Hilachas que van tramando
Vamos dibujando
Éramos pequeñas, estudiantes aplicadas y muy atentas, escribiendo en los cuadernos tradicionales de dos rayas para que mantuviéramos la letra pareja. Hoy, casi llegando las Navidades, a pesar de las altas temperaturas no me cuesta nada recrear la escena. Laboriosamente escribíamos las definiciones, y después con aquellos útiles maravillosos y simples: la regla, la escuadra, el transportador y el compás, debíamos trazar las rayas para ilustrar lo que habíamos aprendido.
Teníamos las cabecitas inclinadas como empujando para el pupitre, la mano derecha aferrando con mucha fuerza la lapicera y los moños azules que revoloteaban sobre las trenzas como pájaros en el aula. Algunas iban de corrido, mientras charlaban murmurando con la compañera; las otras, la mayoría, no podían distraerse, apretaban los labios y forzaban la postura como para que no se escaparan las figuras. Todas teníamos delantales blancos, almidonados, con dos bolsillos muy grandes, cuello redondo y los botones en la espalda. Atrás, en las perchas del fondo, los gabanes azules y las boinas de corderoy. Adelante la Hermana Fidelia que tenía el raro encanto de ser la más severa de todas y la más amada de aquellas niñas cuando, ya grandes, nos fuéramos de su lado entendiendo muchas cosas que entonces no podíamos entender. Alguna mano se levantaba tímidamente para preguntar sabiendo que ella no aceptaba preguntas “insustanciables”, “cómodas” o poco “prácticas” como nos decía muy seria. “Nada dignas de niñas que recibían la educación tan esmerada como nosotras”. Igual, cada tanto, nos animábamos a levantar la mano para que nos sorprendiera con una sonrisa que le llenaba la cara cuando la pregunta denotaba cierta calidad.
Estábamos aprendiendo geometría.
Línea: Extensión considerada en una sola dimensión: la longitud. Sucesión infinita de puntos.
Recta: Distancia más corta entre dos puntos.
Paralelas: Rectas que no se tocan en ningún punto.
Verticales, Horizontales, oblicuas, segmentos, convergentes, divergentes.
Igual que las líneas de la vida. Igual que trazar las líneas de la vida.
Buena tarea teníamos tratando de aprender, fijar y recordar para las pruebas. Cuando la realidad era que sin darnos cuenta empezábamos a armar el dibujo de nuestra propia vida.
Éramos pequeñas, compañeras desde los cinco años y hasta que dejáramos el colegio con nuestro título de Maestra. Toda la vida, toda la vida juntas. Como esas líneas sucesión infinita de puntos. Íbamos andando sin saber que andábamos la experiencia más formadora e inolvidable que tendríamos.
El Colegio, que ocupaba una manzana, estaba lleno de corredores y galerías, escaleras y patios en los que habríamos de vivir una parte fundamental de nuestra vida llevándolo, después, con nosotras adonde quiera que fuéramos. No lo sabíamos todavía.
Hoy que es tiempo de añoranza y cuando la vida ha machacado cada minuto de sí misma llenando nuestros años de experiencias inevitables, dolorosas o felices, alegres, traviesas, responsables o no, severas, vitales y tan nuestras, recobramos aquellas imágenes y descubrimos que, siendo otras, nos sentimos las mismas.
Vamos andando. A lo largo del camino nos acompañan distintas personas, muchas personas. Todas tienen su lugar en nuestra vida. Algunos son compañeros de ruta ocasionales, otros están con nosotros por largos períodos y se desvanecen en alguna curva del camino. Dejan o no un recuerdo fecundo en nuestra vida. Habrá quienes ni siquiera recordamos. Y aquellos que parecieron tan importantes y no lo eran. O, también, los que dejamos de ver y nos habían enseñado algo que seguimos valorando. Están los que nos provocaron alguna desventura y los que nos llenaron de orgullo o de alegría. Pero se fueron. También todos los que se quedaron. Los que nos hicieron escapar y los que nos dejaron con el alma arrugadita. Los amantes y los amados. Los que se llevaron un pedazo de nuestra vida y los que hubiéramos preferido no conocer.
Están los que por temporadas perdemos de vista pero siguen siendo indispensables para que seamos lo que somos y, cada vez que los recobramos, nos sorprende esta continuidad de ser lo que siempre hemos sido, cambiando solamente colores y matices. Como mis compañeras de Colegio que me devuelven mi propia imagen ahora enriquecida con sus impresiones, para que yo cambie de lugar y de pupitre según las cosas que ellas vieron en mí.
Vamos dibujando, todos. Somos los caminantes, compañeros de ruta, peregrinos, mendigantes y bailarines en una caravana interminable que después seguirá sin nosotros pero que no será la misma sin nosotros.
Lo más importante es que están los que siempre han caminado cerca. Nuestros amores. Los que nos hacen ser lo que somos. Los que resaltan nuestra humanidad y representan el nudo vital de todo. Nosotros somos lo que ellos ven. Como en una película. Pasa que algunas veces volvemos a ver una película de cuando éramos jóvenes y nos damos cuenta de que no habíamos entendido lo que pasaba cuando la habíamos visto por primera vez. La edad va cambiando el punto de perspectiva de la vida. Leemos y releemos lo que nos ha pasado y, según sea el momento en que lo hacemos, todo es diferente. Aquella clase de geometría será distinta según la recordemos a los 20, 30 o 60 años. Según estemos pasando un buen momento o despidiendo a alguien que queríamos mucho. Si nos acordamos en un momento de dolor o cuando suenan las voces de la alegría. Según ahora que soy una señora grande y escribo para mí pero también para mis lectores. En esos momentos los que completan nuestro conocimiento personal y del mundo son las otras personas. Siempre los otros y nosotros juntos como la única forma de ser y de sentir.
Lo que no cambia es que somos caminantes que compartimos el sendero estemos o no de acuerdo. Estemos o no de acuerdo, las líneas que marcan nuestras líneas, las rectas en las que andaremos, los segmentos en los que hemos detenido el paso o salido corriendo. Las oblicuas, las tangenciales, las paralelas que trazan los caminos, todas armando el diagrama de nuestra vida están ahí apilando y superponiendo esquemas de una rara belleza que vamos entendiendo y amando según pasan los años.
Somos siempre parte de un todo en el que los demás nos reconocen y nos dan entidad. Entonces, cuando entendemos, al fin nos aceptamos.
Llegan estos días de reflexión, compartimos sentimientos, creencias, esperanzas. Estamos especialmente sensibles. Reconocemos en el dibujo original de aquellas clases de la infancia todas las direcciones posibles en las que la vida se fue acumulando. Necesitamos de los otros, dibujamos juntos lo que nos pasa. Somos los otros y estamos en ellos. Es bueno que miremos a nuestro lado a esos caminantes.
Escuchemos sus voces, estrechemos sus manos. No dejemos escapar el momento que ahora pasa. Que cada uno de ellos se nos haga único y personal.
Y que más allá estén los que no conocemos pero deberíamos conocer porque son los puntos infinitos en los que se configura la vida de todos. Por eso debemos decidir que nadie nos sea indiferente ya que compartimos el tiempo y el espacio común. Crucemos las líneas de la vida sabiendo que nadie sobra y nadie falta en la humanidad. Que somos todos iguales, que somos todos lo mismo y que esa es la única manera de existir.
Imaginemos el espacio exterior con una línea sin fin que se pierde hacia el infinito mientras las estrellas parecen caer hacia nosotros, miles, millones, quietas, silenciosas e imponentes. Y seguimos, seguimos, siempre. Somos el producto de una geometría genial que nos hace pequeños pero inevitables en el espacio. Pequeños, casi invisibles, somos sin embargo el milagro de la creación.
Feliz Navidad para todos por su mensaje de amor que llega a todos los credos. Que el año 2014 mejore las relaciones entre todos los seres humanos, perdidos en un espacio infinito al que solamente el amor explica y da forma.
Que así sea.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.
