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Reseña de Cristales y Colores

24 Abr

Tal como bien la describiera un prestigioso historiador argentino, Cristales y Colores no es una novela histórica, sino historia contada a través de una ficción.  Entre hechos reales, descripciones coloridas y paisajes exquisitos, los protagonistas se nos hacen tan conocidos que parece que hubieran existido realmente.  La pluma de esta autora nos lleva a un tiempo en que la visión de un futuro glorioso para la Argentina impulsó a hombres y mujeres ordinarios a llevar vidas extraordinarias.  Ciudadanos de existencia apacible entre fiestas de salón y viajes a Europa se largaron a la aventura de extender las fronteras de un país demasiado pequeño frente a sus gigantescas posibilidades.  Del otro lado se encontraron con otros pueblos, dueños de paisajes eternos y desérticos, libres como nadie nunca volvió a serlo, que tuvieron la desgracia (o la suerte) de ver en los que venían del norte la oportunidad de hacerse de riquezas, ganado, caballos, mujeres y niños.  Cuando supieron lo que podían obtener por su propia fuerza física ya no pudieron evitar un destino cruel.  Se encontraron entonces dos oponentes que, en noches de terror cuando los indios arrasaban las estancias y dejaban muerte y dolor a su paso, parecían igual de feroces.  Solo que la civilización siempre avanza, y quienes eran conscientes de la inevitabilidad del progreso y tenían apasionados sueños de grandeza eran en realidad más fuertes, entonces ganaron la lucha para nunca volver a perderla.

Pero pensando y repensando esta novela que me tuvo atrapada en sus páginas hasta que la terminé, y la leí otra vez, y otra vez más, debo decir que no se trata de Felicitas y su cautiverio.  En realidad es la historia de una mujer que recorriendo su pasado y el de las mujeres que la precedieron en su familia se encuentra a sí misma.  Crecemos para adentro, y crecemos cuando nuestra vida se empieza a explicar a través de las vidas de otros.  No es trivial la búsqueda de nuestros orígenes, nada trivial.  Somos libres cuando entendemos de donde venimos, cuando finalmente entendemos y logramos pararnos en el medio de nuestras circunstancias en un camino interior que no es solitario porque está lleno de quienes fueron anteriores a nosotros.  

En tiempos en que tantas voces para mí extrañas e incomprensibles nos quieren confundir sobre la identidad femenina, encontré en los personajes imaginados por Zully a las mujeres reales, como las de mi familia, las que han sido fuertes y sabias y sostén de los suyos.  Las que en el camino de conocerse a sí mismas a través del amor, del dolor y de la esperanza hacen mejor el mundo al que pertenecen.

Cristales y Colores es un libro apasionante de aventuras y supervivencia.  Imperdible.

Ana P. Poratelli

Hilachas que van tramando

11 Ene

¡VIVAN LAS CIRCUNSTANCIAS!

Después de mucho tiempo de no escribir sobre mi oficio, que es la Orientación Familiar, y específicamente los cursos para padres siento la necesidad de volver a ello. Este tiempo desconocido, imprevisto y difícil nos ha puesto a todos los seres humanos en situación de equilibristas locos que no podemos elegir ni para qué lado caer. Año de reclusión sin proyecto, año de día a día para que sea un día igual. Zozobra, desconcierto, angustia. El hilo de la descripción me lleva una y otra vez a las “circunstancias”: Accidente de tiempo, lugar, modo, que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho.  Calidad o requisito.  Accidente, causa, particularidad. Medio, ambiente, detalle, pormenor.  Y también “según van las cosas o estado en que se hallan los hechos”.

Catarata de palabras que se nos caen del cielo para pensar en lo que pasa alrededor de nosotros.  Las circunstancias son como el destino claro, afirmado en su propia autoridad, aquello que pasa en el mundo mientras vivimos y queremos decidir.  Pueden cambiar por sí mismas y pueden cambiar por nuestra valentía y decisión.  Pero algo hay que es preciso:

“Para cambiar una situación deben cambiar sus circunstancias”

No lo vemos. Generalmente no lo vemos y nos vamos gastando para cambiar cosas que nos duelen, o nos paralizan en el ámbito de cada día. Seguimos en el mismo sendero recóndito donde la luz es tenue y amenazante y dejamos la vida para cambiar los resultados.  Es inútil, hay que empezar por el principio.  Nos sentamos en una roca del camino y pensamos.  La solución está en el principio.

No se trata de cambiar el sendero, ni el paisaje, ni aquellos que nos acompañan.  Hay que empezar de nuevo.  Con el inventario y con el repertorio.

Usamos muchas técnicas con la educación de los niños. Cuando vemos problemas en su formación, cambiamos lo que llamamos sus “circunstancias”.  Hay ejemplos claros que ayudan en el tema.  Lo hablaremos en el próximo mensaje.  Pero hoy vamos a dibujar una figura geométrica que aleje la perspectiva de lo que nos está pasando para que, al revés de lo que hacemos siempre, vayamos de los niños al mundo.

Como en la escuela tirábamos líneas que relacionaban la Tierra y su satélite más importante, la luna, para conocer este universo interminable, hoy imaginamos nuestro Planeta como lo que es, un cuerpo redondo que se pierde en el espacio y que de sólo imaginar su tamaño en relación al resto nos hace sentir que somos nada más que  polvo encendido.

Me imagino ese mundo girando y girando, silencioso y solitario. Nosotros en él.  Eso me desconcierta y me atemoriza.

Vuelvo, entonces, me paro en el lugar más familiar de mi casa y recobro la consciencia de lo que verdaderamente somos.  Personas a las que por primera vez en la historia del Mundo les han cambiado las circunstancias, a todos y al mismo tiempo.  La magnitud de ese cambio es tan poderosa que aún cuando no pensamos en ello se cierne sobre nosotros como una nube fina que deja ver y no deja ver.

Nos cambiaron las circunstancias.  Nos cambiaron los tiempos porque el virus decide por nosotros.  Nos cambiaron la piel porque tenemos que dejar de abrazarnos.  Nos cambiaron los deseos porque tememos más a la muerte que a la vida.  Y nos cambiaron la libertad porque hay quien se aprovecha de esta amenaza para hacernos creer que tenemos que resignarla en nombre de una autoridad que no existe.  Ser humano frente a ser humano.  

Bajamos la cabeza hundidos en este nuevo mundo que se nos hace hostil por lo nuevo y peligroso.  Terminamos enroscados en nuestros pesares soñando con el mundo que conocíamos y que perdimos.

Hasta que algo pasa y empezamos a desenroscar las emociones, nos ponemos de pie, estiramos los brazos y giramos en una danza hasta que cada pedazo del cuerpo se armoniza y el silencio se va aligerando, tarareamos, cantamos.  Como siempre, los cambios empiezan por el cuerpo.  La necesidad de respirar, de sentir el movimiento, de seguir el ritmo.

¿Cuáles son ahora nuestras circunstancias? Sabemos que todo va a volver lentamente a la normalidad.  Los cambios serán mejores o peores pero siempre dentro de la vida cotidiana que evoluciona para la humanidad.  Tal vez sean más rápidos y nos  arrastren en su eficiencia.

Aprendimos.  Los que quisieron aprender lo hicieron.  El Tiempo se tomó su tiempo y pasó a ser distinto.  Lo cuidamos y lo gastamos hasta que aprendimos a acumularlo ávidamente cada día.

El confinamiento que nos obligó a adecuarnos, que nos dio espacio para compartir con quienes amamos y nos aman.  El ocio que nos permitió pensar en nosotros  empezando del principio.  Los valores que nos hicieron menos egoístas.  La imaginación y el ingenio que nos llevaron desde no saber distraernos a ver espectáculos magníficos.  La fuerza de la solidaridad.  La mayoría que giró en el espacio del peligro aprendió a compartir ese peligro.  Algunos ganaron en humildad, otros en paciencia, otros en vulnerabilidad.  Volvió la compasión por los que sufrían más y la admiración por los que  se dedicaban a paliar los dolores.  Fue el año en que estuvimos todos en peligro.  Nos hermanó, aunque al principio ni nos dimos cuenta.

Y la naturaleza… se tomó el tiempo para resplandecer.  Cuando nos estábamos perdiendo en discusiones entre los que se preocupaban y aquellos a los que no les importaba, aparecía el aire más puro, las flores limpias, los pájaros en el jardín se bañaban con el riego y su gozo se contagiaba. y el pasto se hizo una alfombra gruesa de verde intenso.  Le dejamos a la naturaleza unos días sin agredir y aparece en todo su esplendor.

Aprendimos.

Seguimos en el Mundo girando como polvo encendido, como si fuéramos chiquitos y de poco valor.  Pero no.  Porque aprendimos, los que quisieron aprender pudieron hacerlo.

Nos cambiaron las circunstancias como nunca en la historia.  Cada uno sabrá qué hizo con esto.

El cuaderno marmolado

19 Nov

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Hilacha que va tramando

El cuaderno marmolado

Un cuaderno marmolado en blanco y negro sobre una cama llena de papeles.  Es el rencuentro con viejos textos que se empujaban unos a otros en aquella época de no saber.  De no modificar el ser interior.  Ni esperanza ni culpa, ni preguntas.  Todo fluía naturalmente por el camino de la cotidianeidad.

Uno se pregunta ¿quién soy yo? cuando siente que su identidad está en peligro.  Y ahora que parece que lo está busco en el cuaderno/diario el  puñado de frases que se iban acumulando en mi historia.  Recuerdos, fotos, pensamientos que me dejaban a salvo de profundizar.  Estudiantina de días incompletos, caminos simples para llegar al conocimiento. ¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo transitando ahora la pandemia?

Para resolver este nuevo enigma las personas nos volvemos a los dioses. A cualquiera de los dioses que nos den tranquilidad les damos realidad a través del culto personal o público.  Nos encontramos rezando en lenguas esperando que esos mismos dioses nos dispensen sus bienes.  Alrededor estalló la Pandemia, nos sacudió primero con su anonimato, sus dimensiones extraordinarias, el desconocimiento que teníamos de cada una de sus apariciones y después con la gran verdad, ya que todo paraíso es un paraíso perdido: habíamos perdido el control de nuestra propia vida.  La delicada ignorancia de nuestra propia vida se fue entre los dolores de parir una pandemia.  El mundo se disparó para el espacio girando, ahora sí, chiquito y vulnerable.  Y nosotros en él.  La majestuosa raza humana apretando las manos, agarrándose a cuanto estaba cerca.  Con miedo.  Con extrañeza, con dolor.  Nos lanzamos a hacer cosas bien sencillas, las de todos los días, las que conocemos desde el fondo de la historia.  Aprendimos a comunicarnos de otra manera, lo peor sería no poder tocarnos, no poder besarnos ni abrazarnos.  Los seres humanos se tocan para ser humanos.  Y no podemos.  Transitamos muchas sorpresas, mucha desolación, mucha soledad.  El mundo detuvo su paso más que nunca en la historia y la naturaleza agradeció ese paréntesis.  El cielo se puso más limpio, las plantas brillaron con verdes olvidados y las flores, las flores fueron el epítome de toda belleza.

flores

Entonces fuimos soltando las manos apretadas del miedo y miramos alrededor como el primer hombre miró la Creación.  Esto finalmente nos salva.  Siempre está la historia del hombre sobreponiéndose a cualquier destino.  Como grandes titiriteros empezamos a entender, aunque nada esté claro, que esta experiencia trae voces de respuestas, que aprenderemos a mirarnos más allá de lo aparente, que nos haremos fuertes ante los otros para sobrevivir bien. 

Nos miramos con otros ojos.  Y llega el milagro.  Aprender.  Aprender  a mirarnos, a conocernos, a querernos.  A usar al mundo con respeto.  A recobrar la majestad de los seres humanos.  Ya hubo y habrá nuevos desafíos.  Sostengamos la mirada de nuestro amigo y esperemos que el enemigo aprenda a no serlo.  Ahondemos en la amistad, en la ternura, en el amor.  Pidamos perdón y exijamos empatía.  Recobremos nuestro esplendor.  Somos aquellos para quienes Dios creó el mundo.  Lo somos!  A veces nos olvidamos pero lo somos.  Que nadie nos vuelva a confundir. Aprovechemos la Pandemia.  Celebremos, bailemos la danza de todas las vidas y demos gracias a Dios.

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Te invito a leer mi novela Cristales y Colores, de otros tiempos y otras historias.  Para saber más puedes hacer click aquí.

Hilachas que van Tramando-

19 Mar

Hilachas que van Tramando

Un secreto turbador

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Los caminos se van transformando a medida que pasa el tiempo. Cada uno recorre los suyos y, durante buena parte de la vida, uno no tiene consciencia de sus propias realidades más íntimas. Caminamos para acá y para allá. Saltamos un cruce, cambiamos el paisaje en una vuelta de muñeca y, también, desde la vida se nos cambian el paisaje de una manera inesperada, categórica y, sobre todo inevitable. Pero seguimos andando porque somos niños y después jóvenes y estamos muy ocupados en otras cosas como para darnos cuenta. Tienen que pasar algunos años para que empecemos a mirar con más atención el caracoleo de nuestras emociones, lo profundo de nuestros sentimientos, los impulsos que nos hicieron ir para este lado y no para allá. Los dolores, los aciertos, la felicidad suprema y el goce. Entonces creemos que es la crisis de los cuarenta, la de los cincuenta o alguna otra. Creemos que tienen la culpa los otros y después bajamos el tono y aprendemos a reconocer nuestras culpas.

Sentimos que ha llegado el momento de una especie de revancha como para realizar todo lo que no pudimos y hacer cuentas con todos los que hemos convivido. Y llegamos a pensar  que eso es la pura libertad que vamos consiguiendo. Aseguramos con gran sabiduría que la crisis es oportunidad y que tenemos mucho para cambiar.

Es que pasaron los años y empezamos a sentir el peso de tantas y tantas cosas y de tantas y tantas personas que tuvieron que ver con todo lo que nos ha pasado. Sentimos que llevamos sobre los hombros esto y aquello de quien nos lastimó. Esto y aquello de quien nos ha amado. Esto y aquello y lo otro y lo más sencillo, lo banal, lo prolijo y lo que nos desbarató. Todo lo que se debe a las personas que, compartiendo nuestra vida, la modelaron.

Pero no comparamos su importancia, su cercanía o su poder sobre nosotros,  porque en el momento de este despertar no importa la persona si no lo que ella ha hecho o dicho en el preciso momento en que pasábamos a su lado con nuestra carga de necesidades.

Puede ser alguien que compartió un viaje una mañana fría cuando íbamos a trabajar. Un jardinero que nos enseño que es importante gastar el pasto antes de hacer el caminito de lajas. El primer amor. Los hijos y los padres. Don Pancho que hacía su trabajo con entusiasmo. Mi amigo. El profesor de Biblia. Mi hermana. Alguien que me llevó a entender y otro a equivocarme. Polito que nos enseño a jugar al hockey a  caernos sin lastimarnos. La Hermana Fidelia que se anticipó a mi necesidad de Su conocimiento, del conocimiento de Dios, y me dejó un mensaje que todavía leo con alegría.  Todos los que pasaron a mi lado en esta intrincada visión que voy resolviendo ahora que tengo más tiempo que nunca porque aprendí a usarlo como se debe.

Los caminos se van transformando a medida que pasa el tiempo, sin embargo durante la mayor parte de él  ni siquiera sabemos que  existen, ni que los estamos recorriendo. Se necesita mucha molienda para que el grano se haga harina.  Como la vida. Se necesitan años para entender.

Pasa como en los antiguos pequeños parques de diversiones de latón con figuras de personas que iban ocupando sus lugares mientras una música monótona y vibrante nos remitía al circo con los que jugaban los niños de antes.  Primero empezamos a encontrar los caminos, después a colocar a los otros, a todos los otros en los lugares que creemos que corresponden y, si tenemos suerte, en algún momento sacamos de nuestro paisaje a quienes no queremos más, a quienes no queríamos pero teníamos cerca, a quienes resultaron distintos, pero muy distintos a lo esperado. A quienes nos engañaron con su falsa importancia.  A los que nos pasaron por arriba, a  los que no nos respetaron. A los otros que son otros, que ya no son nuestros.

Después colocamos con delicadeza y en su lugar a aquellos a quienes amamos, a los que nos amaron y nos aman, a quienes nos enseñan cosas buenas, a quienes son gentiles y delicados. Los que nos tratan con respeto. Los que estuvieron para acompañarnos, a los justos, a los buenos. A los que tienen cosas para perdonarnos. A los que dependen de nuestro amor y a los que necesitamos hasta para respirar. A los que les debemos gran parte de nuestra felicidad.

Y seguimos volcándonos al  conocimiento para ir encontrando nuestro propio rostro en cada vuelta del camino. El que iba para el pasado y el que se abre al futuro. Y entre tantos caminos y tantos parques de diversiones de latón algo nos estremece, un secreto turbador que, como si fuera ajeno, se escurre de nuestra consciencia con toda ligereza  dejando siempre una visión remota, incompleta  y esquiva.

Ponemos en orden nuestras prioridades, rechazamos fatigas y compromisos inventados. Buscamos que nos quieran más quienes nos quieren. Contamos historias y seguimos.

Como el viento suave del atardecer pasan y se cruzan el fantasma amigo que tenemos en casa y el hálito del secreto turbador que nos inquieta. Como al aire fresco y suave del atardecer los buscamos para dejarnos llevar y seguimos aprendiendo cosas.

Todo lleva tiempo.

Hasta que un día somos más tolerantes y otro hemos olvidado agravios, hasta que desenrollando espacios nos empezamos a reconciliar con algunas cosas que nos pasaron. Aprendemos a aceptar que casi todo nos pasa sin nuestro consentimiento. Que hemos hecho lo que podíamos con lo que se nos daba. Que los otros tienen las mismas vulnerabilidades.

Y seguimos por los caminos que se van transformando, que se cruzan y se desentienden de nosotros hasta que aprendemos a buscarlos y a recorrerlos, mientras el secreto perturbador se hace nuestro amigo.

Nos vamos olvidando de las ilusiones fallidas, alargamos las horas del día sin sobresaltos. Sonreímos con más facilidad. Y, sobre todo, sin apuro, sobre todo desmenuzamos hasta donde es posible la vida que ya hemos vivido.  Reconocemos los rostros de los que la vivieron con nosotros. Nos despedimos de los que se quedarán atrás y recibimos con júbilo la nueva visión de los que nos interesan.

Como el viento suave del atardecer el secreto turbador y esquivo va apareciendo en toda su maravilla. El rostro nuevo que es el nuestro, el que no llegábamos nunca a conocer porque estábamos ocupados en otras cosas importantes.

El secreto tiene  dos visiones, una es el verdadero conocimiento de uno mismo y la otra la seguridad de que seguiremos conociendo y conociendo hasta que la vida cierre amorosamente su tarea para que cada uno de nosotros posea, finalmente, la suya propia.

No es la crisis de los cuarenta ni de los cincuenta ni las otras, no es la libertad de hacer lo que queremos.  El resplandor que nos hace felices es comprobar que llegamos a tiempo para descubrir el secreto turbador de nuestra propia identidad.  Y que nuestro rostro seguirá apareciendo ante nosotros cada vez más claro y más parecido a quienes fuimos y quienes somos, porque, definitivamente siempre estuvimos allí, faltaba que nos encontráramos de verdad, alguna vez. Sin miedo de reconocernos y como si volviéramos a un viejo amigo.

Nos llevará el resto de nuestra vida, pero es un goce componedor que nos reconcilia hasta con su propia finitud.

Mi amigo se ríe del fantasma que nos visita pero no de que yo lo vea.

Y así estoy, enamorada de esta nueva experiencia que nunca hubiera imaginado. La vida es sorpresa y no explica nada. Se vive.

El secreto turbador de mi propio conocimiento así de claro y de libre ya no me perturba.  Cada día es mejor que el anterior.

Me falta un montón de cosas por conocer de mi misma pero estoy en el buen camino. Me puedo reír de mí, me acepto con alegría y espero que los demás también lo hagan. .

Y, mientras he dejado que mis ideas y mis manos se vayan poniendo de acuerdo casi sin ton ni son, cuento con la benevolencia de los lectores. Juntos vamos a seguir sin conocernos y sin embargo, conociéndonos más cada vez que yo escriba y que ellos me lean. Que así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS

Podría ser yo…

16 Dic

PODRÍA SER YO…

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Salía para el supermercado.  Un atardecer sereno se caía sobre el río.  Del otro lado la ciudad relumbrante y poderosa se iba desvaneciendo en el agua.  Todo brillaba pero en silencio.  Caminé por el boulevar disfrutando de ese momento cuando oí música y cantos que venían desde una calle lateral.  Resultó ser una procesión en honor a la Virgen de la Consolata que agrupaba a una buena cantidad de gente.  Lo de siempre, cantos, velas, flores, niños y mujeres con una profunda piedad, hombres con unas capas celestes y otros hombres, los sacerdotes, con sus túnicas blancas orladas de verde.  Adelante y al final sendos patrulleros que acompañaban el recorrido con sus luces de colores.

Como tantas manifestaciones religiosas de distintos credos, que siempre respeto y trato de compartir, porque Dios es uno solo.  Uno solo.  Por suerte y, aunque a veces lo tratemos como si fueran muchos, es uno solo.  Y nosotros le hablamos de distinta manera.  Lo que pasa es que todas las buenas maneras complacen a Dios no importa de donde vengan, ni de quien vengan.  Y eso es muy bueno.

Casi en la mitad de la procesión, unos hombres llevaban en andas una imagen de la Virgen.  Lo hacían con los pasos tan clásicos en la liturgia católica, la imagen era preciosa y yo empecé a acompañarlos desde la acera, casi sin darme cuenta.  Casi sin darme cuenta estaba rezando en silencio y casi sin darme cuenta estaba llorando.  Sin consuelo y, aparentemente, sin motivo.

Era el día en que en todo el mundo se invitaba a rezar por la Paz.  Ahora que  lo estoy contando se me hacen ilegibles las palabras en la computadora, estoy llorando.  Estoy hablando de la Paz y estoy llorando.

Por la Paz que no es simbólica, es lo que se refiere a hombres, mujeres y niños.  Todos ellos sufriendo situaciones absolutamente injustas, más injustas ahora, en este tiempo presuntuoso en que nos creemos que ya estamos de vuelta de todo y que sabemos lo que son los derechos humanos y que es malo discriminar, y que la libertad es un bien inevitable, y que todos queremos ser más buenos que los otros, y que el mundo tiene que ser de todos.  Y todas esas cosas que nos hacen sentir bien.

Ellos se mueren, se mueren en las calles entre los escombros, se desangran hasta que cesa el fuego y alguien los levanta para sacarlos del medio, se mueren entre incendios y gritos.  Lo peor no son los gritos, lo peor es cuando llega el silencio.  Y el espanto.  Y ese niño de poquitos años que vaga por las calles ensangrentado y ha perdido a su familia, y también su vida y su identidad porque todo quedó hecho polvo y nadie sabe de dónde vino.  Las mujeres van a parir oyendo el tableteo de las ametralladoras, los soldados corren como conejos que serán cazados, en algún momento serán cazados.  Los jóvenes se arriman a las paredes porque tienen miedo, porque todavía no han vivido nada y temen que no han de vivirlo.  La mayoría no ha de vivirlo.  Se mueren los niños y los ancianos y los hombres y las mujeres porque la tragedia los iguala como miserables seres que no tienen ningún derecho.  Hay sangre por todos lados, no hay calmantes.  Y cuando pasen los días no habrá comida.  Ni agua, ni médicos, ni piedad ni consuelo.  Sólo seres desventurados a los que el zarpazo de la muerte les llegó de la mano de otros seres que no saben lo que hacen.  Unos y otros perdiendo lo que tienen de humanos.

Les ha explotado la vida de todos los días, se les ha acabado la vida de todos los días.  No tienen más, nunca más, la vida que tenían hasta hoy.  La preciosa vida que creían que les estaba perteneciendo.

Los más afortunados se irán por las fronteras llevando consigo lo poco que puedan.  Y después caerán como bolsas de plomo en otras comunidades en las que no tienen cabida.  ¡Cuántas veces hemos visto o imaginado pueblos enteros caminando sin rumbo y por los caminos de Dios dejando caer las cosas que se van haciendo más y más pesadas!  Desaparecen los juegos y las escuelas, llega el hambre, la prostitución y las venganzas.  Se oye gritar bajo los escombros, alguien perderá la vista y otro las piernas.  Alguien perderá la cordura porque el dolor y el miedo reemplazan a todo lo demás.  Se perderá el marido de la esposa, los hijos, los hermanos entre ellos, algunos nos sabrán nunca qué pasó con sus seres queridos.  No habrá más una plaza, ni una escuela, ni el negocio del barrio adonde los vecinos hacíamos tertulia.  Nadie tendrá una sinagoga, una iglesia o una mezquita para rezarle al Dios de todos, que es uno solo.  Nadie tendrá un templo, sea cual sea su Fe.  Y todos se sentirán abandonados.  En tinieblas porque Dios está en silencio.  Y más gritos y más sangre, y más ruido y más hambre, más dolor y más crueldad, y muerte, muerte, muerte.

¡Quién nos dijo a nosotros los hombres que podemos matar a otros hombres?  ¿Quién nos volvió locos de tal manera que cortamos de raíz la vida de otros seres humanos, su felicidad, su esperanza, sus derechos, sus cuerpos?  ¿Quién tiene derecho a destruir una casa, todas las cosas ajenas, los recuerdos, las fotos, los libros, los hijos?

En toda la historia los hombres pelearon guerras para cambiar sociedades.  ¡¡Pero eran otros tiempos!!!  No sabían mucho unos de otros, eran todos extraños, el mundo muy grande y las culturas muy diferentes.  La maldad tenía excusas.

¡Pero en el Siglo XXI!  Todos conocemos la cara de todos.  Sabemos lo que pasa aquí y allá.  Matamos lo conocido.  No podemos mirar para otro lado porque todo lo que pasa, pasa en nuestra casa.  En nuestro televisor, en la tableta o en el teléfono.  Siglo XXI absurdo en su impiedad.  ¡No tenemos excusas!  Sabemos que somos todos iguales, sabemos que el mundo tiene ciertas dimensiones.  Oímos lo que hablan, lo que cantan, como aman y en lo que creen; ningún rostro, ninguna cultura nos sorprenden, nos mimetizamos en las modas, nos entendemos en los miles de idiomas que hablamos.  No.  ¡No puede haber más guerras en este Siglo XXI!  Y, sin embargo, éstas aparecen en uno u otro lugar de la Tierra, da lo mismo, la crueldad y el horror no tienen Patria ni territorio.  Y los seres humanos somos todos iguales.  Algunos, sin embargo, son menos iguales que otros.  Me quedé en un rincón temerosa de seguir caminando hasta que unos brazos fuertes y torpes me abrazaron.  Por primera vez, ¡por primera vez en mi vida no sentí ningún consuelo!  Sólo le dije “¡Podría haber sido yo!”

¿Quién me preservó de tales demonios?  ¿Quién manejó esa lotería diabólica que hace que algunos tengamos todos los derechos y otros todas las desgracias?  ¡Podría ser yo!

Lo único que podemos hacer es tomar consciencia de que esto no es justo. De que esto es letal.  Que por cada hombre que muere en una guerra se pierde un poco de humanidad para todos. Debemos hacer que ese convencimiento vaya venciendo la fuerza de los malvados.  Que se sienta en el mundo entero la ira de los justos.  Debemos rechazar la violencia.  Debemos manifestarnos cada uno a su manera.  Ya no hay ninguna excusa para la violencia en este Siglo XXI.  Vamos a rezar, cada uno en su credo, a un Dios que a veces parece que está en silencio. Vamos a hacerlo cada uno en su idioma, y otros a la Naturaleza y a los duendes del bosque, y a los cielos y a la Tierra.  Cada uno a lo que crea que tenga una fuerza superior para terminar con toda esta locura.  Vamos a rezar porque podríamos ser ellos.  Somos ellos.  Somos otra parte de ellos.  Vamos pensar en la Paz.  Vamos a hablar de la Paz.  Vamos a exigir la Paz.  Todos, todos  tenemos derecho a gozar de la Paz.  ¡Podría ser yo!

Bajo la cabeza con toda humildad, les pido a los otros que me cobijen, que me cuiden, porque podría ser yo.

Que Dios nos ampare a todos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van Tramando – Autoridad en la Familia XXV

7 Nov

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia XXV

“Mandar Bien”  Prever

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Florece todos los años, una vez por año.  Año de sorpresas y determinaciones, de luces y vientos. De cuatro estaciones que se atropellan desordenadamente a medida que la vida transcurre cada vez más ligero.  Cada año la planta, despojada,  parece sencilla, poco agraciada, ajena.  La perdemos de vista entre el verde multicolor del parque. Como si fuera un tiempo de silencio y abandono nadie se acuerda de ella, padece una  melancolía subterránea que murmura y murmura como si el tiempo que pasa fuera eso, solamente pasar y pasar sin ningún propósito. Pero todo sucede cada año y un día cualquiera unos pequeños brotes cerrados nos están preparando para la belleza. Después el esplendor del blanco estalla contra los arbustos. Todo cambia en el jardín, todo se ordena para enmarcarla y todo desaparece del paisaje menos ese prodigio de belleza y esplendor.

Fue el año del silencio y el presunto abandono el que trabajó laboriosamente en las entrañas de la tierra. En ese tiempo pasaron todas las cosas que tienen que pasar  porque cada año la Tierra se configura de tal manera que vuelve a cambiar el paisaje,  y pasaron sin que nosotros nos diéramos cuenta. Igual que en la vida. Igual, igual.  Siempre vuelve a sorprendernos, cada vez más, cada vez mejor.  En el intrincado camino interior solo basta reconocer la belleza, aprender y esperar lo que vendrá, no importa en qué tiempo de la vida estemos, siempre algo vendrá para el que sepa entenderlo. Siempre encontraremos algo nuevo en lo que ya estaba viejo.

Como la azalea blanca que parece que ya no está y resplandece en su floración como si fuera la primera vez. Mejor, porque va creciendo  hasta que ese rincón del parque se transforma en todo el parque.

Un año de vida que parecía anodino y poco estimulante fue haciendo su trabajo y nos sorprende con un nuevo conocimiento personal de cosas que no imaginábamos. No se termina nunca el tiempo de aprender de uno mismo. Un año murmurador y apagado produce esta floración casi pretenciosa de tanta belleza.  Por eso volvemos a la acción.

Veníamos desarrollando el tema “Mandar Bien”, ya hablamos de algunos temas

  • Oportunamente
  • Frente a frente
  • Claramente y pocas cosas
  • Una cosa a la vez

Llegamos a un tema que puede confundir en el momento en el que se propone

  • No mandar si uno no está en condiciones de ser obedecido.

Podría parecer que los padres deben retirarse del ámbito de la autoridad si saben que no pueden dominar la situación y ser obedecidos. No es esto a lo que nos referimos. Por lo contrario, esto es lo que está pasando en muchos lugares de esta sociedad estimulante y embarullada. Algunos padres, confundidos, evitan de ejercer su autoridad porque no saben ejercerla. Tienen lo que un famoso escritor y educador argentino, Jaime Barilko, llamó “El miedo a los hijos”

La propuesta de “No mandar si uno no está en condiciones de ser obedecido”  tiene que ver con la actitud de los padres en situaciones distintas:

  • Adelantarse a la posible “desobediencia” preparando el terreno a una buena respuesta de parte del hijo. Para ello se necesita, como para todo tema de educación, que el padre esté en condiciones de conocer a fondo a su hijo y a las circunstancias del hecho que se “manda”
  • Dentro del tema anterior resalta la importancia de reconocer el valor y la oportunidad de cada decisión que se tomará y estar preparado para eso. No es lo mismo enfrentar a un niño de 2 años que a un adolescente.
  • Educar no es una tarea en segmentos, educamos siempre, establecemos un mutuo trato de respeto y entendimiento que funciona, constantemente, durante toda la vida. Hay una clave de tiempos  y un lugar que cada uno ocupa que es reconocido por todos y aceptado por todos.
  • Según sea lo que se pretende que se acepte más cuidadoso deberá ser en “preparar el terreno”.
  • Educar, tomar una decisión “mandar bien” no se trata de un desafío o una confrontación. No son dos fuerzas que se enfrentan. La obligación de llevar a buen puerto la educación de nuestros hijos es específicamente de sus padres o adultos a cargo. Hay que hacer las cosas de tal manera de que una decisión cuanto más importante sea, nos encuentre en un estado de seguridad que produzca buenos resultados.  Un hijo siempre tiene el derecho a disentir y hacerlo saber, a no estar de acuerdo con sus padres y decirlo, pero necesita de la tranquilidad que le da la autoridad paterna expresada con serenidad y prudencia. El hijo que confronta y siente la “inseguridad” de su padre, pierde el sentimiento reconfortante de que este lo guía y lo cuida. Como decía la abuela “Tú en tu lugar y yo en el mío. Mi tarea es educarte y no puedes hacer nada al respecto porque lo que a ti te toca es obedecer y a mi ocuparme de que lo hagas”

Estas palabras resuenan como muy duras en nuestra época pero se refieren simplemente a la amorosa tarea de resguardar a nuestros hijos del peso de resolver lo que todavía no les corresponde.

  • Para que los padres estemos en condiciones de ser obedecidos debemos ser cuidadosos con la edad de los niños. Tener bien presente hasta donde y hasta cuando es justo que impongamos nuestra voluntad. La pregunta mágica será siempre “¿Esto lo decido por el bien de él o por otra cosa? La actitud correcta será siempre ver en el hijo su propia realidad y dejar que a medida que crece pueda ir decidiendo, cada vez más hasta que “mande bien” en sí mismo y para sí mismo.

Si tenemos un pequeño demonio travieso de dos años seguramente “No mandar si uno no está en condiciones de ser obedecido” significará que a veces corresponde distraerlo previniendo un caprichito, otras veces llevarlo de la mano a lo que queremos que haga y, siempre, tener en cuenta si está cansado o nervioso.

A medida que crecen los niños las cosas van cambiando, ya no “distraemos” sino que “explicamos”, “pedimos opinión” “escuchamos” y hay un día mágico en el que nuestro joven se muestra lo suficientemente maduro para decidir todo por sí mismo.

“Educar es prever”

Para aclarar un poco más estos conceptos tan ligados entre sí conviene recordar los cinco pasos de los que ya hemos hablado repetidas veces

  1. Pensar
  2. Informarse
  3. Decidir
  4. Dar a conocer
  5. Hacer cumplir

Los niños necesitan paisajes claros y rotundos.  Los que vivimos en tierras de llanuras interminables sabemos que a veces esos campos sin límites producen vértigo.  Nuestra tarea es decidir para ellos los límites que los hagan sentir seguros, que vayan creciendo serenos y bajo nuestro amparo hasta que puedan caminar solos. Lo importante es que sepan siempre, siempre, que todo nuestro corazón se puso de parte de ellos desde el día que llegaron a nuestras vidas.  Con ellos estamos viviendo el amor perfecto y la aventura más grandiosa que puede vivirse. Aportemos nuestra fortaleza, nuestra prudencia, la voluntad y una buena carga de alegría y optimismo en estas cosas maravillosas que nos pasan. Qué así sea.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Características de esta sociedad y Voluntarismo

26 Sep

Hilachas que van tramando – Los dos soles

19 Sep

atardecer

El cielo y la tierra se juntan en el lugar mágico.  Vuelvo cada tanto, casi sin darme cuenta,  aquí  donde la  arena y el agua se meten una dentro de la otra.  La arena áspera, crujiente y olorosa y el agua moviéndose suavemente en un ir y venir de colores alilados que el cielo copia y cambia.  Un muelle avejentado medio cubierto de pajonal se cruza entre nosotros y el horizonte mientras una larga hilera de algas y restos que trae la marea se dibuja zigzagueando, marcando la zeta mágica de los pintores, casi sin pensarlo, de puro arte en la naturaleza.

El esplendor de los colores traspasa la luz y se cae sobre todo el paisaje.  Los dos soles, en un alarde prodigioso se van sumergiendo en el poniente.  La escena es para disfrutar en silencio y en la más absoluta quietud.  Nada parece ser mejor o más bello que lo que estoy viviendo.  Me parece ver la silueta dibujada de una niña y su padre esperando el crepitar del sol cuando el agua apagara su fuego.   Juro que lo escuché entonces, de la mano de mi padre, juro que creía que aquello se repetía cada atardecer y me preguntaba quién volvía a encenderlo a la mañana.  Lo creo.  Sigo oyendo ese silencio complejo, susurrante y magnífico.

Los soles se han alineado de tal manera que no sabemos o no queremos saber cuál es el verdadero.

Como muchas veces en la vida, no sabemos qué es lo verdadero cuando amamos, de dónde salió el amor que nos parte por la mitad.  Cuando somos jóvenes somos bellos pero en ese tiempo, justamente en ese tiempo, no sabemos qué es la juventud.  Ni hasta dónde llegaremos con nuestro heroísmo cuando sea necesario.   Ni por qué la vida se fue cruzando y entrecruzando para que lleguemos a este momento.  A veces ni sabemos si hemos sido valiosos, y otras veces si alguien nos conoce de verdad.

Nos confunden nuestras emociones.  Elegimos al azar, siempre es al azar, muchos caminos de la vida.  No sabemos y no queremos saber porque el peso de tal conocimiento sería inaguantable.

La vida está llena de misterios como los dos soles.  Según ellos se ocultan me lleno de recuerdos que se van alineando como la música que los convoca.  Desde siempre, desde el fondo de mi historia van apareciendo escenas que como siluetas desacompasadas se acomodan allí mismo en la arena áspera y fría.  Soy la niña que escucha apagar el sol.  Y la joven que no sabe qué tan joven es.  Y la mujer de todos los mundos posibles para quien la vida, como a todos, la sorprendió un día y la hizo moverse en todas las direcciones que no había elegido.  Que no quiero saber.  Y en otras que pudo elegir, como todos.  Como todos los seres humanos que somos iguales en nuestra pequeñez y en nuestra vulnerabilidad.

Con los dos soles desaparecen los trazos fuertes y, en cambio, se van sintiendo las cosas simples que son las que verdaderamente y sin duda podemos elegir.  Un helado de chocolate camino a casa.  El baile en la galería.  El beso y el abrazo.  El viento en el rostro en la Costanera.  Un perfume.  La piel brillante y el aliento dulce.  Los nervios de un encuentro.  El tren.  La música, siempre la música.  Las sandalias con el taco altísimo y la cabeza reclinada en un hombro que parecía el más fuerte del mundo.  Los exámenes.  La complicidad de los compañeros.  El único gol de mi vida.  El cansancio después de los partidos.  Las carcajadas.  ¡Nos reíamos a carcajadas casi todos los días!  El baile que hacía temblar a los mayores, bailando alrededor del reloj.  En la pantalla “Un verano para recordar” con los jóvenes suecos que se desnudaban.  El happening y la minifalda que paseábamos por todos lados con aire de que esto es lo más natural del mundo y yo tengo las mejores piernas que puedan mostrarse aunque nos aleteaba un susto que lo único que nos enseñaba era a estar por encima de las circunstancias.  La lluvia repicando.  El pan fresco y el café con leche en las madrugadas de estudiar y estudiar.

El tren repleto para ir al trabajo.  El cansancio.  Las poesías.  Las de los otros que nos parecían geniales y las nuestras que no podíamos mostrarle más que al amigo más amigo que en el fondo estaba enamorado de nosotras mientras nosotras suspirábamos por otro.  Las lágrimas porque no nos querían.  La carta de amor sobre la mesa de luz.  El llanto por un desencuentro y la música para consolarnos.  El tren a la distancia.  La flor en el pelo.

No sé y no quiero saber cuál de los dos soles es el verdadero porque lo único que existe es esta ilusión de la belleza que se lleva puesta el ocaso.

Sé que todo lo que he vivido en este instante no son recuerdos, es lo que de verdad estoy viviendo y reviviendo porque nada se fue de mí.  Yo soy la que era y así me gusta.  Nadie me lo contó, es mío.  Lo que ha pasado es que la imagen y el sonido de este atardecer se metieron en mi alma y revolviendo todo me convocaron todo lo que me ha pasado como si pasara ahora.  Soy aquella y ésta, la que seré y la que alguna vez no estará.  Pero nadie me lo contó, cuando convoco mis recuerdos todo está allí.  El paisaje bellísimo, los dos soles y yo.  Toda yo.

Mañana será como si no hubiera pasado nada.  Cada día a vivirlo como se pueda.  Pero yo pienso volver porque algún día, si tengo suerte, algún día me encuentro otra vez con los dos soles y me doy un paseo inolvidable por todo lo que he vivido.  Es necesario.  Vamos a decir  ¡Esto era todo. Y era tanto!  Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando Autoridad en la familia XXIII “Mandar bien”- Frente a frente

11 Jul
rosas
Me parece ver a mi madre y también a mi abuela recorriendo la casa empeñadas en mejorar la vida de sus gentes. A veces murmurando alguna queja, masticando protestas o tarareando la canción que les gustaba. En casa siempre había música.  Siempre. Todo lo que pasaba tenía su correlato en el sonido de distintas melodías y canciones que llenaban el espíritu de un montón de cosas buenas, aunque no nos dábamos cuenta. Con los años el tesoro de los recuerdos se hace presente cuando escucho esa música.  Son pliegues y pliegues de toda una vida que va pasando y cada uno de ellos se dobla sobre el total, cobra vida y resplandece  cuando, de sorpresa y sin pensarlo, me encuentro cantando a toda voz las canciones que poblaron mi infancia. Cada vez más canto y recuerdo. Cada vez más acumulo el tiempo en lugar de gastarlo y cuando canto o escucho cantar recobro el total de todas mis emociones, que es la manera de volver a vivir. Viene el patio con la escalera de los malvones y la terraza y el cantero de las calas. El toldo, los sillones de hierro y la columna presuntuosa que terminaba en arabescos. Mi madre o mi abuela haciéndose cargo de la educación de los niños hasta que llegaran los hombres, a quienes se les hacía creer que todo había consistido en esperarlos para que las cosas marcharan.  ¿Qué tiene que ver todo esto con mis cursos sobre la familia?  Todo. A medida que pasan los años y puedo seguir acumulando experiencia y conocimiento, compruebo que la sencilla sabiduría de mis mayores se engarzaba en los principios básicos, naturales y claros que fueron la matriz de toda educación. Y escucho a mi madre y a mi abuela desde alguna canción que me sitúa en una anécdota, una máxima o un mandato tan corrientes en aquellos tiempos y que se nos iban haciendo camino en la tarea de crecer con lo mejor que éramos y que teníamos.
Pasábamos corriendo por el salón, seguramente escapando de una travesura para salir indemnes, cuando nos detenía una voz severa que podía ser la de cualquiera de nuestros mayores; “¿Quién rompió el vidrio de la ventana del cuartito?”.  No se trataba de mentir o de fingir que no teníamos nada que ver, era la humillación de haber hecho algo que no debíamos haber hecho, la rabia de ser torpes, el fastidio de ser descubiertos.
Entonces venía la frase que se entronca, seguramente, en lo más profundo del conocimiento del ser humano  “¡Mirame cuando te hablo! No mires para otro lado cuándo te estoy preguntando algo!”
Eso era lo peor de todo.  Había que mirar y sostener la mirada para que se supiera todo de nosotros. Entonces esto suponía algunas  grandes herramientas para nuestra educación.
·        Nos conocían al dedillo porque mirando a los ojos no deja lugar al escondite.
·        Nos subordinábamos a la autoridad de quienes la ejercían por nuestro bien.
·        Fijábamos el hecho, la regla o la obligación sin mucho esfuerzo. No íbamos a olvidarlo.
·        A partir de ese momento y habiendo creado el pacto de “Ya me di cuenta” de ida y de vuelta, se suponía que habíamos aprendido la lección.
·        Mamá, papá, los abuelos, los tíos, los maestros eran personas que podía leer las mentes infantiles, todo lo sabían y mejor era decir siempre la verdad.
Mirando a los ojos se percibe como acción y como efecto, al otro.  Hay una sensación interior que resulta de una impresión material hecha con nuestros sentidos.  Percibir es crear un conocimiento o una idea.  Finalmente y como corolario.  Si percibimos y somos percibidos hay un nuevo pacto entre nosotros.
Educar es también percibir al otro, recibirlo en su naturaleza y conocerlo en profundidad.  Cosa muy importante cuando se trata de nuestros hijos o de todo niño que está a nuestro cuidado.
 
El hecho de “Mandar frente a frente” tiene múltiples beneficios y grandes resultados.
 
Miramos a nuestros hijos y ellos nos miran cuando les decimos que los amamos. Cuando les decimos que estamos felices de tenerlos. Cuando los acompañamos por la vida que les toque vivir.  Mirarnos a los ojos hace transparentes nuestras emociones y nuestros sentimientos, la carga de pertenencia que eso provoca es uno de los mejores regalos de la infancia que va a continuar toda la vida.
Cuando cometemos errores es mejor mirar de frente y aceptar, lamentarlo y cambiar.  No volver a cometerlo. Y todo este proceso es más fácil si hemos mirado de frente a quien corresponda.
 
Mirar a los ojos sirve también en la vida cotidiana.  Ejemplos:
a)     Mamá está trabajando en su escritorio y los niños mirando televisión. Mama grita “¡Apagan ese televisor y se van a a dormir”.  Lo grita una y mil veces y el universo sigue impertérrito sin cambiar nada.  Mamá se pone nerviosa, grita, y se declara vencida.
b)    Mamá deja por un momento lo que está haciendo y frente a Juancito se planta: “Mirame a los ojos, apagá la tele y te vas a dormir,
¿entendiste?”  Juancito muy a desgano, sin embargo, apaga la televisión y se dispone a ir a dormir porque no tiene escapatoria.
Hay que creerlo, ¡es difícil ignorar a una madre cuando es explícita y te mira a los ojos!
a)     Papá grita desde el garaje: “¡Necesito alguien que me ayude para llevar este equipaje al coche!”  Puede esperar un nuevo milenio.
b)    Papá se acerca, llama a Pedro y le dice “Necesito que me ayudes para llevar el equipaje al coche, ahora.”
Difícil de creer pero resulta. ¡Usar el nombre, mirar de frente y decir las cosas con claridad hace la vida más confortable!
 
Mirar de frente.  Ser claro y percibir.  Comprometerse y comprometer al otro.  Frente a frente.  Una forma de evitarnos algunas frases que ya son célebres desde la primera infancia.  “Nunca me llamaste” “No te oí” “No entendí lo que me decías” “Nunca me dijiste eso”  “Yo no sabía que me estabas hablando a mí” y miles de ellas que nos hacen la vida cotidiana un poco más áspera.
Como tantos principios en la educación el de “Frente a frente” empieza desde los primeros años.  Se hace costumbre para las cosas importantes de la vida. Nos facilita el entendimiento.  Nos permite ganar tiempo, del de todos los días y del que va en serio. Nos evita rabietas inmerecidas.  Establece algunos códigos de buena convivencia.  Como tantos principios de la Autoridad en la familia, es sencillo, posible y poco pretencioso pero significa mucho en la vida cotidiana para evitar conflictos que, si se repiten, mortifican al conjunto.
 
Nos miramos frente a frente para lo bueno y para lo malo.  Para indicar algo muy simple y para retar con severidad cuando se necesita.  Para decir cuánto amamos a alguien y para pedir perdón.  Para saber que somos unos para otros.  Cuando aprendemos a mirarnos lo primero que se siente es la complacencia del hijo que sabe que se lo “ve”, se lo “conoce” y “pertenece”. Es estar a cargo de alguien que nos conoce.  Es tan confortable como la “siestita” en brazos de mamá.  Para toda la vida estaremos impresos en las pupilas de aquellos que supieron mirarnos de verdad.  
 
Suena una melodía para mí inolvidable.  Mamá me levanta la barbilla y me mira a los ojos y yo, que tenía miedo, suspiro y me aflojo.  Y yo que estaba confundida sonrío y levanto los hombros entregada a su cariño. Y yo que me había “portado mal” le pido perdón, nos miramos y el mundo recobra toda su armonía.
Frente a frente con los que amamos y con el resto, porque esas miradas de confianza nos dieron toda la entidad que necesitábamos para ser lo que felizmente somos.  Frente a frente para mirar a nuestros hijos con toda la carga que tenemos de amor para ellos. Y el mundo va a ir mejorando.
 

Primero la Justicia- Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando – Autoridad en la Familia XXI

20 May

Hilachas que van Tramando

La Autoridad en la Familia XXI

“Mandar Bien”

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 Una vez más nos reencontramos para seguir hablando de los temas que puedan ayudarnos en esto de ”educar” a nuestros hijos.  Los días han parecido suceder lentamente pero corrieron a toda velocidad y ya han pasado unos cuantos de nuestro último encuentro.  Volvamos pues a nuestro objetivo, sigamos adelante agregando conocimiento y experiencias que nos ayuden en la tarea.

La ambivalencia y el misterio de nuestra vida suponen que no tenemos tan en claro cuáles son las cosas extraordinarias y cuáles las que se viven casi sin notarlo.  Eso pasa también en el ámbito de la Educación, sobre todo en la educación de nuestros hijos. Estamos llenos de grandes propósitos, pensamos a largo plazo, se nos viene encima el peso de esta gran responsabilidad que es llevarlos de la mano desde el primer llanto hasta el día que podamos dejarlos ir con la realidad de pertenecerse a sí mismo y ser felices.  La nuestra parece una experiencia heroica, enorme y agotadora que excede nuestra capacidad.  La pensamos a lo grande, para siempre, definitivamente.  No hay quien soporte ese peso.  Mejor pensarlo día a día en el apretado sistema de la vida humana.

La ambivalencia de la vida nos confunde haciéndonos creer que siempre, constantemente, estamos viviendo momentos trascendentales y definitivos cuando la verdad es que  cada uno de nosotros vive su vida día por día, resolviendo de la mejor manera los pequeños problemas que aparecen, riendo o fastidiados, con más o menos cansancio, con más o menos paciencia, manifestándonos naturalmente por medio de los sentidos en todo lo que nos relaciona con los demás.  La vida, realmente, está hecha de grandes espacios de tiempo de cosas comunes y sencillas que se ven interrumpidos, con cierta periodicidad, por acontecimientos importantes, buenos o malos, felices o de los otros, en los que todo se reordena y cambia.  Son aquellos momentos en que se nos pone a prueba y su naturaleza es que pasan de cuando en cuando.  Lo normal es que el sendero recorrido está lleno de días iguales o parecidos, en los que creemos que no pasa nada importante.  Hasta que aprendemos que allí, justamente allí, está sucediendo nuestra vida.  Todos los días está pasando nuestra vida y de nosotros depende que hagamos resaltar la infinita importancia de lo cotidiano.

¿A qué viene esto?  A que esta imponente tarea de ejercer la Autoridad y Educar a nuestros hijos se basa exclusivamente en dos planos.

  • La concepción natural de que todo lo que hagamos es importante y de que conocemos a ciencia cierta adónde queremos llegar para lo cual hemos transmitido nuestros principios, enseñado nuestros valores y marcado el propósito final,
  • La convicción de que una tarea tan importante se llevará a cabo en la sencilla cotidianeidad de cada día que vivimos en familia.

Como si fueran pocas las veces que lo repetimos, va una más: “El principio de la Educación es enseñar a nuestros hijos a ser lo mejor que pueden ser ellos mismos y a aprender a relacionarse bien con los demás”.

Dos objetivos suficientes y completos en sí mismos  que harán de ellos personas felices no importa cuánto la vida se les imponga con dificultades y problemas.  No importan las pruebas a los que sean sometidos, no importa que les toque felicidad y alegría, los hombres cumplen acabadamente su proyecto cuando hayan hecho de sí lo mejor que puedan ser y caminen en armonía con los otros hombres en este destino común que generalmente no podemos explicarnos en forma acabada.  El conocimiento de sí mismo, la capacidad de hacer de la propia vida con lo mejor que tenemos y la buena relación con los demás llevan al hombre a la plenitud de su destino.  No hay otro destino que la felicidad, no hay otra felicidad que la que elegimos, no hay elección posible sin herramientas adecuadas.  Nacer, ser educado y educarse, aparecer ante todos y cumplir categóricamente con la propia realidad de tiempo y espacio que nos son otorgados.

Habíamos hablado de las “Reglas del Juego” como la ida y vuelta en la creación y formación de las personas.  Como somos los adultos en general y los padres en particular los que decidimos, imponemos, explicamos y exigimos el cumplimiento de tales reglas, debemos encontrar el camino adecuado para ello. Lo llamamos “mandar bien” aunque el término mandar despierte cierto escozor en algunos ambientes de nuestra cultura.

Es preciso aclarar que mandamos cuando imponemos un precepto contando con el derecho legítimo de hacer algo bien para nosotros y para los demás.  Cuando encargamos algo o manifestamos la voluntad de que se haga algo.  Mandamos, también, cuando ofrecemos o prometemos algo que estamos dispuestos a cumplir acabadamente.

Finalmente y en este caso, mandar significa establecer un hilo conductor en la relación entre nosotros y nuestros hijos.

Ya tenemos las reglas de juego y la capacidad para hacerlas cumplir, necesitamos el lenguaje adecuado, la actitud correcta y respetuosa, la categoría de estar al servicio  del otro.

Durante la vida cotidiana pasan las cosas cotidianas, valga la obviedad, y en el sistema simple y sencillo de todos los días además del lenguaje correcto, la claridad en la transmisión de lo que se ordena, y la actitud de sencillez y optimismo de los padres, temas sobre los que volveremos en algún momento, hay algunas llaves que nos abren todas las puertas. Pequeños grandes detalles que facilitan las grandes resoluciones.  Acá vamos con aquello de :

Mandar bien es:

  • Oportunamente
  • Frente a frente
  • Claramente y pocas cosas
  • Para lo importante, una cosa a la vez
  • No mandar algo si no se está en condiciones de ser obedecido

Oportunamente

Oportuno es todo aquello que se hace en tiempo, a propósito y cuando verdaderamente conviene.  Nada más útil para nuestra buena relación con los niños.  Actuar oportunamente significa respetar sus tiempos, adelantarse a sus necesidades, contar con que saben de qué se trata lo que está pasando o va a pasar.  Vamos a anotar algunos temas concretos

Mandar oportunamente puede significar:

  • Las órdenes con tiempo para ser cumplidas.  Cuando  decidimos algo que tendrá que ver con futuras actividades del niño, en lo posible, debemos darle el tiempo conveniente para que pueda responder a nuestro requerimiento.  Ese tiempo que estamos respetando ayudará a una mejor comunicación entre nosotros.  Debemos evitar caer de improviso con algo que se nos acaba de ocurrir y esperar que el niño esté dispuesto inmediatamente.
  • Los permisos con tiempo para ser usados:  Otra vez es una manera de respetar sus tiempos.  Si le vamos a permitir hacer algo que ha pedido es mejor que lo sepa de inmediato para evitar las tensiones que ocurren cuando lo tenemos esperando.  Si no lo vamos a permitir es mejor que lo sepa para evitar males mayores.
  • Toda negativa con tiempo para ser aceptada: Tiene que ver con el punto anterior.  La inseguridad o indecisión de los padres que no saben claramente lo que quieren hacer, sobre todo en los temas importantes, produce en los hijos una sensación de desamparo.  Es bueno que decidamos lo que creemos correcto y lo expresemos firmemente y a tiempo.
  • Toda indicación con la correcta correspondencia del tiempo para que se pueda entender, aceptar y llevar a cabo.

«Oportunamente» significa que estamos hablando del factor tiempo.  Corresponde una reflexión especial sobre el Tiempo que haremos en el futuro.  Por el momento diremos que el Tiempo es el verdadero valor que tienen las cosas.  Todo valdrá según el tiempo de nuestra vida que demande.  Pensemos en el tiempo que tenemos que respetar de nuestros hijos.

Seguiremos el orden anterior para desarrollar en los próximos artículos los otros puntos mencionados.

Nos hemos referido más de una vez a lo cotidiano.  Lo importante que es valorar aquello que nos pasa cada día, atesorar los momentos de nuestros hijos y los nuestros.  Tener con ellos una relación clara, predecible, segura.  Llevarlos de la mano con toda serenidad y prudencia.  Adaptarnos a sus ritmos.  Todo ello es parte de la Autoridad que se ejerce con amor hacia ellos y por ellos.  Vamos a seguir juntos por este camino mientras mis lectores sigan interesados.

Eso sí, les propongo que anoten aquellas cosas que de pronto y a consecuencia de estas reflexiones, se les ocurren para  ir armando su propio “Manual de Instrucciones” como suelo llamarlo.  Es notable como escribir en un cuaderno algunas pequeñas cosas va armando toda la historia, aprendemos de nosotros mismos y cada familia será un mundo exclusivo para ellos mismos.  Atesoremos las experiencias de todos los días.  La vida se hace mucho más tupida y deseable.  Y que Dios nos bendiga a todos.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilacha que va tramando- La forma de la Rosa

1 May

Hilachas que van Tramando

La forma de la Rosa

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Luces  en el parque inmenso, a lo lejos se descubre una pared baja de ladrillos que enmarca el cuadrado cercano, atrás el sol todavía brilla entero  tirando para el Este mientras corre para ocultarse  de golpe tras las sierras del Oeste. Arriba un cielo azul se hace presencia para enmarcar  todo el paisaje. Azul, azul, azul, nadie le puede disputar el derecho porque él es el dueño de todo y parece caer sobre nosotros  alardeando  de  eternidad, pero se queda allá bien arriba y se hace cargo de todo el paisaje que, sin él, estaría perdido.

 

Más acá la escalera que trae a la galería de chapa translúcida cerrada por el borde de latón terminado como un encaje que pinta de verde la luz. Adelante, frente a mí, la rosa. Una rosa como las de mi infancia, con los pétalos pintados con una infinita gama de colores. La magia de la naturaleza hace que parezcan transparentes.  Se van envolviendo de adentro para afuera, matizando  hasta el aire que contienen, etéreos, gráciles, livianos como si fueran a emprender vuelo.  Uno no puede menos que quedarse sin aliento ante semejante obra del Creador.  El tallo es áspero y con espinas fuertes, las hojas duras y brillantes enmarcan y sostienen tanta belleza.

Me quedo prendada y en silencio. Acerco el sillón de mimbre  y me dejo llevar. El solcito entibia la galería y me voy quedando dormida. Por suerte cuando vuelvo a abrir los ojos cae la tarde y sigue estando  la rosa.  Están el silencio, los sonidos de los patos en la laguna lejana, ladridos por la parte de las sierras, el cielo que empieza a agrisarse  y la rosa.

Lo mejor es que nació rosa. Su belleza está en el mundo desde el principio del brote. No tuvo que adaptarse a nada ni a nadie. Nació rosa.  Ahora se yergue segura de sí misma, explota en colores rosados, se queda relumbrando al sol y mañana irá cayendo en cada pétalo, uno distinto del otro, para colorear el césped a su alrededor. Después ya está. Ya pasó.

Su forma de maravilla empezó con un pequeño botoncito apretado, desplegó sus pétalos en unos días y fue formando,  con todo tesón y perseverancia, esta forma casi perfecta de una rosa bellísima. Lo mejor de todo, pienso en esta duermevela de la tardecita al sol, lo mejor de todo es que apareció en un espacio abierto, donde no había nada, ni siquiera el molde para su belleza.

Recuerdo las clases de dibujo en el  colegio. Me había encantado aprender a hacer figuras geométricas y, adentro, lo que llamábamos “abstracción”, casi siempre una flor dibujada con trazos muy lineales. Desde el punto de vista del arte aquello era una buena creación pero…no hubiera tenido nada que ver con esta rosa mía que nació rosa y por sí misma impuso sus formas a toda la naturaleza.

Se me ocurre comparar esto con lo que  nos pasa a las personas que vivimos en esta sociedad desaforada, vociferante, ruidosa y  tirana, que nos impone sus moldes con una suficiencia aceptada por todos  aquellos que vivimos en ella.

De tanta riqueza de conocimiento, matices y  ofertas, esta sociedad a la que pertenecemos y que nos pertenece, se entusiasma con las definiciones, impone estereotipos, presiona por conductas y se estremece cuando decimos o pensamos algo “políticamente incorrecto”.  Todo lo que tiene de generosa y estimulante lo tiene también de estructurada y mandona.

Entonces nos encontramos con que cada uno de nosotros  va viviendo mientras acepta y trata  de vivir adecuadamente  como para caber en el molde que más se parezca  a lo que somos. 

Sin saberlo en algún momento de nuestra vida, cuando empezamos a ser conscientes de nosotros mismos, elegimos una matriz en la que nos vamos metiendo. A veces sentimos algo de molestia, otras nos encanta el grado de aceptación personal y general que trae consigo el adecuarse al modelo. Más allá, alguna tarde de abril, nos invade una especie de nostalgia que, ahora que veo esta rosa, se me ocurre que es el desconocimiento de nosotros mismos en aras del sentimiento grupal de “pertenecer” al modelo adecuado.

¿Cómo definirlo y que se entienda? La rosa ha elegido sus propias formas empezando desde la nada y será diferente a todas las rosas que puedan existir en este mundo.  Nosotros, los humanos, pequeñitos y titubeantes en este mundo de Dios, muchas veces vamos por la vida sin armar nuestra propia forma, intentando por lo contrario, caber en el molde de un dibujo pre-hecho. Una parte para parecernos a todos, otra para ser aceptados, otra para aceptarnos nosotros mismos en esta época de tantas maravillas.  Y así, a veces y como consecuencia, padecemos un molesto sentimiento de dejadez y confusión que parece más propio de un extraño que de nosotros mismos. Nos desconocemos, no nos encontramos, caminamos en solitario. 

 A esta altura de la vida,  cuando me llegan tantas respuestas sabias que los años me han dado por el solo hecho de haber vivido, de algunas cosas estoy segura…

Que hay un momento en que empezamos a dudar de ese molde; que tenemos una necesidad imperiosa de reconocernos de nuevo y con una nueva mirada.  Estoy segura de que se nos empieza a resquebrajar el modelo cuando ha sido demasiado rígido. Que somos más tolerantes, más generosos con nosotros mismos. Que un porvenir más corto nos deja todo el tiempo del mundo para  ahondar el propio conocimiento; que sabemos a quienes corresponde la responsabilidad, una parte a los otros y una buena parte a nosotros mismos.  Que empezamos a reconsiderar  el camino recorrido, a reconocer los impulsos y la necesidad de haber hecho un dibujo abstracto de lo que somos y de vivir respetándolo, con más o menos flexibilidad según cada uno. Empezamos a reubicar los roles de aquellos y nosotros.  Nos perdonamos y perdonamos. Nos empezamos a conocer de verdad y entonces empezamos a poseernos de verdad.  Este camino de volver al principio y romper el molde establecido nos da tanta felicidad que nos consuela del paso del tiempo implacable.

Conocernos, reconocernos, sumar toda la riqueza de lo que no sabíamos que fuimos, de lo que llegamos a ser, de lo que de verdad éramos. Mirar de frente al niño que empezaba su camino. Entenderlo, aceptarlo y amarlo aunque se parezca poco a quien creíamos que somos.

En el momento en que somos lo que verdaderamente somos, cada uno de aquellos que amamos cambiarán de lugar en nuestra vida.  Reconoceremos cada paso en el que marchamos juntos. Y los querremos más que nunca porque, seguramente, ellos también cargaban con su propio molde.

 

La rosa magnífica se irá deshojando sin alborotar. Es lo que es y siempre lo fue. Nosotros somos lo que debíamos ser, después lo que fuimos y ahora, por una razón cronológica, cuando la vida se posee casi entera, lo que somos de verdad. La libertad del propio conocimiento es la más inapreciable experiencia que tenemos.  Valía la pena el paso del tiempo si nos deja otro poco de tiempo para disfrutar de este encuentro.

El alba me encontrará saliendo al patio, me acomodo en el sillón envuelta en una manta. La rosa y yo esperaremos juntas el nuevo despertar del mundo contra la sierra. Estoy reconociendo mi nueva vida, la de antes, la de ahora y la que quede para el futuro. Soy la persona más rica de esta Tierra. La más tranquila, la más serena. Voy encontrando a una vieja amiga que me parecía conocer pero no era así.  Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

 

 

 

Hilachas que van Tramando- Las Reglas del Juego

5 Abr

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia XX –   Las reglas del Juego

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Hace pocos días recibí la visita de una joven futura mamá cuya hija nacerá en pocos días.  Ojerosa, pesada y moviéndose con dificultad transitaba  el tiempo límite de la espera y, por ser su primer hijo, todavía no tenía una clara noción de lo que iba a pasar de allí en adelante.  Hablamos de muchas cosas con esa cadena de amor y comprensión que tenemos las mujeres entre nosotras a la hora de ser madres.  Lo principal en este momento de su espera es saber que empieza para ella y su hija un tiempo de aventura y plenitud que no puede compararse con ninguna otra experiencia vital.  El hecho es único y conmovedor, recibimos un ser pequeño, tibio e indefenso que todavía no tiene noción de su propia existencia y lo vamos a acompañar hasta que se encuentre consigo mismo, reconozca su propia humanidad y la de los otros y transite esta vida de la mejor manera posible. Le dije a esa madre joven que se preparara porque además del trabajo, el agotamiento y el desánimo que a veces se sienten, el resto, mejor dicho lo más importante, es la consciencia vital de “armar” a un ser humano, desde casi la nada hasta su plenitud. No hay nada que se le parezca.  Nos entregan un pedacito tibio de carne que despierta toda nuestra ternura y saldrá desde  nosotros  una persona entera, con todas sus capacidades y el derecho absoluto de vivir lo que será  su propio destino.  Aventura ardua, enigmática, inesperada y finalmente absoluta si se trata de buscar la felicidad. Aventura envidiable si se reconoce como tal desde el primer momento, de tal manera que se limen las asperezas que lo cotidiano trae a nuestra vida, se suavicen los golpes de suerte y  se mire al otro, nuestro hijo,   en su propio esplendor.

Me miró desconsolada y me dijo “¿Cómo se hace? Tamaña pregunta que debería resumirse en el camino entero de una humanidad  peregrina y esperanzada, finalmente esperanzada en un destino cada vez mejor a todos los anteriores. Pensé, confieso que pensé mucho para responderle con una ayuda que fuera, al menos, concreta y  simple como la mañana de un día soleado.

Y le dije, un poco asustada:

“Las reglas de juego. Si vamos a vivir una aventura, que las reglas del juego sean pensadas, claras, conocidas. Que tengan un objetivo cierto. Que puedan entenderse y aceptarse. Que sean ingeniosas y actuales. Que reflejen el mundo entero en el que finalmente nos movemos todos, que muestren que son beneficiosas. Que igualen a todos y, no menos importante, que sean atractivas y nos diviertan en el mundo corto y azaroso nuestra humanidad. Reglas de juego que sean un servicio para el niño”

Vamos a hablar un poco de las reglas de juego. Las de oro y las otras que se pierden en lo más vulgar de nuestros días.

Toda regla es un instrumento con el que aprendemos a hacer algo.  La manera de hacer algo que ajusta nuestras acciones al medio  y en el medio en el que nos movemos. Es toda convención que modela y modera nuestra vida para que podamos vivir con los demás. Es el lenguaje cierto y razonable con el que sabemos cuál es nuestro lugar, cuáles son nuestras metas, con qué contamos y qué debemos aportar.

Todo niño debe conocer “las reglas de juego”  Eso le dará a su vida un orden que lo hará libre sabiendo con seguridad  lo que puede hacer y también qué  recibirá a cambio de lo que haga o cómo lo haga , adónde va,  con qué cuenta. Qué puede dejar librado al azar y cuáles son las cosas que responden a un orden de convivencia.

Las reglas de juego permiten desarrollar todas las potencialidades de cada individuo.  Son el “ida y vuelta” en la creación de una persona.  Es como un viaje bien planeado en el cual las cosas fundamentales están resueltas y eso nos permite  innovar, usar el ingenio para provocar situaciones nuevas, desestructuradas, interesantes y divertidas.  Es el equipaje sin olvidos, la meta clara, el conocimiento de los recursos con los que contamos.

Vueltos a lo cotidiano, con el fin de ser prácticos,  haremos una buena comparación entre dos familias.

Familia A

Todo el mundo conoce las reglas, sabe elegir, sabe pensar bien porque los límites de sus acciones se armonizan con los de los otros. Cada uno respeta y se siente respetado. Es un mundo en el cual el niño se mueve con toda tranquilidad. Tiene la libertad de escuchar y ser escuchado, de respetar y ser respetado. Puede elegir, puede pensar y decidir según vaya creciendo porque el contrato que tiene con los otros le da a cada uno la autoridad de sí mismo refrendada por la de aquellos.  Siendo la infancia una etapa de inseguridad, el niño contenido en un ambiente de serena autoridad puede desarrollar todas sus potencialidades. 

  • Conoce las reglas. Estas contribuyen a formar su identidad.
  • Sabe pensar y elegir bien
  • Sabe vivir respetando y exigiendo respeto
  • Crece ampliando día a día su propia autonomía.
  • Goza de la libertad que representa saber claramente quién es y quiénes son los demás

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El otro ejemplo es de una familia en la cual las reglas no existen, y si existen no se cumplen. Es aquella en la cual cada uno trata de hacer “lo que quiere”. En la cual el tironeo diario por la propia voluntad sin  límites destruye el tejido vulnerable de la convivencia. Es la familia en la cual los niños se encaprichan, tienen berrinches, no hacen sus tareas, gritan y faltan el respeto, terminan mintiendo.  Son lamentables reflejos de sus mayores que no atinan a armar estas reglas de juego tan necesarias para todos y cada uno de los integrantes de una familia. Aquellos adultos que no saben someterse a ninguna. Los mayores cómodos o indiferentes dentro de la dinámica familiar. Los mezquinos y los desinteresados de todo aquello que no sean ellos mismos. Los responsables de una casa sin reglas de juego.

 

Familia B

  • El niño impone sus propias reglas que, la mayor parte de las veces, no son las que corresponden.
  • Está en permanente choque con el resto de la familia.
  • Suele ser caprichoso. Llora en cuanto no se realizan sus deseos
  • Quiere adecuar la realidad a la medida de sus deseos por lo que termina ignorándola y como consecuencia pierde la posibilidad de ir amando su propia identidad.
  • Como resultado de lo anterior, el niño no tendrá la calidad de pertenencia que todo ser humano necesita para vivir. Será un solitario ajeno al mundo real. Ya lo podemos imaginar  como parte de aquellos adultos que van fracasando en un mundo que sienten desconocido, hostil y culpable de todas sus desgracias.
  • Termina siendo un niño infeliz.

 

No es difícil entender la diferencia entre los niños de una u otra familia. El primero tiene asegurado un lugar mejor en el transcurso de su vida. Repetimos: conoce las reglas, las respeta con toda libertad, piensa y elige bien porque el mundo le resulta conocido y acotado al bien, sabe convivir, lo que es indispensable para todos los seres humanos que somos gregarios por nuestra propia naturaleza.

 

El niño de la familia B se quedará anclado en la infancia, con un relato de un mundo irreal que por lo inconsistente lo llenará de miedo. Desconoce las reglas que hubieran formado su propia identidad, no pertenece, no sabe elegir bien. Es insatisfecho y no puede hacer algo por los demás. Será presa fácil de voluntades más fuertes que la suya y finalmente no reconocerá la diferencia entre el “no” y el “sí” en lo que se refiere a la toma de decisiones importantes en su vida.

 

En esta aventura de educar a los hijos, tan llena de esfuerzo, sacrificio, lucha y perseverancia y, a la vez  tan luminosa, llena de alegría, de plenitud, de amor y maravillas, el niño que crece en un hogar sin reglas de juego es, más que nada, un niño no escuchado por quienes se supone que deben amarlo. Es lo que yo llamo “el niño invisible”  el que parece no existir en el universo de la vida familiar, el que finalmente, si aparece, molesta. El pobre niño invisible que no va a encontrar su lugar en el mundo. Duras palabras, fruto de años de experiencia que tienden a hacernos reflexionar sobre nuestra propia aventura con los hijos a quienes amamos más que a la propia vida.

A quienes les haya interesado este artículo los invito a volver atrás, a los otros anteriores que nos dan ideas concretas sobre las normas que conforman el desenvolvimiento de la vida familiar. 

Acompaño con todo afecto a aquellos padres que están a punto de iniciar una nueva aventura con el nacimiento de cada hijo. La vida nos regala esa experiencia, vamos aprendiendo con ellos y para ellos, disfrutamos, sufrimos, nos rebelamos a veces, nos reímos a carcajadas otras.  En el universo en el que sólo somos como instantes olvidados, esta experiencia es una forma de eternidad.

Llevemos a los hijos al juego de la vida con las reglas claras basadas en el amor y el buen sentido y qué Dios nos acompañe.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

 

 

 

 

 

Hilachas que van tramando- Autoridad en la Familia XIX – Autoridad Participativa

20 Mar

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia  XIX

Autoridad Participativa

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Retomamos nuestro camino complejo y exigente  sobre el tema de la Autoridad en la Familia.

La tarea de educar a los hijos es primaria y necesariamente de los padres.  No podemos ni debemos olvidarnos de tal concepto. Educamos con la palabra, con la acción y con el ejemplo.

“Las padres son modelo de referencia para los hijos aunque no quieran serlo”. 

¡Menuda tarea y menuda responsabilidad!  Se nos presenta una enorme montaña de obligaciones, preocupaciones e imprevistos que parecen dificultar bastante esa tarea.  Pero no estamos solos.  Para lo bueno y para lo malo no estamos solos.  Más bien estamos rodeados e invadidos, como nunca en la historia, por el peso de una sociedad que, para lo bueno y para lo malo, se fusiona cada día de nuestra vida con nuestra vida, con lo que pensamos, decimos y hacemos.  El poder de la cultura sobre la vida de las personas nunca ha sido tan categórico y lo cierto es que ha llegado para quedarse.   Para influir y decidir muchas veces por nosotros mismos, cada vez más para decidir por nosotros mismos.

El mundo ha caminado siempre hacia la socialización cada vez más general y concreta de los seres humanos que estamos juntos y solos en el espacio grande en el cual la Tierra sigue su camino.

Se van conociendo más personas entre sí, se transmiten cada vez más todo tipo de conocimientos, se comparten experiencias, desde las más importantes hasta las cotidianas, se cuentan cada vez más historias que influyen en todos, se comercia cada vez más entre unos y otros, se viaja, se camina, se cruzan las culturas en un andar seguro y constante.

El tiempo va congregando más y más gente como un ángulo agudo que se ensancha hasta que todos cabemos en él y todos compartimos la realidad de nuestra existencia, influyendo unos en otros hasta que, ampliando y desapareciendo las fronteras, lleguemos a los 360 grados de interacción.  Inevitable y venturoso futuro en el que todos los hombres tengamos consciencia de esa sociedad que convoca y a la que todos pertenecemos.  Llegará el día.

Pensemos que en el Mundo Antiguo todo era misterio,  la influencia de los usos y costumbres de uno y otro pueblo se iba abriendo paso con mucha dificultad, en la Edad Media la mayoría absoluta de los habitantes de un lugar jamás en su vida se alejaban más de unos pocos kilómetros de donde habían nacido.  De tal manera que los padres y encargados de la educación de los niños eran rectores casi excluyentes de su desarrollo.  Ese esquema fue variando, en rápida sucesión pensemos en la rueda, la imprenta, los transportes, la tecnología avanzando desde el pasado hasta lo que hoy es como un milagro de comunicación.  La sociedad se fue conformando rápidamente como el lugar de todos en el que hoy estamos.

Como consecuencia de esta dinámica en la Era de las Comunicaciones se nos hace mucho más difuso el límite entre lo que decidimos libremente sobre cualquier cuestión de nuestra vida y lo que se nos impone desde la sociedad en la que vivimos.

Esto hace que: para lo bueno, que hay mucho, y para lo no tan bueno que también hay mucho, pasemos a depender  bastante de lo que pasa fuera del ámbito del hogar.   Siendo que la familia se estabiliza sobre su capacidad de asumir sus conflictos, esta familia moderna muchas veces pasa a ser lugar de “negociación” entre lo de “adentro” y lo de “afuera”.  Diríamos que es mejor asumir las dificultades de tal realidad y no dramatizarlas.

Releemos sobre la consciencia que los padres deben tener acerca de lo que quieren para sus hijos, una convicción sobre los principios, la elección de los valores que eligen y transmiten y vamos a hablar de la forma en la que toda la sociedad participa en la educación familiar.

Autoridad Participativa: es el ámbito en el cual recibimos, aceptamos y compartimos una participación de otros sujetos que nos ayudarán en la tarea.  Es toda autoridad que actúa sobre nosotros y sobre nuestros hijos.  Empezamos con la regla de oro:

Es imposible sostener la Autoridad a solas”  Contamos con terceros, querramos o no, contamos con terceros.

  • Ambos padres entre sí
  • Resto de la familia
  • Escuela
  • Religión
  • Amigos, compañeros, vecinos
  • Clubs, manifestaciones culturales, ONG, etc
  • El Estado en todas sus manifestaciones
  • Medios de comunicación: Son los que, sobre todo a través de las redes sociales, tienen una influencia inevitable y total, buena y mala, hoy en día, en este campo de la Autoridad.  Se han transformado en factores determinantes para la vida de los individuos y de los pueblos.  Nos llevan a confrontar permanentemente con nuestros valores, nos imponen modas, nos hacen pensar acerca de lo que realmente queremos y de lo que debemos hacer.  Son formidables desafiando nuestra imaginación, replicando nuestros valores, abriendo el mundo para todo lo bueno y para todo lo malo.

Hay muchas otras personas, instituciones y hechos que coparticipan de la educación de nuestros hijos.  Es un buen ejercicio pensar sobre ellos.

Es necesario que como padres tengamos claro y presente todos estos actores que serán inevitables para nosotros y que nos aseguremos de que seguimos siendo los principales  y verdaderos responsables de la formación de nuestros hijos.

Hay algunos conceptos para remarcar:

  • Nada puede caber entre nuestros hijos y nosotros a menos que lo consideremos algo bueno, venga de donde venga.
  • Todo hueco que dejemos en la tarea de educar a nuestros hijos, será llenado por cualquiera de los otros sujetos.  
  • Cuando abandonamos o nos distraemos de la tarea de educar, no podemos elegir el reemplazante, lo vamos a padecer, nosotros y nuestros hijos.
  • Siendo que la Autoridad es Servicio y requiere Prestigio, debemos tener mucho cuidado cuando elegimos nuestros socios en la tarea y nunca debemos desprestigiar sin fundamentos a quienes comparten ámbitos de la educación.

Sobre esto hay un ejemplo muy triste que resulta cuando los padres critican seriamente a la escuela y siguen mandando a ella sus hijos.  Los niños entienden que: o la escuela es mala y a los padres no les importa y los mandan igual; o la escuela es buena y los padres mienten.  Es una confusión innecesaria y uno de los grandes problemas, bastante comunes, que aparecen en este campo.  Como en este ejemplo encontramos infinidad de mensajes contradictorios que le damos a nuestros hijos y que, sin que nos demos cuenta complican las relaciones familiares.

  • Los padres: La primera y más importante asociación en la tarea de educar se da entre los padres.  Es imprescindible que estos se pongan de acuerdo.  Es inevitable e imprescindible y lo diremos miles de veces como una verdad irrefutable.

“No se puede educar con el enemigo en casa”

Ya hablaremos más adelante sobre este tema que tiene aristas de relaciones personales, intereses que confrontan, lenguaje que está hecho de intenciones que exceden al lenguaje y todo lo que tiene que ver con las relaciones maritales.  Lo que decimos acá es que los padres deben ser conscientes de su responsabilidad en ejercer la Autoridad para educar a sus hijos ante:

  • Sus propios hijos
  • El resto de la familia
  • El resto de la sociedad. Familiares, amigos, escuela, vecinos, autoridades, medios de comunicación, etc, etc.

La tarea de los padres, de los otros padres, de todos los padres, va tejiendo una red de acciones y responsabilidades que, finalmente, hace que la sociedad sea ésta y no otra.  Que una sociedad esté caminando en esta dirección y no en otra.  Que una sociedad sea más o menos justa, más o menos benevolente, más o menos digna.

Los padres del mundo construyen el mundo desde el ámbito íntimo de su hogar.

Debemos cuidar con todo esmero esta interrelación con los factores externos que influyen en la educación de nuestros hijos.

Primero saber elegir lo que se pueda elegir y después no abandonar un minuto ni un centímetro el lugar que tenemos que tener como gestores principales en la vida de los niños.

Objetivos de quienes educan

Hay ciertos conceptos que nos ayudan en esta tarea tan maravillosa y ardua de ser padres educadores.

“Todos aquellos que educan tienen distintos objetivos”.  Este concepto es básico para entender y aclarar el campo de las responsabilidades cruzadas que tiene todo proceso de educación.  La tensión necesaria entre los diferentes campos de poder que se ejercen sobre los niños debe ser claramente conocida y aceptada por los padres que siempre tendrán el derecho y el deber de dirigir esos poderes, neutralizando excesos, resaltando lugares y decidiendo finalmente.

Si lo tenemos claro sabremos a quienes darles más o menos poder en esta participación que tienen en la educación de los hijos.

Por ejemplo, la escuela comparte como objetivo el objetivo de los padres que será lo mejor para los alumnos.  Los familiares y amigos se supone que comparten buenos propósitos.  Las autoridades tendrán como objetivo someter el derecho individual al general de la sociedad.  Los medios tendrán serias confusiones entre la buena fe de educar y el lógico interés de lo comercial.  Algunos medios tendrán solamente el interés y la ambición de ganar dinero.

Es imprescindible que los padres reconozcan en cada caso el verdadero objetivo o interés que cada sujeto participante de la educación de sus hijos tiene para ellos.

Todos lo que participan en la educación de nuestros  hijos intervienen, colaboran, contribuyen y cooperan con más o menos y  mejor o peor  buena intención.  Como un director de orquesta los padres deben aprender, escuchar, interpretar, y guiar porque además del amor que sienten por sus hijos y también por ese mismo amor, la responsabilidad final es  enorme y excluyente.

Hay ciertas preguntas que siempre ayudan, en este caso agregamos algunas que serán valiosas para iluminar algunos senderos de vida.

Como tantas otras veces sugiero que se hagan entre aquellos que corresponda.  Que se contesten por escrito, que se comenten en breves reuniones entre los padres y en familia.  Son actividades sencillas que hacen a la buena relación en el ámbito íntimo de la familia.  Aquellos que no están acostumbrados a este tipo de ejercicio pueden tener algún recelo o desconfiar de su eficacia, puedo asegurarles que el resultado es mágicamente esclarecedor ante algunos de los conflictos que vive una familia.

Preguntas entre ambos padres

  • ¿Quién manda en mí?
  • ¿Quién manda en mis hijos?

Para hacerle a los hijos

(Adecuándolas  a la edad y otras circunstancias)

  • ¿Quién manda en tí?
  • ¿Quién dejas que mande en tí?
  • ¿Quién, verdaderamente, te gustaría que mandara en tí?

Para padres e hijos

  • ¿Quién tiene que exigir?
  • ¿Quién tiene que comprender?

Conocemos a nuestros hijos, los amamos y queremos para ellos el mejor de los destinos, que sean lo mejor que pueden ser por ellos mismos y que sean capaces de relacionarse adecuadamente con sus semejantes.  La tarea es compartida, cada vez más compartida.  Para que el mundo sea cada vez mejor debemos aprender a co- accionar con todos aquellos que, a veces elegimos y a veces no, para llevar a buen término la tarea.

Darse cuenta, mejorar el conocimiento del mundo, elegir y ser elegido.  Dejarles un mundo con un poco más de armonía, un poco más fácil, siempre mejor que el que conocemos. Desde el espacio pequeño en el que podemos influir, nuestro legado será que ese pedazo del mundo sea mejor por lo que nosotros hacemos.  Después, cada uno hará su parte.  Que Dios nos ayude.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – Una mirada nueva

10 Mar

Hilachas que van Tramando

Una mirada nueva

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El paisaje es rudo, solitario, lo llenan árboles semidesnudos que no se llevan bien entre ellos.  Cruzamos un arroyo correntoso caminando sobre un tronco que lo atraviesa de orilla a orilla, lo cual nos hace temblar y vuelve más atractiva nuestra aventura.  Pasados los arbustos espinosos que crecen en las laderas del zanjón, con sus hojas salpicadas de rojos y amarillos, empieza un suelo que nos engaña con su color verde brillante pero que flota sobre barro en el cual se nos hunden las zapatillas.  El verde es brillante y peligroso aunque sólo sea por empaparnos hasta los tobillos mientras nos reímos como si no nos importara.  Hay un árbol abatido casi seguro durante la última tormenta y debemos ayudar a los más chiquitos a pasar por encima porque los alrededores están muy anegados.

Todo era parte de una tarde de otoño durante la cual habíamos salido  a recorrer zonas apartadas.  Nada del paisaje se nos entregaba.  Nosotros habíamos salido a la caminata muy alegres, los niños cantaban y pronto todos nos sumamos al coro.  Descubríamos algún pájaro nuevo, los restos de un esqueleto de jabalí que se transformaba en un dinosaurio, fantasía alimentada con toda naturalidad por los mayores; árboles para saltar y para sortear.  Ninguno para trepar porque sentíamos una cierta hostilidad en el ambiente, tal vez porque no era una zona que habíamos visitado desde hacía mucho tiempo.  Nada del paisaje se hacía amigable.  Más bien distante y silencioso.  Le faltaba algo para ser una belleza bella.

Al fondo una sorpresa, un espacio muy grande sin árboles, con el mismo pasto pero sin barro, lleno de sol y tibio, y atrás, un poco más atrás, la pared rocosa de las sierras.  Una estructura vertical de colores grises y marrones, con pocos arbustos desparramados y agujeros de cuevas pequeñas que la montaña cobijaba y en algunos casos ocultaba con matas de arbustos que en otoño se tornaban de colores.  Sierras que nuestros hijos habían escalado desde que eran chicos y que siempre nos hacían sentir sobresaltados hasta que todos estaban de vuelta en la casa, cansados, hambrientos y exultantes, hablando a borbotones, interrumpiéndose unos a otros y acumulando recuerdos que se  irían haciendo más y más queridos con los años.

No regresé a ese lugar precisamente ahora, lo que pasó es que, buscando algo, cayeron desde un estante superior una buena cantidad de fotos, una de las cuales me llevó de vuelta a ese momento.

Sentada en el suelo me quedé mirando la escena y  todo cambió.  Me pareció que la imagen era mucho más soleada, que no había barro en el piso y que los árboles se sentían bien unos con otros.  Había desaparecido la hostilidad.  Atrás, las sierras reaparecían con toda su realidad, luminosas, reflejando la luz dorada del atardecer, sin sobresaltos, casi cálidas, casi como si entendieran.  Todo era igual en la foto pero todo era distinto en mi mirada.

Una mirada nueva para recordar, borrando en forma espontánea lo que me había dado miedo, lo que me había dolido o preocupado.  La foto se hacía más y más clara, más y más bella, más cercana.

Miramos según lo que nos pasa, según lo que tememos perder o lo que ansiamos tener.  Miramos cada vez de una manera distinta.  Ahora ha llegado el momento de remirar casi todas las escalas de la vida que va pasando y estoy tentada de ir borrando aquello que me excede, que me trabó alguna vez el ritmo acompasado de lo que yo quería para mí misma.  Como todos.

Puestos a mirar para atrás es que necesitamos una mirada nueva para cambiar un pasado en lo que nos pese, en lo que nos duele, en aquello en que somos prisioneros de algo o de alguien.  Una mirada en la que dejemos de ser rehenes de cosas que nos pasaron antes y que no podemos cambiar.  Una mirada nueva para perdonar y ser perdonados.  Para resaltar lo que fue bueno, en el fondo y en las formas.  También una mirada para fijar los detalles de nuestra vida que se nos habían pasado desapercibidos mientras la ocupación de vivir llenaba todos los huecos.

Es necesario reencontrar aquella sonrisa de alguien que hemos amado siempre, el gesto de la mano y también la luz que entraba por la ventana.  Volver a una juventud de todos los que éramos jóvenes y llenábamos el cuadro con tanta energía y tanta inconsciencia que hasta en las fotos todo  parecía moverse sin pausa y todo era ruido y sonidos.  Una mirada nueva que refresque las emociones, reviva los olores y los sabores  de toda la vida.

También esa mirada nueva para entender algunas cosas que nos pasaron, para saborear la ternura de aquellos que no habíamos sabido conocer, para reírnos de lo que valía la pena, para colorear con colores nuevos un pasado que sólo así puede ser presente.  Un pasado que convoque y al que no le temamos.

¡Hay tantas cosas qué debemos mirar de nuevo!

Con una consigna: solamente lo que nos hace bien, después de hacer los balances, pagar las deudas y olvidar los malos momentos, solamente mirar y recordar lo que nos hace bien, para que el mundo se reinstale armoniosamente.

Hasta los más jóvenes merecen tener una mirada nueva sobre lo que les pasa, para que no les pase porque les duele o para cementar lo que les está pasando si los hace felices y que  les dure para toda la vida.

Y una mirada infantil de ahora en adelante.  A propósito, entre una de las tantas reflexiones que me llegan de los más jóvenes de la familia rescato la última de uno de mis nietos, un varón de 8 años que le contó a su mamá que su amigo Matías se había ido a Chile cruzando la Cordillera en coche, pero “no manejaba él, manejaba el padre”.

Me sumo a tal mirada, todo es posible, desde cruzar la Cordillera manejando un coche cuando uno tiene 8 años, hasta descubrir  el color ambiguo de una rosa.  La vista del jardín cuando se abren los postigones bien temprano a la mañana, el pliegue de esa cortina que se balancea, la sonrisa de mi amigo, el tren a la distancia, un libro sobre la mesita y la esperanza luminosa del día que vamos a vivir.  Nuestras propias manos y los gestos de los otros.

Parar un momento y mirar.  Como si todo se tratara de mirar.

Mirar, mirar, elegir qué nos vamos a guardar de esas miradas, volver a la imagen, retocar, iluminar, integrarla a los buenos momentos.  Y dejarla ir con la seguridad de que vamos acopiando belleza y armonía que nos van a servir en los momentos en que la vida golpee sin piedad, que todos los tenemos.

Mirar en la oscuridad y llenarla de luz desde adentro.

Mirada nueva a los que amamos, al lugar en el que vivimos, al momento de la vida que nos está pasando mientras la vida sigue tan airosa para todos, nosotros y los otros y si perdemos esa mirada perdemos ese pedazo de ella.

Mirar con atención como mira un niño el camino de las hormigas en el jardín, con los ojos grandes del pequeño que da palmas en la canción que le cantamos y así posee el mundo hasta los confines.  Mirar sin separar pero olvidando.  Con anhelo de cosas nuevas, mirar como mira uno sin quedarse solamente en experiencias de los otros, mirar compartiendo lo que nos gusta, lo que nos hace reír, lo que nos sacude el ánimo hasta llenarnos de emociones.

Mirar esperando que todo sea posible, sin prejuicios, dispuestos a encantarnos y a sorprendernos con la naturalidad de los más chicos.  Todo puede pasar y todo lo que pase puede ser bueno.

Voy a enmarcar la foto en cuestión, para no olvidarme.   La quiero tener presente con el propósito de que vaya cambiando según mi mirada y sea una de las más bellas que he tenido. Como la vida.  Siempre es la misma para cada uno, pero a uno le pasan cosas que la hacen distinta.

Cuando el alma sienta alguna derrota me voy a ir a cruzar el arroyo haciendo equilibrio sobre un tronco atravesado, caminaré el pasto verde y sin barro, voy a llegar hasta la base de la sierra sin sentirme tan pequeña como soy y, en una de ésas, me atrevo a escalar para llegar arriba y descubrir el paisaje entero.  Y también voy a ir cuando me sienta muy feliz.  En una de ésas me atrevo, cambio la mirada y me hago nueva.  En una de ésas.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Vídeo

La Familia y la Educación de los Hijos

24 Feb

La escritora Zully Poratelli fue nuevamente invitada a el programa “La Puerta Abierta” para hablar sobre la familia.

Hilachas que van tramando – El Sendero Escondido

23 Feb

Hilachas que van Tramando

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El sendero escondido

Cuando la naturaleza se arrebata y cae sobre nosotros el mundo entero se hace presente.  No es el miedo a perecer, ni la memoria de la especie que revive los terrores de la cueva oscura.  No es el peligro inmediato.  No.  Es el encierro.  Es la desventurada sensación de que no podemos escapar.  Y no podemos. Han caído cataratas de agua, rayos y truenos tan poderosos y temibles como los de los cuentos de la infancia.  El instinto vital se acalla, nos inclinamos temblorosos ante todos los dioses del tiempo.  Si la tormenta persiste uno y otro y otro día, de una manera sigilosa se cierra el círculo de la esperanza.  Es el encierro.  Es la imposibilidad de cambiar las cosas.  El fracaso, la melancolía, la más implacable realidad de nuestra pequeñez. Llueve, hay relámpagos y los truenos descargan toda la fuerza del cielo que nosotros habíamos despreciado sin pensar.  La tierra parece que se rasga y la cortina de agua va a impedir que nos salvemos unos a otros.  Algunos ratos se abre el gris del cielo amenazador y el sol aparece para que no nos vayamos a morir de pena. Pero el Tata Dios se complace en confundirnos  y  las tormentas se suceden días y días.

Me pongo a pensar en tantas personas y tantas cosas que están sometidas a fuerzas semejantes en la vida.  En  aquellos  que deben someterse a la voluntad de otros.  Porque los otros lo quieren o lo deciden; o porque ellos mismos tienen la capacidad de brillar intensamente pero sólo cuando van menguando su propia luz en aras de lo que otros demandan.

Los otros son los que los aman y son buenos, los que los aman y no lo son.  Los que no los aman pero también son buenos, los que no los aman y no lo son.  Como la naturaleza desatada con la lluvia esos otros los aturden, los seducen, los encierran.  Les dejan el mandato de provocar la felicidad, de asegurarles la felicidad.

Entregados en cuerpo y alma a la omnipotencia de los otros estas personas tan especiales siguen reviviendo en cada día y cada uno de esos días vuelven a sonreír, a reír, a reírse a carcajadas, a considerar nuevos proyectos, a olvidarse de sí mismos con una gracia tal, que nadie puede sospechar la fuerza de su propia fuerza.  Claro que al cabo del tiempo eso se traslucirá en tristeza, la peor de todas, la tristeza de la que no se sabe que uno tiene porque la viene soslayando desde casi siempre.

Pero no son sólo personas, también hay situaciones que nos encierran como el círculo de agua cayendo a borbotones este día de melancolía y reflexión.  Agua que borra el paisaje.  Agua que nos mete en nosotros mismos y no nos deja ver para afuera.  Y nos quedamos tan campantes creyendo que somos felices.  Laboriosos obreros de la felicidad sin compensación son aquellos que viven para los demás pero no con el mandato bíblico de amar al prójimo sino con la cierta vanidad humana de ser el que ama más o el que resiste más.  Llevando la imagen bruñida de su propia omnipotencia por todos los caminos del Señor.  Todavía sin reconocer que de ello el costo será la tristeza.

La lluvia sigue una, dos semanas.  Se vuelve agobiante.  Ya no alcanza el deseo de ser útil para provocar la felicidad de los otros.  Cada uno ha encontrado el límite de sus fuerzas y empieza a mostrar su propia vulnerabilidad. Cada uno necesita también que los otros lo hagan feliz.  Ése es el secreto.  El amor es gratuito y generoso y olvida, pero las personas deben ser amadas a cambio.  Amadas. Igual, de distinta manera pero igual.  Cada uno amando como puede y queriendo amar más de lo que puede.  El amor es gratuito pero tiene que ir en ambas direcciones.

La vida también es gratuita pero igual, de cualquier manera, tiene que tener algunas compensaciones.

El encierro del agua promueve todas estas interioridades, saca afuera lo que no cabe.  Escalamos desde lo más profundo y mirando el espejo turbulento del agua empezamos a llenar  el alma de primicias.  Los vidrios de las ventanas se opacan, no nos queda otra cosa que mirar para adentro y sacar lo que no cabe.

Un día y otro, una parte de la vida, toda la vida.

Hasta que al fin un día cualquiera, a media tarde, se hace la luz.  Deja de llover.  Los pájaros empiezan, casi tímidamente, a cantar de a uno, las nubes van encontrando formas.  Empiezan a gotear las canaletas, lo último, lo que quedaba del encierro.   Reluce el ladrillo y la luz se vuelve  dorada.

Primero llega el asombro, el gozo, la exaltación de la libertad que sumada a toda esta  belleza es invencible.  Miramos para dónde salir y allí está, allí estuvo siempre el sendero escondido.  Verde, sencillo, desteñido.  Casi oculto detrás de un roble y metiéndose por entre las hortensias.  Para empezar a recorrerlo con un poco de miedo  y mucha curiosidad.  Mojándose los pies y el cuerpo en el desfiladero de las ramas.  Tentador.

Como en la vida.  A veces se termina el encierro, llega el tiempo de salir escapando de lo que nos atrapaba.  Una situación, una persona, una ambición equivocada, vanidad, obstinación, ignorancia, sencilla ingenuidad.  Proyectos que no se cumplieron pero que parecen estar delante de nosotros cuando ya no es tiempo.   Tiempo que ya se fue y sin embargo quiere imponerse al presente.  Todo, todo lo que nos encierra.

Y da miedo.  Porque el sendero nuevo gira y desaparece, no sabemos adónde va, hasta dónde llega. No sabemos qué nos espera.  Si entra en el bosque de los milagros o se pierde entre jardines abandonados.  Casi empezamos a extrañar el encierro de la lluvia feroz porque nos había dejado sin propósito y casi sin tener que decidir nada.

Da miedo.  No importa que los rayos de sol del atardecer vayan cambiando los relumbrones.  Que las hortensias se hagan de otros colores.  Que los pájaros nos prometan alegría.  Da miedo.  Salir del encierro da miedo.  Y nadie puede resolverlo por nosotros.  Nadie promete bonanzas fuera del encierro.  Somos cada uno, su encierro y su sendero para escapar de él. ¡Como para no tener miedo!

Pero nos acercamos, damos dos pasos y otros más,  sentimos la humedad del suelo, y descalzos empezamos a sonreír. Todavía no llegamos al recodo del sendero pero ya no retrocedemos.  No importa lo que venga siempre es una nueva oportunidad.  Las gotas que salpican nos hacen reír, un pájaro vuela rasando borracho de gozo.  Caminamos, da miedo pero caminamos.

Cada uno su propio sendero.  Por ahora se terminó la lluvia, la nostalgia, la melancolía.  Caminamos el sendero escondido y ya nos alegramos por lo que vamos a encontrar después del recodo.

Todo esto me lo contó una mujer cuya amistad había compartido en forma ocasional.  Me habló de la lluvia, del encierro, de los días que se le hicieron interminables.  Del anillo de agua fiera que la había asustado.  Y después me llevó hasta donde empezaba el sendero escondido y, sin invitarme a recorrerlo me miró con una sonrisa maliciosa de los que aprendieron a empezar de nuevo.

Veranos lluviosos, implacables, sin sol.  Veranos en los que  la lluvia nos puede regalar cosas mágicas.   Si no le tenemos miedo.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando – Autoridad en la Familia XVIII – Conocer a los hijos

2 Feb

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia  XVIII

Conocer a los Hijos

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Llueve copiosamente.  El ánimo se va tensando y luego se decae.  Prestos a retozar en la playa sin embargo estamos obligados a encontrar la belleza de las tardes de jardines verde esmeralda, flores que gotean brillos de luz, caminos embarrados, mesas con manteles a cuadritos y torta de manzana.  Los niños se impacientan.  Cada uno a su manera se entretiene, se cansa y molesta.  Se pelean, se amigan, salen al jardín y vuelven empapados, duermen mal porque no han hecho suficiente ejercicio.  Es un buen momento para descubrir en cada uno de ellos la mochila de su mundo personal que los hace más o menos resistentes a las contrariedades como será la de no haber podido ir a la playa, programa que esperan con ansiedad desde los últimos días de clase.

El armario de los juegos y los juguetes ocupa toda la pared de una habitación.  Es el mundo maravilloso en el cual se van amontonando los que traen cada año y no se llevan.  Los que dejan los Reyes Magos, los de los cumpleaños del verano.  Los niños crecen y van dejando los juguetes para los otros niños que van llegando a la familia.  Así se acumulan muñecas sin vestidos y vestidos sin muñecas con vías del ferrocarril que ya no llega a ningún lado, soldaditos, coches de paseo y de carrera, pelotas de todos colores y tamaños.  Hay pistolas de agua, historietas añejas, casitas de muñecas, rompecabezas, aros y juegos de damas.  Naipes, pistas de carrera de coches, puñados de indios y cowboys de plástico, juegos de mesa. Cosas y juguetes que recrean la infancia antigua desde los abuelos, como una caja de Pandora pero feliz, desparramando costumbres, sueños y recuerdos de los que fuimos creciendo, de nuestros hijos y de nuestros nietos.  No una vez, muchas, he advertido en la mirada de uno de mis hijos y en su emoción el hallazgo de un “pedazo” de juguete que le devuelve tiempos increíbles de su propia infancia.

Los niños son la parte más importante de la vida, colorean las familias y les dan consistencia, sus juegos nos encantan y nos hacen crecer.  Una de las cosas inefables cuando se trata de los niños en la casa es que inevitablemente son distintos y nos ponen frente a lo distinto que somos nosotros.  Ellos nos muestran categóricamente la calidad de “único” que tiene cada ser humano en esto de lidiar con la vida que corre.

La “unicidad” es la condición humana por excelencia.  Es lo que nos define primariamente ante cualquier otra criatura de la Creación.  Cada uno de nosotros es todo lo que es y solamente lo que es y no hay nadie igual a nadie.  Hermosa complejidad y hermosa sencillez.

Ante Dios exponemos la única condición que nos hace iguales a Él.  Y lo aprendemos antes que nada de los niños…si sabemos verlo.

Cada uno de nuestros hijos es distinto a los otros y cada familia es mejor si hay más “distintos”.

¿Lo hemos pensado alguna vez?  Cada uno tiene su temperamento, sus dones, sus debilidades.  Cada uno pedirá lo que necesita que es distinto a lo que necesitan los otros.  Cada uno resolverá sus problemas de una manera ingeniosa o se moverá en un mar de dulce de leche.  Cada uno tendrá más despierta y más imperiosa su parte motriz y el otro dejará que lo guíen los sueños.  Éste será rápido y brillante, aquel reflexivo y sereno.  Uno que llora por nada y el otro que aprieta los labios, lleno de amor propio, y se calla.  El más remolón y el más activo.  Y podemos seguir todo el tiempo que quieran señalando las cosas que definen a cada uno de nuestros hijos.

(No es una mala idea una buena lista hecha en conjunto por mamá y papá, con los rasgos principales de cada hijo, aclara muchísimo los conceptos.)

Seguimos.  Estamos hablando del Conocimiento de cada hijo.

Cada uno merece nuestra mirada inteligente, comprensiva y sabia.  Es indispensable que los podamos reconocer unos de otros y es esa mirada del padre la que configura una personalidad segura y firme.  Los que nos miran nos recrean, nos guste o no.  Un padre que mira conociendo aprende a respetar, a comprender, a perdonar, a apoyar, aprende a impulsar a su hijo por el camino adecuado.

Al hijo hay que mirarlo pero, sobre todo, hay que verlo.

Y, cuando lo vemos tal como es, podremos aceptarlo tal como es.  Curiosa y fantástica necesidad que tiene el hombre,  Ser conocido y aceptado por su padre.  Con la salvedad de  que hay una diferencia contundente entre:

La aceptación del hijo y la aceptación de lo que hace el hijo.

Hay que  reprobar lo que él ha hecho mal pero no reprobarlo a él.

Pensemos, pensemos, pensemos.  Esa diferencia debe estar siempre presente en la vida de relación con nuestros hijos.

Fuente de grandes dolores es la confusión entre mi hijo y lo que él hace, para bien o para mal.

Cuando hace algo bien no podemos transformarlo en un héroe, cuando hace algo mal no debemos hacerlo un villano.

De lo anterior deducimos que hay dos cosas totalmente negativas en el trato hacia nuestros hijos y que aún siendo padres bien intencionados solemos hacer con más o menos asiduidad y más o menos gravedad:

  • Rotular a nuestros hijos
  • Comparar a nuestros hijos con sus hermanos o con otros niños.

Ambas cosas deben desaparecer totalmente en nuestra relación con ellos.  Ambas nos hablan de un desconocimiento profundo de cada hijo.  En la vida de la familia traen desconsuelo y falta de autoestima.

Como hemos dicho en otras ocasiones:

Decir : “Eso no es verdad” y no decir “eres un mentiroso”

Tus cosas están desordenadas” y no decir “Eres un desastre”

“No hiciste tu tarea” y no decir “Eres un vago”

Podemos seguir horas y horas dando ejemplos sobre el tema.

Relacionamos este conocimiento del hijo que hará tanto bien a su educación y a él mismo, con el tema de los premios y los castigos del que ya hemos hablado anteriormente.

El premio y el castigo tienen que ver con lo que el niño hace y no con lo que el niño es”

Castigo a Pedrito porque rompió el vidrio con la pelota en un lugar que tenía prohibido jugar a la pelota pero no porque es travieso.

Conocer significa no rotular.

Conocer significa no equivocarse de niño.

Conocer es no tener prejuicios y proceder con cada niño como él lo merece.

Conocer es no discriminar, es darle a cada uno lo que le es propio.

En el segundo de los conceptos diremos con toda seguridad y firmeza que:

Solo debe compararse a un niño con lo que él mismo es capaz de hacer.  Sólo consigo mismo.

De lo contrario ponemos a los niños en un camino amargo de la competencia fuera de toda competencia.  Cada uno tiene sus dones y sus características y compararlos es engañar a unos con otros.

Debemos lograr que la realización personal sea en el plano individual de cada uno.  Lo mejor que puede ser él mismo.  Otra veces lo hemos dicho y seguiremos repitiendo  “El héroe que llegará a ser lo que era.”

La vieja fórmula de las abuelas sabias que nos “hablaban con leyendas y nos llenaban el corazón de creencias y las manos de castañas y nueces”:

Tratar a todos los niños en forma diferente y amar a todos por igual

Esos niños y niñas que vienen al mundo a alegrarnos la vida, cada uno, cada uno con su propio encanto, su sonrisa y su mirada.  Todos distintos para llenarnos de colores.  Que Dios nos permita verlos a cada uno como es y que los bendiga a todos.  ¡Que así sea!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando/ Vuelvo enseguida

18 Ene

 Hilachas que van Tramando

Vuelvo enseguida

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La casa de piedra se levanta justo en la esquina bien redondeada.  Deja que la anterior se oculte, temerosa, atrás de un  laurel blanco.  Sigue un árbol alto y retorcido que la enmarca.  El laurel rosado que le pertenece y, enfrente, la casa más pequeña, que está entre dos árboles queriendo escaparse por el callejón, cansada de ser la menos importante del paraje. Rosa y blanca, poco atractiva, desconsolada porque quiere quedarse y parece que se va.

La casa de piedra es sólida, amarronada.  Con puertas y ventanas de madera añeja, endurecida por tantos años de vientos y agua que vienen del río.  Tiene una pequeña ventanilla alargada que parece espiar desde arriba de la puerta principal. Hay hileras de ladrillos en forma de arco que sostienen airosamente el piso superior. Techo de tejas que merece más cuidado y un farol amarillo que se quedó con las ganas de estar en la esquina.  Toda la calle es de adoquines a la vieja usanza colonial, dispuestos según los planos  a recorrer, que juegan con las sombras de los árboles creando figuras cambiantes y tornadizas como la vida.  Me imagino una serie de personajes de otros tiempos pasando por el lugar, saludando con un gesto cortés, procesiones llenas de piedad y recogimiento.  Una pareja de novios que se van de la fiesta para empezar su propia fiesta en el sulky adornado con guirnaldas y una novia que saluda sonriente mientras oculta todas sus confusiones y sus temores.  Y niños de pantalón a la rodilla, medias tres cuartos y polainas, jugando con los aros de una época que se quedó en otra dimensión y no vuelve.  No vuelve porque cada tiempo tiene el suyo y lo que nos dejan es, solamente, los encantos de los recuerdos ajenos y las ilustraciones de lo que más nos gusta.

De esa casa, alguien se fue.  O yo imagino que se fue.  Miró alrededor, la sala abovedada, el pasillo con damero y los grandes armarios con candelabros, se dio vuelta para fijar en su memoria el patio luminoso con el aljibe, y se fue.  Dejó atrás una vida.  Se fue.  Con su partida cambió un pasado que, seguramente, no quería.  Miró para atrás a quien lo despedía y con lo que le quedaba de compasión dijo:

“Vuelvo enseguida”.

Tal vez, digo tal vez porque no quiero angustiarme demasiado, era joven, tenía la temeridad de los que han vivido poco.  Se le notaba en la frase.

“Vuelvo enseguida” Dispongo del tiempo.  Determino el curso de lo que vendrá. Mando, resuelvo, abandono. Salió creyéndose valiente pero ya había sido vencido.

La vida se nos hace, a veces, demasiado rigurosa y tendemos a escaparnos.  Los otros se nos hacen, a veces, demasiado rigurosos y tendemos a abandonarlos.  Nosotros mismos, buceando en las insondables profundidades del alma, a veces, nos asustamos y queremos huir.  Solamente deberíamos aprender que abandonando lo otro dejamos pedazos de nosotros mismos y que no hay vuelta posible.

Jirones de vida dejados en la casa de piedra marrón.  Pedazos  de sentimientos, de emociones, de instantes.  La casa de piedra marrón somos nosotros mismos, lo que somos acá adentro, en lo más profundo del alma y tendemos a desconocernos, de pronto, al acaso, cuando la vida parecía tranquila y juiciosa.  Nos preguntamos:

¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi vida? ¿Qué pasa?

Un “Qué pasa” confundido, ajeno, sin salida.  Entonces tendemos a irnos y pensar y decir, obcecados y convencidos:

“Vuelvo enseguida”.

Sin saber, ni medianamente, que jamás volveremos.  Ése es el momento más importante de nuestra vida.

Hasta entonces hemos ido decidiendo según lo que se presentaba.  Construimos una historia con la pretendida idea de que lo hacemos con la mayor libertad. Pero no, nuestra mejor condición humana es que crecemos en racimos, juntos y amontonados por la vida.

Un poco nosotros, un poco los otros y la vida omnipotente sobre todos ha ido tramando cada destino. 

Al principio el mundo nos pertenece.  La malla es apretada, no deja rendija para que pase lo que no queremos. Pero dura poco.  Con el tiempo aprendemos que más y más necesitamos, esperamos, sacamos de los otros.  Que la vida es inapelable. Cuanto antes lo entendemos, es mejor.

Y nos vamos a vivir en una casa de piedra marrón con laureles blancos y rosados, bellísima, misteriosa, que parece eterna.

Es la más bella de la cuadra.  Tiene patios de glicinas, pisos de madera que crujen siempre con el mismo tono, galerías y atardeceres de licor y mantel de encaje.

A veces se hace inhóspita, otras nos lleva al colmo de la alegría, pero está allí, ella y nosotros en ella.

Hasta que no siempre aunque casi siempre nos pasa a cada uno de nosotros, viene, de repente y sin motivo, la angustia.

¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Dónde está mi “verdadera” vida?

Lo único que queremos es huir.  Tomar la calle de adoquines viejos y salir del cuadro.  Desaparecer, desconocer, buscando al otro que soy yo pero en otro lado.

Como somos humanos y vulnerables decimos, aunque no lo digamos ni lo pensemos:

“Vuelvo enseguida”.  Sin saber lo que pasará en el futuro.

La vida imprevisible y repentina nos ha puesto en un borde del camino.  Queremos irnos desconociendo lo más seguro que tenemos, lo absoluto de ser quienes somos.  En aquellos momentos no pensamos que nos vamos pero que nos llevamos a nosotros mismos puestos.  Acarreamos nuestros recuerdos, las verdades y lo otro, las decisiones, los amores, las traiciones, la historia grande y la pequeña.

Creemos que irnos es no perder esto ni lo otro. Creemos que volver es apretar en un puño lo que tuvimos y usarlo para lo que venga.

Alguien nos dice con la voz quebrada:

“No te pierdas”.

Allá vamos cargando con nosotros mismos, creyendo que abandonamos la casa de piedra marrón con el farol y los laureles. Pero nos llevamos todo puesto.

Lo mejor sería saber de verdad quiénes somos, reconocer la realidad con los otros.  Con los que queremos y los que no queremos, aceptar que son parte de nuestra historia y de nuestro destino.  Lo mejor sería convencernos de que debemos irnos sin confusiones.  Lo mejor sería darles a los otros el lugar que deben tener en nuestra decisión.

Después, resolver con total libertad, quedarnos porque no podemos vivir partidos o irnos porque no podemos vivir sin reconocernos.

Quedarnos a rehacer lo que no nos gusta, mirar de verdad a los otros, a los que amamos o hemos amado, porque sabemos que ellos son inevitables en nuestra historia.

O irnos porque los amores se apagaron, los tiempos han cambiado y el sendero está lleno de esperanza.

Quedarnos porque lo que nos pasa también pasará y volveremos a encontrarnos a nosotros mismos.  Irnos porque ya no somos los mismos.

Lo importante es saber lo que dejamos y lo que buscamos.

Lo importante es no creernos que volveremos enseguida.  Ni que la casa marrón estará allí para recibirnos.  Más bien irá desapareciendo en la bruma que el tiempo pasado suele acumular cuando estamos cerca del río.

Lo importante es estar preparados para lo que viene.  No lastimar sin necesidad a los otros.

Lo importante es  saber descomponer y volver a armar el sentido de nuestra propia vida.  Aceptar la parte del todo que nos corresponde y aquello que dejaremos para nunca recobrar.

Si me voy tengo que decir “Adiós” para siempre.  Sin pensar que todo siga igual.  Dejaré pedazos de mí y me llevaré pedazos de mi historia.  Más que recuerdos son pedazos.  Caminaré por el zaguán de damero blanco y negro, saldré a la calle y sin decir nada, me voy.  No hay vuelta.  Y cuesta mucho.  Cuesta la vida entera.  Es lo único que cuesta la vida entera. Desconocerse, partirse y volver a juntar la vida.  Se hace contando con los demás pero es la tarea más solitaria del mundo.

La casa de piedra marrón está en una curva de la calle, tiene laureles que la adornan y adentro una historia y soy yo misma. Soy yo mismo y me reconozco.  Imposible no reconocerme.

Antes de partir la recorro, espero que sea una tarde de sol y colores y aprovecho para recorrerla.  La miro con amor, me miro con amor.  Paso mis dedos por el mueble colonial, enderezo el cuadro de marco rojizo.  Camino por la galería perfumada y me lavo la cara con el agua fresca del aljibe.

Me siento en el sillón de paja amarillenta y me hamaco suavemente hasta que duermo.  Cuando me despierto,  recobro todo lo que era y lo que soy.   Empiezo a entender, me perdono, me escucho.  En el lugar más recóndito y silencioso de la casa me veo de nuevo.  Me conozco de nuevo.

No me voy, no me creo que puedo “volver enseguida”.  Me quedo.  He decidido quedarme.

La siesta se descompone en otra tarde fresca.  Mi amigo y yo nos vamos.  Nos vamos del paraje real caminando por la calle de adoquines que dobla entre laureles y faroles.  Ha sido un sueño de verano.

Vuelvo corriendo para atrás y todo ha desaparecido.  El paraje es nuevo y sugerente.  Suerte que saqué la foto.  Suerte que tengo mi propia casa de piedra marrón.  Suerte que suerte la vida que se me ha regalado.  Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando- Autoridad en la Familia XVII- Hacer, Pensar

5 Ene

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia  XVII

Hacer – Pensar

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En mi país el año se despide con calor, tiene olor a jazmines, sabor a sal y arena y fuegos artificiales que se ven desde la playa.  Por el sur hace frío y el Pampero, viento macho y pendenciero que le decimos, hace tiritar a todos.  Al oeste los Andes imponentes elevan su masa rocosa como para atravesar el cielo, y por el norte el calor hace cansino el paso y se recuesta en las siestas.

Mi país es largo y estrecho.  Es mi país.  Toda esta reflexión nace de mi asombro al comprobar que llevo muchos días sin escribir estos artículos.  ¡Cómo me tocan los jazmines y la playa, se hace difícil concentrarse y encontrar el ritmo!  Pero…allá vamos, la tarea es atractiva y mis lectores fieles y pacientes.

Nuestra última reflexión fue sobre el “armado de la voluntad”.

Hemos hablado también de los “hábitos cotidianos positivos” que son la herramienta indispensable en la Educación de las personas.

Hemos transitado las diferencias entre “Dar” “Ofrecer” y “Encargar” según la edad de los niños.

Y, finalmente, para redondear nuestras ideas hemos hablado de establecer cadenas de comportamientos (acontecimientos, conductas) relacionados.

Como por ejemplo

  • El niño llega de la escuela, se saca el uniforme, se lava las manos y merienda.
  • Se levanta a la mañana, se viste, se lava la cara, desayuna.
  • Juega, ordena en lo posible sus juguetes, guarda todo.
  • Va a bañarse, coloca su ropa sucia en el lugar indicado, deja colgada su toalla en la percha, abandona el baño en condiciones buenas para quien deba usarlo después.

Todas estas cosas que parecen nimiedades cuando estamos hablando de temas tan profundos como la “Autoridad en la Familia” “Responsabilidad de padres e hijos”, “Formas de relacionarse” y otras, son sin embargo las claves para poder educar bien a nuestros hijos.

La vida transcurre en lo cotidiano, estamos en el mundo relacionados por nuestros sentidos, somos la manera que hablamos, nos movemos, nos expresamos con los demás.  Somos lo que comemos, nuestros gestos, nuestra cortesía, nuestros hobbies, somos lo que hacemos todos los días.  El mundo estrecho de la realidad más pequeña es el mundo grande de lo que somos en la vida.  Somos lo que nos emociona, lo que nos enciende, lo que nos avergüenza.  Por eso es tan importante lo que hacemos durante cada día de nuestra vida.  Por eso hablamos de las cosas cotidianas dándoles una importancia que parecería exagerada si no supiéramos que son increíblemente importantes.

Después de este rápido repaso del tema ahora nos toca atravesar el puente dorado entre los dos términos que marcan distintos momentos en la vida de los hijos.  Ese puente empieza con “Hacer”, y significa que el niño pequeño debe responder positivamente a las órdenes y sugerencias del padre.  Es un tiempo de poca reflexión y mucha obediencia.

  • A un niño pequeño se le enseña a lavarse las manos antes de comer y no tiene caso que le expliquemos por qué debe hacerlo ya que no lo entendería.
  • Se le prohíbe tocar cualquier enchufe y no puede entender cuál es el peligro que entraña la electricidad.
  • Se lo lleva todos los días a la escuela, debe hacer sus tareas y no tiene verdadera consciencia de la utilidad de todo eso.
  • Debe tener cuidado cuando anda en bicicleta y también compartir sus cosas con otros niños y no tiene idea de que está siendo educado para poder convivir.

La lista es interminable porque tiene que ver con todas las cosas que el niño “Hace”, “Debe hacer”, “Puede hacer” y significa que su vida se va enhebrando en conductas que lo hacen crecer y que, de cualquier manera, son inevitables en la vida cotidiana.

A medida que va “creciendo” va “entendiendo”, y de una manera gradual su “Hacer” va integrando el “Pensar”.  Será el momento de explicarle el por qué de muchas decisiones, el momento de opinar, de ejercer su derecho de protesta, de cambiar cuestiones.  Estamos en el otro extremo del puente dorado que es el desarrollo de su educación.

La Educación consiste también, entre otras definiciones, en guiar al niño para que vaya adaptándose progresivamente a este paso que dará entre el “hacer” subordinándose sin preguntas a la voluntad del padre y el “pensar” que lo irá transformando en adulto.

Habrá un momento en el que la relación con sus padres tiene tanto de “Hacer” como de “Pensar” y, finalmente se convertirá en adulto cuando piense, decida y se haga responsable de su conducta.

Este proceso indica, como ninguno, que la Autoridad supone hacer crecer hacia la libertad.

La Autoridad va desde el “Hacer” en los niños pequeños, hasta el “Pensar” y, finalmente, “Decidir” en los adolescentes y adultos.

La educación es un “proceso que mejora al individuo”, es un paso gradual en el proceso de responsabilización de los seres libres.

Si enseñamos a nuestros hijos el mundo positivo del “Hacer Bien”, estamos haciendo un servicio a su libertad, fomentando su autonomía y responsabilidad.

Por eso le damos tanta importancia a la obediencia, una de las virtudes propias de los más pequeños, ejercitada en lo cotidiano como la base de todo el proceso de Educar.

Puente dorado entre el “Hacer” y el ”Pensar” y buena definición:

El niño obedece a los 4 años para poder pensar y decidir a los 16. 

Un niño que sabe “qué hacer” conoce las reglas del juego y se adapta al medio en el que debe relacionarse con los demás,  por lo tanto naturalmente llegará a “pensar” de forma correcta cuando haya conformado su carácter definitivamente.

El que no aprendió a “hacer” bien, no puede “pensar” ni “decidir” bien.

Decía el tío médico y sabio:

“-Doctor, ¿Cuándo debo empezar a educar a mi hijo?

-¿Qué edad tiene el niño, señora?

-Una semana

-¡¡¡Señora ha perdido usted siete días en la educación de su hijo!!!!”

“La Autoridad nos lleva a la libertad en el pensar para poder superar por nuestra propia decisión todas nuestras limitaciones personales y ambientales, haciendo de nuestra vida lo mejor posible”.

Decimos también que si hacemos bien las cosas los hijos dejarán de obedecer, naturalmente, en aquello que pasan a ser Autoridad en cuanto se refiere a su crecimiento personal”.

A mí, después de tantos años de estudiar y aprender sobre esta materia, me llena el corazón de alegría y me produce gran entusiasmo cuando veo padres de niños pequeños que, con todo respeto y dulzura, y con firmeza y perseverancia, llevan a sus hijos de la mano, enseñándoles a obedecer cada día, todos los días.  Haciendo que los niños confíen en el buen juicio y el prestigio de sus padres hasta que de una manera natural vayan haciéndose cargo de su propia vida cuando crezcan.

Créanlo, créanlo los padres más jóvenes.  Como hemos dicho muchas veces, el niño cruzará la avenida más peligrosa de la ciudad de la mano de su padre, sin fijarse en el tránsito, sin temer, tranquilo y sereno.  Cuando crezca aprenderá a resolver por sí mismo la manera en que hará el cruce.

Habremos llegado, entonces, con todos los honores a la tarea cumplida.

Se va haciendo la noche.  El perfume de los jazmines es más fuerte que nunca, se oye el sonido de las olas en la playa.  Es el verano y el Año Nuevo.  En mi país que es muy grande, alargado y algo estrecho.  Es mi país.

No importa el ánimo o el cansancio siempre es estimulante hablar de algunos temas.  Imaginarme que el Año Nuevo y el verano coinciden en un continente que se va ensanchando hacia el Norte.  Somos muchos, hablamos la misma lengua, nos preocupan casi las mismas cosas cuando se trata de los hijos.  Somos muchos.

Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

23 Dic

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Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía…

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Hilachas que van tramando- Vamos dibujando

22 Dic

Hilachas que van tramando

Vamos dibujando

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Éramos pequeñas, estudiantes aplicadas y muy atentas, escribiendo en los cuadernos tradicionales de dos rayas para que mantuviéramos la letra pareja.  Hoy, casi llegando las Navidades, a pesar de las altas temperaturas no me cuesta nada recrear la escena.  Laboriosamente escribíamos las definiciones, y después con aquellos útiles maravillosos y simples: la regla, la escuadra, el transportador y el compás, debíamos trazar las rayas para ilustrar lo que habíamos aprendido.

Teníamos las cabecitas inclinadas como empujando para el pupitre, la mano derecha aferrando con mucha fuerza la lapicera y los moños azules que revoloteaban sobre las trenzas como pájaros en el aula.  Algunas iban de corrido, mientras charlaban murmurando con la compañera;  las otras, la mayoría, no podían distraerse, apretaban los labios y forzaban la postura como para que no se escaparan las figuras.  Todas teníamos delantales blancos, almidonados, con dos bolsillos muy grandes, cuello redondo y los botones en la espalda. Atrás, en las perchas del fondo, los gabanes azules y las boinas de corderoy.  Adelante la Hermana Fidelia que tenía el raro encanto de ser la más severa de todas y la más amada de aquellas niñas cuando, ya grandes, nos fuéramos de su lado entendiendo muchas cosas que entonces no podíamos entender.  Alguna mano se levantaba tímidamente para preguntar sabiendo que ella no aceptaba preguntas “insustanciables”, “cómodas” o poco “prácticas” como nos decía muy seria.  “Nada dignas de niñas que recibían la educación tan esmerada como nosotras”.  Igual, cada tanto,  nos animábamos a levantar la mano para que nos sorprendiera con una sonrisa que le llenaba la cara cuando la pregunta denotaba cierta calidad.

Estábamos aprendiendo geometría.

Línea: Extensión considerada en una sola dimensión: la longitud.  Sucesión infinita de puntos.

Recta: Distancia más corta entre dos puntos.

Paralelas: Rectas que no se tocan en ningún punto.

Verticales, Horizontales, oblicuas, segmentos, convergentes, divergentes.

Igual que las líneas de la vida. Igual que trazar las líneas de la vida.

Buena tarea teníamos tratando de aprender, fijar y recordar para las pruebas.  Cuando la realidad era que sin darnos cuenta empezábamos a armar el dibujo de nuestra propia vida.

Éramos pequeñas, compañeras desde los cinco años y hasta que dejáramos el colegio con nuestro título de Maestra.  Toda la vida, toda la vida juntas.  Como esas líneas sucesión infinita de puntos.  Íbamos andando sin saber que andábamos la experiencia más formadora e inolvidable que tendríamos.

El Colegio, que ocupaba una manzana, estaba lleno de corredores y galerías, escaleras y patios en los que habríamos de vivir una parte fundamental de nuestra vida llevándolo, después, con nosotras adonde quiera que fuéramos.  No lo sabíamos todavía.

Hoy que es tiempo de añoranza y cuando la vida ha machacado cada minuto de sí misma llenando nuestros años de experiencias inevitables, dolorosas o felices, alegres, traviesas, responsables o no, severas, vitales y tan nuestras, recobramos aquellas imágenes y descubrimos que, siendo otras, nos sentimos las mismas.

Vamos andando.  A lo largo del camino nos acompañan distintas personas, muchas personas.  Todas tienen su lugar en nuestra vida.  Algunos son compañeros de ruta ocasionales, otros están con nosotros por largos períodos y se desvanecen en alguna curva del camino.  Dejan o no un recuerdo fecundo en nuestra vida.  Habrá quienes ni siquiera recordamos.  Y aquellos que parecieron tan importantes y no lo eran.  O, también, los que dejamos de ver y nos habían enseñado algo que seguimos valorando.  Están los que nos provocaron alguna desventura y los que nos llenaron de orgullo o de alegría.  Pero se fueron.  También todos los que se quedaron.  Los que nos hicieron escapar y los que nos dejaron con el alma arrugadita.  Los amantes y los amados.  Los que se llevaron un pedazo de nuestra vida y los que hubiéramos preferido no conocer.

Están los que por temporadas perdemos de vista pero siguen siendo indispensables para que seamos lo que somos y, cada vez que los recobramos, nos sorprende esta continuidad de ser lo que siempre hemos sido, cambiando solamente colores y matices.  Como mis compañeras de Colegio que me devuelven mi propia imagen ahora enriquecida con sus impresiones, para que yo cambie de lugar y de pupitre según las cosas que ellas vieron en mí.

Vamos dibujando, todos.  Somos los caminantes, compañeros de ruta, peregrinos, mendigantes y bailarines en una caravana interminable que después seguirá sin nosotros pero que no será la misma sin nosotros.

Lo más importante es que están los que siempre han caminado cerca.  Nuestros amores.  Los que nos hacen ser lo que somos.  Los que resaltan nuestra humanidad y representan el nudo vital de todo.  Nosotros somos lo que ellos ven.  Como en una película. Pasa que algunas veces volvemos a ver una película de cuando éramos jóvenes y nos damos cuenta de que no habíamos entendido lo que pasaba cuando la habíamos visto por primera vez.  La edad va cambiando el punto de perspectiva de la vida.  Leemos y releemos lo que nos ha pasado y, según sea el momento en que lo hacemos, todo es diferente.  Aquella clase de geometría será distinta según la recordemos a los 20, 30 o 60 años.  Según estemos pasando un buen momento o despidiendo a alguien que queríamos mucho.  Si nos acordamos en un momento de dolor o cuando suenan las voces de la alegría.  Según ahora que soy una señora grande y escribo para mí pero también para mis lectores.  En esos momentos los que completan nuestro conocimiento personal y del mundo son las otras personas.  Siempre los otros y nosotros juntos como la única forma de ser y de sentir.

Lo que no cambia es que somos caminantes que compartimos el sendero estemos o no de acuerdo.  Estemos o no de acuerdo, las líneas  que marcan nuestras líneas, las rectas en las que andaremos, los segmentos en los que hemos detenido el paso o salido corriendo.  Las oblicuas, las tangenciales, las paralelas que trazan los caminos, todas armando el diagrama de nuestra vida están ahí apilando y superponiendo esquemas de una rara belleza que vamos entendiendo y amando según pasan los años.

Somos siempre parte de un todo en el que los demás nos reconocen y nos dan entidad.  Entonces, cuando entendemos, al fin nos aceptamos.

Llegan estos días de reflexión, compartimos sentimientos, creencias, esperanzas.   Estamos especialmente sensibles.  Reconocemos en el dibujo original de aquellas clases de la infancia todas las direcciones posibles en las que la vida se fue acumulando.  Necesitamos de los otros, dibujamos juntos lo que nos pasa.  Somos los otros y estamos en ellos.  Es bueno que miremos a nuestro lado a esos caminantes.

Escuchemos sus voces, estrechemos sus manos.  No dejemos escapar el momento que ahora pasa.  Que cada uno de ellos se nos haga único y personal.

Y que más allá estén los que no conocemos pero deberíamos conocer porque son los puntos infinitos en los que se configura la vida de todos.  Por eso debemos decidir que nadie nos sea indiferente ya que compartimos el tiempo y el espacio común.  Crucemos las líneas de la vida sabiendo que nadie sobra y nadie falta en la humanidad.  Que somos todos iguales, que somos todos lo mismo y que esa es la única manera de existir.

Imaginemos el espacio exterior con una línea sin fin que se pierde hacia el infinito mientras las estrellas parecen caer hacia  nosotros, miles, millones, quietas, silenciosas e imponentes.  Y seguimos, seguimos, siempre.  Somos el producto de una geometría genial que nos hace pequeños pero inevitables en el espacio.  Pequeños, casi invisibles, somos sin embargo el milagro de la creación.

Feliz Navidad para todos por su mensaje de amor que llega a todos los credos.  Que el año 2014 mejore las relaciones entre todos los seres humanos, perdidos en un espacio infinito al que solamente el amor explica y da forma.

Que así sea.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – Como quiero que me quieran

14 Dic

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Como quiero que me quieran

foto bosque alemán

 

La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito.  No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz  en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto  pero de una manera absoluta y, sobre todo,  ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.

El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;

y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada…

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Hilachas que van Tramando- El paisaje inmóvil

10 Dic

Hilachas que van  tramando

El paisaje inmóvil

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Se ve el río color de león que parece que no tiene otra orilla.  Siempre quiso ser mar y casi lo logra con su inmensidad altanera, pendenciera y atrevida.   A lo lejos unas islas que se traga el horizonte, acá la playita de arenas muy finas y casi blancas.  Una lomada de yuyos que se esconden a la sombra del árbol quieto.  A la izquierda se asoma un resto de roca cubierta de vegetación más oscura.  El agua se va acercando en un movimiento ondulante que ayuda a la sensación de abandono.  Todo está quieto, todo murmura y está quieto. Como pasa a veces con la vida.  Soy una espectadora habitual y silenciosa del lugar pero esta vez no se siente la belleza agreste y el sonido de los pájaros.  Esta vez la imagen se detuvo, su belleza entró en un ámbito de ensueño como si fuera y viniera por el universo, parte del todo y todo junto, lo único que existe y lo más cercano.  El apagón y el espectro  marrón del desconsuelo.  Como a veces la vida.

Me voy dejando caer a la sombra del árbol retorcido y me dejo llevar por una hilera infinita de pensamientos.

A veces nos pasa que nos asomamos a un hueco silencioso en el que van cayendo todas las emociones y las sensaciones que nos permiten estar vivos.  A veces no sentimos ninguna motivación y sí un cansancio interminable.  Las cosas y las gentes se van alejando como si fueran a perderse en el espacio y es ese mismo espacio que va a tragarse todo nuestro espíritu.  Como si voláramos por el Universo para ser un punto chiquito allá abajo, adonde no parecemos ser nada.  Y vamos y volvemos pero con un desconsuelo neutro y complejo que es mucho pero mucho más grande que uno mismo.  Todo nos es ajeno.  Son tiempos en los cuales seguir la rutina de nuestra vida nos deja agotados, encerrados en un cono de sombras que solamente se olvida mientras dormimos.  Hay desgano, confusión y una tentación enorme de no volver nunca a la normalidad que conocemos, como si en ella fuéramos a encontrar a un extraño inquieto y malévolo.  Se bajan los sonidos, se atenúa toda nuestra necesidad de estar con aquellos a quienes amamos; nos molesta su indiferencia producto de que no saben lo que nos está pasando.   De cualquier manera jamás lo contaríamos porque es parte de ese mundo personal, hermético y profundo que nos hace diferentes.  Son tiempos ingratos en los cuales hasta Dios resulta demasiado poderoso.

Muchas veces este estado repentino y agobiante aparece en momentos de normalidad, cuando no tenemos batallas que pelear por esas cosas que tiene la suerte cuando viene embarullada.   Es un estado como ajeno, nos perdemos de nosotros mismos.  Nos vamos.

Otras se agrega al dolor de algo que nos ha pasado, que nos está pasando.

Finalmente todo termina o todo quiere terminar y empezamos a empujar la vida con el pretexto de que esa tristeza no tiene razón y no tiene motivo.  A veces eso es lo que conviene y a veces deberíamos quedarnos un rato en la banquina para que el orden y la armonía regresen a nosotros, solos, por su propio peso, porque de eso está hecho el universo.

De pronto un día el paisaje se llena otra vez de sonidos y colores.  Nos despertamos con deseos de sabores y olores placenteros.  Tenemos ganas de festejar y respiramos profundamente, sonreímos a la vista de todos, nos llenamos de esperanza, de fe, de apetencias.  Querríamos poseer todo, lo que conocemos, lo que no conocemos y hasta lo que no sabemos que no conocemos.  El paisaje vuelve a su mejor aspecto.  El mal tiempo ha terminado y somos otra vez los mismos que siempre hemos sido.  Todo recobra un aspecto familiar y todos aquellos que amamos vuelven a ser nuestros amores y nuestros amantes.

Miro el paisaje habitual, y me pregunto qué ha hecho que en un tiempo vital se pierda uno de sí mismo, se angustie, se aleje, se desconsuele.  Y mientras el río sigue murmurando en su eterno movimiento siento que lo que pasa es que, cada tanto, nos aturde la realidad de un mundo que desconocemos, de tantas preguntas que no podemos responder.  De la vida y la muerte al mismo tiempo como misterios  que nunca hemos de resolver.  Somos vulnerables y estamos indefensos ante nuestra propia humanidad.  Somos finitos y fallamos.  Somos pequeños y no podemos decidir todo.

Dolores que prenden en el alma cuando el alma quiere doler.  Y después, cuando despierta, nos hacemos gigantes en nuestra esperanza, descubrimos que el dolor fue generando espacios de felicidad que vamos a vivir con toda nuestra energía.

Es cierto que cosas como ésta, que pasan cada tanto, nos dejan momentáneamente sin paz pero sin esta experiencia vital estaríamos incompletos.

Sigo el vuelo de una gaviota, miro el horizonte y me vuelven las ganas de sumergirme en el agua fresca porque todo el universo ha retrocedido hasta donde le corresponde estar.  Y, por mucho tiempo, no dejaré que vuelva a invadirme con su realidad de eternidades.  Vivo, estoy viva aquí, en el pequeño espacio de mi cotidianeidad, lo más tranquilizador que me pasa siempre.  La luz me cae en cataratas, sé que lo único que nos salva es el amor que nos tenemos unos a otros.  El paisaje, como mi vida, ha vuelto a serme familiar y confortable. El árbol  y el río me pertenecen.  He vuelto de lo desconocido y le doy gracias a Dios.  Le doy gracias a Dios.  Nadie sabe lo que me ha pasado pero una mujer joven en una pequeña moto me sonríe y saluda con la mano.  La saludo y camino hacia el agua dispuesta a gozar como si fuera lo único que voy a hacer el resto de mi vida.  Gozar y vivir, que, después de todo, ésa es la consigna.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

Hilachas que van Tramando- Autoridad en la Familia XVI- Lo de todos los días

26 Nov

Hilachas que van Tramando

Autoridad en la Familia  XVI

Lo de todos los días

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Es una mañana  grisácea y tristona.  No es “gris” ni “triste” porque es día de semana y no hay tiempo para disfrutar de una tarde en casa; lo sería por ejemplo un sábado, con té y torta de manzana incluídos. Pero como hay obligaciones que cumplir, no hay té ni torta, la dejamos en grisácea y tristona. El reflejo en la pantalla me da el movimiento de los árboles muy altos y el cielo tupido.  Hay una temperatura baja, inusual para esta época, y un silencio que acompaña.

Vamos a hablar de un tema que es la llave maestra de la educación.  Sin la cual no hay, sin duda no hay ninguna posibilidad de que nos salga bien esto de educar a nuestros hijos.

Hemos pasado por los cinco pasos: Pensar, Informar, Decidir, Comunicar y Hacer cumplir.  Hemos hablado de las Normas Claras, conocidas por todos, entendidas por todos y aceptadas por todos. De la Aceptación de la Autoridad por parte de aquellos que están a nuestro cuidado.  Y de los Premios y Castigos. Reconocemos  las diferencias entre Dar, Regalar y Premiar.

Y culminamos todo este capítulo tan importante sabiendo que a nuestros hijos les Damos siempre, sin retribución, les Ofrecemos cuando van creciendo y pueden empezar a elegir, y les Encargamos para que se hagan cargo de sí mismos y de sus responsabilidades cuando ya se empiezan a despegar de nuestras decisiones para tomar las suyas.  Ellos y nosotros vamos creciendo juntos mientras el tiempo va moliendo las vidas hasta que ellos puedan vivir en plenitud su propia libertad de pensar, de elegir, de decidir, de aceptar responsabilidades  y cumplirlas por sí mismos.

 ¡¡¡Uau!!! Cuántas cosas ya sabemos!!!

Ahora, cuando creíamos que somos expertos,  alguien nos habla de la “llave maestra de la Educación” y nos pone de vuelta en carrera en esto de aprender para servir mejor a nuestros hijos en el ejercicio de la Autoridad.

 Vamos a hablar de esa imponente estructura en la que se apoya la evolución de todo ser humano desde que nace y que hace de él alguien capaz de ser lo mejor de sí mismo y de convivir felizmente con sus semejantes.  Estamos hablando del Armado de la Voluntad”.

La Voluntad es la potencia o facultad que tenemos los seres humanos para hacer o no una cosa.  Es el acto manifiesto por el cual elegimos admitir o rechazar una cosa.  Puede ser la elección espontánea de algo que hacemos cada instante de nuestra vida.  Es nuestra intención, ánimo o resolución.  Todo encapsulado e incorporado en lo más íntimo de nuestro carácter.   La voluntad es un componente importante que distingue al hombre del resto de la Creación.  Hace que un individuo esté al nivel de su propia riqueza personal.

Somos toda voluntad para ser buenos o malos, para tener ganas o deseo de algo y que esto sea bueno.  Para sobreponernos a las dificultades, para ser generosos con nuestros semejantes, para usar el libre albedrío.  Para amar y recibir amor.  La voluntad expresa la clase de persona que somos.

Sin voluntad perdemos la estructura general de nuestro ser y acabaremos a la deriva, sin la posibilidad de realizar cuanto nos es valioso en la vida.  La voluntad es verdaderamente la otra definición de Libertad.

Armar la voluntad de ninguna manera se relaciona con grandes empresas heroicas.  No se trata de hazañas increíbles y no pone en riesgo nuestra vida o nuestra seguridad.  Es sencillo y requiere solamente tres cosas:

  • Como todo lo importante que hacemos, hay que Darse Cuenta
  • Decisión
  • Perseverancia

Se arma la Voluntad enseñando el cumplimiento del deber cotidiano

 Algo tan simple como hacer que el niño desde pequeño tenga integradas algunas obligaciones que debe cumplir.  El solo hecho de acostumbrarse a cumplir ciertas obligaciones establece para las personas un mecanismo que le permite fortalecer el carácter y dominar en sí mismo todo aquello que no lo deja crecer.

Vamos por los ejemplos:

  • Llegar del Colegio y dejar en su lugar la mochila, lavarse las manos.
  • Levantarse a la hora indicada para cumplir con sus obligaciones.
  • Alimentar a su mascota-
  • Tener ordenados sus armarios y su mochila escolar.
  • Hacer las tareas escolares antes de jugar.
  • Devolver a su lugar aquello que ha usado.
  • Ayudar en las tareas de la casa.
  • Cumplir las normas de higiene personal.
  • Cumplir con los horarios cuando se trata de una obligación como los horarios de la escuela.
  • Tener buenos modales en la mesa.
  • Tener un lenguaje educado y respetuoso.
  • En fin, todo cuanto forma parte de los “hábitos cotidianos positivos” que son como las pequeñas grandes guías en las que se desarrolla la vida familiar.  Ya volveremos sobre ese tema.

Se tiende a no darle a estas cosas sencillas el valor que tienen en la dinámica de la educación hasta que aprendemos que ellas van forjando en el niño una disciplina que va a contrariar cualquier impulso que lo haga más tolerante con su propia comodidad, egoísmo o individualismo.  La Voluntad nos ayuda a vencer nuestros impulsos negativos y eso se aprende todos los días sin tener que buscar desafíos ajenos a lo cotidiano.  Quien educa su carácter en lo cotidiano lo educa en la totalidad de su vida.

Todo lo que haga bien hecho son como pequeñas victorias que el niño tiene sobre su propia naturaleza de “Hacer lo que quiero” para ir aprendiendo a Hacer lo que debo”, esto último la síntesis de una persona educada en toda definición de la palabra.

La Voluntad se arma sencillamente así y comprobamos este resultado cuando los desafíos de la vida se van haciendo más y más importantes.

Aquello que parece ser simplemente una serie de hábitos en su hogar lo va a ir llevando en forma natural a otras conquistas de su voluntad que le permiten por ejemplo:

  • Aceptar algunas contrariedades que la vida cotidiana trae consigo.
  • Ocuparse de algo especial que mejora la vida de todos.
  • Dominar sus rabietas cuando algo no se consigue.
  • Compartir con sus hermanos y sus amigos no solo sus cosas, también los turnos de sus juegos.
  • Saber perder aún habiendo hecho el mejor esfuerzo.
  • Controlar sus emociones cuando sea necesario.
  • Respetar a los otros en su lenguaje, sus tonos y sus gestos.
  • Saber competir respetando a los demás.  Aceptar los resultados de toda competencia.
  • Reconocer sus dones y sus carencias en el camino de mejorar.
  • Aceptar los dones y carencias de los otros, etc. etc. etc.

Finalmente descubrimos que estamos describiendo una persona cabal, capaz de convivir en armonía con sus semejantes y que alcanzará todo lo mejor que puede haciendo lo mejor de sí mismo.

Conviene que estemos preparados para el arduo y espinoso camino que a veces nos presenta la vida,  que podamos contar con nuestra propia voluntad, que podamos decidir con toda serenidad lo que estamos dispuestos a hacer y a responsabilizarnos de lo que hemos elegido.

No hay temas menores en la Educación de nuestros hijos.  Los hay, sí, muy importantes.  El armado y fortalecimiento de la Voluntad es la estructura central de nuestro carácter.  Es para elegir entre lo bueno y lo bueno, por encima de cualquier debilidad que no nos permita desplegar lo mejor de nosotros mismos.

Cada día, cada día de nuestra vida debería ser el triunfo de la voluntad sobre las cosas que no tienen valor.  Para lo cual debemos empezar a reflexionar seriamente sobre el valor de las cosas.

Mientras conocemos personas que han ido a la deriva a pesar de haber tenido las mejores condiciones para crecer, las vemos desmoronarse en todos sus proyectos o no conseguir llevar una vida feliz y no llegamos a entender qué ha pasado,  vivimos el heroísmo de cada día eligiendo entre lo que se quiere y lo que se debe con la herramienta que nos da la voluntad educada.

 Decía un profesor que nos dejó enormes enseñanzas:

“Cuando un adolescente se levanta a la hora que debe, sin necesidad de que lo despierten y contrariando su natural deseo de seguir durmiendo, porque ésa es su obligación, hemos recorrido una buena parte del camino de su educación”.

 Hagamos una mirada circular sobre todos los hitos que conforman nuestra vida cotidiana. Pongamos pequeñas cosas concretas para cumplir según la edad y las circunstancias de cada hijo, hagamos de ello un hábito cotidiano positivo, con perseverancia y paciencia, entonces habremos cumplido uno de los pilares de esta aventura extraordinaria que es haber recibido un pedacito de masilla de colores y dado paso a una persona completa, feliz y lista para marchar a disfrutar su propia realidad.

Que Dios nos ayude, que así sea.

 

Primero la Justicia.  Para todos.  Para todos.  Para todos.

Hilachas que van Tramando – Contemos un cuento – El Cuento Mágico

18 Nov

Hilachas que van tramando

Contemos un cuento

El cuento mágico

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Todo sobrevive a cada una de las muertes.  A la de Jacinto con su gesto malicioso de mulato genial y también a la de Amparito aunque mucho tiempo después ella seguía bajando las escaleras del salón mientras los postigones de hierro golpeaban tantanes de viento suelto en cada recoveco de la casona.  Cuando ocurrieron las muertes había fragancia de magnolias en el jardín y el verde oscuro de las hojas acolchaba las sombras donde los niños respirábamos agitados entre el miedo y la seducción.

La abuela Eloísa me había contado tantas veces la historia que siempre podía olvidarla segura de su recreación.  Mi abuela me enseñó que la vida es la conjunción de todos los momentos comprendidos, los nuestros y los otros.  Los que vivimos y los que nos contaron siempre que los hayan contado muchas veces y siempre con referencia a nuestra propia vida.

Yo era muy joven y estaba ansiosa por alejarme, quería ser famosa para lo cual me había ido a Albi, a vivir en un cuartito de sol con la ventana llena de malvones.  Allí escribía historias que me parecía que abarcaban la historias de todos los hombres, mientras que la de Amparito y el mulato ya no les pertenecía a ellos, era de la abuela Eloísa y de mi niñez absorta sentada en el escalón de madera, tratando de descubrir, una vez más, el agujero oblicuo de la bala que no mató al mulato, porque las que lo mataron se las llevó puestas con él hasta la eternidad.

En Albi me propuse aislarme del presente y meterme de lleno en la Edad Media.  Escribía con furia y sin parar desde el amanecer hasta media tarde.  Historias que no me pertenecían, que ni siquiera me emocionaban.  Después dejaba el cuartito de un tercer piso, bajaba corriendo las escaleras muy viejas de madera, que ya estaban torcidas y astilladas y me iba por la callecita empinada que bordea la plaza.  Terminaba sentada delante de la estatua de Santa Cecilia, aislada del mundo en la Catedral, entre la belleza y la opulencia.

En aquella época la historia más vieja que me habían contado se me olvidaba y me dejaba en paz para quedarse en las galerías veraniegas de pisos de rombos blancos y negros, con sombrillas de encaje y vestidos de seda revoloteando por las vereditas alrededor de la casa colonial, y el licor de durazno servido en la sala grande, mientras el padre y la madre de Amparito veían crecer a sus seis hijos varones y a la niña de sus amores.  ¡Tan tranquilos e inocentes de sí mismos que se me hacen una estampa de sonrisas suspendidas al sol!

Todo había pasado muchos, muchos años antes de que yo naciera y por eso me sentía a salvo pero todo podía volver a golpes de recuerdos que me traían la frase repetida y hermética de la abuela: -“Esta historia todavía no se acabó”-

Un día porque la penumbra interior me había hecho sentir algo inquieta, salí de la Iglesia antiquísima buscando los relámpagos del sol sobre las piedras de las calzadas sin veredas, flanqueadas por paredes altas que tenían muy pocas ventanas y se juntaban en el cielo.  Ni siquiera me sorprendió verlos al final de la callejuela.  Allí estaban.  La niña frágil y el mulato de bronce mojado que la ultrajó la noche de las fogatas.  Los dos iban muy seguros de su existencia, juntos y entrelazados, saltando de la luz a la sombra en un juego bellísimo, lejano y silencioso.  Me habían mirado y sonreían.  Allí estaban, los dos y yo con ellos.

Bajé la plazoleta, perdí un poco de tiempo bajo la sombrilla reparadora sentada en la silla de lona verde. Quise ignorarlos, hice como que no los veía, cerré los ojos pero me enredé con ellos y me dejé llevar hacia los recuerdos de cosas que ni siquiera había vivido.

Dicen que el mulato llegó a la casa cuando Amparito tenía dieciséis años.  Él era un poco mayor, fuerte y sano, con la piel lustrosa como la madera del árbol que sombreaba la ventana del cuarto de la niña.  Trabajaba con entusiasmo en sus labores.  Feliz, tal vez, porque era tan joven y disfrutando de todo lo que fuera pura sensación sin reflexiones que lo llevaran a renegar de su esclavitud.  El cuerpo duro y grande que no parecía caber en sí mismo, tal era el gozo de moverse al sol, abajo, arriba, abajo, arriba, con el sudor que lo llenaba de oro finísimo corriéndole por el pecho y la espalda hasta la entrepierna y las nalgas y se le hacía surcos en los pies desnudos, deformados y resecos de barro.

La niña Amparito ni reparaba en él.  Hasta que lo vio un día  que él se dejó ver o que se exhibió para turbarla y caminaba despacito delante de la galería sombreada, moviendo todo lo que se le movía, cadencioso y tibio, como desganado.  Con los ojos bajos pero atento al reto fácil de la lujuria, altivo y tentador.

Amparito parecía no verlo pero él ya la tenía retenida en cada visión de la casa grande.   La evocaba, cuando amanecía, al compás de los pasos arrastrados en la tierra, con los cuerpos negros y calientes de lechos mezclados.  Al sol y al trabajo fuerte en cada levantada de cabeza de las tardes de enero.

Y una noche cuando subía las jarras de agua, porque Tomasa estaba ocupada o enferma, Jacinto vio el camisón de puntillas sobre la cama en la colcha roja de terciopelo pesado y se quiso imaginar la piel blanquísima con el contraste violento de su sangre.  La historia empezaba a correr sin ellos en un tiempo que sería de locura y violencia.

Se contaba que Jacinto, caliente de fogatas y rituales subió a los saltos la escalera, llegó hasta donde estaba ella y le estalló allí mismo, sobre el piso de madera sin atreverse a la cama que era cosa de señores.  Y la amó hasta la muerte, sabiendo que ella no podría aceptarlo.  Cuentan que la lastimó con su violencia y va creciendo una memoria ausente de verdades, sin nadie para defenderlo.  Cada vez más culpable y más cruel.  Solo.

Yo recordé todo aquella tarde en Albi cuando los vi alejarse apretados y luminosos frente a la torre de ladrillo cubierto de enredaderas en los callejones del Museo.  Entonces supe que debía volver.

La casa estaba casi vacía.  ¿Quién iba a habitarla?  Era muy cara para quienes la compraran y resultaría un magro beneficio para los herederos.  Por eso optaron por repartirse algunas cosas y dejaron otras.  Todo tenía el sello abismal de generaciones de mi familia viviendo unos tras otros, como si se repitieran en espirales de tiempos idos y repetidos siempre cerca aunque hubiéramos recorrido enormes distancias.

Aquella noche el mulato había bailado alrededor de las fogatas al compás de los tamboriles con el ritmo de la sangre africana.  Amos y sirvientes formaban figuras que se desdoblaban en las luces y sombras del fuego para moverse a tiempos distintos y a otros sones como eternidades de instantes superpuestos que eran rojos, dorados, marrones.  La noche traía ruidos y voces apagadas cuando las parejas desaparecían para el último rito de muerte y resurrección creado para cada uno de ellos hasta el final de los tiempos.

La abuela Eloísa me lo contaba todo, durante las noches de mi infancia campesina, con su voz ahondada en el horror de saber lo que vendría después,

Jacinto había desaparecido en el granero, envuelto en las polleras acampanadas de Martina, abrazado a ella, juntos en el color de la piel y en el deseo como una figura mágica que llevaba en sí vaya a saber qué claves de la vida.

Al amanecer todo pasó rápidamente.  Se mezclaron los gritos y el ruido de dos tiros que venía desde la casa.  Cuando todos corrieron vieron a Amparito parada en lo alto de la escalera, temblando violentamente mientras sostenía con las dos manos el arma y con los ojos al mulato que se iba deslizando hacia el piso inferior con la cara crispada, pidiéndole ayuda, sucio de mujer y de sangre joven.

Después  el viejo Simón le cerró los ojos con toda delicadeza y ayudó a componerlo para el  velorio, penándose de un cuerpo tan joven y tan muerto, como si él hubiera podido aprovecharlo o como si Jacinto hubiera sido para todos los hombres de la estancia,  la única vida  y el único gozo de vivirla.

Entre cabeceos y susurros le dijo a la Tomasa que hipaba subiendo y bajando los senos magníficos en un llanto que no contenía:

-”¡Mismito te digo que lo tenía en los ojos!  Esperaba ver al ángel y vio al demonio!” -Se santiguó-“ Vio al demonio, Tomasa¡” «Qué pena de hombre muerto!”-

Alguien le sacó el arma a la niña.  Le costó mucho trabajo porque ella la apretaba contra su pecho y era toda ausencia y desesperación.  Después la acostaron bien arropada y, casi en sueños, al atardecer del día siguiente la llevaron a la ciudad, para que no volviera nunca.  A la casa o a la inocencia que se le había quedado trabada la noche del fuego.

Yo volví.  Quise abrir las ventanas para que la luz de la luna invadiera todo y la luz me iba cambiando la vida por las vidas de la casona eterna.  Subí la escalera, admirando como siempre el vitreaux que lucía esplendoroso en el primer descanso que daba al parque.  Todavía podía volverme a Albi, a mi plaza y a mi cuarto de sol.  Todavía me alcanzaba el tiempo para mis relatos de la Corte de Leonor de Aquitania y el rey que la volvió loca de amor.  Pero Amparito me estaba esperando para terminar la historia.  Me quedé.  Recorrí un cuarto y otro, toqué cada mueble y enderecé el cuadro del tío coronel.  Abrí al acaso un cajón y el armario del pasillo donde la abuela guardaba las antiguas sábanas con puntillas de bolillo, hasta que llegué al cuarto de terciopelo rojo.

El silencio era denso y enmarañado.  Allí estaba ella, me esperaba junto a la ventana alumbrada por la luz diabólica de las fogatas.  Nadie me creyó después, cuando el sol volvió a salir y terminó la magia.  Pero ella estaba allí.  Fuerte en su deseo del hombre al que venía descubriendo desde su infancia larga de los hermanos varones que le ocupaban toda la vida.

Había espiado al mulato, lo había seguido desde la ventana de visillos, por el jardín y la galería.  Lo olía mezclado con el aroma de las magnolias y el pasto húmedo.  Y fue tras él hasta el granero, tras él y Martina con su imagen turbadora de las polleras al vuelo, la risa y el murmullo cómplice de un placer adelantado en bellos cuerpos que se tocaban explorando huecos y redondeces.  La negra con la cabeza apoyada en el hombro de Jacinto, en un abandono total y él, con su mano grande le ceñía la cintura, apretaba las nalgas con el cuerpo tenso como un arco, saliendo para afuera, notable el deseo en un perfil de fuerza que quería ser aniquilada.

Amparito los siguió, espantada de celos y jadeando con ellos en las sombras.  Apretando los puños sobre su boca distinguía el movimiento de las piernas entrelazadas, mezclas de plata y barro sobre el suelo desprolijo que crujía.  Escuchó susurros y gemidos en un juego alucinante que no entendía bien, hasta que Jacinto levantó la cabeza como si quisiera volar y gritó en la entrega cayendo sobre la mujer que lo vencía.  Como si la muerte y la vida se mezclaran para siempre.  Después los dos se quedaron quietos mientras afuera el mundo se recomponía con todos sus ruidos y sus olores.

Volvió el frío y también los cantos que se iban callando en la noche, mientras las fogatas se apagaban una a una.  Los bichos en el jardín y los pasos lentos de algún mulato viejo fueron sonando hasta que se hizo el silencio.

Amparito, perdida en sus emociones se alejó lentamente del granero y atravesó el parque lleno de sombras.  Iba encorvada y sollozando.  Un cuerpo andando en el espacio fino de la noche, un deseo desconocido que se metía dentro suyo.  Hasta que todo parecía sucio y blando y resignado y final.  Su propio misterio la asustaba.  Me lo contó esa noche que yo volví a la casa y antes de que saliera el sol que terminó con la magia; apoyada contra la ventana con los ojos fijos en el fuego lejano.  Y yo la entendí.  Porque me dolían mis preguntas y sus razones.  Quise tocarla para darle algún consuelo pero la luz de afuera la aislaba de mí y el tiempo nos separaba a las dos.

Aquella mañana tan lejana, Amparito compuso su aspecto.  Se lavó con todo cuidado y agregó agua de azahar en el enjuague de su piel blanquísima, después sujetó el pelo dorado en lo alto de la cabeza con un moño color malva atado al descuido y mandó al mayor de los hijos de Tomasa a buscar a Jacinto.

El sacrificio fue consumado desde lo alto de la escalera, mientras el sol creaba vida de todos los colores atravesando el ventanal con flores y pájaros  con arabescos interminables.  Jacinto levantó la cabeza alertado por el movimiento de la luz en lo alto cuando ella apretó el gatillo una y dos veces.  Lo último que vio ojos casi violáceos muy grandes y la venganza como una forma de justicia de clases y de hombres y mujeres que viven las mismas emociones en mundos diferentes.

Ella me lo dijo mientras lloraba sin consuelo:-“Él jamás me había mirado ni me hubiera llevado al granero. ¡Nunca me tocó!  Él quería a Martina, andaba siempre detrás de ella como un animal en celo.  Una vez lo retuve a la hora de la siesta porque sabía que iban a encontrarse río abajo pero yo le hablé de cosas del jardín y él, impaciente, sin embargo bajaba la vista a los pies sucios de barro, sin moverse y sin escucharme, hasta que el deseo se le hizo sudor en la piel y, cuando ya asqueada lo dejé, corrió hacia el río.  Se jugó la vida enancado en una negra”-  Me miró con sus ojos antiguos como los de una reina- “¿Crees que yo podría perdonarle todo aquello? ¡No! ¡No tenía derecho a despreciarme  de esa manera!”-

Jacinto había estado solo para morir.  Anónimo, con su mirada asombrada, sin consciencia de sí mismo o de la historia grande de los hombres o del Dios tremendo que lo hizo hermoso y viril y le encendió el deseo de Martina.

Yo aprendí la historia.  La absolví a ella de su tremendo pecado y a él el haber nacido cuando no debía.

Los absolví a los dos de los tiempos ajenos con sus lazos de encaje y sus negaciones.  Le prometí a ella contarlo una y otra vez hasta que nadie dijera que el negro Jacinto la había ultrajado una noche de baile y fogatas.

Me quedé a vivir  en esta casa vieja.  La familia está contenta porque pueden venir de vacaciones y encuentran las cosas dispuestas para ellos.  Yo espero paciente y los recibo con todo tipo de atenciones.  Veo a los chicos andar a caballo o jugar con los perros que ya no son tan salvajes.  El sol entra por todas las ventanas que ni me molesto en cerrar.  La casa vive.

Hasta que el último de ellos haya creído la verdadera historia de Amparito y Jacinto debo quedarme a contarla una y otra vez.  Aunque ahora sospecho que no terminan de aceptarla porque esa es una manera de retenerme aquí para que cuide de ellos y de sus vacaciones.

Por eso, en cuanto junte voluntad me iré.  Alguna noche de fogatas.  Voy a despedirme de todos, especialmente de los que ya no están y volveré a Albi, a mi cuartito soleado.  Caminaré el sendero del río ajeno y escucharé otras voces.  Y después de cada invierno me tiraré al sol abierta solamente al placer de sentir placer, para que la vida me regocije.

Alguna vez, cuando junte voluntad.  Cuando pueda.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van Tramando- La Autoridad en la Familia XV- Premios y Castigos

10 Nov

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia XV

Premios y Castigos

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Volvemos al mundo de la educación en la familia. Vamos a usar palabras bien castellanas, de cuando el Castellano era categórico y claro.  Cuando no teníamos miedo de hablar de “obediencia” “castigo” “premio” “falta” “superior” “inferior” todas palabras que ahora quieren escaparse de tantos prejuicios que las quieren tener amordazadas.

Digo esto porque a) me voy por el camino que me lleva esta tarde gris y callada b) respondo a tantas reacciones de los que no esperan a terminar de leer o, en el caso de las clases, a terminar de oír, y se resienten cuando empiezo por: premios y castigos. ¡Cómo si estuviera queriendo volver a terribles premios y castigos del medioevo! Felizmente estamos en el Siglo XXI y lo más cerca que el hombre estuvo nunca de los Derechos Humanos.  Hablamos de  premios y castigos adecuados a los hombres de este siglo y, en este caso, a los niños y adolescentes que están a nuestro cargo, a quienes se supone que amamos y respetamos.  Hecha esta aclaración diré que vamos a hablar de “Premios y Castigos”.

Retrocedemos unos reglones para retomar el tema:
El ejercicio de la Autoridad incluye dos poderes:

a) Tomar decisiones que influyen  en el comportamiento del hijo

b) Sancionar: premio o castigo.

Lo primero que tenemos que subrayar es que las sanciones forman parte de la Autoridad- Servicio y no debe nunca, pero nunca, confundirse con venganza, obcecación, falta de tolerancia, cansancio y otras debilidades que nos alejan de los fines de la educación.

Siempre se premia o se castiga por el bien del mismo hijo.  Sin perder de vista el resultado final debe hacerse con serenidad, nunca con bronca o frialdad.  También teniendo bien claro a) qué se premia o castiga y b) cómo se hace, poniendo esas calificaciones  en la misma categoría.

  •  Siempre el “cómo” se premia o se castiga debe responder estrictamente a “qué” es lo que se premia o se castiga.

Y aquí estamos hablando del sentido de la Justicia, base y vector de las relaciones entre los que educan y los que son educados.  Nada perjudica más la tarea de educar que la injusticia.  Los niños y los adolescentes tienen una especial sensibilidad para lo que consideran una “injusticia”, y en este caso podemos hacer alguna salvedad:

“Los niños viven la Justicia según las edades.  Hasta más o menos los 7 años no tienen mucha noción de la justicia, pelean por lo que quieren sin pensarlo.  Desde los 7 hasta los 10 o 12 años para ellos, en general, la Justicia es darle a todos lo mismo. Después de esas edades van reconociendo que: “La justicia es darle al otro lo que ya es suyo”.  Vamos a enseñarles por añadidura que: la generosidad es darle al otro más de lo que le pertenece.  De lo que deducimos que somos los mayores los que debemos aprender a vivir la justicia para no defraudar a nuestros hijos y arruinar esa relación filial tan importante para su educación y para el amor recíproco que nos tenemos.

Salimos de las salvedades y volvemos a nuestro tema:

  • Los premios o castigos deben ser avisados con la debida anticipación

Uno no se pasa el día entero “avisando” premios y castigos.  La vida cotidiana se va deslizando de una manera espontánea y los niños y nosotros conocemos las normas de convivencia.  Cuando algo más importante aparece es el momento de “avisar”.  Cualquier regla, decisión, actividad, actitud o postura que implican responsabilidad de parte de los niños y están expuestas a ser juzgadas, deben ser clasificadas con anticipación y llevar bien clara su consecuencia.  No se puede crear la norma y castigar con posterioridad al hecho.  A partir de ahora si haces esto o no haces esto, ésta es la consecuencia, a partir de ahora.

  • La sanción debe ser proporcionada a la falta

Volvemos al concepto que para educar debemos tener bien clara la diferencia entre las cosas importantes y las que no lo son. No podemos dejarnos llevar por nuestro cansancio, nuestra impaciencia o un mal momento.  No es conveniente abrumar a los niños y los adolescentes con cosas de poca importancia ni olvidar las que tienen mucha.  Hay que pensar bien antes de evaluar una falta.  Ya con muchos años en esto de la Educación he aprendido que con serenidad podemos pasar por alto algunas cosas insignificantes para tener la fuerza de nuestras decisiones en aquellas que verdaderamente lo valen.  Lo que un proverbio inglés dice: «Hay que elegir las batallas”  Con los hijos siempre hay que elegir las batallas.

  • Las sanciones deben ser limitadas en el tiempo

Podemos resumirlo con un ejemplo, no podemos decir:”No miras más televisión” o “No vas a salir más a andar en bicicleta” o tantas cosas que decimos en un momento de enojo.  Toda sanción tiene que ser clara en el tiempo que durará.  Y se cumple. Decía la abuela (madre de 7 varones): “Si tienes que castigar, promete poco que te aseguras poder cumplirlo”.  Así como dijimos que las normas deben ser debidamente comunicadas, lo que significa que sean recibidas y entendidas por todos, también la sanción debe ser claramente entendida por todos.  “No hay Internet por una semana” “No sales a bailar este fin de semana” “No se sale con los amigos hasta que mejores el informe escolar”. Siempre tiempo concreto y razonable que tiene que ver con corregir conductas y no con tomarse revanchas.

  • Cumplir las promesas hechas

Cada promesa que se ha hecho y no se cumple trae potencialmente dos efectos negativos.  a)El hijo pierde la confianza en su padre en general, algo lastimoso en la relación filial, b) Es difícil volver de ese error, ya no dan resultado la norma ni la sanción de la norma.  A largo plazo la incertidumbre golpea más al niño y al adolescente que a sus padres.

  • No coaccionar afectivamente

El niño acepta la autoridad paterna y obedece no porque de esa manera se gana el afecto de su padre y tampoco porque así no lo lastima.  Repetimos y repetimos sin cansancio que: El centro es el hijo.  Lo que hacemos lo hacemos por él, no por nosotros ni para nosotros.   Y volvemos a un concepto que nos ayuda a entender esto.  Los objetivos que tienen los padres para educar y los hijos para obedecer son totalmente diferentes.  El padre debe tener bien claros sus objetivos y respetarlos.  Su estado de ánimo o su dolor no es cosa del hijo.

  • Pasada la sanción, se termina.  

Ya está.  Por supuesto que queda claro que la falta no se repite y, a veces, sobre todo en el caso de los adolescentes, después de un tiempo, puede haber una charla al respecto para evaluar los resultados.  Allí insistimos una vez más escuchar, escuchar, escuchar. Respetar opiniones, respetar, respetar.

  • Evitar la debilidad y la comodidad

No se debe renunciar a hacerse obedecer o renunciar a castigar una falta por debilidad, rabia o abandono. “Total, ¿para qué me sigo esforzando? Haz lo que quieras, después de todo ha de ser para ti.  Me da lo mismo.  Yo abandono. Yo renuncio”. Grave equivocación.  No se puede renunciar a los hijos ni a nuestro compromiso con ellos.  La debilidad y la comodidad no son buenas herramientas para la educación de los hijos, más bien son un dúo disolvente. Es duro decirlo pero es cierto: “Los padres débiles y cómodos suelen terminar llorando”.

Estos son algunos conceptos muy generales sobre sanciones o castigos. La contra cara de los mismos son tres acciones:

  • Dar
  • Premiar
  • Regalar

Creo firmemente que la sociedad actual es la mejor que ha tenido la historia del hombre.  Con la esperanza de que siga mejorando, nunca como ahora se ha tenido tanta consciencia de los derechos de los individuos, nunca como ahora ha habido tantos bienes para distribuir en el mundo al alcance de las mayorías, nunca como ahora ha habido tan claras nociones de que el mundo es de todos.  Por supuesto que faltan muchos años para llegar al ideal pero el Hombre nunca ha retrocedido. Tenemos esperanzas, más que nunca.  Sin embargo uno de los obstáculos que encontramos en ese camino es el relativismo de todo o casi todo.  Por eso tenemos muy confundidos algunos conceptos lo cual mortifica y complica, en nuestro caso, el tema de educación.  En este caso no está clara la diferencia entre dar, premiar y regalar.  Procuremos aclararlo.

  • Dar: Donar, entregar, conceder, otorgar algo.  Puede tener una contraprestación o no de la otra parte.  Le damos a los hijos lo que tenemos obligación de dar.  No necesariamente será merecido.  Dar significa la voluntad de cumplir ciertas obligaciones con los otros, siempre en el marco de la voluntad y en referencia a la relación que tenemos con ellos.  Donamos, concedemos, otorgamos.  Podremos ser más o menos generosos, pero subsiste el concepto de que no hay obligación de devolver.  Si la hubiera sería un trueque, un contrato, un arreglo entre partes.  Los padres tenemos el privilegio de darle a nuestros hijos lo mejor que podemos y esperamos recibir de ellos amor y reconocimiento.
  • Premiar: Remunerar, galardonar los méritos de alguien.  El premio se da cuando alguien, en este caso el hijo ha superado lo que corresponde.  El premio debe merecerse.  Ganar una competencia, un concurso, ser el mejor abanderado, hacer una acción social notable, ser el mejor compañero, ayudar a los amigos, hacerse cargo de quien lo necesita.  Es exceder lo que corresponde en relación con lo que se haga.  Premiar lo que no excede es confundir a los niños quienes, con su proverbial intuición sabrán que más que premio eso puede ser un chantaje o una broma y en el fondo lo desprecian.  Por ejemplo, un adolescente que ha terminado su curso promocionando las materias no debe recibir premio porque es parte de su obligación, si tuviera un promedio notable o estuviera entre los mejores sería otro el caso.
  • Regalar: Dar a alguien, sin obligación, algo en muestra de afecto, consideración u otro motivo personal.  Hacer expresiones de cariño o benevolencia.  Éste es el campo en el que los padres pueden darse todos los gustos.  Regalar no tiene porque ser justificado.  Regalamos por cariño, por ilusión, por ver una sonrisa, por decir de alguna manera te quiero mucho. 

“El regalo es gratuito, el premio se merece”

“Lo que se otorga no se quita”

De todas las formas estamos dándole a nuestros hijos lo mejor que tenemos pero es muy importante que ellos sepan en carácter de qué reciben aquello.  Que sepan que les damos lo que corresponde para que tengan una buena vida, que los premiamos cuando exceden sus méritos y les regalamos porque sí, porque estamos encantados de que sean nuestros hijos y no vamos a cansarnos de hacérselos saber.  Pequeñas distinciones que nos hacen la vida más fácil y a ellos las cosas más claras.

En esta maraña de conceptos que nos disponemos a repasar vamos a hacer dos preguntas que pretendo que ayuden a los padres en muchos momentos de la vida con sus hijos.  Especiales para esta sociedad de la abundancia en la cual resulta difícil vivir con sobriedad.

  • ¿Cuántos no significaron libertad para los hijos y felicidad para la familia?
  • ¿Cuántos significaron pérdida de libertad y felicidad para los hijos y para la familia?  Pensemos los “buenos” no y los “malos” .  ¡Es esclarecedor y va a sorprendernos! Pueden ayudar en el momento de decidir algún permiso.

La tarde sigue gris y callada, como siempre espero aclarar algo en este mundo de las familias y los niños en especial.  Siempre queda camino por andar, con dificultades y sorpresas, con felicidad y alegría.  ¡Que nos toque el mejor de ellos!¡Que así sea!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

Hilachas que van tramando – El Faro de Punta Brava

6 Nov

Hilachas que van tramando

El faro de Punta Brava

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Era la tarde temprana. Entramos por un camino de grava que parecía muy poco transitado.  Las gomas crujían y se sentían las piedrecillas que golpeaban contra la chapa. Una vuelta y otra. Pasamos lo que parecía una vieja usina, y, más allá, detrás de los alambrados marrones de óxido nos enfrentamos con el faro. Tan solitario, tan erguido en su sencillez. Tan seguro de lo que estaba haciendo, iluminar el sendero turbulento de un río incansable. El agua se movía hasta el horizonte y el faro era la única parte del paisaje que estaba inmóvil. Parecía asentado sobre una pequeña construcción de paredes ásperas, que iba de mayor a menor y remataba  en un cúpula roja toda rodeada por el pasaje abalconado con aberturas y cuya  única defensa eran unos barrotes  de hierro al aire. Las antenas superiores le agregaban un aire de nave espacial que nunca, nunca levantaría vuelo. En el medio de la torre una ventanita alargada con  actitud de esperar caminantes. Abajo unas pocas plantas de suelo duro con puntas espinosas como para desalentar visones de paisajes fáciles o amigables. El camino seguía en una curva que parecía haber alejado al Faro del río. Y, sin embargo el Faro de Punta Brava aseguraba el camino que el agua confunde.  Pensé que todos deberíamos tener un faro que guiara nuestros caminos. Si por épocas gocé de esa facilidad, otras me he debatido en dudas, miedos, renuncias. Como todos. Como todos hubo en mi vida soledades interiores que terminaban en un hueco inacabable. Como todos temblé por mi incapacidad   para crear cosas sublimes. Pasé de la jactancia temeraria a la tristeza. Sentí el peso de todo el universo en el que no soy importante. Como todos también tuve un faro cuya estela brilló en medio de la noche y me regaló las mejores de mi vida. Y muchos  días en que sencillamente puedo creer que Dios me ha destinado a la alegría. Todo, todo eso lo fui caminando a la luz intermitente del faro de mi propia vida.  Y, como la luz descansa sobre el agua, ahora que lo aprendí,  reconozco que siempre he vivido en equilibrio, en la situación de un cuerpo que a pesar de tener poca base de sustentación consigue mantenerse sin caer. Porque ¿qué otra cosa es la vida? Un equilibrio incierto entre la realidad y el desafío de la propia voluntad con todos sus deseos y sus necesidades.  El desafío es conocer lo más que se puede la realidad, aceptar y sustentar la propia existencia reforzando aquello que nos hace felices.

El equilibrio se da entre nosotros, los seres humanos, en muchas direcciones y en diferentes  planos con un núcleo central que es siempre el amor que nos tenemos.

 El amor  aporta la cuota de compromiso y entrega indispensables entre aquellas personas que comparten la vida de una manera íntima y cotidiana y también entre los otros que, un poco más alejados, siguen siendo nuestros pares en este caminar por las aguas inquietas de la vida. Descontado el amor, la entrega, y la fidelidad, se requiere una reflexión profunda de cada uno para reconocer personalmente y en conjunto, cuales son los resortes que establecen la estabilidad de las relaciones, cobijo indispensable en esto de ir viviendo.

Los golpes de luz nos despiertan la esperanza de seguir adelante, aclaran los rostros y nos trazan un camino seguro. Son todas las cosas que podemos hacer para seguir adelante.   Y, precisamente ahora, se me cuelan algunos destellos que pueden ayudarnos. Tolerar, servir, aceptar, respetar, exigir, cumplir, escuchar, opinar, expresar, mostrar, llorar  cuando sea necesario, reírse a carcajadas cuando la vida se hace divertida, marchar con entusiasmo por la vida cotidiana y también aprender a “quedarse en la banquina cuando pasa algo que requiere serenidad y paciencia.  Saber, entender, aceptar que la vida es precaria y repentina y que sin embargo es eterna, infinita e incesante para los que ya hemos sido salvados de la nada.  Y que seguimos salvados si seguimos juntos, si nos consideramos iguales, si nos amamos los unos a los otros.

Nos hemos quedado un largo rato cerca del Faro, mientras caía la noche, para ver el milagro de sus destellos. En silencio con la seguridad de percibir y ser percibidos para siempre. Estremecidos por la oscuridad que estaba más allá de la luz y radiantes como un rayo de sol que se va colando al atardecer. Todo eso somos los seres humanos, todos somos todo eso.

Después dimos la vuelta. Retomamos el camino llano y sin sorpresas para ir a  casa. Nunca nos pareció más amigable nuestra vida. Allá quedó el Faro de Punta Brava, eterno, inmóvil y orgulloso de su destino.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

 

 

 

 

Hilachas que van Tramando – La Autoridad en la Familia XIV- Comunicar – Hacer Cumplir

28 Oct

Hilachas que van tramando

La Autoridad en la Familia XIV

Comunicar- Hacer Cumplir

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Volvemos  con los pasos para seguir en esta función tan apasionante como es la de educar a nuestros hijos o a todo niño que esté a nuestro cuidado.

Vamos por el principio: “Educar es Prever”.  Es prepararnos, disponernos para lo que vendrá.  Considerando que lo que vendrá es un ser humano que alcanzará toda su plenitud siempre que llegue a ser lo mejor que él mismo pueda ser y que se relacione perfectamente con sus semejantes, entendemos que, más bien, nuestra tarea necesita de un ojo avizor, un espíritu expectante y una mente abierta.

Debemos ir siempre unos cuantos pasos delante de ese niño, masilla de todos colores, que la Vida nos ha dado.  Nada debe “aparecer” de golpe en la función de Educar.  Nada que nos tome por sorpresa, nos tienda de espalda y nos haga sentir inútiles.  Por lo que hablaremos un poco de los dos últimos pasos, los más difíciles.

  • Comunicar
  • Hacer cumplir

Siempre volveremos sobre el tema de comunicar, base indispensable de todas las relaciones humanas, pero podemos hacer algunas advertencias:

  • Se ha comunicado cuando el mensaje ha sido recibido y entendido.
  • Pensemos antes de hablar.
  • Busquemos la oportunidad propicia.
  • No aplastemos al niño con el peso de nuestro propio pensamiento.
  • Escuchemos, escuchemos, escuchemos y…escuchemos.
  • Enseñemos los Valores como algo atractivo.
  • Nunca, pero nunca, confundamos “comunicación” con “amenaza”.
  • Las cosas verdaderamente importantes necesitan tiempo.

De cada uno de esos puntos hablaremos en el futuro pero es bueno que cada padre empiece a reflexionar sobre el tema.

Vamos de lleno al tema de “Hacer cumplir”.   Ahora viene el momento en el que el uso de algunos términos hace estremecerse a aquellos que han perdido de vista la riqueza de nuestra lengua, pero los que tenemos algunos años acumulados hemos perdido los miedos y los prejuicios.  Decimos: “bueno” “malo” “respeto” “cumplir” “castigo” “penitencia”  “obediencia” “resultados” como si fueran lo que son: palabras que se cuelgan del profundo respeto que tenemos por nuestros semejantes y que valen igual que “amor” “compromiso” “tarea” “tolerancia” o “entrega”.

Vamos a hablar del poder que tenemos sobre nuestros hijos para ayudarlos en la hermosa tarea de crecer como personas felices, capaces de convivir con los demás.  El poder necesita “convicción” y ”decisión”, ambas cosas encuadran perfectamente con el amor, porque estamos decididos a ejercer ese poder solamente en actitud de servicio para aquellos que están completamente a nuestro cuidado como son nuestros hijos.

El ejercicio de la Autoridad tiene dos funciones:

  • Tomar decisiones que influyen en el comportamiento del hijo
  • Sancionar con premios y castigos

La trama del poder bien entendido se forma con la decisión, la exigencia y la entrega.  Todo bien tejido como para que cada uno reciba y dé lo mejor al otro.

El verdadero poder está en el servicio a nuestros semejantes.  Pero ése es otro tema para otro curso.

Debemos estar convencidos de que lo que hemos decidido es bueno y, a partir de allí, lo primero de todo se sintetiza en  una de mis frases favoritas:

“Facilitar la obediencia”

Somos sus padres o mayores, hemos nacido antes que ellos, están a nuestro cuidado. ¿Por qué no les hacemos fácil el camino de su educación?

“Menos hablar y más decir” decía mi abuela.  Por lo que vamos a poner algunos ejemplos concretos, muy sencillos y cotidianos.

A Juancito no le gustan las matemáticas.  Vamos a ayudarlo haciendo que se acostumbre a hacer siempre primero las tareas de matemáticas.  Siempre primero lo que más me cuesta.  Hábito maravilloso que nos facilita la vida entera.

María se distrae con facilidad, empecemos por crearle un clima tranquilo, cuando está bien descansada, estemos todo lo cerca que podemos mientras estudia o hace sus tareas, para reencauzar su atención con algunas palabras o frases que la “resitúen” en el tema.

Pedro y Julia tienen más energía que nadie, mejor los dejamos jugar un rato antes de hacer las tares para que la descarguen, se cansen y les resulte más fácil quedarse sentados y hacer lo que tienen que hacer.

A Inés le gusta discutir y no le gusta perder.  Saquemos a relucir temas que le interesen, debemos establecer diálogos que le despierten curiosidad.  Expliquemos una y mil veces que discutir debe ser para enriquecer.  Hagamos que participe de alguna tarea escolar en la que hay debates.

Si alguno de nuestros hijos prefiere una tarea a otra, ayudemos a que pueda realizarla.  Podemos “negociar”  una cosa por otra siempre que eso mejore su ánimo y que sea bueno.  “Bueno” “Malo”,  no nos engañemos, todos los padres sabemos lo que es “Bueno” y lo que es “Malo” para nuestros hijos.  Causa risa en algunos cursos en los que hago que los padres pongan su mano en su estómago y puedan encontrar allí, clarito y sin interferencias, lo que saben que tienen que elegir.  Igual el gesto repetido de algunos que se ponen la mano en el estómago cuando hablan de alguna preocupación que parece hacerlos dudar de lo que deben hacer.  Cuando uno es padre, debe “escuchar” al estómago.  ¡Es cierto! Paren de reírse y díganme si no es cierto!!!

Seguimos, aunque parece que esta disertante está un poco distraída.

Estamos convencidos de que lo que hemos decidido es bueno, lo hemos comunicado y empezamos la más dura de las tareas Hacer cumplir

¿Es fácil? Noooooooooo! ¿Quién puede haberte dicho qué es fácil?!!!!!

Volvemos al concepto primario:

  • Lo hemos pensado, nos informamos, pedimos opiniones según la edad de los hijos, decidimos en buena voluntad y respeto a lo que sea mejor  y…así es más fácil…lo hacemos cumplir.

Lo primero que tienen que sentir los niños es que hemos hecho todos los pasos anteriores, que la decisión está bien tomada y que no vamos a retroceder.  Cuanto más importante es la decisión menos probable el retroceso.

También debe quedar claro que si nos hemos equivocado tendremos la flexibilidad de reconocer errores y cambiar lo que corresponda.

“Hacer cumplir” necesita perseverancia, buen humor, buenas intenciones, comprensión, y mucha paciencia.  Necesita un acuerdo categórico entre los padres.  Una dosis muy grande de esperanza.  Una seguridad clara en uno mismo.  Y, sobre todo, una entrega total a nuestros hijos.

¿Qué sigue a este paso?  ¡¡¡Otra vez las palabras rigurosas!!!!  Sigue Premios y Castigos.  Que no son más que las herramientas idóneas que el hombre ha usado a través de los siglos porque tiene que ver con su naturaleza.  Hablaremos de esos temas, de las diferencias entre:  “Dar”, “Premiar” y “Regalar”.  Conceptos que la cultura actual tiene  muy confundidos.  De los “avisos”, de olvidarse de la comodidad, de la debilidad, de la confusión.  De las coacciones, del cumplimiento de las promesas.  De los resultados.

¡¡¡Hay tela para rato!!!! ¡Es tan apasionante el mundo de la educación y lo es el de los padres y los hijos!  Si de la buena tarea que haga un padre deviene un ser humano mejor, muchos seres humanos mejores hacen a la felicidad de todos.

Si los padres pudieran proyectar el valor de su tarea primero para su hijo, después para su comunidad y, finalmente, para el mundo en general, sentirían que están haciendo lo más importante de todo: Conquistar un futuro mejor para  todos.

Una vieja sentencia, una de aquellas llenas de sabiduría de nuestros mayores decía: “La mano que mece la cuna, domina el mundo”.   Dominemos el mundo llenándolo de felicidad con seres humanos bien dispuestos, educados y listos para convivir en armonía con sus semejantes.

Todo tiene la medida de lo humano.  El hombre es la medida de todas las cosas  ¡Qué Dios nos ayude en esta tarea, la más importante de todas, la de educar a un ser humano, la que le da sustento y esperanza a nuestra vida!!.

¡¡¡Qué Dios nos ayude!!!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – El canasto con frutas de colores

18 Oct

Hilachas que van tramando

El canasto con frutas de colores

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El canasto era de metal pero trabajado como si fuera de mimbre, estaba lleno de frutos de vidrio de colores vivos y compactos, traídos de Colombia por un tío abuelo medio tarambana en uno de sus viajes aventureros que llenaban de fantasía a las mujeres de la familia.  Bellísimos, eran bellísimos.  Nunca vi nada que expresara con tanta sencillez la exuberancia de los colores primarios.  Nada más que colores primarios para que recordáramos que ellos son los únicos que  llenan de  matices a nuestra vida.   Sin ellos  el mundo sería gris y opaco, por eso ocupaban un lugar en la mesa del comedor.  Estuvo desde siempre en la casa familiar y, al paso de los años, lo recuerdo con emociones inefables, compuestas y tibias porque son una parte de las cosas que atesoro como lo mejor de mi propia vida.  Me remontan a una época en la que todo era, la mesa servida, los hijos que abundaban, las vacaciones, las fiestas de cumpleaños, el primer “papá” dicho entre balbuceos, los botines de fútbol, el desayuno de un domingo de lluvia, la casa calentita, el aroma de la comida que más nos gustaba, la complicidad del abuelo con los más chicos, el vestido que se estrena, la muñeca en el sillón, el día de la comunión, la escapada de un fin de semana, los deberes, la mirada cómplice entre los esposos, una tarde de bicicleta, la boca sucia de chocolate del más chico, los pañales, la fiesta de fin de año en la escuela, las manitos del hijo, mamá radiante con su nuevo peinado, papá feliz porque ganó su equipo, una discusión que termina en risa, un diagnóstico favorable, el dolor bien compartido, el patio con el ciruelo, la mermelada de ciruelas de mamá, el primer baile, el hijo adolescente confundido, un atardecer de verano, una tarde de otoño, las hojas en la vereda, el olor de la ropa limpia, el programa que más me gusta, la reunión con los amigos, el asado, el picadito, el “té” con las chicas, la caminata por el barrio, la sombra en el jardín, un rosal que floreció, la plaza, el cine, el mueblecito que se estrena, un regalo de cumpleaños, la Nochebuena en familia,  la llegada a casa desde el trabajo, la charla entre los hermanos, una llamada telefónica, las fotos, los recuerdos.  Todos los olores y los sabores y las imágenes que hacen que la vida sea verdaderamente maravillosa.  Eso que estaba pasando en mi vida mientras yo vivía mi vida de niña en una familia tipo en la ciudad de mis amores, hace unos cuantos años.

Lo recuerdo ahora porque estoy un poco alborotada.  En un artículo de un diario y con motivo del Día de la Madre, una mamá joven, consultada por el cronista ha dicho “que su abuela se quedaba en su casa fregando y atendiendo a su marido y a sus hijos, en plan de sacrificio y su madre creía en una postura feminista donde la mujer no tiene porqué someterse a un hombre, habiendo de algún modo postergado su vida como mujer por  haber sido madre”.  Y así, esta niña, con insolencia y atrevimiento, borraba de un plumazo todo un pasado de mujeres de otros tiempos que la daban entidad a sociedades de otros tiempos.

Estoy alborotada, yo, una enamorada de los tiempos modernos, que me agarro con las dos manos y hasta dónde puedo a todos los “cuchuflitos” tecnológicos que se me acercan, lo cual me hace la vida más ponderable;  y amo los adelantos de la medicina que me alargan la vida y me regalan calidad de vida;  que me siento a esperar el futuro, porque el futuro cada vez me parece más atractivo; que tengo un poco de penita porque me voy a perder muchas cosas de este siglo apasionante ¡a menos que viva ciento cuarenta años! , estoy alborotada, un poco enojada y muy combativa.

La sociedad en la que vivimos se ha acostumbrado a mirar sobre el hombro a los tiempos pasados y llevar agua a su molino como para que esto de la “relatividad” le resulte menos pesado y le haga creer que no hay época más sabia que la que estamos viviendo. Me parece a mí y creo que los historiadores y los filósofos y todos los sabios que saben mucho más que yo me aprobarían, que no se conoce una sociedad que se permita “juzgar” a las anteriores, con tanta liviandad y suficiencia, como la actual.  Usando cada vez un tema distinto, releyendo la historia para el lado que resulte práctico como para justificar todo lo que no están muy seguros de que estén haciendo bien.

¡De acuerdo!, esta época es fenomenal y no me hubiera gustado vivir en otra.  Pero, la felicidad y la alegría están, surgen, se viven y se disfrutan en cualquier momento de la vida personal y del mundo.  También la desgracia, el error en las elecciones, las crisis y los pecados, atraviesan el tejido de cada tiempo con toda impunidad y sin pedir permiso.  Sólo que me pregunto quién les ha hecho creer que las mujeres y las familias de esas mujeres tenían el destino parejo, lleno de frustraciones, de sacrificios, de dolores, de silencios y desprecios.  ¿De dónde sacaron que todo era un mundo gris, uniforme y aburrido donde no pasaban las cosas excitantes que vivimos ahora?  ¿En qué academia aprendieron que todo era represión en lo que respecta al sexo, al erotismo y que las mujeres no sabían gozar?  ¿Por qué necesitan creer todo eso?  ¿Será que el mundo actual las tiene asustadas porque hay algunas cosas que se les pierden en este vértigo general de hacer todo, vivir todo “como se debe” siempre que sea rápido, extravagante, confuso, atrevido, atemorizador y conflictivo?

Les quiero contar algo.  Durante el siglo XX había cosas que se vivían de otra manera.  Había más tiempo, porque no había televisión, ni Internet, ni teléfonos celulares, ¡gracias que había radio y teléfono!.  Las señoras “de su casa” hacían algunas cosas mientras escuchaban la novela de la tarde, cosas como planchar, cocinar, o coser.  Pero todavía les quedaban horas libres para juntarse con sus amigas para tomar el té, charlar o salir un rato a caminar.  No estaban cansadas, por eso a muchas les encantaba dormir la siesta con sus maridos que podían venir a casa al mediodía.  A las que no les gustaba la siesta no la dormían pretextando algún molesto dolor de cabeza.  Igual que ahora.  Aunque ahora las mujeres tenemos más dolores de cabeza porque corremos todo el día a velocidades increíbles y…tenemos menos ganas de dormir la siesta.  Las relaciones sexuales eran algo íntimo y privado y la imaginación se dejaba para los dos que lo vivían y lo gozaban.  Nunca una especie de competencia deportiva que termina siendo igual en todos los casos.  Cada uno elegía lo suyo y eso era lo de ellos.  Nadie les enseñaba desde una pantalla cómo, cuándo o cuánto se hacían las cosas.  Todo era exclusivo.

No había que llevar a los niños a ningún lado, porque casi todos los barrios eran seguros y ellos desde muy chicos disfrutaban de una libertad que ahora envidiamos los mayores.  Los niños iban a la maestra particular, a piano, a inglés y siempre sin que los padres gastaran nada de su tiempo en llevarlos, iban solos.  Por lo que los padres podían dormir la siesta con toda tranquilidad y las veces que querían.  Había mujeres que elegían una profesión o trabajaban por necesidad o por gusto.  Claro que viajaban más cómodas porque siempre alguien les cedía el asiento, llegaban muy a tiempo al trabajo o al consultorio y a media tarde  hasta les sobraba el rato de tomar una taza de té o un mate.  Nunca escuchaban una palabrota y sí alguna galantería.  Cuando los hijos crecían casi siempre encontraban con tiempo de empezar algún curso o iban al cine o al teatro a funciones tempranas.  Los fines de semana se salía, alguno sí y otro no.  Y siempre había tiempo para dormir la siesta que reconfortaba y revivía los primeros ardores de la vida.  Las esposas eran “mi señora” porque en la mayoría de los casos reinaban en el hogar.  Esto es así y es cierto.   Les gustaba alardear con la casa bonita, iban a la peluquería los viernes para estar bien el fin de semana.  No levantaban pesos porque los hombres eran muy hombres.  Charlaban a borbotones, se reían de algunas cosas y lloraban con otras.

Había frigidez y también temperamentos apasionados, igual que ahora.  Hombres guapos y otros no tanto.  Los había corteses y fieles y otros no tanto.  Pusilánimes y violentos.  Igual que ahora.  Había hombres y mujeres leales, y otros pecadores, igual que ahora.  Había llanto y alegrías, penas, sueños, emociones, desencantos, igual que ahora.  Pobreza y despilfarro.  Igual, igual que ahora.

Igual que ahora se necesitaba un lugar para estar a salvo.  Un lugar de refugio en el cual la mirada, el gesto, el silencio compasivo, la risa, la ternura, la pasión, la generosidad, la alegría, el amor, el dolor, el miedo y el arrepentimiento encontraran su medida de lo humano.  Un  lugar que albergara nuestras debilidades, la necesidad de ser amados sin explicaciones, las emociones, los sentimientos que nos dan todas las tonalidades del ser humano.

Se necesitaba un lugar confortable para vivir y compartir.  Un lugar amigable en el que pudiéramos hacer el ridículo y reírnos de ello y también uno para llorar a gritos cuando la vida se hacía implacable.  Un lugar con espacio suficiente como para poder bailar y jugar y aprender las cosas buenas de la vida.  Uno sagrado para poder rezar, vivir nuestros valores, nacer, buscar la trascendencia, y también, despedirnos de la vida con la gracia y la seguridad de aquellos que han sido bien amados.  Igual que ahora. Igual que ahora.

Dejemos de comparar porque en algunos casos salimos perdiendo y en otros somos ganadores pero, si creemos que esto es lo mejor del mundo, no vamos a aprender nada.

Aquellas mujeres y hombres ya vivieron sus felicidades y sus penas.  Ya no están pero su mundo fue para ellos el mejor de todos. Y lo fue.  Doy fe porque mi madre y mis abuelas y mis mayores me lo contaron.  Solo que ahora es distinto y también es el mejor de todos porque lo veo en mis hijos y en sus primos y en sus amigos.  Cada época tiene lo suyo, claro que las mujeres del siglo XX dormían con más frecuencia la siesta con sus maridos y eso las hacía muy felices.

Era otro mundo también maravilloso, en el cual también las víctimas elegían serlo y los amantes se amaban hasta la muerte.

¡Ah, me olvidaba…! Las mujeres del siglo XX  proclamaron con gran alegría y desparpajo el amor libre e invitaban a hacer el amor y no la guerra! ¡Qué mujeres! No tenían nada de sometidas.

¡Qué más les digo!

Que entremos a casa con el paso lento, saboreando cada lugarcito amado.  Dejemos afuera los ruidos descomunales de la calle y escuchemos el sonido del portón en el jardín, la cortina que se mueve con el viento, la risa del hijo que está creciendo, una silla que se movió en el comedor, el tintineo de los cubiertos cuando ponemos la mesa, el agua que corre, la voz de mamá.  Dejemos afuera el tiempo vertiginoso y disfrutemos del tiempo afortunado de estar con el otro, escuchar pacientemente, contar de a poco las mil y una anécdotas del día que ya vivimos.  Crucemos la mirada cómplice con todos y cada uno de estos seres que amamos tanto.   Tomemos la tarea de enseñarle a bailar el vals a la quinceañera que se nos hace mujer y preguntémosle a mamá quién es la señora que nos mira de la foto antigua con un sombrero pequeñito lleno de lentejuelas y aros de perlas que dormía muy contenta la siesta con su marido.  Escuchemos un rato de música que le guste a todos o que “toleren” todos.  Vamos a reírnos de lo que pasa y a provocar la risa cuando algo bueno no pasa.  Y al terminar el día, con la oración que aprendimos y enseñamos, démosle gracias a Dios de tener una familia que cada día nos hace más humanos.  Vivamos un poco como se hacía antes, cuando las mujeres dormían la siesta con sus maridos.

Olvidemos los esquemas alterados de tiempos pasados que parecen hechos por un niño caprichoso o un artista loco.  Miremos con amabilidad el pasado porque en él están todas las explicaciones de lo que somos ahora.

Dejemos relucir el canasto con los vidrios de colores primarios que, junto con un puñado de sueños, nos trajo un tío abuelo de Colombia.  La vida fue, es y será maravillosa.  La nuestra, la mejor.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

 

 

 

 

 

 

 

 

               

         

 

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia XIII – Los cinco pasos.

7 Oct

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Famila XIII

Los cinco pasos

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Damos unas vueltitas para atrás para reencauzar el tema.  Habíamos dejado una pregunta y una reflexión muy, pero muy importantes:

“¿Qué clase de familia queremos?”

Ésta sería la norma de pensamiento que guíe nuestra atención sobre los temas de la Autoridad en la Familia.  Considerando ese concepto que, para los tiempos que corren parece un poco demasiado categórico, volvemos a asegurar que la Autoridad es un Servicio que se presta y que se asienta en el Prestigio de quien la ejerce.

Parece demasiado categórico pero no lo es.  Sin Autoridad la familia no se conforma como se debe y el fracaso de una familia significa el fracaso de cada uno de sus integrantes.

Solamente la Autoridad, la verdadera Autoridad, lejos del Autoritarismo y de la Anarquía, define a la familia como la generadora de identidad, amor, educación, seguridad, cuidado, participación y objetivos.

“Servir es estar al servicio del otro // Hacer las veces del otro // Hacer una cosa a favor de otro // Querer o tener a bien hacer alguna cosa”

El otro como alternativa de nuestra propia humanidad; el otro que nos interesa más que nosotros mismos, a quien ponemos como objetivo y damos un objetivo que será su propia felicidad.  Educamos para que nuestros hijos sean felices de la única manera en que se puede ser:

a) Llegar a ser lo mejor que uno puede en sí mismo.

b) Poder convivir adecuadamente con sus semejantes.

Hablaremos ahora del Método para Servir.  Tenemos la Familia como una institución y, como tal, está sometida a reglas concretas y funcionales a sus objetivos y propósitos.  Ya hablaremos en el futuro, de las coincidencias que hay entre la Familia y una Empresa.  Por el momento diremos que cualquier proyecto humano o empresarial tiene reglas para ser llevado a cabo.  Por ahora nos limitamos a la órbita familiar.

Consideremos cualquier proyecto, por ejemplo un viaje, una mudanza, un traslado.  O también un cambio en la organización familiar en el ámbito de los cotidiano: reparto de tareas hogareñas, normas de convivencia con respecto a horarios de dormir, hacer tareas, decisiones sobre las salidas, etc, etc, etc.  Estos son los pasos a seguir:

a)  Pensar

b)  Informarse

c)   Decidir

d)  Comunicar

e)   Hacer cumplir.

Pensar:  Las realidades se presentan independientemente de nuestra voluntad o también las generamos nosotros con el objeto de adecuar la vida a las necesidades familiares cuando vemos que hay una decisión que tomar o un cambio inevitable o beneficioso para todos.   Se impone “pensar”.  Hacer un reconocimiento general del espacio y el tiempo en que se está desarrollando nuestra vida familiar.  Un reconocimiento de la realidad del niño y su entorno.  Pensar es  tener una intencionalidad educativa constante.  Sin que esto sea rígidamente estructurado podemos decir que uno no se puede distraer de lo que pasa en la familia y con los hijos.  Pensar es parte de lo que ya dijimos en más de una ocasión: “Educar es prever”.  Tratar de adelantarse a los acontecimientos.  Estar preparado.  Tener una mirada lo más objetiva posible sobre la vida familiar.  Hay momentos y días, hay temporadas en que nuestra familia merece ser observada como si fuera una pieza de teatro, mirada de “afuera”.  Para ajustar detalles, cambiar algunos roles, modificar conductas.   Debemos Pensar para aprehender la realidad y mejorarla.  Hay épocas en que todo se desliza suavemente y nos aflojamos un poco disfrutando de esa calma que, siendo la familia por naturaleza una institución categóricamente dinámica, no durará demasiado.  Para bien o para mal, debemos tener la certeza de que lo único seguro en una familia como en cada uno de sus miembros, es la inseguridad constante.  Es nuestra tarea revertir de esa condición lo que dificulta la convivencia y los objetivos. Y reforzar los cambios positivos.  Se trata entonces de Pensar con objetividad e inteligencia.

Informarse: Es buscar el conocimiento que ayude en la toma de decisiones.  Desde cualquier ámbito hay información que nos ayuda en esta tarea.  Todo depende del proyecto o la decisión que debemos tomar.  Como en cualquier actividad de la vida, a mejor información, mejor resultado.  Dentro y fuera de la familia está la información que buscamos para tomar decisiones correctas.  En el ámbito hogareño hay lo que llamamos “intercambio de voces”, lo que cada uno puede aportar a esta información.  Dependerá de la edad y circunstancia de cada uno de los hijos.  Todos deben ser escuchados con atención.

Decidir: Éste es el paso fundamental.  Los padres que han pensado las cosas y acumulado información correctamente, tendrán mayor facilidad para decidir.  Recordemos que se escucha respetuosamente a todos y que conviene ponerse en lugar de cada uno.  Creo innecesario agregar que todo dependerá siempre de la edad de los hijos y de su autoridad que irá creciendo según crezcan ellos y cada vez puedan participar más y mejor en la toma de decisiones.  Pero como ya dijimos “NO se educa por consenso”  Los padres no delegan esa misión fundamental en sus hijos.  Son los padres los que deciden y se hacen cargo de las consecuencias.  Los padres pueden aprender de sus hijos, de hecho, muchas veces se aprende de ellos, pero los que educan son los padres.

ComunicarYa hemos hablado de lo que es la comunicación y de algunas de sus características y condiciones necesarias.  Volveremos sobre el tema que es el fundamental en las relaciones humanas.  Recordemos, eso sí, que la comunicación se  conforma cuando el otro entiende y acepta haber entendido. 

Hacer cumplir:  La parte “artesanal” de toda Autoridad en la familia.  El pacto que debe cumplirse, honrarse y ser eficiente.  Es como decir “la frutilla del postre”.  Hacer cumplir tiene, como todos los pasos anteriores, una serie de condiciones y fórmulas que iremos desarrollando en las próximas entregas sobre este tema apasionante que es la Autoridad en la Familia.

Vamos ahora por un ejemplo muy sencillo y claro.

Llegan las vacaciones.  La familia se apresta a decidir sobre este tema.

Pensar:  ¿Es tiempo de tener vacaciones? ¿Podemos hacerlo? ¿Mejor las dejamos para otra ocasión? ¿Todos quieren salir ahora de vacaciones?  ¿Qué lugares preferimos? ¿Cuánto tiempo queremos dedicarles?  Definitivamente: ¿Qué es lo mejor para esta familia?

Informarse : Las preferencias de cada uno.  Lo que tenemos para gastar según lo que nos gusta.  De qué forma distribuiremos el dinero.  El tiempo que dedicaremos a esas vacaciones.  Cómo viajamos a destino.  Qué necesitamos llevar.  Cuánto tiempo nos lleva el viaje.  Cuándo debemos estar de vuelta.  Qué hacemos con nuestras mascotas en caso de tenerlas. Etc. Etc.etc.

Decidir: Una vez que tenemos toda la información y cuando cada integrante de la familia ha expuesto lo suyo, decidimos cómo y adonde serán estas vacaciones.

Comunicar: En este caso naturalmente toda la familia participó en las discusiones y se entera enseguida de las decisiones.

Hacer cumplir: Podemos decir que haremos el viaje tal y cual hemos conversado y decidido.

Otro ejemplo. Puede ser algo referido a los estudios de los hijos.

Pensar: Vamos notando que el nivel de rendimiento de uno o unos de los hijos ha bajado.  Empezamos a reconocer las causas.  Lo hacemos atentamente.  Descubrimos que se han relajado los horarios.  Que los chicos pierden mucho tiempo con los juguetes electrónicos.  Que no atienden en clase como se debe.  Que están más ocupados en sus relaciones con sus amigos que en su propias obligaciones. Etc. Etc. Etc.

Informarse: Hablamos con nuestros hijos.  Averiguamos lo que pasa en el colegio.  Hablamos con otros padres.  Hacemos un seguimiento de sus tareas, fechas de entrega de trabajos, fechas de pruebas, calendario escolar.  Averiguamos cuánto hay de deberes y cuánto de distracción cuando están navegando por Internet .  Nos preocupamos para conocer los programas que están siguiendo en el colegio.  Verificamos si tienen todos los libros y útiles que necesitan. Etc.Etc,Etc,

Decidir: Por supuesto decidiremos según lo que sea mejor para ellos.  Por lo tanto deberemos  acotar los horarios para que vuelva a ser el estudio lo más importante durante la época escolar,  por lo que nos aseguraremos que se respeten tales horarios y los deberes antes que ninguna otra cosa.  Organizaremos la vida familiar de tal manera que se les facilite tales objetivos. Pondremos ciertas normas de conducta.  Por ejemplo: Desde que se vuelve a casa y hasta que se terminan las tareas no se puede hacer otra cosa.  Lo que no se cumple en la semana se recuperará el fin de semana, sacrificando la diversión.  Las reuniones con los amigos solamente se permitirán cuando ya se ha hecho la tarea y se ha estudiado.  Hasta que llegue el próximo informe de notas quedan bastante limitadas las salidas.  De no conseguirse una mejora se pondrán medidas más severas.  Lo más importante de todo esto es que los padres estén debidamente convencidos de que esta exigencia es buena para sus hijos de tal manera que no cedan. Hay que recordar la frase fenomenal cuando se trata de los hijos “El que pierde la paciencia, pierde la guerra”. Por lo que dentro de esta decisión, y hasta que hayan mejorado las cosas, los padres deben mantener una actitud alerta día a día hasta que los niños salgan de estas dificultades.  Día a día. Con perseverancia y sin pereza.

Informar: Una vez tomada la decisión que nos parece correcta, informar al niño.  Con mucha firmeza y más  serenidad.  De tal manera que quede bien claro que esto es así y no de otra manera. Conviene que se diga en un momento tranquilo con una charla amistosa  y sin gritos ni enojos.  Nos aseguraremos de que el niño entendió bien la consigna y entendió bien la postura firme de sus padres que no darán un paso atrás.

Hacer cumplir : Ésta es la culminación de toda tarea educativa.

¡Jamás, jamás, jamás prometas a tu hijo algo que no vas a cumplir!  Después desarrollaremos todos los matices de este tema, pero tenemos que estar convencidos de que, si no cumplimos con aquello que hemos decidido e informado, estaremos destruyendo toda obra educativa, sea cual sea.  Podemos ser los mejores padres del mundo, vivir para ellos, amarlos y cuidarlos pero Si no cumplimos con lo que prometemos todo es fracaso.  A esta premisa se agrega otra no menos importante:  Nunca prometas algo que no estás seguro de poder hacer cumplir al pie de la letra”.  Al pie de la letra!!!

Creo haber dado un paso importante en esta divulgación.  Este tema del Método para Servir nos va a ocupar más de un artículo.  Aunque ya tenemos algo para empezar a pensar por nosotros mismos.  Podemos buscar una y cada una de las oportunidades en que hemos usado este método aún sin tener idea de que lo hacíamos.  Es bueno “darse cuenta”.  Si lo repetimos en el tiempo, después lo haremos en forma natural y sin pensar y nuestros hijos también aceptarán, naturalmente, las indicaciones.

Es difícil educar a nuestros hijos si no tenemos una “bitácora” de viaje.  Recordemos que todas las cosas son imposibles mientras lo parecen.  Que no hay hijos malos o padres malos, generalmente hay mala comunicación entre ellos.  Pensemos, pensemos, pensemos y dialoguemos con ellos.

Son la sal de nuestra vida, no podemos fallarles.  Qué Dios nos acompañe en esta tarea. Que así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

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Hilachas que van tramando – ¡¡Ay mi alma!!

4 Oct

Hilachas que van tramando

¡Ay, mi alma!

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La reunión se desarrolla de una manera tranquila, se oyen conversaciones como murmullos.  El hall central es un recinto que termina en una escalera imponente de mármol con pasamanos de  madera  que, en el primer descanso y a cada lado tiene lámparas con figuras femeninas típicas del Art Noveau, mármol de Carrara trabajado con una exquisita delicadeza, cuerpos desnudos, opulentos y tentadores.  La cabeza coronada por trenzas que se retuercen alrededor y dejan escapar mechones de pelo, los ojos bajos, las mejillas blandas y una sonrisa esbozada de costado.  Toda sensualidad y misterio.  ¿Qué noche han pasado las doncellas? Podríamos inventar cortinas de gasa al viento y camas con dosel.  Cada una sostiene la lámpara terminada en una bocha de cristal tallada en florones y guardas. La luz domina toda la escena.

Los tres pisos se abren alrededor del hueco del hall con barandas acordes al estilo, desde allí se asoman los invitados para mirar hacia abajo el piso de damero negro y blanco cortado en las mejores canteras de Italia.

Después, arriba, sosteniendo el techo trabajado en relieve de racimos de uva y querubines, en cada ángulo de cada piso hay figuras de hombres, también de mármol, fuertes, musculosos, con nariz recta, pelo ensortijado, y hombros fuertes con los que mantienen toda la estructura.  Las piernas tensas como el acero, el torso en el que se dibuja el esfuerzo y el sexo pequeño como para que no distraiga del conjunto.

Hombres y mujeres a los que llegamos sobre una alfombra roja de ceremonia. Hombres y mujeres que representan la mirada antigua  sobre la belleza de unos y otros. La reunión se transforma en una fiesta y el palacio, que de eso se trata, pasa a un segundo plano para dar lugar a la comida, la música y todo el ritual de una boda por lo alto.

Pero yo los recuerdo y me han despertado cierta inquietud para pensar en las diferencias y las similitudes que hay entre los hombres y las mujeres.  Tengo la suerte de poder visitar el palacio en una ocasión menos formal, estoy casi sola con unos y otras y me detengo inventando historias. Me apena que estas estatuas siempre estén atadas a su destino de mármol inmóvil y no puedan ni tocarse. Aunque creo que, a veces, cuando se apagan las luces y los serenos se retiran, dejan sus lugares y se juntan a celebrar los dones de hermosura con los que los han tallado.  Solamente hermosura sin un ápice de emoción, amarga condena no tener emociones, ser absolutamente iguales excepto en la belleza.

Entonces  pienso en nosotras a quienes nos sido dado ser mujeres de verdad, distintas a los hombres, en el mismo plano pero distintas.  Estamos hechas para adentro, ellos para afuera.  Somos delicadas, ellos son fuertes; apreciamos la ternura, ellos las definiciones;  nos gusta recorrer el camino, ellos miran el objetivo.  Para nosotras el mundo está hecho para cuidarlo, ellos lo conquistan con sus sueños y vienen a curarse las heridas cuando fracasan.  Ellos son fuertes en sus exigencias, nosotras somos fuertes para vivir.  Ellos son audaces, nosotras valientes para encarar la vida.

Somos diferentes.  Y también somos iguales en muchas cosas.  Por ejemplo en lo que se refiere a la inteligencia, la ambición, la voluntad, el sosiego; somos iguales en nuestras emociones, podemos sentir miedo y júbilo, tenemos sueños compartidos iguales y diferentes.  Amamos y sufrimos, salimos a competir, y nos ocultamos cuando se lastima nuestro amor propio.

Somos iguales en muchas cosas y totalmente distintos en otras.

¡Gracias a Dios! ¡¡¡Que ha compuesto dos iguales que son diferentes para placer y alegría de ambos!!!

Sin embargo en nuestro mundo, nuestro mientras transitamos por él, parece que nos deleita asegurar e insistir e insistir que no hay diferencias entre unos y otros.  Ninguna.  Y que es fundamental limar las que haya para que todos seamos lo mismo.  Grave error  ¡como si fueran lo mismo el mar y la cordillera, el viento y el sol, el invierno y el cielo de verano!  Pero seguimos insistiendo y dejamos que los jóvenes queden indecisos, se asusten, se confundan y se pierdan la oportunidad de vivir a pleno aquello que les ha sido dado como es, no solo su cuerpo, también su identidad, categóricamente su identidad.

No somos iguales.  Nos parecemos nada más.

Somos personas, eso es común a todos.  Somos seres que tienen sentimientos y viven emociones.  Como personas elegimos los valores que nos importan y tendemos a vivir nuestra vida como queremos.  Eso está bien, y es una conquista del nuevo mundo. En eso somos iguales.  Nos desvela nuestra sexualidad, nos gusta ser hermosos, como lo es un hombre y como lo es una mujer.

Hasta hace pocos años no sabíamos lo que es ser “políticamente” correctos y en los cuestionarios poníamos sexo femenino, sexo masculino.  ¡¡¡A todos los aires!!!  Hasta que alguien pensó que ésa era una definición negativa y nos borró de un plumazo las diferencias.  Sin pensar que hay un límite muy fino que se pasa en el preciso momento en que se hacen difusas las características diferentes entre un hombre y una mujer, entonces la mujer es menos mujer y el hombre menos hombre.

¿No está resultando familiar esa figura andrógina que no despierta ninguna apetencia?

¿Nos gusta verdaderamente? ¿Nos gusta una mujer que se equipara a los hombres en su sexualidad? ¿La que deja de ser un hueco tibio para largarse  a la conquista del desierto? ¿La que quiere ser como ellos? ¿Simplemente como ellos? ¿La que compite sin piedad por el puesto del gerente? ¿La que maldice o grita? ¿La que duda de su propia ternura? ¿La que nunca quiere perder? ¿La que es fuerte, fuerte, fuerte hasta el cansancio y no se cansa de seguir peleando?

Ellos, por su parte, todavía no han batallado para encontrar un nuevo lugar en este mundo apasionante que relativiza todo, hasta el sexo.  ¿Nos gusta un hombre que ha perdido su capacidad de cuidarnos? ¿Queremos que le resulte  fácil la conquista o que vayamos a un sorteo hasta ver quién la comienza y, entonces los encaramos de frente? ¿Eso nos gusta? ¿De verdad qué nos gusta?

¿De verdad que nos molesta qué nos cedan el paso o nos ayuden con las cargas pesadas? ¿Basta que cambien  un pañal o que den una mamadera y los consideramos de avanzada? O, queremos otras cosas…..

Juntos redondeamos el mundo.  Ellos saliendo para afuera, nosotras guardando las cosas que más queremos.  Ellos son ímpetu y lanza, nosotras caricia y risas.  Ellos merecen tener su lugar en el mundo, nosotras tenemos la maternidad.  Nosotras conocemos el color de nuestra sangre, a ellos les han enseñado a derramarla por los siglos de los siglos.

Ellos son hombres y cuanto más hombres, mejor; nosotras somos mujeres, mejores que nunca cuando somos más mujeres.  En lo que hagamos, gerentes de empresas, docentes, obreros, artesanos, artistas, científicos, astronautas, médicos, filántropos,  padres de familia, presidentes, cuanto más hombre sea un hombre y  cuanto más mujer sea una mujer, será mejor. .

El mundo tiene que tener todos los colores. ¡¡¡Ay mi alma si desaparece alguno!!!  ¡Qué sería de nosotros si fuéramos absolutamente iguales!!!

Me voy caminando hacia la calle donde la vida se hace real, estruendosa, acelerada; atrás quedaron las estatuas de Carrara, el salón y mis divagaciones.

Me pongo una flor en el sombrero y le sonrío a todos los que pasan.  Pequeñas libertades de una señora mayor que ya está de vuelta de muchas cosas.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia XII – Otro aspecto de las Normas Claras

24 Sep

 Hilachas que van tramando  – Autoridad en la Familia XII

El otro aspecto de las Normas Claras

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Recordemos que estamos hablando de una familia. Una familia tiene una dinámica diferente a cualquier otra institución en la que se necesiten normas expresas de convivencia.  La familia no se maneja con un Código formal.  Para distinguir bien este concepto, como otras veces, volvemos a la sencillez de la experiencia de vida de generaciones y generaciones de familias que nos precedieron.  La familia se estructura y se desestructura según la vida le va pasando por al lado, por encima como una aplanadora o con tiempos de paz y alegría en los que parece que todo está muy bien.  Pero casi nunca estamos en equilibrio.  Por la misma riqueza de emociones y sentimientos, expectativas, proyectos y contingencias que vivimos en la familia, casi nunca estamos en equilibrio.  ¡Lo que es una suerte!

Porque en todo Equilibrio, las fuerzas se compensan hasta que se anulan para terminar siendo iguales.  Eso no existe en una familia.  Si fuera así se perdería el riquísimo entramado de muchas vidas que recorren juntas todo el camino.  Y siendo el amor y la identidad lo único que los ata, los integrantes de una familia, verdaderamente resultan iguales pero diferentes.

Lo que se requiere en la familia es la Armonía: por la cual las fuerzas no son iguales, por lo contrario se complementan, las personas se aceptan como diferentes y en tiempos diferentes, todos crecen.

Todos son diferentes, tienen diferentes edades, diferentes sueños, diferentes proyectos y otros recursos personales.  Hay momentos en que los planos se inclinan para uno u otro y todos deben respetarlo y comprenderlo.  Hay momentos en que uno necesita más tiempo que los demás, aquél más severidad y éste más risas.  Uno recibirá más tiempo y otro más diálogo.

De eso se trata lo que llamamos Armonía en la familia, para lo cual necesitamos las Normas Claras, con ellas aprendemos unos de otros según se suceden las generaciones.

Repasando, hemos dicho que para que resulte necesitamos las cuatro C de la información sobre las normas a imponer:

  • Clara
  • Corta
  • Concisa
  • Cambiar de tema

Para que el hijo entienda y aprenda:

  • Lo que tiene que hacer
  • Lo que debe hacer
  • Lo que puede hacer
  • Lo que quiere hacer

Ahora corresponde hablar sobre el otro aspecto de toda norma y jugamos con las cuatro C, que también necesitamos:

  • Conversar
  • Comprender
  • Conciliar
  • Conceder

Esto se refiere a los padres y se irá requiriendo de los hijos a medida que ellos vayan creciendo.

Conversar: Tener trato y comunicación con alguien.  Ya nos hemos detenido largamente en el tema de la comunicación y seguiremos haciéndolo porque es fundamental en la vida de todos los hombres y, especialmente, en la vida de una familia.  Es la matriz de toda educación, de toda relación y, por ende, de todo el amor que se tienen entre ellos.  Para que la Comunicación sea eficiente es necesario hablar y hablar y no solamente de cosas concretas, cotidianas y simples.  A veces se necesita hablar de otras cosas, más personales, más íntimas y formadoras.

A veces es necesario lo que yo llamo: “Hablar con subtítulos”.  Hace falta decir lo que uno siente.  Hace falta explicar por qué uno quiere algo.  A qué se debe tal exigencia.  Hace falta contar lo que le pasó en tal o cual situación.  Hablar de lo que para uno es importante. Expresar cuánto uno ama al resto.  Lo que quiere para ellos.  Lo que agradece tenerlos.  Y explicar cuando una norma debe cumplirse y por qué.  No basta con “sentir” las cosas, hay que relatarlas.  Los otros, los integrantes de una familia no tienen por qué “saber” intuitivamente lo que le pasa a uno.  Con la moderación de no exagerar, hay que “comunicar”.

En estos tiempos nos vamos acostumbrando a dejarnos llevar, demasiado seguido, por banalidades; hablamos con abreviaturas, tememos a los temas importantes, nos deslumbran las imágenes y nos falta el tiempo.  Hay que conversar, y hablar con subtítulos.

Comprender: Es abrazar, ceñir, rodear// Contener, incluir en alguna cosa// Entender, alcanzar, adivinar.

Incluir a nuestros hijos en toda nuestra consciencia, alcanzarlos en su desarrollo, abrazarlos con voluntad de cuidarlos. ¡Entenderlos! ¡Entenderlos! ¡Entenderlos!

Conciliar: conciliar es componer y ajustar los ánimos discordes.  Armonizar.  Somos los padres los que estamos preparados y debemos bajar los ánimos y acrecentar nuestra benevolencia.  Por edad, por situación, y por la responsabilidad que nos hemos tomado, los padres debemos manejar las situaciones en que hace falta conciliar.  No se puede perder la paciencia . “El que pierde la paciencia pierde la guerra” Por amor a nuestros hijos no se puede perder esa guerra.

Conceder: Esto es dar u otorgar algo como merced o gracia.  Asentir sobre algo que se nos pide o espera.  Y convenir en lo que el otro dice o afirma.  Es de hombres inteligentes tener ideas propias, y de sabios aceptar lo que los otros saben o que los otros tienen razón cuando la tienen.

¿Estamos hablando de lo mismo?

De Normas Claras, Autoridad, Exigencia, Orden, Responsabilidad, y todas esas cosas que se nos hacen severas, sordas a otros conceptos, poco flexibles.

Y, al mismo tiempo, hablamos de Comprender, Conversar, Conceder, Conciliar.

¡Cómo si fuera lo mismo!

¡Es lo mismo!

Desde el principio de estas charlas hemos ido demostrando que es lo mismo.

La naturaleza de la Autoridad está formada por el Prestigio y la Vocación de Servicio.  La Responsabilidad, la Exigencia,  las Normas que nos permiten convivir con nuestros semejantes, el orden que establecemos para nosotros mismos nos deben ayudar a Comprender, Conversar, Conciliar y Conceder en la relación con los otros.  Es parte de naturaleza del ser humano y de su capacidad de ser cada vez mejor.

Comprender y escuchar a nuestros hijos implica acompañarlos en su tarea de mejorar para ellos mismos y para los demás.  Implica que los consideramos héroes, cada vez mejores, cada vez más dignos de sí mismos.  Implica que los entendemos, los amamos,  que los vamos a formar y que, de nuestra tarea resultará que ellos mismos adquieran su libertad de elegir.

Elegir las Normas y hacerlas cumplir es entender que son instrumentos válidos para educar y  para convivir.  Solamente los hombres dignos se someten a las reglas claras de la convivencia. Solamente ellos saben que la única debilidad es estar por debajo de las posibilidades personales de ser cada día lo mejor que uno puede ser y que la norma de vida es el vehículo eficiente en este propósito.

La norma existe para doblegar el propio egoísmo, para respetar los espacios ajenos, para corregir al que se equivoca, para ordenar lo que tiende a desordenarse.  Para reconocer las reglas del juego que impone cada familia.

Si negar las normas de convivencia, aceptar que casi todo está permitido, que todo es relativo y que cada uno vive a sus aires, trajera la felicidad de todos, estaríamos de acuerdo.  Pero la experiencia vital del hombre moderno nos enseña que el vacío existencial, que a veces  atenta contra esa felicidad, está nada más y nada menos en la falta de reglas y el desalentador relativismo que nos impiden convivir en paz con nuestros semejantes y enseñarles a nuestros hijos a hacer algo por los demás.

A medida que se van cayendo estructuras que parecían inamovibles en la sociedad en la que viven nuestras familias, se hacen más necesarias las normas que, con total libertad, establecemos para ellas.  Todo se puede ir ordenando y solucionando en este arduo camino de llevar adelante la vida en común.

Por estas realidades hoy, más que nunca, podemos asegurar que “La familia de hoy se estabiliza y funciona, según su capacidad de reconocer sus conflictos y asumirlos para resolverlos”.

En este momento de la reflexión los padres e hijos deberían probar sentarse a una mesa y hacer una pregunta clave para todos.  No importa la edad o la circunstancia de cada uno, cada uno opina sobre lo que le parece mejor para su familia.  

Creo que la pregunta clave para contestar y poder establecer parámetros de comportamiento sería:
“¿Qué clase de familia queremos?

De allí saldrán las normas que los ayudarán a vivir según la familia que quieran tener.  Es notable hacer la experiencia y ver cómo los hijos, hasta los más chicos, aportan su caudal de opiniones valiosas.

Las pequeñas reuniones informales en las que se van estableciendo estos temas culminan con notas escritas que ayuden a no olvidarlas.

Después, recordemos que “no se educa por consenso”, son los padres los que finalmente van a decidir en consecuencia de lo hablado.

Créanme que es una experiencia muy reveladora y educativa.

Lo que los niños saben intuitivamente y saben que lo necesitan y los padres, a veces, parece que se niegan a reconocer es que con normas claras, conocidas por todos, aceptadas por todos y cumplidas por todos, la vida es mucho más fácil.

Esto también tiene que ver con un tema principalísimo en la vida de la familia y que desarrollaremos en otro momento: La Participación de todos, en todo.

Parece difícil en estos tiempos tener Tiempo para estas experiencias familiares.  He dicho muchas veces y lo seguiré diciendo en el futuro que “El Tiempo de la vida podemos “gastarlo” o “acumularlo”.  En definitiva eso es lo que estamos decidiendo cuando nos ocupamos de nuestra familia.

Lo que viene en los próximos artículos es hablar de

¿Qué pasa cuando la norma no se cumple?

¿Hay premios y castigos?

¿Cuál es el método apropiado para recorrer el camino del Servicio en el ejercicio de la autoridad? Sus cinco pasos.

Esta historia de la familia es tan atrapante como la mejor de las aventuras.  La tenemos a mano.  Vamos a vivirla con toda la pasión que podamos. Vale la pena.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

 

Hilachas que van tramando – Morirse de la risa

14 Sep

Hilachas que van tramando

Morirse de la risa

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Era una tarde de domingo de invierno.  Puesta a hacer algo que me encanta fui a recorrer un Mercado de Pulgas.  Solamente a los que nos gusta eso, nos gusta eso.  Los pasillos eran estrechos y con pozos, los tenderetes rodeados por alambres tejidos se cerraban con puertas muy precarias, adentro de cada uno, según sus especialidades, había cosas increíbles.  Preciosos tesoros escondidos, horrendos objetos viejos.  Un deleite para los que apreciamos las cosas con historia.  Pero ésa es otra historia.

Me detuve en un puesto de muebles y allí, medio oculto, alto y presuntuoso, había un aparador de alzada de roble con la parte de arriba tipo gabinete con dos puertas centrales y otras dos, una a cada lado, con el vidrio biselado tallado en florones, estantes gruesos terminados en curva y arriba, alto y en el medio un remate de madera tallado con las mismas flores de los vidrios.  Cuando lo vi un montón de emociones llenaron mi alma.  Otra vez fui una niña buscando tesoros para jugar en la mesa enorme del comedor de mi abuela.  Ese mueble vacío se llenó de voces, de olores y de sonidos que no tienen competencia entre mis recuerdos.  Era igual al que había en la casa de mi abuela.  Igual al que tuvimos enfrente durante todos los años de la infancia y la adolescencia.  Igual, igual a mí cuando yo empezaba a ser yo.

Mi  abuela, la del aparador, era una mezcla de mujer sacrificada y heroica con una niña a la que el mundo le resultaba siempre una sorpresa.  Era dramática pero ingenua.  Simple y laboriosa.  Una mujer a la que fui conociendo de verdad a medida que yo misma me transformaba en abuela.

Venía de una familia con un montón de mujeres en la que  solamente dos de los hermanos eran varones.  Esto le daba a la vida de todos un componente especial.  Ellas pasaban gran parte del tiempo juntas, con sus hijos de acá para allá.  Siempre había tiempo para una visita, una charla o una tarde de costura juntas.  Cuando crecimos, nuestras abuelas nos llevaban con ellas y nosotras estábamos encantadas.  Y uno se pregunta ¿Cómo puede disfrutar una niña de ocho, diez, doce años una reunión con mujeres de la edad de su abuela?  Sin embargo en cuanto ella decía que se iba a la casa de alguna de sus hermanas corríamos a pedirle que nos llevara.  Allá íbamos, contentas por el programa.

Porque mi abuela se reía a carcajadas.  Ella y sus hermanas se reían a carcajadas.  Lo que ahora resulta inexplicable porque pensando en sus vidas, hijas de inmigrantes, teniendo que trabajar desde que casi no habían salido de la infancia, todas, menos dos, viudas muy jóvenes, con muchos hijos y casas grandes, uno no le encuentra la vuelta.  Ellas tampoco se la buscaban.  La risa era algo espontáneo e inevitable.

Allí estaban alrededor de la mesa grande, charlando, cosiendo, arreglado ropa de unos niños a otros, pelando arvejas, planchando un cuello almidonado y dando uno que otro coscorrón sobre todo a los varones que pasaban corriendo seguidos por el perro o los perros de la casa, alborotando todo y contagiando las risas.

Todo se desarrollaba con tranquilidad hasta que alguna de las hermanas contaba algo gracioso o se acordaba de algo que había pasado que pudiera tener apenas un rastro de humor.  Entonces cualquiera de ellas empezaba a mostrar una especie de inquietud mientras le temblaba el pecho y se le iba transformando el rostro.  Otra preguntaba “¿Qué?” y la primera apenas podía empezar a contar.  Se les iban poniendo los ojitos pequeños y la boca grande.  Empezaban a reír, y las cosas pasaban a mayores, una traía la otra.  Se tentaban de cualquier cosa y la risa continuaba por un buen rato.  Hasta que alguna se levantaba sacudiendo la cabeza como diciendo “¡Estas hermanas mías, qué pocos formales!” y preparaba la tetera para empezar con la merienda.  Pero la mayor parte de las veces volvía la tentación, una miraba a la otra y todo recomenzaba.  Si el relato era nuevo, se repetía una y otra vez y cada vez con más algazara.  Si era conocido, bastaba una palabra hipada entre dos suspiros para que una y otra y otra hermana fueran agregando detalles como claves de entendimiento que las hacía cada vez más graciosas.  Se secaban las lágrimas con aquellos pañuelitos bordados que siempre llevaban en el borde del escote y parecía que todo estaba en orden.  Sin embargo al rato a veces bastaba una mirada de lado para que recomenzara la fiesta.  Después terminaban la tarea, recogían la mesa, nos ponían prolijas y nos íbamos.

De aquellos días recuerdo los relatos más importantes y todavía me tientan, no tanto sus historias pero sí la manera en que me lo transmitían mi abuela y sus hermanas.  A veces había tristeza, duelos, pérdidas, trabajos duros pero, finalmente, la rutina entre ellas tendía a ser suavizada, adornada por las risas que inventaban entre todas.

Me imagino que su reflexión era: la vida es dura, las cosas son difíciles, pero siempre hay lugar para una risa.  Creo que la risa ablandaba sus desventuras.  Riendo vencían a cualquiera de las dificultades que se les presentaban bastante seguido.  Pero no se daban cuenta, era como correr bajo la lluvia después de un día de mucho calor.  Uno se refresca, se alegra, todo cambia para mejor.  Uno se querría quedar más tiempo bajo la lluvia y ya se ha olvidado del sofocón.

Mi abuela y sus hermanas se reían a carcajadas porque eran sencillas y amables.  Porque apreciaban los buenos momentos, porque eran laboriosas y así como lo hacían con la ropa de la familia, arreglaban, cortaban, cosían y llenaban de belleza con sus bordados la vida que, de otra manera, hubiera sido un viaje aburrido sin más opciones que sufrir y quejarse.  Ellas no pensaban en sí mismas.  Estoy segura de que no tenían un conocimiento acabado y objetivo sobre quiénes eran y para qué estaban en este mundo.  Sencillamente estaban en él y conseguían hacerlo más amigable y gentil, más agraciado y fino para sus familias.

Mi abuela se reía a carcajadas y de esa manera, nos regalaba el goce de vivir como si esto fuera fácil y  atrevido.  Como si fuera abundante y eterno.  Como si uno venciera a la tristeza para siempre y siempre volviera a vencerla para toda la eternidad.  Su propia idea de la eternidad solamente se relacionaba con las actividades de la parroquia, las procesiones de la Patrona del barrio y los casamientos, bautismos y responsos que alteraban periódicamente su vida.  Pero ella no sabía que la creaba cada vez que se olvidaba de todo lo otro y se reía con todo el cuerpo, con todo el corazón y con toda el alma.

Ahora, en este tiempo pródigo que nos toca vivir, no nos estamos riendo lo necesario.  Estamos muy conscientes de este mundo, de las cosas que pasan, de nuestro cansancio.  Estamos muy ocupados, muy tensos, muy necesitados de tecnología, muy apegados a grandes emociones.  Opinamos de todo, le tememos al ridículo más que a nada.  Nos preocupamos por cosas que seguramente no nos pasarán.

No tenemos tiempo para reírnos.

No compré el mueble que me recordó a mi infancia.  Es mejor el que tengo atesorado entre mis recuerdos.  Pero me he decidido a reír todas las veces que pueda.  A soltar el cuerpo, a dejarme llevar porque, al fin y al cabo, lo que nos queda de todo el camino es la parte de la alegría.

Nos encantaba ir de paseo con la abuela porque ella se reía a carcajadas.  De eso no me olvidaré nunca.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van tramando – Podría ser yo

9 Sep

Hilachas que van tramando

Podría ser yo

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Salía para el supermercado.  Un atardecer sereno se caía sobre el río.  Del otro lado la ciudad relumbrante y poderosa se iba desvaneciendo en el agua.  Todo brillaba pero en silencio.  Caminé por el boulevar disfrutando de ese momento cuando oí música y cantos que venían desde una calle lateral.  Resultó ser una procesión en honor a la Virgen de la Consolata que agrupaba a una buena cantidad de gente.  Lo de siempre, cantos, velas, flores, niños y mujeres con una profunda piedad, hombres con unas capas celestes y otros hombres, los sacerdotes, con sus túnicas blancas orladas de verde.  Adelante y al final sendos patrulleros que acompañaban el recorrido con sus luces de colores.

Como tantas manifestaciones religiosas de distintos credos, que siempre respeto y trato de compartir, porque Dios es uno solo.  Uno solo.  Por suerte y, aunque a veces lo tratemos como si fueran muchos, es uno solo.  Y nosotros le hablamos de distinta manera.  Lo que pasa es que todas las buenas maneras complacen a Dios no importa de donde vengan, ni de quien vengan.  Y eso es muy bueno.

Casi en la mitad de la procesión, unos hombres llevaban en andas una imagen de la Virgen.  Lo hacían con los pasos tan clásicos en la liturgia católica, la imagen era preciosa y yo empecé a acompañarlos desde la acera, casi sin darme cuenta.  Casi sin darme cuenta estaba rezando en silencio y casi sin darme cuenta estaba llorando.  Sin consuelo y, aparentemente, sin motivo.

Era el día en que en todo el mundo se invitaba a rezar por la Paz.  Ahora que  lo estoy contando se me hacen ilegibles las palabras en la computadora, estoy llorando.  Estoy hablando de la Paz y estoy llorando.

Por la Paz que no es simbólica, es lo que se refiere a hombres, mujeres y niños.  Todos ellos sufriendo situaciones absolutamente injustas, más injustas ahora, en este tiempo presuntuoso en que nos creemos que ya estamos de vuelta de todo y que sabemos lo que son los derechos humanos y que es malo discriminar, y que la libertad es un bien inevitable, y que todos queremos ser más buenos que los otros, y que el mundo tiene que ser de todos.  Y todas esas cosas que nos hacen sentir bien.

Ellos se mueren, se mueren en las calles entre los escombros, se desangran hasta que cesa el fuego y alguien los levanta para sacarlos del medio, se mueren entre incendios y gritos.  Lo peor no son los gritos, lo peor es cuando llega el silencio.  Y el espanto.  Y ese niño de poquitos años que vaga por las calles ensangrentado y ha perdido a su familia, y también su vida y su identidad porque todo quedó hecho polvo y nadie sabe de dónde vino.  Las mujeres van a parir oyendo el tableteo de las ametralladoras, los soldados corren como conejos que serán cazados, en algún momento serán cazados.  Los jóvenes se arriman a las paredes porque tienen miedo, porque todavía no han vivido nada y temen que no han de vivirlo.  La mayoría no ha de vivirlo.  Se mueren los niños y los ancianos y los hombres y las mujeres porque la tragedia los iguala como miserables seres que no tienen ningún derecho.  Hay sangre por todos lados, no hay calmantes.  Y cuando pasen los días no habrá comida.  Ni agua, ni médicos, ni piedad ni consuelo.  Sólo seres desventurados a los que el zarpazo de la muerte les llegó de la mano de otros seres que no saben lo que hacen.  Unos y otros perdiendo lo que tienen de humanos.

Les ha explotado la vida de todos los días, se les ha acabado la vida de todos los días.  No tienen más, nunca más, la vida que tenían hasta hoy.  La preciosa vida que creían que les estaba perteneciendo.

Los más afortunados se irán por las fronteras llevando consigo lo poco que puedan.  Y después caerán como bolsas de plomo en otras comunidades en las que no tienen cabida.  ¡Cuántas veces hemos visto o imaginado pueblos enteros caminando sin rumbo y por los caminos de Dios dejando caer las cosas que se van haciendo más y más pesadas!  Desaparecen los juegos y las escuelas, llega el hambre, la prostitución y las venganzas.  Se oye gritar bajo los escombros, alguien perderá la vista y otro las piernas.  Alguien perderá la cordura porque el dolor y el miedo reemplazan a todo lo demás.  Se perderá el marido de la esposa, los hijos, los hermanos entre ellos, algunos nos sabrán nunca qué pasó con sus seres queridos.  No habrá más una plaza, ni una escuela, ni el negocio del barrio adonde los vecinos hacíamos tertulia.  Nadie tendrá una sinagoga, una iglesia o una mezquita para rezarle al Dios de todos, que es uno solo.  Nadie tendrá un templo, sea cual sea su Fe.  Y todos se sentirán abandonados.  En tinieblas porque Dios está en silencio.  Y más gritos y más sangre, y más ruido y más hambre, más dolor y más crueldad, y muerte, muerte, muerte.

¡Quién nos dijo a nosotros los hombres que podemos matar a otros hombres?  ¿Quién nos volvió locos de tal manera que cortamos de raíz la vida de otros seres humanos, su felicidad, su esperanza, sus derechos, sus cuerpos?  ¿Quién tiene derecho a destruir una casa, todas las cosas ajenas, los recuerdos, las fotos, los libros, los hijos?

En toda la historia los hombres pelearon guerras para cambiar sociedades.  ¡¡Pero eran otros tiempos!!!  No sabían mucho unos de otros, eran todos extraños, el mundo muy grande y las culturas muy diferentes.  La maldad tenía excusas.

¡Pero en el Siglo XXI!  Todos conocemos la cara de todos.  Sabemos lo que pasa aquí y allá.  Matamos lo conocido.  No podemos mirar para otro lado porque todo lo que pasa, pasa en nuestra casa.  En nuestro televisor, en la tableta o en el teléfono.  Siglo XXI absurdo en su impiedad.  ¡No tenemos excusas!  Sabemos que somos todos iguales, sabemos que el mundo tiene ciertas dimensiones.  Oímos lo que hablan, lo que cantan, como aman y en lo que creen; ningún rostro, ninguna cultura nos sorprenden, nos mimetizamos en las modas, nos entendemos en los miles de idiomas que hablamos.  No.  ¡No puede haber más guerras en este Siglo XXI!  Y, sin embargo, éstas aparecen en uno u otro lugar de la Tierra, da lo mismo, la crueldad y el horror no tienen Patria ni territorio.  Y los seres humanos somos todos iguales.  Algunos, sin embargo, son menos iguales que otros.  Me quedé en un rincón temerosa de seguir caminando hasta que unos brazos fuertes y torpes me abrazaron.  Por primera vez, ¡por primera vez en mi vida no sentí ningún consuelo!  Sólo le dije “¡Podría haber sido yo!”

¿Quién me preservó de tales demonios?  ¿Quién manejó esa lotería diabólica que hace que algunos tengamos todos los derechos y otros todas las desgracias?  ¡Podría ser yo!

Lo único que podemos hacer es tomar consciencia de que esto no es justo. De que esto es letal.  Que por cada hombre que muere en una guerra se pierde un poco de humanidad para todos. Debemos hacer que ese convencimiento vaya venciendo la fuerza de los malvados.  Que se sienta en el mundo entero la ira de los justos.  Debemos rechazar la violencia.  Debemos manifestarnos cada uno a su manera.  Ya no hay ninguna excusa para la violencia en este Siglo XXI.  Vamos a rezar, cada uno en su credo, a un Dios que a veces parece que está en silencio. Vamos a hacerlo cada uno en su idioma, y otros a la Naturaleza y a los duendes del bosque, y a los cielos y a la Tierra.  Cada uno a lo que crea que tenga una fuerza superior para terminar con toda esta locura.  Vamos a rezar porque podríamos ser ellos.  Somos ellos.  Somos otra parte de ellos.  Vamos pensar en la Paz.  Vamos a hablar de la Paz.  Vamos a exigir la Paz.  Todos, todos  tenemos derecho a gozar de la Paz.  ¡Podría ser yo!

Bajo la cabeza con toda humildad, les pido a los otros que me cobijen, que me cuiden, porque podría ser yo.

Que Dios nos ampare a todos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – La plaza de las diagonales

2 Sep

Hilachas que van tramando

La Plaza de las diagonales

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Los vi mientras cruzaba la plaza en diagonal.  La plaza de mi barrio es una de las más lindas de la ciudad.  También una de las más antiguas, por lo que sus árboles son enormes y tienen increíbles historias de vida para contarnos.  En uno de sus lados se enfrenta con casas muy grandes, que tienen la majestuosidad de toda una época.  En otro la Biblioteca de líneas clásicas que más parece un templo griego y por la que hemos pasado generaciones y generaciones de niños y jóvenes estudiantes.

Nos falta hablar del  hospital con su torre de estilo y las cuadras que se han llenado de pequeños cafés muy agradables, en los que se encuentran y reúnen los vecinos.  La plaza es muy grande por lo que todavía guarda rincones recoletos, encantadores ámbitos de silencios o murmullos que invitan a la gente como yo a caminar por ella.  Las diagonales que la cruzan son coincidentes con las avenidas diagonales que han sido la matriz del barrio; salga uno por donde salga, si no ha vivido allí, se pierde y los lugareños lo hacemos con una sonrisa suficiente aunque a veces,  metida en mis pensamientos, también me pierdo y como siempre vuelvo a pedirle a los duendes que me han acompañado toda mi vida, que tengan a bien llevarme de nuevo al mundo conocido.  Sacudo la cabeza y los sigo yo humillada, ellos divertidos.

Se oían, lejanos, los gritos de los chicos en el patio de juegos, era un día extraño de primavera, en un espacio del cantero había flores blancas que tenían la presunción de ser rosas pero no, eran otras silvestres y fuertes; no caían desmayando sobre el pasto, se iban abriendo hasta que estallaban en pétalos de seda marfileños, y se morían abrazadas a los cabos.  Creo que están ahí desde siempre. Todo un mensaje.

Pasaban como saetas imágenes de mi adolescencia, el beso robado en la época en que se robaban los besos, el encuentro fortuito, las confidencias, el amigo que nos dejaba leerle poesías de amor y nunca nos dijo que él nos amaba.  La espera inútil de aquél que nosotros amamos más que nada en el mundo hasta la próxima fiesta de quince que estrenamos el vestido de falda de colores y peinado nuevo y encontramos otro amor eterno.  Iba, como casi siempre, ensimismada en esos recuerdos, dulce amargura de los años antiguos que en la plaza sombreada repiten una y otra vez la magia de revivir.

Los vi sentados en un banco que parecía más escondido que los otros.  Él estaba de costado, como dispuesto a irse, con la cabeza baja y el gesto adusto, presumiendo que estaba preocupado cuando a las claras sólo había algo que le estaba molestando; distraído, inquieto, queriendo irse para no volver.  Ella tirada para atrás, con toda su espalda en el respaldo del banco mirándolo fijamente, con los ojos colorados y la boca apretada, lista para estallar en llanto.  Rogando, pidiendo, anhelando una respuesta con las manos desmayadas sobre el regazo, palmas para arriba  y toda la soledad del mundo en ellas.  Hablaba hipando y parecía repetir una y otra vez  lo mismo, de a momentos preguntaba algo porque el muchacho le contestaba con un sí o un no moviendo la cabeza y levantando la vista para mirar a ningún lado.

Me quedé inmóvil mientras todo lo de alrededor se transformaba en una niebla ligera y yo, atrapada con ellos en la eterna historia de encuentros y desencuentros que forman el tejido espeso del amor en todos los tiempos y en todos los lugares del mundo en el que hay amantes y amados, anhelos y abandonos, requerimientos fastidiosos para quien no ama y trágicos para los que ya lo están haciendo.  De pronto él se levantó y la atrajo a su lado, caminaron juntos en silencio hasta la vereda exterior.  Me quedé deseando que se perdieran en el mundo de las diagonales para que la niña lo tuviera con ella para siempre.  Pero ya sé que es inútil.  El amor va y viene o no está.  Caminaron hasta la esquina.  El la besó en la mejilla y se fue apresurando el paso sin mirar atrás.  Ella se quedó un rato mirándolo, suspiró, y volvió sobre sus pasos para cruzar y perderse por la calle.  Hubo un instante en el que su mirada y la mía se cruzaron, uno solo en el que estuve tentada a abrazarla para darle algún consuelo pero no lo hice porque no hubiera sabido qué decirle.  Cada uno tiene su propio espacio de dolor y es suyo.

Hoy después de un tiempo estoy más cerca de entender qué ha pasado cuando dos se entienden y qué cuando se lastiman.

Las cosas siempre tienen un comienzo.  Y en él se definen relaciones que constituyen la vida entera.

Porque vamos a nuestras relaciones con el deseo vehemente de ser amados como queremos, no como seremos amados algunas  veces, cada uno empieza ocupando un lugar que difícilmente pueda cambiar en el futuro.  En todos los casos y con todas las relaciones, con nuestros amigos, con nuestros compañeros, sobre todo con nuestros amores.

Nos vamos a parar de una manera y hablar con un tono que el otro recibirá como mensaje de identidad.  Tendremos la desventura de empezar con cierto miedo o inseguridad o avanzaremos con una risa fácil y desenvuelta para quedarnos con el mundo entero.  Estaremos tratando de explicar cada cosa, o las vamos a vivir sin muchas explicaciones.  Seremos cariñosos o malhumorados.  Nuestro lenguaje se llenará de palabras saltarinas o de términos ofensivos.  Daremos por descontado que todo nos es debido porque el amor es para poseer todo o estaremos dispuestos a trabajar para “merecernos” un amor.  Los otros, a su vez, nos mostrarán lo que puedan y harán con lo nuestro lo que quieran.

Así será el encuentro de todos y cada uno, y resultará difícil salir de ese marco.  Todo tiene que ver con el personaje que somos y el que elegimos ser.

Y…es mejor que pensemos seriamente en el lugar que decidimos ocupar en nuestra vida y en la de los otros, antes de ocuparlo.

Hay imponderables, siempre hay imponderables.  El momento de la vida en el que se produce un encuentro puede ser un momento de felicidad, de soledad, de éxito o de arrepentimientos, todo puede estar pasándonos cuando encontramos a alguien a quien amar.   Es necesario que reconozcamos verdaderamente cómo somos y qué tenemos para dar.  Es imprescindible que sepamos que toda relación se da de a dos en el mismo rango.  Cuanto más importante sea, más nos iguala el rango en el que viviremos.

No es menos importante elegir el lenguaje que será el nuestro en el futuro.  Que nadie tenga que rogar para ser amado, ser comprendido, ser escuchado.  Bueno sería que empezáramos a decidir hablarnos bien y establecer el mismo compromiso de ida y vuelta para todas las cosas de la vida.

Las diferencias siempre enriquecen, podemos ser más expresivos, más enérgicos o menos ocurrentes que el otro, podemos ser más vitales o más apagados, más demostrativos o discretos, pero somos siempre iguales.  Siempre iguales.

Tenemos una manera de relacionarnos y eso constituye la vida entera.  Las cosas siempre tienen un comienzo.  Hasta entonces podemos elegir, más tarde estaremos solamente defendiéndonos.  No he vuelto a encontrarme con la joven. L e he pedido a los duendes de la plaza que la preserven de amores tristes, que le den, en cambio, risas y ternura, que lo dé  y que lo reciba en la misma cantidad.  Después me sonrío y salgo de la plaza hermosa, florecida, llena de diagonales en las que no me importa perderme.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

 

Hilachas que van tramando – Hay que contar historias

24 Ago

Hilachas que van tramando

Hay que contar historias

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Vamos por un camino secundario entre dos ciudades relativamente pequeñas.  El coche anda maravillosamente pero la travesía se hace difícil porque la carretera es angosta, con un asfalto rudimentario y muchas curvas.  Los árboles crecen y crecen a los costados cuando empieza a llover.  Primero unas gotas gordas y perezosas hasta que llega la lluvia pesada, cataratas de agua nos aíslan de todo lo exterior.  No podemos seguir y no podemos parar porque ambas cosas nos ponen en peligro.  Con cierta habilidad mi amigo se detiene en un pequeño espacio entre los árboles del camino que con cada trueno se hacen más y más grandes.  El agua separa nuestro pequeño mundo de todo el resto y,  aunque estamos juntos, eso no alcanza para dejarnos tranquilos.  Nos impresiona la realidad externa, imponente, desconocida, mágica, llena de criaturas mucho más poderosas que nosotros que, con toda malicia, oculta la lluvia.  Los kilómetros que nos faltan, aunque pocos, usando la imaginación se hacen  interminables.  El mundo entero ha desaparecido. Ni antes ni después.  No tenemos espacio, tiempo ni capacidad para volvernos al mundo que conocemos.  Alguna rama enorme cruje y pensamos que el árbol puede caerse.

Las ramas y los arbustos se agitan de tal manera que cuando se iluminan podrían ser un ejército de seres verdes cuya inmortalidad está probada.

Le digo:

“¿Has pensado alguna vez que si los árboles cobraran vida sería imposible detenerlos?  Les cortás una rama y vuelve a crecer.  Para vencerlos se necesita una destrucción total!”

“¡Siempre oportuna! Mirá si es un momento para decir eso!”

“Se me ocurre, se me ocurre, porque estoy muerta de miedo y no sé por qué, nosotros somos los mismos, los árboles son los mismos, lo más probable es que pasada la lluvia todo vuelva a la normalidad.  Pero me inquieta mucho ser una nada entre otras nadas!”

La situación externa no empeoraba, de por sí era mala pero estable, pero nosotros subíamos por una escalada de emociones que agregaban peligros inimaginables.

“Vamos a contar historias”.  Y aunque resultó difícil, empezamos a recordar anécdotas de buenos momentos, historias nuestras y ajenas, que hicieron que, después de un buen rato nos fuéramos quedando dormidos, envueltos en la manta de colores, esperando que amainara.

La madrugada trajo olor a lluvia; el bosque, empapado y con charcos que eran como lagunas, se había puesto de colores.  Había un murmullo de vegetación que acumula y acumula vitalidad y daba ganas de abrazarse a los árboles para sentir tanta fuerza. Volvimos por un camino que felizmente estaba lo suficiente firme y en un rato estábamos disfrutando de una buena ducha caliente y un desayuno que nos pareció el mejor de todos.

Como otras veces me quedé pensando.  Hay que contar historias.

Tenemos que vivir la vida y relatarla para que sea vivida más veces.  Contar historias de nuestra propia vida para que podamos pertenecer a una estirpe, formar parte de un grupo.  Alentar esa identidad que nos hace fuertes y nos permite ser felices.

Tenemos que contar historias porque de otra manera somos como ese coche perdido en la tormenta temiendo por el mundo aterrador que lo rodeaba.

Recuerdo cuando murió una prima muy querida por todos nosotros, que era la mayor de toda esta familia tan numerosa.  Tenía la edad de otra generación, más cercana a nuestros padres.  Después de llorar su ausencia, lo que más me mortificó fue que había muchas historias de mi familia que ya no serían contadas por sus protagonistas.  Eso era el silencio total.  Por mucho que hubiéramos hablado antes, se quedaba uno sin aliento ante lo categórico del silencio futuro.

Contar historias de la familia, de los amigos, de lo que uno ha pasado en su vida da pertenencia a uno mismo y a los que lo escuchan.  Después de todo, somos lo que los otros tienen de nosotros, lo que los otros saben de nosotros.  Nos reflejamos unos a otros contando nuestras historias.  Es bueno que yo sepa que esos eran mis padres y mis tíos y los amigos de la familia y los vecinos que crecieron conmigo porque yo soy lo que ellos han conocido y eso se vive en el apretado diseño de cada vida singular. También tenemos que contar historias de lo que sucedía en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en el mundo mientras íbamos viviendo.  Entregarles a los niños y a los jóvenes todo un fenomenal testimonio de persona a persona que no puede transmitir la crónica grande del mundo.

Siempre me ha llamado la atención que aquellas personas que han sido abandonadas por sus padres, en su mayoría siguen toda su vida buscándolos y cuando se les pregunta por qué o para qué dicen algo así como “Para conocer mi historia, para saber qué pasó, no intento hacer reproches, ya está todo perdonado, pero tengo que saber”.

Tal vez, digo tal vez con todo respeto y algo de pregunta, tal vez lo que buscan es solamente conocer un vínculo que los haga parte de algo.  Lo que buscan es pertenecer.  Todos los hombres por nuestra condición necesitamos pertenecer porque solos no somos más que un suspiro entre dos momentos de la historia.

Tuve la suerte de tener dos abuelas a las que les encantaba contarnos cosas de su tiempo.  Nunca dejaré de agradecerles.  Sus distintos enfoques también nos enriquecieron.  Siendo tan diferentes nos entregaron una hermosa conjunción en la que podemos reconocernos.  Finalmente todos terminamos siendo los niños a los que su abuela les contaba cosas.

Y los pueblos, los que cuentan, existen.  Como en la Biblia.  La misma historia contada otra vez y otra, la misma historia y diferente momento del relato.  Siempre cambia el relator y su historia le pertenece.

La vida es más que vivir, la vida es relacionarse con los otros, pertenecer a los otros en la historia y entregarla a los que vienen.

Los relatos nos salvan de una soledad que de otra manera, a pesar de todo, sería absoluta e impiadosa.  Dios nos libre de ser abandonados a nuestra propia suerte en la travesía vital de nuestra estirpe.  Seríamos como esclavos en el desierto, sin nombre y sin compasión.

Me veo en una clase del colegio de monjas, mirando por la ventana el patio de baldosas y las galerías de hierro y vidrios de colores tenues, mientras nos leían aquella poesía que no puedo recitar entera y no estoy segura del nombre de su autor aunque creo que era Conrado Nalé Roxlo:

“Y me llenó las manos de castañas y nueces, el alma de leyendas y el corazón de preces.  Y los labios de un viejo y divino cantar, el cantar montañés de viejecita bruja que narra una conseja mientras mueve la aguja, el mismo que ennoblece ahora mi cantar”.

Contar y contar como una forma de vivir  para siempre.  Esta sociedad en la que vivimos está un poco abandonada por la historia pequeña, queremos que todo sea sensacional, extraordinario y que todo nos iguale.  Ganemos un pedacito de tiempo feliz, busquemos nuestra pertenencia en el relato chiquitito de los recuerdos, no soltemos la mano de los que fueron y de los que serán.  A sentarse cada tanto a contar las historias que serán únicas, privilegiadas y enriquecedoras.  Todo lo que pasa es lo que nos pasa, los que nos pasó, lo que nos contaron visto por quienes lo vivieron de esa manera y no de otra.

Todo lo que somos es lo que los otros nos contaron.  El resto es lo que nosotros haremos de nuestros relatos para los que nos siguen en esta vida.

Empieza otra jornada.  El bosque florece, cantan los pájaros, la tormenta ha pasado.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – la Puerta 45

14 Ago

Hilachas que van tramando

La Puerta 45

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Lo que llamamos “Puerta 45”  en ese aeropuerto es un alarde de grandiosidad y buen gusto.  Allí llegamos muchas horas antes del vuelo.  En lugar de convertirnos en peregrinos desalentados recorriendo la ciudad para hacer tiempo, después de un viaje estupendo y muy cansador, decidimos buscar refugio metiéndonos en el pre- embarque como quien se mete en una cama ajena  pero confortable.  El lugar es enorme, y los amplios ventanales incorporan cientos de aviones.  A la distancia hay más, y parece que estuviéramos volando con cada uno de ellos, asumiendo el cielo y la tierra en otra dimensión.  El piso brillante y los espacios que se van sucediendo siempre iguales y siempre distintos a medida que buscamos la Puerta 45, serán nuestra cápsula fuera de toda realidad. Como si nos hubiéramos transformado en viajeros eternos renovamos esa emoción de no pertenecer.  Insignificantes y al mismo tiempo dueños de ese lugar al que solamente acceden los que van a viajar.  Únicos, distintos, anónimos, cositas dispersas en el espacio que nos va a contener dentro de unas horas, sobre un mar que se hace inmenso en la noche hasta que volvamos  a ser los dueños de nuestra propia vida.

Hay todo tipo de personajes y nosotros somos otro tipo de personajes.  Hay gente de todo el mundo y nosotros somos de otro mundo.  Se oyen mil lenguas diferentes y nosotros tenemos una de ellas ¡sólo que la nuestra es la mejor porque nos entendemos!  Ese espacio cerrado es uno de los puntos en los que uno experimenta la vastedad del mundo, las diferencias entre los hombres que confirma que finalmente somos todos iguales, pertenecemos todos a este planeta Tierra y lloramos y reímos por las mismas cosas.  Todos embarcados en los mismos viajes. Dependiendo unos de otros.

En un momento empezamos a sentir una guitarra y una canción.  La voz es de un hombre joven y, más que entonada, es emocionante. Está rodeado de gente pero su voz está sola, categóricamente sola, como si estuviera a la puerta de su casa frente al desierto, mientras amanece y la arena se pone rojiza. Es una voz con cavidades y tiempos remotos que se llenan de sus propias querencias a las que, por puro sentimiento, se van incorporando las nuestras.  Todos frente al desierto, cada uno solo y todos juntos.  Está a unos veinte metros de nosotros y lentamente empieza a hacerse  silencio.  Se agrega otro sonido, y otro de instrumentos pocos convencionales.  Se agrega una voz de mujer y otra y otros hombres.  La música es rítmica y de sones repetidos, como los salmos.  Increíblemente dulce y sin embargo fuerte y convocadora.  Nos vamos acercando hasta que los rodeamos en círculo.  Alguien corre los sillones.  Ellos van formando pequeños círculos y empiezan a bailar.  Se invitan unos a otros para incorporarse al grupo.  Después mezclan las figuras coreográficas y se hace un círculo mayor.  Van para un lado y para el otro.  Es, notablemente, un baile folclórico.  Cambian las canciones pero siempre del mismo estilo.  Los rostros se iluminan, los jóvenes bailarines-cantores están felices, y la danza se hace más activa.  Las mujeres despliegan todo su encanto, las hay de todas las edades aunque siguen prevaleciendo las más jóvenes.  Los hombres se sonríen y bailan estimulados por ellas. Alguien dice “Son canciones judías”, “No, son sardas catalanas”.  “Son canciones religiosas”. “Son del Este de Europa”.  “Parecen de gitanos”.   Un rato después nadie trata de entender, todos gozamos con el espectáculo que convoca a más de cien jóvenes.  Cantan y bailan como si estuvieran solos, al borde del desierto mientras amanece y la arena se pone rojiza.  Me dejo llevar, como todos, y tengo ganas de agregarme a ellos.  No lo hago porque los dueños del desierto son ellos y yo un pasajero anónimo, pero me quedo hasta que terminan de bailar.  ¡Han pasado más de dos horas!  El público estalla literalmente en aplausos y gritos de aprobación.  Ha sido un momento único, de aquellos que la vida nos depara.  Inolvidable.  Después nos enteramos de que son jóvenes polacos, más de cien, de un grupo de dos mil, que van al Encuentro de la Juventud a Río de Janeiro.  Su canto era religioso y cristiano y judío y catalán.  Era de gitanos y de peregrinos.  Era de alegría y de ofrenda.  Dios y la juventud se llevan muy bien, muy bien.  Dios y la juventud son posibles de suceder, siempre.  Llevan la vida, con toda precisión, hasta el punto de mayor esperanza.  Dios y los jóvenes son poderosos.  Cantan y bailan y nos conquistan.  Nos convencen de que todo es posible.  Nos contagian de eternidad.  Dios y la juventud se llevan muy bien.

Me pongo a pensar en el poder benéfico que tienen los que cantan y bailan con esa alegría.  Y, también, en el poder como una fuerza externa que puede decidir sobre la vida de cada uno.

Vamos a hablar un poco sobre el poder.  Pero, primero, diferenciamos.

Poder: Tener expedita la potencia o facultad de hacer alguna cosa//Tener facilidad, tiempo o lugar de hacer algo.

No vamos a hablar de ese poder.  Solamente decimos que el mundo sería mucho mejor para todos si todos usáramos los dones y las posibilidades que tenemos de hacer cosas, haciéndolas bien y con buenos propósitos.  Pero ese es otro tema.

Poder: Tener dominio, imperio, facultad para mandar a hacer algo// Suprema potestad rectora del Estado.

Estamos en tema.  El poder debidamente ejercido es el que se usa para el bien de los demás.  Es  la parte ejecutiva de la Autoridad. 

Como ya sabemos algo sobre la Autoridad deducimos que el Poder tiene que basarse en el prestigio de quien lo ejerce y solamente usarse para servir a los demás.

Pero la trampa en todo esto es que también el poder lleva en sí mismo el germen de su locura, que aparece una y otra vez para engañar a quien lo ostenta y hacerle creer que es absoluto o que puede durar para siempre, lo que equivale a lo mismo.  Locura que también engaña a quien está sometido a él y que contribuye con su actitud por subordinación, miedo, ambición o cualquier otro sentimiento negativo, a la torpe maniobra.   Con la necesaria complicidad de ambos sujetos, uno culpable, el otro víctima, el poder adquiere entidad como un tercer personaje, ajeno a los otros dos, que se pasea tan campante por este mundo arruinando la vida de mucha gente.  Dos hombres, por lo menos, se necesitan para que el poder aparezca.  Aunque, generalmente, es cosa de muchos.

Hablamos del poder de individuos en su familia, sus amistades, sus relaciones laborales, el mundo social, y, también, el poder político que siempre es desmesurado,  porque afecta a un número enorme de personas.

El sentimiento primario ante aquellos que están sometidos a un poder del que no pueden liberarse es de una profunda tristeza y un enojo enraigado en la naturaleza de los hombres que siempre han luchado contra él y siempre con éxito, ya que el mundo ha ido repartiendo el poder siempre de menos a más personas, y así será para siempre.  Pero eso es tema para historiadores y sociólogos.  Seguimos con lo nuestro.

En los primeros años de la vida uno teme, queda confundido, sospecha, se achica  y quiere alejarse del poder.  Sobre todo le teme.  Pero, felizmente, los años pasan y como decía la abuela “he visto más castillos caer que estrellas en el cielo, solamente me quedo mirando y espero”.

El poder termina derritiéndose hasta ser una masa informe para empujarla y sacarla de escena sin mirar atrás.  Es así porque su propia existencia es parte de una locura recurrente que el hombre debe desterrar de la historia.

Nos  preguntamos una y otra vez sobre su naturaleza.

Es sin dudas el más fuerte de los impulsos que tiene el hombre.  Más cosas  se han hecho por tener poder que por amor o ambición.  Y en su misma perversión está su fracaso.

El Poder es el instrumento ideal de la Soberbia, primer pecado que según la Biblia se ha cometido contra Dios.  ¡Nada menos qué contra Dios!  Creerse diferente a los otros y más qué ellos!  Engaña y deforma la realidad, aísla a un individuo de los otros, desprecia a los que son iguales, reduciendo la humanidad a harapos, abandona los afectos, agota porque necesita una fuerza inagotable, envejece porque se lleva los años de vivir, ejerciéndolo.  Miente, corrompe, aturde.

Peca contra los otros y necesita la soledad para sobrevivir.

Si lo miramos desde otro lado el poder se ha llevado jirones de la humanidad de quien lo ostenta cuando  la humanidad es lo que somos.  Andamos por la vida siendo humanos, necesitamos que nos amen, que nos cuiden, que nos entiendan, que nos permitan pertenecer, somos con los otros y por los otros.

El poder se ha llevado jirones de la humanidad de aquel pobre individuo que quiere ser poderoso, que se siente poderoso, que es poderoso, que en realidad está solo, está abandonado, está miserablemente perdido en la única vida que vivirá en este mundo.  Porque el poder tiene un enemigo fatal, impiadoso que lo persigue, lo acorrala y siempre, siempre le gana.  El Tiempo.  Tarde o temprano ese pobre individuo con poder absoluto mirará su imagen en el espejo del tiempo y, aunque no lo diga, aunque no quiera ni pensarlo, se encontrará fuera de todo espacio, solo, sin creer en nadie, sin que nadie le crea ni lo quiera.  Buscando una pertenencia que no existe, cuando no muriendo por el rebote de los excesos cometidos.    Nadie lo quiere ahora pero eso no es lo malo,  lo malo es que nadie lo ha querido nunca, nadie lo ha compadecido, nadie lo ha acompañado nunca.  Los que creía que lo acompañaban lo han estado engañando.  Entonces se va fundiendo en una masa informe, caída en el suelo, que alguien pateará sin conocer.  Es así.  Se derrite, hasta que el que lo ostenta, siempre, siempre, se queda pequeñito y termina desapareciendo.

“Lo importante para nosotros, personas comunes, millones de personas comunes, sería mirarlo desde el principio como si fuera su final”.  Es hacerle frente desde cada lugar.  Usar lo que uno tiene de humanidad para combatirlo heroicamente si se puede o enfrentarlo con un silencio elocuente.  Con fuerza interior, dejando que cada cosa adquiera la verdadera dimensión.  Para comprender su insignificancia y perder el miedo.  Con la viva fuerza de los hombres justos.

El poder absoluto  no sabe nada.  No tiene nada.  Es pura locura.  Se pierde lo mejor de la humanidad.  El poder absoluto es imbécil.  Y, si Dios quiere, será desterrado de este mundo siempre que  los hombres sigan caminando en busca de la paz y del entendimiento y la tolerancia entre ellos.

Hemos visto a los jóvenes cantar y bailar felices contagiando a todos su alegría: ellos y Dios se entienden.  No necesitan poderes especiales para vivir.

Ninguno podrá detenerlos. Qué así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

 

 

 

 

 

Hilachas que van tramando – Un mundo nuevo

27 Jul

Hilachas que van tramando

Un mundo nuevo

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Los jóvenes siempre han sido y son iguales.  Fuertes, esperanzados, audaces, ingeniosos, omnipotentes, bellos y atractivos.  Aunque individualmente alguno no sea nada de eso, el duende de la juventud les regala a todos un espectro de luces que resumen la totalidad de los colores.   Uno los mira y siente que están iluminados desde adentro con una inconsciencia genial que es el sustento de todo.

La juventud parece ser la matriz de la felicidad.  Se ignora cuando está  presente,  (decía la abuela “¡son tan jóvenes que no saben lo jóvenes que son!”)  lo cual es parte de su belleza; se añora cuando se ha ido, uno no sabe bien por qué.   Aunque me arriesgo a decir que es por esa cosa inefable de ser el dueño de la vida que se siente durante unos pocos años.

La juventud es igualitaria, todos los que ya somos adultos y un poco más que adultos, la hemos recorrido.  Todos la hemos vivido. Ha sido, alguna vez, de cada uno de nosotros. La hemos dejado ir subrepticiamente, alguna tarde de aquellas, porque así es la vida y no dependía de nosotros que se quedara.  De nuestra propia juventud nos queda a cada uno el sello de la pasión que sentíamos, las emociones, la vida como un resplandor más fuerte que el del sol.

Lo que configura el rasgo más notable de esa época de la vida es el heroísmo que se necesita para vivir en el límite de nuestras capacidades, opción que eligen los jóvenes de una manera espontánea y por el sólo hecho de serlo.

Los jóvenes son héroes y necesitan ser héroes.

Cuando lo son, cuando se reconocen como tales, se completa el relato de su existencia de una manera categórica.

El heroísmo los lleva a descubrir lo mejor de sí mismos, les da energía, se despliega para los otros en olvido de lo propio.

En toda la historia los jóvenes fueron los que supieron y quisieron dar su vida por los demás.  De todas las maneras posibles y teniendo como sustento el descubrimiento del otro, la aceptación del otro, el amor al otro, con la magnanimidad del que tiene todo y la naturalidad del que tiene el derecho a tener todo.

Ahora están los jóvenes del Siglo XXI.  Son los mismos y son diferentes.  La vida se ha alargado mucho, y con ella la juventud.  El mundo ha cambiado mucho y con él, el modo de vivir la juventud.

Esta generación está viviendo un fenómeno único, dominan un espacio distinto y un tiempo vertiginoso.  Se comunican entre ellos en segundos.  Cada uno de los jóvenes del mundo, no importa sus circunstancias, sabe lo que quieren los otros, porque es lo mismo para casi todos.  Saben lo que tienen los otros, lo cual es un detonante para su propia vida.  Por primera vez en la historia, tienen un concepto adecuado de lo que es esta Tierra, el lugar donde viven, la relación entre unas cosas y otras.  Están debidamente situados en un tiempo y un espacio nuevos.  Que les pertenecen porque es su mundo y lo que hagan con él será distinto a todo lo anterior.  Son los jóvenes más poderosos de la historia.  Falta que los amemos tanto como para darles derroteros y caminos que les permitan cumplir su misión.  De héroes.

Entonces me pongo a pensar y siento que, como sociedad, les hacemos perder el tiempo con la búsqueda del éxito, cuando deberíamos recordarles que lo suyo es el  HEROÍSMO.  Entonces, me pongo a pensar y sin ánimo de ofender a nadie,  siento que nos faltan líderes y estadistas adecuados a la juventud de este tiempo.

Hay que descomponer cosas que parecían absolutas y reubicarlas de otra manera.  Debemos entender que la “Comunicación”  es algo más que cualquiera de los aparatos sofisticados que inundan el mercado.  La comunicación es establecer verdaderas relaciones entre los seres humanos.

Ver al otro.  Buscar su mirada y su atención.  Escucharlo.  Hablar el mismo lenguaje.  Transmitir principios y aclarar valores comunes.  Acceder a su mundo y permitirle entrar al nuestro.  Todo lo que ahora se puede hacer en tiempos acortados hasta el asombro.

Y en esa comunicación se han muerto las ideologías.  No tienen sustento.  Los jóvenes están esperando de nosotros un factor de comportamiento adecuado.

Basta que los escuchemos y que cambiemos este paradigma del éxito por la invitación al heroísmo.

Ahora bien: Nada de lo que es propio de la juventud ha cambiado.  Pero sí, la naturaleza de lo que conocemos por heroísmo.  

Lo primero que ha cambiado es que para ser heroico en estos tiempos debemos empezar por rechazar toda violencia.  Desde la guerra, la forma más cruel de la violencia, hasta el trato entre los hombres en cada escala de la vida cotidiana.   Los jóvenes deben aprender a rechazar toda violencia.  Contra sí mismos, contra las personas, contra la naturaleza en todas sus manifestaciones.  Este rechazo de la violencia sólo se consigue con el respeto a los demás, a sus creencias, sus opiniones, su derecho a elegir la vida que quiere vivir.  Su derecho a elegir donde quiere vivir.  Su derecho a elegir cómo quiere vivir.

Ser heroico es respetar las leyes.  Para lo cual se debe participar en la democracia, opinar, entender, ocuparse, votar y controlar por los medios correspondientes.

Compartir la bonanza.  Aceptar que el mundo es de todos, cada vez más de todos y cada vez mejor de todos.

Peticionar debidamente a las autoridades.  Unirse, organizarse y exigir ser oídos.

Pensar en los demás.  Mirar alrededor para que cada una de las personas  que los rodean adquiera un nombre propio y un rostro conocido.  Haciendo con la  convivencia un mundo mejor para la humanidad.

Dar algo más que lo que les sobra.  Hacer un esfuerzo más para los otros.

Poner su mirada y sus esfuerzos en comunidades que lo necesitan.  Abrir proyectos y programas solidarios.  Llevarlos a cabo.

Escuchar, acompañar, compartir.  Todo eso es ser heroico.

Lo de todos los días, en el lugar que vivimos todos los días,  porque se acabaron las gestas revolucionarias y el mundo necesita héroes locales, conocidos, cotidianos.

Cada uno en su propio espacio tiene mucho para hacer en el mundo de los jóvenes.  Las formidables redes sociales hacen que se comuniquen, no solamente con toda rapidez, también que se comuniquen todos.   Y a todos ellos debemos tentarlos con que sean heroicos haciendo de su vida algo valioso.  El éxito vendrá por añadidura.  Es así.  Seguro que es así.

Y debemos darles ideas concretas.  Ayudarlos a salir de esta especie de sopor con el que viven algunos, mientras se van pasando las horas de no hacer nada.  Debemos decirles que miren a su alrededor.  Que hagan aquello que consideran que saben hacer mejor.  Que lo hagan bien.

Algunos serán los que guíen las manifestaciones, en orden, con respeto, organizados, con ideas concretas, con proyectos más o menos desarrollados.  No a gritar y golpear sino a transmitir y aclarar.   A ser voceros de todos porque a todos ellos les tocará el mundo que hayan creado.

Otros deberán ocuparse de las comunicaciones.  Asistir a los medios.  Formar  opinión.  Prepararse para gobernar.  Asistir para  que cada uno cumpla adecuadamente su destino.

Están los que formen parte de proyectos más amplios.  En comunidades más necesitadas.

Estarán los que dejen su marca en su barrio, en su ciudad.  Algunos ayudarán a los docentes, pintarán escuelas, arreglarán plazas y jardines.  Visitarán los hospitales.  Acompañarán a ancianos y a niños.

Habrá los que se dediquen al arte.  Para enseñar, para formar orquestas, para deleitar desde un espacio teatral.  Para pintar ciudades, para alegrar paredones.

Algunos se volcarán al deporte.  Organizarán equipos, campeonatos, rutinas de atletismo.  Juegos.

Se acercarán a sus comunidades religiosas, aprenderán a rezar con todos los hombres buenos, compartirán ideales y vivirán la tolerancia y el respeto.  Se ocuparán de los que no tienen Fe.  De los que están solos.

Hay miles de cosas parar hacer en estos días.

Necesitan de nuestro ejemplo y de nuestra experiencia.

Los mayores tenernos que aceptar que hay cosas que sabemos, otras que no sabemos y un montón que ni sabemos que no sabemos.  Pero ellos sí lo saben, porque es su mundo.

En cambio lo que ellos no saben y nosotros sí, es que la vida se agranda y se multiplica cuando pensamos, vivimos y oramos  en grupo.  Cuando los otros son parte de nosotros.  Cuando hacemos algo por los demás.

Necesitamos líderes nuevos y estadistas nuevos que guíen este mundo nuevo.  Con todos y para todos.  Con el nuevo lenguaje y la fuerza invencible de los jóvenes.

Debemos amarlos lo suficiente como para enseñarles que el éxito es el heroísmo.  Después pongamos la esperanza en ese  mundo nuevo, dejemos que se vayan tan campantes a vivir sus años mozos  y dejen su impronta en él hasta que una de esas tardes, también a ellos se les vaya tan campante la juventud, porque así es la vida y no lo decidimos nosotros.  Y ellos se queden con la satisfacción del deber cumplido.

Que sepan que la vida con un propósito es más vida.   Es la única forma de vivir, para que la juventud se quede con uno hasta el final.  

Debo confesar que me desperté muy temprano con ganas de escribir estas cosas.  Salió todo seguido.  Mis lectores sabrán disculpar todos los errores.  Lo que pasa es que, como a la mayoría de la gente común, hay temas que me emocionan, hay cosas que me duelen, y quisiera cambiar el mundo para mejor, como todos los hombres comunes.  Y es mejor que quede como salió.  Que Dios nos ayude a todos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Relaciones son Consecuencias

24 Jul

Hilachas que van tramando

Relaciones son Consecuencias

                                                                      Imagen

Rojo como un tomate maduro, el sol se pone detrás del pajonal.  Y las pajas, arremolinadas y en suave movimiento se vuelven anaranjadas con el brillo que viene del reflejo del agua que las contiene.  Atrás el cielo comparte colores y la sensación es que el horizonte debe ser interminable y silencioso.  Algunos pájaros sobrevuelan pero no podemos mirarlos porque la luz nos encandila y solamente podemos oírlos cantar mientras van acallando el tono.  Un benteveo trasnochado sigue marcando un ritmo de melancolía que define a la tarde.  Las huellas de un carro terminan en el agua por lo que hemos deducido que hay tierra más allá.  Y más allá,  pero en todo el frente el pajonal ha hecho una barrera que no se puede pasar.  No importa,  nos quedamos en un montecito, en silencio para no perdernos nada de esto que pasa todos los días y siempre es diferente.  Por unos minutos sigue el sol bien rojo y el resto anaranjado.  Ver esto de la obra de Dios es un privilegio que a veces no reconocemos.

Como si me contagiara el texto de hoy será lento, muy alargado y cansino.  Hoy escribo para mí.   Hay algunas reflexiones que me están haciendo falta.

Como la compañía de mis lectores.

Aspectos de la vida condicionados por el pasado:

  • Todo transbordador espacial en la torre de lanzamiento tiene dos depósitos de combustible adosados al cohete principal.  Los ingenieros querían que fueran mayores pero se tenían que transportar por tren desde otro lugar del país hasta la base del lanzamiento.
  • La línea férrea entre la fábrica y Cabo Cañaveral cruza las Montañas Rocosas a través de un túnel que no permite el paso de depósitos de más tamaño.
  • ¿Por qué el túnel tiene esas dimensiones?  Porque el ancho de los túneles viene determinado por el ancho del tren y éste, a su vez, tiene relación directa con la separación de las vías.  La distancia estándar entre los rieles de la vía del tren en EEUU es aproximadamente de 4 pies, 8,5 pulgadas (1,4 mts).
  • ¿Por qué?  Porque los ferrocarriles norteamericanos se construyeron igual que los británicos por ingenieros ingleses que pensaron que era una buena idea ya que permitía usar locomotoras inglesas.
  • ¿Por qué los ingleses construyeron de esa forma?  Porque las primeras líneas de ferrocarril fueron diseñadas por los mismos ingenieros que construyeron los tranvías que ya utilizaban esta misma medida.
  • ¿Por qué esa distancia?  Porque los constructores de tranvías eran los mismos que anteriormente construían carros y utilizaron los mismos métodos y las mismas herramientas.
  • ¿Por qué los carros utilizaban este estándar?  Porque en toda Europa las huellas de los caminos de piedra ya estaban marcadas y cualquier otra medida hubiese causado la rotura de los ejes de los carros.
  • ¿Por qué los carros utilizaban ese estándar?  Porque en toda Europa las huellas de casi todos los caminos se remontaban a la época de los romanos y se hicieron para facilitar el desplazamiento de las legiones.
  • ¿Por qué los romanos adoptaron esta medida?  Porque los carros de guerra romanos estaban tirados por dos caballos.  Los caballos galopando uno al lado del otro debían tener la suficiente separación para no molestarse.  Con el fin de mejorar la estabilidad del carro, las ruedas no debían coincidir con las pisadas de los caballos y a la vez, no debían estar demasiado separadas para no causar accidentes cuando dos carros se cruzaran.
  • La separación entre los rieles del ferrocarril norteamericano (1,4 mts) viene determinada porque 2.200 años antes, en otro continente, los carros se habían construido en función de las dimensiones del anca de los caballos.
  • Una restricción en el diseño del medio de transporte más sofisticado del mundo, el transbordador espacial, viene determinada por el anca de un caballo.

Relación: Conexión, correspondencia, enlace entre dos cosas// Conexión, vínculo, trato, comunicación,  entre dos o más cosas o dos o más personas.

Consecuencia: Proposición que rigurosamente se deduce de otra u otras// Hecho o suceso que resulta de otro// Correspondencia lógica entre los actos de una persona y sus ideas o principios// Se entiende que una cosa se sigue o infiere de otra.

Así es en la vida.  Todo está relacionado, cada relación es una consecuencia y, a su vez, tiene una consecuencia.  Lo que es diferente es la importancia de cada relación.  La entidad de cada una.

Nos preguntamos hasta dónde podemos elegir las cosas que relacionamos.   Aquel encuentro.  Una discusión.  Un estado de ánimo que nos hizo tomar una decisión.  Doblar ésta u otra esquina.  Elegir un equipo de trabajo.  Una carrera, traer hijos al mundo.  Decidirnos por un barrio, un país, un viaje, una historia.

Si solamente estuviéramos conscientes de que lo que marca nuestra vida son las consecuencias,  las interminables consecuencias de cada relación que hemos establecido entre los hechos de nuestra vida, todo sería más fácil.

Deberíamos aprender a distinguir entre lo que resolverá el azar y lo que elegimos nosotros, y eso se aprende viviendo.  Arriesgando.  Acertando.

A distinguir entre lo importante y lo secundario. Entre lo inofensivo y lo determinante.  Entre lo que puede cambiar nuestra vida y la de los otros.

Lo que puede herir a nuestros semejantes o lo que nos dejará maltrechos y aquello que aportará felicidad a la vida de todos.

Pero no se puede con todo.  El límite es la espontaneidad que necesitamos para vivir, esa especie de candor que nos hace ciegos a toda especulación y nos permite, casi alegremente, ir decidiendo relaciones sin medir las consecuencias.

Entonces la sabiduría sería encontrar el debido equilibrio entre lo que se decide por emociones, valentía, esperanza y  voluntad;  y lo que hay que pensar, muy bien, pensar muy bien.  Y volver a pensar.

A veces remontamos el pasado, y encontramos que el hilo conductor de nuestros males o de nuestras alegrías es aquella primera decisión.  La que tomamos sin darnos cuenta o la que pensamos seriamente.  Nos acongoja lo que sucedió después o seguimos muy ufanos de nuestra elección.

El pasado no condiciona siempre el presente, no lo ordena siempre, pero…lo “viste”.  Mirar para atrás, unos minutos.  Conocer las primeras relaciones, aceptarlas, y dejarlas atrás cambiando lo que se quiera y pueda y abandonando lo que se quiera y pueda.

Casi siempre si investigamos en el pasado encontramos huellas de cómo solucionar cuestiones del presente.  Lo importante es no exagerar el tiempo de reflexión.  Pensamos en el pasado “un ratito”  para aprender y nada más.  Después nos vamos por el presente y el futuro.

Siempre podremos rescatar cosas buenas de nuestro pasado.  Siempre. S iempre.  Basta con elegir una actitud abarcadora de toda la vida y darle el valor que tiene.  Para seguir adelante con felicidad no hay otro camino.

Aprender para adelante.  Llenar los tanques de combustible que la vida nos permita y ganar los espacios que se extienden ante nosotros.

Las relaciones de las cosas tienen consecuencia.  Las relaciones son consecuencias.  Y nosotros, criaturas humanas, vulnerables, caóticas y con esperanza, trataremos de armar el tejido apretado de nuestras cosas, un día tras otro y tras otro.  Como si pudiéramos decidirlo.  Y, sí, podemos decidirlo, y es justo que podamos porque, al fin y al cabo es nuestra propia vida.

Una serie interminable de relaciones y consecuencias.  Nuestra propia vida.

El sol tomate se pierde entre los juncos naranjas, quedan pocos brillos en la tarde.  Mañana será otro día.  Por suerte de este nos quedará la belleza y el otro traerá la esperanza.  Nos vamos caminando por la huella.  La vida es maravillosa.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van Tramando — Elegir la Soledad

15 Jul

Hilachas que van tramando

Elegir la soledad

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Saboya (en francésSavoie, en arpitán Savouè, en italianoSavoia) era una región de Sacro Imperio Romano Germánico en Edad Media,  luego de Italia hasta 1860. La Saboya se hará francesa con la anexión de 1860.  Aproximadamente comprende el territorio de los Alpes occidentales entre el lago de Ginebra en el norte y la provincia de Mauriana en el sur. Con tiempo la Saboya se aumenta con tierras italianas, Niza, la costa mediterránea y el piamonte.

La tierra histórica de Saboya emergió como el territorio feudal de la casa de Saboya durante los siglos XI al XIV.  El territorio histórico hoy es compartido entre las repúblicas modernas de FranciaItalia y Suiza.

En forma fría y concisa el texto nos sitúa, más o menos, en la zona de los Alpes Saboyanos.  Nos pone como testigos asombrados en una historia que va mucho más allá de cualquier descripción.  Que está hecha de sangre, de traiciones y amores desesperados. De tratados y pactos sin cumplir y otros que arrasaron con todo lo que se interponía a su paso.  Grandes celebraciones, vasallaje, comunidades estructuradas por su riqueza o sus creencias.  Destinos inevitables. Abuso de poderes, muertes y pasiones desordenadas. De grandes tapices y castillos enormes que se levantaban sobre el esfuerzo de generaciones y generaciones. De catedrales que llegaban al cielo con sus arcos y sus vitreaux de una belleza celestial.  De guerras y ducados, de hombres pecadores llenos de ambición, de soberbia y vanidades.   Sedientos de poder, casi inhumanos.  Y también de otros que pudieron sacar lo mejor del espíritu humano en la Edad Media que terminó floreciendo hasta el Renacimiento para dejar al hombre como centro de la historia, de la cultura y de las artes.

Hoy, en una apacible tarde de verano, nos dirigimos de una ciudad a otra por los mismos caminos por donde se iban los cruzados y volvían los nobles empobrecidos sin saber que se acababa su época y ellos habían contribuido a su propia desaparición.  Vamos cómodos, a velocidades que en aquellos tiempos se hubieran considerado diabólicas, y en lugar de terminar en una hoguera me entretengo sacando fotos de estos castillos montados sobre salientes rocosas, peñascos aislados como islas al viento, separados de las montañas enormes pero recostados sobre ellas, de tal manera que llegar a ellos era imposible y es imposible hoy día.  Todos muy grandes y algunos de estructuras tan inmensas que dejaban atrás toda dimensión humana.  Costaba mucho esfuerzo, muchas vidas y muchas muertes, llegar a ellos.  Construirlos primero, después defenderlos. Cuánto más aislados, más fuertes, más solitarios, mejor tenían que ver con sus dueños.  Dinastías de nombres famosos que se quedaron en la historia.

Vemos uno y otro, y otro, no puedo asegurarlo desde el conocimiento pero sí tengo la impresión de que es una de las zonas en las que encontramos más de estas estructuras abandonadas que se recortan contra el cielo, entre montañas apretadas, valles que no se ven y circuitos de camino que nos hace verlos y dejar de verlos en cada curva.

Ya nadie los quiere.  Su mismo aislamiento provocó su decadencia y la muerte gestual en sus piedras.  Los caminos de acceso originalmente difíciles han desaparecido entre bosques y quebradas y ellos están allá, solos, cerrados en sí mismos, sin que a nadie le interese su existencia.

El poeta ha dicho “Vanidad de vanidades y todo vanidad…”  Y nosotros “Soledad de soledades y todo soledad”.

Como algunos hombres.  Como algunos hombres que eligen la soledad.  Se aíslan de los demás.  Generalmente lo hacen en las épocas de la juventud en las que todo resplandece y el espejismo de la autosuficiencia es fuerte como una mañana de primavera.  Y siguen por la vida sin escuchar, sin pedir perdón, sin compadecerse de los otros para terminar sin poder compadecerse de sí mismos.

Los hombres y mujeres que eligen su soledad probablemente no han tenido el mensaje de amor indispensable en los primeros años de la vida.  Probablemente no han tenido quienes los amen lo suficiente para que los arranquen de su aislamiento, no han aprendido lo vulnerables que somos todos, que somos todos, los fuertes y los indecisos, los bellos, los grandes, los sabios y los niños.  Lo vulnerables que somos todos.  Tanto que necesitamos caminos que se crucen, que se mezclen y se acompañen.  Caminos de unos y otros que serán cuidados con toda diligencia porque no hay otra manera de vivir más que dependiendo de los demás.

Los que eligieron la soledad sienten que siempre tienen razón. Esperan de los otros cierta devoción, una especie de humildad que refuerce su propia autoestima.  Contestan con aspereza o  se cierran en un silencio elocuente que despertaría preocupación si no terminara siendo ignorado por los demás.

Los que eligen la soledad van armando caminos difíciles, desconocidos, que se irán desdibujando a medida que el tiempo aleje a quienes deberían amarlos.

No saben que la misma soledad es un camino incierto, penoso y traicionero.

Una decisión absurda que esconde su propia desgracia.

Y resulta que cuando la vida sigue su curso, lo que se había decidido en el momento de la gloria y el poder, como un castillo en la montaña, se transforma en una condena inapelable, que nadie quiere, hasta que solo quedan piedras deformadas que se recortan contra el cielo muy  azul, y los caminantes dejan de verlas mientras se alejan con su propia vida a cuestas, compartiendo lo que les es dado.

Porque el tiempo, inapelable, ya no deja volver atrás.  La vida me ha enseñado y me sigue enseñando, cada dia, cada día sin faltar uno,  que lo mejor es construir el castillo al nivel del suelo, cerca de los otros, con la puerta abierta para que entren y también para que salgan cuando quieran.

Alcanzo a ver el último de los castillos sobre un peñasco enorme antes de que se haga de noche.  Me da una pena tan grande que tengo apuro por llegar a destino.

Miro a mi amigo ocupado conduciendo el coche y seguramente pensando en cosas mucho más sencillas.  Me arrebujo en el asiento con la mantita de colores y ya estamos llegando al pueblo.  La soledad, decididamente, no es para mí.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando- El pie en el acelerador

6 Jul

Hilachas que van tramando

El pie en el acelerador

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Las pequeñas ciudades alemanas, así como sus pueblos, estallan como burbujas en el verde colorido de las colinas suaves y delicadas en estos tiempos de verano, gozosas de tenderse al sol que se les irá escapando cada día un poquito, hasta hacerse apenas tibio y claramente esquivo el resto del año.  Aparecen  entre uno  y otro valle que se suman y se dividen.  Después vienen valles monumentales  que contienen a otros más pequeños.  Atrás, como vigilantes, unas montañas enormes que se nos van acercando a medida que recorremos más y más kilómetros. Y salpicando todo con una mezcla de fuerza viva y omnipotencia, bosques y bosques que se  mezclan, se alejan y se imponen a la vista.  Bosques desdeñosos que están arriba de la montaña, colgados, allá donde nadie puede alcanzarlos, adonde llegaron sin la mano del hombre. Bosques cercanos, inmensos que nos tientan y nos desafían con las historias de caballeros teutones, de walkirias y de duendes traviesos y maliciosos.

Árboles que se vienen cayendo por las laderas de las montañas para que nosotros entendamos el verdadero significado de la palabra pequeñez.

En el paisaje lo que asombra, sobre todo, es la infinita variedad de planos, verticales y horizontales, todos marcando diferentes tonos en los que predomina el verde, miles de verdes y de amarillos en los campos ya cosechados.  Y las sombras a veces desproporcionadas, que tapan este o aquél recodo del camino, toda una ladera o el río escondido entre las rocas.

Los pueblos se anuncian, como casi en toda Europa, con las torres y los campanarios de cada iglesia.  Desde uno se ve el otro y desde éste el que sigue hasta que todo termina siendo un camino de historia en la que la religión, para bien y para mal, ha tenido protagonismo.  Hay  torres afinadas de líneas sobrias y delicadas que se van hacia el cielo, las hay bien barrocas, con curvas y redondeces y las otras que, a medida que vamos para el este, tienen los campanarios acebollados tan característicos de las iglesias orientales.  Cebollones que brillan como el oro cuando han sido preservados o tienen un especial color verde que toma el bronce viejo acunado por los años y por las leyendas heroicas de las persecuciones religiosas.   Hay algunas de todas estas iglesias cuyos campanarios, recubiertos de esmaltes, despliegan todos los colores.  Al amparo de todas ellas la vida ha seguido su curso con una perseverancia que se nota en las casas llenas de flores de colores, en cada ventana y cada vuelta del camino, en  los campos de labor y el paso sereno y gesto gentil de sus habitantes.

Volvemos a las autopistas. En las más importantes de Alemania, no hay máxima velocidad.  Y los alemanes lo aprovechan. La sensación, conduciendo, es que en el espejo retrovisor veíamos un punto remoto que en un parpadeo está pidiendo paso con todo derecho. Y nos asusta.  Aunque la exigencia de corrernos sea respetuosa, ese coche pisándonos los talones nos asusta.  Como somos seres humanos y tenemos inseguridades puede ser que pasen dos cosas, iguales de peligrosas, la primera es que aceleremos para sacarnos al intruso de encima, cosa que no logramos, la segunda es que volvamos a nuestro carril original dejándole poco espacio al coche que viene por él.  Ambas maniobras son muy peligrosas.

Como en la vida. Todos, una vez u otra hemos empujado al que venía adelante, obligándolo a aceptar nuestro ritmo o a molestar a los otros poniéndose delante de ellos.  Todos lo hemos hecho y es bueno que reflexionemos sobre estos tiempos vertiginosos que, a veces, nos tira la vida. Corrigiendo actitudes y procurando no repetirlas.  Pidiendo perdón y que sea de verdad.

Pero hoy estoy pensando en algunas personas que viven siempre de esa manera. Personas que por irreflexión arrastran a todos los que tienen alrededor a una carrera interminable que les arrea la vida entera. Pensaba en personas que por egoísmo no detienen la carrera aunque otro lo necesite, que ponen sus necesidades por delante de las de los otros.  Que someten a todo el grupo a situaciones dramáticas y definitorias que podrían evitarse por el bien de todos.  Son los que miden la vida según lo que les pasa a ellos.  Los que apenas eran un punto en el horizonte y repentinamente empujan al desastre a toda una carretera.

Los hay, a esta altura de mi vida sé que los hay.  Y también sé que me los he cruzado y por inexperiencia o excesiva juventud alguna vez he dejado que sostuvieran su propio ritmo a expensas del mío.  Como nos ha pasado a todos.

Hay quien ha podido salvarse de tales influencias porque tiene una especial serenidad o porque tuvo suerte.  En cambio  hay quienes acuciados por el que atropella se han cruzado en el camino de otro, multiplicando el daño sin haberlo querido.  O le han dado a su propia vida un ritmo de infelicidad.

A esta altura de la vida sé que hay personas que desordenan la de otras personas, las empujan, las ponen en peligro, las desprecian.   No importa que la suya propia  sea un camino de penurias.  No se dan cuenta y siempre piensan que los otros están obstruyendo  el paso.

Es para pensarlo.  Tratemos de respetar y hacer respetar esas largas y complicadas carreteras en las que va, siempre entrelazada, la vida de todos.  Debemos ayudarnos a mantener el ritmo que las personas necesitamos para convivir con felicidad, que es lo que queremos todos.  Alejemos de nosotros a aquellos que nos empujan, a menos que pueden reflexionar y cambiar sus impulsos.

Hagamos un pacto de honor.

Buena carretera, tiempo para gozar del paisaje, tiempo para comprender a los otros y ser comprendido.  Tiempo de ritmo sereno, parejo, respetuoso de los demás y de uno mismo.  El mismo derecho para todos y un cumplimiento estricto de las reglas de tránsito de la vida.

Cae la noche y las montañas se han hecho tan grandes que ya tengo ganas de no verlas, mientras los valles coloridos y  el sol han desaparecido  ¡¡quién sabe por dónde!!

Me espera una habitación muy sencilla en una casa de gente sencilla. Voy a disfrutar  enormemente de su compañía para salir mañana, otra vez, a la carretera.  Tengo una buena dosis de felicidad, la necesaria, el tiempo que pasa me va dando derecho a decir lo que pienso.  Eso es una buena dosis de felicidad.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El heroísmo de los jóvenes

3 Jul

Hilachas que van tramando

El heroísmo de los jóvenes

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Dispuesta a una nueva reflexión, mis propias emociones cambian mi camino, y yo lo sigo…  Estoy mirando un noticioso y en él la conferencia de una Jefa de Estado de país del Primer Mundo.  ¡Ya suena anticuada la nominación!  Se va acabando.  Querramos o no, la corriente acelerada de la Historia nos dejará a todos en el Primer Mundo o en el Décimo!  Ya nadie puede con la globalización y como soy una optimista perdida, miro para atrás la historia y compruebo que siempre el hombre ha ido para adelante.  Y creo que siempre seguirá mejorando.  El Mundo terminará como debe haber sido desde el principio, uno solo para todos.  Con sus diferentes culturas, historia y gobierno que diferencien a unos de otros, pero un Mundo para todos.

Cada vez más hombres tienen más cosas pero…ahora pasa algo, mucho más definitivo, más imperioso, más absoluto:

Cada vez los hombres saben más lo que pasa en todo el mundo a otros hombres, cada vez más hombres saben que hay bienes para repartir, cada vez más hombres saben que los “derechos humanos” tienen que ver con la educación, la nutrición, la salud, el buen descanso, el buen trabajo, el respeto de los poderosos, el aire limpio, el confort en sus casas, la educación, la educación, la educación, etc, etc, etc y la educación.

Vuelvo a ver al jefe de Estado hablándole a sus pares, y me parece una película antigua, me parece que no son los interlocutores para su conferencia.  Me parece que le van a aplaudir y cada uno se va a ir a la casa contento del buen diálogo, dispuesto a la tarea emprendida y, en el mejor de los casos, siendo honesto y dedicado, decidido a hacer las cosas bien.

Lo que veo me parece una historia antigua porque la maravilla de la comunicación hace que la comunicación deba ser más directa con aquellos a los cuales van a afectar las decisiones que tomen estos.

Vamos a ver, vamos a aclarar, que quede bien claro:   ¿Estoy en contra de la organización de los Estados?  ¡No!

¿Estoy en contra de la separación de poderes?  ¡No!

¿Estoy en contra de que se delibere y gobierne en representación de los ciudadanos?  ¡No!

¿Estoy en contra de que gobiernen los que han sido elegidos por el voto universal?  ¡No! ¡No! ¡No!  Lo aclaro más todavía porque no quiero ser malinterpretada.  Creo que la Democracia es el mejor sistema.  Que el voto universal y secreto es el mejor instrumento para que funcione la Democracia.  Creo en la división de los poderes para que se respete la República.  Creo que lo elegidos deben gobernar, tomar las medidas que crean adecuadas y los ciudadanos comunes debemos obedecer lo que se decida legítimamente.  Y que todos debemos someternos a la Ley.

Pero lo que me está preocupando es que veo una conferencia de prensa de un jefe de Estado hablando a sus funcionarios y me parece del siglo pasado.

A veces parece que no hay estadistas, que en cambio hay personas que, bien intencionadas, se debaten sólo entre dos opciones, a) tomar decisiones que les gusten a todos y  b) resistir las expresiones de los grupos que se manifiestan.

Entonces viene lo de  “Oh!, los jóvenes”.  Hay dos clases de jóvenes: aquellos que tienen la fortuna de vivir normalmente bien, y de estudiar o aprender un oficio y los otros que parecen carecer de todos sus derechos.  Los que convocan y salen a manifestarse, convengamos que a veces con excesos, y los que se pasan la vida sin trabajar y sin estudiar, en una esquina o en un baldío, perdiendo el tiempo  que les ha sido dado porque, simplemente, nacieron.  Pero todos tienen un común denominador: Pertenecen a la Era de las Comunicaciones.  Pueden juntar 1.000.000 de personas en la Plaza Mayor en un par de horas.  Unos y otros deben ser tenidos en cuenta.  Los nuevos estadistas deben tener en cuenta que Ha cambiado la manera de comunicarse y sin comunicación los estados sucumben.

Volvemos a los jóvenes que, junto con los niños, son los dueños de la historia.  Sobre aquellos que no estudian ni trabajan podemos decir que deben estudiar, deben educarse, es deber esencial de los gobiernos que todos los jóvenes estudien, aprendan, salgan de la oscuridad y la soledad de la ignorancia.  Usando la ley, ¿una ley que los obligue?  Sí, una ley que los ampare y los obligue, que es lo mismo tratándose de ellos, porque: Deben proveerse los medios para que la educación sea para todos y se exija a todos.  Sin miedo a hacer cosas políticamente incorrectas.  La ley existe para mejorar la vida de las personas y para que todos podamos convivir.  La ignorancia arruina la vida de las personas y les impide convivir con sus semejantes.  ¿Se los puede obligar?  Sí señor, a vivir mejor se los puede obligar, a ser personas enteras, se los puede obligar. A saber que son valiosos para sus semejantes se los debe obligar.  A estudiar se los debe obligar, ayudándolos.  Busquemos los medios de hacerlo.

¿Y los otros jóvenes?  Ellos deben ser escuchados, se les debe explicar que no pueden exigir en forma abstracta.  Que, habiendo tenido la posibilidad de estudiar, deben agregar a sus ideas la forma de llevarlas a cabo.  Deben hacer planes concretos.  Deben aprender a pensar y planear.  Deben poner de sí lo mejor que tienen.  No se trata de romper cosas, gritar y correr.  Estamos en el Siglo XXI, las ideas prevalecen sobre los actos.

Sigue la conferencia y pienso que los mayores todavía no entendimos.  A los jóvenes de ahora les queremos regalar el éxito y nos olvidamos de hacerles conocer el heroísmo.  Ahí está el secreto.  Usar la energía, los ideales, la renuncia a la propia satisfacción, la fe que los jóvenes tienen en el amor.  Debemos hablarles del heroísmo porque es sinónimo de juventud.

Ahora cierro las ideas.  Este jefe de Estado debe aprender del nuevo tiempo.  Hablar con unos y otros.  Con los adultos y sobre todo con los jóvenes adultos. A unos darles las oportunidades, a otros citarlos, escucharlos y exigirles ideas concretas.

En el mundo actual todos sabemos lo que hacemos todos.  Todos nos enteramos de las cosas del mundo entero y a la velocidad de la luz.  No se puede perder tiempo.

Los nuevos estadistas deberán hacer una las dos capacidades que se les exigen en el mundo moderno: gobernar sin titubeo, escuchar sin distraerse.

La imagen de un jefe de Estado hablándole a sus pares me sigue pareciendo antigua.  Sus pares han pasado a ser los ciudadanos comunes de sus países.  Hablar con ellos, preguntarles, escucharlos, decidir y gobernar sin titubear y sin más límite que la Ley.  Después y antes: que se cumpla la Ley.  Los ciudadanos de todos los países estamos esperando a esos estadistas.  Eso creo.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando — Caminando por el precipicio

26 Jun

Caminando por el precipicio

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“Cinque Terre”.  Nombre magnífico por lo que evoca y lo que es.   Una tierra dura y escabrosa que se levanta en lo más azul del Mediterráneo, en la Riviera Italiana.  Son cinco pueblos arrinconados contra la montaña, como gemas estrelladas en las rocas que se asoman al mar.  Y entre ellos, senderos angostos que en algunos lugares caen al vacío.  Laderas llenas de flores de colores, viñedos pequeños que se esconden en las vueltas de las montañas.  Escaleritas rústicas que suelen ser difíciles de trepar y que salen de una casa hacia la otra o hacia el cuadrado de la labor de cada día.  Huertas, pequeños estanques para juntar el agua de las montañas.  Pobladores que son amigables y que se paran de una manera diferente, siendo cada uno un equilibrista diestro en eso de vivir sobre superficies que nunca son completamente horizontales.  Estos pueblos nacieron en épocas remotas y fueron construidos con el objeto de estar a salvo de los ataques de otros pueblos que venían del mar a conquistar, con sangre y furia, a saquear y llevarse hombres, mujeres y niños a la esclavitud.  Así se desarrollaron, ariscos y altivos porque nunca fueron dominados.  Terrazas y terrazas de colores comprueban el ingenio de los hombres para sobrevivir, su  voluntad para vivir, su infatigable asociación con la naturaleza que, aunque dura y severa, los cobijó durante siglos y siglos.  Verlos desde el mar es un espectáculo que deslumbra por su magnificencia y su belleza y, cuando ya arriba los recorremos pasando de uno al otro no lo podemos creer.  Hay algunos a mitad de camino del nivel del mar y otros por allá arriba, cerca del cielo.  Y lo más sorprendente: adentro de cada uno, una plaza central de piedra que imaginamos acarreada durante siglos.  Todos tienen una Iglesia más o menos milagrosa cuyo origen es antiquísimo, callecitas que permiten el paso de una sola persona, tabernas, casas, negocios, una vida llena de vigor y movimiento que no se llega a ver desde los bordes, desde donde sí se va muriendo el horizonte del Mare Nostro.  Nos dicen que hasta mitad del siglo XX había algunos habitantes de la zona que nunca habían bajado de la montaña.  Nos dicen que eran felices porque son y se sienten los dueños de toda la belleza del mundo.  Desde el Mar solamente se llega por barco, a pie o en el tren que va bordeando las rocas como si fuera de juguete. Llegamos según las instrucciones y empezamos a caminar, pasando por los cinco pueblos.  En un lugar una escalera de casi cien escalones, en otro un sendero sombreado con bancos para descansar y mirar los matorrales de flores, una casa y el techo con la parra.  Más abajo pequeñísimas playitas rocosas donde el mar se muere suavemente y que, en caso de peligro, eran cercadas desde muy arriba.  En una parte del paseo, entre dos pueblos, hay un camino de cornisa aunque es muy seguro se siente colgado sobre el abismo.  Es imposible caerse pero para mí que sufro las alturas se transforma en una prueba más o menos difícil.  Así  transcurre la jornada.  Entre cantos (estamos en Italia), buena comida y un vino cantarino de la zona (estamos en Italia).  Más tarde volvemos a la ciudad cercana desde donde a la mañana siguiente nos despediremos de nuestros amigos.

Me cuesta dormir porque he pasado un día lleno de emociones y no quiero perderlas.  Antes de cerrar los ojos me siento otra vez en el camino que bordea el precipicio.

Como la vida.  Como mi vida y la de todos.  Con los precipicios pasan muchas cosas.  Uno va o lo llevan.  Mira para abajo aunque le recomiendan no hacerlo o camina con la vista en alto para no tener miedo.  Sabe que depende de los demás y espera que no se lo cruce algún atrevido o bromista o imprudente que lo arrastre al abismo.  Suele temerle pero también disfruta de ese temblor helado que lo despierta y lo pone en alerta.

¡Me pregunto cuántos precipicios habremos recorrido y ni siquiera lo supimos!  La vida es tan incierta y tan repentina que nunca lo sabremos.  Nunca sabremos cuántas veces hemos sido salvados, cuántas nos guiaron a tierra segura, cuántas evitaron que nos asomáramos, y, finalmente cuántas veces salimos indemnes de todo peligro.

Y ¿las veces que caímos en él por nuestra propia imprudencia?

Decía la abuela: “Primero pensar, después decir, y recién entonces, hacer”.

En las cosas importantes ésa es la regla.  En las cosas que nos relacionan con los demás, que siempre son las más importantes, primero pensar lo que nos está pasando, a mí y a ellos, pensarlo bien para no cometer errores importantes.  Después decir lo que nos pasa, lo que queremos hacer, lo que nos emociona, lo que nos ha llevado a dejar de amar o al amor  que nos impulsa a cambiar la vida por otro.  Y decirlo con delicadeza, con compasión, para mí y para él, contar con su humanidad que puede sufrir o gozar con lo que yo digo.  Decirlo dándole el lugar preferente en lo que está pasando.  Decirlo como si no quisiera decirlo o como si fuera lo más importante de mi vida.  Escuchar del otro sus emociones, sus angustias, sus ansiedades y lo que lo hace feliz.  Lo que cree.  Escuchar al otro.  Decirle lo que me pasa y escuchar al otro.  Y después, hacer lo que haya que hacer.

Si lo hacemos al revés estamos caminando por el costado del abismo.  ¡Cuántas veces hemos caminado al costado del abismo!  Por temperamento, por falta de reflexión, por egoísmo u omnipotencia.  Y hemos caído arrastrando con nosotros a los que más queríamos o a los que no lo merecían.  Y nos hemos comprometido sin razón o escapado de lo que debíamos hacer o defender.

Ése es uno de los precipicios que la vida nos tira de frente cuando no lo esperábamos, cuando el paisaje parecía llano y recto, sin curvas escondidas y al ras de la tierra, que es como caminamos todos los días.

Cuando algo es importante.  Primero pensarlo, después decirlo y recién entonces hacerlo. Y volver del viaje a un lugar seguro, sin pesares ni abismos.

Los cinco pueblos increíblemente hermosos son:

Monterosso al MareVernazzaCornigliaManarola, and Riomaggiore.  Los recordaré toda mi vida y espero volver a visitarlos algún día.  Allí, en la montaña, cayéndose al mar azul, llenos de hombres y mujeres valientes que han hecho su vida en equilibrio, caminando con toda elegancia por los bordes de los precipicios.  Cierro los ojos y me animo.

 PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando — Cambiamos

21 Jun

Cambiamos, cambiamos, cambiamos

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Las colinas son suaves y redondeadas, en sus laderas los viñedos se suceden unos a otros como si se quisieran caer.  Las líneas bien tiradas hacen surcos especiales y en cada una hay un rosal que previene las pestes y agrega al paisaje la belleza de sus colores.  Abundan los rojos oscuros, hay también rosados y blancos.  Es un alarde de belleza en lugares en los cuales el trabajo laborioso y agotador parecería ser lo único.  Las diferentes áreas de los cultivos se cruzan y entrecruzan según lo exigen los planos de las colinas. Es un dibujo trabajado e interminable que va de una parte del paisaje a otra pasando por pueblos pequeños, cuyos techos rojos, calles angostas y flores en las aceras los hace únicos y especiales.  Los caminos secundarios se hacen líneas a la distancia, aparecen y desaparecen mezclados con los viñedos y los pueblos.  Cada curva trae nuevas sensaciones y siempre sorprende.  Todos tienen en común el valle del río Marne que corre abajo, de color verde oscuro, perezoso en el verano, flanqueado por hileras de árboles que apenas se asoman a sus riberas.  Pensamos que es demasiado, que es el dibujo de un pintor magnífico quien se ha metido con un paisaje que no existe, que no puede existir y lo ha dibujado perfecto, prolijo, creando lo que parece un espejismo.

Nos detenemos en un pueblo.  La gente saluda con mucha gentileza pero es cautelosa.  Supongo que amanece muy temprano y se retira antes del anochecer, y este ritmo los asimila más a la naturaleza y menos a simples pasajeros que llegamos y nos vamos en un instante.

Pero un hombre se acerca y con toda amabilidad nos pone un poco en situación.  Así compartimos una comida y se va la noche charlando y charlando.  Nos dice que es la sexta generación de viñeteros, que ama lo que hace y no piensa en cambiar nada.  Cuenta algo de su trabajo y lo orgulloso que está de los productos de la zona.

Entonces dice algo que me despierta cierta inquietud.

“No pienso cambiar nada de mi vida porque todo está bien y acá en el pueblo tengo todo lo que quiero y todo lo que me gusta”.

Me equivoco.  Mi primera reacción es de una dudosa simpatía.  No puedo creer que alguien no esté necesitando un cambio en su vida. Que todo sea para él satisfactorio si es inalterable.  Ya no me quedo tranquila.  Un cambio es una sustitución, algo que se va y algo que llega.  Es un contraste total entre dos cosas por el que una se transforma en otra.  Cambiar es dar o recibir una cosa por otra que la sustituye.  Es mudar la risa en llanto y la tristeza en alegría.  Así de categórico.  Es sustituir y reemplazar.  Intercambiar, dejar de ser lo que uno era.

El mundo actual tiene el cambio como uno de los paradigmas de la felicidad.

Por eso aún cuando se trata de cosas importantes en nuestra vida, hablamos con toda ligereza de cambiar.

Empezar de vuelta.  Rechazar todo lo que hasta ahora o hasta casi ahora era la felicidad, dejar caer los brazos, renunciar a esperar más tiempo, a descubrir, a reflexionar, y  elegir  el cambio.

Como una fuga hacia adelante.  Sin darse cuenta de que eso significa perder el que era antes para ser alguien diferente, nuevo, con otros tiempos, otros amores y otras soledades.  El cambio por el cambio mismo como si la magia de ser otro asegurara la felicidad eterna.  Como si estar en otro lugar me diera la conjunción entre lo hubiera querido ser y no pude.  Entre lo que hubiera querido vivir y no he podido.

Todo cambio tiene una causa.  Cuanto mayor es su necesidad, mayor es la angustia que ha provocado su deseo.  Cada cambio tiene un costo, perder una parte de uno mismo. Sin embargo hay muchos momentos en nuestra vida en los que un cambio es indispensable para que sigamos siendo nosotros mismos.

Empezamos a aclarar  algunas cosas.

Lo primero es preguntarme si ese cambio es volver a ser, si me había perdido y tengo cambiar para que nada cambie.  Lo otro, si estoy considerando cuánto de mi vida, cuánto de mis amores y mis necesidades estoy dispuesto a cambiar para empezar de nuevo.

Todavía no está claro.  Entonces como una lucesita que titila y amenaza con apagarse llega la respuesta.  La pienso y la digo antes de que se me apague.

No se trata de cambiar lo que soy, sino de mejorar lo que soy para cambiar lo que me pasa.  En una de ésas no tengo que abandonar una familia, no tengo que dejar un país, no tengo que renunciar a un amigo.  Tengo que reconocer lo que me pasa, superar mis propias  contradicciones, hablar con quienes amo, resolver con generosidad para mí y para los otros. Dejarme llevar un poco por la vida poniendo lo mejor que tengo para cambiar lo que corresponda y aceptar lo que me queda.  A veces creemos que cambiamos y sólo hemos estado dando vueltas alrededor de algo sin acercarnos siquiera.  A veces creemos que hemos mejorado y solamente hemos cambiado.

Mala ecuación la de cambiar sin mejorar.  Mala decisión.

La dimensión humana está verdaderamente en el equilibrio entre lo que soy y lo que quiero ser.  La felicidad entre lo que tengo y lo que quiero tener.  La sabiduría: aprender a descubrir una y otra cosa.

Sigo aprendiendo de las personas que menos hubiera pensado.  Dejo a mi inocente interlocutor, el que tiene puesta la “camisa del hombre feliz” y me voy a mi propio mundo sin temerle a los cambios.  A los que me vengan y a los que provoque yo misma, siempre que sea para mejor.

Es tarde, volvemos por unos caminos sinuosos a la luz de una luna gorda y brillante.  Nada me hubiera complacido más.  Le doy gracias a Dios por tanta belleza de la que está siempre allí, siempre igual para todos los hombres del mundo.

 

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia III

15 Jun

La Autoridad en la Familia III

Nuestro Tiempo

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Poco podemos hablar  y transmitir sobre la autoridad en la familia si no sabemos algo y hacemos esa referencia al Tiempo que nos toca vivir.  La Familia es el lugar en el que nacemos, vivimos y morimos como personas.

Cualquiera sea la familia, como organización primaria tiene esa misión y la cumple a veces muy bien y otras no tanto, pero como institución es claramente la fundacional de la sociedad, desde siempre.

Nuestras Familias están en nuestro Tiempo y ambos se identifican entre sí, influyendo uno sobre el otro y viceversa.  Si nos preocupa hoy la familia es, sencillamente, porque sabemos que somos los que haremos los cambios necesarios y suficientes para que la sociedad mejore en la medida de lo “humano”.  Cada hombre en su propio tiempo tiene los derechos y los deberes que éste le impone y que son irrenunciables e inevitables.

Hablemos un poco de la “sociedad de consumo”

  • Lo primero que se nos viene a la cabeza es el término (que no se si existe o lo hemos inventado por su practicidad) “amuchados”.  Cada uno de nosotros convive con el mundo entero, amuchados de a miles, de a millones.  Como nunca antes en la historia del hombre.
  • “Amuchados”, amontonados, confundidos en la marea de miles de millones de personas que, por imperio de las comunicaciones, está aquí mismo, dentro de nuestra casa y formando parte de nuestras vidas.  Experiencia que nunca existió antes.  A veces esta característica de la sociedad actual nos abate y le quita a nuestra intimidad y nuestro tiempo vital, una increíble cantidad de cosas.  Apagamos el televisor o las redes sociales y miramos alrededor con la sensación de que se nos fue la “verdadera” realidad.  Que lo que tenemos cerca es una pequeña parte de nosotros mismos. Podemos sentirnos vacíos y solitarios.
  • Primer motivo de stress del hombre moderno: La “tensión externa: lo que la sociedad invade, produce y me exige sin importar si es bueno, malo o intrascendente se “tironea» con la “tensión internaque son los principios, mis valores, mis afectos, mis emociones, todo lo que configura mi persona y mi relación con los demás.

Sin renunciar a la realidad exterior deberíamos recuperar las dimensiones de nuestra realidad personal. 

  • La sociedad de consumo, con todo lo que tiene de positivo, ya que no podemos desconfiar de una sociedad que ha llevado más bienes para hacer la vida más confortable para más gente, tiene una condición: la Ansiedad que es el pivote sin el cual ésta no podría funcionar.

Ansiedad: Estado de agitación, inquietud, zozobra, por un bien que no tenemos”.    Esto significa algo así como que la vida parece ser un banquete extendido ante nosotros y que nos muestra lo que podemos tener y aquello que no podemos tener aunque nos aseguren que sí.

  1. Segundo motivo de stress para el hombre moderno: Se nos presenta como valioso lo que es y lo que no es valioso, sometiendo a hombre moderno a una nueva pregunta vivencial que no tiene precedentes en la historia.  Los bienes siempre fueron insuficientes, hoy son exagerados, relumbrantes y tentadores.  Parece que “todo vale” y que “todo está bien”.  Enorme error producto de la “relatividad” que nos hace tanto daño. Pero éste es un tema para otra oportunidad.
  2. Tercero: Falta entender la rigurosidad de esta Verdad: Todos los bienes no son para todos los hombres.  Ni la juventud es eterna, ni el talento es universal ni, desgraciadamente, el nacimiento es igualitario.  Sin embargo sabemos que todos los hombres somos iguales, cada uno vale por sí mismo, solamente porque es un hombre.  Lo que tiene de “humano” es igual para todos y no podemos darle un precio según sea más o menos exitoso, más o menos inteligente, más o menos bello, más o menos rico, más o menos ingenioso, más o menos inescrupuloso.  Todo hombre merece compartir los bienes que están para él.  Ésta es la mayor tensión que tiene el hombre moderno: la disociación entre lo que merece solamente por ser un hombre y lo que pueda hacer o conseguir de los bienes abundantes de la era moderna que lo engaña haciéndole creer que tendrá todo, cuando quiera y como quiera.
  3. Cuarto:Hay una brecha importante entre: a) lo que es importante para las personas, b) la manera en la que viven su vida diaria.  Si hacemos una lista de las cosas que nos importan y, luego, de las horas que le dedicamos, realmente, a cada una, veremos que “del dicho al hecho hay mucho trecho”.  Generalmente no coinciden: “Lo que más me gusta es estar con mi familia” pero…el trabajo me atrapa, las actividades sociales,  las rutinas físicas, las horas de soledad en las redes sociales, la TV….el cansancio. Etc, etc, etc. “Para mí la amistad es muy importante, pero…me relaciono con mis amigos sólo con mensajitos y los veo poco”  Etc,etc.etc.
  4. Quinto: La sociedad antigua, con todos sus errores, “colaba” los malos ejemplos y tendía a establecer modelos, roles y conductas positivas que la hacían aliada de la educación.  Hoy el éxito mezcla patrones de conducta y hace que los padres y educadores tengan que ir “contra la corriente” añadiendo un problema más a los que surgen en el momento de ejercer la Autoridad.  Es mucho más difícil educar nadando corriente arriba.  Produce más nerviosismo, más preocupación, y sobre todo una gran confusión que es la trampa más importante que tiene la tarea de educar.

Este somero reconocimiento de la sociedad actual no tiene, aunque no parezca a primera vista, una mirada pesimista sobre la sociedad de consumo.  Simplemente debemos reconocer las claves del tiempo en el que vivimos si queremos hacer algo bueno con él.  Creemos firmemente que ésta es una sociedad estimulante, que como nunca antes tiene en sí misma todas las herramientas eficaces para solucionar sus problemas.  Ya que la comunicación fluida, abierta y que se comparte, es la única forma de crecer para mejor.  En todo caso es una sociedad rigurosa, que irrumpe en la intimidad de cada hogar de una manera absoluta y categórica.  Ése es el desafío del hombre moderno.  Somos los mismos hombres de siempre, hombres y mujeres que, desde los primeros tiempos venimos llevando el mundo para adelante.  Los mismos heroicos hombres y mujeres que, desde la rueda y el dominio del fuego, fueron consiguiendo mejoras en su vida cotidiana.  Los que a pesar de las guerras, las hambrunas, las pestes y las catástrofes, hicieron del mundo un lugar mejor para vivir.  Estamos hechos de las mismas sustancias, nos conmueven las mismas pasiones y tenemos la inquietud de la trascendencia tal como nuestros mayores y los otros, todos los que nos precedieron.

Solamente debemos ser conscientes de que los tiempos han cambiado dramáticamente.  Ha cambiado la ciencia y la técnica de una manera que el hombre no llega a asimilarlas, ni en la medida ni con la velocidad que sería deseable.  Si vamos a ejercer la Autoridad para educar, necesitamos una nueva mentalidad, nuevas habilidades, sumadas a le energía de hacer lo mejor y la fortaleza de creer firmemente que podemos conseguirlo.

Esta es la Era de las Comunicaciones.  Como dicen los jóvenes “Es lo que hay”.   Y lo que hay es muy valioso.

Solo tenemos que:

  • “Poner en orden las prioridades”  (Concepto que repetiré hasta el cansancio)
  • “Darnos cuenta”, que es la única manera de andar por estos caminos de Dios con firmeza y buenos resultados.
  • Pensar, pensar, comunicar, comunicar, estudiar, estudiar, comprender, comprender, compartir, compartir todo lo que sabemos.

A pesar de sus males y sus dificultades ésta es la mejor época en la vida de la Humanidad, nos ha tocado a nosotros transitarla con un objetivo cierto e inevitable, “Hacer que la próxima sea siempre la mejor”.

Que así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – Hablando de Espacios

14 Jun

Hablando de Espacios

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Las sombras se alargan huyendo de las montañas y de golpe se caen abruptamente cerca de ellas.  Atardeceres muy cortos para una pampeana como yo, acostumbrada a los espacios en los que el horizonte no se termina y la Cordillera aparece demasiado grande, demasiado alta, demasiado  fuerte.  Vemos blancos y marrones, vetas verde oscuras y guiñapos de sol que se van colando.  Aquella majestuosidad nos hace callar y nos empequeñece hasta el silencio absoluto.  Vamos rumiando nuestro desconsuelo porque en esos lugares somos insignificantes. Solamente nos queda juntarnos y …respirar profundo.

La  superposición de los valles, uno atrás de otro, y otro que aparece donde no se esperaba y todo en un desorden divino y, como tal, imponente, nos hace creer que la huida eterna es el único camino.  Hay algún peñasco enorme y oscuro que parece salir de una cueva mitológica, el arroyo empieza a correr y el hielo cubre los charcos grandes.  Cruje la tierra, cae la noche y casi huimos despavoridos de tanta grandeza.

Después entramos y todo el grupo alrededor de la chimenea, disfrutamos de la noche adentro con un vaso de vino caliente con canela, que quiere, quiere pero no puede,  hacernos olvidar, del todo, que la inmensidad sigue allí con sus gigantes agazapados, eternos y fabulosos.  Quiero correr las cortinas porque me asusta que este horizonte se termine ahí nomás. Estoy acostumbrada a que cualquier atardecer mi sombra puede llegar hasta el fondo de la legua, hasta el infinito.   Uno por uno me van abandonando todos ya que la jornada fue dura y las caminatas largas y difíciles.  Me quedo bien abrigada mirando las brasas de todos colores.

Y voy pensando.  ¡Qué simbólico esto de los espacios!  De las dos dimensiones que sitúan al hombre, el Tiempo y el Espacio, esta última es la que puede mostrarse gráfica y realmente.  Lo primero que se me ocurre es que los espacios son más o menos reconocibles y más o menos aceptados según sea el lugar en el cual crecimos y vivimos durante nuestros primeros años. Siempre recuerdo un italiano amigo de mis padres que, habiendo llegado al Puerto de Buenos Aires se trasladó a una ciudad a más de 500 km de distancia y en un momento tuvieron que detenerse porque estaba descompuesto, desesperado ante la lejanía que no se quebraba para ninguno de los lados.  No sabía explicar qué le pasaba, pero era como un niño abandonado. Él necesitaba espacios aéreos fragmentados por montañas.

Esos primeros espacios nos marcan, algunos nos unen y otros nos separan absolutamente.  Forman nuestro carácter y tienen un efecto contundente en nuestra vida.

 “Espacio: Continente de todos los objetos sensibles que existen//Parte del continente que ocupa cada objeto sensible// Transcurso del tiempo.

Espaciosamente: Con espacio y lentitud”

Espacioso: Ancho//Dilatado//Vasto// Lento, pausado”

Espaciar: Poner espacio ente las cosas// Esparcir, divulgar, difundir, dilatar”

Todo tiene que ver con el Espacio en el cual se desarrolla nuestra vida.  El que le damos a los demás y el que necesitamos para nosotros.  El que podemos compartir y disfrutar.

No  lo tenemos claro.  A veces por el amor que estalla, otras por necesidad, competencia, egoísmo, ceguera, vamos avanzando sobre el espacio de los otros y perdemos la proporción de todo.  Y también defendemos fervorosamente el que consideramos nuestro, nos pasamos, exigimos que sea mayor que el que merecemos o lo resignamos en nombre no sabemos de qué.

El lugar especial en el que estallan los espacios es, sin duda, el de la Familia.  La Familia nos contiene a todos y a cada uno de nosotros.  La casa en la que vivimos, el hogar, el mundo de cada familia, es el hueco donde nos sentimos más seguros, donde deberíamos sentirnos más seguros.  Allí siempre, o debería ser siempre, alguien nos ama, nos escucha, nos reprende y nos comprende.  La Familia y los amigos son los lugares en los cuales se nutre la esperanza.  Nuestros amores son los que cierran filas ante las dificultades que aparecen en la vida, que siempre aparecen, y se juntan para festejar los buenos momentos.  Lo ideal entre la gente que se ama es que procuren vivir de tal manera que cuanto menos espacio dejen entre ellos, más espacio tenga cada uno para crecer en libertad.  La fórmula perfecta del amor.

Me estoy imaginando el mundo de los hombres y sus juegos de espacios.  “Poner espacio” en el respeto de la intimidad de cada uno, confiando que esa persona sabe que allí estaremos siempre que nos necesite.  Cruzar los espacios que a veces se entrecruzan y otras se complementan.  Algunos para disfrutar juntos, para elegir lo que nos conviene, para crecer.  Espacio es el lugar entre mi cama y la de mi hermana justo cuando estira su mano para calmar alguna pena de amor adolescente.  Y el pedacito de cielo azul que se ve desde el patio donde jugamos.  El que desaparece en el abrazo de los amantes.  El que se llena de silencio para respetar el silencio del otro.  El momento de reflexión que nos hace acercarnos o alejarnos prudentemente del que lo necesita, según qué necesite.  El que borramos para consolar.  Espacio somos todos y cada uno de nosotros para los demás.  Conviene empezar a reflexionar sobre esto.  Para aprender a no robarlos y saber dónde y cuándo nos corresponde ocuparlos.

Nuestra vida es como la separación que hay entre las rayas de un pentagrama, ordenando la melodía.  A veces merece un tiempo más lento, a veces mucha velocidad.  Hay tiempos en que los espacios se llenan de fantasías y otros que se necesitan para resolver problemas cotidianos, para estar en soledad, para pedir perdón, para aventurarse, para compartir un lugar y un momento que no valdría nada si estamos solos.

Recuerdo mi deleite cuando una maestra inspirada nos enseñó a entrecruzar arcos dibujando con un compás.  Recuerdo como se  iban formando pétalos y después flores y más tarde fantasías que pintábamos de distintos colores.  Teníamos seis años y llenábamos las carpetas que nunca eran lo suficientemente grandes.  Aprendimos a crear belleza creando espacios y llenándolos de luz con todos los colores posibles.  Nos sentíamos halagadas, conformes y orgullosas de aquellos “cuadros” que se quedaron en el rincón más feliz de la infancia.  ¡No sabíamos que, sin saberlo, podríamos haber estado dibujando nuestra vida!

Me estoy olvidando de los miedos que me provocaron estas enormes montañas que parece que se me vienen encima.  Allí los espacios aparecen mirando el cielo.  En mi tierra mirando a lo lejos.  Todos nos enseñan la experiencia vital de tener que adecuarnos a los espacios diferentes, a los espacios que nos tocan.  Y así es con los demás.  Ajustamos nuestros lugares, agregamos las luces y tratamos de vivir en una delicada armonía.

Mañana volvemos a la ciudad.  Camino por las veredas apretadas, respiro profundamente y decido que le voy a dedicar mucho tiempo y empeño a esto de los espacios míos y de los otros.  Por eso de que mejorar las relaciones con los demás hace que la vida sea mejor.  Así es.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando — La cadena nos engaña

10 Jun

La cadena nos engaña

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Mi padre tenía los ojos mansos y cautivantes.  Como todo lo que se refería a él una parte de su vida era la realidad, producto de una educación severa dentro de una familia grande;  y lo otro era su mundo personal en el cual todo era posible.  Él alternaba de uno al otro con el solo límite de sus deberes primero como hijo y luego como padre.  Sus ojos presumían de ser bien oscuros porque así nos engañaba con su aspecto español, tez blanca y pelo abundante negro y revuelto.  Pero, si uno lo miraba bien, sus ojos eran claros, mezcla de verde perdido en celeste y con un centro dorado.  Solamente había que mirarlo al sol y con determinación.  Eran ojos mansos y engañosos.  Como él.

Mi padre tenía una mezcla de importancia y atractivo para sus hijos y sus nietos.  Sabía canciones que nadie más sabía.  Se afeitaba cantando, sabía silbar y contar relatos que mezclaban todo, todo lo que el mundo podía ofrecer a esta riada de niños que lo seguíamos embelesados.  También tenía su mundo mágico entre las mujeres, pero esas eran historias que nunca contaba, solamente lo sospechábamos a medida que íbamos creciendo.

Lo que hacía mejor que nadie era enseñarnos a conocer el mundo desde el límite cotidiano.  Nunca se sabía por dónde iba a dispararse el sendero fino de la observación.  Pero podía encontrar la linterna mágica que nos mostraba la luna y sus sombras, sentados en la escalera angosta que llevaba a una terraza de malvones.  Era el primero que descubría el reflejo nuevo en un charco.  Y cómo puede pasar un camello por el ojo de una aguja.  Porque mi padre  nos enseñaba, más que nada, a usar la imaginación, abriendo espacio y tiempos eternos.  Nos llenaba el alma de relatos y, recién cuando fuimos grandes, nos dimos cuenta de que ésa era su forma de enseñarnos la vida desde otro lugar.

Y aprendimos.  Sí que aprendimos algunas cosas.  A veces lo recuerdo de improviso, descarto sus faltas y me regodeo compitiendo con él, que ya no está, para sacar provecho de lo que menos se piensa que puede aguardarnos desde el tumultuoso e inevitable mundo que me toca vivir.  Ahora, cuando los años han suavizado las pasiones y tengo más que los que tuvo él, puedo balancear lo que nos dio con lo que no podíamos esperar de él y todo está bien.

Pero también, como lo aprendimos de él, puedo divagar por caminos aparentes y perder y volver a encontrar el hilo de mis reflexiones, una y otra vez.  Hasta que aparece el tema y allá voy.

Era una mañana de domingo, mi padre estaba en la terraza, la de los malvones y las baldosas gastadas.  Yo estaba jugando en la escalera y oí que me llamaba.

Miré para arriba y lo vi medio inclinado sobre la pared.  En sus manos tenía una cadena brillante y una canasta.  Me dijo que iba a enseñarme algo que algún día me serviría para decidir cosas importantes.  Puse cara de interlocutor inteligente, cómplice de sus “bobadas” y aprendí, ¡vaya si aprendí!

Me pidió algunos de los juguetes de madera y los juntó en la canasta.  Después, mientras tatareaba como distraído, fue bajando lentamente la canasta hasta donde se lo permitió el largo de la cadena.  Izó lentamente ambas y con un pase mágico, que yo no advertí, cambió uno de los eslabones.  El nuevo eslabón era notablemente más chico y débil que el resto. Consecuencia, en cuanto largó otra vez la canasta, ésta se soltó y cayó estrepitosamente al suelo por el hueco de la escalera.  Grité, preocupada por mis juguetes y corrí para abajo seguida por mi padre que trataba de tranquilizarme.  Por suerte nada había sufrido daño porque él se había asegurado de que así fuera.  Ahora en el patio, en aquella mañana de invierno, me mostró el eslabón débil.

Y me dijo: “La cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil”.  “Todas las cadenas tienen la fuerza de su eslabón más débil”.  “No importa que tengas la más gruesa y fuerte del mundo.  Se romperá en ese eslabón y, entonces la cadena no servirá para nada”.

Lo entendí, juro que lo entendí.  Aunque en aquel momento no me di cuenta de lo importante que era ese concepto.

En las cosas materiales esto se comprueba fácilmente, saberlo hace la diferencia entre un artesano eficiente y un aprendiz torpe.  Conocer la naturaleza de la “cadena” de la música hace la diferencia, por ejemplo, entre Mozart y un niño de dos años que golpea un tambor.  Entre un profesional médico que enhebra los síntomas de su paciente y un falso médico que desconoce el valor de cada cosa.  Para levantar una torre mejor evaluamos cada eslabón de cada cadena.  Y así es fácil seguir una línea de pensamiento que nos guía a hacer las cosas bien.

Las verdaderas dificultades aparecen en otros dos casos.

El Tiempo.  Enhebrar el tiempo de nuestra vida juntando los eslabones de cada día y aprender a descubrir en qué momento elegimos el más débil que fue cuando faltamos a nuestra fortaleza para elegir con justicia, con claridad, con conocimiento, poniendo cada cosa en el lugar que corresponde.  No estamos hablando de culpas ni de responsabilidades, a veces elegimos sin fortaleza porque las circunstancias ajenas a nosotros nos arrastran.  El tiempo está hecho de eslabones que tratamos, desde nuestra débil naturaleza humana, de gobernar según nuestros intereses.  Veamos cuáles son los tiempos más débiles, ellos marcarán el resto.  El resto de nuestra vida con mayor o menor importancia, pero definitivamente el resto de nuestra vida.

Lo más difícil son las relaciones humanas.  Nos cuesta entender que siempre la cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil.  Y así tenemos una familia perfecta hasta que uno de los cónyuges se quiebra por sus propios fantasmas y todo se termina.  En nuestro trabajo vamos elaborando una tarea en equipo hasta que uno de nosotros no está a la altura de la exigencia y la cadena se quiebra.  Confiamos en una promesa que nos convoca a muchos, hasta que uno de ellos no consigue remontar sus propias debilidades y la cadena ha dejado de servir.  El ser más débil de una familia conflictiva adquiere una adicción y todos sufrimos.  Los jóvenes que se mezclan con quienes, además de corruptos, son más fuertes y sucumben al grupo.

La vida tiene esas cosas que nos sorprenden mal, que nos hieren y hieren a los demás sin que nadie  se lo proponga.

¿Qué hacemos?  Aprender a encontrar el eslabón débil de la cadena de la vida.

Observar, prevenir, hablarlo con quienes amamos.  Ponernos de acuerdo en que reforzaremos ese punto débil que llevaría todo al desastre.  Encadenar una sonrisa al trato cotidiano. Responder con sencillez y fuerza a la ira del otro y trabajar juntos para eliminar ese solo eslabón que lleva la relación hasta el nivel de quiebre.  En todos los casos reconocer, prevenir, reconocer, aceptar nuestras debilidades, reconocer.

Darse cuenta

Vuelvo a mi padre.  Un hombre lleno de debilidades que tenía los ojos mansos y cautivantes, le sonrío, lo guardo entre mis recuerdos más afortunados.  Lo sigo queriendo.  Y trato de que la cadena de mi canasta tenga todos sus eslabones en orden.  Claro, yo sola no puedo, necesito a los otros.  Ése es el eslabón más fuerte en la vida.  Los otros.  Sin ellos todos los eslabones son débiles.  Los otros.

Bajo la escalera que me llevaba a la terraza de los malvones y me voy,  peripuesta como una niña sabia, a vivir otro día de mi vida.

LA JUSTICIA PRIMERO.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El poderoso efecto del lenguaje

4 Jun

El poderoso efecto del lenguaje

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¿Cómo hemos llegado a estar en este lugar? Las vueltas de la vida imponen, algunas veces, buenas sorpresas, otras impensadas calamidades.  Estamos por lo primero.  Un viejo amigo de la juventud nos ha invitado a una serie de seminarios.  El pueblo encerrado entre los cerros es distinto a todo lo que habíamos conocido.  Es achatado, de colores como los cerros que lo rodean.   Silencioso y dueño del tiempo.  Todos sus habitantes tienen el señorío de los montañeses.  Caminan sin apuro porque las subidas son notables y sobre todo, lo que más nos llamó la atención, es su forma de hablar.  Pausada,  marcando con inspiraciones y exhalaciones los accidentes gramaticales que podemos reconocer como si lo estuviéramos leyendo.  Es un verdadero placer escucharlos.  Y también descubrimos que tienen un lenguaje cuidadoso, lleno de palabras bellas, porque hablan el castellano más puro.  Con mi amigo nos descubrimos disfrutando de las bellezas de nuestra lengua heredada de los siglos de oro de la herencia castiza.   Bienvenidos a su tradición.  Escucharlos tiene dos consecuencias.  Una es que disfrutamos como si nos llenáramos la boca de chocolate caliente, espeso y dulzón.  La otra es que empezamos a copiarlos y vamos eligiendo cuidadosamente las palabras, aún en nuestro lenguaje coloquial.  Nos atrevemos y usamos términos y giros idiomáticos que resultarían rebuscados en la vida de la ciudad.  Es una experiencia fantástica.

Voy preparando mi exposición y no me cuesta casi nada porque todo inspira en este lugar del mundo.

El lenguaje es un  instrumento indispensable para el pensamiento.   Basta que se nombre algo para que se convoque su existencia.  Un nombre que se le da a una persona significa, desde entonces, esa persona.  Con todas sus condiciones, ni más ni menos.

Considerando que hoy en la cultura de la comunicación en la que vivimos toda palabra llega a todo el mundo, nunca como ahora en la historia del hombre el uso adecuado o inadecuado del lenguaje produce el cambio inevitable de los paradigmas del comportamiento a niveles  insospechados.

Por el lado negativo agreguemos que nombrar las cosas perversas, malas, peligrosas o letales con palabras que se aplican a la vida cotidiana “levanta” el significado de tales cosas y les saca peligrosidad; las hace “amigables” para el hombre común y a partir de allí se transforman, lentamente, en moralmente correctas.

Si se persiste en usar ese método para ir socavando la vida societaria, cosa que siempre se hace por interés, por dinero o por poder, terminan aquellas cosas hoy despenalizadas en ser legal y socialmente impuestas.

Se usan palabras cuyo significado siempre ha sido cuanto menos injurioso en el lenguaje común y, a fuerza de usarlas, por una desgraciada paradoja, se transforman en una ponderación del vínculo con el otro.

En este momento lo que me despierta tales reflexiones son las palabras de un Intendente, quien dijo que en su ámbito, “no hay narcotraficantes, son pequeños repartidores que se encargan de la venta minorista, pequeños vendedores de drogas que lo hacen al menudeo”,  con lo que asimila esa actividad a cualquiera de un comerciante minorista normal, que trabaja dentro de la ley y las buenas costumbres.  Si  se sigue esa línea de  lenguaje y se empieza a hablar de menudeo, repartidores o venta minorista,  en lo referente a la venta de drogas, lentamente se va imponiendo en el inconsciente colectivo que las dos cosas son iguales.  Se pierde primero el miedo y después el rechazo.  Finalmente da lo mismo una cosa que otra.

¿Exageración?   Busquemos ejemplos en el lenguaje abrumador que usan nuestros jóvenes,  que alguna vez copiamos los adultos y que degradan la definición de muchos valores.  No sólo se degrada el lenguaje, cambian los conceptos, todo da igual, el insulto es ponderación.  La injuria se disfraza de familiaridad con el interlocutor.

Me niego a dar alguno de estos términos porque no quiero darles entidad.  Lo dejo para cada uno de los lectores.

Exactamente lo mismo sucede en el ámbito de las relaciones humanas.

El lenguaje cotidiano con aquellos que amamos, y también con todos los otros, marca inevitablemente la clase de relación que tenemos con ellos.

El lenguaje acompañado por la disposición gestual es todo lo que nos exhibe con nuestros semejantes.  No hay otra forma de hacernos conocer y de conocer a los otros;  no hay otra forma de demostrarles cuánto los amamos y cuánto nos importa su felicidad y su relación con nosotros.

El lenguaje, el gesto y el silencio son los tres actos humanos que nos exponen primariamente ante el prójimo.  No hay otras formas de comunicación en lo personal.

Es bueno reflexionar sobre esto y acostumbrarnos a modificar nuestras expresiones, los tonos de voz, el silencio respetuoso, la sonrisa y el uso del cuerpo cuando se trata del sutil lazo que nos une a los demás.

Sigamos esta línea de pensamiento partiendo de tal exposición.  Exponerse es: mostrarse, presentarse, exhibirse, manifestar, declarar, notificar, explicar, interpretar, aventurarse, arriesgarse, ostentar y exteriorizar.  Eso es lo que hacemos cada minuto de nuestra vida cada uno de nosotros con todos los demás.  Hermosa riada de palabras que nuestra lengua castellana nos regala con tanta generosidad para que ejerzamos el señorío de una estirpe.  El mismo señorío que deberíamos elegir para nuestro lenguaje cotidiano.

El trato puede dignificar o despreciar a una persona.  La palabra crea.

El paisaje se hace complicado, pero siempre bello.  Las callecitas adoquinadas con piedras milenarias terminan en el vasto horizonte de los acantilados.  Sendas de agua se dejan para que no se aneguen las calles, hay flores y flores de colores cuya disposición en innumerables planos las hace ver desde cualquier parte del pueblo.  Las casas, los rincones, los jardines, cada recodo es amigable y bello, sobre todo inesperado.  Sigo caminando por este paraíso al que me ha llevado la vida de una manera sigilosa.  Dejo de pensar y de “rumiar” como me dicen mis amigos.  Seguimos caminando mientras conversar se ha transformado en uno de los placeres que casi, digo casi, habíamos perdido.  Hablamos con espacios, usamos palabras bellas y sentimos que nos reforzamos en nuestra humanidad.  El paisaje acompaña.  Trataremos de llevarlo con nosotros para siempre.  ¡Ojalá así sea!

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El hombre cabizbajo y las hojas

1 Jun

El hombre cabizbajo y las hojas

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Después de un día agotador en el centro,  me bajo del tren y vengo caminando desde la estación.   El caminito de la vía, casi un sendero en el bosquecito,  es el más ancho de todos los que tienen las estaciones de esta línea; y  se mantiene igual que hace muchos, muchos, años.  Camino con mis recuerdos y con mis realidades de antaño.  Casi diría que voy al centro para sufrir los embates de la gran ciudad y para volver, bajar del tren y caminar hasta casa por ese caminito lleno de enredaderas de campanillas azules y besos robados en la adolescencia.  Niños remontando barriletes y nosotros muy jóvenes, tan jóvenes que no nos dábamos cuenta de que lo éramos!!!

Salgo por el  arco de una pequeña puerta, que ya no existe, a la calle de mi casa y entonces estalla uno de los más preciosos paisajes que he visto.  Los tilos, los liquid ámbar  y los robles, que se mezclan con toda desconsideración y desorden,  han perdido casi todas sus hojas.  Las hay de color amarillo cristalino que se ponen casi transparentes y las otras que llegan, con todos los tonos, a tener un violeta oscuro.  La alfombra es gruesa, crujiente y voladora.  Cada tanto un golpe de viento caprichoso levanta pequeños tornados de colores que juntan las hojas en distintos lugares.  Y vuelta a empezar, de acá para allá.  Maravilloso!

Sin ponernos de acuerdo, así nomás, por apego a la belleza, los vecinos no barremos las hojas–apenas levantamos alguno que otro papel.  De manera que por unas cuadras voy atravesando mi alfombra dorada, distinguiendo los ruidos y gozando de esta tarde de otoño.

Al fondo de la calle la parroquia, con su torre amistosa y las campanadas que alertan a todos los vecinos.  Antes, el Ángelus.  Ahora, que se ha perdido la costumbre de rezarlo, reconocer las horas y apropiarse, por segundos, del tiempo fugitivo.

Desde la esquina dobla un amigo entrañable, que conocemos desde la infancia. Hombre inteligente y sabio, con quien conversar resulta siempre un placer.  Lo que más nos gusta de él es su consecuencia consigo mismo.  Aquí ha nacido, por su profesión de piloto recorrió el mundo más de una vez, habla otras lenguas y ahora, en estos años maduros, disfruta de su barrio, de su historia y de sus realidades.

Converso con él un rato y lo dejo, mirándolo alejarse cabizbajo y cansino, jugando como yo con las hojas.  De pronto pega como una patada de arrastre y eso produce un nuevo remolino, la luz oblicua del sol se refleja a través y por encima de las hojas que caen desordenadamente algunas atropellando y otras leves como el instante.  Ha creado una estela de belleza y vuelve a hacerlo dos o tres veces hasta que yo entro en mi casa.

Me siento a tomar un buen té e inevitablemente, con esa costumbre que tengo de analizar las cosas de las personas, pienso en mi vecino.  Es un hombre feliz.

Me pregunto: ¿Cómo se llega a ser un hombre feliz?

Me propongo darme alguna respuesta.  Lo primero que necesita un hombre feliz es un conocimiento acabado de sí mismo.  No puede un hombre ser feliz sin un conocimiento acabado de sí mismo.  Quien no se conoce no tiene relación adecuada con el universo.  Quien no puede conocerse no puede conocer a sus semejantes y sin ellos no puede tener sentimientos y emociones.  No puede ser generoso, no puede compartir, ni recibir ni conceder.  Todas las aptitudes que tenemos por ser seres humanos.   Y, sin embargo, sin embargo en el mundo moderno, tan emocionante, tan tentador, tan atractivo, no le dedicamos mucho tiempo a conocernos.  Van pasando las horas y enhebro ciertas preguntas necesarias para eso.

¿Quién soy?  Así como de “taquito” creo que sé quién soy.  Pero no.  Si lo pregunto en serio, cierro los ojos y busco una imagen inmediata me remonto a los primeros años de la juventud.  Así soy!  Aquella que quería ser antes de que la vida me hiciera a su manera. Quién soy.  Busco parecerme a los ideales de entonces.  Soy ésa y ésta.  Y las dos.  Dedicaré unos minutos para recorrer el intrincado camino ya recorrido y volver a ponerme en el lugar que corresponde. Voy  a tratar de parecerme a aquella joven llena de promesas. Desentrañar lo mejor que me ha pasado y lo mejor que he hecho.  Reconocerme.  Recuperarme.  Traerme desde entonces hasta acá pasando por todas las etapas de la vida.  Me lo volveré a preguntar.

¿Dónde estoy?  Cambiando siempre que la vida lo exige.  Pero ahora, en este tiempo, con estas realidades.  En esta casa que es la de mi familia.  En este barrio, de esta ciudad de este país que amo tanto porque  es el mío.  Con esta familia, con esta historia y  con todos mis amores.  Los voy a enumerar y renovar con ellos mis compromisos y mis pactos.

¿Cuáles son mis valores?   Lo que me atrae, lo que respeto, lo que deseo, lo que venero, lo que cuesta, lo que me exige.  Voy a repasarlos uno a uno.  Como para que no me vaya a distraer en esto de respetarlos.  Sobre todo son los míos.  Contrariamente a los principios que son universales y comunes a todos los hombres, estos valores míos han “tirado” especialmente de mi vida haciendo caminos para transitarla.  Es bueno que los repase.

¿Cuáles son mis dones?  ¡Qué  los tenemos todos!  Todos tenemos dones de distinta naturaleza.  Saber cuáles son para aceptarlos, para usarlos en la vida de todos los días.  Porque reconocer mis dones hace que sienta la riqueza de ser yo misma.  Y tienda a usarlos para mí y para los otros.  Y pienso en los dones de los demás, en los que me hacen feliz, me divierten, me enseñan, me ayudan.  Voy acrecentando la felicidad.

¿Qué espero yo de los otros y los otros de mí?  Pensarlo a solas significa que trataré de balancear las cosas de tal manera que resulte armoniosa la relación con aquellos que amo.  Quiero llegar hasta el fondo de las cosas.  Quiero que el conocimiento sea útil para la felicidad.  Y con los que no amo pero son cercanos, y los que aprecio y los que debo respetar por ser vecinos, compatriotas, hombres y mujeres en los que me reflejo.  Que son de este mundo.

Ha pasado la tarde y la noche se quiere hacer amiga.  Antes de que sea oscuro salgo a la vereda y pateo en arco las hojas, una, dos, tres veces.  Se despliegan en una lluvia de colores y algunas vuelan suavemente.  Desde la estación está llegando mi amigo que me hace un gesto de ¡¿Estás loca?!

Juntos entramos a la casa.  He decidido que trataré de guardarme unos minutos, aunque sean semanales, para volver a hacerme estas preguntas.  Para no perderme de mí en este fascinante y vertiginoso mundo en el  que me ha tocado vivir.

Pienso en mi vecino, con su gesto loco que yo he imitado.  Mañana lo vamos a invitar a compartir la mesa y hablaremos hasta bien entrada la noche contestando preguntas, preguntando sin rubores.  Aprendiendo a patear bellas hojas que alfombran la vereda en estos días luminosos de otoño.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

25 May

Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía dormir la siesta, tirarme a leer en el jardín y hasta saborear una cervecita bien helada antes de la hora de preparar la cena.  Leía la mayor parte del tiempo, en el club y en la casa.  Febrero era un puente mágico entre la vertiginosa y caótica vida de las “vacaciones” y la vuelta a la escuela, los cursos, las reuniones de padres, las vacunas, las tareas, los domingos de convivencia, la vida de relación  y mi trabajo.  Febrero era risueño, tranquilo, permisivo, amigable y ¡corto!

Hoy es noche de luna llena, salgo al jardín y revivo aquellos años, me acerco a la medianera para sentir el perfume de mi madreselva.  Recuerdo que conocí esta casa cuando era muy, muy joven y acabábamos de llegar de vivir en el extranjero.  Vinimos, por primera vez, de noche y, en cuanto salí al jardín, me estalló el perfume de esa madreselva.  No vi más nada, le dije a mi amigo:

“Si me querés de verdad, comprás esta casa o te robás la madreselva”.  Compró la casa donde ahora, una noche de luna llena, estoy reviviendo las maravillas que la vida hizo con mi vida.  Me siento en el suelo, apoyo mi espalda contra el tronco y decido prestarle tiempo a mi tiempo.  No fueron todas alegrías, no.  Hubo enfermedades, dolores, muertes injustas, más injustas que otras muertes.  Abandonos, traiciones.  Problemas.  Lejanías.  Todo tipo de pérdidas.  Pero hoy revivo las maravillas que la vida hizo con mi vida.

Como un plumazo se van olvidando los malos momentos y me queda una increíble luminosidad que recién ahora, en este momento de mi vida, encuentro.

“El Tiempo vuela” “La vida se pasa rapidísimo” “Parece que fue ayer” «Hemos gastado el Tiempo”.

Esta noche de luna llena me tiro de espaldas en el jardín y miro el cielo.  Y entiendo que, en realidad, le he prestado al tiempo toda mi vida que quiero recuperar.  Pensando para atrás le pido que me lo devuelva, pedirle tiempo al Tiempo es recomponer todos los pedacitos de uno que se quedaron en el camino.  Otra vez armar el rompecabezas. Recuperar quién fui, para quien soy hoy.

El pasto está brillante y se oye algún grillo enamorado.  Recuerdo para atrás, con impresiones y emociones. El gusto del helado en las siestas del barrio.  Las bajadas en bicicleta por la calle en desnivel, a todo lo que da y soltando el manubrio. La voz de mi madre llamándome a comer.  La escuela, el frío de la escarcha, el Alta en el cielo y la escarapela.  El tren llegando a la estación.  La pileta y los deberes. Los amigos. El club. El primer beso. El amor que vino y se fue cuando clamábamos porque fuera eterno y teníamos quince años!!  El vestido con la espalda desnuda. Los boleros. Yo volando por el aire mientras disputábamos un concurso de rock!  Las madrugadas para estudiar.  El terror en los finales.  El amanecer entre amigos y mirando el mar.  Los “happenings”.  El primer trabajo. El trajecito de corderoy azul.  El amigo que se transformó en el amor y que siempre fue mi amigo. La Iglesia. La promesa y el primer hogar.  Aprender a manejar.  El amor al galope.  Los hijos. Lo mejor de todo, los hijos.  El susto y lo desconocido, los partos, las batitas, los llantos, las sonrisas que enamoran. La maravilla de los hijos.  Las noches sin dormir.  El cansancio. La luz en el pasillo. Ellos creciendo. Los viajes. El traslado.  Los miedos a lo desconocido. Los años de viajar. La vuelta. Los miedos más reconocidos. Los hijos que se iban yendo y volvían despacito pero nunca del todo.  Mi amigo y yo.  Mis libros. Mi trabajo y mi entusiasmo. El resto de mi familia y los otros amigos del alma.  Todo lo que vivimos con ellos.  Y sigo y sigo.  Mi tiempo no se gastó, lo he acumulado. Recién ahora me doy cuenta.  Vuelvo a ser quien fui desde el principio.  Todo está acá.  Nada se ha perdido y nada se perderá.  En el universo callado de esa luna enorme me reencuentro. Tengo 5, 15,  30 años y tengo 50 y todos los más de 50 que tengo ahora y puedo bailar en el jardín, con una armonía y una gracia que me han dado los años y el tiempo que le volví a robar al Tiempo.  Basta repensarme, y así entender que nunca me fui de mí.  Que trato de ser mejor porque eso es lo que me enseñaron de niña pero siempre soy la misma.  ¡Quién me puede decir que el Tiempo ha pasado si una bella noche de luna me lo trae de vuelta!  Y yo, que ahora soy  una abuela sabia, lo recibo con una sonrisa maliciosa.  Porque lo estaba esperando y me lo quedo.  Todo está acá.  Todo está con nosotros desde el día que nacemos.  Todo vuelve con nuestra sola voluntad siempre que tengamos la perseverancia de recorrer algunos caminos interiores, cerrar los ojos y recuperar los olores, los sonidos y los amores que tuvimos siempre.  Y me apodero de mi Tiempo, para siempre.  Majestuosa como una reina y convencida, categórica, alegre.

Cuando la luna se va a dormir yo vuelvo al cuarto. Me meto despacito en la cama tibia. Beso a mi amigo que sueña sus propios sueños.

Y me voy durmiendo de a poco.  Acabo de conocer mi libertad.  Ya está todo dicho. ¡Cuántas maravillas la vida hace con la vida!

Cuando a la mañana siguiente, saboreando una buena taza de café mi amigo me pregunta “¿Qué te pasa?” Le digo, misteriosa, “Me pasa todo.  Por suerte me pasa todo”.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.