Archivo | diciembre, 2013

Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

23 Dic

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Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía…

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Hilachas que van tramando- Vamos dibujando

22 Dic

Hilachas que van tramando

Vamos dibujando

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Éramos pequeñas, estudiantes aplicadas y muy atentas, escribiendo en los cuadernos tradicionales de dos rayas para que mantuviéramos la letra pareja.  Hoy, casi llegando las Navidades, a pesar de las altas temperaturas no me cuesta nada recrear la escena.  Laboriosamente escribíamos las definiciones, y después con aquellos útiles maravillosos y simples: la regla, la escuadra, el transportador y el compás, debíamos trazar las rayas para ilustrar lo que habíamos aprendido.

Teníamos las cabecitas inclinadas como empujando para el pupitre, la mano derecha aferrando con mucha fuerza la lapicera y los moños azules que revoloteaban sobre las trenzas como pájaros en el aula.  Algunas iban de corrido, mientras charlaban murmurando con la compañera;  las otras, la mayoría, no podían distraerse, apretaban los labios y forzaban la postura como para que no se escaparan las figuras.  Todas teníamos delantales blancos, almidonados, con dos bolsillos muy grandes, cuello redondo y los botones en la espalda. Atrás, en las perchas del fondo, los gabanes azules y las boinas de corderoy.  Adelante la Hermana Fidelia que tenía el raro encanto de ser la más severa de todas y la más amada de aquellas niñas cuando, ya grandes, nos fuéramos de su lado entendiendo muchas cosas que entonces no podíamos entender.  Alguna mano se levantaba tímidamente para preguntar sabiendo que ella no aceptaba preguntas “insustanciables”, “cómodas” o poco “prácticas” como nos decía muy seria.  “Nada dignas de niñas que recibían la educación tan esmerada como nosotras”.  Igual, cada tanto,  nos animábamos a levantar la mano para que nos sorprendiera con una sonrisa que le llenaba la cara cuando la pregunta denotaba cierta calidad.

Estábamos aprendiendo geometría.

Línea: Extensión considerada en una sola dimensión: la longitud.  Sucesión infinita de puntos.

Recta: Distancia más corta entre dos puntos.

Paralelas: Rectas que no se tocan en ningún punto.

Verticales, Horizontales, oblicuas, segmentos, convergentes, divergentes.

Igual que las líneas de la vida. Igual que trazar las líneas de la vida.

Buena tarea teníamos tratando de aprender, fijar y recordar para las pruebas.  Cuando la realidad era que sin darnos cuenta empezábamos a armar el dibujo de nuestra propia vida.

Éramos pequeñas, compañeras desde los cinco años y hasta que dejáramos el colegio con nuestro título de Maestra.  Toda la vida, toda la vida juntas.  Como esas líneas sucesión infinita de puntos.  Íbamos andando sin saber que andábamos la experiencia más formadora e inolvidable que tendríamos.

El Colegio, que ocupaba una manzana, estaba lleno de corredores y galerías, escaleras y patios en los que habríamos de vivir una parte fundamental de nuestra vida llevándolo, después, con nosotras adonde quiera que fuéramos.  No lo sabíamos todavía.

Hoy que es tiempo de añoranza y cuando la vida ha machacado cada minuto de sí misma llenando nuestros años de experiencias inevitables, dolorosas o felices, alegres, traviesas, responsables o no, severas, vitales y tan nuestras, recobramos aquellas imágenes y descubrimos que, siendo otras, nos sentimos las mismas.

Vamos andando.  A lo largo del camino nos acompañan distintas personas, muchas personas.  Todas tienen su lugar en nuestra vida.  Algunos son compañeros de ruta ocasionales, otros están con nosotros por largos períodos y se desvanecen en alguna curva del camino.  Dejan o no un recuerdo fecundo en nuestra vida.  Habrá quienes ni siquiera recordamos.  Y aquellos que parecieron tan importantes y no lo eran.  O, también, los que dejamos de ver y nos habían enseñado algo que seguimos valorando.  Están los que nos provocaron alguna desventura y los que nos llenaron de orgullo o de alegría.  Pero se fueron.  También todos los que se quedaron.  Los que nos hicieron escapar y los que nos dejaron con el alma arrugadita.  Los amantes y los amados.  Los que se llevaron un pedazo de nuestra vida y los que hubiéramos preferido no conocer.

Están los que por temporadas perdemos de vista pero siguen siendo indispensables para que seamos lo que somos y, cada vez que los recobramos, nos sorprende esta continuidad de ser lo que siempre hemos sido, cambiando solamente colores y matices.  Como mis compañeras de Colegio que me devuelven mi propia imagen ahora enriquecida con sus impresiones, para que yo cambie de lugar y de pupitre según las cosas que ellas vieron en mí.

Vamos dibujando, todos.  Somos los caminantes, compañeros de ruta, peregrinos, mendigantes y bailarines en una caravana interminable que después seguirá sin nosotros pero que no será la misma sin nosotros.

Lo más importante es que están los que siempre han caminado cerca.  Nuestros amores.  Los que nos hacen ser lo que somos.  Los que resaltan nuestra humanidad y representan el nudo vital de todo.  Nosotros somos lo que ellos ven.  Como en una película. Pasa que algunas veces volvemos a ver una película de cuando éramos jóvenes y nos damos cuenta de que no habíamos entendido lo que pasaba cuando la habíamos visto por primera vez.  La edad va cambiando el punto de perspectiva de la vida.  Leemos y releemos lo que nos ha pasado y, según sea el momento en que lo hacemos, todo es diferente.  Aquella clase de geometría será distinta según la recordemos a los 20, 30 o 60 años.  Según estemos pasando un buen momento o despidiendo a alguien que queríamos mucho.  Si nos acordamos en un momento de dolor o cuando suenan las voces de la alegría.  Según ahora que soy una señora grande y escribo para mí pero también para mis lectores.  En esos momentos los que completan nuestro conocimiento personal y del mundo son las otras personas.  Siempre los otros y nosotros juntos como la única forma de ser y de sentir.

Lo que no cambia es que somos caminantes que compartimos el sendero estemos o no de acuerdo.  Estemos o no de acuerdo, las líneas  que marcan nuestras líneas, las rectas en las que andaremos, los segmentos en los que hemos detenido el paso o salido corriendo.  Las oblicuas, las tangenciales, las paralelas que trazan los caminos, todas armando el diagrama de nuestra vida están ahí apilando y superponiendo esquemas de una rara belleza que vamos entendiendo y amando según pasan los años.

Somos siempre parte de un todo en el que los demás nos reconocen y nos dan entidad.  Entonces, cuando entendemos, al fin nos aceptamos.

Llegan estos días de reflexión, compartimos sentimientos, creencias, esperanzas.   Estamos especialmente sensibles.  Reconocemos en el dibujo original de aquellas clases de la infancia todas las direcciones posibles en las que la vida se fue acumulando.  Necesitamos de los otros, dibujamos juntos lo que nos pasa.  Somos los otros y estamos en ellos.  Es bueno que miremos a nuestro lado a esos caminantes.

Escuchemos sus voces, estrechemos sus manos.  No dejemos escapar el momento que ahora pasa.  Que cada uno de ellos se nos haga único y personal.

Y que más allá estén los que no conocemos pero deberíamos conocer porque son los puntos infinitos en los que se configura la vida de todos.  Por eso debemos decidir que nadie nos sea indiferente ya que compartimos el tiempo y el espacio común.  Crucemos las líneas de la vida sabiendo que nadie sobra y nadie falta en la humanidad.  Que somos todos iguales, que somos todos lo mismo y que esa es la única manera de existir.

Imaginemos el espacio exterior con una línea sin fin que se pierde hacia el infinito mientras las estrellas parecen caer hacia  nosotros, miles, millones, quietas, silenciosas e imponentes.  Y seguimos, seguimos, siempre.  Somos el producto de una geometría genial que nos hace pequeños pero inevitables en el espacio.  Pequeños, casi invisibles, somos sin embargo el milagro de la creación.

Feliz Navidad para todos por su mensaje de amor que llega a todos los credos.  Que el año 2014 mejore las relaciones entre todos los seres humanos, perdidos en un espacio infinito al que solamente el amor explica y da forma.

Que así sea.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – Como quiero que me quieran

14 Dic

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Como quiero que me quieran

foto bosque alemán

 

La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito.  No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz  en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto  pero de una manera absoluta y, sobre todo,  ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.

El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;

y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada…

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Hilachas que van Tramando- El paisaje inmóvil

10 Dic

Hilachas que van  tramando

El paisaje inmóvil

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Se ve el río color de león que parece que no tiene otra orilla.  Siempre quiso ser mar y casi lo logra con su inmensidad altanera, pendenciera y atrevida.   A lo lejos unas islas que se traga el horizonte, acá la playita de arenas muy finas y casi blancas.  Una lomada de yuyos que se esconden a la sombra del árbol quieto.  A la izquierda se asoma un resto de roca cubierta de vegetación más oscura.  El agua se va acercando en un movimiento ondulante que ayuda a la sensación de abandono.  Todo está quieto, todo murmura y está quieto. Como pasa a veces con la vida.  Soy una espectadora habitual y silenciosa del lugar pero esta vez no se siente la belleza agreste y el sonido de los pájaros.  Esta vez la imagen se detuvo, su belleza entró en un ámbito de ensueño como si fuera y viniera por el universo, parte del todo y todo junto, lo único que existe y lo más cercano.  El apagón y el espectro  marrón del desconsuelo.  Como a veces la vida.

Me voy dejando caer a la sombra del árbol retorcido y me dejo llevar por una hilera infinita de pensamientos.

A veces nos pasa que nos asomamos a un hueco silencioso en el que van cayendo todas las emociones y las sensaciones que nos permiten estar vivos.  A veces no sentimos ninguna motivación y sí un cansancio interminable.  Las cosas y las gentes se van alejando como si fueran a perderse en el espacio y es ese mismo espacio que va a tragarse todo nuestro espíritu.  Como si voláramos por el Universo para ser un punto chiquito allá abajo, adonde no parecemos ser nada.  Y vamos y volvemos pero con un desconsuelo neutro y complejo que es mucho pero mucho más grande que uno mismo.  Todo nos es ajeno.  Son tiempos en los cuales seguir la rutina de nuestra vida nos deja agotados, encerrados en un cono de sombras que solamente se olvida mientras dormimos.  Hay desgano, confusión y una tentación enorme de no volver nunca a la normalidad que conocemos, como si en ella fuéramos a encontrar a un extraño inquieto y malévolo.  Se bajan los sonidos, se atenúa toda nuestra necesidad de estar con aquellos a quienes amamos; nos molesta su indiferencia producto de que no saben lo que nos está pasando.   De cualquier manera jamás lo contaríamos porque es parte de ese mundo personal, hermético y profundo que nos hace diferentes.  Son tiempos ingratos en los cuales hasta Dios resulta demasiado poderoso.

Muchas veces este estado repentino y agobiante aparece en momentos de normalidad, cuando no tenemos batallas que pelear por esas cosas que tiene la suerte cuando viene embarullada.   Es un estado como ajeno, nos perdemos de nosotros mismos.  Nos vamos.

Otras se agrega al dolor de algo que nos ha pasado, que nos está pasando.

Finalmente todo termina o todo quiere terminar y empezamos a empujar la vida con el pretexto de que esa tristeza no tiene razón y no tiene motivo.  A veces eso es lo que conviene y a veces deberíamos quedarnos un rato en la banquina para que el orden y la armonía regresen a nosotros, solos, por su propio peso, porque de eso está hecho el universo.

De pronto un día el paisaje se llena otra vez de sonidos y colores.  Nos despertamos con deseos de sabores y olores placenteros.  Tenemos ganas de festejar y respiramos profundamente, sonreímos a la vista de todos, nos llenamos de esperanza, de fe, de apetencias.  Querríamos poseer todo, lo que conocemos, lo que no conocemos y hasta lo que no sabemos que no conocemos.  El paisaje vuelve a su mejor aspecto.  El mal tiempo ha terminado y somos otra vez los mismos que siempre hemos sido.  Todo recobra un aspecto familiar y todos aquellos que amamos vuelven a ser nuestros amores y nuestros amantes.

Miro el paisaje habitual, y me pregunto qué ha hecho que en un tiempo vital se pierda uno de sí mismo, se angustie, se aleje, se desconsuele.  Y mientras el río sigue murmurando en su eterno movimiento siento que lo que pasa es que, cada tanto, nos aturde la realidad de un mundo que desconocemos, de tantas preguntas que no podemos responder.  De la vida y la muerte al mismo tiempo como misterios  que nunca hemos de resolver.  Somos vulnerables y estamos indefensos ante nuestra propia humanidad.  Somos finitos y fallamos.  Somos pequeños y no podemos decidir todo.

Dolores que prenden en el alma cuando el alma quiere doler.  Y después, cuando despierta, nos hacemos gigantes en nuestra esperanza, descubrimos que el dolor fue generando espacios de felicidad que vamos a vivir con toda nuestra energía.

Es cierto que cosas como ésta, que pasan cada tanto, nos dejan momentáneamente sin paz pero sin esta experiencia vital estaríamos incompletos.

Sigo el vuelo de una gaviota, miro el horizonte y me vuelven las ganas de sumergirme en el agua fresca porque todo el universo ha retrocedido hasta donde le corresponde estar.  Y, por mucho tiempo, no dejaré que vuelva a invadirme con su realidad de eternidades.  Vivo, estoy viva aquí, en el pequeño espacio de mi cotidianeidad, lo más tranquilizador que me pasa siempre.  La luz me cae en cataratas, sé que lo único que nos salva es el amor que nos tenemos unos a otros.  El paisaje, como mi vida, ha vuelto a serme familiar y confortable. El árbol  y el río me pertenecen.  He vuelto de lo desconocido y le doy gracias a Dios.  Le doy gracias a Dios.  Nadie sabe lo que me ha pasado pero una mujer joven en una pequeña moto me sonríe y saluda con la mano.  La saludo y camino hacia el agua dispuesta a gozar como si fuera lo único que voy a hacer el resto de mi vida.  Gozar y vivir, que, después de todo, ésa es la consigna.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.