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Hilachas que van Tramando- La Autoridad en la Familia XV- Premios y Castigos

10 Nov

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia XV

Premios y Castigos

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Volvemos al mundo de la educación en la familia. Vamos a usar palabras bien castellanas, de cuando el Castellano era categórico y claro.  Cuando no teníamos miedo de hablar de “obediencia” “castigo” “premio” “falta” “superior” “inferior” todas palabras que ahora quieren escaparse de tantos prejuicios que las quieren tener amordazadas.

Digo esto porque a) me voy por el camino que me lleva esta tarde gris y callada b) respondo a tantas reacciones de los que no esperan a terminar de leer o, en el caso de las clases, a terminar de oír, y se resienten cuando empiezo por: premios y castigos. ¡Cómo si estuviera queriendo volver a terribles premios y castigos del medioevo! Felizmente estamos en el Siglo XXI y lo más cerca que el hombre estuvo nunca de los Derechos Humanos.  Hablamos de  premios y castigos adecuados a los hombres de este siglo y, en este caso, a los niños y adolescentes que están a nuestro cargo, a quienes se supone que amamos y respetamos.  Hecha esta aclaración diré que vamos a hablar de “Premios y Castigos”.

Retrocedemos unos reglones para retomar el tema:
El ejercicio de la Autoridad incluye dos poderes:

a) Tomar decisiones que influyen  en el comportamiento del hijo

b) Sancionar: premio o castigo.

Lo primero que tenemos que subrayar es que las sanciones forman parte de la Autoridad- Servicio y no debe nunca, pero nunca, confundirse con venganza, obcecación, falta de tolerancia, cansancio y otras debilidades que nos alejan de los fines de la educación.

Siempre se premia o se castiga por el bien del mismo hijo.  Sin perder de vista el resultado final debe hacerse con serenidad, nunca con bronca o frialdad.  También teniendo bien claro a) qué se premia o castiga y b) cómo se hace, poniendo esas calificaciones  en la misma categoría.

  •  Siempre el “cómo” se premia o se castiga debe responder estrictamente a “qué” es lo que se premia o se castiga.

Y aquí estamos hablando del sentido de la Justicia, base y vector de las relaciones entre los que educan y los que son educados.  Nada perjudica más la tarea de educar que la injusticia.  Los niños y los adolescentes tienen una especial sensibilidad para lo que consideran una “injusticia”, y en este caso podemos hacer alguna salvedad:

“Los niños viven la Justicia según las edades.  Hasta más o menos los 7 años no tienen mucha noción de la justicia, pelean por lo que quieren sin pensarlo.  Desde los 7 hasta los 10 o 12 años para ellos, en general, la Justicia es darle a todos lo mismo. Después de esas edades van reconociendo que: “La justicia es darle al otro lo que ya es suyo”.  Vamos a enseñarles por añadidura que: la generosidad es darle al otro más de lo que le pertenece.  De lo que deducimos que somos los mayores los que debemos aprender a vivir la justicia para no defraudar a nuestros hijos y arruinar esa relación filial tan importante para su educación y para el amor recíproco que nos tenemos.

Salimos de las salvedades y volvemos a nuestro tema:

  • Los premios o castigos deben ser avisados con la debida anticipación

Uno no se pasa el día entero “avisando” premios y castigos.  La vida cotidiana se va deslizando de una manera espontánea y los niños y nosotros conocemos las normas de convivencia.  Cuando algo más importante aparece es el momento de “avisar”.  Cualquier regla, decisión, actividad, actitud o postura que implican responsabilidad de parte de los niños y están expuestas a ser juzgadas, deben ser clasificadas con anticipación y llevar bien clara su consecuencia.  No se puede crear la norma y castigar con posterioridad al hecho.  A partir de ahora si haces esto o no haces esto, ésta es la consecuencia, a partir de ahora.

  • La sanción debe ser proporcionada a la falta

Volvemos al concepto que para educar debemos tener bien clara la diferencia entre las cosas importantes y las que no lo son. No podemos dejarnos llevar por nuestro cansancio, nuestra impaciencia o un mal momento.  No es conveniente abrumar a los niños y los adolescentes con cosas de poca importancia ni olvidar las que tienen mucha.  Hay que pensar bien antes de evaluar una falta.  Ya con muchos años en esto de la Educación he aprendido que con serenidad podemos pasar por alto algunas cosas insignificantes para tener la fuerza de nuestras decisiones en aquellas que verdaderamente lo valen.  Lo que un proverbio inglés dice: «Hay que elegir las batallas”  Con los hijos siempre hay que elegir las batallas.

  • Las sanciones deben ser limitadas en el tiempo

Podemos resumirlo con un ejemplo, no podemos decir:”No miras más televisión” o “No vas a salir más a andar en bicicleta” o tantas cosas que decimos en un momento de enojo.  Toda sanción tiene que ser clara en el tiempo que durará.  Y se cumple. Decía la abuela (madre de 7 varones): “Si tienes que castigar, promete poco que te aseguras poder cumplirlo”.  Así como dijimos que las normas deben ser debidamente comunicadas, lo que significa que sean recibidas y entendidas por todos, también la sanción debe ser claramente entendida por todos.  “No hay Internet por una semana” “No sales a bailar este fin de semana” “No se sale con los amigos hasta que mejores el informe escolar”. Siempre tiempo concreto y razonable que tiene que ver con corregir conductas y no con tomarse revanchas.

  • Cumplir las promesas hechas

Cada promesa que se ha hecho y no se cumple trae potencialmente dos efectos negativos.  a)El hijo pierde la confianza en su padre en general, algo lastimoso en la relación filial, b) Es difícil volver de ese error, ya no dan resultado la norma ni la sanción de la norma.  A largo plazo la incertidumbre golpea más al niño y al adolescente que a sus padres.

  • No coaccionar afectivamente

El niño acepta la autoridad paterna y obedece no porque de esa manera se gana el afecto de su padre y tampoco porque así no lo lastima.  Repetimos y repetimos sin cansancio que: El centro es el hijo.  Lo que hacemos lo hacemos por él, no por nosotros ni para nosotros.   Y volvemos a un concepto que nos ayuda a entender esto.  Los objetivos que tienen los padres para educar y los hijos para obedecer son totalmente diferentes.  El padre debe tener bien claros sus objetivos y respetarlos.  Su estado de ánimo o su dolor no es cosa del hijo.

  • Pasada la sanción, se termina.  

Ya está.  Por supuesto que queda claro que la falta no se repite y, a veces, sobre todo en el caso de los adolescentes, después de un tiempo, puede haber una charla al respecto para evaluar los resultados.  Allí insistimos una vez más escuchar, escuchar, escuchar. Respetar opiniones, respetar, respetar.

  • Evitar la debilidad y la comodidad

No se debe renunciar a hacerse obedecer o renunciar a castigar una falta por debilidad, rabia o abandono. “Total, ¿para qué me sigo esforzando? Haz lo que quieras, después de todo ha de ser para ti.  Me da lo mismo.  Yo abandono. Yo renuncio”. Grave equivocación.  No se puede renunciar a los hijos ni a nuestro compromiso con ellos.  La debilidad y la comodidad no son buenas herramientas para la educación de los hijos, más bien son un dúo disolvente. Es duro decirlo pero es cierto: “Los padres débiles y cómodos suelen terminar llorando”.

Estos son algunos conceptos muy generales sobre sanciones o castigos. La contra cara de los mismos son tres acciones:

  • Dar
  • Premiar
  • Regalar

Creo firmemente que la sociedad actual es la mejor que ha tenido la historia del hombre.  Con la esperanza de que siga mejorando, nunca como ahora se ha tenido tanta consciencia de los derechos de los individuos, nunca como ahora ha habido tantos bienes para distribuir en el mundo al alcance de las mayorías, nunca como ahora ha habido tan claras nociones de que el mundo es de todos.  Por supuesto que faltan muchos años para llegar al ideal pero el Hombre nunca ha retrocedido. Tenemos esperanzas, más que nunca.  Sin embargo uno de los obstáculos que encontramos en ese camino es el relativismo de todo o casi todo.  Por eso tenemos muy confundidos algunos conceptos lo cual mortifica y complica, en nuestro caso, el tema de educación.  En este caso no está clara la diferencia entre dar, premiar y regalar.  Procuremos aclararlo.

  • Dar: Donar, entregar, conceder, otorgar algo.  Puede tener una contraprestación o no de la otra parte.  Le damos a los hijos lo que tenemos obligación de dar.  No necesariamente será merecido.  Dar significa la voluntad de cumplir ciertas obligaciones con los otros, siempre en el marco de la voluntad y en referencia a la relación que tenemos con ellos.  Donamos, concedemos, otorgamos.  Podremos ser más o menos generosos, pero subsiste el concepto de que no hay obligación de devolver.  Si la hubiera sería un trueque, un contrato, un arreglo entre partes.  Los padres tenemos el privilegio de darle a nuestros hijos lo mejor que podemos y esperamos recibir de ellos amor y reconocimiento.
  • Premiar: Remunerar, galardonar los méritos de alguien.  El premio se da cuando alguien, en este caso el hijo ha superado lo que corresponde.  El premio debe merecerse.  Ganar una competencia, un concurso, ser el mejor abanderado, hacer una acción social notable, ser el mejor compañero, ayudar a los amigos, hacerse cargo de quien lo necesita.  Es exceder lo que corresponde en relación con lo que se haga.  Premiar lo que no excede es confundir a los niños quienes, con su proverbial intuición sabrán que más que premio eso puede ser un chantaje o una broma y en el fondo lo desprecian.  Por ejemplo, un adolescente que ha terminado su curso promocionando las materias no debe recibir premio porque es parte de su obligación, si tuviera un promedio notable o estuviera entre los mejores sería otro el caso.
  • Regalar: Dar a alguien, sin obligación, algo en muestra de afecto, consideración u otro motivo personal.  Hacer expresiones de cariño o benevolencia.  Éste es el campo en el que los padres pueden darse todos los gustos.  Regalar no tiene porque ser justificado.  Regalamos por cariño, por ilusión, por ver una sonrisa, por decir de alguna manera te quiero mucho. 

“El regalo es gratuito, el premio se merece”

“Lo que se otorga no se quita”

De todas las formas estamos dándole a nuestros hijos lo mejor que tenemos pero es muy importante que ellos sepan en carácter de qué reciben aquello.  Que sepan que les damos lo que corresponde para que tengan una buena vida, que los premiamos cuando exceden sus méritos y les regalamos porque sí, porque estamos encantados de que sean nuestros hijos y no vamos a cansarnos de hacérselos saber.  Pequeñas distinciones que nos hacen la vida más fácil y a ellos las cosas más claras.

En esta maraña de conceptos que nos disponemos a repasar vamos a hacer dos preguntas que pretendo que ayuden a los padres en muchos momentos de la vida con sus hijos.  Especiales para esta sociedad de la abundancia en la cual resulta difícil vivir con sobriedad.

  • ¿Cuántos no significaron libertad para los hijos y felicidad para la familia?
  • ¿Cuántos significaron pérdida de libertad y felicidad para los hijos y para la familia?  Pensemos los “buenos” no y los “malos” .  ¡Es esclarecedor y va a sorprendernos! Pueden ayudar en el momento de decidir algún permiso.

La tarde sigue gris y callada, como siempre espero aclarar algo en este mundo de las familias y los niños en especial.  Siempre queda camino por andar, con dificultades y sorpresas, con felicidad y alegría.  ¡Que nos toque el mejor de ellos!¡Que así sea!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.