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Podría ser yo…

16 Dic

PODRÍA SER YO…

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Salía para el supermercado.  Un atardecer sereno se caía sobre el río.  Del otro lado la ciudad relumbrante y poderosa se iba desvaneciendo en el agua.  Todo brillaba pero en silencio.  Caminé por el boulevar disfrutando de ese momento cuando oí música y cantos que venían desde una calle lateral.  Resultó ser una procesión en honor a la Virgen de la Consolata que agrupaba a una buena cantidad de gente.  Lo de siempre, cantos, velas, flores, niños y mujeres con una profunda piedad, hombres con unas capas celestes y otros hombres, los sacerdotes, con sus túnicas blancas orladas de verde.  Adelante y al final sendos patrulleros que acompañaban el recorrido con sus luces de colores.

Como tantas manifestaciones religiosas de distintos credos, que siempre respeto y trato de compartir, porque Dios es uno solo.  Uno solo.  Por suerte y, aunque a veces lo tratemos como si fueran muchos, es uno solo.  Y nosotros le hablamos de distinta manera.  Lo que pasa es que todas las buenas maneras complacen a Dios no importa de donde vengan, ni de quien vengan.  Y eso es muy bueno.

Casi en la mitad de la procesión, unos hombres llevaban en andas una imagen de la Virgen.  Lo hacían con los pasos tan clásicos en la liturgia católica, la imagen era preciosa y yo empecé a acompañarlos desde la acera, casi sin darme cuenta.  Casi sin darme cuenta estaba rezando en silencio y casi sin darme cuenta estaba llorando.  Sin consuelo y, aparentemente, sin motivo.

Era el día en que en todo el mundo se invitaba a rezar por la Paz.  Ahora que  lo estoy contando se me hacen ilegibles las palabras en la computadora, estoy llorando.  Estoy hablando de la Paz y estoy llorando.

Por la Paz que no es simbólica, es lo que se refiere a hombres, mujeres y niños.  Todos ellos sufriendo situaciones absolutamente injustas, más injustas ahora, en este tiempo presuntuoso en que nos creemos que ya estamos de vuelta de todo y que sabemos lo que son los derechos humanos y que es malo discriminar, y que la libertad es un bien inevitable, y que todos queremos ser más buenos que los otros, y que el mundo tiene que ser de todos.  Y todas esas cosas que nos hacen sentir bien.

Ellos se mueren, se mueren en las calles entre los escombros, se desangran hasta que cesa el fuego y alguien los levanta para sacarlos del medio, se mueren entre incendios y gritos.  Lo peor no son los gritos, lo peor es cuando llega el silencio.  Y el espanto.  Y ese niño de poquitos años que vaga por las calles ensangrentado y ha perdido a su familia, y también su vida y su identidad porque todo quedó hecho polvo y nadie sabe de dónde vino.  Las mujeres van a parir oyendo el tableteo de las ametralladoras, los soldados corren como conejos que serán cazados, en algún momento serán cazados.  Los jóvenes se arriman a las paredes porque tienen miedo, porque todavía no han vivido nada y temen que no han de vivirlo.  La mayoría no ha de vivirlo.  Se mueren los niños y los ancianos y los hombres y las mujeres porque la tragedia los iguala como miserables seres que no tienen ningún derecho.  Hay sangre por todos lados, no hay calmantes.  Y cuando pasen los días no habrá comida.  Ni agua, ni médicos, ni piedad ni consuelo.  Sólo seres desventurados a los que el zarpazo de la muerte les llegó de la mano de otros seres que no saben lo que hacen.  Unos y otros perdiendo lo que tienen de humanos.

Les ha explotado la vida de todos los días, se les ha acabado la vida de todos los días.  No tienen más, nunca más, la vida que tenían hasta hoy.  La preciosa vida que creían que les estaba perteneciendo.

Los más afortunados se irán por las fronteras llevando consigo lo poco que puedan.  Y después caerán como bolsas de plomo en otras comunidades en las que no tienen cabida.  ¡Cuántas veces hemos visto o imaginado pueblos enteros caminando sin rumbo y por los caminos de Dios dejando caer las cosas que se van haciendo más y más pesadas!  Desaparecen los juegos y las escuelas, llega el hambre, la prostitución y las venganzas.  Se oye gritar bajo los escombros, alguien perderá la vista y otro las piernas.  Alguien perderá la cordura porque el dolor y el miedo reemplazan a todo lo demás.  Se perderá el marido de la esposa, los hijos, los hermanos entre ellos, algunos nos sabrán nunca qué pasó con sus seres queridos.  No habrá más una plaza, ni una escuela, ni el negocio del barrio adonde los vecinos hacíamos tertulia.  Nadie tendrá una sinagoga, una iglesia o una mezquita para rezarle al Dios de todos, que es uno solo.  Nadie tendrá un templo, sea cual sea su Fe.  Y todos se sentirán abandonados.  En tinieblas porque Dios está en silencio.  Y más gritos y más sangre, y más ruido y más hambre, más dolor y más crueldad, y muerte, muerte, muerte.

¡Quién nos dijo a nosotros los hombres que podemos matar a otros hombres?  ¿Quién nos volvió locos de tal manera que cortamos de raíz la vida de otros seres humanos, su felicidad, su esperanza, sus derechos, sus cuerpos?  ¿Quién tiene derecho a destruir una casa, todas las cosas ajenas, los recuerdos, las fotos, los libros, los hijos?

En toda la historia los hombres pelearon guerras para cambiar sociedades.  ¡¡Pero eran otros tiempos!!!  No sabían mucho unos de otros, eran todos extraños, el mundo muy grande y las culturas muy diferentes.  La maldad tenía excusas.

¡Pero en el Siglo XXI!  Todos conocemos la cara de todos.  Sabemos lo que pasa aquí y allá.  Matamos lo conocido.  No podemos mirar para otro lado porque todo lo que pasa, pasa en nuestra casa.  En nuestro televisor, en la tableta o en el teléfono.  Siglo XXI absurdo en su impiedad.  ¡No tenemos excusas!  Sabemos que somos todos iguales, sabemos que el mundo tiene ciertas dimensiones.  Oímos lo que hablan, lo que cantan, como aman y en lo que creen; ningún rostro, ninguna cultura nos sorprenden, nos mimetizamos en las modas, nos entendemos en los miles de idiomas que hablamos.  No.  ¡No puede haber más guerras en este Siglo XXI!  Y, sin embargo, éstas aparecen en uno u otro lugar de la Tierra, da lo mismo, la crueldad y el horror no tienen Patria ni territorio.  Y los seres humanos somos todos iguales.  Algunos, sin embargo, son menos iguales que otros.  Me quedé en un rincón temerosa de seguir caminando hasta que unos brazos fuertes y torpes me abrazaron.  Por primera vez, ¡por primera vez en mi vida no sentí ningún consuelo!  Sólo le dije “¡Podría haber sido yo!”

¿Quién me preservó de tales demonios?  ¿Quién manejó esa lotería diabólica que hace que algunos tengamos todos los derechos y otros todas las desgracias?  ¡Podría ser yo!

Lo único que podemos hacer es tomar consciencia de que esto no es justo. De que esto es letal.  Que por cada hombre que muere en una guerra se pierde un poco de humanidad para todos. Debemos hacer que ese convencimiento vaya venciendo la fuerza de los malvados.  Que se sienta en el mundo entero la ira de los justos.  Debemos rechazar la violencia.  Debemos manifestarnos cada uno a su manera.  Ya no hay ninguna excusa para la violencia en este Siglo XXI.  Vamos a rezar, cada uno en su credo, a un Dios que a veces parece que está en silencio. Vamos a hacerlo cada uno en su idioma, y otros a la Naturaleza y a los duendes del bosque, y a los cielos y a la Tierra.  Cada uno a lo que crea que tenga una fuerza superior para terminar con toda esta locura.  Vamos a rezar porque podríamos ser ellos.  Somos ellos.  Somos otra parte de ellos.  Vamos pensar en la Paz.  Vamos a hablar de la Paz.  Vamos a exigir la Paz.  Todos, todos  tenemos derecho a gozar de la Paz.  ¡Podría ser yo!

Bajo la cabeza con toda humildad, les pido a los otros que me cobijen, que me cuiden, porque podría ser yo.

Que Dios nos ampare a todos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – ¡Qué desconcierto!

15 May

¡Qué desconcierto!

¡Qué desconcierto!, ¡Qué desánimo! ¡Qué miedo! ¡Qué confusión! ¡Qué asco!

¿Y el futuro?  Todo pasa.  Necesitamos una Nación.

¡¡Al gran Pueblo Argentino, Salud!!!

Primero la justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van tramando – El silencio: culpa o desprecio

16 Abr
El silencio: culpa o desprecio
 
Hoy es un día de sol radiante. Las sombras de la inundación parecen haber quedado atrás. Mi casa está invadida de cosas para secar. Lo más engorroso son los libros, los preciosos libros que deben pasar por un largo proceso para recomponerse y que están cubriendo los pisos de una buena parte de la casa. Me siento a la computadora para volver al trabajo que ya tengo bastante abandonado desde aquel martes de malas sorpresas.
Pero no puedo. El deber va para un lado y las emociones para el otro. Todavía estoy atravesada por las revelaciones del programa que el domingo a la noche descubrió la locura de una corrupción atroz que hiere a todas las capas de nuestra sociedad. La acusación, por lo desmesurada, parece extraída de una película de ciencia ficción. En la cual a la vista aparecen bolsos de dinero que se pesa; individuos despreciables, amorales, arrogantes, con una falta de inteligencia tan notable como los monigotes de los teatros de títeres, a los cuales les falta altura hasta para ser parte de la mafia. Acusaciones que llegan y sacuden instituciones tan fundamentales como la del Presidente de la Nación Argentina.
¿Se escucha bien?  Presidente de la Nación Argentina. En negrilla y subrayado. El concepto hace temblar por lo categórico. El Presidente de la Nación Argentina.  Y me corre frío. Lo primero que se me viene a la cabeza es una especie de dibujito animado en el que veo desmoronarse y caer, uno por uno, todos los edificios emblemáticos de la República. La Casa Rosada, el Congreso de la Nación, el Palacio de los Tribunales. Después, como una carrera de dominó, caen cada escuela, cada hospital, cada carretera, cada dique. Los campos cultivados, cada fábrica. Todos los clubes, las bibliotecas, los negocios. Cuando le llega el turno a la Cordillera, ella arrastra a cada uno de los ciudadanos de esta Patria desconsolada. Y allí estamos todos, los niños, los hombres y mujeres de todas las edades, los religiosos y los ateos, los sanos y los enfermos, los buenos y los malos,  los que pensamos igual y los que disentimos, los inteligentes y los simples, los ricos y los pobres, los justos y los réprobos. Todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra magnífica.  Todos cayendo desordenadamente en la fosa inmunda de la corrupción. Víctimas de la soberbia y el poder.  Todos, todos, todos.  ¿Es desmesurada mi visión?
Estamos hablando de corrupción inédita, primaria, en la persona de quien o quienes ostentan o han ostentado el cargo de Presidente de la Nación Argentina
 
Debo reconocer que estoy pasada de emociones, que el corazón me palpita y que lamento por aquellos que no estén hoy sorprendidos, preocupados, asustados, los que no vean la realidad más extrema, que nos amenaza a cada uno y a todos nosotros.
Hay dos posibilidades.
La primera es que todo sea la creación de un megalómano que puso en vilo a la sociedad y se aprovechó de la buena fe y la preocupación de uno de los periodistas más importantes del país.  En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
La segunda es que todo sea verdad, que estamos en un lugar y un tiempo desgraciados que pueden arrasar hasta con nuestras esperanzas de un país mejor. En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
Si todo lo denunciado es verdad queda una sola posibilidad: los culpables deben pagar lo que han hecho al pueblo de la Nación Argentina. Deben ser castigados con la fuerza de la Ley. Y deben devolver lo que han robado.
Si lo denunciado es mentira, los acusados merecen ser resarcidos absolutamente del daño que se ha hecho a su honra y reputación. Y en eso tenemos que coincidir todos los argentinos. Y ¡ojalá así fuera! Porque entonces respiraríamos aliviados porque hemos escapado de un magnicidio en lo que se refiere al pueblo argentino.
Pero en los dos casos, lo único que no podemos aceptar es el silencio sobre el tema.
Cuando uno es acusado de algo muy grave y lesivo, que afecta a su honra y a su vida, debe hablar todo el tema con las personas que respeta y que ama; aclararlo y satisfacer toda la inquietud de aquellas personas. Lo contrario es desprecio total para aquellos con los que tenemos una relación seria, para aquellos que nos importan, que queremos o que respetamos.
El que siendo culpable calla, otorga. El que calla siendo inocente, desprecia y falta a su obligación de llevar tranquilidad a los otros.
cabildo
Nosotros, los ciudadanos de la Nación Argentina merecemos tales explicaciones, somos los dueños de la transparencia debida.
Debo reconocer que tengo los ojos llenos de lágrimas. Que estoy asustada, impresionada como cuando tenía el agua en el subsuelo de mi casa y la oía golpear contra las paredes como un animal sucio, desconocido y malvado.
Estoy necesitando, como cuando era una niña, que nuestros mayores me arropen, me aclaren y me aseguren que todo está bien, que estoy cuidada y que esto es un mal sueño.
¡Qué Dios nos cuide y nos proteja a todos los argentinos!!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS

Hilachas que van tramando – ¡Viva la Patria!

11 Abr

¡Viva la Patria!

Estoy desorientada,  inquieta y triste. Ha vuelto a llover y, desde mi casa ya casi recompuesta aunque está llena de cosas que se están secando y ¡no huele a rosas!, tengo presente a toda la gente que sigue sufriendo esta situación de necesidad extrema.  A los que fueron víctimas de los elementos y a los que están en la indigencia, en la pobreza y en el abandono. Y pienso “¡Ésta no es mi Patria!”  En mi Patria, el país más rico de la Tierra, no puede haber gente en estado de indigencia. No puede haber gente a la que no se la puede recuperar de una tormenta feroz. No puede. No debe. No puede.

Uno de mis nietos, adolescente, me dice:

“Éste no es el país más rico de la Tierra”

“No-le digo-no por su realidad pero sí por su naturaleza. Tiene todos los climas, todos los accidentes geográficos, una naturaleza paciente que  pocas veces en la historia nos acosa. Tiene una población escasa, comparada con su territorio. Tiene la mejor tierra de la Tierra.  Enormes reservas de agua. El cielo más azul y la Cruz del Sur.”

Les voy a contar una historia a mis nietos.

“Cuando yo era chica…..»Abuela, ¿eso era casi en la Colonia?»- «Sí, Tesoro, después hablaremos de eso!”

“Cuando yo era chica y llegaban los días de la Patria… ¿Qué son los días de la Patria?”, me pregunta uno de los más chicos.

“¡Los días que ahora se llaman Feriado Largo!  El 9 de Julio, el 25 de Mayo, el 20 de Junio, el 17 de Agosto, el 11 de Septiembre…»

Por ejemplo, llegaba el 9 de Julio. Mi madre almidonaba el delantal hasta que parecía de roca! Y me molestaba con su roce en el cuello y los puños. Desde unos días antes la maestra nos iba hablando de las Gestas Patrias, de la consolidación de la Independencia. Dibujábamos, leíamos, aprendíamos poesías. La Patria se nos iba metiendo en las venas y llenaba todas nuestras emociones.  Y ese día habría alguno de los alumnos que iban a “representar” en algún acto escolar, con uniformes que habían hecho las abuelas y el gorro afilado de los soldados de Tucumán, el solideo de los obispos, y las galeras lustrosas que se guardaban año tras año en los armarios de la escuela. Esa mañana nos despertaban más temprano, apenas minutos después de las 6hs. Tomábamos el desayuno siempre a las corridas y, en una mañana todavía oscura íbamos hacia la estación. Casi todas las personas con las que nos cruzábamos tenían la escarapela prendida en su pecho y parecía que todos respiraban profundamente como para que se luciera!!!  Las casas y los negocios estaban adornados con algún signo patrio, aunque fuera pequeño. El tren no venía tan lleno como en un día laborable, y los adultos nos miraban con aprobación mientras nosotros nos pavoneábamos por ser los actores principales del día, porque era feriado y la mayor actividad se concentraba en las escuelas.

Mi madre, como todas las madres, nos llenaba de abrigos debajo del delantal porque no podía llevarse nada encima y ¡¡¡parecíamos pequeñas naves blancas que en cualquier momento levantábamos vuelo!!!

La formación para izar la bandera era en la plaza, justo enfrente de mi colegio. Allí llegaban delegaciones de muchas escuelas del barrio. Las maestras, en nuestro caso las monjas, ponían las manos adentro de sus mangas enormes pero eran rápidas para sacarlas cuando necesitábamos un coscorrón por no mantener el silencio y la compostura adecuada al momento.  En cuanto se iluminaba bien la plaza con el sol radiante, empezaba a sonar “Aurora”, la canción a la Bandera, que, desde entonces, cada vez que la oigo, me pone todos los sentidos a funcionar; siento el frío y la emoción. El canto a toda voz y el orgullo enorme de ser argentina. “Es la Bandera de la Patria mía/ del sol nacida que me ha dado Dios”  Y esa Bandera era la que nos aseguraba un lugar privilegiado en el mundo. Era la que acogía a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

bandera-argentina

Después  íbamos al comedor a tomar el vasito de chocolate que tenía ese gusto particular de fiesta en el colegio, con el cartón acanalado para que no nos quemara.  E invadíamos el patio con nuestros juegos, felices porque estábamos en una fiesta. Cuando al día siguiente era sábado todo relucía porque podíamos quedarnos desvelados hasta más tarde y ¡no teníamos deberes!  Creíamos en una Patria acogedora, nos sentíamos seguros, esperábamos el futuro con una enorme confianza.

Éste es el futuro: Pobreza, indigencia, dolor. Una tormenta de aquellas y todo se desmorona.  Hay inundados y hay pobres. Hay muertos y hay indigentes.

Unos, producto de una tragedia. Otros arrastrando la peor de las tragedias, la de ser los pobres del “cuarto mundo”, los pobres de los países ricos.  Los pobres que nos avergüenzan. Los pobres sin sentido. Lo que viven en  una Patria abstracta. Que se invoca, en nombre de pesados intereses disfrazados de ideales. Que está siempre más allá de sus necesidades. Una Patria en la que ellos, definitivamente, no existen.  Una Patria que se declama y a la que se quiere vestir de fiesta cuando sólo tiene harapos.

Mis nietos se han ido dejándome sola.  Estoy triste, desorientada. La calma que me rodea es pura melancolía.  Esta Patria mía nos encuentra distraídos. Ocupados en otras cosas. Estamos perdiendo el rumbo.

Una Nación no puede ser más feliz, más próspera, más grande y bella que el más pobre de sus hijos.

Ellos son el espejo donde debemos mirarnos. Debemos mirarnos en los que no tienen nada, en su falta de educación, en su falta de salud, en su desesperanza. En lo injusto de su desamparo.

Cada niño, cada joven al que le cortan el futuro, cada uno de ellos son la medida de esta Patria declamada.

Recuerdo mi entusiasmo y mi felicidad cuando miraba la enorme bandera que ondeaba a su antojo en el patio del colegio. Recuerdo nuestro canto desafinado y sobre todo, el orgullo y la felicidad de haber nacido en esta tierra.

Quiero recobrar la medida exacta de pertenecer, para todos. Quiero la Patria que nos merecemos, todos. Quiero que esta tierra no tenga hambre, porque le sobra comida. Quiero que no tenga gente sin casa porque le sobra territorio. Quiero que haya escuela para todos porque sobra la materia prima. Quiero que los argentinos viajen, trabajen, descansen, se rían, se diviertan y se amen con todas las posibilidades de esta tierra rica. Quiero volver a cantar “Aurora”, recuperar mi inocencia y mi orgullo.

¡Viva la Patria!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos, Para todos.