Archivo | febrero, 2014
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La Familia y la Educación de los Hijos

24 Feb

La escritora Zully Poratelli fue nuevamente invitada a el programa “La Puerta Abierta” para hablar sobre la familia.

Hilachas que van tramando – El Sendero Escondido

23 Feb

Hilachas que van Tramando

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El sendero escondido

Cuando la naturaleza se arrebata y cae sobre nosotros el mundo entero se hace presente.  No es el miedo a perecer, ni la memoria de la especie que revive los terrores de la cueva oscura.  No es el peligro inmediato.  No.  Es el encierro.  Es la desventurada sensación de que no podemos escapar.  Y no podemos. Han caído cataratas de agua, rayos y truenos tan poderosos y temibles como los de los cuentos de la infancia.  El instinto vital se acalla, nos inclinamos temblorosos ante todos los dioses del tiempo.  Si la tormenta persiste uno y otro y otro día, de una manera sigilosa se cierra el círculo de la esperanza.  Es el encierro.  Es la imposibilidad de cambiar las cosas.  El fracaso, la melancolía, la más implacable realidad de nuestra pequeñez. Llueve, hay relámpagos y los truenos descargan toda la fuerza del cielo que nosotros habíamos despreciado sin pensar.  La tierra parece que se rasga y la cortina de agua va a impedir que nos salvemos unos a otros.  Algunos ratos se abre el gris del cielo amenazador y el sol aparece para que no nos vayamos a morir de pena. Pero el Tata Dios se complace en confundirnos  y  las tormentas se suceden días y días.

Me pongo a pensar en tantas personas y tantas cosas que están sometidas a fuerzas semejantes en la vida.  En  aquellos  que deben someterse a la voluntad de otros.  Porque los otros lo quieren o lo deciden; o porque ellos mismos tienen la capacidad de brillar intensamente pero sólo cuando van menguando su propia luz en aras de lo que otros demandan.

Los otros son los que los aman y son buenos, los que los aman y no lo son.  Los que no los aman pero también son buenos, los que no los aman y no lo son.  Como la naturaleza desatada con la lluvia esos otros los aturden, los seducen, los encierran.  Les dejan el mandato de provocar la felicidad, de asegurarles la felicidad.

Entregados en cuerpo y alma a la omnipotencia de los otros estas personas tan especiales siguen reviviendo en cada día y cada uno de esos días vuelven a sonreír, a reír, a reírse a carcajadas, a considerar nuevos proyectos, a olvidarse de sí mismos con una gracia tal, que nadie puede sospechar la fuerza de su propia fuerza.  Claro que al cabo del tiempo eso se traslucirá en tristeza, la peor de todas, la tristeza de la que no se sabe que uno tiene porque la viene soslayando desde casi siempre.

Pero no son sólo personas, también hay situaciones que nos encierran como el círculo de agua cayendo a borbotones este día de melancolía y reflexión.  Agua que borra el paisaje.  Agua que nos mete en nosotros mismos y no nos deja ver para afuera.  Y nos quedamos tan campantes creyendo que somos felices.  Laboriosos obreros de la felicidad sin compensación son aquellos que viven para los demás pero no con el mandato bíblico de amar al prójimo sino con la cierta vanidad humana de ser el que ama más o el que resiste más.  Llevando la imagen bruñida de su propia omnipotencia por todos los caminos del Señor.  Todavía sin reconocer que de ello el costo será la tristeza.

La lluvia sigue una, dos semanas.  Se vuelve agobiante.  Ya no alcanza el deseo de ser útil para provocar la felicidad de los otros.  Cada uno ha encontrado el límite de sus fuerzas y empieza a mostrar su propia vulnerabilidad. Cada uno necesita también que los otros lo hagan feliz.  Ése es el secreto.  El amor es gratuito y generoso y olvida, pero las personas deben ser amadas a cambio.  Amadas. Igual, de distinta manera pero igual.  Cada uno amando como puede y queriendo amar más de lo que puede.  El amor es gratuito pero tiene que ir en ambas direcciones.

La vida también es gratuita pero igual, de cualquier manera, tiene que tener algunas compensaciones.

El encierro del agua promueve todas estas interioridades, saca afuera lo que no cabe.  Escalamos desde lo más profundo y mirando el espejo turbulento del agua empezamos a llenar  el alma de primicias.  Los vidrios de las ventanas se opacan, no nos queda otra cosa que mirar para adentro y sacar lo que no cabe.

Un día y otro, una parte de la vida, toda la vida.

Hasta que al fin un día cualquiera, a media tarde, se hace la luz.  Deja de llover.  Los pájaros empiezan, casi tímidamente, a cantar de a uno, las nubes van encontrando formas.  Empiezan a gotear las canaletas, lo último, lo que quedaba del encierro.   Reluce el ladrillo y la luz se vuelve  dorada.

Primero llega el asombro, el gozo, la exaltación de la libertad que sumada a toda esta  belleza es invencible.  Miramos para dónde salir y allí está, allí estuvo siempre el sendero escondido.  Verde, sencillo, desteñido.  Casi oculto detrás de un roble y metiéndose por entre las hortensias.  Para empezar a recorrerlo con un poco de miedo  y mucha curiosidad.  Mojándose los pies y el cuerpo en el desfiladero de las ramas.  Tentador.

Como en la vida.  A veces se termina el encierro, llega el tiempo de salir escapando de lo que nos atrapaba.  Una situación, una persona, una ambición equivocada, vanidad, obstinación, ignorancia, sencilla ingenuidad.  Proyectos que no se cumplieron pero que parecen estar delante de nosotros cuando ya no es tiempo.   Tiempo que ya se fue y sin embargo quiere imponerse al presente.  Todo, todo lo que nos encierra.

Y da miedo.  Porque el sendero nuevo gira y desaparece, no sabemos adónde va, hasta dónde llega. No sabemos qué nos espera.  Si entra en el bosque de los milagros o se pierde entre jardines abandonados.  Casi empezamos a extrañar el encierro de la lluvia feroz porque nos había dejado sin propósito y casi sin tener que decidir nada.

Da miedo.  No importa que los rayos de sol del atardecer vayan cambiando los relumbrones.  Que las hortensias se hagan de otros colores.  Que los pájaros nos prometan alegría.  Da miedo.  Salir del encierro da miedo.  Y nadie puede resolverlo por nosotros.  Nadie promete bonanzas fuera del encierro.  Somos cada uno, su encierro y su sendero para escapar de él. ¡Como para no tener miedo!

Pero nos acercamos, damos dos pasos y otros más,  sentimos la humedad del suelo, y descalzos empezamos a sonreír. Todavía no llegamos al recodo del sendero pero ya no retrocedemos.  No importa lo que venga siempre es una nueva oportunidad.  Las gotas que salpican nos hacen reír, un pájaro vuela rasando borracho de gozo.  Caminamos, da miedo pero caminamos.

Cada uno su propio sendero.  Por ahora se terminó la lluvia, la nostalgia, la melancolía.  Caminamos el sendero escondido y ya nos alegramos por lo que vamos a encontrar después del recodo.

Todo esto me lo contó una mujer cuya amistad había compartido en forma ocasional.  Me habló de la lluvia, del encierro, de los días que se le hicieron interminables.  Del anillo de agua fiera que la había asustado.  Y después me llevó hasta donde empezaba el sendero escondido y, sin invitarme a recorrerlo me miró con una sonrisa maliciosa de los que aprendieron a empezar de nuevo.

Veranos lluviosos, implacables, sin sol.  Veranos en los que  la lluvia nos puede regalar cosas mágicas.   Si no le tenemos miedo.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando – Autoridad en la Familia XVIII – Conocer a los hijos

2 Feb

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia  XVIII

Conocer a los Hijos

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Llueve copiosamente.  El ánimo se va tensando y luego se decae.  Prestos a retozar en la playa sin embargo estamos obligados a encontrar la belleza de las tardes de jardines verde esmeralda, flores que gotean brillos de luz, caminos embarrados, mesas con manteles a cuadritos y torta de manzana.  Los niños se impacientan.  Cada uno a su manera se entretiene, se cansa y molesta.  Se pelean, se amigan, salen al jardín y vuelven empapados, duermen mal porque no han hecho suficiente ejercicio.  Es un buen momento para descubrir en cada uno de ellos la mochila de su mundo personal que los hace más o menos resistentes a las contrariedades como será la de no haber podido ir a la playa, programa que esperan con ansiedad desde los últimos días de clase.

El armario de los juegos y los juguetes ocupa toda la pared de una habitación.  Es el mundo maravilloso en el cual se van amontonando los que traen cada año y no se llevan.  Los que dejan los Reyes Magos, los de los cumpleaños del verano.  Los niños crecen y van dejando los juguetes para los otros niños que van llegando a la familia.  Así se acumulan muñecas sin vestidos y vestidos sin muñecas con vías del ferrocarril que ya no llega a ningún lado, soldaditos, coches de paseo y de carrera, pelotas de todos colores y tamaños.  Hay pistolas de agua, historietas añejas, casitas de muñecas, rompecabezas, aros y juegos de damas.  Naipes, pistas de carrera de coches, puñados de indios y cowboys de plástico, juegos de mesa. Cosas y juguetes que recrean la infancia antigua desde los abuelos, como una caja de Pandora pero feliz, desparramando costumbres, sueños y recuerdos de los que fuimos creciendo, de nuestros hijos y de nuestros nietos.  No una vez, muchas, he advertido en la mirada de uno de mis hijos y en su emoción el hallazgo de un “pedazo” de juguete que le devuelve tiempos increíbles de su propia infancia.

Los niños son la parte más importante de la vida, colorean las familias y les dan consistencia, sus juegos nos encantan y nos hacen crecer.  Una de las cosas inefables cuando se trata de los niños en la casa es que inevitablemente son distintos y nos ponen frente a lo distinto que somos nosotros.  Ellos nos muestran categóricamente la calidad de “único” que tiene cada ser humano en esto de lidiar con la vida que corre.

La “unicidad” es la condición humana por excelencia.  Es lo que nos define primariamente ante cualquier otra criatura de la Creación.  Cada uno de nosotros es todo lo que es y solamente lo que es y no hay nadie igual a nadie.  Hermosa complejidad y hermosa sencillez.

Ante Dios exponemos la única condición que nos hace iguales a Él.  Y lo aprendemos antes que nada de los niños…si sabemos verlo.

Cada uno de nuestros hijos es distinto a los otros y cada familia es mejor si hay más “distintos”.

¿Lo hemos pensado alguna vez?  Cada uno tiene su temperamento, sus dones, sus debilidades.  Cada uno pedirá lo que necesita que es distinto a lo que necesitan los otros.  Cada uno resolverá sus problemas de una manera ingeniosa o se moverá en un mar de dulce de leche.  Cada uno tendrá más despierta y más imperiosa su parte motriz y el otro dejará que lo guíen los sueños.  Éste será rápido y brillante, aquel reflexivo y sereno.  Uno que llora por nada y el otro que aprieta los labios, lleno de amor propio, y se calla.  El más remolón y el más activo.  Y podemos seguir todo el tiempo que quieran señalando las cosas que definen a cada uno de nuestros hijos.

(No es una mala idea una buena lista hecha en conjunto por mamá y papá, con los rasgos principales de cada hijo, aclara muchísimo los conceptos.)

Seguimos.  Estamos hablando del Conocimiento de cada hijo.

Cada uno merece nuestra mirada inteligente, comprensiva y sabia.  Es indispensable que los podamos reconocer unos de otros y es esa mirada del padre la que configura una personalidad segura y firme.  Los que nos miran nos recrean, nos guste o no.  Un padre que mira conociendo aprende a respetar, a comprender, a perdonar, a apoyar, aprende a impulsar a su hijo por el camino adecuado.

Al hijo hay que mirarlo pero, sobre todo, hay que verlo.

Y, cuando lo vemos tal como es, podremos aceptarlo tal como es.  Curiosa y fantástica necesidad que tiene el hombre,  Ser conocido y aceptado por su padre.  Con la salvedad de  que hay una diferencia contundente entre:

La aceptación del hijo y la aceptación de lo que hace el hijo.

Hay que  reprobar lo que él ha hecho mal pero no reprobarlo a él.

Pensemos, pensemos, pensemos.  Esa diferencia debe estar siempre presente en la vida de relación con nuestros hijos.

Fuente de grandes dolores es la confusión entre mi hijo y lo que él hace, para bien o para mal.

Cuando hace algo bien no podemos transformarlo en un héroe, cuando hace algo mal no debemos hacerlo un villano.

De lo anterior deducimos que hay dos cosas totalmente negativas en el trato hacia nuestros hijos y que aún siendo padres bien intencionados solemos hacer con más o menos asiduidad y más o menos gravedad:

  • Rotular a nuestros hijos
  • Comparar a nuestros hijos con sus hermanos o con otros niños.

Ambas cosas deben desaparecer totalmente en nuestra relación con ellos.  Ambas nos hablan de un desconocimiento profundo de cada hijo.  En la vida de la familia traen desconsuelo y falta de autoestima.

Como hemos dicho en otras ocasiones:

Decir : “Eso no es verdad” y no decir “eres un mentiroso”

Tus cosas están desordenadas” y no decir “Eres un desastre”

“No hiciste tu tarea” y no decir “Eres un vago”

Podemos seguir horas y horas dando ejemplos sobre el tema.

Relacionamos este conocimiento del hijo que hará tanto bien a su educación y a él mismo, con el tema de los premios y los castigos del que ya hemos hablado anteriormente.

El premio y el castigo tienen que ver con lo que el niño hace y no con lo que el niño es”

Castigo a Pedrito porque rompió el vidrio con la pelota en un lugar que tenía prohibido jugar a la pelota pero no porque es travieso.

Conocer significa no rotular.

Conocer significa no equivocarse de niño.

Conocer es no tener prejuicios y proceder con cada niño como él lo merece.

Conocer es no discriminar, es darle a cada uno lo que le es propio.

En el segundo de los conceptos diremos con toda seguridad y firmeza que:

Solo debe compararse a un niño con lo que él mismo es capaz de hacer.  Sólo consigo mismo.

De lo contrario ponemos a los niños en un camino amargo de la competencia fuera de toda competencia.  Cada uno tiene sus dones y sus características y compararlos es engañar a unos con otros.

Debemos lograr que la realización personal sea en el plano individual de cada uno.  Lo mejor que puede ser él mismo.  Otra veces lo hemos dicho y seguiremos repitiendo  “El héroe que llegará a ser lo que era.”

La vieja fórmula de las abuelas sabias que nos “hablaban con leyendas y nos llenaban el corazón de creencias y las manos de castañas y nueces”:

Tratar a todos los niños en forma diferente y amar a todos por igual

Esos niños y niñas que vienen al mundo a alegrarnos la vida, cada uno, cada uno con su propio encanto, su sonrisa y su mirada.  Todos distintos para llenarnos de colores.  Que Dios nos permita verlos a cada uno como es y que los bendiga a todos.  ¡Que así sea!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.