Archivo | marzo, 2015

Hilachas que van Tramando-

19 Mar

Hilachas que van Tramando

Un secreto turbador

rosas y jarras

Los caminos se van transformando a medida que pasa el tiempo. Cada uno recorre los suyos y, durante buena parte de la vida, uno no tiene consciencia de sus propias realidades más íntimas. Caminamos para acá y para allá. Saltamos un cruce, cambiamos el paisaje en una vuelta de muñeca y, también, desde la vida se nos cambian el paisaje de una manera inesperada, categórica y, sobre todo inevitable. Pero seguimos andando porque somos niños y después jóvenes y estamos muy ocupados en otras cosas como para darnos cuenta. Tienen que pasar algunos años para que empecemos a mirar con más atención el caracoleo de nuestras emociones, lo profundo de nuestros sentimientos, los impulsos que nos hicieron ir para este lado y no para allá. Los dolores, los aciertos, la felicidad suprema y el goce. Entonces creemos que es la crisis de los cuarenta, la de los cincuenta o alguna otra. Creemos que tienen la culpa los otros y después bajamos el tono y aprendemos a reconocer nuestras culpas.

Sentimos que ha llegado el momento de una especie de revancha como para realizar todo lo que no pudimos y hacer cuentas con todos los que hemos convivido. Y llegamos a pensar  que eso es la pura libertad que vamos consiguiendo. Aseguramos con gran sabiduría que la crisis es oportunidad y que tenemos mucho para cambiar.

Es que pasaron los años y empezamos a sentir el peso de tantas y tantas cosas y de tantas y tantas personas que tuvieron que ver con todo lo que nos ha pasado. Sentimos que llevamos sobre los hombros esto y aquello de quien nos lastimó. Esto y aquello de quien nos ha amado. Esto y aquello y lo otro y lo más sencillo, lo banal, lo prolijo y lo que nos desbarató. Todo lo que se debe a las personas que, compartiendo nuestra vida, la modelaron.

Pero no comparamos su importancia, su cercanía o su poder sobre nosotros,  porque en el momento de este despertar no importa la persona si no lo que ella ha hecho o dicho en el preciso momento en que pasábamos a su lado con nuestra carga de necesidades.

Puede ser alguien que compartió un viaje una mañana fría cuando íbamos a trabajar. Un jardinero que nos enseño que es importante gastar el pasto antes de hacer el caminito de lajas. El primer amor. Los hijos y los padres. Don Pancho que hacía su trabajo con entusiasmo. Mi amigo. El profesor de Biblia. Mi hermana. Alguien que me llevó a entender y otro a equivocarme. Polito que nos enseño a jugar al hockey a  caernos sin lastimarnos. La Hermana Fidelia que se anticipó a mi necesidad de Su conocimiento, del conocimiento de Dios, y me dejó un mensaje que todavía leo con alegría.  Todos los que pasaron a mi lado en esta intrincada visión que voy resolviendo ahora que tengo más tiempo que nunca porque aprendí a usarlo como se debe.

Los caminos se van transformando a medida que pasa el tiempo, sin embargo durante la mayor parte de él  ni siquiera sabemos que  existen, ni que los estamos recorriendo. Se necesita mucha molienda para que el grano se haga harina.  Como la vida. Se necesitan años para entender.

Pasa como en los antiguos pequeños parques de diversiones de latón con figuras de personas que iban ocupando sus lugares mientras una música monótona y vibrante nos remitía al circo con los que jugaban los niños de antes.  Primero empezamos a encontrar los caminos, después a colocar a los otros, a todos los otros en los lugares que creemos que corresponden y, si tenemos suerte, en algún momento sacamos de nuestro paisaje a quienes no queremos más, a quienes no queríamos pero teníamos cerca, a quienes resultaron distintos, pero muy distintos a lo esperado. A quienes nos engañaron con su falsa importancia.  A los que nos pasaron por arriba, a  los que no nos respetaron. A los otros que son otros, que ya no son nuestros.

Después colocamos con delicadeza y en su lugar a aquellos a quienes amamos, a los que nos amaron y nos aman, a quienes nos enseñan cosas buenas, a quienes son gentiles y delicados. Los que nos tratan con respeto. Los que estuvieron para acompañarnos, a los justos, a los buenos. A los que tienen cosas para perdonarnos. A los que dependen de nuestro amor y a los que necesitamos hasta para respirar. A los que les debemos gran parte de nuestra felicidad.

Y seguimos volcándonos al  conocimiento para ir encontrando nuestro propio rostro en cada vuelta del camino. El que iba para el pasado y el que se abre al futuro. Y entre tantos caminos y tantos parques de diversiones de latón algo nos estremece, un secreto turbador que, como si fuera ajeno, se escurre de nuestra consciencia con toda ligereza  dejando siempre una visión remota, incompleta  y esquiva.

Ponemos en orden nuestras prioridades, rechazamos fatigas y compromisos inventados. Buscamos que nos quieran más quienes nos quieren. Contamos historias y seguimos.

Como el viento suave del atardecer pasan y se cruzan el fantasma amigo que tenemos en casa y el hálito del secreto turbador que nos inquieta. Como al aire fresco y suave del atardecer los buscamos para dejarnos llevar y seguimos aprendiendo cosas.

Todo lleva tiempo.

Hasta que un día somos más tolerantes y otro hemos olvidado agravios, hasta que desenrollando espacios nos empezamos a reconciliar con algunas cosas que nos pasaron. Aprendemos a aceptar que casi todo nos pasa sin nuestro consentimiento. Que hemos hecho lo que podíamos con lo que se nos daba. Que los otros tienen las mismas vulnerabilidades.

Y seguimos por los caminos que se van transformando, que se cruzan y se desentienden de nosotros hasta que aprendemos a buscarlos y a recorrerlos, mientras el secreto perturbador se hace nuestro amigo.

Nos vamos olvidando de las ilusiones fallidas, alargamos las horas del día sin sobresaltos. Sonreímos con más facilidad. Y, sobre todo, sin apuro, sobre todo desmenuzamos hasta donde es posible la vida que ya hemos vivido.  Reconocemos los rostros de los que la vivieron con nosotros. Nos despedimos de los que se quedarán atrás y recibimos con júbilo la nueva visión de los que nos interesan.

Como el viento suave del atardecer el secreto turbador y esquivo va apareciendo en toda su maravilla. El rostro nuevo que es el nuestro, el que no llegábamos nunca a conocer porque estábamos ocupados en otras cosas importantes.

El secreto tiene  dos visiones, una es el verdadero conocimiento de uno mismo y la otra la seguridad de que seguiremos conociendo y conociendo hasta que la vida cierre amorosamente su tarea para que cada uno de nosotros posea, finalmente, la suya propia.

No es la crisis de los cuarenta ni de los cincuenta ni las otras, no es la libertad de hacer lo que queremos.  El resplandor que nos hace felices es comprobar que llegamos a tiempo para descubrir el secreto turbador de nuestra propia identidad.  Y que nuestro rostro seguirá apareciendo ante nosotros cada vez más claro y más parecido a quienes fuimos y quienes somos, porque, definitivamente siempre estuvimos allí, faltaba que nos encontráramos de verdad, alguna vez. Sin miedo de reconocernos y como si volviéramos a un viejo amigo.

Nos llevará el resto de nuestra vida, pero es un goce componedor que nos reconcilia hasta con su propia finitud.

Mi amigo se ríe del fantasma que nos visita pero no de que yo lo vea.

Y así estoy, enamorada de esta nueva experiencia que nunca hubiera imaginado. La vida es sorpresa y no explica nada. Se vive.

El secreto turbador de mi propio conocimiento así de claro y de libre ya no me perturba.  Cada día es mejor que el anterior.

Me falta un montón de cosas por conocer de mi misma pero estoy en el buen camino. Me puedo reír de mí, me acepto con alegría y espero que los demás también lo hagan. .

Y, mientras he dejado que mis ideas y mis manos se vayan poniendo de acuerdo casi sin ton ni son, cuento con la benevolencia de los lectores. Juntos vamos a seguir sin conocernos y sin embargo, conociéndonos más cada vez que yo escriba y que ellos me lean. Que así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS