
El cielo y la tierra se juntan en el lugar mágico. Vuelvo cada tanto, casi sin darme cuenta, aquí donde la arena y el agua se meten una dentro de la otra. La arena áspera, crujiente y olorosa y el agua moviéndose suavemente en un ir y venir de colores alilados que el cielo copia y cambia. Un muelle avejentado medio cubierto de pajonal se cruza entre nosotros y el horizonte mientras una larga hilera de algas y restos que trae la marea se dibuja zigzagueando, marcando la zeta mágica de los pintores, casi sin pensarlo, de puro arte en la naturaleza.
El esplendor de los colores traspasa la luz y se cae sobre todo el paisaje. Los dos soles, en un alarde prodigioso se van sumergiendo en el poniente. La escena es para disfrutar en silencio y en la más absoluta quietud. Nada parece ser mejor o más bello que lo que estoy viviendo. Me parece ver la silueta dibujada de una niña y su padre esperando el crepitar del sol cuando el agua apagara su fuego. Juro que lo escuché entonces, de la mano de mi padre, juro que creía que aquello se repetía cada atardecer y me preguntaba quién volvía a encenderlo a la mañana. Lo creo. Sigo oyendo ese silencio complejo, susurrante y magnífico.
Los soles se han alineado de tal manera que no sabemos o no queremos saber cuál es el verdadero.
Como muchas veces en la vida, no sabemos qué es lo verdadero cuando amamos, de dónde salió el amor que nos parte por la mitad. Cuando somos jóvenes somos bellos pero en ese tiempo, justamente en ese tiempo, no sabemos qué es la juventud. Ni hasta dónde llegaremos con nuestro heroísmo cuando sea necesario. Ni por qué la vida se fue cruzando y entrecruzando para que lleguemos a este momento. A veces ni sabemos si hemos sido valiosos, y otras veces si alguien nos conoce de verdad.
Nos confunden nuestras emociones. Elegimos al azar, siempre es al azar, muchos caminos de la vida. No sabemos y no queremos saber porque el peso de tal conocimiento sería inaguantable.
La vida está llena de misterios como los dos soles. Según ellos se ocultan me lleno de recuerdos que se van alineando como la música que los convoca. Desde siempre, desde el fondo de mi historia van apareciendo escenas que como siluetas desacompasadas se acomodan allí mismo en la arena áspera y fría. Soy la niña que escucha apagar el sol. Y la joven que no sabe qué tan joven es. Y la mujer de todos los mundos posibles para quien la vida, como a todos, la sorprendió un día y la hizo moverse en todas las direcciones que no había elegido. Que no quiero saber. Y en otras que pudo elegir, como todos. Como todos los seres humanos que somos iguales en nuestra pequeñez y en nuestra vulnerabilidad.
Con los dos soles desaparecen los trazos fuertes y, en cambio, se van sintiendo las cosas simples que son las que verdaderamente y sin duda podemos elegir. Un helado de chocolate camino a casa. El baile en la galería. El beso y el abrazo. El viento en el rostro en la Costanera. Un perfume. La piel brillante y el aliento dulce. Los nervios de un encuentro. El tren. La música, siempre la música. Las sandalias con el taco altísimo y la cabeza reclinada en un hombro que parecía el más fuerte del mundo. Los exámenes. La complicidad de los compañeros. El único gol de mi vida. El cansancio después de los partidos. Las carcajadas. ¡Nos reíamos a carcajadas casi todos los días! El baile que hacía temblar a los mayores, bailando alrededor del reloj. En la pantalla “Un verano para recordar” con los jóvenes suecos que se desnudaban. El happening y la minifalda que paseábamos por todos lados con aire de que esto es lo más natural del mundo y yo tengo las mejores piernas que puedan mostrarse aunque nos aleteaba un susto que lo único que nos enseñaba era a estar por encima de las circunstancias. La lluvia repicando. El pan fresco y el café con leche en las madrugadas de estudiar y estudiar.
El tren repleto para ir al trabajo. El cansancio. Las poesías. Las de los otros que nos parecían geniales y las nuestras que no podíamos mostrarle más que al amigo más amigo que en el fondo estaba enamorado de nosotras mientras nosotras suspirábamos por otro. Las lágrimas porque no nos querían. La carta de amor sobre la mesa de luz. El llanto por un desencuentro y la música para consolarnos. El tren a la distancia. La flor en el pelo.
No sé y no quiero saber cuál de los dos soles es el verdadero porque lo único que existe es esta ilusión de la belleza que se lleva puesta el ocaso.
Sé que todo lo que he vivido en este instante no son recuerdos, es lo que de verdad estoy viviendo y reviviendo porque nada se fue de mí. Yo soy la que era y así me gusta. Nadie me lo contó, es mío. Lo que ha pasado es que la imagen y el sonido de este atardecer se metieron en mi alma y revolviendo todo me convocaron todo lo que me ha pasado como si pasara ahora. Soy aquella y ésta, la que seré y la que alguna vez no estará. Pero nadie me lo contó, cuando convoco mis recuerdos todo está allí. El paisaje bellísimo, los dos soles y yo. Toda yo.
Mañana será como si no hubiera pasado nada. Cada día a vivirlo como se pueda. Pero yo pienso volver porque algún día, si tengo suerte, algún día me encuentro otra vez con los dos soles y me doy un paseo inolvidable por todo lo que he vivido. Es necesario. Vamos a decir ¡Esto era todo. Y era tanto! Gracias a Dios.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.
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