Hilachas que van Tramando
La forma de la Rosa
Luces en el parque inmenso, a lo lejos se descubre una pared baja de ladrillos que enmarca el cuadrado cercano, atrás el sol todavía brilla entero tirando para el Este mientras corre para ocultarse de golpe tras las sierras del Oeste. Arriba un cielo azul se hace presencia para enmarcar todo el paisaje. Azul, azul, azul, nadie le puede disputar el derecho porque él es el dueño de todo y parece caer sobre nosotros alardeando de eternidad, pero se queda allá bien arriba y se hace cargo de todo el paisaje que, sin él, estaría perdido.
Más acá la escalera que trae a la galería de chapa translúcida cerrada por el borde de latón terminado como un encaje que pinta de verde la luz. Adelante, frente a mí, la rosa. Una rosa como las de mi infancia, con los pétalos pintados con una infinita gama de colores. La magia de la naturaleza hace que parezcan transparentes. Se van envolviendo de adentro para afuera, matizando hasta el aire que contienen, etéreos, gráciles, livianos como si fueran a emprender vuelo. Uno no puede menos que quedarse sin aliento ante semejante obra del Creador. El tallo es áspero y con espinas fuertes, las hojas duras y brillantes enmarcan y sostienen tanta belleza.
Me quedo prendada y en silencio. Acerco el sillón de mimbre y me dejo llevar. El solcito entibia la galería y me voy quedando dormida. Por suerte cuando vuelvo a abrir los ojos cae la tarde y sigue estando la rosa. Están el silencio, los sonidos de los patos en la laguna lejana, ladridos por la parte de las sierras, el cielo que empieza a agrisarse y la rosa.
Lo mejor es que nació rosa. Su belleza está en el mundo desde el principio del brote. No tuvo que adaptarse a nada ni a nadie. Nació rosa. Ahora se yergue segura de sí misma, explota en colores rosados, se queda relumbrando al sol y mañana irá cayendo en cada pétalo, uno distinto del otro, para colorear el césped a su alrededor. Después ya está. Ya pasó.
Su forma de maravilla empezó con un pequeño botoncito apretado, desplegó sus pétalos en unos días y fue formando, con todo tesón y perseverancia, esta forma casi perfecta de una rosa bellísima. Lo mejor de todo, pienso en esta duermevela de la tardecita al sol, lo mejor de todo es que apareció en un espacio abierto, donde no había nada, ni siquiera el molde para su belleza.
Recuerdo las clases de dibujo en el colegio. Me había encantado aprender a hacer figuras geométricas y, adentro, lo que llamábamos “abstracción”, casi siempre una flor dibujada con trazos muy lineales. Desde el punto de vista del arte aquello era una buena creación pero…no hubiera tenido nada que ver con esta rosa mía que nació rosa y por sí misma impuso sus formas a toda la naturaleza.
Se me ocurre comparar esto con lo que nos pasa a las personas que vivimos en esta sociedad desaforada, vociferante, ruidosa y tirana, que nos impone sus moldes con una suficiencia aceptada por todos aquellos que vivimos en ella.
De tanta riqueza de conocimiento, matices y ofertas, esta sociedad a la que pertenecemos y que nos pertenece, se entusiasma con las definiciones, impone estereotipos, presiona por conductas y se estremece cuando decimos o pensamos algo “políticamente incorrecto”. Todo lo que tiene de generosa y estimulante lo tiene también de estructurada y mandona.
Entonces nos encontramos con que cada uno de nosotros va viviendo mientras acepta y trata de vivir adecuadamente como para caber en el molde que más se parezca a lo que somos.
Sin saberlo en algún momento de nuestra vida, cuando empezamos a ser conscientes de nosotros mismos, elegimos una matriz en la que nos vamos metiendo. A veces sentimos algo de molestia, otras nos encanta el grado de aceptación personal y general que trae consigo el adecuarse al modelo. Más allá, alguna tarde de abril, nos invade una especie de nostalgia que, ahora que veo esta rosa, se me ocurre que es el desconocimiento de nosotros mismos en aras del sentimiento grupal de “pertenecer” al modelo adecuado.
¿Cómo definirlo y que se entienda? La rosa ha elegido sus propias formas empezando desde la nada y será diferente a todas las rosas que puedan existir en este mundo. Nosotros, los humanos, pequeñitos y titubeantes en este mundo de Dios, muchas veces vamos por la vida sin armar nuestra propia forma, intentando por lo contrario, caber en el molde de un dibujo pre-hecho. Una parte para parecernos a todos, otra para ser aceptados, otra para aceptarnos nosotros mismos en esta época de tantas maravillas. Y así, a veces y como consecuencia, padecemos un molesto sentimiento de dejadez y confusión que parece más propio de un extraño que de nosotros mismos. Nos desconocemos, no nos encontramos, caminamos en solitario.
A esta altura de la vida, cuando me llegan tantas respuestas sabias que los años me han dado por el solo hecho de haber vivido, de algunas cosas estoy segura…
Que hay un momento en que empezamos a dudar de ese molde; que tenemos una necesidad imperiosa de reconocernos de nuevo y con una nueva mirada. Estoy segura de que se nos empieza a resquebrajar el modelo cuando ha sido demasiado rígido. Que somos más tolerantes, más generosos con nosotros mismos. Que un porvenir más corto nos deja todo el tiempo del mundo para ahondar el propio conocimiento; que sabemos a quienes corresponde la responsabilidad, una parte a los otros y una buena parte a nosotros mismos. Que empezamos a reconsiderar el camino recorrido, a reconocer los impulsos y la necesidad de haber hecho un dibujo abstracto de lo que somos y de vivir respetándolo, con más o menos flexibilidad según cada uno. Empezamos a reubicar los roles de aquellos y nosotros. Nos perdonamos y perdonamos. Nos empezamos a conocer de verdad y entonces empezamos a poseernos de verdad. Este camino de volver al principio y romper el molde establecido nos da tanta felicidad que nos consuela del paso del tiempo implacable.
Conocernos, reconocernos, sumar toda la riqueza de lo que no sabíamos que fuimos, de lo que llegamos a ser, de lo que de verdad éramos. Mirar de frente al niño que empezaba su camino. Entenderlo, aceptarlo y amarlo aunque se parezca poco a quien creíamos que somos.
En el momento en que somos lo que verdaderamente somos, cada uno de aquellos que amamos cambiarán de lugar en nuestra vida. Reconoceremos cada paso en el que marchamos juntos. Y los querremos más que nunca porque, seguramente, ellos también cargaban con su propio molde.
La rosa magnífica se irá deshojando sin alborotar. Es lo que es y siempre lo fue. Nosotros somos lo que debíamos ser, después lo que fuimos y ahora, por una razón cronológica, cuando la vida se posee casi entera, lo que somos de verdad. La libertad del propio conocimiento es la más inapreciable experiencia que tenemos. Valía la pena el paso del tiempo si nos deja otro poco de tiempo para disfrutar de este encuentro.
El alba me encontrará saliendo al patio, me acomodo en el sillón envuelta en una manta. La rosa y yo esperaremos juntas el nuevo despertar del mundo contra la sierra. Estoy reconociendo mi nueva vida, la de antes, la de ahora y la que quede para el futuro. Soy la persona más rica de esta Tierra. La más tranquila, la más serena. Voy encontrando a una vieja amiga que me parecía conocer pero no era así. Gracias a Dios.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.
