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Hilachas que van tramando – El canasto con frutas de colores

18 Oct

Hilachas que van tramando

El canasto con frutas de colores

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El canasto era de metal pero trabajado como si fuera de mimbre, estaba lleno de frutos de vidrio de colores vivos y compactos, traídos de Colombia por un tío abuelo medio tarambana en uno de sus viajes aventureros que llenaban de fantasía a las mujeres de la familia.  Bellísimos, eran bellísimos.  Nunca vi nada que expresara con tanta sencillez la exuberancia de los colores primarios.  Nada más que colores primarios para que recordáramos que ellos son los únicos que  llenan de  matices a nuestra vida.   Sin ellos  el mundo sería gris y opaco, por eso ocupaban un lugar en la mesa del comedor.  Estuvo desde siempre en la casa familiar y, al paso de los años, lo recuerdo con emociones inefables, compuestas y tibias porque son una parte de las cosas que atesoro como lo mejor de mi propia vida.  Me remontan a una época en la que todo era, la mesa servida, los hijos que abundaban, las vacaciones, las fiestas de cumpleaños, el primer “papá” dicho entre balbuceos, los botines de fútbol, el desayuno de un domingo de lluvia, la casa calentita, el aroma de la comida que más nos gustaba, la complicidad del abuelo con los más chicos, el vestido que se estrena, la muñeca en el sillón, el día de la comunión, la escapada de un fin de semana, los deberes, la mirada cómplice entre los esposos, una tarde de bicicleta, la boca sucia de chocolate del más chico, los pañales, la fiesta de fin de año en la escuela, las manitos del hijo, mamá radiante con su nuevo peinado, papá feliz porque ganó su equipo, una discusión que termina en risa, un diagnóstico favorable, el dolor bien compartido, el patio con el ciruelo, la mermelada de ciruelas de mamá, el primer baile, el hijo adolescente confundido, un atardecer de verano, una tarde de otoño, las hojas en la vereda, el olor de la ropa limpia, el programa que más me gusta, la reunión con los amigos, el asado, el picadito, el “té” con las chicas, la caminata por el barrio, la sombra en el jardín, un rosal que floreció, la plaza, el cine, el mueblecito que se estrena, un regalo de cumpleaños, la Nochebuena en familia,  la llegada a casa desde el trabajo, la charla entre los hermanos, una llamada telefónica, las fotos, los recuerdos.  Todos los olores y los sabores y las imágenes que hacen que la vida sea verdaderamente maravillosa.  Eso que estaba pasando en mi vida mientras yo vivía mi vida de niña en una familia tipo en la ciudad de mis amores, hace unos cuantos años.

Lo recuerdo ahora porque estoy un poco alborotada.  En un artículo de un diario y con motivo del Día de la Madre, una mamá joven, consultada por el cronista ha dicho “que su abuela se quedaba en su casa fregando y atendiendo a su marido y a sus hijos, en plan de sacrificio y su madre creía en una postura feminista donde la mujer no tiene porqué someterse a un hombre, habiendo de algún modo postergado su vida como mujer por  haber sido madre”.  Y así, esta niña, con insolencia y atrevimiento, borraba de un plumazo todo un pasado de mujeres de otros tiempos que la daban entidad a sociedades de otros tiempos.

Estoy alborotada, yo, una enamorada de los tiempos modernos, que me agarro con las dos manos y hasta dónde puedo a todos los “cuchuflitos” tecnológicos que se me acercan, lo cual me hace la vida más ponderable;  y amo los adelantos de la medicina que me alargan la vida y me regalan calidad de vida;  que me siento a esperar el futuro, porque el futuro cada vez me parece más atractivo; que tengo un poco de penita porque me voy a perder muchas cosas de este siglo apasionante ¡a menos que viva ciento cuarenta años! , estoy alborotada, un poco enojada y muy combativa.

La sociedad en la que vivimos se ha acostumbrado a mirar sobre el hombro a los tiempos pasados y llevar agua a su molino como para que esto de la “relatividad” le resulte menos pesado y le haga creer que no hay época más sabia que la que estamos viviendo. Me parece a mí y creo que los historiadores y los filósofos y todos los sabios que saben mucho más que yo me aprobarían, que no se conoce una sociedad que se permita “juzgar” a las anteriores, con tanta liviandad y suficiencia, como la actual.  Usando cada vez un tema distinto, releyendo la historia para el lado que resulte práctico como para justificar todo lo que no están muy seguros de que estén haciendo bien.

¡De acuerdo!, esta época es fenomenal y no me hubiera gustado vivir en otra.  Pero, la felicidad y la alegría están, surgen, se viven y se disfrutan en cualquier momento de la vida personal y del mundo.  También la desgracia, el error en las elecciones, las crisis y los pecados, atraviesan el tejido de cada tiempo con toda impunidad y sin pedir permiso.  Sólo que me pregunto quién les ha hecho creer que las mujeres y las familias de esas mujeres tenían el destino parejo, lleno de frustraciones, de sacrificios, de dolores, de silencios y desprecios.  ¿De dónde sacaron que todo era un mundo gris, uniforme y aburrido donde no pasaban las cosas excitantes que vivimos ahora?  ¿En qué academia aprendieron que todo era represión en lo que respecta al sexo, al erotismo y que las mujeres no sabían gozar?  ¿Por qué necesitan creer todo eso?  ¿Será que el mundo actual las tiene asustadas porque hay algunas cosas que se les pierden en este vértigo general de hacer todo, vivir todo “como se debe” siempre que sea rápido, extravagante, confuso, atrevido, atemorizador y conflictivo?

Les quiero contar algo.  Durante el siglo XX había cosas que se vivían de otra manera.  Había más tiempo, porque no había televisión, ni Internet, ni teléfonos celulares, ¡gracias que había radio y teléfono!.  Las señoras “de su casa” hacían algunas cosas mientras escuchaban la novela de la tarde, cosas como planchar, cocinar, o coser.  Pero todavía les quedaban horas libres para juntarse con sus amigas para tomar el té, charlar o salir un rato a caminar.  No estaban cansadas, por eso a muchas les encantaba dormir la siesta con sus maridos que podían venir a casa al mediodía.  A las que no les gustaba la siesta no la dormían pretextando algún molesto dolor de cabeza.  Igual que ahora.  Aunque ahora las mujeres tenemos más dolores de cabeza porque corremos todo el día a velocidades increíbles y…tenemos menos ganas de dormir la siesta.  Las relaciones sexuales eran algo íntimo y privado y la imaginación se dejaba para los dos que lo vivían y lo gozaban.  Nunca una especie de competencia deportiva que termina siendo igual en todos los casos.  Cada uno elegía lo suyo y eso era lo de ellos.  Nadie les enseñaba desde una pantalla cómo, cuándo o cuánto se hacían las cosas.  Todo era exclusivo.

No había que llevar a los niños a ningún lado, porque casi todos los barrios eran seguros y ellos desde muy chicos disfrutaban de una libertad que ahora envidiamos los mayores.  Los niños iban a la maestra particular, a piano, a inglés y siempre sin que los padres gastaran nada de su tiempo en llevarlos, iban solos.  Por lo que los padres podían dormir la siesta con toda tranquilidad y las veces que querían.  Había mujeres que elegían una profesión o trabajaban por necesidad o por gusto.  Claro que viajaban más cómodas porque siempre alguien les cedía el asiento, llegaban muy a tiempo al trabajo o al consultorio y a media tarde  hasta les sobraba el rato de tomar una taza de té o un mate.  Nunca escuchaban una palabrota y sí alguna galantería.  Cuando los hijos crecían casi siempre encontraban con tiempo de empezar algún curso o iban al cine o al teatro a funciones tempranas.  Los fines de semana se salía, alguno sí y otro no.  Y siempre había tiempo para dormir la siesta que reconfortaba y revivía los primeros ardores de la vida.  Las esposas eran “mi señora” porque en la mayoría de los casos reinaban en el hogar.  Esto es así y es cierto.   Les gustaba alardear con la casa bonita, iban a la peluquería los viernes para estar bien el fin de semana.  No levantaban pesos porque los hombres eran muy hombres.  Charlaban a borbotones, se reían de algunas cosas y lloraban con otras.

Había frigidez y también temperamentos apasionados, igual que ahora.  Hombres guapos y otros no tanto.  Los había corteses y fieles y otros no tanto.  Pusilánimes y violentos.  Igual que ahora.  Había hombres y mujeres leales, y otros pecadores, igual que ahora.  Había llanto y alegrías, penas, sueños, emociones, desencantos, igual que ahora.  Pobreza y despilfarro.  Igual, igual que ahora.

Igual que ahora se necesitaba un lugar para estar a salvo.  Un lugar de refugio en el cual la mirada, el gesto, el silencio compasivo, la risa, la ternura, la pasión, la generosidad, la alegría, el amor, el dolor, el miedo y el arrepentimiento encontraran su medida de lo humano.  Un  lugar que albergara nuestras debilidades, la necesidad de ser amados sin explicaciones, las emociones, los sentimientos que nos dan todas las tonalidades del ser humano.

Se necesitaba un lugar confortable para vivir y compartir.  Un lugar amigable en el que pudiéramos hacer el ridículo y reírnos de ello y también uno para llorar a gritos cuando la vida se hacía implacable.  Un lugar con espacio suficiente como para poder bailar y jugar y aprender las cosas buenas de la vida.  Uno sagrado para poder rezar, vivir nuestros valores, nacer, buscar la trascendencia, y también, despedirnos de la vida con la gracia y la seguridad de aquellos que han sido bien amados.  Igual que ahora. Igual que ahora.

Dejemos de comparar porque en algunos casos salimos perdiendo y en otros somos ganadores pero, si creemos que esto es lo mejor del mundo, no vamos a aprender nada.

Aquellas mujeres y hombres ya vivieron sus felicidades y sus penas.  Ya no están pero su mundo fue para ellos el mejor de todos. Y lo fue.  Doy fe porque mi madre y mis abuelas y mis mayores me lo contaron.  Solo que ahora es distinto y también es el mejor de todos porque lo veo en mis hijos y en sus primos y en sus amigos.  Cada época tiene lo suyo, claro que las mujeres del siglo XX dormían con más frecuencia la siesta con sus maridos y eso las hacía muy felices.

Era otro mundo también maravilloso, en el cual también las víctimas elegían serlo y los amantes se amaban hasta la muerte.

¡Ah, me olvidaba…! Las mujeres del siglo XX  proclamaron con gran alegría y desparpajo el amor libre e invitaban a hacer el amor y no la guerra! ¡Qué mujeres! No tenían nada de sometidas.

¡Qué más les digo!

Que entremos a casa con el paso lento, saboreando cada lugarcito amado.  Dejemos afuera los ruidos descomunales de la calle y escuchemos el sonido del portón en el jardín, la cortina que se mueve con el viento, la risa del hijo que está creciendo, una silla que se movió en el comedor, el tintineo de los cubiertos cuando ponemos la mesa, el agua que corre, la voz de mamá.  Dejemos afuera el tiempo vertiginoso y disfrutemos del tiempo afortunado de estar con el otro, escuchar pacientemente, contar de a poco las mil y una anécdotas del día que ya vivimos.  Crucemos la mirada cómplice con todos y cada uno de estos seres que amamos tanto.   Tomemos la tarea de enseñarle a bailar el vals a la quinceañera que se nos hace mujer y preguntémosle a mamá quién es la señora que nos mira de la foto antigua con un sombrero pequeñito lleno de lentejuelas y aros de perlas que dormía muy contenta la siesta con su marido.  Escuchemos un rato de música que le guste a todos o que “toleren” todos.  Vamos a reírnos de lo que pasa y a provocar la risa cuando algo bueno no pasa.  Y al terminar el día, con la oración que aprendimos y enseñamos, démosle gracias a Dios de tener una familia que cada día nos hace más humanos.  Vivamos un poco como se hacía antes, cuando las mujeres dormían la siesta con sus maridos.

Olvidemos los esquemas alterados de tiempos pasados que parecen hechos por un niño caprichoso o un artista loco.  Miremos con amabilidad el pasado porque en él están todas las explicaciones de lo que somos ahora.

Dejemos relucir el canasto con los vidrios de colores primarios que, junto con un puñado de sueños, nos trajo un tío abuelo de Colombia.  La vida fue, es y será maravillosa.  La nuestra, la mejor.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

 

 

 

 

 

 

 

 

               

         

 

Hilachas que van tramando — La cadena nos engaña

10 Jun

La cadena nos engaña

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Mi padre tenía los ojos mansos y cautivantes.  Como todo lo que se refería a él una parte de su vida era la realidad, producto de una educación severa dentro de una familia grande;  y lo otro era su mundo personal en el cual todo era posible.  Él alternaba de uno al otro con el solo límite de sus deberes primero como hijo y luego como padre.  Sus ojos presumían de ser bien oscuros porque así nos engañaba con su aspecto español, tez blanca y pelo abundante negro y revuelto.  Pero, si uno lo miraba bien, sus ojos eran claros, mezcla de verde perdido en celeste y con un centro dorado.  Solamente había que mirarlo al sol y con determinación.  Eran ojos mansos y engañosos.  Como él.

Mi padre tenía una mezcla de importancia y atractivo para sus hijos y sus nietos.  Sabía canciones que nadie más sabía.  Se afeitaba cantando, sabía silbar y contar relatos que mezclaban todo, todo lo que el mundo podía ofrecer a esta riada de niños que lo seguíamos embelesados.  También tenía su mundo mágico entre las mujeres, pero esas eran historias que nunca contaba, solamente lo sospechábamos a medida que íbamos creciendo.

Lo que hacía mejor que nadie era enseñarnos a conocer el mundo desde el límite cotidiano.  Nunca se sabía por dónde iba a dispararse el sendero fino de la observación.  Pero podía encontrar la linterna mágica que nos mostraba la luna y sus sombras, sentados en la escalera angosta que llevaba a una terraza de malvones.  Era el primero que descubría el reflejo nuevo en un charco.  Y cómo puede pasar un camello por el ojo de una aguja.  Porque mi padre  nos enseñaba, más que nada, a usar la imaginación, abriendo espacio y tiempos eternos.  Nos llenaba el alma de relatos y, recién cuando fuimos grandes, nos dimos cuenta de que ésa era su forma de enseñarnos la vida desde otro lugar.

Y aprendimos.  Sí que aprendimos algunas cosas.  A veces lo recuerdo de improviso, descarto sus faltas y me regodeo compitiendo con él, que ya no está, para sacar provecho de lo que menos se piensa que puede aguardarnos desde el tumultuoso e inevitable mundo que me toca vivir.  Ahora, cuando los años han suavizado las pasiones y tengo más que los que tuvo él, puedo balancear lo que nos dio con lo que no podíamos esperar de él y todo está bien.

Pero también, como lo aprendimos de él, puedo divagar por caminos aparentes y perder y volver a encontrar el hilo de mis reflexiones, una y otra vez.  Hasta que aparece el tema y allá voy.

Era una mañana de domingo, mi padre estaba en la terraza, la de los malvones y las baldosas gastadas.  Yo estaba jugando en la escalera y oí que me llamaba.

Miré para arriba y lo vi medio inclinado sobre la pared.  En sus manos tenía una cadena brillante y una canasta.  Me dijo que iba a enseñarme algo que algún día me serviría para decidir cosas importantes.  Puse cara de interlocutor inteligente, cómplice de sus “bobadas” y aprendí, ¡vaya si aprendí!

Me pidió algunos de los juguetes de madera y los juntó en la canasta.  Después, mientras tatareaba como distraído, fue bajando lentamente la canasta hasta donde se lo permitió el largo de la cadena.  Izó lentamente ambas y con un pase mágico, que yo no advertí, cambió uno de los eslabones.  El nuevo eslabón era notablemente más chico y débil que el resto. Consecuencia, en cuanto largó otra vez la canasta, ésta se soltó y cayó estrepitosamente al suelo por el hueco de la escalera.  Grité, preocupada por mis juguetes y corrí para abajo seguida por mi padre que trataba de tranquilizarme.  Por suerte nada había sufrido daño porque él se había asegurado de que así fuera.  Ahora en el patio, en aquella mañana de invierno, me mostró el eslabón débil.

Y me dijo: “La cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil”.  “Todas las cadenas tienen la fuerza de su eslabón más débil”.  “No importa que tengas la más gruesa y fuerte del mundo.  Se romperá en ese eslabón y, entonces la cadena no servirá para nada”.

Lo entendí, juro que lo entendí.  Aunque en aquel momento no me di cuenta de lo importante que era ese concepto.

En las cosas materiales esto se comprueba fácilmente, saberlo hace la diferencia entre un artesano eficiente y un aprendiz torpe.  Conocer la naturaleza de la “cadena” de la música hace la diferencia, por ejemplo, entre Mozart y un niño de dos años que golpea un tambor.  Entre un profesional médico que enhebra los síntomas de su paciente y un falso médico que desconoce el valor de cada cosa.  Para levantar una torre mejor evaluamos cada eslabón de cada cadena.  Y así es fácil seguir una línea de pensamiento que nos guía a hacer las cosas bien.

Las verdaderas dificultades aparecen en otros dos casos.

El Tiempo.  Enhebrar el tiempo de nuestra vida juntando los eslabones de cada día y aprender a descubrir en qué momento elegimos el más débil que fue cuando faltamos a nuestra fortaleza para elegir con justicia, con claridad, con conocimiento, poniendo cada cosa en el lugar que corresponde.  No estamos hablando de culpas ni de responsabilidades, a veces elegimos sin fortaleza porque las circunstancias ajenas a nosotros nos arrastran.  El tiempo está hecho de eslabones que tratamos, desde nuestra débil naturaleza humana, de gobernar según nuestros intereses.  Veamos cuáles son los tiempos más débiles, ellos marcarán el resto.  El resto de nuestra vida con mayor o menor importancia, pero definitivamente el resto de nuestra vida.

Lo más difícil son las relaciones humanas.  Nos cuesta entender que siempre la cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil.  Y así tenemos una familia perfecta hasta que uno de los cónyuges se quiebra por sus propios fantasmas y todo se termina.  En nuestro trabajo vamos elaborando una tarea en equipo hasta que uno de nosotros no está a la altura de la exigencia y la cadena se quiebra.  Confiamos en una promesa que nos convoca a muchos, hasta que uno de ellos no consigue remontar sus propias debilidades y la cadena ha dejado de servir.  El ser más débil de una familia conflictiva adquiere una adicción y todos sufrimos.  Los jóvenes que se mezclan con quienes, además de corruptos, son más fuertes y sucumben al grupo.

La vida tiene esas cosas que nos sorprenden mal, que nos hieren y hieren a los demás sin que nadie  se lo proponga.

¿Qué hacemos?  Aprender a encontrar el eslabón débil de la cadena de la vida.

Observar, prevenir, hablarlo con quienes amamos.  Ponernos de acuerdo en que reforzaremos ese punto débil que llevaría todo al desastre.  Encadenar una sonrisa al trato cotidiano. Responder con sencillez y fuerza a la ira del otro y trabajar juntos para eliminar ese solo eslabón que lleva la relación hasta el nivel de quiebre.  En todos los casos reconocer, prevenir, reconocer, aceptar nuestras debilidades, reconocer.

Darse cuenta

Vuelvo a mi padre.  Un hombre lleno de debilidades que tenía los ojos mansos y cautivantes, le sonrío, lo guardo entre mis recuerdos más afortunados.  Lo sigo queriendo.  Y trato de que la cadena de mi canasta tenga todos sus eslabones en orden.  Claro, yo sola no puedo, necesito a los otros.  Ése es el eslabón más fuerte en la vida.  Los otros.  Sin ellos todos los eslabones son débiles.  Los otros.

Bajo la escalera que me llevaba a la terraza de los malvones y me voy,  peripuesta como una niña sabia, a vivir otro día de mi vida.

LA JUSTICIA PRIMERO.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

25 May

Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía dormir la siesta, tirarme a leer en el jardín y hasta saborear una cervecita bien helada antes de la hora de preparar la cena.  Leía la mayor parte del tiempo, en el club y en la casa.  Febrero era un puente mágico entre la vertiginosa y caótica vida de las “vacaciones” y la vuelta a la escuela, los cursos, las reuniones de padres, las vacunas, las tareas, los domingos de convivencia, la vida de relación  y mi trabajo.  Febrero era risueño, tranquilo, permisivo, amigable y ¡corto!

Hoy es noche de luna llena, salgo al jardín y revivo aquellos años, me acerco a la medianera para sentir el perfume de mi madreselva.  Recuerdo que conocí esta casa cuando era muy, muy joven y acabábamos de llegar de vivir en el extranjero.  Vinimos, por primera vez, de noche y, en cuanto salí al jardín, me estalló el perfume de esa madreselva.  No vi más nada, le dije a mi amigo:

“Si me querés de verdad, comprás esta casa o te robás la madreselva”.  Compró la casa donde ahora, una noche de luna llena, estoy reviviendo las maravillas que la vida hizo con mi vida.  Me siento en el suelo, apoyo mi espalda contra el tronco y decido prestarle tiempo a mi tiempo.  No fueron todas alegrías, no.  Hubo enfermedades, dolores, muertes injustas, más injustas que otras muertes.  Abandonos, traiciones.  Problemas.  Lejanías.  Todo tipo de pérdidas.  Pero hoy revivo las maravillas que la vida hizo con mi vida.

Como un plumazo se van olvidando los malos momentos y me queda una increíble luminosidad que recién ahora, en este momento de mi vida, encuentro.

“El Tiempo vuela” “La vida se pasa rapidísimo” “Parece que fue ayer” «Hemos gastado el Tiempo”.

Esta noche de luna llena me tiro de espaldas en el jardín y miro el cielo.  Y entiendo que, en realidad, le he prestado al tiempo toda mi vida que quiero recuperar.  Pensando para atrás le pido que me lo devuelva, pedirle tiempo al Tiempo es recomponer todos los pedacitos de uno que se quedaron en el camino.  Otra vez armar el rompecabezas. Recuperar quién fui, para quien soy hoy.

El pasto está brillante y se oye algún grillo enamorado.  Recuerdo para atrás, con impresiones y emociones. El gusto del helado en las siestas del barrio.  Las bajadas en bicicleta por la calle en desnivel, a todo lo que da y soltando el manubrio. La voz de mi madre llamándome a comer.  La escuela, el frío de la escarcha, el Alta en el cielo y la escarapela.  El tren llegando a la estación.  La pileta y los deberes. Los amigos. El club. El primer beso. El amor que vino y se fue cuando clamábamos porque fuera eterno y teníamos quince años!!  El vestido con la espalda desnuda. Los boleros. Yo volando por el aire mientras disputábamos un concurso de rock!  Las madrugadas para estudiar.  El terror en los finales.  El amanecer entre amigos y mirando el mar.  Los “happenings”.  El primer trabajo. El trajecito de corderoy azul.  El amigo que se transformó en el amor y que siempre fue mi amigo. La Iglesia. La promesa y el primer hogar.  Aprender a manejar.  El amor al galope.  Los hijos. Lo mejor de todo, los hijos.  El susto y lo desconocido, los partos, las batitas, los llantos, las sonrisas que enamoran. La maravilla de los hijos.  Las noches sin dormir.  El cansancio. La luz en el pasillo. Ellos creciendo. Los viajes. El traslado.  Los miedos a lo desconocido. Los años de viajar. La vuelta. Los miedos más reconocidos. Los hijos que se iban yendo y volvían despacito pero nunca del todo.  Mi amigo y yo.  Mis libros. Mi trabajo y mi entusiasmo. El resto de mi familia y los otros amigos del alma.  Todo lo que vivimos con ellos.  Y sigo y sigo.  Mi tiempo no se gastó, lo he acumulado. Recién ahora me doy cuenta.  Vuelvo a ser quien fui desde el principio.  Todo está acá.  Nada se ha perdido y nada se perderá.  En el universo callado de esa luna enorme me reencuentro. Tengo 5, 15,  30 años y tengo 50 y todos los más de 50 que tengo ahora y puedo bailar en el jardín, con una armonía y una gracia que me han dado los años y el tiempo que le volví a robar al Tiempo.  Basta repensarme, y así entender que nunca me fui de mí.  Que trato de ser mejor porque eso es lo que me enseñaron de niña pero siempre soy la misma.  ¡Quién me puede decir que el Tiempo ha pasado si una bella noche de luna me lo trae de vuelta!  Y yo, que ahora soy  una abuela sabia, lo recibo con una sonrisa maliciosa.  Porque lo estaba esperando y me lo quedo.  Todo está acá.  Todo está con nosotros desde el día que nacemos.  Todo vuelve con nuestra sola voluntad siempre que tengamos la perseverancia de recorrer algunos caminos interiores, cerrar los ojos y recuperar los olores, los sonidos y los amores que tuvimos siempre.  Y me apodero de mi Tiempo, para siempre.  Majestuosa como una reina y convencida, categórica, alegre.

Cuando la luna se va a dormir yo vuelvo al cuarto. Me meto despacito en la cama tibia. Beso a mi amigo que sueña sus propios sueños.

Y me voy durmiendo de a poco.  Acabo de conocer mi libertad.  Ya está todo dicho. ¡Cuántas maravillas la vida hace con la vida!

Cuando a la mañana siguiente, saboreando una buena taza de café mi amigo me pregunta “¿Qué te pasa?” Le digo, misteriosa, “Me pasa todo.  Por suerte me pasa todo”.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – De Rebote

23 May

De Rebote

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“Es una tarde con el cielo muy azul.  Se oye el rebote de las pelotas en la cancha de tenis.  Ha venido el vicario a tomar el té.  Nunca olvides este día porque, tal vez, no volverás a vivir otro igual”.

Hace muchos años, más de los que querría, era la hora de la siesta pesada, pegajosa y aburrida, yo era una adolescente inquieta y preguntona y me decidí a leer un libro que había encontrado en la biblioteca de una amiga de mamá.  Libro para mayores, serio, profundo y distinto.  La novela se llamaba, en castellano “Nunca olvides este día”.

Ahora aprecio el talento de aquel escritor del cual no registro el nombre, tampoco la frase es textual pero me sigue impresionando la imagen- sonido de las “pelotas rebotando en la cancha de tenis”.   No había nada mejor para meternos en una época  lenta, cortés y novelera.  Hablar de un mundo gentil,  lleno de símbolos de buena vida.  Aroma de té delicioso, el eco lejano del partido y las risas educadas de personajes vestidos de riguroso blanco, que solían aplaudir los triunfos del contrario.  Todo en cámara lenta.  Todo de un tiempo lejano que no era el mío pero que, increíblemente, añoro.

En el tiempo presente, mucho más vertiginoso y acuciante,  me vuelve a la cabeza el concepto de “rebote”.

“Rebote: Rechazo, resistencia de un cuerpo al otro, haciéndolo retroceder- De rechazo- De resultas.  Acción de un cuerpo elástico al que otro lo choca- De resultas de…”

Afuera hace frío, es una mañana gris.  Me dispongo a evaluar esta desazón que me va invadiendo y escribo.  Todos vamos por la vida “rebotando”.  Oponemos fuerzas contrarias al accionar de los otros.  Negativas y positivas, es la única manera de vivir porque todos estamos en este mundo y necesitamos unos de los otros.  Necesitamos unos de los otros.  A veces, digo a veces porque la vida es bastante autoritaria en algunas cosas, podemos elegir a quienes tendremos cerca de nosotros.  Pero, fuera de unas privilegiadas elecciones, vamos encontrando caminos cruzados a cada paso.  Giros de personas y momentos, que constituyen la vida.  Y “rebotamos”.  Bien y mal.

Para rebotar se necesita primero un hecho que producirá toda una cadena de consecuencias; el detonante, el original.  El que desatará todos los otros.  El hecho que, nos cuesta reconocer, será  el “culpable” de la reacción del otro. Vamos de las acciones importantísimas en la vida, de lo vital y lo que clasifica para siempre, hasta el pequeño gesto de cortesía de dejar pasar al otro cuando el espacio es pequeño e insuficiente.

Hay muchos matices en esto de “rebotar”.  Primero la capacidad de reconocer que el hecho disparador es el que origina todo y que ha dependido de mí, de mi decisión, de mi voluntad; a veces de mi generosidad , otras de mi tozudez o de mis errores.  Todas, todas las emociones y los sentimientos que tenemos por el solo hecho de ser humanos, frágiles y pecadores.  Allí empieza todo.

Y ¿cómo puedo medir la reacción del otro?  No puedo.  Por mucho que lo conozca, el otro tiene circunstancias, motivos, realidades, dolores, proyectos, estímulos, cansancios, alegrías, momentos y deseos que escapan a mi percepción, y yo también.  No vale el conocimiento cuando, en algunos casos, el otro aparece como un desconocido que pelea por el “rebote”.

Y sigue el hecho de que, con el mismo disparador, cada persona reacciona en forma distinta.  Por lo mismo, porque todos somos uno e irrepetible, sentimos los mismos dolores pero que parecen diferentes y los mismos goces que lo son.  Todos vivimos el momento de manera diferente, todos queremos que nos quieran pero los matices nos delatan.  Todos “rebotamos” de una manera diferente.

Ya tenemos primero un hecho del que somos autores y, enseguida,  una reacción que no esperábamos.  Distinta cada vez, aún dentro de la posibilidad de que conocemos al otro hasta poder vislumbrar alguna respuesta.  Pero “sabemos lo que hacemos y lo que sentimos pero no sabemos, acabadamente, cómo va a reaccionar el otro”.  Y el otro es el “prójimo”, el más cercano en esta riada de acontecimientos que van clasificando cada acción.

Nuestra expectativa es siempre distinta.  Lo mismo, en otro momento, es distinto.  De pronto el enojo ha conseguido un gesto conciliador del otro y nos sentimos avergonzados y confortados al mismo tiempo.  De pronto solamente hemos querido hacer un comentario y la reacción ha sido devastadora.  Y no estoy hablando solamente de parejas.  Estoy hablando de todas las relaciones humanas.  Estoy hablando de aquella chiquilina que me cedió el asiento en el bus y a quien le agradecí el gesto como una esperanza y me dolió la realidad de que ya estoy para que me den el asiento!!!   Y de la madre que discute con su hijo y los hermanos entre sí, los amigos, los compañeros de trabajo.  El intrincado tejido de las relaciones humanas que nos atrapan aún cuando nos salvan de la soledad.

Hay un infinito camino de “rebotes”.  Desde la sonrisa de un bebe cuando se asoma su madre a la cuna hasta una declaración de guerra de fanáticos religiosos.  Siempre un hecho primero, un receptor que responde, una cadena de acontecimientos cotidianos o de los otros que producen el cambio total del universo.  Basta que una mariposa aletee en esta parte del mundo para que suceda un terremoto en la otra orilla.  Es más fácil pensar antes de actuar a sufrir el “rebote” inesperado.  Es más fácil ponerse de acuerdo entre quienes nos amamos para que nada de lo que hacemos produzca en ellos y en nosotros el “rebote” desmesurado, el que duele, el que no comprende. Es más fácil hacerse cargo del hecho propio y prepararse para un “rebote”  correcto.  El que empieza es el disparador de lo que sigue.  Ser valiente es actuar según debemos y según  sentimos y saber que debemos soportar las consecuencias.

Y cuando debemos actuar, en el terreno de las cosas importantes, sacamos de la manga las tres preguntas cortitas y sabias:

“¿Puedo hacerlo?”

“¿Quiero hacerlo?”

“¿Debo hacerlo?”

Contemos con un silencio, una sonrisa a tiempo, un argumento justo y fuerte, un pedido de mesura.  Un “te quiero mucho”.  La falta de malicia.  La introspección para descubrir los verdaderos propósitos de lo que digo y hago. Y una esperanza cierta: El amor es lo que más rebota”.

Se van apagando las luces de afuera, mi lámpara del escritorio llena de calidez el cuarto.  Estoy divagando con esto de los rebotes.  Y me suena bien.

Sin cerrar los ojos converso con el Vicario que vino a la casa con el parque inmenso y florido.  Miro el cielo azul y oigo el rebote de las pelotas en la cancha de tenis.  Voy a vivir bien este día porque nunca tendré otro igual.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Si me necesitas, te poseo

19 May

Si me necesitas, te poseo

chimenea prendida

Cumbre, antología  de los sentimientos humanos, golpe certero en el centro de nuestra vanidad.

Necesidad: “Aquello a lo que es imposible sustraerse, faltar o resistir.  Impulso también irresistible por el cual se dirigen todas las causas precisas e infalibles en un sentido determinado y no otro.”

Quiere decir que si me necesitas, me he convertido en el punto inevitable de  tu vida.  Un punto en el cual convergen todas tus emociones y tus esfuerzos.

¡Y creemos que eso es amar!  No, la necesidad es una parte del amor, no es el amor.

Ya que  esa necesidad es precisa, forzosa e inevitable no puede menos que ser y suceder y seguir sucediendo, según sea más o menos lo que guardas de dignidad.  Has perdido tu libertad.  Y el otro la suya.  Uno está atado a su deseo de rogar, a su trabajoso oficio de hacerse indispensable para tu vida, el otro a la pena de no poder conmoverse, de no sentir la emoción.

Palabras, palabras que me salen y voy repitiendo cuando voy hacia la casa del campo.  En el paisaje triste de una pampa interminable me acuerdo de ellos y se va colando una dependencia de la otra. Lo diferente es que uno la ha elegido y el otro la padece!

Es un matrimonio de amigos queridos, de toda la vida, pero puede pasarle a  cualquiera.

Empiezan a verse las colinas suaves de las últimas estribaciones de las sierras.  A lo lejos está dibujada en sus crestas la figura del indio durmiendo.  Detengo la marcha en un pequeño bosquecillo de tres árboles.  Me acomodo en el suelo, apoyo mi espalda en la superficie rugosa del eucalipto y me dejo llevar.

Lo primero que se me viene a la cabeza es aquella frase repetida hasta el cansancio de una abuela presente y tan sabia como las colinas de Jerusalem, “El amor no se compra, no se gana. El amor es gratuito”

Todos los amores son gratuitos.  El de Dios.  El del padre y de sus  hijos.  El de los amigos y el amor a la patria.  El mío y el tuyo.  Todos.

Todos se aceptan, se disfrutan y se agradecen.  Ninguno se posee,

¡cuántas guerras se hubieran evitado en el ámbito de las relaciones humanas si lo entendiéramos desde el principio!  Podemos hacernos merecedores de un amor.   Agradecerlo y nutrirlo con nuestra ternura.  No podemos crearlo para nosotros.  No podemos exigirlo, aferrarlo, ni siquiera pedirlo con nuestro mejor talento.

Hay que amar y que la libertad haga lo suyo.

En el caso de los hijos, el amor nace naturalmente cuando ellos nacen y se queda en nosotros para siempre.  No deberíamos tener que pedir el amor de nuestros padres, es parte inherente a la relación filial.  Digamos que si ese amor no existiera, parecería que no existe el sujeto padre.

El amor de los amigos es generoso. Se siente, se elige y se comparte.  No tiene intereses extraños.

El de los amantes es aleatorio y aparece sin razones, y sin razones debe permanecer.  No se ama porque se necesita, o porque se desea.  Se necesita y se desea porque se ama.  Lo que tenga que ver con la admiración o el respeto no tiene nada que ver con el amor.  Lo engrandece, le da sustento, pero no puede crearlo.  ¡No puede crearlo!

Somos iguales.  Nos amamos. Nos necesitamos sin desniveles y en cuanto el equilibrio se quiebra aprenderemos a reconocer, detrás de cada palabra áspera, de cada gesto airado, de una ausencia que se siente categórica, la injusticia de un amor desparejo.

Podrías ser el amante de las noches más recordadas, el hijo que ya está encaminado o la amiga fiel de la adolescencia.  El amor no es una finalidad en sí mismo, está encadenado a quien uno ama.  Si no existe aquél a quien deberíamos amar, el amor no existe.  Se ama, sin proponérselo uno, a quien se ama.  No se puede comprar ni exigir.  No se puede robar, no se puede usar; se siente y termina en sí mismo.  Lo que cambia es decidir qué hacemos con ese amor.

Amar y que la libertad haga lo suyo porque es inherente al otro, le pertenece, lo deja tranquilo; es más apreciable la libertad que el amor.  Puede existir sin él, con lo que tiene de soledad a ultranza, puede existir sin él.  Pero no hay amor que sobreviva a la falta de libertad.

Si me necesitas te poseo.

Lo vi llorar por el abandono.  Pasó del dolor al enojo.  Dejó pedazos de su vida en el pasado y perdió su propia sombra.  Volvía una y otra vez a las mismas preguntas.  Le decíamos  “Mejor que no vuelva. Es una historia terminada, seguí con tu vida”.  Ella empezó a pintar, se ocupaba de sus hijos, tenía el pelo lleno de rulos y de color rojizo oscuro.  Y cuando le pregunté cómo le iba, se sonrió, inclinó un poco la cabeza y me dijo: “Sola, pero entera”.

No hubo tiempo anterior de reflexión.  Uno había creído que el amor era seguro y adquirido y merecido.  La otra se había dejado querer a medio tono hasta que encontró el camino de vuelta a sí misma.  ¡Qué desdicha!

Han pasado unos años, los recordé en este viaje que hago sola.  Me esperan otros amigos y mi amigo que pudo viajar antes.

Me lo propongo y me lo digo en voz alta, como si fuera la loca de la colina,

“El amor es gratuito, ¡pero que me dure toda la vida!”

No sé por qué me acordé hoy de esa historia.  Será que es el primer día muy frío del año, que ya hay leños en la estufa, que se hizo de noche y ¡que estoy aferrada a todos mis amores con la fuerza de un león y la perseverancia de una hormiga!

PRIMERO LA JUSTICIA.  

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – Las cosas sin importancia

24 Abr

                     Las cosas sin importancia

Recursos de mujeres en tardes de nostalgia. Así podría llamar a las ocasiones, una vez o dos por año,  en las cuales nos reunimos un grupo de mujeres a tomar el té en el lugar que más nos gusta. Un hotel de los más tradicionales de mi ciudad, que ha sido restaurado  hasta el último detalle y que ofrece un servicio de aquellos.

Lo primero que me asombra es que de pronto, como si se agitara una campanita de orden, empezamos a llamarnos sin ton ni son, todas con la misma inquietud. Hace mucho que no lo hacemos, tenemos ganas de sentarnos a charlar y que nos atiendan.

Por una tarde me quiero sentir como una reina.

Allá vamos. Es un día especial, me visto con ropa de señora que toma el té con sus amigas, una tarde de otoño.  La Avenida tiene una subida que se completa con las escaleras a la entrada. Los coches se dejan en una media rotonda al revés que se engalana con pisos de mármoles oscuros, alfombra y arañas antiguas. Un caballero andante vestido de bedel, joven, sonriente y educado nos lleva el coche como si susurrara. Ya empiezo a ser una reina.

Pasillos que parecen salones; hay salones inmensos que se continúan; espejos, arreglos florales, una mesa en la que se cuida hasta el último detalle con las tazas y platos de la mejor porcelana, los cubiertos pesados y brillantes y las bandejas escalonadas que rematan en un anillo florido para que las pasemos de una a otra y nos sirvamos las delicias  que se nos ofrecen. Tarde de té que nos marea con la cantidad de variaciones de gustos y aromas. Poco acostumbradas, no sabemos casi elegir y lo hacemos al azar porque son todos riquísimos. Pruebo uno de aroma a flores sureñas.

Me voy despegando de la charla y se me ocurre seguir con la mirada los arabescos de la claraboya art decó de color verde francés, esa mezcla entre verde pálido y celeste, que remata el jardín de invierno.

Podría decirse que estoy en estado de felicidad y, en este caso, provocado por  estas cosas sin importancia real. Se me ocurre preguntarme cuántas cosas sin importancia hacen a la felicidad de las personas. En un alarde de conexiones hago una lista imaginaria de las cosas según sean importantes o no.

Un poco contagiadas por el ambiente mis amigas han bajado el tono de voz, inadvertidamente usan un lenguaje muy decoroso y se sonríen con toda generosidad.  Las miro, las veo felices en el tiempo fugaz de una tarde impecable y pienso en la importancia de las cosas sin importancia.

Los seres humanos somos una viva paradoja a la hora de tocar algunos temas. Por ejemplo, sabemos que nuestra relación de unos con otros está basada en cosas tan trascendentales como el amor, el compromiso, la fidelidad, el sacrificio, la dedicación, la entrega y la perseverancia.

Sin embargo, todo ello tan importante lo vivimos y lo comunicamos diariamente a través de gestos y actitudes sencillas y cotidianas, de a una y sin importancia aparente, que forman la trama sobre la cual vamos dibujando nuestra vida.  Hay algo singular, en estas experiencias con los seres que amamos, en este caso de nuestra familia, especialmente entre los esposos,  solemos dar por descontado que gozamos de tales bienes.

Pero entonces, porque somos humanos, débiles y falibles y distraídos, perdemos la atención debida y empezamos a descuidar las cosas cotidianas, las que son “cosas sin importancia” que, si pensamos detenidamente en ello, resultan los engranajes de la comunicación mediante la cual los otros saben de mí y yo de los otros; por los cuales los otros y yo sabemos que nos amamos; que nos interesa, recíprocamente, lo que nos pasa..

A las limitaciones básicas de los sentidos se acoplan las realidades externas e internas de la vida moderna; el cansancio, las preocupaciones, los problemas, el tiempo que no alcanza y tantas otras circunstancias que alteran, perjudicando nuestra convivencia.  Es así como nos olvidamos lo importante que son las cosas sin importancia. Entonces es, justamente, cuando me olvido de decir cuánto te quiero, me olvido de sonreír, de escuchar, de aprobar lo que haces, de reír, de abrazar, de emocionarme.

Diría la abuela que me olvido hasta de lo más pequeño, lo que ella llamaba “las palabras mágicas: Permiso,  por favor, perdón, gracias, lo siento, buenos días, hasta mañana, que descanses…”  Las pequeñas y sabrosas palabras mágicas que forman el más eficiente engranaje de relación amistosa que tenemos.  Las que, inadvertidamente, formarán parte de nuestra comunicación cotidiana. Las que nos hacen más personas.

Nuestros actos nunca son neutros, siempre expresan nuestras emociones y nuestros sentimientos. Nos comunicamos por las palabras,  por el tono y el volumen, por el ritmo y la intensidad de la voz; también por los gestos, por la postura corporal, por la mirada. Y lo hacemos todos los días de nuestra vida, sólo es cuestión de prestar atención a lo que hacemos.

Debo escuchar para comprender, no para contestar, y menos para contestar airadamente.  Debo prestar atención a las emociones de los otros y a sus sentimientos, soy el espejo de ellos. Debo tratar de descubrir sus necesidades sencillas, las que les hagan la vida más confortable y placentera. Si soy el primero que llega me toca preparar una buena comida, la casa tibia, una sonrisa de bienvenida. Si soy el último, el asombro renovado del reencuentro, el agradecimiento, después la ayuda.  Todo eso es la actitud,  ni más ni menos que la relación entre el ser y la manera de ser. Mostremos a los que amamos lo mejor de nosotros mismos y esperemos de ellos lo mismo.  Démosle importancia a las cosas aparentemente sin importancia que forman la trama de nuestra vida cotidiana.

En todos estos años, trabajando con los temas de familia, he conocido matrimonios que se terminaron y relaciones familiares que quedaron mal heridas. Las que más me dolieron, sin ninguna duda, fueron aquellas en las que, aparentemente no había un motivo importante y categórico para tal fracaso. “Se habían dejado de amar”, “No estaban cómodos juntos”, “Estaban aburridos”,  “Se trataban mal”, “No tenían diálogo”  eran algunas expresiones que querían explicar lo inexplicable.  Ninguno se acordaba el momento en que todo había empezado.  Sencillamente un día habían empezado a tratarse mal y no se habían dado cuenta. Seguramente fue el día en que no le dieron importancia a las cosas sin importancia.

El primer fruto del amor es la alegría, y  la alegría se educa, la alegría se enseña y se aprende, se copia, se expresa, se transmite. Tal aprendizaje siempre es a través de lo cotidiano.  La alegría busca el asombro renovado de una vida feliz en la familia, con los amigos, con los colegas. La alegría pone de manifiesto lo importante, es un homenaje a aquellos que amamos. La alegría es mirar con cariño, como una caricia de lejos. La alegría separa los tiempos  de dolor, que nunca elegimos,  de los otros tiempos que sí hemos decidido elegir y nos da fuerzas para tolerarlos o para disfrutarlos según corresponda.  Cuando transitamos tiempos en los cuales  no hay dolor apelemos a la alegría, expresada,  proclamada y reconocida en las pequeñas cosas sin importancia de todos los días.

El amor es ingenioso, gozar es parte del compromiso con los demás, hacer saber a quienes amamos cuánto los amamos nos hace inolvidables.

En mi tarde de té ha llegado la hora del poniente. En este lugar se vive por la luz dorada que se cuela por la claraboya del patio lleno de plantas, rebota en brillos caprichosos y se va acostando en la sonrisa de cada una de nosotras, mis amigas y yo.

Brindo por ellas y por mí.  Les digo: ¡Gracias!

Hilachas que van tramando – La Comunicación en el Matrimonio

21 Abr

La Comunicación en el Matrimonio

Sábado de sol radiante. Estoy tratando de ordenar los papeles, los libros y mi escritorio.  Me cuesta recuperar la rutina del trabajo porque todo este tiempo hemos vivido en algo así como un mundo paralelo, desprolijo e imprevisible. Me asomo a la ventana y los dos rosales de rosas diminutas que suelen adornar mi casa, están casi ocultos por la montaña de cosas que se siguen secando y, sin embargo, tienen pimpollos. Pequeños estallidos de rojo y rosa fuerte. Todo va volviendo a la normalidad.  Renuevo mi  tarea y entre los papeles encuentro un artículo que había escrito hace algunos años para una revista.  Me animo y lo publico porque, a veces,  los tiempos difíciles alteran las relaciones y viene muy bien una reflexión al respecto. ¡A mí me viene muy bien reaprender lo que alguna vez creí que sabía de memoria!

Nuestras flores- Rojas Nov 2007,  rosas, abril 2008 008

Siglo XXI, la maraña de comunicaciones que nos ayudan y nos acechan, nos hace pensar en una calesita vertiginosa en la cual buena parte de la población gira y gira. Algunos, sobre todo los más jóvenes, disfrutan enormemente este festival. Lo fantástico es que pueden sentir, al unísono y con todos los colores posibles la seducción de un mundo, aparentemente a su disposición;  lo dramático es que no se den cuenta de que esa misma algarabía les puede llevar la vida entera para dejarlos vacíos de contenido en cuanto algo trascendente los deje en cuclillas y desnudos, como hemos nacido todos y cada uno de nosotros. Y que esa algarabía no es la vida entera.

Los mayores repasan laboriosamente todos los circuitos de su propia formación. Prueban, encuentran y festejan hasta que un nuevo dispositivo los  vuelve a poner en la franja más ceñida de su humanidad y  aparece la ansiedad de volver a lo más sencillo. Pero todos estamos embarcados en este Siglo XXI, maravilloso, insolente, impetuoso, precipitado y genial.  Es, sin duda, el comienzo de una “nueva Edad”.  No sabemos para donde se dispara pero sí sabemos que es inevitable y dramáticamente atractivo,  que se mueve a velocidades inimaginables y que es lo que tenemos.

Sólo cabe diferenciar entre: “La edad de las Comunicaciones” y “La edad de la Comunicación”

No hay ninguna duda cuando hablamos acerca de las comunicaciones, el avance impresionante de la técnica y de las ciencias ha conseguido que todos los rincones del mundo puedan comunicarse, completa y simultáneamente, en lapsos de tiempo que provocarían vértigo a los hombres que vivieron hasta cincuenta años antes del final del milenio. El tema que hoy, sin embargo, nos ocupa  y nos preocupa es el de la comunicación.

El cruzamiento de las comunicaciones múltiples y simultáneas ha enriquecido a la sociedad en general, traduciéndose en lo que llamamos “la globalización de la cultura”.  Tal efecto ha traído inimaginables consecuencias en todo el mundo, desde la caída del Muro de Berlín,  hasta la difusión de los más insignificantes detalles de estilo en la moda que uniforma a los adolescentes de todo el planeta. No hay duda de que la  difusión y mezcla de todos los opuestos, diferentes y exclusivos ámbitos de cada cultura, enriquecen al todo.  Se produce sin embargo y como efecto negativo, una especie de aceptación pasiva de estereotipos de conductas y actitudes que  confunde las relaciones entre los seres humanos y corta, como efecto inmediato, la comunicación que debe nacer del conocimiento de la realidad y el esfuerzo personal de todos y cada uno. Se dan por descontadas muchas cosas que nos han sido incorporadas desde esa fiebre de “clasificar”, “unificar”, “desprejuiciar”, “generalizar”, “uniformar”, “definir” , desconociendo que en el plano de las relaciones personales, cada ser humano es único y especial, lo que transforma a la comunicación directa y personal con aquellos que amamos en la manera natural de vivir.

La comunicación entre los seres humanos es parte de su naturaleza, porque el hombre no puede vivir solo, se relaciona con sus semejantes de todas las maneras posibles y en ello consiste su “humanidad”.

Dos son los casos en que las relaciones humanas responden a la pura voluntad de los que las establecen: la amistad y el matrimonio. De los dos, el matrimonio, por su naturaleza, hasta puede conllevar algunas características de la amistad, que se va estableciendo entre los cónyuges a lo largo de la vida.

En lo que se refiere al tema de la comunicación en el matrimonio es conveniente aclarar primero algunos puntos con referencia a la institución matrimonial. El matrimonio además de ser la piedra fundacional de toda la estructura social desde el fondo de la historia del hombre, es un proyecto que nace entre dos seres que se atraen mutuamente, tienen una ilusión amorosa y la intención y el deseo de ser felices, pero no es sólo eso. El matrimonio es una institución natural, social y a veces religiosa, con fines específicos, entre los que se encuentran la vida comunitaria, la “ayuda mutua” y la procreación de los hijos.  Dentro del matrimonio los cónyuges deben “ayudarse” en la tarea de perfeccionarse, educarse mutuamente y realizar lo  mejor que tengan de sí mismos. El matrimonio no asegura por sí la felicidad ni el perfeccionamiento de los cónyuges, ellos deben ir a él con determinada voluntad y disposición. Para estos fines es imprescindible la “comunicación” entre los esposos. Para poder comunicarse con otro es necesario, ante todo, un conocimiento personal y completo sobre uno mismo y la intencionalidad de “conocer” y “darse a conocer” recíproca. De tal conocimiento nace una aceptación de la persona amada y elegida para compartir la vida. Y la voluntad de “escuchar” a esa persona durante toda la vida que se comparta.

Dar, Recibir, Hablar y Hacer  son los ejes que marcan las líneas de toda relación entre cónyuges. Para que ellos se conformen adecuadamente se necesitan tres condiciones:

  • Conocimiento de la realidad existente del otro,  saber ponerse en su lugar sin perder la objetividad
  • Aprecio del otro en una única dimensión, con toda su carga de cosas positivas y negativas, reconociendo su valor y demostrándolo
  • Congruencia en la integración funcional de uno con otro, de tal modo que tengan una experiencia común total, un reconocimiento de la situación que viven y una comunicación abierta para que actúen siempre de acuerdo con lo que realmente sienten y piensan

La comunicación tiene un sustento indispensable que se refiere a los valores que los cónyuges comparten en forma expresa y también implícita, en la forma de vida que eligen para su proyecto familiar. Y también tiene una “historia” que se hace de privilegiar los buenos recuerdos en las malas épocas. Se desarrolla de una manera formal en momentos especiales de la vida conyugal y familiar; y de una manera espontánea en los momentos normales de la vida cotidiana que, por otra parte, son los habituales en los que se nota la “buena comunicación” de los cónyuges. Una buena comunicación es parte del amor incondicional que le da a las personas la seguridad que todos necesitamos para ser felices.

El lenguaje para una buena o mala comunicación será el adecuado a cada pareja, que lo elegirá, único e irrepetible, como lo es ella misma. Estará hecho de gestos cotidianos, de palabras, que nunca son neutras dentro del matrimonio, de matices en las voces, de decisiones tomadas para complacer y ayudar o para mortificar al otro;  de miradas que alientan y que curan o de las otras;  de silencios elocuentes. Sobre todo será, según el caso,  una confirmación constante del amor o del desamor que siente uno por el otro, y del proyecto de felicidad o fracaso común y recíproco.

Las mujeres tienen mayor predisposición para comunicarse, a ellas les resulta más fácil hablar de  lo que sienten, están más abiertas a las confidencias y privilegian las situaciones románticas. El hombre tiene mayor inclinación a hablar de cosas concretas, no suele resultarle fácil hablar de lo que le pasa y a veces le cuesta manifestar sus sentimientos. Pero ambos pueden hacer una buena tarea para complementarse en la eficiencia de su comunicación mutua.

La posibilidad de comunicarse no es un don que se  recibe en forma gratuita. Requiere una intencionalidad, un esfuerzo diario y un abandono de uno mismo para ayudar al otro en su perfeccionamiento y su felicidad. Es bueno que se le haga saber a todos aquellos que van a formar un matrimonio que como todo lo que “vale”, no es fácil y “cuesta mucho”.

Sólo el ser humano goza de las capacidades de conocerse, amarse y comunicarse. El matrimonio es conocerse y amarse, la comunicación lo hace posible.

He cumplido con una parte de mis tareas. Me voy al jardín para cortar algunas rosas con las cuales adornar mi escritorio. Vamos volviendo a la normalidad.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – El gran invento de Dios

25 Mar

El gran invento de Dios

La casa estaba al fondo de un camino de ripio, después de atravesar unas rejas enormes que más parecían un tendido de encajes con bastones altísimos y rosetas arriba.  Enfrente de ella un terreno de pedregullo muy grande, rodeado de una doble hilera de cipreses.  Se adivinaba, atrás de la casa un jardín con suaves desniveles que acompañaban las lomas del terreno. Digo se adivinaban porque no se veían, pero la casa, magnífica, merecía ese jardín oculto, la barranca y el arroyo. Y, los que llegábamos a ella, lo creíamos.

A los costados de la casa salían dos cercos de ligustre que marcaban en forma categórica la diferencia entre los dos lugares, el suelo árido grisáceo del frente y el parque con fuentes, flores y estatuas de Dianas cazadoras tan caras a los italianos y tan sugerentes para nosotros.villa italiana

La casa, enorme, rectangular, simétrica, con ventanas altas e interminables que se repetían  en las dos plantas, estaba rematada por balustrada y penachos. Era una postal italiana.  Con una escalera majestuosa de mármol que subía desde el ruido rasposo del patio y cortinas interiores de gasa blanca que se movían al aire suave de la tarde resaltando las paredes  despintadas de viejos tonos rosados y amarillos,  y un friso celeste cielo para cortar el cielo de verdad, con angelitos rubicundos y racimos pompeyanos,.

Veníamos de una mañana de playa. Nuestros amigos italianos ya se habían ido para la capital. Estábamos solos en la casa ancestral, de puertas abiertas y grandes habitaciones continuadas, con historias y relatos y hasta leyendas que se habían ido colgando de sus paredes hasta que éstas susurraban y cantaban con toda gracia e impunidad.  Yo quería escuchar y recorría los pasillos enormes, cruzando, una tras otra, las puertas amigables que me llevaban a lugares sorprendentes. Cada  espacio ornado de cuadros, terciopelos, divanes, gasas y porcelanas.  Tapices con historia.

La servidumbre venía del pueblo por lo que, mágicamente, la casa se re-acomodaba cada mañana, y después las personas se iban, desligadas de aquellos tiempos en los que le pertenecían como si fueran parte de sus paredes.

Entramos al hall enorme.  El techo estaba pintado con frescos del siglo XVII. Nuestros amigos, los dueños de casa,  nos habían contado su historia y aprendimos a mirarlos. Las figuras formaban parte de un paisaje bucólico con doncellas y soldados gallardos mezclados con ángeles rubicundos y señores en una campiña dorada, con campesinos recogiendo la cosecha. Todo sereno, callado y lejano. Pero bastaba sentarse en uno de los escalones superiores, en el lugar preciso y mirar de costado para descubrir  las verdaderas figuras encargadas por el príncipe italiano, varón de muchas historias, lujurioso y adorado. Entonces las mujeres mostraban sus pechos voluptuosos, las miradas se hacían diálogos, los campesinos, para espiar,  levantaban las faldas de las cosechadoras  y todos los placeres eran permitidos, todos los cuerpos gozaban, todas las miradas decían que sí y se hacía  la  eternidad.

Mi amigo y yo teníamos el cuerpo áspero de arena y el calor del sol metido hasta los huesos. Sabíamos a sal y almendras. Mi amigo y yo éramos muy jóvenes y ya conocíamos los juegos del amor que nos gustaba.  Íbamos por más.  Nuevos lugares, nuevas formas.  Nuevas figuras que nos dejaban cansados hasta las lágrimas. Teníamos miedo de que el tiempo no fuera suficiente. El tiempo nunca es suficiente; y  el amor está ahí, en esa curva, en las gotas de sudor que recorren el pecho y gotean en los mosaicos romanos; el amor que se resbala, entra, tropieza, intenta  y se aprieta con la boca y con las manos, hasta que ese poquito, ese poquito de eternidad,  que es todo el que tenemos,  nos hace infinitamente felices y dispuestos a reverenciar a quien está a nuestro lado. Y a pensar en repetir y repetir porque el tiempo es corto.  Me miraba con una sonrisa agotada, los cuerpos desbaratados y sin aliento.

-¿Qué?-

-¡Qué invento el de Dios!- le dije.

Me miró preguntando  con las cejas y con una media sonrisa.

-¡Cuál?-

-“Ésto. Lo que acabamos de hacer”

Se quedó en silencio para que yo siguiera hablando, como hace siempre.

-“Preguntame para qué Dios inventó esto!!”-

-“¿Para qué?”-

-¡Para hacernos olvidar que el tiempo es tan corto!-

Hoy que nuestros tiempos han recorrido un largo camino seguimos descubriendo uno del otro todas las otras claves del amor. Este que nos une en la historia, en los hijos y en los nietos. Y, si lo deseamos lo suficiente, cerramos los ojos y volvemos a la casa italiana, la escalera de mármol y las cortinas de gasa que se movían al viento.

¿En qué estoy pensando?  Quiero contarles a los que ahora son jóvenes que no se necesita nada más que dos cuerpos y un gran amor.

Me apena que se les haga creer que el amor es el encuentro fortuito y rápido con alguien que apenas conocen, cuando el amor es un lento, deseable y apasionante conocimiento de otro cuerpo, que se hace a lo largo del tiempo de cada uno.  Hasta que se siente  y se conoce el olor del otro; como se mueven los músculos de su cara si goza, como llora cuando llega al final del amor, como se agradecen uno al otro lo que no pueden explicar.

Cada día aparece en la nueva forma del amor de ese día. No se cambian las personas, se cambia como se aman.  El amor no es para acumular, juntar o reunir trofeos, el amor es embellecer, dar complemento, término o perfección a una cosa.

No quiero que esos jóvenes se crean que es  solamente un encuentro físico con pretensiones de algo más, cuando, de verdad,  el amor es más y más profundo, más y más placentero, más y más satisfactorio, más apasionado y necesario,  cada vez que ocurre.    Me enoja que les hagan creer que necesitan juguetes y estimulantes. Cuando sólo hacen falta dos cuerpos con muchos huecos y un gran amor.

Dios nos ha dado un tiempo muy corto, pero, cuando vio la soledad que podríamos haber padecido, inventó el amor para que por un instante, por un tiempo brevísimo, tuviéramos una parte de su propia eternidad. Tan breve es la nuestra que dura lo que el grito de placer entre dos cuerpos que se conocen bien.

No hace falta más que un gran amor y dos a vivirlo.

Doy fe.

Hilachas que van tramando – Como quiero que me quieran

12 Mar

Como quiero que me quieran

foto bosque alemán

 

La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito.  No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz  en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto  pero de una manera absoluta y, sobre todo,  ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.

El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;

y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada y que alcanzaba con un tecito y un beso cariñoso, respetaron la orden implícita de dejarme sola conmigo misma, con la intuición de amor verdadero que me tienen; por el cual, a veces me dejan desprenderme de  ellos y entrar en las vueltas y revueltas de mi soledad .

Por eso, cada día se turnaban para estar un rato conmigo y el resto, ¡ale!, a tu antojo!  El único que está siempre es mi amigo. Pero él tiene su propia y rica soledad y sus tiempos. A los dos nos alcanza con saber que el otro está cerca, que compartimos amores y nos elegimos todos los días.

Bien desparramada en el sillón, al principio estuve desordenada y ociosa. No tenía ganas de leer, ni siquiera de pensar. La calma era igual afuera que adentro.  A tal punto había llegado que ni siquiera me inquietaba ese estado.  Al contrario. Había perdido el sometimiento acostumbrado que yo tengo cuando se trata de mi propia voluntad de hacer, y hacer, y sentir y  comunicarme y hacer. Llegó el cansancio más claro y determinante que se hubiera metido alguna vez en mi vida. Era raro y, sin embargo, tranquilizador. Era categórico y majestuoso.  Y yo lo sentía y lo observaba como si fuera ajeno, un ser distinto a mí que llenaba cada hueco de mí.  Difícil de explicar. Cuando lo intento me paso de un sendero al otro y dejo correr los dedos en la máquina para que las ideas se apropien de mis emociones y yo aprenda cosas nuevas e importantes cuando creía que ya no tenía muchas oportunidades de seguir aprendiendo cosas importantes.

De la nada total, considerando que los únicos acontecimientos eran comer, mirar la TV y dormir, pasé a un estado de bienaventuranza con imágenes interiores que me distraían del entorno. ¡Y no estaba tomando ningún medicamento!

La primera imagen fue un bosquecillo raleado pero familiar que, por capricho de mi imaginación he situado en algún pueblo del sur de Alemania.  Tal vez porque tenemos una anécdota muy graciosa en uno de esos lugares, una tarde de verano en la que nos perdimos en el medio del campo y, pasando por  delante de una granja aparecimos en un lugar al que bautizamos el bosque de Caperucita Roja, pero sin pretensiones de lobos.

Caminé por un sendero muy amigable, al costado de un río saltarín, pequeño  y presuntuoso que tenía mucha profundidad y poco ancho. El sol daba solamente sobre el agua y las riberas, ya que el bosquecillo estaba manchado de sombras muy agradables para reparo del calor.  Caminábamos o caminaba yo sola, pero tengo la impresión de que dialogaba con alguien, frases cortas, destinadas sólo a llamar la atención sobre diferentes colores, olores y chispazos de luz.

Detrás de un recodo del río, anticipando otra curva, donde los árboles parecían haber crecido en altura, había una construcción de madera, clara, manchada y muy vieja, que si me apuran un poco diría que  era amarilla y opaca.  Una casa desproporcionada en altura y con ventanas muy pequeñas. Después me di cuenta de que era un molino.  Enormes ruedas de madera engranaban desde la altura del techo hasta el cauce del río, en distintos planos y de distinto tamaño.  Se movían lentamente y llenaban el lugar con un sonido monótono salpicado de trinos de pájaros y del  suave eco de las plantas que se movían a destiempo.

El agua del río arrastró mi vida hacia las ruedas y moliendo, moliendo, se fue haciendo historia. Como la de todos.  Inevitable, precaria y sorprendente. Sin emociones y casi sin recuerdos aparece, relumbrando, el elemento más contundente entre todos los que han hecho que yo sea ésta y no otra.  ¡Hasta ahora no lo había reconocido!

Como casi todo el mundo me he pasado la vida buscando la aprobación, como mínimo y el amor como la aprobación absoluta, de los demás.  Eso hacemos todos. En mayor o menor medida.

He sonreído a extraños y explicado a otros no tan extraños, cosas que no merecían ser explicadas. Me he sometido a decisiones injustas y otras que me mejoraron como persona.  He cambiado de opiniones, insegura ante la convocatoria de otros. A veces eso ha sido bueno y, a veces, riesgoso.  No pude desarrollar acabadamente algunas de mis capacidades porque me retiré ante la mirada de los demás y, también, debo reconocerlo, crecí oportunamente hasta lo mejor de mí misma cuando los otros me aceptaron bien.

La necesidad de la aprobación de los demás, está implícita en una  escala infinita y variada que compone toda la trama del destino universal.

En esa necesidad todos somos actores y receptores.  Aprobamos y somos aprobados. Amamos y somos amados. Todos. Todos. Nunca sabemos quiénes son los otros hasta que sabemos cómo nos aprueban y cómo nos quieren. Nunca los otros sabrán quienes somos hasta que descubran lo mismo.

Todos somos sujetos activos y pasivos de esa misma necesidad de aprobación. Pero con matices que distinguen a cada hombre de los otros, a cada época de las otras.

¿De dónde llega el mensaje? De los primeros y más inmediatos actores de nuestra vida. ¿Los matices?  Hay quienes dan por descontada esa aprobación. Son aquellos que triunfan contra viento y marea. Los que en la cúspide del éxito dicen con toda naturalidad:

“¡Yo estaba seguro de que alguna vez iba a triunfar de esta manera!”  Y todos aprobamos como si éste fuera el bendito dueño de una profecía. Como si viniera de los dioses. Tal vez porque la única aprobación que necesitaron fuera la de esos dioses.

¿Qué triunfos?  Todos distintos. Algunos están anclados en el amor de la familia, otros vuelan a conquistar multitudes. En el rango más numeroso estamos los que vamos rebotando aquí y allá de a pedacitos de aceptaciones y amores.

Los últimos, los que nunca serán primeros, son los que no pueden caminar sin la aprobación de todos los demás. A los tumbos, sufriendo y haciendo sufrir a todos.

Pero todos queremos que nos quieran.

También cada uno de nosotros condiciona a los demás en esta tensión de voluntades que hacen el mundo para los hombres.

Cuando en la vida nos toca ser los actores nos hemos equivocado, a veces hasta tal punto, que no pudimos  reconocer en el enojo del otro, que lo único que esperaba de nosotros era nuestra aprobación o nuestro amor según fuera el grado de relación que teníamos.

Unos con otros y de otros. Desde el Génesis. Desde el Padre. Desde nuestro padre y desde cada uno de nuestros semejantes. Aprobamos y somos aprobados. Nos aman y amamos. Con heroísmo, con displicencia, con inseguridad y con señorío. Con generosidad y con alegría.

Sigo el curso del río y llego a las piedras que fueron moliendo mi vida.  Algunas cosas las hice bien, otras no tanto.  De mis fracasos tengo toda la culpa si  fracasé cuando no terminaba de estar convencida  de mis habilidades y dudaba de mis derechos porque la no aprobación de los otros me paralizó hasta el silencio. De mis éxitos también la tengo, porque escuché la aprobación de aquellos que valía la pena escuchar y aprendí, algo aprendí de tantas confusiones. Sigue la molienda y el sonido rumoroso del río.

¿Cómo quiero que me quieran?  ¡A esta altura de mi vida! Ya no de una manera especial. Quiero que me quieran con toda libertad; que me quieran porque sí. Quiero que me quieran los buenos. Los que me puedan enseñar, porque todavía tengo mucho que aprender.

Quiero que me quieran los que todavía valoran mi propio cariño hacia ellos.

No quiero que me quieran los extraños, los soberbios, los prejuiciosos, los injustos, los mentirosos.

Después de todo ya tengo todo el derecho de elegir.

El río sigue corriendo, el tiempo es infinito y corto.

Me quedo entre dormida hasta que me despierta mi amigo que viene silbando bajito por el sendero que cruje, como si hubiera escuchado mis pensamientos y estuviera de acuerdo en todo.

Le sonrío y le digo que lo amo con todo mi corazón y él me pone cara de  “¡¿qué te pasa calabaza?!» Que es un viejo código familiar.

Nos quedamos en silencio mirando correr el agua hasta que la noche tiende un manto de quietud sobre la Creación.

JUSTICIA PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

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La escritora Zully Poratelli, fue invitada a el programa «La Puerta Abierta» para hablar sobre el matrimonio.