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Hilachas que van tramando – Hay que contar historias

24 Ago

Hilachas que van tramando

Hay que contar historias

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Vamos por un camino secundario entre dos ciudades relativamente pequeñas.  El coche anda maravillosamente pero la travesía se hace difícil porque la carretera es angosta, con un asfalto rudimentario y muchas curvas.  Los árboles crecen y crecen a los costados cuando empieza a llover.  Primero unas gotas gordas y perezosas hasta que llega la lluvia pesada, cataratas de agua nos aíslan de todo lo exterior.  No podemos seguir y no podemos parar porque ambas cosas nos ponen en peligro.  Con cierta habilidad mi amigo se detiene en un pequeño espacio entre los árboles del camino que con cada trueno se hacen más y más grandes.  El agua separa nuestro pequeño mundo de todo el resto y,  aunque estamos juntos, eso no alcanza para dejarnos tranquilos.  Nos impresiona la realidad externa, imponente, desconocida, mágica, llena de criaturas mucho más poderosas que nosotros que, con toda malicia, oculta la lluvia.  Los kilómetros que nos faltan, aunque pocos, usando la imaginación se hacen  interminables.  El mundo entero ha desaparecido. Ni antes ni después.  No tenemos espacio, tiempo ni capacidad para volvernos al mundo que conocemos.  Alguna rama enorme cruje y pensamos que el árbol puede caerse.

Las ramas y los arbustos se agitan de tal manera que cuando se iluminan podrían ser un ejército de seres verdes cuya inmortalidad está probada.

Le digo:

“¿Has pensado alguna vez que si los árboles cobraran vida sería imposible detenerlos?  Les cortás una rama y vuelve a crecer.  Para vencerlos se necesita una destrucción total!”

“¡Siempre oportuna! Mirá si es un momento para decir eso!”

“Se me ocurre, se me ocurre, porque estoy muerta de miedo y no sé por qué, nosotros somos los mismos, los árboles son los mismos, lo más probable es que pasada la lluvia todo vuelva a la normalidad.  Pero me inquieta mucho ser una nada entre otras nadas!”

La situación externa no empeoraba, de por sí era mala pero estable, pero nosotros subíamos por una escalada de emociones que agregaban peligros inimaginables.

“Vamos a contar historias”.  Y aunque resultó difícil, empezamos a recordar anécdotas de buenos momentos, historias nuestras y ajenas, que hicieron que, después de un buen rato nos fuéramos quedando dormidos, envueltos en la manta de colores, esperando que amainara.

La madrugada trajo olor a lluvia; el bosque, empapado y con charcos que eran como lagunas, se había puesto de colores.  Había un murmullo de vegetación que acumula y acumula vitalidad y daba ganas de abrazarse a los árboles para sentir tanta fuerza. Volvimos por un camino que felizmente estaba lo suficiente firme y en un rato estábamos disfrutando de una buena ducha caliente y un desayuno que nos pareció el mejor de todos.

Como otras veces me quedé pensando.  Hay que contar historias.

Tenemos que vivir la vida y relatarla para que sea vivida más veces.  Contar historias de nuestra propia vida para que podamos pertenecer a una estirpe, formar parte de un grupo.  Alentar esa identidad que nos hace fuertes y nos permite ser felices.

Tenemos que contar historias porque de otra manera somos como ese coche perdido en la tormenta temiendo por el mundo aterrador que lo rodeaba.

Recuerdo cuando murió una prima muy querida por todos nosotros, que era la mayor de toda esta familia tan numerosa.  Tenía la edad de otra generación, más cercana a nuestros padres.  Después de llorar su ausencia, lo que más me mortificó fue que había muchas historias de mi familia que ya no serían contadas por sus protagonistas.  Eso era el silencio total.  Por mucho que hubiéramos hablado antes, se quedaba uno sin aliento ante lo categórico del silencio futuro.

Contar historias de la familia, de los amigos, de lo que uno ha pasado en su vida da pertenencia a uno mismo y a los que lo escuchan.  Después de todo, somos lo que los otros tienen de nosotros, lo que los otros saben de nosotros.  Nos reflejamos unos a otros contando nuestras historias.  Es bueno que yo sepa que esos eran mis padres y mis tíos y los amigos de la familia y los vecinos que crecieron conmigo porque yo soy lo que ellos han conocido y eso se vive en el apretado diseño de cada vida singular. También tenemos que contar historias de lo que sucedía en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en el mundo mientras íbamos viviendo.  Entregarles a los niños y a los jóvenes todo un fenomenal testimonio de persona a persona que no puede transmitir la crónica grande del mundo.

Siempre me ha llamado la atención que aquellas personas que han sido abandonadas por sus padres, en su mayoría siguen toda su vida buscándolos y cuando se les pregunta por qué o para qué dicen algo así como “Para conocer mi historia, para saber qué pasó, no intento hacer reproches, ya está todo perdonado, pero tengo que saber”.

Tal vez, digo tal vez con todo respeto y algo de pregunta, tal vez lo que buscan es solamente conocer un vínculo que los haga parte de algo.  Lo que buscan es pertenecer.  Todos los hombres por nuestra condición necesitamos pertenecer porque solos no somos más que un suspiro entre dos momentos de la historia.

Tuve la suerte de tener dos abuelas a las que les encantaba contarnos cosas de su tiempo.  Nunca dejaré de agradecerles.  Sus distintos enfoques también nos enriquecieron.  Siendo tan diferentes nos entregaron una hermosa conjunción en la que podemos reconocernos.  Finalmente todos terminamos siendo los niños a los que su abuela les contaba cosas.

Y los pueblos, los que cuentan, existen.  Como en la Biblia.  La misma historia contada otra vez y otra, la misma historia y diferente momento del relato.  Siempre cambia el relator y su historia le pertenece.

La vida es más que vivir, la vida es relacionarse con los otros, pertenecer a los otros en la historia y entregarla a los que vienen.

Los relatos nos salvan de una soledad que de otra manera, a pesar de todo, sería absoluta e impiadosa.  Dios nos libre de ser abandonados a nuestra propia suerte en la travesía vital de nuestra estirpe.  Seríamos como esclavos en el desierto, sin nombre y sin compasión.

Me veo en una clase del colegio de monjas, mirando por la ventana el patio de baldosas y las galerías de hierro y vidrios de colores tenues, mientras nos leían aquella poesía que no puedo recitar entera y no estoy segura del nombre de su autor aunque creo que era Conrado Nalé Roxlo:

“Y me llenó las manos de castañas y nueces, el alma de leyendas y el corazón de preces.  Y los labios de un viejo y divino cantar, el cantar montañés de viejecita bruja que narra una conseja mientras mueve la aguja, el mismo que ennoblece ahora mi cantar”.

Contar y contar como una forma de vivir  para siempre.  Esta sociedad en la que vivimos está un poco abandonada por la historia pequeña, queremos que todo sea sensacional, extraordinario y que todo nos iguale.  Ganemos un pedacito de tiempo feliz, busquemos nuestra pertenencia en el relato chiquitito de los recuerdos, no soltemos la mano de los que fueron y de los que serán.  A sentarse cada tanto a contar las historias que serán únicas, privilegiadas y enriquecedoras.  Todo lo que pasa es lo que nos pasa, los que nos pasó, lo que nos contaron visto por quienes lo vivieron de esa manera y no de otra.

Todo lo que somos es lo que los otros nos contaron.  El resto es lo que nosotros haremos de nuestros relatos para los que nos siguen en esta vida.

Empieza otra jornada.  El bosque florece, cantan los pájaros, la tormenta ha pasado.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van Tramando — Elegir la Soledad

15 Jul

Hilachas que van tramando

Elegir la soledad

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Saboya (en francésSavoie, en arpitán Savouè, en italianoSavoia) era una región de Sacro Imperio Romano Germánico en Edad Media,  luego de Italia hasta 1860. La Saboya se hará francesa con la anexión de 1860.  Aproximadamente comprende el territorio de los Alpes occidentales entre el lago de Ginebra en el norte y la provincia de Mauriana en el sur. Con tiempo la Saboya se aumenta con tierras italianas, Niza, la costa mediterránea y el piamonte.

La tierra histórica de Saboya emergió como el territorio feudal de la casa de Saboya durante los siglos XI al XIV.  El territorio histórico hoy es compartido entre las repúblicas modernas de FranciaItalia y Suiza.

En forma fría y concisa el texto nos sitúa, más o menos, en la zona de los Alpes Saboyanos.  Nos pone como testigos asombrados en una historia que va mucho más allá de cualquier descripción.  Que está hecha de sangre, de traiciones y amores desesperados. De tratados y pactos sin cumplir y otros que arrasaron con todo lo que se interponía a su paso.  Grandes celebraciones, vasallaje, comunidades estructuradas por su riqueza o sus creencias.  Destinos inevitables. Abuso de poderes, muertes y pasiones desordenadas. De grandes tapices y castillos enormes que se levantaban sobre el esfuerzo de generaciones y generaciones. De catedrales que llegaban al cielo con sus arcos y sus vitreaux de una belleza celestial.  De guerras y ducados, de hombres pecadores llenos de ambición, de soberbia y vanidades.   Sedientos de poder, casi inhumanos.  Y también de otros que pudieron sacar lo mejor del espíritu humano en la Edad Media que terminó floreciendo hasta el Renacimiento para dejar al hombre como centro de la historia, de la cultura y de las artes.

Hoy, en una apacible tarde de verano, nos dirigimos de una ciudad a otra por los mismos caminos por donde se iban los cruzados y volvían los nobles empobrecidos sin saber que se acababa su época y ellos habían contribuido a su propia desaparición.  Vamos cómodos, a velocidades que en aquellos tiempos se hubieran considerado diabólicas, y en lugar de terminar en una hoguera me entretengo sacando fotos de estos castillos montados sobre salientes rocosas, peñascos aislados como islas al viento, separados de las montañas enormes pero recostados sobre ellas, de tal manera que llegar a ellos era imposible y es imposible hoy día.  Todos muy grandes y algunos de estructuras tan inmensas que dejaban atrás toda dimensión humana.  Costaba mucho esfuerzo, muchas vidas y muchas muertes, llegar a ellos.  Construirlos primero, después defenderlos. Cuánto más aislados, más fuertes, más solitarios, mejor tenían que ver con sus dueños.  Dinastías de nombres famosos que se quedaron en la historia.

Vemos uno y otro, y otro, no puedo asegurarlo desde el conocimiento pero sí tengo la impresión de que es una de las zonas en las que encontramos más de estas estructuras abandonadas que se recortan contra el cielo, entre montañas apretadas, valles que no se ven y circuitos de camino que nos hace verlos y dejar de verlos en cada curva.

Ya nadie los quiere.  Su mismo aislamiento provocó su decadencia y la muerte gestual en sus piedras.  Los caminos de acceso originalmente difíciles han desaparecido entre bosques y quebradas y ellos están allá, solos, cerrados en sí mismos, sin que a nadie le interese su existencia.

El poeta ha dicho “Vanidad de vanidades y todo vanidad…”  Y nosotros “Soledad de soledades y todo soledad”.

Como algunos hombres.  Como algunos hombres que eligen la soledad.  Se aíslan de los demás.  Generalmente lo hacen en las épocas de la juventud en las que todo resplandece y el espejismo de la autosuficiencia es fuerte como una mañana de primavera.  Y siguen por la vida sin escuchar, sin pedir perdón, sin compadecerse de los otros para terminar sin poder compadecerse de sí mismos.

Los hombres y mujeres que eligen su soledad probablemente no han tenido el mensaje de amor indispensable en los primeros años de la vida.  Probablemente no han tenido quienes los amen lo suficiente para que los arranquen de su aislamiento, no han aprendido lo vulnerables que somos todos, que somos todos, los fuertes y los indecisos, los bellos, los grandes, los sabios y los niños.  Lo vulnerables que somos todos.  Tanto que necesitamos caminos que se crucen, que se mezclen y se acompañen.  Caminos de unos y otros que serán cuidados con toda diligencia porque no hay otra manera de vivir más que dependiendo de los demás.

Los que eligieron la soledad sienten que siempre tienen razón. Esperan de los otros cierta devoción, una especie de humildad que refuerce su propia autoestima.  Contestan con aspereza o  se cierran en un silencio elocuente que despertaría preocupación si no terminara siendo ignorado por los demás.

Los que eligen la soledad van armando caminos difíciles, desconocidos, que se irán desdibujando a medida que el tiempo aleje a quienes deberían amarlos.

No saben que la misma soledad es un camino incierto, penoso y traicionero.

Una decisión absurda que esconde su propia desgracia.

Y resulta que cuando la vida sigue su curso, lo que se había decidido en el momento de la gloria y el poder, como un castillo en la montaña, se transforma en una condena inapelable, que nadie quiere, hasta que solo quedan piedras deformadas que se recortan contra el cielo muy  azul, y los caminantes dejan de verlas mientras se alejan con su propia vida a cuestas, compartiendo lo que les es dado.

Porque el tiempo, inapelable, ya no deja volver atrás.  La vida me ha enseñado y me sigue enseñando, cada dia, cada día sin faltar uno,  que lo mejor es construir el castillo al nivel del suelo, cerca de los otros, con la puerta abierta para que entren y también para que salgan cuando quieran.

Alcanzo a ver el último de los castillos sobre un peñasco enorme antes de que se haga de noche.  Me da una pena tan grande que tengo apuro por llegar a destino.

Miro a mi amigo ocupado conduciendo el coche y seguramente pensando en cosas mucho más sencillas.  Me arrebujo en el asiento con la mantita de colores y ya estamos llegando al pueblo.  La soledad, decididamente, no es para mí.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando- El pie en el acelerador

6 Jul

Hilachas que van tramando

El pie en el acelerador

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Las pequeñas ciudades alemanas, así como sus pueblos, estallan como burbujas en el verde colorido de las colinas suaves y delicadas en estos tiempos de verano, gozosas de tenderse al sol que se les irá escapando cada día un poquito, hasta hacerse apenas tibio y claramente esquivo el resto del año.  Aparecen  entre uno  y otro valle que se suman y se dividen.  Después vienen valles monumentales  que contienen a otros más pequeños.  Atrás, como vigilantes, unas montañas enormes que se nos van acercando a medida que recorremos más y más kilómetros. Y salpicando todo con una mezcla de fuerza viva y omnipotencia, bosques y bosques que se  mezclan, se alejan y se imponen a la vista.  Bosques desdeñosos que están arriba de la montaña, colgados, allá donde nadie puede alcanzarlos, adonde llegaron sin la mano del hombre. Bosques cercanos, inmensos que nos tientan y nos desafían con las historias de caballeros teutones, de walkirias y de duendes traviesos y maliciosos.

Árboles que se vienen cayendo por las laderas de las montañas para que nosotros entendamos el verdadero significado de la palabra pequeñez.

En el paisaje lo que asombra, sobre todo, es la infinita variedad de planos, verticales y horizontales, todos marcando diferentes tonos en los que predomina el verde, miles de verdes y de amarillos en los campos ya cosechados.  Y las sombras a veces desproporcionadas, que tapan este o aquél recodo del camino, toda una ladera o el río escondido entre las rocas.

Los pueblos se anuncian, como casi en toda Europa, con las torres y los campanarios de cada iglesia.  Desde uno se ve el otro y desde éste el que sigue hasta que todo termina siendo un camino de historia en la que la religión, para bien y para mal, ha tenido protagonismo.  Hay  torres afinadas de líneas sobrias y delicadas que se van hacia el cielo, las hay bien barrocas, con curvas y redondeces y las otras que, a medida que vamos para el este, tienen los campanarios acebollados tan característicos de las iglesias orientales.  Cebollones que brillan como el oro cuando han sido preservados o tienen un especial color verde que toma el bronce viejo acunado por los años y por las leyendas heroicas de las persecuciones religiosas.   Hay algunas de todas estas iglesias cuyos campanarios, recubiertos de esmaltes, despliegan todos los colores.  Al amparo de todas ellas la vida ha seguido su curso con una perseverancia que se nota en las casas llenas de flores de colores, en cada ventana y cada vuelta del camino, en  los campos de labor y el paso sereno y gesto gentil de sus habitantes.

Volvemos a las autopistas. En las más importantes de Alemania, no hay máxima velocidad.  Y los alemanes lo aprovechan. La sensación, conduciendo, es que en el espejo retrovisor veíamos un punto remoto que en un parpadeo está pidiendo paso con todo derecho. Y nos asusta.  Aunque la exigencia de corrernos sea respetuosa, ese coche pisándonos los talones nos asusta.  Como somos seres humanos y tenemos inseguridades puede ser que pasen dos cosas, iguales de peligrosas, la primera es que aceleremos para sacarnos al intruso de encima, cosa que no logramos, la segunda es que volvamos a nuestro carril original dejándole poco espacio al coche que viene por él.  Ambas maniobras son muy peligrosas.

Como en la vida. Todos, una vez u otra hemos empujado al que venía adelante, obligándolo a aceptar nuestro ritmo o a molestar a los otros poniéndose delante de ellos.  Todos lo hemos hecho y es bueno que reflexionemos sobre estos tiempos vertiginosos que, a veces, nos tira la vida. Corrigiendo actitudes y procurando no repetirlas.  Pidiendo perdón y que sea de verdad.

Pero hoy estoy pensando en algunas personas que viven siempre de esa manera. Personas que por irreflexión arrastran a todos los que tienen alrededor a una carrera interminable que les arrea la vida entera. Pensaba en personas que por egoísmo no detienen la carrera aunque otro lo necesite, que ponen sus necesidades por delante de las de los otros.  Que someten a todo el grupo a situaciones dramáticas y definitorias que podrían evitarse por el bien de todos.  Son los que miden la vida según lo que les pasa a ellos.  Los que apenas eran un punto en el horizonte y repentinamente empujan al desastre a toda una carretera.

Los hay, a esta altura de mi vida sé que los hay.  Y también sé que me los he cruzado y por inexperiencia o excesiva juventud alguna vez he dejado que sostuvieran su propio ritmo a expensas del mío.  Como nos ha pasado a todos.

Hay quien ha podido salvarse de tales influencias porque tiene una especial serenidad o porque tuvo suerte.  En cambio  hay quienes acuciados por el que atropella se han cruzado en el camino de otro, multiplicando el daño sin haberlo querido.  O le han dado a su propia vida un ritmo de infelicidad.

A esta altura de la vida sé que hay personas que desordenan la de otras personas, las empujan, las ponen en peligro, las desprecian.   No importa que la suya propia  sea un camino de penurias.  No se dan cuenta y siempre piensan que los otros están obstruyendo  el paso.

Es para pensarlo.  Tratemos de respetar y hacer respetar esas largas y complicadas carreteras en las que va, siempre entrelazada, la vida de todos.  Debemos ayudarnos a mantener el ritmo que las personas necesitamos para convivir con felicidad, que es lo que queremos todos.  Alejemos de nosotros a aquellos que nos empujan, a menos que pueden reflexionar y cambiar sus impulsos.

Hagamos un pacto de honor.

Buena carretera, tiempo para gozar del paisaje, tiempo para comprender a los otros y ser comprendido.  Tiempo de ritmo sereno, parejo, respetuoso de los demás y de uno mismo.  El mismo derecho para todos y un cumplimiento estricto de las reglas de tránsito de la vida.

Cae la noche y las montañas se han hecho tan grandes que ya tengo ganas de no verlas, mientras los valles coloridos y  el sol han desaparecido  ¡¡quién sabe por dónde!!

Me espera una habitación muy sencilla en una casa de gente sencilla. Voy a disfrutar  enormemente de su compañía para salir mañana, otra vez, a la carretera.  Tengo una buena dosis de felicidad, la necesaria, el tiempo que pasa me va dando derecho a decir lo que pienso.  Eso es una buena dosis de felicidad.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando — Caminando por el precipicio

26 Jun

Caminando por el precipicio

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“Cinque Terre”.  Nombre magnífico por lo que evoca y lo que es.   Una tierra dura y escabrosa que se levanta en lo más azul del Mediterráneo, en la Riviera Italiana.  Son cinco pueblos arrinconados contra la montaña, como gemas estrelladas en las rocas que se asoman al mar.  Y entre ellos, senderos angostos que en algunos lugares caen al vacío.  Laderas llenas de flores de colores, viñedos pequeños que se esconden en las vueltas de las montañas.  Escaleritas rústicas que suelen ser difíciles de trepar y que salen de una casa hacia la otra o hacia el cuadrado de la labor de cada día.  Huertas, pequeños estanques para juntar el agua de las montañas.  Pobladores que son amigables y que se paran de una manera diferente, siendo cada uno un equilibrista diestro en eso de vivir sobre superficies que nunca son completamente horizontales.  Estos pueblos nacieron en épocas remotas y fueron construidos con el objeto de estar a salvo de los ataques de otros pueblos que venían del mar a conquistar, con sangre y furia, a saquear y llevarse hombres, mujeres y niños a la esclavitud.  Así se desarrollaron, ariscos y altivos porque nunca fueron dominados.  Terrazas y terrazas de colores comprueban el ingenio de los hombres para sobrevivir, su  voluntad para vivir, su infatigable asociación con la naturaleza que, aunque dura y severa, los cobijó durante siglos y siglos.  Verlos desde el mar es un espectáculo que deslumbra por su magnificencia y su belleza y, cuando ya arriba los recorremos pasando de uno al otro no lo podemos creer.  Hay algunos a mitad de camino del nivel del mar y otros por allá arriba, cerca del cielo.  Y lo más sorprendente: adentro de cada uno, una plaza central de piedra que imaginamos acarreada durante siglos.  Todos tienen una Iglesia más o menos milagrosa cuyo origen es antiquísimo, callecitas que permiten el paso de una sola persona, tabernas, casas, negocios, una vida llena de vigor y movimiento que no se llega a ver desde los bordes, desde donde sí se va muriendo el horizonte del Mare Nostro.  Nos dicen que hasta mitad del siglo XX había algunos habitantes de la zona que nunca habían bajado de la montaña.  Nos dicen que eran felices porque son y se sienten los dueños de toda la belleza del mundo.  Desde el Mar solamente se llega por barco, a pie o en el tren que va bordeando las rocas como si fuera de juguete. Llegamos según las instrucciones y empezamos a caminar, pasando por los cinco pueblos.  En un lugar una escalera de casi cien escalones, en otro un sendero sombreado con bancos para descansar y mirar los matorrales de flores, una casa y el techo con la parra.  Más abajo pequeñísimas playitas rocosas donde el mar se muere suavemente y que, en caso de peligro, eran cercadas desde muy arriba.  En una parte del paseo, entre dos pueblos, hay un camino de cornisa aunque es muy seguro se siente colgado sobre el abismo.  Es imposible caerse pero para mí que sufro las alturas se transforma en una prueba más o menos difícil.  Así  transcurre la jornada.  Entre cantos (estamos en Italia), buena comida y un vino cantarino de la zona (estamos en Italia).  Más tarde volvemos a la ciudad cercana desde donde a la mañana siguiente nos despediremos de nuestros amigos.

Me cuesta dormir porque he pasado un día lleno de emociones y no quiero perderlas.  Antes de cerrar los ojos me siento otra vez en el camino que bordea el precipicio.

Como la vida.  Como mi vida y la de todos.  Con los precipicios pasan muchas cosas.  Uno va o lo llevan.  Mira para abajo aunque le recomiendan no hacerlo o camina con la vista en alto para no tener miedo.  Sabe que depende de los demás y espera que no se lo cruce algún atrevido o bromista o imprudente que lo arrastre al abismo.  Suele temerle pero también disfruta de ese temblor helado que lo despierta y lo pone en alerta.

¡Me pregunto cuántos precipicios habremos recorrido y ni siquiera lo supimos!  La vida es tan incierta y tan repentina que nunca lo sabremos.  Nunca sabremos cuántas veces hemos sido salvados, cuántas nos guiaron a tierra segura, cuántas evitaron que nos asomáramos, y, finalmente cuántas veces salimos indemnes de todo peligro.

Y ¿las veces que caímos en él por nuestra propia imprudencia?

Decía la abuela: “Primero pensar, después decir, y recién entonces, hacer”.

En las cosas importantes ésa es la regla.  En las cosas que nos relacionan con los demás, que siempre son las más importantes, primero pensar lo que nos está pasando, a mí y a ellos, pensarlo bien para no cometer errores importantes.  Después decir lo que nos pasa, lo que queremos hacer, lo que nos emociona, lo que nos ha llevado a dejar de amar o al amor  que nos impulsa a cambiar la vida por otro.  Y decirlo con delicadeza, con compasión, para mí y para él, contar con su humanidad que puede sufrir o gozar con lo que yo digo.  Decirlo dándole el lugar preferente en lo que está pasando.  Decirlo como si no quisiera decirlo o como si fuera lo más importante de mi vida.  Escuchar del otro sus emociones, sus angustias, sus ansiedades y lo que lo hace feliz.  Lo que cree.  Escuchar al otro.  Decirle lo que me pasa y escuchar al otro.  Y después, hacer lo que haya que hacer.

Si lo hacemos al revés estamos caminando por el costado del abismo.  ¡Cuántas veces hemos caminado al costado del abismo!  Por temperamento, por falta de reflexión, por egoísmo u omnipotencia.  Y hemos caído arrastrando con nosotros a los que más queríamos o a los que no lo merecían.  Y nos hemos comprometido sin razón o escapado de lo que debíamos hacer o defender.

Ése es uno de los precipicios que la vida nos tira de frente cuando no lo esperábamos, cuando el paisaje parecía llano y recto, sin curvas escondidas y al ras de la tierra, que es como caminamos todos los días.

Cuando algo es importante.  Primero pensarlo, después decirlo y recién entonces hacerlo. Y volver del viaje a un lugar seguro, sin pesares ni abismos.

Los cinco pueblos increíblemente hermosos son:

Monterosso al MareVernazzaCornigliaManarola, and Riomaggiore.  Los recordaré toda mi vida y espero volver a visitarlos algún día.  Allí, en la montaña, cayéndose al mar azul, llenos de hombres y mujeres valientes que han hecho su vida en equilibrio, caminando con toda elegancia por los bordes de los precipicios.  Cierro los ojos y me animo.

 PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando — Cambiamos

21 Jun

Cambiamos, cambiamos, cambiamos

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Las colinas son suaves y redondeadas, en sus laderas los viñedos se suceden unos a otros como si se quisieran caer.  Las líneas bien tiradas hacen surcos especiales y en cada una hay un rosal que previene las pestes y agrega al paisaje la belleza de sus colores.  Abundan los rojos oscuros, hay también rosados y blancos.  Es un alarde de belleza en lugares en los cuales el trabajo laborioso y agotador parecería ser lo único.  Las diferentes áreas de los cultivos se cruzan y entrecruzan según lo exigen los planos de las colinas. Es un dibujo trabajado e interminable que va de una parte del paisaje a otra pasando por pueblos pequeños, cuyos techos rojos, calles angostas y flores en las aceras los hace únicos y especiales.  Los caminos secundarios se hacen líneas a la distancia, aparecen y desaparecen mezclados con los viñedos y los pueblos.  Cada curva trae nuevas sensaciones y siempre sorprende.  Todos tienen en común el valle del río Marne que corre abajo, de color verde oscuro, perezoso en el verano, flanqueado por hileras de árboles que apenas se asoman a sus riberas.  Pensamos que es demasiado, que es el dibujo de un pintor magnífico quien se ha metido con un paisaje que no existe, que no puede existir y lo ha dibujado perfecto, prolijo, creando lo que parece un espejismo.

Nos detenemos en un pueblo.  La gente saluda con mucha gentileza pero es cautelosa.  Supongo que amanece muy temprano y se retira antes del anochecer, y este ritmo los asimila más a la naturaleza y menos a simples pasajeros que llegamos y nos vamos en un instante.

Pero un hombre se acerca y con toda amabilidad nos pone un poco en situación.  Así compartimos una comida y se va la noche charlando y charlando.  Nos dice que es la sexta generación de viñeteros, que ama lo que hace y no piensa en cambiar nada.  Cuenta algo de su trabajo y lo orgulloso que está de los productos de la zona.

Entonces dice algo que me despierta cierta inquietud.

“No pienso cambiar nada de mi vida porque todo está bien y acá en el pueblo tengo todo lo que quiero y todo lo que me gusta”.

Me equivoco.  Mi primera reacción es de una dudosa simpatía.  No puedo creer que alguien no esté necesitando un cambio en su vida. Que todo sea para él satisfactorio si es inalterable.  Ya no me quedo tranquila.  Un cambio es una sustitución, algo que se va y algo que llega.  Es un contraste total entre dos cosas por el que una se transforma en otra.  Cambiar es dar o recibir una cosa por otra que la sustituye.  Es mudar la risa en llanto y la tristeza en alegría.  Así de categórico.  Es sustituir y reemplazar.  Intercambiar, dejar de ser lo que uno era.

El mundo actual tiene el cambio como uno de los paradigmas de la felicidad.

Por eso aún cuando se trata de cosas importantes en nuestra vida, hablamos con toda ligereza de cambiar.

Empezar de vuelta.  Rechazar todo lo que hasta ahora o hasta casi ahora era la felicidad, dejar caer los brazos, renunciar a esperar más tiempo, a descubrir, a reflexionar, y  elegir  el cambio.

Como una fuga hacia adelante.  Sin darse cuenta de que eso significa perder el que era antes para ser alguien diferente, nuevo, con otros tiempos, otros amores y otras soledades.  El cambio por el cambio mismo como si la magia de ser otro asegurara la felicidad eterna.  Como si estar en otro lugar me diera la conjunción entre lo hubiera querido ser y no pude.  Entre lo que hubiera querido vivir y no he podido.

Todo cambio tiene una causa.  Cuanto mayor es su necesidad, mayor es la angustia que ha provocado su deseo.  Cada cambio tiene un costo, perder una parte de uno mismo. Sin embargo hay muchos momentos en nuestra vida en los que un cambio es indispensable para que sigamos siendo nosotros mismos.

Empezamos a aclarar  algunas cosas.

Lo primero es preguntarme si ese cambio es volver a ser, si me había perdido y tengo cambiar para que nada cambie.  Lo otro, si estoy considerando cuánto de mi vida, cuánto de mis amores y mis necesidades estoy dispuesto a cambiar para empezar de nuevo.

Todavía no está claro.  Entonces como una lucesita que titila y amenaza con apagarse llega la respuesta.  La pienso y la digo antes de que se me apague.

No se trata de cambiar lo que soy, sino de mejorar lo que soy para cambiar lo que me pasa.  En una de ésas no tengo que abandonar una familia, no tengo que dejar un país, no tengo que renunciar a un amigo.  Tengo que reconocer lo que me pasa, superar mis propias  contradicciones, hablar con quienes amo, resolver con generosidad para mí y para los otros. Dejarme llevar un poco por la vida poniendo lo mejor que tengo para cambiar lo que corresponda y aceptar lo que me queda.  A veces creemos que cambiamos y sólo hemos estado dando vueltas alrededor de algo sin acercarnos siquiera.  A veces creemos que hemos mejorado y solamente hemos cambiado.

Mala ecuación la de cambiar sin mejorar.  Mala decisión.

La dimensión humana está verdaderamente en el equilibrio entre lo que soy y lo que quiero ser.  La felicidad entre lo que tengo y lo que quiero tener.  La sabiduría: aprender a descubrir una y otra cosa.

Sigo aprendiendo de las personas que menos hubiera pensado.  Dejo a mi inocente interlocutor, el que tiene puesta la “camisa del hombre feliz” y me voy a mi propio mundo sin temerle a los cambios.  A los que me vengan y a los que provoque yo misma, siempre que sea para mejor.

Es tarde, volvemos por unos caminos sinuosos a la luz de una luna gorda y brillante.  Nada me hubiera complacido más.  Le doy gracias a Dios por tanta belleza de la que está siempre allí, siempre igual para todos los hombres del mundo.

 

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Hablando de Espacios

14 Jun

Hablando de Espacios

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Las sombras se alargan huyendo de las montañas y de golpe se caen abruptamente cerca de ellas.  Atardeceres muy cortos para una pampeana como yo, acostumbrada a los espacios en los que el horizonte no se termina y la Cordillera aparece demasiado grande, demasiado alta, demasiado  fuerte.  Vemos blancos y marrones, vetas verde oscuras y guiñapos de sol que se van colando.  Aquella majestuosidad nos hace callar y nos empequeñece hasta el silencio absoluto.  Vamos rumiando nuestro desconsuelo porque en esos lugares somos insignificantes. Solamente nos queda juntarnos y …respirar profundo.

La  superposición de los valles, uno atrás de otro, y otro que aparece donde no se esperaba y todo en un desorden divino y, como tal, imponente, nos hace creer que la huida eterna es el único camino.  Hay algún peñasco enorme y oscuro que parece salir de una cueva mitológica, el arroyo empieza a correr y el hielo cubre los charcos grandes.  Cruje la tierra, cae la noche y casi huimos despavoridos de tanta grandeza.

Después entramos y todo el grupo alrededor de la chimenea, disfrutamos de la noche adentro con un vaso de vino caliente con canela, que quiere, quiere pero no puede,  hacernos olvidar, del todo, que la inmensidad sigue allí con sus gigantes agazapados, eternos y fabulosos.  Quiero correr las cortinas porque me asusta que este horizonte se termine ahí nomás. Estoy acostumbrada a que cualquier atardecer mi sombra puede llegar hasta el fondo de la legua, hasta el infinito.   Uno por uno me van abandonando todos ya que la jornada fue dura y las caminatas largas y difíciles.  Me quedo bien abrigada mirando las brasas de todos colores.

Y voy pensando.  ¡Qué simbólico esto de los espacios!  De las dos dimensiones que sitúan al hombre, el Tiempo y el Espacio, esta última es la que puede mostrarse gráfica y realmente.  Lo primero que se me ocurre es que los espacios son más o menos reconocibles y más o menos aceptados según sea el lugar en el cual crecimos y vivimos durante nuestros primeros años. Siempre recuerdo un italiano amigo de mis padres que, habiendo llegado al Puerto de Buenos Aires se trasladó a una ciudad a más de 500 km de distancia y en un momento tuvieron que detenerse porque estaba descompuesto, desesperado ante la lejanía que no se quebraba para ninguno de los lados.  No sabía explicar qué le pasaba, pero era como un niño abandonado. Él necesitaba espacios aéreos fragmentados por montañas.

Esos primeros espacios nos marcan, algunos nos unen y otros nos separan absolutamente.  Forman nuestro carácter y tienen un efecto contundente en nuestra vida.

 “Espacio: Continente de todos los objetos sensibles que existen//Parte del continente que ocupa cada objeto sensible// Transcurso del tiempo.

Espaciosamente: Con espacio y lentitud”

Espacioso: Ancho//Dilatado//Vasto// Lento, pausado”

Espaciar: Poner espacio ente las cosas// Esparcir, divulgar, difundir, dilatar”

Todo tiene que ver con el Espacio en el cual se desarrolla nuestra vida.  El que le damos a los demás y el que necesitamos para nosotros.  El que podemos compartir y disfrutar.

No  lo tenemos claro.  A veces por el amor que estalla, otras por necesidad, competencia, egoísmo, ceguera, vamos avanzando sobre el espacio de los otros y perdemos la proporción de todo.  Y también defendemos fervorosamente el que consideramos nuestro, nos pasamos, exigimos que sea mayor que el que merecemos o lo resignamos en nombre no sabemos de qué.

El lugar especial en el que estallan los espacios es, sin duda, el de la Familia.  La Familia nos contiene a todos y a cada uno de nosotros.  La casa en la que vivimos, el hogar, el mundo de cada familia, es el hueco donde nos sentimos más seguros, donde deberíamos sentirnos más seguros.  Allí siempre, o debería ser siempre, alguien nos ama, nos escucha, nos reprende y nos comprende.  La Familia y los amigos son los lugares en los cuales se nutre la esperanza.  Nuestros amores son los que cierran filas ante las dificultades que aparecen en la vida, que siempre aparecen, y se juntan para festejar los buenos momentos.  Lo ideal entre la gente que se ama es que procuren vivir de tal manera que cuanto menos espacio dejen entre ellos, más espacio tenga cada uno para crecer en libertad.  La fórmula perfecta del amor.

Me estoy imaginando el mundo de los hombres y sus juegos de espacios.  “Poner espacio” en el respeto de la intimidad de cada uno, confiando que esa persona sabe que allí estaremos siempre que nos necesite.  Cruzar los espacios que a veces se entrecruzan y otras se complementan.  Algunos para disfrutar juntos, para elegir lo que nos conviene, para crecer.  Espacio es el lugar entre mi cama y la de mi hermana justo cuando estira su mano para calmar alguna pena de amor adolescente.  Y el pedacito de cielo azul que se ve desde el patio donde jugamos.  El que desaparece en el abrazo de los amantes.  El que se llena de silencio para respetar el silencio del otro.  El momento de reflexión que nos hace acercarnos o alejarnos prudentemente del que lo necesita, según qué necesite.  El que borramos para consolar.  Espacio somos todos y cada uno de nosotros para los demás.  Conviene empezar a reflexionar sobre esto.  Para aprender a no robarlos y saber dónde y cuándo nos corresponde ocuparlos.

Nuestra vida es como la separación que hay entre las rayas de un pentagrama, ordenando la melodía.  A veces merece un tiempo más lento, a veces mucha velocidad.  Hay tiempos en que los espacios se llenan de fantasías y otros que se necesitan para resolver problemas cotidianos, para estar en soledad, para pedir perdón, para aventurarse, para compartir un lugar y un momento que no valdría nada si estamos solos.

Recuerdo mi deleite cuando una maestra inspirada nos enseñó a entrecruzar arcos dibujando con un compás.  Recuerdo como se  iban formando pétalos y después flores y más tarde fantasías que pintábamos de distintos colores.  Teníamos seis años y llenábamos las carpetas que nunca eran lo suficientemente grandes.  Aprendimos a crear belleza creando espacios y llenándolos de luz con todos los colores posibles.  Nos sentíamos halagadas, conformes y orgullosas de aquellos “cuadros” que se quedaron en el rincón más feliz de la infancia.  ¡No sabíamos que, sin saberlo, podríamos haber estado dibujando nuestra vida!

Me estoy olvidando de los miedos que me provocaron estas enormes montañas que parece que se me vienen encima.  Allí los espacios aparecen mirando el cielo.  En mi tierra mirando a lo lejos.  Todos nos enseñan la experiencia vital de tener que adecuarnos a los espacios diferentes, a los espacios que nos tocan.  Y así es con los demás.  Ajustamos nuestros lugares, agregamos las luces y tratamos de vivir en una delicada armonía.

Mañana volvemos a la ciudad.  Camino por las veredas apretadas, respiro profundamente y decido que le voy a dedicar mucho tiempo y empeño a esto de los espacios míos y de los otros.  Por eso de que mejorar las relaciones con los demás hace que la vida sea mejor.  Así es.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El poderoso efecto del lenguaje

4 Jun

El poderoso efecto del lenguaje

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¿Cómo hemos llegado a estar en este lugar? Las vueltas de la vida imponen, algunas veces, buenas sorpresas, otras impensadas calamidades.  Estamos por lo primero.  Un viejo amigo de la juventud nos ha invitado a una serie de seminarios.  El pueblo encerrado entre los cerros es distinto a todo lo que habíamos conocido.  Es achatado, de colores como los cerros que lo rodean.   Silencioso y dueño del tiempo.  Todos sus habitantes tienen el señorío de los montañeses.  Caminan sin apuro porque las subidas son notables y sobre todo, lo que más nos llamó la atención, es su forma de hablar.  Pausada,  marcando con inspiraciones y exhalaciones los accidentes gramaticales que podemos reconocer como si lo estuviéramos leyendo.  Es un verdadero placer escucharlos.  Y también descubrimos que tienen un lenguaje cuidadoso, lleno de palabras bellas, porque hablan el castellano más puro.  Con mi amigo nos descubrimos disfrutando de las bellezas de nuestra lengua heredada de los siglos de oro de la herencia castiza.   Bienvenidos a su tradición.  Escucharlos tiene dos consecuencias.  Una es que disfrutamos como si nos llenáramos la boca de chocolate caliente, espeso y dulzón.  La otra es que empezamos a copiarlos y vamos eligiendo cuidadosamente las palabras, aún en nuestro lenguaje coloquial.  Nos atrevemos y usamos términos y giros idiomáticos que resultarían rebuscados en la vida de la ciudad.  Es una experiencia fantástica.

Voy preparando mi exposición y no me cuesta casi nada porque todo inspira en este lugar del mundo.

El lenguaje es un  instrumento indispensable para el pensamiento.   Basta que se nombre algo para que se convoque su existencia.  Un nombre que se le da a una persona significa, desde entonces, esa persona.  Con todas sus condiciones, ni más ni menos.

Considerando que hoy en la cultura de la comunicación en la que vivimos toda palabra llega a todo el mundo, nunca como ahora en la historia del hombre el uso adecuado o inadecuado del lenguaje produce el cambio inevitable de los paradigmas del comportamiento a niveles  insospechados.

Por el lado negativo agreguemos que nombrar las cosas perversas, malas, peligrosas o letales con palabras que se aplican a la vida cotidiana “levanta” el significado de tales cosas y les saca peligrosidad; las hace “amigables” para el hombre común y a partir de allí se transforman, lentamente, en moralmente correctas.

Si se persiste en usar ese método para ir socavando la vida societaria, cosa que siempre se hace por interés, por dinero o por poder, terminan aquellas cosas hoy despenalizadas en ser legal y socialmente impuestas.

Se usan palabras cuyo significado siempre ha sido cuanto menos injurioso en el lenguaje común y, a fuerza de usarlas, por una desgraciada paradoja, se transforman en una ponderación del vínculo con el otro.

En este momento lo que me despierta tales reflexiones son las palabras de un Intendente, quien dijo que en su ámbito, “no hay narcotraficantes, son pequeños repartidores que se encargan de la venta minorista, pequeños vendedores de drogas que lo hacen al menudeo”,  con lo que asimila esa actividad a cualquiera de un comerciante minorista normal, que trabaja dentro de la ley y las buenas costumbres.  Si  se sigue esa línea de  lenguaje y se empieza a hablar de menudeo, repartidores o venta minorista,  en lo referente a la venta de drogas, lentamente se va imponiendo en el inconsciente colectivo que las dos cosas son iguales.  Se pierde primero el miedo y después el rechazo.  Finalmente da lo mismo una cosa que otra.

¿Exageración?   Busquemos ejemplos en el lenguaje abrumador que usan nuestros jóvenes,  que alguna vez copiamos los adultos y que degradan la definición de muchos valores.  No sólo se degrada el lenguaje, cambian los conceptos, todo da igual, el insulto es ponderación.  La injuria se disfraza de familiaridad con el interlocutor.

Me niego a dar alguno de estos términos porque no quiero darles entidad.  Lo dejo para cada uno de los lectores.

Exactamente lo mismo sucede en el ámbito de las relaciones humanas.

El lenguaje cotidiano con aquellos que amamos, y también con todos los otros, marca inevitablemente la clase de relación que tenemos con ellos.

El lenguaje acompañado por la disposición gestual es todo lo que nos exhibe con nuestros semejantes.  No hay otra forma de hacernos conocer y de conocer a los otros;  no hay otra forma de demostrarles cuánto los amamos y cuánto nos importa su felicidad y su relación con nosotros.

El lenguaje, el gesto y el silencio son los tres actos humanos que nos exponen primariamente ante el prójimo.  No hay otras formas de comunicación en lo personal.

Es bueno reflexionar sobre esto y acostumbrarnos a modificar nuestras expresiones, los tonos de voz, el silencio respetuoso, la sonrisa y el uso del cuerpo cuando se trata del sutil lazo que nos une a los demás.

Sigamos esta línea de pensamiento partiendo de tal exposición.  Exponerse es: mostrarse, presentarse, exhibirse, manifestar, declarar, notificar, explicar, interpretar, aventurarse, arriesgarse, ostentar y exteriorizar.  Eso es lo que hacemos cada minuto de nuestra vida cada uno de nosotros con todos los demás.  Hermosa riada de palabras que nuestra lengua castellana nos regala con tanta generosidad para que ejerzamos el señorío de una estirpe.  El mismo señorío que deberíamos elegir para nuestro lenguaje cotidiano.

El trato puede dignificar o despreciar a una persona.  La palabra crea.

El paisaje se hace complicado, pero siempre bello.  Las callecitas adoquinadas con piedras milenarias terminan en el vasto horizonte de los acantilados.  Sendas de agua se dejan para que no se aneguen las calles, hay flores y flores de colores cuya disposición en innumerables planos las hace ver desde cualquier parte del pueblo.  Las casas, los rincones, los jardines, cada recodo es amigable y bello, sobre todo inesperado.  Sigo caminando por este paraíso al que me ha llevado la vida de una manera sigilosa.  Dejo de pensar y de “rumiar” como me dicen mis amigos.  Seguimos caminando mientras conversar se ha transformado en uno de los placeres que casi, digo casi, habíamos perdido.  Hablamos con espacios, usamos palabras bellas y sentimos que nos reforzamos en nuestra humanidad.  El paisaje acompaña.  Trataremos de llevarlo con nosotros para siempre.  ¡Ojalá así sea!

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Ser – Querer ser – Poder ser

5 May
Ser –  Querer ser  –   Poder ser
Desde esta altura la ciudad crece con sus luces. Edificios enormes, ventanas iluminadas irregularmente que los redibujan de tal manera como para que sean de día unos y de noche otros. Los coches son decenas de  miles, como pequeñas hormigas presurosas con flashes disparados al acaso que se cruzan y se mueven, se escapan y vuelven. Calles amplias y avenidas anchas e imponentes como catedrales.  Es un bosque impenetrable de inmensas estructuras que compiten en formas y tamaños para llegar al cielo de un atardecer inolvidable, herido en su cemento por el parque de faroles tradicionales y terreno quebrado capaz de re ubicar cada noche sus sombras, siempre que en el cielo aparezca la luna, grandota y redonda con cara de vieja sabia.
Dios hizo la Cordillera y los hombres hicieron esta ciudad extravagante a fuerza de ser hermosa.  Dios creó el silencio y la soledad en sus montañas, los hombres llenaron de sones interminables, de luces, de movimiento y de  arrogancia su cordillera.
NYC SILUETA
Amo a esta ciudad, como millones de personas siempre estoy llegando a ella y siempre estoy partiendo con el sentimiento de pertenecer y de ser un extraño al mismo tiempo.  Se ha terminado el seminario, se han ido los nuevos amigos y me espera un año de trabajo del que me gusta;  pero estoy melancólica, pensativa y lejana. Mi amigo se acerca al ventanal enorme desde el que parece que estuviéramos en el aire sin ningún sustento, me abraza y me da un vaso de buena bebida con dos o tres cubos de hielo. Nos quedamos en silencio, sometidos al poderoso influjo del paisaje de la ciudad.   Los hombres se ven de lejos y son pequeños, insignificantes, peor aún, desdibujados.   ¡No se sabe ni qué son! Brutal y categórica afirmación que me desconcierta porque refleja acabadamente lo que estoy pensando.
¿Qué somos en este mundo que parece no tener verdades verdaderas?
Cada sociedad crea valores relativos a sus necesidades, sus circunstancias y sus apetencias.  Esos valores cobijan todo lo que se nos vuelve atractivo porque acceden de algún modo a nuestros intereses primarios.  Los hombrecitos que corren a sus casas desde la ciudad rutilante están sometidos, cada uno de nosotros estamos sometidos, a los valores impuestos por su tiempo.  Este tiempo.
La Edad de las comunicaciones, la Edad de la Información.  La civilización de la Imagen.  Por encima de todo, abarcando todo lo que pasa por nuestra vida.  En este arrogante siglo XXI el modo en que “vemos” las cosas es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos.  La reflexión en profundidad  de cada uno acerca de sí mismo ha pasado a ser un bien escaso, temible y siempre inoportuno.
Contrariamente a otras épocas de la historia en las cuales solamente se clasificaba a los seres humanos en situaciones privilegiadas o notables, el resto era “gente común”.  Actualmente podemos decir que todos entramos en algún tipo de clasificación que nos acota dentro de determinadas “conductas” y nos sitúa en el mercado.  En este imperioso siglo XXI, como nunca, vivimos acorralados por los estereotipos.
“¡Vamos con la palabrita!”:
Estereotipo: “Exageración desorbitada de una condición humana que se repite y se repite”.
Nosotros, los hombrecitos, no tenemos muy claro el “ser”.  Por eso  nos inclinamos deslucidos y consternados ante el modelo que nos toca.  Considerando que siempre nos “toca” un modelo, que puede ser más riguroso e imperativo o simplemente gentil.
Ha empezado a llover, miramos desde arriba lo que se ha transformado en callecitas mojadas. La lluvia en esta ciudad es gorda, pesada e inclemente y contra los vidrios desdibuja en cataratas cualquier realidad hasta crear formas extravagantes que se mueven vertiginosamente.  Me corre un escalofrío, cierro mis brazos alrededor de mí misma.  Le hemos estado dando nombres a cada realidad parcial y con el nombre una identidad concreta, inventada a veces pero concreta. Tanto que la que les toca mueve a las mujeres y a los hombres  a parecerse a ella, a entregarse enteramente a ella.  Me inquieto.
Mujeres.  Antes podían ser jóvenes o mayores, madres o célibes, artistas o maestras, bailarinas o costureras, bellas o feas, todas mujeres, mujeres, mujeres.  Maravillosas, categóricas, asustadas, felices, valientes, perseverantes, enamoradas y gentiles, mujeres, mujeres, mujeres.   Todavía lo que debía ser, era. Y luego venían las majestuosas conquistas que nos iban dando cada día más libertades.
La lluvia ha cambiado las formas, las ha hecho casi diabólicas, las luces se han vuelto rojas y amarillas.  La ciudad hostil.
-“A las mujeres se las quiere hacer hombres”-.
-“Estás desvariando”-
-“Se las quiere hacer hombres, te lo digo. Y a fuerza de reinventarlas como hombres, salen al ruedo de su sexualidad arremetiendo. En el mejor de los casos sin rubores; en el peor, creyendo que su trasero es más importante que su cara y ésta más importante que sus sentimientos.  A  fuerza de reinventarlas y reinventarlas, lo que “es” se transforma en lo que “debe ser”.  Cuando lo que “es” no responde a una verdad y a un principio universal y se limita a una convención cultural determinada y precaria, el peligro es que se transforme en el “debe ser” que cambia roles y conductas de millones de individuos, en este caso de mujeres y con ellas, en forma negativa, a la sociedad a la que pertenecen.  ¡Ah!  Además de hombres deben ser exitosas, responsables, madres a medio tiempo pero felices, luchadoras, fuertes, poco demandantes, rigurosas en sus tareas, comprensivas ante las infidelidades que son “inevitables”, recuperadas a menos de un mes del nacimiento de sus hijos, gimnastas, actualizadas, decididas, resueltas y categóricas.  Sobre todo no deben ser diferentes a los hombres porque en este mundo cruel todos somos relativamente iguales pese a quien pese.
Deberíamos recordar más a menudo que las mujeres somos pura emociones y sentimientos y que desde lo corporal somos para adentro, mientras los hombres son para afuera.  ¡Que nos surge la ternura a borbotones cuando los vemos a los hombres tan torpes para hablar de lo que les pasa.  O que somos generosas porque, sin tener hijos, somos madres en potencia.  Que tenemos miles de conexiones cerebrales que nos hacen hablar, responder, escuchar, retar, gozar y sufrir, hacer y reír al mismo tiempo, mientras nos entendemos perfectamente con las otras mujeres que están haciendo lo mismo, al mismo tiempo.  Que somos tan inteligentes como ellos pero más intuitivas.  Que tenemos la misma capacidad pero estamos más atentas a lo que pasa con los hijos.  Que, como dice el dicho: “No importa que el mundo esté listo para explotar, igual, plantaré mi duraznero.”
 Y, ¡¿cómo se me ocurrió describir otra vez a mis queridas mujeres, de una manera tan considerada  y un poco anticuada?! Me lo permite una etapa de la vida en la que he perdido casi todos los miedos, los complejos y las imposiciones; he ganado la libertad que quiero para ellas.
Y  ¿los hombres? , en la ciudad magnífica, están  los hombres.  Todos.  Y para a ellos, también,  con todas las cosas que el nuevo mundo ha mejorado para todos, aparecen algunas que les alteran el camino y desdibujan su verdadera identidad. ¡Correte, chiquito!
Somos muchos y, cada uno de nosotros es distinto, único e irrepetible. Tenemos, sí, ciertas características que nos sitúan en un grupo y es bueno que podamos, de alguna manera, “clasificarnos” para todos los propósitos prácticos, para que los gobernantes puedan gobernar, para que los empresarios puedan fabricar y vender, para que la salud se mejore para todos, para que la ciencia avance.  Pero la gran conspiración se puso en marcha.  Después que nos dibujan el “ser”, nos cae encima, como un montón de escombros, el “querer ser”.  Igualitos al modelo que nos proponen los especialistas en modelos y definiciones, siempre relativos, siempre lo más lejos de la verdad que se pueda.
Quiero convocar a una cruzada de sencillez y realidades claras; nada de someternos a reglas que aparecen de la nada.  Sí, quiero ser un adolescente respetuoso y prolijo, un adulto mayor que no necesita artilugios para el sexo, un matrimonio de muchos años de casados que es feliz y agradecido de la experiencia. ¡un hombre y una mujer fieles a su pareja, que ni siquiera se distraen mirando alrededor!  Si quiero ser, querer ser, poder ser, lo que soy, sin que nadie me “diseñe”, lo hago!  En el laborioso y arduo camino de la Ciudad, voy desdeñando los conflictos que tengo yo conmigo cuando dejo que otros manden.
Quiero hombres que tengan algunos rasgos femeninos para que puedan dar ternura y generosidad, que sepan escuchar y que sean constantes en sus amores. Quiero mujeres que sean valientes como los hombres, pero para causas bellas.  Que sean cerebrales para mejorar, mejor, al mundo.  Que tengan el arrojo de decidir sobre su propia vida y que lleguen a los cargos más altos  porque lo merecen.  Y también quiero que las diferencias entre unos y otros  sean claras, relucientes e integradoras.
Es hora de bajar y salir por la ciudad.  Me mira con cara de ¡ya está bien, basta de filosofar!  La misma sonrisa burlona que tendrá mientras caminamos entre otros miles por esta ciudad fascinante.  ¡Viva las diferencias!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Suficiente–Demasiado

1 May

SuficienteDemasiado

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Este capítulo debería llamarse Camogli y la balanza,  porque la imagen  de esa bella ciudad de Italia se interpone a cualquier intento de reflexionar sobre temas concretos.

Sólo visiones y visiones de las pequeñas casas montadas sobre calles de diferentes niveles, calles empedradas y sinuosas que suben y bajan y se encuentran en esquinas de ángulos tan cercanos  que extendemos los brazos y  alcanzan para contenerlos.   Una para arriba, otra para abajo siguiendo lo que habrá sido el sendero de las mulas cuando Europa era nueva.

Las casas mágicas de Camogli tienen la entrada en la calle de arriba, con el patio bien abajo  y para acceder debemos cruzarlo con  un puentecillo privado, de barandas de hierro adornadas con forma de flores y racimos de uva, producto de la imaginación de algún artesano enamorado.  Los patios, de cerámicos de colores y plantas airosas,  están enganchados a la parte posterior, abajo, donde está la otra entrada- salida, que, ahora sí, da a  la bahía y al mar. Uno se pregunta cómo será vivir en una casa entera de escaleras y recovecos.  La bahía es pequeña y rodeada de edificios apiñados y agarrados como temblando a las laderas;  y parece que fueran a caerse o a volar. Todos de colores pastel y engañosos porque  en muchas paredes hay dibujos de ventanas y paisajes y frentes de casa de paredes amarillas y persianas verdes que se mezclan con las verdaderas hasta que uno no sabe dónde está la verdad y dónde los sueños. Como si los habitantes de  la ciudad quisieran confundirnos para que no nos quedemos.  Para que “se enamoren de nosotros, nos amen y después se vayan”.

Camogli  – Caso delle Mogli, “la casa de las esposas”. La historia es la de las mujeres de los pescadores que quedaban en el pueblo, vacío de hombres cuando estos salían a pescar.  Ellas  pintaban y pintaban sus casas, cada una de un color diferente para que sus maridos las reconocieran cuando estaban volviendo del Mar Nuestro y fueran palpitando el abrazo que festejaba otra victoria de la vida sobre la tormenta.  Casas que, cuando no volvía un pescador, dejaban de pintarse por años hasta que algún varón de la familia tomaba su lugar y empezaba el nuevo desafío.  En esta ciudad las casas se mezclan sin morigerarse, al contrario, se exaltan, se ponderan y se atropellan, como las flores multicolores que caen en cascadas de las rocas; las armonías y los contrastes, los colores, los desniveles, la historia, los sonidos y el sol sobre el mar más azul de la tierra.

Caminando por una de las callecitas interiores pasamos por una pequeña tienda de antigüedades que ¡son antiguas cuando se trata de Europa!  En la vidriera atiborrada de cosas había una balanza de dos platos dorados, con el triángulo de la aguja en el medio. Larga y retacona, negra, fileteada de dorado. Brillante y desdeñosa, como si le tocara pesar las injusticias del mundo. Me enamoré.  Tuve que pelear para comprarla y convencer a mi amigo de que podíamos traerla en el avión.  Aunque reconozco que fue muy difícil, lo logré.  Me la desarmaron y la colocaron en una caja más o menos fuerte. Era del siglo XIX, de origen alemán pero, según el vendedor, se había venido para Italia a buscar sol y alegría.  Después se vino con nosotros para enseñarnos algunas cosas de la justicia.

En el puerto, en plena bahía al amparo del mar nos sentamos aquella tarde de verano. Los barcos se mecían a destiempo y el rumor de las olas golpeteando contra el muelle nos producía una especie de serenidad ideal para disfrutar del atardecer. Habíamos comprado un buen vino rosado y dos copas de cristal que todavía se lucen en la vitrina que tengo ante mi vista.  Levantamos nuestras copas para que las últimas luces las atravesaran.  Éramos tan jóvenes como ahora que no somos tan jóvenes.  Y tan felices como ahora que ya no somos jóvenes.

La balanza y Camogli me robaron lo suficiente y lo demasiado.  Uno de los conceptos más precisos y sutiles que tenemos que distinguir en cada momento de nuestra vida.

¿Cuánto es suficiente y cuánto demasiado cuando amamos? ¿Cuándo es suficiente el esfuerzo en nuestro trabajo y cuándo es demasiado? ¿Cómo reconocemos el momento de ceder, si se nos confunde el demasiado pronto con el demasiado tarde? ¿Es suficiente la regla de vida con nuestros hijos o les pesamos demasiado?  ¿Tenemos suficientes cosas o nos están aplastando los “demasiados”?  En una sociedad que convoca para que todo sea “demasiado”, ¿quiénes nos ayudan a reconocer lo “suficiente”?

¿Soy una mujer, una amante, una madre, una hija, una hermana, una amiga “suficiente” o peso en los demás con un “demasiado” rotundo que los aleja de mí? ¿Pido demasiado? ¿Doy lo suficiente? ¿Me dan de más o está todo bien? ¿Alguien se sobrepasa o yo me quedo corta? ¿En qué? ¡En todas las cosas de la vida cuyo valor ya debería conocer a esta altura de la mía!  Pero somos muy humanos los humanos. No tenemos el juicio certero. Vamos y vamos caminando por las callecitas de lugares como esta ciudad bellísima y no damos siempre en la tecla de la justicia! Por ahí, entonces, se cuela el dolor que provocamos unos a otros. En una de ésas todo se trata de saber elegir las pesas y ponerlas adecuadamente en la balanza.

Confusiones de vida que no se resuelven con facilidad. Reflexiones que siempre tienden a mejorarnos. Cruces de caminos que nos ponen en el lugar más armonioso y nos permiten ser más felices y hacer más felices a los demás.  Imposible es, para mí, descubrir el punto exacto en el que se cuele la justicia.

Saco de su caja las pequeñas pesas doradas que se escalonan de una manera casi graciosa, como soldaditos de juguete, las tengo en mis manos, le doy a cada una un nombre especial y las voy alternando en la balanza como si yo conociera el valor exacto de cada cosa.  Todavía, a esta altura de mi vida tengo un largo camino para recorrer y, casi siempre, como todos, seguiré  eligiendo reiteradamente  con mis sentimientos y mis emociones.  Que Dios me ayude.

Esperaré a mi amigo con una copa de vino rosado y lo voy a invitar a repetir un atardecer en Camogli, como para que esta hermosa ciudad se quede en nuestro futuro. Que siempre esté en nuestro futuro.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Tarde de Campo

28 Abr

Tarde de campo

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El paisaje es único.  La casa colonial está al final de un camino de unos cuantos kilómetros  que mezcla con lápiz fino los potreros, los arroyos y las sierras de distintas formas y tamaños. Para llegar hay que abrir tres o cuatro distintas tranqueras. Es de rigor, aparecen en un recodo o se descubren en el horizonte. Se baja otro, nunca el que maneja. En cada curva, cambia el paisaje y la luz que lo alumbra. Nos va dejando sin aliento. Venimos desde que éramos niños y nos va dejando sin aliento. Si llegamos de mañana estalla el sol por doquier y el paisaje es amigable, de colores, sereno. Si llegamos de tarde va cayendo una melancolía que apura el paso y tenemos ganas de escaparnos de esa enorme maravilla para aterrizar en la cocina campera con relumbrón y mate cocido.

La entrada propiamente dicha nos lleva al patio trasero de la casa por una avenida que mide algo así como doscientos metros. Es  un camino de tierra de unos doce metros de ancho, bordeado, de cada lado,  por dos hileras de abetos azules que se quieren tocar a cierta altura.  Serían demasiado imponentes para nosotros si no fuera porque antes del horizonte se van dibujando, a uno y otro lado del campo, las últimas estribaciones de las sierras que son silenciosas e imponentes pero declaman a viva voz su majestuosidad.

Vamos viendo laderas de colores verdes y marrones, animales que se juntan en racimos.  Vegetación cada vez más importante hasta que en el llano, aparecen los colores de la siembra amarilla y la casa que es enorme aunque parece pequeña en el paisaje.

Alli vive gente que queremos mucho.  De ellos me acuerdo esta tarde.

Estoy sola en casa, empiezo a sentirme inquieta.  Entro del jardín adonde estuve trabajando en los canteros y doy vueltas hasta que me siento a la computadora.  Tengo miedo, confusión, ansiedad.

La pantalla se me hace enorme y me quedo mirándola hasta que las cosas se van aclarando.  Me acuerdo de don Adolfo. Me lo contó una tarde de otoño, sentados los dos en la galería de baldosas con filigranas, bancos de plaza verdes y el cuadrado de pasto con los rosales de floración tardía.

“Me pasó hace muchos años. Yo había contratado a un administrador porque el trabajo del campo y los números juntos se me habían hecho pesados.  Quería alguien que entendiera de estas labores. Quedarme tranquilo, tenerle confianza, descansar  y, para qué decirlo, pagarle bien y que lo mereciera!

Este hombre llegó con muy buenas recomendaciones. Se me hizo familiero y simpático y las cosas se iban dando como yo había querido.”  Don Adolfo levantó la vista hacia el borde afilado de la sierra que está al lado de la casa, allí mismo adonde se ocultaba el sol y se veían los jinetes volver de la cabalgata. Sus figuras recortadas arriba  como sombras de un teatro chino, sus voces lejanas y el canto alargado de los benteveos que se iban a dormir- “Hasta que algo empezó a ir no tan bien. ¡Ya sabe! Alguna vaca que se fugaba por el cañaveral, las cuentas que se venían abultando y, algún que otro desconocido al que se contrataba para tareas ocasionales. Las cosas empezaban a no gustarme.”- Suspiró y apareció esa sonrisa maliciosa que solamente he visto en nuestros hombres campesinos, escurridiza como un rayo de luz,  que los pone más allá de cualquier pretendida picardía ciudadana.-“Empecé a repasar los números con más cuidado, me volví a subir a la camioneta a contar las vacas, revisé los contratos y me di cuenta de que el señor administrador estaba “refalando” en la tarea de administrar “mi” estancia.  ¿Sabe m’ija? Le di la oportunidad! ¡Bien qué se la di! Pero el hombre no entendió lo más importante de todo. Lo hablé con él un par de veces. Nada, la cosa seguía mal. Teníamos un contrato que yo quería cumplir porque, soy de otra clase! En cuanto se cumplió el plazo legal lo di de baja!»- Ya casi había llegado la noche, toda la familia se juntaba en la cocina atraídos por el olorcito de un guiso de cordero que se calentaba a leña, nunca supe por qué si se calienta a leña tiene otro sabor pero es así- “Lo último que le dije al hombre fue: “Yo hubiera aguantado que te quedaras con algo, y hasta me hubiera hecho el sonso si las cosas andaban! Pero…te olvidaste de que la Estancia era mía! Y parecía que te la querías llevar puesta! No. Era mía y sigue siendo mía. Yo elijo a los administradores y cuando termina el contrato se van, porque la Estancia sigue siendo mía!”

Nos quedamos en silencio hasta que nos llamaron a comer. Don Adolfo se levantó con la dificultad propia de un hombre de su edad, y, ya en la cocina, se sentó a la cabecera de la mesa. El lugar que le correspondía sin que nadie tuviera que declamarlo. La cena fue como siempre, buena compañía, buena comida y el señorío de los dueños de casa que hacen, naturalmente, un culto de la hospitalidad.

Me acuerdo de aquella charla y me voy sintiendo mejor.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El Lago del Cráter

30 Mar

El Lago del Cráter

Buscábamos el lugar al que llegábamos en el medio de un viaje agotador.  Tal como lo habían descripto algunos lugareños era un  inmenso hueco circular de unos cuantos kilómetros de diámetro, como si hubiera sido diseñado con un compás  digno de los dioses, lleno hasta el borde de agua de un color singular. Azul perfecto, iluminado desde abajo hacia arriba, supongo que a causa de su profundidad y del cielo reflejado sin una nube. Las luces aparecían y desaparecían de la superficie en una magnífica secuencia irrepetible.  Era un azul transparente y compacto, los dioses además de dibujar el hueco le habían tirado su color favorito, el símbolo de su divinidad.

El lago del CráterAlrededor había pequeños accidentes rocosos y un sendero para recorrerlo. Por momentos se interrumpía. Bajábamos y subíamos pequeños estrados, en cada uno de ellos había distintas flores silvestres de todos colores revelando la llegada de la primavera.  Cada tanto un manchón de nieve rezagada que se hacía eterna en la sombra de una roca.  Y rodeando todo la presencia lejana, irregular y obstinada de las montañas que formaban parte de aquella cadena de volcanes dormidos.  Todo majestuoso e imponente nos volvía a la realidad de nuestra pequeñez pero como estábamos a la altura de la boca de un volcán, el resto de las montañas no parecían tan altas y los valles eran más profundos.Dicen que la profundidad del lago es de 1200 y que su nombre original era Mazama, en la lengua náhuatl, que hablaban los aztecas y que fue llevada desde el sur hacia estos lugares tan lejanos por algún  misionero  empeñado en seguir convirtiendo a gente que no la hablaba. Casualidades, cadenas de comportamientos  y de voluntades que unen a los hombres de todas las épocas  de manera tal que siempre encontramos historias nuevas y cautivadoras.

Nos imaginamos la sorpresa y el deleite de John Wesley Hillman,  primer estadounidense de origen europeo del que se tiene constancia que fue quien llegó al lago el 12 de junio de 1853, y al que llamó «Deep Blue Lake» (Lago Azul Intenso). Lo llamaron Lago Azul, Lago Majestad y finalmente Lago Cráter, nombre que es el que permanece.  Los tres son un resumen de las características del lago: es azul, es majestuoso y tiene la fascinación de esconder un volcán.

El frío ya empieza a sentirse y caminamos a paso forzado hacia la hostería en la que pasaremos la noche.  Hay un ambiente acogedor por el enorme hogar de leños con su enrejado de hierro y los estantes de madera en el que relucen cacharros de cobre de distintas formas y tonos.

De loza rústica es la  chocolatera que nos traen a la mesa y los tazones son de fondo lacre con rayas en colores primitivos. Sin pensar ni un minuto nos decidimos por un chocolate caliente y espeso y para nuestra delicia la mesa se llena de espuma y vapor. Nos traen galletas de uva y avellana, crocantes afuera y  tibias, sabrosas y musicales cuando las mordemos. El grupo bastante bullicioso ha quedado en silencio aletargado por el resplandor de las llamas mientras afuera el paisaje retrocede hacia la noche.

Alguien habla de las coincidencias, de los encuentros y de las opciones. Mucho para una tarde de excursión pero después del chocolate ha vuelto la energía y hablamos.

¿Por qué Hilachas que van tramando?

Porque la vida está hecha de hilachas que forman una trama.

Hubiera creído que se refería  a la trama que la vida te arma por sí sola.

Y te sorprende.

Y te agita.

Y te complica.

La Vida es una Trama

“Conjunto de hilos que, cruzados con los de la urdimbre, forman un tejido” “Disposición interna, contextura, unión, trabazón entre las partes de una materia, asunto u otra cosa, y, especialmente, el enredo o conjunto de sucesos, enlazados entre sí, que preceden al desenlace de una obra dramática o novelesca”

Puesta a desarrollar este tema, otra vez, no puedo menos que consultar un buen diccionario para aclarar mis ideas y ordenar su expresión. ¡Casi me desanima la definición anterior porque parece innecesario este artículo! ¡Hasta que con mi robusta tozudez me decido a desarrollar lo que fue “mi” idea y no dejar que me la quite un diccionario por muy prestigioso que sea!

Puedo decir que mi vida es un conjunto de vidas entrelazadas que forman un tejido nuevo.

La urdimbre,  la tosca aspereza de la arpillera en la cual se va a tejer nuestra vida personal precede a todo: es el momento y el lugar en el cual nacemos, es lo que no podemos elegir. Esta matriz de nuestra vida, de la vida de cada uno de nosotros;  impondrá su textura, la densidad de su trama, un tejido difícil y severo y también, en algunos casos, la suave tersura de la seda. Las circunstancias de nuestro nacimiento dictarán reglas severas, a veces impiadosas; otras, gráciles y livianas como una suave brisa de verano. Lo que nos hace igualmente humanos y vulnerables es que: todos, al nacer, recibimos nuestra vida, toda nuestra vida y nada más que nuestra vida. Cada una distinta y singular, y que, al principio y por algún tiempo, no podemos cambiar.

Vuelvo a la Enciclopedia:

Trama: “Florecimiento y flor de los árboles, especialmente del olivo”

¡Vamos en la dirección correcta

La vida es florecimiento no importan las circunstancias en las que hemos nacido si nos damos la oportunidad de estar por encima de ellas.

Porque, inexorablemente, hay un momento en el que el diseño de esta trama corre por nuestra cuenta, decidimos los colores, el tema principal, aprendemos a dibujar a “mano alzada”, dudamos y cambiamos muchas veces el rumbo, olvidamos la tarea, nos cansamos, nos desilusionamos, algunas veces la distracción es peligrosa, a veces se vuelve a generar la esperanza y se van resolviendo los matices; la vida se hace, por algún tiempo, severa y, otros,  impone equilibrio y belleza… y nosotros seguimos, ingenuos creadores de nuestro propio universo. Es bueno “darse cuenta” de qué manera podemos hacer la mejor obra con nosotros mismos.

Tenemos, entonces, la arpillera y también los primeros bosquejos y dibujos que van armando el “quién soy” “dónde estoy” seguidos por el más convocante: “quién quiero ser”, “cómo quiero ser”

Ese mundo personal se completa y florece con la creación de nuestra familia y la elección de nuestros buenos amigos.  Entonces el árbol empieza a florecer.

La Vida es una trama que  iremos tejiendo con un inquietante sentimiento de creación que nos une y dispone a otro ser humano. Haremos un bosquejo conjunto, que será la inspiración y el desafío de todo artista. Elegiremos los colores sabiendo que otras realidades  externas pueden alterar nuestra creación; serán las influencias de la cultura en la que vivimos, las personas que nos acompañen en el momento histórico que nos toca, la Fe que hemos heredado, la salud, las realidades económicas, la paz o la guerra, la educación, “el resto”. Habrá momentos en que los colores se mezclen y desaparezcan, otros en los cuales resplandece el bordado y todo es armonía.

Habrá tiempos en los cuales se enroscará el hilo, y hasta llegará a cortarse, son aquellos momentos en que todo parece fracasar, entonces lo tensamos y hacemos los nudos muy fuertes y hasta nos atrevemos a ocultarlos en el revés de la trama para que no se deshaga lo andado. Pero…seguimos adelante.  Por momentos el tapiz resplandecerá en toda su belleza y pensaremos que la obra está completa, hasta que la vida, casualmente,  lo desdibuje y nos haga sentir que estamos, otra vez,  frente  a un lienzo en blanco… Habrá que empezar de vuelta y recuperar el bosquejo, el dibujo, los colores nuevos y la esperanza.

En ese tapiz estamos nosotros, nuestros seres más queridos y la vida que nos toca.

                                    Alguno de nosotros dibujará rasgos fuertes, paisajes magníficos y vidas especiales; otros harán un delicado trabajo, discreto y cuidadoso. Para todos:

La Vida es una trama que empieza con uno mismo y con los que nos rodean, puestos a crear, llenando de belleza y esperanza cada detalle.  Lo importante es tener la conciencia de la obra que se realiza,  la imaginación de verla y la increíble oportunidad de ser creador y parte de toda creación

Volvamos frecuentemente a este tapiz. Vivamos la clara epopeya de acompañar nuestras circunstancias, de superarlas o de gozarlas, según sea lo que nos ha tocado. Cambiemos lo que hay que cambiar, busquemos el equilibrio y la armonía, hagamos brillar sus colores. Pongamos, con manos de artista, un empeño incansable en busca de la felicidad.

La noche ya es cerrada.  Aunque no lo vemos presentimos el peso de un paisaje duro e imponente. Se me ocurre que eso mismo nos pasa con esta cultura que influye tanto en la vida de cada uno de nosotros.  Vale analizarlo, prepararse, armar el gráfico de aquello en lo que dejaremos que otros manden y aquello que es nuestra singularidad.  Queda mucho por hablar y más aún por resolver

Vamos dejando el lugar para ir a los cuartos y dormir bajo una claraboya que nos deja ver las estrellas y el relumbrar de las nieves eternas.

La Vida es bella, la vida es verdaderamente bella.

Masitas de Avellanas del Lago del Cráter

Esta receta, como todas, puede pertenecer a alguien que desconozco. Las mujeres de mi familia la hemos estado preparando y saboreando año tras año por más de una generación.

250 gramos de manteca, más o menos

250 gramos de azúcar, más o menos

Polvo de hornear

200 gramos de avellanas peladas, tostadas y molidas

Un buen puñado de pasas de uva  mojadas en whisky

200 gramos de harina, también más o menos

4 o 5 huevos

Ablandar la manteca y batirla con el azúcar hasta que tome consistencia de crema espesa, agregar los huevos uno a uno batiendo al mismo tiempo.  Tamizar la harina y el polvo de hornear, unir a las avellanas y esto a la crema anterior.

Colocar en un molde rectangular de un tamaño según sea el espesor que queremos para las masitas. Horno no muy fuerte hasta…que estén hechas. Hay que probar.

No son las que comimos en el Lago del Cráter, pero…son riquísimas y lo merecen.

Vino la noche y el vino calentado cerca de la estufa de leños. No hagamos balances ni tomemos resoluciones. En la trama de la vida a veces, algunas veces hay que dejarse llevar por el momento mágico.

 

 

 

                                   

                                         

Hilachas que van tramando – El gran invento de Dios

25 Mar

El gran invento de Dios

La casa estaba al fondo de un camino de ripio, después de atravesar unas rejas enormes que más parecían un tendido de encajes con bastones altísimos y rosetas arriba.  Enfrente de ella un terreno de pedregullo muy grande, rodeado de una doble hilera de cipreses.  Se adivinaba, atrás de la casa un jardín con suaves desniveles que acompañaban las lomas del terreno. Digo se adivinaban porque no se veían, pero la casa, magnífica, merecía ese jardín oculto, la barranca y el arroyo. Y, los que llegábamos a ella, lo creíamos.

A los costados de la casa salían dos cercos de ligustre que marcaban en forma categórica la diferencia entre los dos lugares, el suelo árido grisáceo del frente y el parque con fuentes, flores y estatuas de Dianas cazadoras tan caras a los italianos y tan sugerentes para nosotros.villa italiana

La casa, enorme, rectangular, simétrica, con ventanas altas e interminables que se repetían  en las dos plantas, estaba rematada por balustrada y penachos. Era una postal italiana.  Con una escalera majestuosa de mármol que subía desde el ruido rasposo del patio y cortinas interiores de gasa blanca que se movían al aire suave de la tarde resaltando las paredes  despintadas de viejos tonos rosados y amarillos,  y un friso celeste cielo para cortar el cielo de verdad, con angelitos rubicundos y racimos pompeyanos,.

Veníamos de una mañana de playa. Nuestros amigos italianos ya se habían ido para la capital. Estábamos solos en la casa ancestral, de puertas abiertas y grandes habitaciones continuadas, con historias y relatos y hasta leyendas que se habían ido colgando de sus paredes hasta que éstas susurraban y cantaban con toda gracia e impunidad.  Yo quería escuchar y recorría los pasillos enormes, cruzando, una tras otra, las puertas amigables que me llevaban a lugares sorprendentes. Cada  espacio ornado de cuadros, terciopelos, divanes, gasas y porcelanas.  Tapices con historia.

La servidumbre venía del pueblo por lo que, mágicamente, la casa se re-acomodaba cada mañana, y después las personas se iban, desligadas de aquellos tiempos en los que le pertenecían como si fueran parte de sus paredes.

Entramos al hall enorme.  El techo estaba pintado con frescos del siglo XVII. Nuestros amigos, los dueños de casa,  nos habían contado su historia y aprendimos a mirarlos. Las figuras formaban parte de un paisaje bucólico con doncellas y soldados gallardos mezclados con ángeles rubicundos y señores en una campiña dorada, con campesinos recogiendo la cosecha. Todo sereno, callado y lejano. Pero bastaba sentarse en uno de los escalones superiores, en el lugar preciso y mirar de costado para descubrir  las verdaderas figuras encargadas por el príncipe italiano, varón de muchas historias, lujurioso y adorado. Entonces las mujeres mostraban sus pechos voluptuosos, las miradas se hacían diálogos, los campesinos, para espiar,  levantaban las faldas de las cosechadoras  y todos los placeres eran permitidos, todos los cuerpos gozaban, todas las miradas decían que sí y se hacía  la  eternidad.

Mi amigo y yo teníamos el cuerpo áspero de arena y el calor del sol metido hasta los huesos. Sabíamos a sal y almendras. Mi amigo y yo éramos muy jóvenes y ya conocíamos los juegos del amor que nos gustaba.  Íbamos por más.  Nuevos lugares, nuevas formas.  Nuevas figuras que nos dejaban cansados hasta las lágrimas. Teníamos miedo de que el tiempo no fuera suficiente. El tiempo nunca es suficiente; y  el amor está ahí, en esa curva, en las gotas de sudor que recorren el pecho y gotean en los mosaicos romanos; el amor que se resbala, entra, tropieza, intenta  y se aprieta con la boca y con las manos, hasta que ese poquito, ese poquito de eternidad,  que es todo el que tenemos,  nos hace infinitamente felices y dispuestos a reverenciar a quien está a nuestro lado. Y a pensar en repetir y repetir porque el tiempo es corto.  Me miraba con una sonrisa agotada, los cuerpos desbaratados y sin aliento.

-¿Qué?-

-¡Qué invento el de Dios!- le dije.

Me miró preguntando  con las cejas y con una media sonrisa.

-¡Cuál?-

-“Ésto. Lo que acabamos de hacer”

Se quedó en silencio para que yo siguiera hablando, como hace siempre.

-“Preguntame para qué Dios inventó esto!!”-

-“¿Para qué?”-

-¡Para hacernos olvidar que el tiempo es tan corto!-

Hoy que nuestros tiempos han recorrido un largo camino seguimos descubriendo uno del otro todas las otras claves del amor. Este que nos une en la historia, en los hijos y en los nietos. Y, si lo deseamos lo suficiente, cerramos los ojos y volvemos a la casa italiana, la escalera de mármol y las cortinas de gasa que se movían al viento.

¿En qué estoy pensando?  Quiero contarles a los que ahora son jóvenes que no se necesita nada más que dos cuerpos y un gran amor.

Me apena que se les haga creer que el amor es el encuentro fortuito y rápido con alguien que apenas conocen, cuando el amor es un lento, deseable y apasionante conocimiento de otro cuerpo, que se hace a lo largo del tiempo de cada uno.  Hasta que se siente  y se conoce el olor del otro; como se mueven los músculos de su cara si goza, como llora cuando llega al final del amor, como se agradecen uno al otro lo que no pueden explicar.

Cada día aparece en la nueva forma del amor de ese día. No se cambian las personas, se cambia como se aman.  El amor no es para acumular, juntar o reunir trofeos, el amor es embellecer, dar complemento, término o perfección a una cosa.

No quiero que esos jóvenes se crean que es  solamente un encuentro físico con pretensiones de algo más, cuando, de verdad,  el amor es más y más profundo, más y más placentero, más y más satisfactorio, más apasionado y necesario,  cada vez que ocurre.    Me enoja que les hagan creer que necesitan juguetes y estimulantes. Cuando sólo hacen falta dos cuerpos con muchos huecos y un gran amor.

Dios nos ha dado un tiempo muy corto, pero, cuando vio la soledad que podríamos haber padecido, inventó el amor para que por un instante, por un tiempo brevísimo, tuviéramos una parte de su propia eternidad. Tan breve es la nuestra que dura lo que el grito de placer entre dos cuerpos que se conocen bien.

No hace falta más que un gran amor y dos a vivirlo.

Doy fe.