Archivo | enero, 2014

Hilachas que van Tramando/ Vuelvo enseguida

18 Ene

 Hilachas que van Tramando

Vuelvo enseguida

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La casa de piedra se levanta justo en la esquina bien redondeada.  Deja que la anterior se oculte, temerosa, atrás de un  laurel blanco.  Sigue un árbol alto y retorcido que la enmarca.  El laurel rosado que le pertenece y, enfrente, la casa más pequeña, que está entre dos árboles queriendo escaparse por el callejón, cansada de ser la menos importante del paraje. Rosa y blanca, poco atractiva, desconsolada porque quiere quedarse y parece que se va.

La casa de piedra es sólida, amarronada.  Con puertas y ventanas de madera añeja, endurecida por tantos años de vientos y agua que vienen del río.  Tiene una pequeña ventanilla alargada que parece espiar desde arriba de la puerta principal. Hay hileras de ladrillos en forma de arco que sostienen airosamente el piso superior. Techo de tejas que merece más cuidado y un farol amarillo que se quedó con las ganas de estar en la esquina.  Toda la calle es de adoquines a la vieja usanza colonial, dispuestos según los planos  a recorrer, que juegan con las sombras de los árboles creando figuras cambiantes y tornadizas como la vida.  Me imagino una serie de personajes de otros tiempos pasando por el lugar, saludando con un gesto cortés, procesiones llenas de piedad y recogimiento.  Una pareja de novios que se van de la fiesta para empezar su propia fiesta en el sulky adornado con guirnaldas y una novia que saluda sonriente mientras oculta todas sus confusiones y sus temores.  Y niños de pantalón a la rodilla, medias tres cuartos y polainas, jugando con los aros de una época que se quedó en otra dimensión y no vuelve.  No vuelve porque cada tiempo tiene el suyo y lo que nos dejan es, solamente, los encantos de los recuerdos ajenos y las ilustraciones de lo que más nos gusta.

De esa casa, alguien se fue.  O yo imagino que se fue.  Miró alrededor, la sala abovedada, el pasillo con damero y los grandes armarios con candelabros, se dio vuelta para fijar en su memoria el patio luminoso con el aljibe, y se fue.  Dejó atrás una vida.  Se fue.  Con su partida cambió un pasado que, seguramente, no quería.  Miró para atrás a quien lo despedía y con lo que le quedaba de compasión dijo:

“Vuelvo enseguida”.

Tal vez, digo tal vez porque no quiero angustiarme demasiado, era joven, tenía la temeridad de los que han vivido poco.  Se le notaba en la frase.

“Vuelvo enseguida” Dispongo del tiempo.  Determino el curso de lo que vendrá. Mando, resuelvo, abandono. Salió creyéndose valiente pero ya había sido vencido.

La vida se nos hace, a veces, demasiado rigurosa y tendemos a escaparnos.  Los otros se nos hacen, a veces, demasiado rigurosos y tendemos a abandonarlos.  Nosotros mismos, buceando en las insondables profundidades del alma, a veces, nos asustamos y queremos huir.  Solamente deberíamos aprender que abandonando lo otro dejamos pedazos de nosotros mismos y que no hay vuelta posible.

Jirones de vida dejados en la casa de piedra marrón.  Pedazos  de sentimientos, de emociones, de instantes.  La casa de piedra marrón somos nosotros mismos, lo que somos acá adentro, en lo más profundo del alma y tendemos a desconocernos, de pronto, al acaso, cuando la vida parecía tranquila y juiciosa.  Nos preguntamos:

¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi vida? ¿Qué pasa?

Un “Qué pasa” confundido, ajeno, sin salida.  Entonces tendemos a irnos y pensar y decir, obcecados y convencidos:

“Vuelvo enseguida”.

Sin saber, ni medianamente, que jamás volveremos.  Ése es el momento más importante de nuestra vida.

Hasta entonces hemos ido decidiendo según lo que se presentaba.  Construimos una historia con la pretendida idea de que lo hacemos con la mayor libertad. Pero no, nuestra mejor condición humana es que crecemos en racimos, juntos y amontonados por la vida.

Un poco nosotros, un poco los otros y la vida omnipotente sobre todos ha ido tramando cada destino. 

Al principio el mundo nos pertenece.  La malla es apretada, no deja rendija para que pase lo que no queremos. Pero dura poco.  Con el tiempo aprendemos que más y más necesitamos, esperamos, sacamos de los otros.  Que la vida es inapelable. Cuanto antes lo entendemos, es mejor.

Y nos vamos a vivir en una casa de piedra marrón con laureles blancos y rosados, bellísima, misteriosa, que parece eterna.

Es la más bella de la cuadra.  Tiene patios de glicinas, pisos de madera que crujen siempre con el mismo tono, galerías y atardeceres de licor y mantel de encaje.

A veces se hace inhóspita, otras nos lleva al colmo de la alegría, pero está allí, ella y nosotros en ella.

Hasta que no siempre aunque casi siempre nos pasa a cada uno de nosotros, viene, de repente y sin motivo, la angustia.

¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi “verdadera” vida?

Lo único que queremos es huir.  Tomar la calle de adoquines viejos y salir del cuadro.  Desaparecer, desconocer, buscando al otro que soy yo pero en otro lado.

Como somos humanos y vulnerables decimos, aunque no lo digamos ni lo pensemos:

“Vuelvo enseguida”.  Sin saber lo que pasará en el futuro.

La vida imprevisible y repentina nos ha puesto en un borde del camino.  Queremos irnos desconociendo lo más seguro que tenemos, lo absoluto de ser quienes somos.  En aquellos momentos no pensamos que nos vamos pero que nos llevamos a nosotros mismos puestos.  Acarreamos nuestros recuerdos, las verdades y lo otro, las decisiones, los amores, las traiciones, la historia grande y la pequeña.

Creemos que irnos es no perder esto ni lo otro. Creemos que volver es apretar en un puño lo que tuvimos y usarlo para lo que venga.

Alguien nos dice con la voz quebrada:

“No te pierdas”.

Allá vamos cargando con nosotros mismos, creyendo que abandonamos la casa de piedra marrón con el farol y los laureles. Pero nos llevamos todo puesto.

Lo mejor sería saber de verdad quiénes somos, reconocer la realidad con los otros.  Con los que queremos y los que no queremos, aceptar que son parte de nuestra historia y de nuestro destino.  Lo mejor sería convencernos de que debemos irnos sin confusiones.  Lo mejor sería darles a los otros el lugar que deben tener en nuestra decisión.

Después, resolver con total libertad, quedarnos porque no podemos vivir partidos o irnos porque no podemos vivir sin reconocernos.

Quedarnos a rehacer lo que no nos gusta, mirar de verdad a los otros, a los que amamos o hemos amado, porque sabemos que ellos son inevitables en nuestra historia.

O irnos porque los amores se apagaron, los tiempos han cambiado y el sendero está lleno de esperanza.

Quedarnos porque lo que nos pasa también pasará y volveremos a encontrarnos a nosotros mismos.  Irnos porque ya no somos los mismos.

Lo importante es saber lo que dejamos y lo que buscamos.

Lo importante es no creernos que volveremos enseguida.  Ni que la casa marrón estará allí para recibirnos.  Más bien irá desapareciendo en la bruma que el tiempo pasado suele acumular cuando estamos cerca del río.

Lo importante es estar preparados para lo que viene.  No lastimar sin necesidad a los otros.

Lo importante es  saber descomponer y volver a armar el sentido de nuestra propia vida.  Aceptar la parte del todo que nos corresponde y aquello que dejaremos para nunca recobrar.

Si me voy tengo que decir “Adiós” para siempre.  Sin pensar que todo siga igual.  Dejaré pedazos de mí y me llevaré pedazos de mi historia.  Más que recuerdos son pedazos.  Caminaré por el zaguán de damero blanco y negro, saldré a la calle y sin decir nada, me voy.  No hay vuelta.  Y cuesta mucho.  Cuesta la vida entera.  Es lo único que cuesta la vida entera. Desconocerse, partirse y volver a juntar la vida.  Se hace contando con los demás pero es la tarea más solitaria del mundo.

La casa de piedra marrón está en una curva de la calle, tiene laureles que la adornan y adentro una historia y soy yo misma. Soy yo mismo y me reconozco.  Imposible no reconocerme.

Antes de partir la recorro, espero que sea una tarde de sol y colores y aprovecho para recorrerla.  La miro con amor, me miro con amor.  Paso mis dedos por el mueble colonial, enderezo el cuadro de marco rojizo.  Camino por la galería perfumada y me lavo la cara con el agua fresca del aljibe.

Me siento en el sillón de paja amarillenta y me hamaco suavemente hasta que duermo.  Cuando me despierto,  recobro todo lo que era y lo que soy.   Empiezo a entender, me perdono, me escucho.  En el lugar más recóndito y silencioso de la casa me veo de nuevo.  Me conozco de nuevo.

No me voy, no me creo que puedo “volver enseguida”.  Me quedo.  He decidido quedarme.

La siesta se descompone en otra tarde fresca.  Mi amigo y yo nos vamos.  Nos vamos del paraje real caminando por la calle de adoquines que dobla entre laureles y faroles.  Ha sido un sueño de verano.

Vuelvo corriendo para atrás y todo ha desaparecido.  El paraje es nuevo y sugerente.  Suerte que saqué la foto.  Suerte que tengo mi propia casa de piedra marrón.  Suerte que suerte la vida que se me ha regalado.  Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando- Autoridad en la Familia XVII- Hacer, Pensar

5 Ene

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia  XVII

Hacer – Pensar

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En mi país el año se despide con calor, tiene olor a jazmines, sabor a sal y arena y fuegos artificiales que se ven desde la playa.  Por el sur hace frío y el Pampero, viento macho y pendenciero que le decimos, hace tiritar a todos.  Al oeste los Andes imponentes elevan su masa rocosa como para atravesar el cielo, y por el norte el calor hace cansino el paso y se recuesta en las siestas.

Mi país es largo y estrecho.  Es mi país.  Toda esta reflexión nace de mi asombro al comprobar que llevo muchos días sin escribir estos artículos.  ¡Cómo me tocan los jazmines y la playa, se hace difícil concentrarse y encontrar el ritmo!  Pero…allá vamos, la tarea es atractiva y mis lectores fieles y pacientes.

Nuestra última reflexión fue sobre el “armado de la voluntad”.

Hemos hablado también de los “hábitos cotidianos positivos” que son la herramienta indispensable en la Educación de las personas.

Hemos transitado las diferencias entre “Dar” “Ofrecer” y “Encargar” según la edad de los niños.

Y, finalmente, para redondear nuestras ideas hemos hablado de establecer cadenas de comportamientos (acontecimientos, conductas) relacionados.

Como por ejemplo

  • El niño llega de la escuela, se saca el uniforme, se lava las manos y merienda.
  • Se levanta a la mañana, se viste, se lava la cara, desayuna.
  • Juega, ordena en lo posible sus juguetes, guarda todo.
  • Va a bañarse, coloca su ropa sucia en el lugar indicado, deja colgada su toalla en la percha, abandona el baño en condiciones buenas para quien deba usarlo después.

Todas estas cosas que parecen nimiedades cuando estamos hablando de temas tan profundos como la “Autoridad en la Familia” “Responsabilidad de padres e hijos”, “Formas de relacionarse” y otras, son sin embargo las claves para poder educar bien a nuestros hijos.

La vida transcurre en lo cotidiano, estamos en el mundo relacionados por nuestros sentidos, somos la manera que hablamos, nos movemos, nos expresamos con los demás.  Somos lo que comemos, nuestros gestos, nuestra cortesía, nuestros hobbies, somos lo que hacemos todos los días.  El mundo estrecho de la realidad más pequeña es el mundo grande de lo que somos en la vida.  Somos lo que nos emociona, lo que nos enciende, lo que nos avergüenza.  Por eso es tan importante lo que hacemos durante cada día de nuestra vida.  Por eso hablamos de las cosas cotidianas dándoles una importancia que parecería exagerada si no supiéramos que son increíblemente importantes.

Después de este rápido repaso del tema ahora nos toca atravesar el puente dorado entre los dos términos que marcan distintos momentos en la vida de los hijos.  Ese puente empieza con “Hacer”, y significa que el niño pequeño debe responder positivamente a las órdenes y sugerencias del padre.  Es un tiempo de poca reflexión y mucha obediencia.

  • A un niño pequeño se le enseña a lavarse las manos antes de comer y no tiene caso que le expliquemos por qué debe hacerlo ya que no lo entendería.
  • Se le prohíbe tocar cualquier enchufe y no puede entender cuál es el peligro que entraña la electricidad.
  • Se lo lleva todos los días a la escuela, debe hacer sus tareas y no tiene verdadera consciencia de la utilidad de todo eso.
  • Debe tener cuidado cuando anda en bicicleta y también compartir sus cosas con otros niños y no tiene idea de que está siendo educado para poder convivir.

La lista es interminable porque tiene que ver con todas las cosas que el niño “Hace”, “Debe hacer”, “Puede hacer” y significa que su vida se va enhebrando en conductas que lo hacen crecer y que, de cualquier manera, son inevitables en la vida cotidiana.

A medida que va “creciendo” va “entendiendo”, y de una manera gradual su “Hacer” va integrando el “Pensar”.  Será el momento de explicarle el por qué de muchas decisiones, el momento de opinar, de ejercer su derecho de protesta, de cambiar cuestiones.  Estamos en el otro extremo del puente dorado que es el desarrollo de su educación.

La Educación consiste también, entre otras definiciones, en guiar al niño para que vaya adaptándose progresivamente a este paso que dará entre el “hacer” subordinándose sin preguntas a la voluntad del padre y el “pensar” que lo irá transformando en adulto.

Habrá un momento en el que la relación con sus padres tiene tanto de “Hacer” como de “Pensar” y, finalmente se convertirá en adulto cuando piense, decida y se haga responsable de su conducta.

Este proceso indica, como ninguno, que la Autoridad supone hacer crecer hacia la libertad.

La Autoridad va desde el “Hacer” en los niños pequeños, hasta el “Pensar” y, finalmente, “Decidir” en los adolescentes y adultos.

La educación es un “proceso que mejora al individuo”, es un paso gradual en el proceso de responsabilización de los seres libres.

Si enseñamos a nuestros hijos el mundo positivo del “Hacer Bien”, estamos haciendo un servicio a su libertad, fomentando su autonomía y responsabilidad.

Por eso le damos tanta importancia a la obediencia, una de las virtudes propias de los más pequeños, ejercitada en lo cotidiano como la base de todo el proceso de Educar.

Puente dorado entre el “Hacer” y el ”Pensar” y buena definición:

El niño obedece a los 4 años para poder pensar y decidir a los 16. 

Un niño que sabe “qué hacer” conoce las reglas del juego y se adapta al medio en el que debe relacionarse con los demás,  por lo tanto naturalmente llegará a “pensar” de forma correcta cuando haya conformado su carácter definitivamente.

El que no aprendió a “hacer” bien, no puede “pensar” ni “decidir” bien.

Decía el tío médico y sabio:

“-Doctor, ¿Cuándo debo empezar a educar a mi hijo?

-¿Qué edad tiene el niño, señora?

-Una semana

-¡¡¡Señora ha perdido usted siete días en la educación de su hijo!!!!”

“La Autoridad nos lleva a la libertad en el pensar para poder superar por nuestra propia decisión todas nuestras limitaciones personales y ambientales, haciendo de nuestra vida lo mejor posible”.

Decimos también que si hacemos bien las cosas los hijos dejarán de obedecer, naturalmente, en aquello que pasan a ser Autoridad en cuanto se refiere a su crecimiento personal”.

A mí, después de tantos años de estudiar y aprender sobre esta materia, me llena el corazón de alegría y me produce gran entusiasmo cuando veo padres de niños pequeños que, con todo respeto y dulzura, y con firmeza y perseverancia, llevan a sus hijos de la mano, enseñándoles a obedecer cada día, todos los días.  Haciendo que los niños confíen en el buen juicio y el prestigio de sus padres hasta que de una manera natural vayan haciéndose cargo de su propia vida cuando crezcan.

Créanlo, créanlo los padres más jóvenes.  Como hemos dicho muchas veces, el niño cruzará la avenida más peligrosa de la ciudad de la mano de su padre, sin fijarse en el tránsito, sin temer, tranquilo y sereno.  Cuando crezca aprenderá a resolver por sí mismo la manera en que hará el cruce.

Habremos llegado, entonces, con todos los honores a la tarea cumplida.

Se va haciendo la noche.  El perfume de los jazmines es más fuerte que nunca, se oye el sonido de las olas en la playa.  Es el verano y el Año Nuevo.  En mi país que es muy grande, alargado y algo estrecho.  Es mi país.

No importa el ánimo o el cansancio siempre es estimulante hablar de algunos temas.  Imaginarme que el Año Nuevo y el verano coinciden en un continente que se va ensanchando hacia el Norte.  Somos muchos, hablamos la misma lengua, nos preocupan casi las mismas cosas cuando se trata de los hijos.  Somos muchos.

Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.