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Hilachas que van tramando – De Rebote

23 May

De Rebote

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“Es una tarde con el cielo muy azul.  Se oye el rebote de las pelotas en la cancha de tenis.  Ha venido el vicario a tomar el té.  Nunca olvides este día porque, tal vez, no volverás a vivir otro igual”.

Hace muchos años, más de los que querría, era la hora de la siesta pesada, pegajosa y aburrida, yo era una adolescente inquieta y preguntona y me decidí a leer un libro que había encontrado en la biblioteca de una amiga de mamá.  Libro para mayores, serio, profundo y distinto.  La novela se llamaba, en castellano “Nunca olvides este día”.

Ahora aprecio el talento de aquel escritor del cual no registro el nombre, tampoco la frase es textual pero me sigue impresionando la imagen- sonido de las “pelotas rebotando en la cancha de tenis”.   No había nada mejor para meternos en una época  lenta, cortés y novelera.  Hablar de un mundo gentil,  lleno de símbolos de buena vida.  Aroma de té delicioso, el eco lejano del partido y las risas educadas de personajes vestidos de riguroso blanco, que solían aplaudir los triunfos del contrario.  Todo en cámara lenta.  Todo de un tiempo lejano que no era el mío pero que, increíblemente, añoro.

En el tiempo presente, mucho más vertiginoso y acuciante,  me vuelve a la cabeza el concepto de “rebote”.

“Rebote: Rechazo, resistencia de un cuerpo al otro, haciéndolo retroceder- De rechazo- De resultas.  Acción de un cuerpo elástico al que otro lo choca- De resultas de…”

Afuera hace frío, es una mañana gris.  Me dispongo a evaluar esta desazón que me va invadiendo y escribo.  Todos vamos por la vida “rebotando”.  Oponemos fuerzas contrarias al accionar de los otros.  Negativas y positivas, es la única manera de vivir porque todos estamos en este mundo y necesitamos unos de los otros.  Necesitamos unos de los otros.  A veces, digo a veces porque la vida es bastante autoritaria en algunas cosas, podemos elegir a quienes tendremos cerca de nosotros.  Pero, fuera de unas privilegiadas elecciones, vamos encontrando caminos cruzados a cada paso.  Giros de personas y momentos, que constituyen la vida.  Y “rebotamos”.  Bien y mal.

Para rebotar se necesita primero un hecho que producirá toda una cadena de consecuencias; el detonante, el original.  El que desatará todos los otros.  El hecho que, nos cuesta reconocer, será  el “culpable” de la reacción del otro. Vamos de las acciones importantísimas en la vida, de lo vital y lo que clasifica para siempre, hasta el pequeño gesto de cortesía de dejar pasar al otro cuando el espacio es pequeño e insuficiente.

Hay muchos matices en esto de “rebotar”.  Primero la capacidad de reconocer que el hecho disparador es el que origina todo y que ha dependido de mí, de mi decisión, de mi voluntad; a veces de mi generosidad , otras de mi tozudez o de mis errores.  Todas, todas las emociones y los sentimientos que tenemos por el solo hecho de ser humanos, frágiles y pecadores.  Allí empieza todo.

Y ¿cómo puedo medir la reacción del otro?  No puedo.  Por mucho que lo conozca, el otro tiene circunstancias, motivos, realidades, dolores, proyectos, estímulos, cansancios, alegrías, momentos y deseos que escapan a mi percepción, y yo también.  No vale el conocimiento cuando, en algunos casos, el otro aparece como un desconocido que pelea por el “rebote”.

Y sigue el hecho de que, con el mismo disparador, cada persona reacciona en forma distinta.  Por lo mismo, porque todos somos uno e irrepetible, sentimos los mismos dolores pero que parecen diferentes y los mismos goces que lo son.  Todos vivimos el momento de manera diferente, todos queremos que nos quieran pero los matices nos delatan.  Todos “rebotamos” de una manera diferente.

Ya tenemos primero un hecho del que somos autores y, enseguida,  una reacción que no esperábamos.  Distinta cada vez, aún dentro de la posibilidad de que conocemos al otro hasta poder vislumbrar alguna respuesta.  Pero “sabemos lo que hacemos y lo que sentimos pero no sabemos, acabadamente, cómo va a reaccionar el otro”.  Y el otro es el “prójimo”, el más cercano en esta riada de acontecimientos que van clasificando cada acción.

Nuestra expectativa es siempre distinta.  Lo mismo, en otro momento, es distinto.  De pronto el enojo ha conseguido un gesto conciliador del otro y nos sentimos avergonzados y confortados al mismo tiempo.  De pronto solamente hemos querido hacer un comentario y la reacción ha sido devastadora.  Y no estoy hablando solamente de parejas.  Estoy hablando de todas las relaciones humanas.  Estoy hablando de aquella chiquilina que me cedió el asiento en el bus y a quien le agradecí el gesto como una esperanza y me dolió la realidad de que ya estoy para que me den el asiento!!!   Y de la madre que discute con su hijo y los hermanos entre sí, los amigos, los compañeros de trabajo.  El intrincado tejido de las relaciones humanas que nos atrapan aún cuando nos salvan de la soledad.

Hay un infinito camino de “rebotes”.  Desde la sonrisa de un bebe cuando se asoma su madre a la cuna hasta una declaración de guerra de fanáticos religiosos.  Siempre un hecho primero, un receptor que responde, una cadena de acontecimientos cotidianos o de los otros que producen el cambio total del universo.  Basta que una mariposa aletee en esta parte del mundo para que suceda un terremoto en la otra orilla.  Es más fácil pensar antes de actuar a sufrir el “rebote” inesperado.  Es más fácil ponerse de acuerdo entre quienes nos amamos para que nada de lo que hacemos produzca en ellos y en nosotros el “rebote” desmesurado, el que duele, el que no comprende. Es más fácil hacerse cargo del hecho propio y prepararse para un “rebote”  correcto.  El que empieza es el disparador de lo que sigue.  Ser valiente es actuar según debemos y según  sentimos y saber que debemos soportar las consecuencias.

Y cuando debemos actuar, en el terreno de las cosas importantes, sacamos de la manga las tres preguntas cortitas y sabias:

“¿Puedo hacerlo?”

“¿Quiero hacerlo?”

“¿Debo hacerlo?”

Contemos con un silencio, una sonrisa a tiempo, un argumento justo y fuerte, un pedido de mesura.  Un “te quiero mucho”.  La falta de malicia.  La introspección para descubrir los verdaderos propósitos de lo que digo y hago. Y una esperanza cierta: El amor es lo que más rebota”.

Se van apagando las luces de afuera, mi lámpara del escritorio llena de calidez el cuarto.  Estoy divagando con esto de los rebotes.  Y me suena bien.

Sin cerrar los ojos converso con el Vicario que vino a la casa con el parque inmenso y florido.  Miro el cielo azul y oigo el rebote de las pelotas en la cancha de tenis.  Voy a vivir bien este día porque nunca tendré otro igual.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Debería haber sido el primer artículo…

13 May

                          Debería haber sido el primer artículo…

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Por la posición en que está la bella casa del verano, con sus ventanales enormes y desde ellos el jardín que se va para la avenida solitaria, la luz dorada del atardecer entra, sale, se dispara hasta cada rincón y encierra el mundo entero que allí parece terminarse.  Hay un silencio de vasallaje, nada se mueve, todo es dorado y parece atesorar el impreciso tiempo de la vida; que yo, como todos, no conozco y a esta altura de mi propia vida no quiero conocer.  Todo resplandece y se compacta, no hay escapatoria. El instante fugaz parece eterno. Afuera la garza se quedó inmóvil. La luz va teniendo ya la categoría del oro puro, espesa y de reflejos apagados.

Siento una nostalgia como aquella que sentía cuando era muy joven y mi nostalgia no tenía justificación.  Todavía me faltaba vivir mi larga vida.  La tristeza, la exaltación, el desconsuelo, la esperanza, la felicidad, los sentidos afinados,  el esfuerzo desmesurado y el amor a gritos que duele y salva.  Todavía me faltaba vivir eso y más…

Pero soy la misma.  Aquello que yo sentía que me esperaba se desplegó ante mí durante los años que he vivido; y me sigo reconociendo.

Hilachas de la vida. Hilachas que fueron armando la trama. Hilachas que van tramando.

Pienso en mis hijos y en todos los jóvenes que conozco y me decido a contar.

Como no puedo resistirme al hábito de preparar mis tareas en forma ordenada uso las preguntas mágicas que siempre me ayudan en el arduo trabajo de dibujar los caminos.

¿Por qué?  ¿Para qué?  ¿Cómo?  ¿Con qué?  ¿Cuándo?  Y, sobre todo, ¿Para quién?

¿Por qué?

Porque tengo tiempo.  Porque tengo ganas.  Porque me parece importante, para mí y para otros.  Porque en este tiempo de desconsuelo generalizado en lo que se refiere al goce de vivir, la experiencia de alguien que ha vivido mucho y bien le puede servir a otros.

¿Para qué?

Para usar mi tiempo de una manera útil. P ara sacarme las ganas de hablar a calzón quitado en una sociedad que nos confunde con lo de “políticamente correcto” (que le hemos copiado a otras culturas) y que no tiene nada que ver con la desordenada verborragia que nos hacía decir siempre lo que pensábamos, aunque a veces pareciéramos burros, intolerantes, anticuados o desorbitados.  Para hablar sin temer a la intolerancia de los “amantes de la tolerancia declamada”, para quienes, por ejemplo, el amor para toda la vida es imposible, el amor entre un hombre y una mujer está pasado de moda, la fidelidad es cosa de otros tiempos, la palabra empeñada no existe más,  y otras sandeces que sostienen como barriletes desflecados. Para hablar de lo que pienso y exponerme a otras opiniones con el convencimiento de que puedo aprender algo nuevo.

Como a mi edad se han adquirido casi todos los derechos, me permitiré dejarme llevar por esta vocación coloquial y vamos a ir, mis sufridos lectores y yo, de acá para allá, pensando bien para no lastimar y hablando bien para encontrar un espacio serio de reflexión.

Enunciado ya con todo desparpajo lo volátil de mi pensamiento, empiezo por aclarar algunas cosas. De esta manera los que quieran abandonarme por no estar de acuerdo, lo hacen, quedarán ellos satisfechos y yo más liviana y desentendida de enfrentamientos. ¡Vamos a las cosas!  Un ejemplo, se impone un ejemplo:

Me gusta, he vivido, he aprovechado y aprovecho, he disfrutado y disfruto el amor entre un hombre y una mujer.  Cualquier otra elección entre adultos debe ser reconocida, aceptada y respetada para  aquellos que la elijan, pero no se me pida  que me entusiasme y, casi a la fuerza,  confunda estos temas con el de los “Derechos Humanos”.

Los derechos humanos tienen que ver con las personas y tienen tal importancia que exceden cualquier mirada parcial sobre ellos.  Ninguna persona puede ser perseguida, humillada, lastimada por sus ideas políticas, por sus creencias religiosas, por sus capacidades, por el lugar que le tocó en esta vida, sobre todo por lo que ella misma elija para sí misma.  Queda claro, queda bien claro:  le basta con ser una persona humana para que goce de todos los derechos que sólo se limitan con los derechos de los demás.

Lo que me irrita es que, últimamente, se nos escapa la trascendencia fundamental de algunos temas y los reducimos a unos pocos centímetros en el cuerpo humano.

Todo lo que sucede entre adultos y en la intimidad es solamente de ellos y nadie, nadie, puede siquiera opinar, mucho menos ofender o lastimar de ninguna manera.

Pero también todos los seres humanos tenemos el derecho de no ser ofendidos con la exhibición obscena de otras formas de vivir o de pensar.  Rescatamos el pudor, la sensibilidad, el compromiso, la fidelidad.  La vida íntima pero que sea íntima y, entonces sí, que cada uno pueda vivirla como quiera.

Porque creo eso y porque mis años me dan permiso para creer y decir lo que quiero, puedo decir que me gusta un cuerpo de hombre que se ancla perfectamente en el de una mujer.  Los huecos que se rellenan, la fuerza de uno que se abate en la blandura del otro.  Lo imperioso y lo tierno.  Las diferencias.  Amo las diferencias.  Grito que amo las diferencias en una cultura que nos tironea obstinadamente a la más desaforada chatura igualitaria.

Y éste no es el único tema. Es solamente un ejemplo de los innumerables temas que se discuten dejando en la “clandestinidad” a los que pensamos diferente.  En este mundo ¡Dios nos salve de los “desprejuiciados” tan prejuiciosos!

¿Cómo?

Como hice siempre todo, apasionadamente.  Para empezar serán hilachas que harán un libro.  Están destinadas a mis hijos, mis críticos más severos, después a todos aquellos que han seguido mis cursos y, finalmente,  a quienes quieran leerlo.

Con respeto porque no es el caso de que quiera convencer a nadie.  Con entusiasmo porque, en una de esas le ayudo a pensar a alguien.  Con alegría y decisión porque esos son dones que te tiene que traer  la vida cuando te saca la juventud.  Con toda la libertad del mundo porque ése es el regalo prodigioso que te dan los años cuando ya son unos cuantos.

¿Con qué?

¡Uy! Con todo lo que estudié, con todo lo que aprendí, con todo lo que me enseñaron mis mayores, con todo lo que me enseñó la etapa del mundo en la que me tocó vivir, con mis recuerdos, con lo que he leído, con las largas discusiones en las que otras personas me ganaron y me enseñaron.  También con las discusiones que comprobaron que yo tenía razón.  Con lo que lloré, con lo que sentí que tenía derecho, si lo conseguí o no.  ¡Con lo que me reí!  En fin, como la mayoría de la gente, tengo un enorme bagaje de conocimientos cuya medida fiel son los muchos años que he vivido.  Y es hora de que vaya compartiendo y recibiendo con toda libertad, sin tener que disculparme o disculpar a otros.

¿Cuándo?

Ahora, porque el tiempo tiene el valor agregado de haberme enseñado lo que es importante y lo que no.  Ahora que tengo todo el tiempo del mundo porque sé que lo pierdo en cualquier momento y le hago morisquetas porque ya lo usé todo lo que podía y lo que viene…es de regalo.

¿Para quién?

Para quienes estas reflexiones puedan ser útiles.  Porque considero que el mundo se ha transformado, en su conjunto, en una maraña de ideas que confunden.  Para los que están incomunicados en la era de la comunicación.  Para los que no saben qué hacer con su humanidad porque viven atados a algunos aparatitos.  Para los que por esos aparatitos reciben toda clase de información confusa, vertiginosa, irresponsable.  Para los que no han sido enseñados a rescatar lo verdadero de esa información.  Para quienes necesitan leer un ratito, pensar otro ratito, en silencio y tranquilos.  Para los que ya están cerrando el libro porque no les gusta.  Para mí, porque quiero aprender unas cuantas cosas que se me escaparon.

Me acomodo en el porche, tomo mi taza de té riquísimo y corto un trozo de budín de pan bañado en caramelo dorado como la tarde que se va yendo.

La receta era de mi abuela, posiblemente de otras personas.  Mía no es.  Como no es mío todo lo que escribo en esta columna.  Hice las preguntas y las contesté en nombre de todos aquellos que se las quieran hacer y contestar.

Porque inexorablemente todos los que llegamos a esta edad “provecta” (Uy! ¡ya!, cuando no me lo esperaba!) tenemos todos los derechos del mundo menos el de herir a nuestros semejantes.  Porque no quiero herir a nadie, ni enseñarle a nadie lo que no quiera saber.  Más bien quiero caminar a su lado y aprender sin agobios, porque la vida es hermosa y corta. ¡Salud!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Ser – Querer ser – Poder ser

5 May
Ser –  Querer ser  –   Poder ser
Desde esta altura la ciudad crece con sus luces. Edificios enormes, ventanas iluminadas irregularmente que los redibujan de tal manera como para que sean de día unos y de noche otros. Los coches son decenas de  miles, como pequeñas hormigas presurosas con flashes disparados al acaso que se cruzan y se mueven, se escapan y vuelven. Calles amplias y avenidas anchas e imponentes como catedrales.  Es un bosque impenetrable de inmensas estructuras que compiten en formas y tamaños para llegar al cielo de un atardecer inolvidable, herido en su cemento por el parque de faroles tradicionales y terreno quebrado capaz de re ubicar cada noche sus sombras, siempre que en el cielo aparezca la luna, grandota y redonda con cara de vieja sabia.
Dios hizo la Cordillera y los hombres hicieron esta ciudad extravagante a fuerza de ser hermosa.  Dios creó el silencio y la soledad en sus montañas, los hombres llenaron de sones interminables, de luces, de movimiento y de  arrogancia su cordillera.
NYC SILUETA
Amo a esta ciudad, como millones de personas siempre estoy llegando a ella y siempre estoy partiendo con el sentimiento de pertenecer y de ser un extraño al mismo tiempo.  Se ha terminado el seminario, se han ido los nuevos amigos y me espera un año de trabajo del que me gusta;  pero estoy melancólica, pensativa y lejana. Mi amigo se acerca al ventanal enorme desde el que parece que estuviéramos en el aire sin ningún sustento, me abraza y me da un vaso de buena bebida con dos o tres cubos de hielo. Nos quedamos en silencio, sometidos al poderoso influjo del paisaje de la ciudad.   Los hombres se ven de lejos y son pequeños, insignificantes, peor aún, desdibujados.   ¡No se sabe ni qué son! Brutal y categórica afirmación que me desconcierta porque refleja acabadamente lo que estoy pensando.
¿Qué somos en este mundo que parece no tener verdades verdaderas?
Cada sociedad crea valores relativos a sus necesidades, sus circunstancias y sus apetencias.  Esos valores cobijan todo lo que se nos vuelve atractivo porque acceden de algún modo a nuestros intereses primarios.  Los hombrecitos que corren a sus casas desde la ciudad rutilante están sometidos, cada uno de nosotros estamos sometidos, a los valores impuestos por su tiempo.  Este tiempo.
La Edad de las comunicaciones, la Edad de la Información.  La civilización de la Imagen.  Por encima de todo, abarcando todo lo que pasa por nuestra vida.  En este arrogante siglo XXI el modo en que “vemos” las cosas es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos.  La reflexión en profundidad  de cada uno acerca de sí mismo ha pasado a ser un bien escaso, temible y siempre inoportuno.
Contrariamente a otras épocas de la historia en las cuales solamente se clasificaba a los seres humanos en situaciones privilegiadas o notables, el resto era “gente común”.  Actualmente podemos decir que todos entramos en algún tipo de clasificación que nos acota dentro de determinadas “conductas” y nos sitúa en el mercado.  En este imperioso siglo XXI, como nunca, vivimos acorralados por los estereotipos.
“¡Vamos con la palabrita!”:
Estereotipo: “Exageración desorbitada de una condición humana que se repite y se repite”.
Nosotros, los hombrecitos, no tenemos muy claro el “ser”.  Por eso  nos inclinamos deslucidos y consternados ante el modelo que nos toca.  Considerando que siempre nos “toca” un modelo, que puede ser más riguroso e imperativo o simplemente gentil.
Ha empezado a llover, miramos desde arriba lo que se ha transformado en callecitas mojadas. La lluvia en esta ciudad es gorda, pesada e inclemente y contra los vidrios desdibuja en cataratas cualquier realidad hasta crear formas extravagantes que se mueven vertiginosamente.  Me corre un escalofrío, cierro mis brazos alrededor de mí misma.  Le hemos estado dando nombres a cada realidad parcial y con el nombre una identidad concreta, inventada a veces pero concreta. Tanto que la que les toca mueve a las mujeres y a los hombres  a parecerse a ella, a entregarse enteramente a ella.  Me inquieto.
Mujeres.  Antes podían ser jóvenes o mayores, madres o célibes, artistas o maestras, bailarinas o costureras, bellas o feas, todas mujeres, mujeres, mujeres.  Maravillosas, categóricas, asustadas, felices, valientes, perseverantes, enamoradas y gentiles, mujeres, mujeres, mujeres.   Todavía lo que debía ser, era. Y luego venían las majestuosas conquistas que nos iban dando cada día más libertades.
La lluvia ha cambiado las formas, las ha hecho casi diabólicas, las luces se han vuelto rojas y amarillas.  La ciudad hostil.
-“A las mujeres se las quiere hacer hombres”-.
-“Estás desvariando”-
-“Se las quiere hacer hombres, te lo digo. Y a fuerza de reinventarlas como hombres, salen al ruedo de su sexualidad arremetiendo. En el mejor de los casos sin rubores; en el peor, creyendo que su trasero es más importante que su cara y ésta más importante que sus sentimientos.  A  fuerza de reinventarlas y reinventarlas, lo que “es” se transforma en lo que “debe ser”.  Cuando lo que “es” no responde a una verdad y a un principio universal y se limita a una convención cultural determinada y precaria, el peligro es que se transforme en el “debe ser” que cambia roles y conductas de millones de individuos, en este caso de mujeres y con ellas, en forma negativa, a la sociedad a la que pertenecen.  ¡Ah!  Además de hombres deben ser exitosas, responsables, madres a medio tiempo pero felices, luchadoras, fuertes, poco demandantes, rigurosas en sus tareas, comprensivas ante las infidelidades que son “inevitables”, recuperadas a menos de un mes del nacimiento de sus hijos, gimnastas, actualizadas, decididas, resueltas y categóricas.  Sobre todo no deben ser diferentes a los hombres porque en este mundo cruel todos somos relativamente iguales pese a quien pese.
Deberíamos recordar más a menudo que las mujeres somos pura emociones y sentimientos y que desde lo corporal somos para adentro, mientras los hombres son para afuera.  ¡Que nos surge la ternura a borbotones cuando los vemos a los hombres tan torpes para hablar de lo que les pasa.  O que somos generosas porque, sin tener hijos, somos madres en potencia.  Que tenemos miles de conexiones cerebrales que nos hacen hablar, responder, escuchar, retar, gozar y sufrir, hacer y reír al mismo tiempo, mientras nos entendemos perfectamente con las otras mujeres que están haciendo lo mismo, al mismo tiempo.  Que somos tan inteligentes como ellos pero más intuitivas.  Que tenemos la misma capacidad pero estamos más atentas a lo que pasa con los hijos.  Que, como dice el dicho: “No importa que el mundo esté listo para explotar, igual, plantaré mi duraznero.”
 Y, ¡¿cómo se me ocurrió describir otra vez a mis queridas mujeres, de una manera tan considerada  y un poco anticuada?! Me lo permite una etapa de la vida en la que he perdido casi todos los miedos, los complejos y las imposiciones; he ganado la libertad que quiero para ellas.
Y  ¿los hombres? , en la ciudad magnífica, están  los hombres.  Todos.  Y para a ellos, también,  con todas las cosas que el nuevo mundo ha mejorado para todos, aparecen algunas que les alteran el camino y desdibujan su verdadera identidad. ¡Correte, chiquito!
Somos muchos y, cada uno de nosotros es distinto, único e irrepetible. Tenemos, sí, ciertas características que nos sitúan en un grupo y es bueno que podamos, de alguna manera, “clasificarnos” para todos los propósitos prácticos, para que los gobernantes puedan gobernar, para que los empresarios puedan fabricar y vender, para que la salud se mejore para todos, para que la ciencia avance.  Pero la gran conspiración se puso en marcha.  Después que nos dibujan el “ser”, nos cae encima, como un montón de escombros, el “querer ser”.  Igualitos al modelo que nos proponen los especialistas en modelos y definiciones, siempre relativos, siempre lo más lejos de la verdad que se pueda.
Quiero convocar a una cruzada de sencillez y realidades claras; nada de someternos a reglas que aparecen de la nada.  Sí, quiero ser un adolescente respetuoso y prolijo, un adulto mayor que no necesita artilugios para el sexo, un matrimonio de muchos años de casados que es feliz y agradecido de la experiencia. ¡un hombre y una mujer fieles a su pareja, que ni siquiera se distraen mirando alrededor!  Si quiero ser, querer ser, poder ser, lo que soy, sin que nadie me “diseñe”, lo hago!  En el laborioso y arduo camino de la Ciudad, voy desdeñando los conflictos que tengo yo conmigo cuando dejo que otros manden.
Quiero hombres que tengan algunos rasgos femeninos para que puedan dar ternura y generosidad, que sepan escuchar y que sean constantes en sus amores. Quiero mujeres que sean valientes como los hombres, pero para causas bellas.  Que sean cerebrales para mejorar, mejor, al mundo.  Que tengan el arrojo de decidir sobre su propia vida y que lleguen a los cargos más altos  porque lo merecen.  Y también quiero que las diferencias entre unos y otros  sean claras, relucientes e integradoras.
Es hora de bajar y salir por la ciudad.  Me mira con cara de ¡ya está bien, basta de filosofar!  La misma sonrisa burlona que tendrá mientras caminamos entre otros miles por esta ciudad fascinante.  ¡Viva las diferencias!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Suficiente–Demasiado

1 May

SuficienteDemasiado

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Este capítulo debería llamarse Camogli y la balanza,  porque la imagen  de esa bella ciudad de Italia se interpone a cualquier intento de reflexionar sobre temas concretos.

Sólo visiones y visiones de las pequeñas casas montadas sobre calles de diferentes niveles, calles empedradas y sinuosas que suben y bajan y se encuentran en esquinas de ángulos tan cercanos  que extendemos los brazos y  alcanzan para contenerlos.   Una para arriba, otra para abajo siguiendo lo que habrá sido el sendero de las mulas cuando Europa era nueva.

Las casas mágicas de Camogli tienen la entrada en la calle de arriba, con el patio bien abajo  y para acceder debemos cruzarlo con  un puentecillo privado, de barandas de hierro adornadas con forma de flores y racimos de uva, producto de la imaginación de algún artesano enamorado.  Los patios, de cerámicos de colores y plantas airosas,  están enganchados a la parte posterior, abajo, donde está la otra entrada- salida, que, ahora sí, da a  la bahía y al mar. Uno se pregunta cómo será vivir en una casa entera de escaleras y recovecos.  La bahía es pequeña y rodeada de edificios apiñados y agarrados como temblando a las laderas;  y parece que fueran a caerse o a volar. Todos de colores pastel y engañosos porque  en muchas paredes hay dibujos de ventanas y paisajes y frentes de casa de paredes amarillas y persianas verdes que se mezclan con las verdaderas hasta que uno no sabe dónde está la verdad y dónde los sueños. Como si los habitantes de  la ciudad quisieran confundirnos para que no nos quedemos.  Para que “se enamoren de nosotros, nos amen y después se vayan”.

Camogli  – Caso delle Mogli, “la casa de las esposas”. La historia es la de las mujeres de los pescadores que quedaban en el pueblo, vacío de hombres cuando estos salían a pescar.  Ellas  pintaban y pintaban sus casas, cada una de un color diferente para que sus maridos las reconocieran cuando estaban volviendo del Mar Nuestro y fueran palpitando el abrazo que festejaba otra victoria de la vida sobre la tormenta.  Casas que, cuando no volvía un pescador, dejaban de pintarse por años hasta que algún varón de la familia tomaba su lugar y empezaba el nuevo desafío.  En esta ciudad las casas se mezclan sin morigerarse, al contrario, se exaltan, se ponderan y se atropellan, como las flores multicolores que caen en cascadas de las rocas; las armonías y los contrastes, los colores, los desniveles, la historia, los sonidos y el sol sobre el mar más azul de la tierra.

Caminando por una de las callecitas interiores pasamos por una pequeña tienda de antigüedades que ¡son antiguas cuando se trata de Europa!  En la vidriera atiborrada de cosas había una balanza de dos platos dorados, con el triángulo de la aguja en el medio. Larga y retacona, negra, fileteada de dorado. Brillante y desdeñosa, como si le tocara pesar las injusticias del mundo. Me enamoré.  Tuve que pelear para comprarla y convencer a mi amigo de que podíamos traerla en el avión.  Aunque reconozco que fue muy difícil, lo logré.  Me la desarmaron y la colocaron en una caja más o menos fuerte. Era del siglo XIX, de origen alemán pero, según el vendedor, se había venido para Italia a buscar sol y alegría.  Después se vino con nosotros para enseñarnos algunas cosas de la justicia.

En el puerto, en plena bahía al amparo del mar nos sentamos aquella tarde de verano. Los barcos se mecían a destiempo y el rumor de las olas golpeteando contra el muelle nos producía una especie de serenidad ideal para disfrutar del atardecer. Habíamos comprado un buen vino rosado y dos copas de cristal que todavía se lucen en la vitrina que tengo ante mi vista.  Levantamos nuestras copas para que las últimas luces las atravesaran.  Éramos tan jóvenes como ahora que no somos tan jóvenes.  Y tan felices como ahora que ya no somos jóvenes.

La balanza y Camogli me robaron lo suficiente y lo demasiado.  Uno de los conceptos más precisos y sutiles que tenemos que distinguir en cada momento de nuestra vida.

¿Cuánto es suficiente y cuánto demasiado cuando amamos? ¿Cuándo es suficiente el esfuerzo en nuestro trabajo y cuándo es demasiado? ¿Cómo reconocemos el momento de ceder, si se nos confunde el demasiado pronto con el demasiado tarde? ¿Es suficiente la regla de vida con nuestros hijos o les pesamos demasiado?  ¿Tenemos suficientes cosas o nos están aplastando los “demasiados”?  En una sociedad que convoca para que todo sea “demasiado”, ¿quiénes nos ayudan a reconocer lo “suficiente”?

¿Soy una mujer, una amante, una madre, una hija, una hermana, una amiga “suficiente” o peso en los demás con un “demasiado” rotundo que los aleja de mí? ¿Pido demasiado? ¿Doy lo suficiente? ¿Me dan de más o está todo bien? ¿Alguien se sobrepasa o yo me quedo corta? ¿En qué? ¡En todas las cosas de la vida cuyo valor ya debería conocer a esta altura de la mía!  Pero somos muy humanos los humanos. No tenemos el juicio certero. Vamos y vamos caminando por las callecitas de lugares como esta ciudad bellísima y no damos siempre en la tecla de la justicia! Por ahí, entonces, se cuela el dolor que provocamos unos a otros. En una de ésas todo se trata de saber elegir las pesas y ponerlas adecuadamente en la balanza.

Confusiones de vida que no se resuelven con facilidad. Reflexiones que siempre tienden a mejorarnos. Cruces de caminos que nos ponen en el lugar más armonioso y nos permiten ser más felices y hacer más felices a los demás.  Imposible es, para mí, descubrir el punto exacto en el que se cuele la justicia.

Saco de su caja las pequeñas pesas doradas que se escalonan de una manera casi graciosa, como soldaditos de juguete, las tengo en mis manos, le doy a cada una un nombre especial y las voy alternando en la balanza como si yo conociera el valor exacto de cada cosa.  Todavía, a esta altura de mi vida tengo un largo camino para recorrer y, casi siempre, como todos, seguiré  eligiendo reiteradamente  con mis sentimientos y mis emociones.  Que Dios me ayude.

Esperaré a mi amigo con una copa de vino rosado y lo voy a invitar a repetir un atardecer en Camogli, como para que esta hermosa ciudad se quede en nuestro futuro. Que siempre esté en nuestro futuro.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Tarde de Campo

28 Abr

Tarde de campo

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El paisaje es único.  La casa colonial está al final de un camino de unos cuantos kilómetros  que mezcla con lápiz fino los potreros, los arroyos y las sierras de distintas formas y tamaños. Para llegar hay que abrir tres o cuatro distintas tranqueras. Es de rigor, aparecen en un recodo o se descubren en el horizonte. Se baja otro, nunca el que maneja. En cada curva, cambia el paisaje y la luz que lo alumbra. Nos va dejando sin aliento. Venimos desde que éramos niños y nos va dejando sin aliento. Si llegamos de mañana estalla el sol por doquier y el paisaje es amigable, de colores, sereno. Si llegamos de tarde va cayendo una melancolía que apura el paso y tenemos ganas de escaparnos de esa enorme maravilla para aterrizar en la cocina campera con relumbrón y mate cocido.

La entrada propiamente dicha nos lleva al patio trasero de la casa por una avenida que mide algo así como doscientos metros. Es  un camino de tierra de unos doce metros de ancho, bordeado, de cada lado,  por dos hileras de abetos azules que se quieren tocar a cierta altura.  Serían demasiado imponentes para nosotros si no fuera porque antes del horizonte se van dibujando, a uno y otro lado del campo, las últimas estribaciones de las sierras que son silenciosas e imponentes pero declaman a viva voz su majestuosidad.

Vamos viendo laderas de colores verdes y marrones, animales que se juntan en racimos.  Vegetación cada vez más importante hasta que en el llano, aparecen los colores de la siembra amarilla y la casa que es enorme aunque parece pequeña en el paisaje.

Alli vive gente que queremos mucho.  De ellos me acuerdo esta tarde.

Estoy sola en casa, empiezo a sentirme inquieta.  Entro del jardín adonde estuve trabajando en los canteros y doy vueltas hasta que me siento a la computadora.  Tengo miedo, confusión, ansiedad.

La pantalla se me hace enorme y me quedo mirándola hasta que las cosas se van aclarando.  Me acuerdo de don Adolfo. Me lo contó una tarde de otoño, sentados los dos en la galería de baldosas con filigranas, bancos de plaza verdes y el cuadrado de pasto con los rosales de floración tardía.

“Me pasó hace muchos años. Yo había contratado a un administrador porque el trabajo del campo y los números juntos se me habían hecho pesados.  Quería alguien que entendiera de estas labores. Quedarme tranquilo, tenerle confianza, descansar  y, para qué decirlo, pagarle bien y que lo mereciera!

Este hombre llegó con muy buenas recomendaciones. Se me hizo familiero y simpático y las cosas se iban dando como yo había querido.”  Don Adolfo levantó la vista hacia el borde afilado de la sierra que está al lado de la casa, allí mismo adonde se ocultaba el sol y se veían los jinetes volver de la cabalgata. Sus figuras recortadas arriba  como sombras de un teatro chino, sus voces lejanas y el canto alargado de los benteveos que se iban a dormir- “Hasta que algo empezó a ir no tan bien. ¡Ya sabe! Alguna vaca que se fugaba por el cañaveral, las cuentas que se venían abultando y, algún que otro desconocido al que se contrataba para tareas ocasionales. Las cosas empezaban a no gustarme.”- Suspiró y apareció esa sonrisa maliciosa que solamente he visto en nuestros hombres campesinos, escurridiza como un rayo de luz,  que los pone más allá de cualquier pretendida picardía ciudadana.-“Empecé a repasar los números con más cuidado, me volví a subir a la camioneta a contar las vacas, revisé los contratos y me di cuenta de que el señor administrador estaba “refalando” en la tarea de administrar “mi” estancia.  ¿Sabe m’ija? Le di la oportunidad! ¡Bien qué se la di! Pero el hombre no entendió lo más importante de todo. Lo hablé con él un par de veces. Nada, la cosa seguía mal. Teníamos un contrato que yo quería cumplir porque, soy de otra clase! En cuanto se cumplió el plazo legal lo di de baja!»- Ya casi había llegado la noche, toda la familia se juntaba en la cocina atraídos por el olorcito de un guiso de cordero que se calentaba a leña, nunca supe por qué si se calienta a leña tiene otro sabor pero es así- “Lo último que le dije al hombre fue: “Yo hubiera aguantado que te quedaras con algo, y hasta me hubiera hecho el sonso si las cosas andaban! Pero…te olvidaste de que la Estancia era mía! Y parecía que te la querías llevar puesta! No. Era mía y sigue siendo mía. Yo elijo a los administradores y cuando termina el contrato se van, porque la Estancia sigue siendo mía!”

Nos quedamos en silencio hasta que nos llamaron a comer. Don Adolfo se levantó con la dificultad propia de un hombre de su edad, y, ya en la cocina, se sentó a la cabecera de la mesa. El lugar que le correspondía sin que nadie tuviera que declamarlo. La cena fue como siempre, buena compañía, buena comida y el señorío de los dueños de casa que hacen, naturalmente, un culto de la hospitalidad.

Me acuerdo de aquella charla y me voy sintiendo mejor.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.