Hilachas que van Tramando Autoridad en la familia XXIII “Mandar bien”- Frente a frente

11 Jul
rosas
Me parece ver a mi madre y también a mi abuela recorriendo la casa empeñadas en mejorar la vida de sus gentes. A veces murmurando alguna queja, masticando protestas o tarareando la canción que les gustaba. En casa siempre había música.  Siempre. Todo lo que pasaba tenía su correlato en el sonido de distintas melodías y canciones que llenaban el espíritu de un montón de cosas buenas, aunque no nos dábamos cuenta. Con los años el tesoro de los recuerdos se hace presente cuando escucho esa música.  Son pliegues y pliegues de toda una vida que va pasando y cada uno de ellos se dobla sobre el total, cobra vida y resplandece  cuando, de sorpresa y sin pensarlo, me encuentro cantando a toda voz las canciones que poblaron mi infancia. Cada vez más canto y recuerdo. Cada vez más acumulo el tiempo en lugar de gastarlo y cuando canto o escucho cantar recobro el total de todas mis emociones, que es la manera de volver a vivir. Viene el patio con la escalera de los malvones y la terraza y el cantero de las calas. El toldo, los sillones de hierro y la columna presuntuosa que terminaba en arabescos. Mi madre o mi abuela haciéndose cargo de la educación de los niños hasta que llegaran los hombres, a quienes se les hacía creer que todo había consistido en esperarlos para que las cosas marcharan.  ¿Qué tiene que ver todo esto con mis cursos sobre la familia?  Todo. A medida que pasan los años y puedo seguir acumulando experiencia y conocimiento, compruebo que la sencilla sabiduría de mis mayores se engarzaba en los principios básicos, naturales y claros que fueron la matriz de toda educación. Y escucho a mi madre y a mi abuela desde alguna canción que me sitúa en una anécdota, una máxima o un mandato tan corrientes en aquellos tiempos y que se nos iban haciendo camino en la tarea de crecer con lo mejor que éramos y que teníamos.
Pasábamos corriendo por el salón, seguramente escapando de una travesura para salir indemnes, cuando nos detenía una voz severa que podía ser la de cualquiera de nuestros mayores; “¿Quién rompió el vidrio de la ventana del cuartito?”.  No se trataba de mentir o de fingir que no teníamos nada que ver, era la humillación de haber hecho algo que no debíamos haber hecho, la rabia de ser torpes, el fastidio de ser descubiertos.
Entonces venía la frase que se entronca, seguramente, en lo más profundo del conocimiento del ser humano  “¡Mirame cuando te hablo! No mires para otro lado cuándo te estoy preguntando algo!”
Eso era lo peor de todo.  Había que mirar y sostener la mirada para que se supiera todo de nosotros. Entonces esto suponía algunas  grandes herramientas para nuestra educación.
·        Nos conocían al dedillo porque mirando a los ojos no deja lugar al escondite.
·        Nos subordinábamos a la autoridad de quienes la ejercían por nuestro bien.
·        Fijábamos el hecho, la regla o la obligación sin mucho esfuerzo. No íbamos a olvidarlo.
·        A partir de ese momento y habiendo creado el pacto de “Ya me di cuenta” de ida y de vuelta, se suponía que habíamos aprendido la lección.
·        Mamá, papá, los abuelos, los tíos, los maestros eran personas que podía leer las mentes infantiles, todo lo sabían y mejor era decir siempre la verdad.
Mirando a los ojos se percibe como acción y como efecto, al otro.  Hay una sensación interior que resulta de una impresión material hecha con nuestros sentidos.  Percibir es crear un conocimiento o una idea.  Finalmente y como corolario.  Si percibimos y somos percibidos hay un nuevo pacto entre nosotros.
Educar es también percibir al otro, recibirlo en su naturaleza y conocerlo en profundidad.  Cosa muy importante cuando se trata de nuestros hijos o de todo niño que está a nuestro cuidado.
 
El hecho de “Mandar frente a frente” tiene múltiples beneficios y grandes resultados.
 
Miramos a nuestros hijos y ellos nos miran cuando les decimos que los amamos. Cuando les decimos que estamos felices de tenerlos. Cuando los acompañamos por la vida que les toque vivir.  Mirarnos a los ojos hace transparentes nuestras emociones y nuestros sentimientos, la carga de pertenencia que eso provoca es uno de los mejores regalos de la infancia que va a continuar toda la vida.
Cuando cometemos errores es mejor mirar de frente y aceptar, lamentarlo y cambiar.  No volver a cometerlo. Y todo este proceso es más fácil si hemos mirado de frente a quien corresponda.
 
Mirar a los ojos sirve también en la vida cotidiana.  Ejemplos:
a)     Mamá está trabajando en su escritorio y los niños mirando televisión. Mama grita “¡Apagan ese televisor y se van a a dormir”.  Lo grita una y mil veces y el universo sigue impertérrito sin cambiar nada.  Mamá se pone nerviosa, grita, y se declara vencida.
b)    Mamá deja por un momento lo que está haciendo y frente a Juancito se planta: “Mirame a los ojos, apagá la tele y te vas a dormir,
¿entendiste?”  Juancito muy a desgano, sin embargo, apaga la televisión y se dispone a ir a dormir porque no tiene escapatoria.
Hay que creerlo, ¡es difícil ignorar a una madre cuando es explícita y te mira a los ojos!
a)     Papá grita desde el garaje: “¡Necesito alguien que me ayude para llevar este equipaje al coche!”  Puede esperar un nuevo milenio.
b)    Papá se acerca, llama a Pedro y le dice “Necesito que me ayudes para llevar el equipaje al coche, ahora.”
Difícil de creer pero resulta. ¡Usar el nombre, mirar de frente y decir las cosas con claridad hace la vida más confortable!
 
Mirar de frente.  Ser claro y percibir.  Comprometerse y comprometer al otro.  Frente a frente.  Una forma de evitarnos algunas frases que ya son célebres desde la primera infancia.  “Nunca me llamaste” “No te oí” “No entendí lo que me decías” “Nunca me dijiste eso”  “Yo no sabía que me estabas hablando a mí” y miles de ellas que nos hacen la vida cotidiana un poco más áspera.
Como tantos principios en la educación el de “Frente a frente” empieza desde los primeros años.  Se hace costumbre para las cosas importantes de la vida. Nos facilita el entendimiento.  Nos permite ganar tiempo, del de todos los días y del que va en serio. Nos evita rabietas inmerecidas.  Establece algunos códigos de buena convivencia.  Como tantos principios de la Autoridad en la familia, es sencillo, posible y poco pretencioso pero significa mucho en la vida cotidiana para evitar conflictos que, si se repiten, mortifican al conjunto.
 
Nos miramos frente a frente para lo bueno y para lo malo.  Para indicar algo muy simple y para retar con severidad cuando se necesita.  Para decir cuánto amamos a alguien y para pedir perdón.  Para saber que somos unos para otros.  Cuando aprendemos a mirarnos lo primero que se siente es la complacencia del hijo que sabe que se lo “ve”, se lo “conoce” y “pertenece”. Es estar a cargo de alguien que nos conoce.  Es tan confortable como la “siestita” en brazos de mamá.  Para toda la vida estaremos impresos en las pupilas de aquellos que supieron mirarnos de verdad.  
 
Suena una melodía para mí inolvidable.  Mamá me levanta la barbilla y me mira a los ojos y yo, que tenía miedo, suspiro y me aflojo.  Y yo que estaba confundida sonrío y levanto los hombros entregada a su cariño. Y yo que me había “portado mal” le pido perdón, nos miramos y el mundo recobra toda su armonía.
Frente a frente con los que amamos y con el resto, porque esas miradas de confianza nos dieron toda la entidad que necesitábamos para ser lo que felizmente somos.  Frente a frente para mirar a nuestros hijos con toda la carga que tenemos de amor para ellos. Y el mundo va a ir mejorando.
 

Primero la Justicia- Para todos. Para todos. Para todos.

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