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Hilachas que van Tramando- Las Reglas del Juego

5 Abr

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia XX –   Las reglas del Juego

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Hace pocos días recibí la visita de una joven futura mamá cuya hija nacerá en pocos días.  Ojerosa, pesada y moviéndose con dificultad transitaba  el tiempo límite de la espera y, por ser su primer hijo, todavía no tenía una clara noción de lo que iba a pasar de allí en adelante.  Hablamos de muchas cosas con esa cadena de amor y comprensión que tenemos las mujeres entre nosotras a la hora de ser madres.  Lo principal en este momento de su espera es saber que empieza para ella y su hija un tiempo de aventura y plenitud que no puede compararse con ninguna otra experiencia vital.  El hecho es único y conmovedor, recibimos un ser pequeño, tibio e indefenso que todavía no tiene noción de su propia existencia y lo vamos a acompañar hasta que se encuentre consigo mismo, reconozca su propia humanidad y la de los otros y transite esta vida de la mejor manera posible. Le dije a esa madre joven que se preparara porque además del trabajo, el agotamiento y el desánimo que a veces se sienten, el resto, mejor dicho lo más importante, es la consciencia vital de “armar” a un ser humano, desde casi la nada hasta su plenitud. No hay nada que se le parezca.  Nos entregan un pedacito tibio de carne que despierta toda nuestra ternura y saldrá desde  nosotros  una persona entera, con todas sus capacidades y el derecho absoluto de vivir lo que será  su propio destino.  Aventura ardua, enigmática, inesperada y finalmente absoluta si se trata de buscar la felicidad. Aventura envidiable si se reconoce como tal desde el primer momento, de tal manera que se limen las asperezas que lo cotidiano trae a nuestra vida, se suavicen los golpes de suerte y  se mire al otro, nuestro hijo,   en su propio esplendor.

Me miró desconsolada y me dijo “¿Cómo se hace? Tamaña pregunta que debería resumirse en el camino entero de una humanidad  peregrina y esperanzada, finalmente esperanzada en un destino cada vez mejor a todos los anteriores. Pensé, confieso que pensé mucho para responderle con una ayuda que fuera, al menos, concreta y  simple como la mañana de un día soleado.

Y le dije, un poco asustada:

“Las reglas de juego. Si vamos a vivir una aventura, que las reglas del juego sean pensadas, claras, conocidas. Que tengan un objetivo cierto. Que puedan entenderse y aceptarse. Que sean ingeniosas y actuales. Que reflejen el mundo entero en el que finalmente nos movemos todos, que muestren que son beneficiosas. Que igualen a todos y, no menos importante, que sean atractivas y nos diviertan en el mundo corto y azaroso nuestra humanidad. Reglas de juego que sean un servicio para el niño”

Vamos a hablar un poco de las reglas de juego. Las de oro y las otras que se pierden en lo más vulgar de nuestros días.

Toda regla es un instrumento con el que aprendemos a hacer algo.  La manera de hacer algo que ajusta nuestras acciones al medio  y en el medio en el que nos movemos. Es toda convención que modela y modera nuestra vida para que podamos vivir con los demás. Es el lenguaje cierto y razonable con el que sabemos cuál es nuestro lugar, cuáles son nuestras metas, con qué contamos y qué debemos aportar.

Todo niño debe conocer “las reglas de juego”  Eso le dará a su vida un orden que lo hará libre sabiendo con seguridad  lo que puede hacer y también qué  recibirá a cambio de lo que haga o cómo lo haga , adónde va,  con qué cuenta. Qué puede dejar librado al azar y cuáles son las cosas que responden a un orden de convivencia.

Las reglas de juego permiten desarrollar todas las potencialidades de cada individuo.  Son el “ida y vuelta” en la creación de una persona.  Es como un viaje bien planeado en el cual las cosas fundamentales están resueltas y eso nos permite  innovar, usar el ingenio para provocar situaciones nuevas, desestructuradas, interesantes y divertidas.  Es el equipaje sin olvidos, la meta clara, el conocimiento de los recursos con los que contamos.

Vueltos a lo cotidiano, con el fin de ser prácticos,  haremos una buena comparación entre dos familias.

Familia A

Todo el mundo conoce las reglas, sabe elegir, sabe pensar bien porque los límites de sus acciones se armonizan con los de los otros. Cada uno respeta y se siente respetado. Es un mundo en el cual el niño se mueve con toda tranquilidad. Tiene la libertad de escuchar y ser escuchado, de respetar y ser respetado. Puede elegir, puede pensar y decidir según vaya creciendo porque el contrato que tiene con los otros le da a cada uno la autoridad de sí mismo refrendada por la de aquellos.  Siendo la infancia una etapa de inseguridad, el niño contenido en un ambiente de serena autoridad puede desarrollar todas sus potencialidades. 

  • Conoce las reglas. Estas contribuyen a formar su identidad.
  • Sabe pensar y elegir bien
  • Sabe vivir respetando y exigiendo respeto
  • Crece ampliando día a día su propia autonomía.
  • Goza de la libertad que representa saber claramente quién es y quiénes son los demás

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El otro ejemplo es de una familia en la cual las reglas no existen, y si existen no se cumplen. Es aquella en la cual cada uno trata de hacer “lo que quiere”. En la cual el tironeo diario por la propia voluntad sin  límites destruye el tejido vulnerable de la convivencia. Es la familia en la cual los niños se encaprichan, tienen berrinches, no hacen sus tareas, gritan y faltan el respeto, terminan mintiendo.  Son lamentables reflejos de sus mayores que no atinan a armar estas reglas de juego tan necesarias para todos y cada uno de los integrantes de una familia. Aquellos adultos que no saben someterse a ninguna. Los mayores cómodos o indiferentes dentro de la dinámica familiar. Los mezquinos y los desinteresados de todo aquello que no sean ellos mismos. Los responsables de una casa sin reglas de juego.

 

Familia B

  • El niño impone sus propias reglas que, la mayor parte de las veces, no son las que corresponden.
  • Está en permanente choque con el resto de la familia.
  • Suele ser caprichoso. Llora en cuanto no se realizan sus deseos
  • Quiere adecuar la realidad a la medida de sus deseos por lo que termina ignorándola y como consecuencia pierde la posibilidad de ir amando su propia identidad.
  • Como resultado de lo anterior, el niño no tendrá la calidad de pertenencia que todo ser humano necesita para vivir. Será un solitario ajeno al mundo real. Ya lo podemos imaginar  como parte de aquellos adultos que van fracasando en un mundo que sienten desconocido, hostil y culpable de todas sus desgracias.
  • Termina siendo un niño infeliz.

 

No es difícil entender la diferencia entre los niños de una u otra familia. El primero tiene asegurado un lugar mejor en el transcurso de su vida. Repetimos: conoce las reglas, las respeta con toda libertad, piensa y elige bien porque el mundo le resulta conocido y acotado al bien, sabe convivir, lo que es indispensable para todos los seres humanos que somos gregarios por nuestra propia naturaleza.

 

El niño de la familia B se quedará anclado en la infancia, con un relato de un mundo irreal que por lo inconsistente lo llenará de miedo. Desconoce las reglas que hubieran formado su propia identidad, no pertenece, no sabe elegir bien. Es insatisfecho y no puede hacer algo por los demás. Será presa fácil de voluntades más fuertes que la suya y finalmente no reconocerá la diferencia entre el “no” y el “sí” en lo que se refiere a la toma de decisiones importantes en su vida.

 

En esta aventura de educar a los hijos, tan llena de esfuerzo, sacrificio, lucha y perseverancia y, a la vez  tan luminosa, llena de alegría, de plenitud, de amor y maravillas, el niño que crece en un hogar sin reglas de juego es, más que nada, un niño no escuchado por quienes se supone que deben amarlo. Es lo que yo llamo “el niño invisible”  el que parece no existir en el universo de la vida familiar, el que finalmente, si aparece, molesta. El pobre niño invisible que no va a encontrar su lugar en el mundo. Duras palabras, fruto de años de experiencia que tienden a hacernos reflexionar sobre nuestra propia aventura con los hijos a quienes amamos más que a la propia vida.

A quienes les haya interesado este artículo los invito a volver atrás, a los otros anteriores que nos dan ideas concretas sobre las normas que conforman el desenvolvimiento de la vida familiar. 

Acompaño con todo afecto a aquellos padres que están a punto de iniciar una nueva aventura con el nacimiento de cada hijo. La vida nos regala esa experiencia, vamos aprendiendo con ellos y para ellos, disfrutamos, sufrimos, nos rebelamos a veces, nos reímos a carcajadas otras.  En el universo en el que sólo somos como instantes olvidados, esta experiencia es una forma de eternidad.

Llevemos a los hijos al juego de la vida con las reglas claras basadas en el amor y el buen sentido y qué Dios nos acompañe.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.