Archivo | noviembre, 2014

Hilachas que van tramando — La Familia es una caravana

17 Nov

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La Familia es una Caravana

Cuando digo la palabra “caravana”  es una noche silenciosa, más que silenciosa;  quieta, callada, inmensa.  Percibo la sombra indefinida de mi propio cuerpo y se me viene encima un cielo cuajado de estrellas que parecen acercarse más y más, hasta que todos quedamos solos en presencia de Dios.  Los rumores de la vida cotidiana se han ido acallando y a lo lejos el silencio es absoluto.  Intuyo el desierto pero no le temo.  Intuyo el frío pero alguien me ha arropado.  Me asusta la soledad pero nunca estaré sola.  Puedo descansar, segura y tranquila hasta que la mañana me regale una nueva jornada.  Y la vida continúa.

Caravana: Reunión de viajeros que hacen el viaje juntos para defenderse de los peligros”, “Gran número de personas que se reúnen para ir juntas”, “Multitud, romería, tropel”

Casi se me ocurre que no hace falta seguir adelante con este artículo, porque “Caravana” y “Familia” son dos realidades que complementan y construyen su identidad y sus cualidades.  Pero ¡vamos por ello!

Una familia, al igual que una caravana, reúne a personas que tienen un mismo destino y un mismo objetivo.  Están decididas a compartir  largas jornadas, tareas agotadoras y peligros impensados y, también celebraciones, risas y amores.  Pero nunca se olvidan que tienen un mismo destino y un mismo objetivo.  Días y días en el desierto bajo el sol abrasador, poniendo a salvo a los niños, a los ancianos y a todos aquellos que son más vulnerables, quienes irán en el centro de la caravana.  Días y días compartiendo los víveres, el agua y la sombra protectora. Cada uno tiene su tarea específica y ninguna de esas tareas es menos importante, ya que todos dependen de todos para continuar en la ruta.  Están siempre atentos porque saben que las dificultades y los peligros aparecen repentinamente y nunca, nunca, en el tiempo o la forma en que ellos los hubieran elegido.  Saben que, a veces, deben detenerse cuando la naturaleza se pone agresiva y es mejor no estar en movimiento; entonces deberán empezar a racionar los víveres.  Y en lugar de lamentarse, aprovechan para descansar y juntar nuevas fuerzas que van a necesitar, sin duda, en cada día futuro.  Preguntan a los mayores, quienes ya tienen hechas muchas jornadas y usan bien su experiencia.  Con ellos prepararán las hojas de rutas porque saben dónde están los desfiladeros y los precipicios, cómo sobrevivir a los alacranes o a los bandidos.  Aprenderán de ellos cuál es el agua que no puede tomarse aunque uno se muera de sed y el fruto que puede comerse, en caso de que haya alguno.  Saben que a la noche sigue el día y que después que lleguen a destino todo volverá a empezar para aquellos que sobrevivan;  caminar y caminar, volver y volver con una lejana e inevitable inquietud.  Saben que los días pueden ser larguísimos y llenos de trabajo, esfuerzo y dolor.  También  que durante la travesía nacerán niños que renovarán la esperanza y se encontraran amores que hacen que la vida merezca ser vivida.  A veces recogerán a otros viajeros que se suman al grupo para compartir siempre lo que es inalterable su destino y su objetivo.  Algunos dejarán la caravana porque la vida y la muerte siempre van juntas. El viaje será más o menos largo para cada uno, pero ya lo saben.  Se cruzarán con otras caravanas y, si tienen suerte, podrán hacer las transacciones y los pactos y acuerdos que beneficien a ambas.

Buscarán y llevarán cosas diferentes; en cada lugar y tiempo de su camino deberán pagar y recibirán valores; perderán cosas muy valiosas y, también encontrarán otras, que, por la misma providencia, tal vez resulten más apreciables que las que hubieran elegido.  Atesorarán algunos objetos de culto y recuerdos queridos.  Seguirán la ruta más difícil de la seda o las especias, que los llevarán a mundos desconocidos y fantásticos; o estarán recorriendo caminos seguros y tranquilos con menos riesgo y menos aventura.  Porque cada caravana, cada familia tiene su propio destino, su historia y sus amores.  Solamente coinciden en la obstinada voluntad de crecer juntos, amarse y ser felices.  Habrá alguna en la que dispongan los mercaderes y para los artistas será otra.  Cada uno de los viajeros de una caravana será distinto a los demás y reconocido por los demás, cada uno dará un color nuevo al conjunto.

A veces, siempre que hayan crecido lo suficiente, de cada caravana saldrá otra y otra, como ramas de un tronco vital que se repite en cada una, y, entonces, se hará larga la despedida y categórica la misma herencia común.  A lo largo de cada viaje tratarán de volver a verse y renovar todos los vínculos que los hacen ricos en sentimientos y emociones.  Y asombrarán por la multiplicación de cuentos, costumbres y valores que irán desparramando por sus rutas hasta que la historia se haga infinita y cada caravana, no importa la realidad de su existencia, ocupe un lugar preferente en el eterno caminar del hombre.

Dolores, trabajo, esfuerzo y sufrimiento.  ¿Nos preguntamos por qué seguimos en la caravana, generación tras generación, como si no hubiera otra forma de vivir?  Por los amaneceres de soles color naranja, mientras la Creación se despereza y se llena de sonidos.  Porque cuando llega el atardecer empiezan las horas de descanso y se hace música y se baila. Porque cada encuentro renueva nuestra condición de hombres que comparten, que se comprometen; porque lloramos y reímos juntos.  Y, cuando encontramos un oasis, nos llenamos la boca de agua fresca y los bolsillos de frutos recién arrancados, los jóvenes se ríen y se regalan miradas y gestos. Los mayores contamos historias, nos saludamos y meneamos la cabeza diciendo  ¡ésta es la vida que me gusta!  Porque el banquete se comparte y la ilusión es fácil, sólo se necesita que estemos bien enterados de que la vida es incierta y repentina, como lo dijimos tantas veces, y que aquellos  días de encuentro y alegría valen como toda la eternidad.

Seguimos en la caravana porque tenemos un destino común y en ella, despojados de cualquier vanidad, somos como somos, en la inmensidad de un desierto que no nos permitiría seguir siéndolo.  Porque nos miramos a los ojos y miramos a los ojos de nuestros hijos para encontrar la identidad sin la cual no somos nada.  Porque cada uno depende de los demás y los demás de uno.  Porque compartimos  todo, y nos alegramos de sus alegrías.  Porque llenamos la vida de niños y queremos que los jóvenes estén sanos, fuertes y felices, por eso los acompañamos, los guiamos, y los mantenemos entre nosotros hasta que armen su propia caravana.  Porque el destino de cada uno depende, sin duda, de los otros.  Nos interesa el punto de llegada y el punto de partida y nos preparamos y nos despedimos como partes inseparables de la vida.

Pensemos en nuestra familia como una caravana que hace su camino, que tiene un objetivo y un destino decididos, una caravana en la que nunca estaremos solos, en la que siempre nos amarán como somos y podremos ser como somos sin condicionamientos. Pensemos en nuestra familia como una caravana en las noches de tormenta y también en las fiestas hasta el amanecer, en la mirada feliz de nuestros hijos cuando empieza un nuevo día y en la mirada de amor de los esposos cuando las estrellas se desploman sobre la tierra y llega el momento de la intimidad.

Pensemos en nuestra familia como una caravana de trabajo, de encuentros, de risas y dolores, de riquezas y de despedidas.

Pensemos en nuestra  familia que  camina junta, esperando siempre que el día traiga la primicia de toda una renovación y, cuando llegue el momento de dejar la caravana, estemos tranquilos, ya que ella sigue y sigue bajo las estrellas y junto a Dios.

Sumemos además el eterno caminar al de otras familias que cruzamos en el viaje interminable y que Dios nos Bendiga y nos acompañe a todas en este camino prodigioso.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van Tramando – Autoridad en la Familia XXV

7 Nov

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia XXV

“Mandar Bien”  Prever

 azaleas blancas, foto 2

Florece todos los años, una vez por año.  Año de sorpresas y determinaciones, de luces y vientos. De cuatro estaciones que se atropellan desordenadamente a medida que la vida transcurre cada vez más ligero.  Cada año la planta, despojada,  parece sencilla, poco agraciada, ajena.  La perdemos de vista entre el verde multicolor del parque. Como si fuera un tiempo de silencio y abandono nadie se acuerda de ella, padece una  melancolía subterránea que murmura y murmura como si el tiempo que pasa fuera eso, solamente pasar y pasar sin ningún propósito. Pero todo sucede cada año y un día cualquiera unos pequeños brotes cerrados nos están preparando para la belleza. Después el esplendor del blanco estalla contra los arbustos. Todo cambia en el jardín, todo se ordena para enmarcarla y todo desaparece del paisaje menos ese prodigio de belleza y esplendor.

Fue el año del silencio y el presunto abandono el que trabajó laboriosamente en las entrañas de la tierra. En ese tiempo pasaron todas las cosas que tienen que pasar  porque cada año la Tierra se configura de tal manera que vuelve a cambiar el paisaje,  y pasaron sin que nosotros nos diéramos cuenta. Igual que en la vida. Igual, igual.  Siempre vuelve a sorprendernos, cada vez más, cada vez mejor.  En el intrincado camino interior solo basta reconocer la belleza, aprender y esperar lo que vendrá, no importa en qué tiempo de la vida estemos, siempre algo vendrá para el que sepa entenderlo. Siempre encontraremos algo nuevo en lo que ya estaba viejo.

Como la azalea blanca que parece que ya no está y resplandece en su floración como si fuera la primera vez. Mejor, porque va creciendo  hasta que ese rincón del parque se transforma en todo el parque.

Un año de vida que parecía anodino y poco estimulante fue haciendo su trabajo y nos sorprende con un nuevo conocimiento personal de cosas que no imaginábamos. No se termina nunca el tiempo de aprender de uno mismo. Un año murmurador y apagado produce esta floración casi pretenciosa de tanta belleza.  Por eso volvemos a la acción.

Veníamos desarrollando el tema “Mandar Bien”, ya hablamos de algunos temas

  • Oportunamente
  • Frente a frente
  • Claramente y pocas cosas
  • Una cosa a la vez

Llegamos a un tema que puede confundir en el momento en el que se propone

  • No mandar si uno no está en condiciones de ser obedecido.

Podría parecer que los padres deben retirarse del ámbito de la autoridad si saben que no pueden dominar la situación y ser obedecidos. No es esto a lo que nos referimos. Por lo contrario, esto es lo que está pasando en muchos lugares de esta sociedad estimulante y embarullada. Algunos padres, confundidos, evitan de ejercer su autoridad porque no saben ejercerla. Tienen lo que un famoso escritor y educador argentino, Jaime Barilko, llamó “El miedo a los hijos”

La propuesta de “No mandar si uno no está en condiciones de ser obedecido”  tiene que ver con la actitud de los padres en situaciones distintas:

  • Adelantarse a la posible “desobediencia” preparando el terreno a una buena respuesta de parte del hijo. Para ello se necesita, como para todo tema de educación, que el padre esté en condiciones de conocer a fondo a su hijo y a las circunstancias del hecho que se “manda”
  • Dentro del tema anterior resalta la importancia de reconocer el valor y la oportunidad de cada decisión que se tomará y estar preparado para eso. No es lo mismo enfrentar a un niño de 2 años que a un adolescente.
  • Educar no es una tarea en segmentos, educamos siempre, establecemos un mutuo trato de respeto y entendimiento que funciona, constantemente, durante toda la vida. Hay una clave de tiempos  y un lugar que cada uno ocupa que es reconocido por todos y aceptado por todos.
  • Según sea lo que se pretende que se acepte más cuidadoso deberá ser en “preparar el terreno”.
  • Educar, tomar una decisión “mandar bien” no se trata de un desafío o una confrontación. No son dos fuerzas que se enfrentan. La obligación de llevar a buen puerto la educación de nuestros hijos es específicamente de sus padres o adultos a cargo. Hay que hacer las cosas de tal manera de que una decisión cuanto más importante sea, nos encuentre en un estado de seguridad que produzca buenos resultados.  Un hijo siempre tiene el derecho a disentir y hacerlo saber, a no estar de acuerdo con sus padres y decirlo, pero necesita de la tranquilidad que le da la autoridad paterna expresada con serenidad y prudencia. El hijo que confronta y siente la “inseguridad” de su padre, pierde el sentimiento reconfortante de que este lo guía y lo cuida. Como decía la abuela “Tú en tu lugar y yo en el mío. Mi tarea es educarte y no puedes hacer nada al respecto porque lo que a ti te toca es obedecer y a mi ocuparme de que lo hagas”

Estas palabras resuenan como muy duras en nuestra época pero se refieren simplemente a la amorosa tarea de resguardar a nuestros hijos del peso de resolver lo que todavía no les corresponde.

  • Para que los padres estemos en condiciones de ser obedecidos debemos ser cuidadosos con la edad de los niños. Tener bien presente hasta donde y hasta cuando es justo que impongamos nuestra voluntad. La pregunta mágica será siempre “¿Esto lo decido por el bien de él o por otra cosa? La actitud correcta será siempre ver en el hijo su propia realidad y dejar que a medida que crece pueda ir decidiendo, cada vez más hasta que “mande bien” en sí mismo y para sí mismo.

Si tenemos un pequeño demonio travieso de dos años seguramente “No mandar si uno no está en condiciones de ser obedecido” significará que a veces corresponde distraerlo previniendo un caprichito, otras veces llevarlo de la mano a lo que queremos que haga y, siempre, tener en cuenta si está cansado o nervioso.

A medida que crecen los niños las cosas van cambiando, ya no “distraemos” sino que “explicamos”, “pedimos opinión” “escuchamos” y hay un día mágico en el que nuestro joven se muestra lo suficientemente maduro para decidir todo por sí mismo.

“Educar es prever”

Para aclarar un poco más estos conceptos tan ligados entre sí conviene recordar los cinco pasos de los que ya hemos hablado repetidas veces

  1. Pensar
  2. Informarse
  3. Decidir
  4. Dar a conocer
  5. Hacer cumplir

Los niños necesitan paisajes claros y rotundos.  Los que vivimos en tierras de llanuras interminables sabemos que a veces esos campos sin límites producen vértigo.  Nuestra tarea es decidir para ellos los límites que los hagan sentir seguros, que vayan creciendo serenos y bajo nuestro amparo hasta que puedan caminar solos. Lo importante es que sepan siempre, siempre, que todo nuestro corazón se puso de parte de ellos desde el día que llegaron a nuestras vidas.  Con ellos estamos viviendo el amor perfecto y la aventura más grandiosa que puede vivirse. Aportemos nuestra fortaleza, nuestra prudencia, la voluntad y una buena carga de alegría y optimismo en estas cosas maravillosas que nos pasan. Qué así sea.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.