de la Educación” y nos pone de vuelta en carrera en esto de aprender para servir mejor a nuestros hijos en el ejercicio de la Autoridad.

 Vamos a hablar de esa imponente estructura en la que se apoya la evolución de todo ser humano desde que nace y que hace de él alguien capaz de ser lo mejor de sí mismo y de convivir felizmente con sus semejantes.  Estamos hablando del Armado de la Voluntad”.

La Voluntad es la potencia o facultad que tenemos los seres humanos para hacer o no una cosa.  Es el acto manifiesto por el cual elegimos admitir o rechazar una cosa.  Puede ser la elección espontánea de algo que hacemos cada instante de nuestra vida.  Es nuestra intención, ánimo o resolución.  Todo encapsulado e incorporado en lo más íntimo de nuestro carácter.   La voluntad es un componente importante que distingue al hombre del resto de la Creación.  Hace que un individuo esté al nivel de su propia riqueza personal.

Somos toda voluntad para ser buenos o malos, para tener ganas o deseo de algo y que esto sea bueno.  Para sobreponernos a las dificultades, para ser generosos con nuestros semejantes, para usar el libre albedrío.  Para amar y recibir amor.  La voluntad expresa la clase de persona que somos.

Sin voluntad perdemos la estructura general de nuestro ser y acabaremos a la deriva, sin la posibilidad de realizar cuanto nos es valioso en la vida.  La voluntad es verdaderamente la otra definición de Libertad.

Armar la voluntad de ninguna manera se relaciona con grandes empresas heroicas.  No se trata de hazañas increíbles y no pone en riesgo nuestra vida o nuestra seguridad.  Es sencillo y requiere solamente tres cosas:

  • Como todo lo importante que hacemos, hay que Darse Cuenta
  • Decisión
  • Perseverancia

Se arma la Voluntad enseñando el cumplimiento del deber cotidiano

 Algo tan simple como hacer que el niño desde pequeño tenga integradas algunas obligaciones que debe cumplir.  El solo hecho de acostumbrarse a cumplir ciertas obligaciones establece para las personas un mecanismo que le permite fortalecer el carácter y dominar en sí mismo todo aquello que no lo deja crecer.

Vamos por los ejemplos:

  • Llegar del Colegio y dejar en su lugar la mochila, lavarse las manos.
  • Levantarse a la hora indicada para cumplir con sus obligaciones.
  • Alimentar a su mascota-
  • Tener ordenados sus armarios y su mochila escolar.
  • Hacer las tareas escolares antes de jugar.
  • Devolver a su lugar aquello que ha usado.
  • Ayudar en las tareas de la casa.
  • Cumplir las normas de higiene personal.
  • Cumplir con los horarios cuando se trata de una obligación como los horarios de la escuela.
  • Tener buenos modales en la mesa.
  • Tener un lenguaje educado y respetuoso.
  • En fin, todo cuanto forma parte de los “hábitos cotidianos positivos” que son como las pequeñas grandes guías en las que se desarrolla la vida familiar.  Ya volveremos sobre ese tema.

Se tiende a no darle a estas cosas sencillas el valor que tienen en la dinámica de la educación hasta que aprendemos que ellas van forjando en el niño una disciplina que va a contrariar cualquier impulso que lo haga más tolerante con su propia comodidad, egoísmo o individualismo.  La Voluntad nos ayuda a vencer nuestros impulsos negativos y eso se aprende todos los días sin tener que buscar desafíos ajenos a lo cotidiano.  Quien educa su carácter en lo cotidiano lo educa en la totalidad de su vida.

Todo lo que haga bien hecho son como pequeñas victorias que el niño tiene sobre su propia naturaleza de “Hacer lo que quiero” para ir aprendiendo a Hacer lo que debo”, esto último la síntesis de una persona educada en toda definición de la palabra.

La Voluntad se arma sencillamente así y comprobamos este resultado cuando los desafíos de la vida se van haciendo más y más importantes.

Aquello que parece ser simplemente una serie de hábitos en su hogar lo va a ir llevando en forma natural a otras conquistas de su voluntad que le permiten por ejemplo:

  • Aceptar algunas contrariedades que la vida cotidiana trae consigo.
  • Ocuparse de algo especial que mejora la vida de todos.
  • Dominar sus rabietas cuando algo no se consigue.
  • Compartir con sus hermanos y sus amigos no solo sus cosas, también los turnos de sus juegos.
  • Saber perder aún habiendo hecho el mejor esfuerzo.
  • Controlar sus emociones cuando sea necesario.
  • Respetar a los otros en su lenguaje, sus tonos y sus gestos.
  • Saber competir respetando a los demás.  Aceptar los resultados de toda competencia.
  • Reconocer sus dones y sus carencias en el camino de mejorar.
  • Aceptar los dones y carencias de los otros, etc. etc. etc.

Finalmente descubrimos que estamos describiendo una persona cabal, capaz de convivir en armonía con sus semejantes y que alcanzará todo lo mejor que puede haciendo lo mejor de sí mismo.

Conviene que estemos preparados para el arduo y espinoso camino que a veces nos presenta la vida,  que podamos contar con nuestra propia voluntad, que podamos decidir con toda serenidad lo que estamos dispuestos a hacer y a responsabilizarnos de lo que hemos elegido.

No hay temas menores en la Educación de nuestros hijos.  Los hay, sí, muy importantes.  El armado y fortalecimiento de la Voluntad es la estructura central de nuestro carácter.  Es para elegir entre lo bueno y lo bueno, por encima de cualquier debilidad que no nos permita desplegar lo mejor de nosotros mismos.

Cada día, cada día de nuestra vida debería ser el triunfo de la voluntad sobre las cosas que no tienen valor.  Para lo cual debemos empezar a reflexionar seriamente sobre el valor de las cosas.

Mientras conocemos personas que han ido a la deriva a pesar de haber tenido las mejores condiciones para crecer, las vemos desmoronarse en todos sus proyectos o no conseguir llevar una vida feliz y no llegamos a entender qué ha pasado,  vivimos el heroísmo de cada día eligiendo entre lo que se quiere y lo que se debe con la herramienta que nos da la voluntad educada.

 Decía un profesor que nos dejó enormes enseñanzas:

“Cuando un adolescente se levanta a la hora que debe, sin necesidad de que lo despierten y contrariando su natural deseo de seguir durmiendo, porque ésa es su obligación, hemos recorrido una buena parte del camino de su educación”.

 Hagamos una mirada circular sobre todos los hitos que conforman nuestra vida cotidiana. Pongamos pequeñas cosas concretas para cumplir según la edad y las circunstancias de cada hijo, hagamos de ello un hábito cotidiano positivo, con perseverancia y paciencia, entonces habremos cumplido uno de los pilares de esta aventura extraordinaria que es haber recibido un pedacito de masilla de colores y dado paso a una persona completa, feliz y lista para marchar a disfrutar su propia realidad.

Que Dios nos ayude, que así sea.

 

Primero la Justicia.  Para todos.  Para todos.  Para todos.

Hilachas que van Tramando – Contemos un cuento – El Cuento Mágico

18 Nov

Hilachas que van tramando

Contemos un cuento

El cuento mágico

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Todo sobrevive a cada una de las muertes.  A la de Jacinto con su gesto malicioso de mulato genial y también a la de Amparito aunque mucho tiempo después ella seguía bajando las escaleras del salón mientras los postigones de hierro golpeaban tantanes de viento suelto en cada recoveco de la casona.  Cuando ocurrieron las muertes había fragancia de magnolias en el jardín y el verde oscuro de las hojas acolchaba las sombras donde los niños respirábamos agitados entre el miedo y la seducción.

La abuela Eloísa me había contado tantas veces la historia que siempre podía olvidarla segura de su recreación.  Mi abuela me enseñó que la vida es la conjunción de todos los momentos comprendidos, los nuestros y los otros.  Los que vivimos y los que nos contaron siempre que los hayan contado muchas veces y siempre con referencia a nuestra propia vida.

Yo era muy joven y estaba ansiosa por alejarme, quería ser famosa para lo cual me había ido a Albi, a vivir en un cuartito de sol con la ventana llena de malvones.  Allí escribía historias que me parecía que abarcaban la historias de todos los hombres, mientras que la de Amparito y el mulato ya no les pertenecía a ellos, era de la abuela Eloísa y de mi niñez absorta sentada en el escalón de madera, tratando de descubrir, una vez más, el agujero oblicuo de la bala que no mató al mulato, porque las que lo mataron se las llevó puestas con él hasta la eternidad.

En Albi me propuse aislarme del presente y meterme de lleno en la Edad Media.  Escribía con furia y sin parar desde el amanecer hasta media tarde.  Historias que no me pertenecían, que ni siquiera me emocionaban.  Después dejaba el cuartito de un tercer piso, bajaba corriendo las escaleras muy viejas de madera, que ya estaban torcidas y astilladas y me iba por la callecita empinada que bordea la plaza.  Terminaba sentada delante de la estatua de Santa Cecilia, aislada del mundo en la Catedral, entre la belleza y la opulencia.

En aquella época la historia más vieja que me habían contado se me olvidaba y me dejaba en paz para quedarse en las galerías veraniegas de pisos de rombos blancos y negros, con sombrillas de encaje y vestidos de seda revoloteando por las vereditas alrededor de la casa colonial, y el licor de durazno servido en la sala grande, mientras el padre y la madre de Amparito veían crecer a sus seis hijos varones y a la niña de sus amores.  ¡Tan tranquilos e inocentes de sí mismos que se me hacen una estampa de sonrisas suspendidas al sol!

Todo había pasado muchos, muchos años antes de que yo naciera y por eso me sentía a salvo pero todo podía volver a golpes de recuerdos que me traían la frase repetida y hermética de la abuela: -“Esta historia todavía no se acabó”-

Un día porque la penumbra interior me había hecho sentir algo inquieta, salí de la Iglesia antiquísima buscando los relámpagos del sol sobre las piedras de las calzadas sin veredas, flanqueadas por paredes altas que tenían muy pocas ventanas y se juntaban en el cielo.  Ni siquiera me sorprendió verlos al final de la callejuela.  Allí estaban.  La niña frágil y el mulato de bronce mojado que la ultrajó la noche de las fogatas.  Los dos iban muy seguros de su existencia, juntos y entrelazados, saltando de la luz a la sombra en un juego bellísimo, lejano y silencioso.  Me habían mirado y sonreían.  Allí estaban, los dos y yo con ellos.

Bajé la plazoleta, perdí un poco de tiempo bajo la sombrilla reparadora sentada en la silla de lona verde. Quise ignorarlos, hice como que no los veía, cerré los ojos pero me enredé con ellos y me dejé llevar hacia los recuerdos de cosas que ni siquiera había vivido.

Dicen que el mulato llegó a la casa cuando Amparito tenía dieciséis años.  Él era un poco mayor, fuerte y sano, con la piel lustrosa como la madera del árbol que sombreaba la ventana del cuarto de la niña.  Trabajaba con entusiasmo en sus labores.  Feliz, tal vez, porque era tan joven y disfrutando de todo lo que fuera pura sensación sin reflexiones que lo llevaran a renegar de su esclavitud.  El cuerpo duro y grande que no parecía caber en sí mismo, tal era el gozo de moverse al sol, abajo, arriba, abajo, arriba, con el sudor que lo llenaba de oro finísimo corriéndole por el pecho y la espalda hasta la entrepierna y las nalgas y se le hacía surcos en los pies desnudos, deformados y resecos de barro.

La niña Amparito ni reparaba en él.  Hasta que lo vio un día  que él se dejó ver o que se exhibió para turbarla y caminaba despacito delante de la galería sombreada, moviendo todo lo que se le movía, cadencioso y tibio, como desganado.  Con los ojos bajos pero atento al reto fácil de la lujuria, altivo y tentador.

Amparito parecía no verlo pero él ya la tenía retenida en cada visión de la casa grande.   La evocaba, cuando amanecía, al compás de los pasos arrastrados en la tierra, con los cuerpos negros y calientes de lechos mezclados.  Al sol y al trabajo fuerte en cada levantada de cabeza de las tardes de enero.

Y una noche cuando subía las jarras de agua, porque Tomasa estaba ocupada o enferma, Jacinto vio el camisón de puntillas sobre la cama en la colcha roja de terciopelo pesado y se quiso imaginar la piel blanquísima con el contraste violento de su sangre.  La historia empezaba a correr sin ellos en un tiempo que sería de locura y violencia.

Se contaba que Jacinto, caliente de fogatas y rituales subió a los saltos la escalera, llegó hasta donde estaba ella y le estalló allí mismo, sobre el piso de madera sin atreverse a la cama que era cosa de señores.  Y la amó hasta la muerte, sabiendo que ella no podría aceptarlo.  Cuentan que la lastimó con su violencia y va creciendo una memoria ausente de verdades, sin nadie para defenderlo.  Cada vez más culpable y más cruel.  Solo.

Yo recordé todo aquella tarde en Albi cuando los vi alejarse apretados y luminosos frente a la torre de ladrillo cubierto de enredaderas en los callejones del Museo.  Entonces supe que debía volver.

La casa estaba casi vacía.  ¿Quién iba a habitarla?  Era muy cara para quienes la compraran y resultaría un magro beneficio para los herederos.  Por eso optaron por repartirse algunas cosas y dejaron otras.  Todo tenía el sello abismal de generaciones de mi familia viviendo unos tras otros, como si se repitieran en espirales de tiempos idos y repetidos siempre cerca aunque hubiéramos recorrido enormes distancias.

Aquella noche el mulato había bailado alrededor de las fogatas al compás de los tamboriles con el ritmo de la sangre africana.  Amos y sirvientes formaban figuras que se desdoblaban en las luces y sombras del fuego para moverse a tiempos distintos y a otros sones como eternidades de instantes superpuestos que eran rojos, dorados, marrones.  La noche traía ruidos y voces apagadas cuando las parejas desaparecían para el último rito de muerte y resurrección creado para cada uno de ellos hasta el final de los tiempos.

La abuela Eloísa me lo contaba todo, durante las noches de mi infancia campesina, con su voz ahondada en el horror de saber lo que vendría después,

Jacinto había desaparecido en el granero, envuelto en las polleras acampanadas de Martina, abrazado a ella, juntos en el color de la piel y en el deseo como una figura mágica que llevaba en sí vaya a saber qué claves de la vida.

Al amanecer todo pasó rápidamente.  Se mezclaron los gritos y el ruido de dos tiros que venía desde la casa.  Cuando todos corrieron vieron a Amparito parada en lo alto de la escalera, temblando violentamente mientras sostenía con las dos manos el arma y con los ojos al mulato que se iba deslizando hacia el piso inferior con la cara crispada, pidiéndole ayuda, sucio de mujer y de sangre joven.

Después  el viejo Simón le cerró los ojos con toda delicadeza y ayudó a componerlo para el  velorio, penándose de un cuerpo tan joven y tan muerto, como si él hubiera podido aprovecharlo o como si Jacinto hubiera sido para todos los hombres de la estancia,  la única vida  y el único gozo de vivirla.

Entre cabeceos y susurros le dijo a la Tomasa que hipaba subiendo y bajando los senos magníficos en un llanto que no contenía:

-”¡Mismito te digo que lo tenía en los ojos!  Esperaba ver al ángel y vio al demonio!” -Se santiguó-“ Vio al demonio, Tomasa¡” «Qué pena de hombre muerto!”-

Alguien le sacó el arma a la niña.  Le costó mucho trabajo porque ella la apretaba contra su pecho y era toda ausencia y desesperación.  Después la acostaron bien arropada y, casi en sueños, al atardecer del día siguiente la llevaron a la ciudad, para que no volviera nunca.  A la casa o a la inocencia que se le había quedado trabada la noche del fuego.

Yo volví.  Quise abrir las ventanas para que la luz de la luna invadiera todo y la luz me iba cambiando la vida por las vidas de la casona eterna.  Subí la escalera, admirando como siempre el vitreaux que lucía esplendoroso en el primer descanso que daba al parque.  Todavía podía volverme a Albi, a mi plaza y a mi cuarto de sol.  Todavía me alcanzaba el tiempo para mis relatos de la Corte de Leonor de Aquitania y el rey que la volvió loca de amor.  Pero Amparito me estaba esperando para terminar la historia.  Me quedé.  Recorrí un cuarto y otro, toqué cada mueble y enderecé el cuadro del tío coronel.  Abrí al acaso un cajón y el armario del pasillo donde la abuela guardaba las antiguas sábanas con puntillas de bolillo, hasta que llegué al cuarto de terciopelo rojo.

El silencio era denso y enmarañado.  Allí estaba ella, me esperaba junto a la ventana alumbrada por la luz diabólica de las fogatas.  Nadie me creyó después, cuando el sol volvió a salir y terminó la magia.  Pero ella estaba allí.  Fuerte en su deseo del hombre al que venía descubriendo desde su infancia larga de los hermanos varones que le ocupaban toda la vida.

Había espiado al mulato, lo había seguido desde la ventana de visillos, por el jardín y la galería.  Lo olía mezclado con el aroma de las magnolias y el pasto húmedo.  Y fue tras él hasta el granero, tras él y Martina con su imagen turbadora de las polleras al vuelo, la risa y el murmullo cómplice de un placer adelantado en bellos cuerpos que se tocaban explorando huecos y redondeces.  La negra con la cabeza apoyada en el hombro de Jacinto, en un abandono total y él, con su mano grande le ceñía la cintura, apretaba las nalgas con el cuerpo tenso como un arco, saliendo para afuera, notable el deseo en un perfil de fuerza que quería ser aniquilada.

Amparito los siguió, espantada de celos y jadeando con ellos en las sombras.  Apretando los puños sobre su boca distinguía el movimiento de las piernas entrelazadas, mezclas de plata y barro sobre el suelo desprolijo que crujía.  Escuchó susurros y gemidos en un juego alucinante que no entendía bien, hasta que Jacinto levantó la cabeza como si quisiera volar y gritó en la entrega cayendo sobre la mujer que lo vencía.  Como si la muerte y la vida se mezclaran para siempre.  Después los dos se quedaron quietos mientras afuera el mundo se recomponía con todos sus ruidos y sus olores.

Volvió el frío y también los cantos que se iban callando en la noche, mientras las fogatas se apagaban una a una.  Los bichos en el jardín y los pasos lentos de algún mulato viejo fueron sonando hasta que se hizo el silencio.

Amparito, perdida en sus emociones se alejó lentamente del granero y atravesó el parque lleno de sombras.  Iba encorvada y sollozando.  Un cuerpo andando en el espacio fino de la noche, un deseo desconocido que se metía dentro suyo.  Hasta que todo parecía sucio y blando y resignado y final.  Su propio misterio la asustaba.  Me lo contó esa noche que yo volví a la casa y antes de que saliera el sol que terminó con la magia; apoyada contra la ventana con los ojos fijos en el fuego lejano.  Y yo la entendí.  Porque me dolían mis preguntas y sus razones.  Quise tocarla para darle algún consuelo pero la luz de afuera la aislaba de mí y el tiempo nos separaba a las dos.

Aquella mañana tan lejana, Amparito compuso su aspecto.  Se lavó con todo cuidado y agregó agua de azahar en el enjuague de su piel blanquísima, después sujetó el pelo dorado en lo alto de la cabeza con un moño color malva atado al descuido y mandó al mayor de los hijos de Tomasa a buscar a Jacinto.

El sacrificio fue consumado desde lo alto de la escalera, mientras el sol creaba vida de todos los colores atravesando el ventanal con flores y pájaros  con arabescos interminables.  Jacinto levantó la cabeza alertado por el movimiento de la luz en lo alto cuando ella apretó el gatillo una y dos veces.  Lo último que vio ojos casi violáceos muy grandes y la venganza como una forma de justicia de clases y de hombres y mujeres que viven las mismas emociones en mundos diferentes.

Ella me lo dijo mientras lloraba sin consuelo:-“Él jamás me había mirado ni me hubiera llevado al granero. ¡Nunca me tocó!  Él quería a Martina, andaba siempre detrás de ella como un animal en celo.  Una vez lo retuve a la hora de la siesta porque sabía que iban a encontrarse río abajo pero yo le hablé de cosas del jardín y él, impaciente, sin embargo bajaba la vista a los pies sucios de barro, sin moverse y sin escucharme, hasta que el deseo se le hizo sudor en la piel y, cuando ya asqueada lo dejé, corrió hacia el río.  Se jugó la vida enancado en una negra”-  Me miró con sus ojos antiguos como los de una reina- “¿Crees que yo podría perdonarle todo aquello? ¡No! ¡No tenía derecho a despreciarme  de esa manera!”-

Jacinto había estado solo para morir.  Anónimo, con su mirada asombrada, sin consciencia de sí mismo o de la historia grande de los hombres o del Dios tremendo que lo hizo hermoso y viril y le encendió el deseo de Martina.

Yo aprendí la historia.  La absolví a ella de su tremendo pecado y a él el haber nacido cuando no debía.

Los absolví a los dos de los tiempos ajenos con sus lazos de encaje y sus negaciones.  Le prometí a ella contarlo una y otra vez hasta que nadie dijera que el negro Jacinto la había ultrajado una noche de baile y fogatas.

Me quedé a vivir  en esta casa vieja.  La familia está contenta porque pueden venir de vacaciones y encuentran las cosas dispuestas para ellos.  Yo espero paciente y los recibo con todo tipo de atenciones.  Veo a los chicos andar a caballo o jugar con los perros que ya no son tan salvajes.  El sol entra por todas las ventanas que ni me molesto en cerrar.  La casa vive.

Hasta que el último de ellos haya creído la verdadera historia de Amparito y Jacinto debo quedarme a contarla una y otra vez.  Aunque ahora sospecho que no terminan de aceptarla porque esa es una manera de retenerme aquí para que cuide de ellos y de sus vacaciones.

Por eso, en cuanto junte voluntad me iré.  Alguna noche de fogatas.  Voy a despedirme de todos, especialmente de los que ya no están y volveré a Albi, a mi cuartito soleado.  Caminaré el sendero del río ajeno y escucharé otras voces.  Y después de cada invierno me tiraré al sol abierta solamente al placer de sentir placer, para que la vida me regocije.

Alguna vez, cuando junte voluntad.  Cuando pueda.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van Tramando- La Autoridad en la Familia XV- Premios y Castigos

10 Nov

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia XV

Premios y Castigos

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Volvemos al mundo de la educación en la familia. Vamos a usar palabras bien castellanas, de cuando el Castellano era categórico y claro.  Cuando no teníamos miedo de hablar de “obediencia” “castigo” “premio” “falta” “superior” “inferior” todas palabras que ahora quieren escaparse de tantos prejuicios que las quieren tener amordazadas.

Digo esto porque a) me voy por el camino que me lleva esta tarde gris y callada b) respondo a tantas reacciones de los que no esperan a terminar de leer o, en el caso de las clases, a terminar de oír, y se resienten cuando empiezo por: premios y castigos. ¡Cómo si estuviera queriendo volver a terribles premios y castigos del medioevo! Felizmente estamos en el Siglo XXI y lo más cerca que el hombre estuvo nunca de los Derechos Humanos.  Hablamos de  premios y castigos adecuados a los hombres de este siglo y, en este caso, a los niños y adolescentes que están a nuestro cargo, a quienes se supone que amamos y respetamos.  Hecha esta aclaración diré que vamos a hablar de “Premios y Castigos”.

Retrocedemos unos reglones para retomar el tema:
El ejercicio de la Autoridad incluye dos poderes:

a) Tomar decisiones que influyen  en el comportamiento del hijo

b) Sancionar: premio o castigo.

Lo primero que tenemos que subrayar es que las sanciones forman parte de la Autoridad- Servicio y no debe nunca, pero nunca, confundirse con venganza, obcecación, falta de tolerancia, cansancio y otras debilidades que nos alejan de los fines de la educación.

Siempre se premia o se castiga por el bien del mismo hijo.  Sin perder de vista el resultado final debe hacerse con serenidad, nunca con bronca o frialdad.  También teniendo bien claro a) qué se premia o castiga y b) cómo se hace, poniendo esas calificaciones  en la misma categoría.

  •  Siempre el “cómo” se premia o se castiga debe responder estrictamente a “qué” es lo que se premia o se castiga.

Y aquí estamos hablando del sentido de la Justicia, base y vector de las relaciones entre los que educan y los que son educados.  Nada perjudica más la tarea de educar que la injusticia.  Los niños y los adolescentes tienen una especial sensibilidad para lo que consideran una “injusticia”, y en este caso podemos hacer alguna salvedad:

“Los niños viven la Justicia según las edades.  Hasta más o menos los 7 años no tienen mucha noción de la justicia, pelean por lo que quieren sin pensarlo.  Desde los 7 hasta los 10 o 12 años para ellos, en general, la Justicia es darle a todos lo mismo. Después de esas edades van reconociendo que: “La justicia es darle al otro lo que ya es suyo”.  Vamos a enseñarles por añadidura que: la generosidad es darle al otro más de lo que le pertenece.  De lo que deducimos que somos los mayores los que debemos aprender a vivir la justicia para no defraudar a nuestros hijos y arruinar esa relación filial tan importante para su educación y para el amor recíproco que nos tenemos.

Salimos de las salvedades y volvemos a nuestro tema:

  • Los premios o castigos deben ser avisados con la debida anticipación

Uno no se pasa el día entero “avisando” premios y castigos.  La vida cotidiana se va deslizando de una manera espontánea y los niños y nosotros conocemos las normas de convivencia.  Cuando algo más importante aparece es el momento de “avisar”.  Cualquier regla, decisión, actividad, actitud o postura que implican responsabilidad de parte de los niños y están expuestas a ser juzgadas, deben ser clasificadas con anticipación y llevar bien clara su consecuencia.  No se puede crear la norma y castigar con posterioridad al hecho.  A partir de ahora si haces esto o no haces esto, ésta es la consecuencia, a partir de ahora.

  • La sanción debe ser proporcionada a la falta

Volvemos al concepto que para educar debemos tener bien clara la diferencia entre las cosas importantes y las que no lo son. No podemos dejarnos llevar por nuestro cansancio, nuestra impaciencia o un mal momento.  No es conveniente abrumar a los niños y los adolescentes con cosas de poca importancia ni olvidar las que tienen mucha.  Hay que pensar bien antes de evaluar una falta.  Ya con muchos años en esto de la Educación he aprendido que con serenidad podemos pasar por alto algunas cosas insignificantes para tener la fuerza de nuestras decisiones en aquellas que verdaderamente lo valen.  Lo que un proverbio inglés dice: «Hay que elegir las batallas”  Con los hijos siempre hay que elegir las batallas.

  • Las sanciones deben ser limitadas en el tiempo

Podemos resumirlo con un ejemplo, no podemos decir:”No miras más televisión” o “No vas a salir más a andar en bicicleta” o tantas cosas que decimos en un momento de enojo.  Toda sanción tiene que ser clara en el tiempo que durará.  Y se cumple. Decía la abuela (madre de 7 varones): “Si tienes que castigar, promete poco que te aseguras poder cumplirlo”.  Así como dijimos que las normas deben ser debidamente comunicadas, lo que significa que sean recibidas y entendidas por todos, también la sanción debe ser claramente entendida por todos.  “No hay Internet por una semana” “No sales a bailar este fin de semana” “No se sale con los amigos hasta que mejores el informe escolar”. Siempre tiempo concreto y razonable que tiene que ver con corregir conductas y no con tomarse revanchas.

  • Cumplir las promesas hechas

Cada promesa que se ha hecho y no se cumple trae potencialmente dos efectos negativos.  a)El hijo pierde la confianza en su padre en general, algo lastimoso en la relación filial, b) Es difícil volver de ese error, ya no dan resultado la norma ni la sanción de la norma.  A largo plazo la incertidumbre golpea más al niño y al adolescente que a sus padres.

  • No coaccionar afectivamente

El niño acepta la autoridad paterna y obedece no porque de esa manera se gana el afecto de su padre y tampoco porque así no lo lastima.  Repetimos y repetimos sin cansancio que: El centro es el hijo.  Lo que hacemos lo hacemos por él, no por nosotros ni para nosotros.   Y volvemos a un concepto que nos ayuda a entender esto.  Los objetivos que tienen los padres para educar y los hijos para obedecer son totalmente diferentes.  El padre debe tener bien claros sus objetivos y respetarlos.  Su estado de ánimo o su dolor no es cosa del hijo.

  • Pasada la sanción, se termina.  

Ya está.  Por supuesto que queda claro que la falta no se repite y, a veces, sobre todo en el caso de los adolescentes, después de un tiempo, puede haber una charla al respecto para evaluar los resultados.  Allí insistimos una vez más escuchar, escuchar, escuchar. Respetar opiniones, respetar, respetar.

  • Evitar la debilidad y la comodidad

No se debe renunciar a hacerse obedecer o renunciar a castigar una falta por debilidad, rabia o abandono. “Total, ¿para qué me sigo esforzando? Haz lo que quieras, después de todo ha de ser para ti.  Me da lo mismo.  Yo abandono. Yo renuncio”. Grave equivocación.  No se puede renunciar a los hijos ni a nuestro compromiso con ellos.  La debilidad y la comodidad no son buenas herramientas para la educación de los hijos, más bien son un dúo disolvente. Es duro decirlo pero es cierto: “Los padres débiles y cómodos suelen terminar llorando”.

Estos son algunos conceptos muy generales sobre sanciones o castigos. La contra cara de los mismos son tres acciones:

  • Dar
  • Premiar
  • Regalar

Creo firmemente que la sociedad actual es la mejor que ha tenido la historia del hombre.  Con la esperanza de que siga mejorando, nunca como ahora se ha tenido tanta consciencia de los derechos de los individuos, nunca como ahora ha habido tantos bienes para distribuir en el mundo al alcance de las mayorías, nunca como ahora ha habido tan claras nociones de que el mundo es de todos.  Por supuesto que faltan muchos años para llegar al ideal pero el Hombre nunca ha retrocedido. Tenemos esperanzas, más que nunca.  Sin embargo uno de los obstáculos que encontramos en ese camino es el relativismo de todo o casi todo.  Por eso tenemos muy confundidos algunos conceptos lo cual mortifica y complica, en nuestro caso, el tema de educación.  En este caso no está clara la diferencia entre dar, premiar y regalar.  Procuremos aclararlo.

  • Dar: Donar, entregar, conceder, otorgar algo.  Puede tener una contraprestación o no de la otra parte.  Le damos a los hijos lo que tenemos obligación de dar.  No necesariamente será merecido.  Dar significa la voluntad de cumplir ciertas obligaciones con los otros, siempre en el marco de la voluntad y en referencia a la relación que tenemos con ellos.  Donamos, concedemos, otorgamos.  Podremos ser más o menos generosos, pero subsiste el concepto de que no hay obligación de devolver.  Si la hubiera sería un trueque, un contrato, un arreglo entre partes.  Los padres tenemos el privilegio de darle a nuestros hijos lo mejor que podemos y esperamos recibir de ellos amor y reconocimiento.
  • Premiar: Remunerar, galardonar los méritos de alguien.  El premio se da cuando alguien, en este caso el hijo ha superado lo que corresponde.  El premio debe merecerse.  Ganar una competencia, un concurso, ser el mejor abanderado, hacer una acción social notable, ser el mejor compañero, ayudar a los amigos, hacerse cargo de quien lo necesita.  Es exceder lo que corresponde en relación con lo que se haga.  Premiar lo que no excede es confundir a los niños quienes, con su proverbial intuición sabrán que más que premio eso puede ser un chantaje o una broma y en el fondo lo desprecian.  Por ejemplo, un adolescente que ha terminado su curso promocionando las materias no debe recibir premio porque es parte de su obligación, si tuviera un promedio notable o estuviera entre los mejores sería otro el caso.
  • Regalar: Dar a alguien, sin obligación, algo en muestra de afecto, consideración u otro motivo personal.  Hacer expresiones de cariño o benevolencia.  Éste es el campo en el que los padres pueden darse todos los gustos.  Regalar no tiene porque ser justificado.  Regalamos por cariño, por ilusión, por ver una sonrisa, por decir de alguna manera te quiero mucho. 

“El regalo es gratuito, el premio se merece”

“Lo que se otorga no se quita”

De todas las formas estamos dándole a nuestros hijos lo mejor que tenemos pero es muy importante que ellos sepan en carácter de qué reciben aquello.  Que sepan que les damos lo que corresponde para que tengan una buena vida, que los premiamos cuando exceden sus méritos y les regalamos porque sí, porque estamos encantados de que sean nuestros hijos y no vamos a cansarnos de hacérselos saber.  Pequeñas distinciones que nos hacen la vida más fácil y a ellos las cosas más claras.

En esta maraña de conceptos que nos disponemos a repasar vamos a hacer dos preguntas que pretendo que ayuden a los padres en muchos momentos de la vida con sus hijos.  Especiales para esta sociedad de la abundancia en la cual resulta difícil vivir con sobriedad.

  • ¿Cuántos no significaron libertad para los hijos y felicidad para la familia?
  • ¿Cuántos significaron pérdida de libertad y felicidad para los hijos y para la familia?  Pensemos los “buenos” no y los “malos” .  ¡Es esclarecedor y va a sorprendernos! Pueden ayudar en el momento de decidir algún permiso.

La tarde sigue gris y callada, como siempre espero aclarar algo en este mundo de las familias y los niños en especial.  Siempre queda camino por andar, con dificultades y sorpresas, con felicidad y alegría.  ¡Que nos toque el mejor de ellos!¡Que así sea!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

Hilachas que van tramando – El Faro de Punta Brava

6 Nov

Hilachas que van tramando

El faro de Punta Brava

 Imagen

Era la tarde temprana. Entramos por un camino de grava que parecía muy poco transitado.  Las gomas crujían y se sentían las piedrecillas que golpeaban contra la chapa. Una vuelta y otra. Pasamos lo que parecía una vieja usina, y, más allá, detrás de los alambrados marrones de óxido nos enfrentamos con el faro. Tan solitario, tan erguido en su sencillez. Tan seguro de lo que estaba haciendo, iluminar el sendero turbulento de un río incansable. El agua se movía hasta el horizonte y el faro era la única parte del paisaje que estaba inmóvil. Parecía asentado sobre una pequeña construcción de paredes ásperas, que iba de mayor a menor y remataba  en un cúpula roja toda rodeada por el pasaje abalconado con aberturas y cuya  única defensa eran unos barrotes  de hierro al aire. Las antenas superiores le agregaban un aire de nave espacial que nunca, nunca levantaría vuelo. En el medio de la torre una ventanita alargada con  actitud de esperar caminantes. Abajo unas pocas plantas de suelo duro con puntas espinosas como para desalentar visones de paisajes fáciles o amigables. El camino seguía en una curva que parecía haber alejado al Faro del río. Y, sin embargo el Faro de Punta Brava aseguraba el camino que el agua confunde.  Pensé que todos deberíamos tener un faro que guiara nuestros caminos. Si por épocas gocé de esa facilidad, otras me he debatido en dudas, miedos, renuncias. Como todos. Como todos hubo en mi vida soledades interiores que terminaban en un hueco inacabable. Como todos temblé por mi incapacidad   para crear cosas sublimes. Pasé de la jactancia temeraria a la tristeza. Sentí el peso de todo el universo en el que no soy importante. Como todos también tuve un faro cuya estela brilló en medio de la noche y me regaló las mejores de mi vida. Y muchos  días en que sencillamente puedo creer que Dios me ha destinado a la alegría. Todo, todo eso lo fui caminando a la luz intermitente del faro de mi propia vida.  Y, como la luz descansa sobre el agua, ahora que lo aprendí,  reconozco que siempre he vivido en equilibrio, en la situación de un cuerpo que a pesar de tener poca base de sustentación consigue mantenerse sin caer. Porque ¿qué otra cosa es la vida? Un equilibrio incierto entre la realidad y el desafío de la propia voluntad con todos sus deseos y sus necesidades.  El desafío es conocer lo más que se puede la realidad, aceptar y sustentar la propia existencia reforzando aquello que nos hace felices.

El equilibrio se da entre nosotros, los seres humanos, en muchas direcciones y en diferentes  planos con un núcleo central que es siempre el amor que nos tenemos.

 El amor  aporta la cuota de compromiso y entrega indispensables entre aquellas personas que comparten la vida de una manera íntima y cotidiana y también entre los otros que, un poco más alejados, siguen siendo nuestros pares en este caminar por las aguas inquietas de la vida. Descontado el amor, la entrega, y la fidelidad, se requiere una reflexión profunda de cada uno para reconocer personalmente y en conjunto, cuales son los resortes que establecen la estabilidad de las relaciones, cobijo indispensable en esto de ir viviendo.

Los golpes de luz nos despiertan la esperanza de seguir adelante, aclaran los rostros y nos trazan un camino seguro. Son todas las cosas que podemos hacer para seguir adelante.   Y, precisamente ahora, se me cuelan algunos destellos que pueden ayudarnos. Tolerar, servir, aceptar, respetar, exigir, cumplir, escuchar, opinar, expresar, mostrar, llorar  cuando sea necesario, reírse a carcajadas cuando la vida se hace divertida, marchar con entusiasmo por la vida cotidiana y también aprender a “quedarse en la banquina cuando pasa algo que requiere serenidad y paciencia.  Saber, entender, aceptar que la vida es precaria y repentina y que sin embargo es eterna, infinita e incesante para los que ya hemos sido salvados de la nada.  Y que seguimos salvados si seguimos juntos, si nos consideramos iguales, si nos amamos los unos a los otros.

Nos hemos quedado un largo rato cerca del Faro, mientras caía la noche, para ver el milagro de sus destellos. En silencio con la seguridad de percibir y ser percibidos para siempre. Estremecidos por la oscuridad que estaba más allá de la luz y radiantes como un rayo de sol que se va colando al atardecer. Todo eso somos los seres humanos, todos somos todo eso.

Después dimos la vuelta. Retomamos el camino llano y sin sorpresas para ir a  casa. Nunca nos pareció más amigable nuestra vida. Allá quedó el Faro de Punta Brava, eterno, inmóvil y orgulloso de su destino.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos