Hilachas que van tramando- El pie en el acelerador

6 Jul

Hilachas que van tramando

El pie en el acelerador

Imagen

Las pequeñas ciudades alemanas, así como sus pueblos, estallan como burbujas en el verde colorido de las colinas suaves y delicadas en estos tiempos de verano, gozosas de tenderse al sol que se les irá escapando cada día un poquito, hasta hacerse apenas tibio y claramente esquivo el resto del año.  Aparecen  entre uno  y otro valle que se suman y se dividen.  Después vienen valles monumentales  que contienen a otros más pequeños.  Atrás, como vigilantes, unas montañas enormes que se nos van acercando a medida que recorremos más y más kilómetros. Y salpicando todo con una mezcla de fuerza viva y omnipotencia, bosques y bosques que se  mezclan, se alejan y se imponen a la vista.  Bosques desdeñosos que están arriba de la montaña, colgados, allá donde nadie puede alcanzarlos, adonde llegaron sin la mano del hombre. Bosques cercanos, inmensos que nos tientan y nos desafían con las historias de caballeros teutones, de walkirias y de duendes traviesos y maliciosos.

Árboles que se vienen cayendo por las laderas de las montañas para que nosotros entendamos el verdadero significado de la palabra pequeñez.

En el paisaje lo que asombra, sobre todo, es la infinita variedad de planos, verticales y horizontales, todos marcando diferentes tonos en los que predomina el verde, miles de verdes y de amarillos en los campos ya cosechados.  Y las sombras a veces desproporcionadas, que tapan este o aquél recodo del camino, toda una ladera o el río escondido entre las rocas.

Los pueblos se anuncian, como casi en toda Europa, con las torres y los campanarios de cada iglesia.  Desde uno se ve el otro y desde éste el que sigue hasta que todo termina siendo un camino de historia en la que la religión, para bien y para mal, ha tenido protagonismo.  Hay  torres afinadas de líneas sobrias y delicadas que se van hacia el cielo, las hay bien barrocas, con curvas y redondeces y las otras que, a medida que vamos para el este, tienen los campanarios acebollados tan característicos de las iglesias orientales.  Cebollones que brillan como el oro cuando han sido preservados o tienen un especial color verde que toma el bronce viejo acunado por los años y por las leyendas heroicas de las persecuciones religiosas.   Hay algunas de todas estas iglesias cuyos campanarios, recubiertos de esmaltes, despliegan todos los colores.  Al amparo de todas ellas la vida ha seguido su curso con una perseverancia que se nota en las casas llenas de flores de colores, en cada ventana y cada vuelta del camino, en  los campos de labor y el paso sereno y gesto gentil de sus habitantes.

Volvemos a las autopistas. En las más importantes de Alemania, no hay máxima velocidad.  Y los alemanes lo aprovechan. La sensación, conduciendo, es que en el espejo retrovisor veíamos un punto remoto que en un parpadeo está pidiendo paso con todo derecho. Y nos asusta.  Aunque la exigencia de corrernos sea respetuosa, ese coche pisándonos los talones nos asusta.  Como somos seres humanos y tenemos inseguridades puede ser que pasen dos cosas, iguales de peligrosas, la primera es que aceleremos para sacarnos al intruso de encima, cosa que no logramos, la segunda es que volvamos a nuestro carril original dejándole poco espacio al coche que viene por él.  Ambas maniobras son muy peligrosas.

Como en la vida. Todos, una vez u otra hemos empujado al que venía adelante, obligándolo a aceptar nuestro ritmo o a molestar a los otros poniéndose delante de ellos.  Todos lo hemos hecho y es bueno que reflexionemos sobre estos tiempos vertiginosos que, a veces, nos tira la vida. Corrigiendo actitudes y procurando no repetirlas.  Pidiendo perdón y que sea de verdad.

Pero hoy estoy pensando en algunas personas que viven siempre de esa manera. Personas que por irreflexión arrastran a todos los que tienen alrededor a una carrera interminable que les arrea la vida entera. Pensaba en personas que por egoísmo no detienen la carrera aunque otro lo necesite, que ponen sus necesidades por delante de las de los otros.  Que someten a todo el grupo a situaciones dramáticas y definitorias que podrían evitarse por el bien de todos.  Son los que miden la vida según lo que les pasa a ellos.  Los que apenas eran un punto en el horizonte y repentinamente empujan al desastre a toda una carretera.

Los hay, a esta altura de mi vida sé que los hay.  Y también sé que me los he cruzado y por inexperiencia o excesiva juventud alguna vez he dejado que sostuvieran su propio ritmo a expensas del mío.  Como nos ha pasado a todos.

Hay quien ha podido salvarse de tales influencias porque tiene una especial serenidad o porque tuvo suerte.  En cambio  hay quienes acuciados por el que atropella se han cruzado en el camino de otro, multiplicando el daño sin haberlo querido.  O le han dado a su propia vida un ritmo de infelicidad.

A esta altura de la vida sé que hay personas que desordenan la de otras personas, las empujan, las ponen en peligro, las desprecian.   No importa que la suya propia  sea un camino de penurias.  No se dan cuenta y siempre piensan que los otros están obstruyendo  el paso.

Es para pensarlo.  Tratemos de respetar y hacer respetar esas largas y complicadas carreteras en las que va, siempre entrelazada, la vida de todos.  Debemos ayudarnos a mantener el ritmo que las personas necesitamos para convivir con felicidad, que es lo que queremos todos.  Alejemos de nosotros a aquellos que nos empujan, a menos que pueden reflexionar y cambiar sus impulsos.

Hagamos un pacto de honor.

Buena carretera, tiempo para gozar del paisaje, tiempo para comprender a los otros y ser comprendido.  Tiempo de ritmo sereno, parejo, respetuoso de los demás y de uno mismo.  El mismo derecho para todos y un cumplimiento estricto de las reglas de tránsito de la vida.

Cae la noche y las montañas se han hecho tan grandes que ya tengo ganas de no verlas, mientras los valles coloridos y  el sol han desaparecido  ¡¡quién sabe por dónde!!

Me espera una habitación muy sencilla en una casa de gente sencilla. Voy a disfrutar  enormemente de su compañía para salir mañana, otra vez, a la carretera.  Tengo una buena dosis de felicidad, la necesaria, el tiempo que pasa me va dando derecho a decir lo que pienso.  Eso es una buena dosis de felicidad.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El heroísmo de los jóvenes

3 Jul

Hilachas que van tramando

El heroísmo de los jóvenes

 Imagen

Dispuesta a una nueva reflexión, mis propias emociones cambian mi camino, y yo lo sigo…  Estoy mirando un noticioso y en él la conferencia de una Jefa de Estado de país del Primer Mundo.  ¡Ya suena anticuada la nominación!  Se va acabando.  Querramos o no, la corriente acelerada de la Historia nos dejará a todos en el Primer Mundo o en el Décimo!  Ya nadie puede con la globalización y como soy una optimista perdida, miro para atrás la historia y compruebo que siempre el hombre ha ido para adelante.  Y creo que siempre seguirá mejorando.  El Mundo terminará como debe haber sido desde el principio, uno solo para todos.  Con sus diferentes culturas, historia y gobierno que diferencien a unos de otros, pero un Mundo para todos.

Cada vez más hombres tienen más cosas pero…ahora pasa algo, mucho más definitivo, más imperioso, más absoluto:

Cada vez los hombres saben más lo que pasa en todo el mundo a otros hombres, cada vez más hombres saben que hay bienes para repartir, cada vez más hombres saben que los “derechos humanos” tienen que ver con la educación, la nutrición, la salud, el buen descanso, el buen trabajo, el respeto de los poderosos, el aire limpio, el confort en sus casas, la educación, la educación, la educación, etc, etc, etc y la educación.

Vuelvo a ver al jefe de Estado hablándole a sus pares, y me parece una película antigua, me parece que no son los interlocutores para su conferencia.  Me parece que le van a aplaudir y cada uno se va a ir a la casa contento del buen diálogo, dispuesto a la tarea emprendida y, en el mejor de los casos, siendo honesto y dedicado, decidido a hacer las cosas bien.

Lo que veo me parece una historia antigua porque la maravilla de la comunicación hace que la comunicación deba ser más directa con aquellos a los cuales van a afectar las decisiones que tomen estos.

Vamos a ver, vamos a aclarar, que quede bien claro:   ¿Estoy en contra de la organización de los Estados?  ¡No!

¿Estoy en contra de la separación de poderes?  ¡No!

¿Estoy en contra de que se delibere y gobierne en representación de los ciudadanos?  ¡No!

¿Estoy en contra de que gobiernen los que han sido elegidos por el voto universal?  ¡No! ¡No! ¡No!  Lo aclaro más todavía porque no quiero ser malinterpretada.  Creo que la Democracia es el mejor sistema.  Que el voto universal y secreto es el mejor instrumento para que funcione la Democracia.  Creo en la división de los poderes para que se respete la República.  Creo que lo elegidos deben gobernar, tomar las medidas que crean adecuadas y los ciudadanos comunes debemos obedecer lo que se decida legítimamente.  Y que todos debemos someternos a la Ley.

Pero lo que me está preocupando es que veo una conferencia de prensa de un jefe de Estado hablando a sus funcionarios y me parece del siglo pasado.

A veces parece que no hay estadistas, que en cambio hay personas que, bien intencionadas, se debaten sólo entre dos opciones, a) tomar decisiones que les gusten a todos y  b) resistir las expresiones de los grupos que se manifiestan.

Entonces viene lo de  “Oh!, los jóvenes”.  Hay dos clases de jóvenes: aquellos que tienen la fortuna de vivir normalmente bien, y de estudiar o aprender un oficio y los otros que parecen carecer de todos sus derechos.  Los que convocan y salen a manifestarse, convengamos que a veces con excesos, y los que se pasan la vida sin trabajar y sin estudiar, en una esquina o en un baldío, perdiendo el tiempo  que les ha sido dado porque, simplemente, nacieron.  Pero todos tienen un común denominador: Pertenecen a la Era de las Comunicaciones.  Pueden juntar 1.000.000 de personas en la Plaza Mayor en un par de horas.  Unos y otros deben ser tenidos en cuenta.  Los nuevos estadistas deben tener en cuenta que Ha cambiado la manera de comunicarse y sin comunicación los estados sucumben.

Volvemos a los jóvenes que, junto con los niños, son los dueños de la historia.  Sobre aquellos que no estudian ni trabajan podemos decir que deben estudiar, deben educarse, es deber esencial de los gobiernos que todos los jóvenes estudien, aprendan, salgan de la oscuridad y la soledad de la ignorancia.  Usando la ley, ¿una ley que los obligue?  Sí, una ley que los ampare y los obligue, que es lo mismo tratándose de ellos, porque: Deben proveerse los medios para que la educación sea para todos y se exija a todos.  Sin miedo a hacer cosas políticamente incorrectas.  La ley existe para mejorar la vida de las personas y para que todos podamos convivir.  La ignorancia arruina la vida de las personas y les impide convivir con sus semejantes.  ¿Se los puede obligar?  Sí señor, a vivir mejor se los puede obligar, a ser personas enteras, se los puede obligar. A saber que son valiosos para sus semejantes se los debe obligar.  A estudiar se los debe obligar, ayudándolos.  Busquemos los medios de hacerlo.

¿Y los otros jóvenes?  Ellos deben ser escuchados, se les debe explicar que no pueden exigir en forma abstracta.  Que, habiendo tenido la posibilidad de estudiar, deben agregar a sus ideas la forma de llevarlas a cabo.  Deben hacer planes concretos.  Deben aprender a pensar y planear.  Deben poner de sí lo mejor que tienen.  No se trata de romper cosas, gritar y correr.  Estamos en el Siglo XXI, las ideas prevalecen sobre los actos.

Sigue la conferencia y pienso que los mayores todavía no entendimos.  A los jóvenes de ahora les queremos regalar el éxito y nos olvidamos de hacerles conocer el heroísmo.  Ahí está el secreto.  Usar la energía, los ideales, la renuncia a la propia satisfacción, la fe que los jóvenes tienen en el amor.  Debemos hablarles del heroísmo porque es sinónimo de juventud.

Ahora cierro las ideas.  Este jefe de Estado debe aprender del nuevo tiempo.  Hablar con unos y otros.  Con los adultos y sobre todo con los jóvenes adultos. A unos darles las oportunidades, a otros citarlos, escucharlos y exigirles ideas concretas.

En el mundo actual todos sabemos lo que hacemos todos.  Todos nos enteramos de las cosas del mundo entero y a la velocidad de la luz.  No se puede perder tiempo.

Los nuevos estadistas deberán hacer una las dos capacidades que se les exigen en el mundo moderno: gobernar sin titubeo, escuchar sin distraerse.

La imagen de un jefe de Estado hablándole a sus pares me sigue pareciendo antigua.  Sus pares han pasado a ser los ciudadanos comunes de sus países.  Hablar con ellos, preguntarles, escucharlos, decidir y gobernar sin titubear y sin más límite que la Ley.  Después y antes: que se cumpla la Ley.  Los ciudadanos de todos los países estamos esperando a esos estadistas.  Eso creo.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia V

29 Jun

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia V

 Imagen

En una mañana fría y lluviosa volvemos a caminar por los caminos apasionantes de la Educación. Para lo cual debemos ir conociendo la naturaleza de la Autoridad en la Familia, punto principal y fundacional de toda Autoridad, que se despliega por la sociedad enseñándonos a convivir con nuestros semejantes.

Seguimos con los conceptos fundamentales antes de pasar a la parte práctica. Ya que toda reflexión seria sobre los temas importantes, bien fundada en el conocimiento y cementada por los principios, es el comienzo de cambios básicos y decisiones categóricas  en cada ser humano.

La primera condición para ejercer la Autoridad es el amor a los otros. A los que van a ser sujetos de tal educación.

Hacemos un paréntesis (   ) para referirnos a la Autoridad en general. Por ejemplo a la autoridad de los que gobiernan. Siempre tiene que venir del amor al pueblo al que van a gobernar.  Ese amor se manifiesta de manera concreta en la entrega personal y las decisiones que se toman cumpliendo la función de gobernar, pero también en el lazo inexplicable que a veces hay entre un líder y su pueblo, que llega a perdonarle errores garrafales. Por supuesto que lo que viene a continuación, si se perdonan errores garrafales y se escuchan los cantos de sirenas, es la apetencia por el poder que se monta en tal sentimiento del pueblo. Después, el desastre.  Pero ése es un campo de reflexión propio de los filósofos, sociólogos, historiadores y no nuestro. Volvemos ordenadamente al paradigma de la Autoridad que es la que se empieza a ejercer en la Familia.

Vamos a preguntarnos:

Qué es amar?: “Amar es querer que el amado sea más y mejor y que sea siempre. Es afirmarle la existencia con toda la plenitud posible en la realidad del amado»   (No recuerdo si esta definición es mía o de otro pero, en todo caso, la considero muy acertada y la comparto)

Somos la guía e inspiración de nuestros hijos y nadie es más importante en esa tarea que los padres.

¡¡¡Es fantástico como padres oír estas palabras, la trampa está en que  se refieren a nuestras obligaciones y no a satisfacer nuestras vanidades!!!!

¿Qué hace ese amor por nuestros hijos, de qué les sirve?

El Amor hace ver con claridad:

  • Lo que es el ser amado: la realidad
  • Lo que ese ser amado puede ser: aquellos ideales que todavía faltan alcanzar

Para ayudarnos, solamente para ayudarnos, rescato una frase que aclara bastante si nos decidimos a pensar en eso.

La vida cotidiana nos confunde-  A veces un problema viene desfigurado por las apariencias y también su solución está desfigurada por las apariencias.

Vamos a poner un ejemplo de los clásicos. De los que vamos a usar frecuentemente.

  • Viene la consulta de un matrimonio que expresa que ya no viven bien, que no se sienten felices, que su vida cotidiana está hecha un lío. Primero descartamos los temas médicos que deberemos derivar a quien corresponda. Después los psicológicos que van a ser resueltos también por los profesionales del tema. Y nos quedamos con los nuestros. El funcionamiento de una familia en su vida normal, cuya cotidianeidad está complicada.
  • Hacemos un relato ordenado de sus movimientos cotidianos.
  • Descubrimos que  la vida de las familias se transforma en un caos a medida que sus miembros van llegando a la casa cuando termina la jornada. Los padres no tienen un rato a solas y tranquilos. Los niños alargan la hora de ir a dormir, sabiendo que al otro día deben ir a la escuela. Todo es corrida y ruido. Nadie está feliz o se siente confortable en ese escenario.
  • Primeras conclusiones de los adultos: a) El amor se ha terminado, b) La relación con los hijos es un fracaso c) La vida familiar se hace insostenible.  La vida cotidiana nos confunde.
  • Proponemos una reorganización de las actividades familiares, que incluyen sus tiempos.  Ah! El tiempo, el dueño y señor de nuestras vidas!!!
  • El que sale último de la casa deja todo lo que puede ordenado y marchando. El que llega primero se ocupa de organizar, en lo posible, lo que falta. Todos ayudan para terminar de ordenar y preparar la jornada siguiente. Todos, aun los más pequeños que irán aprendiendo una de las máximas de la convivencia: hacer siempre algo por los demás. Se tratará de comer a una hora prudente, todos ayudarán para las tareas pertinentes.
  • Se decide una hora para ir a la cama.  Por ejemplo: los niños a las 9 de la noche. Pueden tener la luz prendida hasta las 10. Los padres se reservan el par de horas en tranquilidad y soledad que les hace falta para reencontrar lo que han perdido: el goce de su compañía en soledad. Tema para otra disertación. ¡El goce perdido de disfrutar de su compañía, una de las mejores cosas que le pasan al ser humano cuando ha amado y elegido al otro!!Tan desprestigiada en estos tiempos y fundamental para la vida; tan necesaria y tan simple!! Pero ese es otro tema para otro artículo.  
  • ¿Cómo se consigue este orden? Lo vamos a contar más adelante cuando caminemos por los andariveles de los temas prácticos. Por ahora la esperanza fundada de que todo tiene una técnica y que ésta es eficiente.
  • Si se consigue, se encontraron las soluciones y se acabaron esos problemas.

Por ahora nos queda esta frase para pensar y repensar:

La vida cotidiana nos confunde-  A veces un problema viene desfigurado por las apariencias y también su solución está desfigurada por las apariencias.

Miremos con atención, debemos darnos cuenta cuándo tenemos un problema insoluble o cuando es simplemente parte de una mecánica familiar. Cuándo es grave o solamente está oculto por la vida cotidiana.  Cuáles son las soluciones que siempre vienen montadas en los problemas. Sentarse a pensar, pensar, pensar, en nuestra vida cotidiana. Hay mucho para corregir y el resultado es por demás reconfortante.

Volvemos al principio. Para vivir se necesita Darse cuenta

El amor a nuestros hijos siempre nos convoca y nos debe agudizar el ingenio.

Debemos lograr  que los hijos se den cuenta

a) que deben llegar a ser lo mejor que pueden ser como personas,

b) que acepten las condiciones que esto requiere y

c) que depende de ellos;

Si aspiramos y llegamos a esto, todo lo demás viene por añadidura.

 Vamos resumiendo: la  tarea principalísima de los padres es hacer que los hijos “escuchen” su voz interior; que resuelvan entre el bien y el bien.  (Héroe)

  • Que respondan a las preguntas fundamentales:

¿Qué clase de persona quiero ser?, ¿Buena o Mala?¿ Generosa o egoísta? ¿Luminosa o sombría?

  • La pregunta: ¿Qué quieres ser? No se refiere a la “carrera” sino al “carácter”

La segunda tarea, no menos importante: es que los hijos usen la inacabable energía que tienen naturalmente para lograrlo.  Si se me permite un comentario paralelo: esto de la energía de los jóvenes en nuestra sociedad, está bastante poco apreciada y es fundamental para hacer un mundo mejor pero …ese es otro tema, para otro foro.

Completamos con una verdad universal que tiene que ver con los principios universales y evidentes:

“Toda elección de la vida está subordinada a una elección moral”

No nos olvidemos que todas las influencias externas son más fuertes en un contexto de superficialidad.   

Hacemos una lista de las cosas que le puedo enseñar a mis hijos, de una manera natural y cotidiana:

  • Amar a Dios o apuntar a la trascendencia propia de los seres humanos
  • Respetar la vida
  • Amar a la familia, a los seres humanos
  • Amar a la naturaleza
  • Querer aprender
  • Sentir la satisfacción del deber cumplido
  • Agreguen todos los buenos principios que regulan la vida de las buenas personas.

Bueno, tenemos temas para pensar y, sobre todo, para hablar  entre los referentes de cada familia.  A todos nos guía el amor a los niños y a los jóvenes porque todos los seres humanos normales y comunes, somos iguales, somos iguales y sabemos que el futuro depende de ellos y ellos un poco de nosotros para hacer de ese un mundo mejor.  Es lo que saben los sabios. Si a ti te va bien, a mí me van bien. Pensemos. La lluvia no cede, el día está propicio para gozar de la vida en casa. Otro tema para esta sociedad vertiginosa.  Me dispongo a hacerlo.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando — Caminando por el precipicio

26 Jun

Caminando por el precipicio

Imagen

“Cinque Terre”.  Nombre magnífico por lo que evoca y lo que es.   Una tierra dura y escabrosa que se levanta en lo más azul del Mediterráneo, en la Riviera Italiana.  Son cinco pueblos arrinconados contra la montaña, como gemas estrelladas en las rocas que se asoman al mar.  Y entre ellos, senderos angostos que en algunos lugares caen al vacío.  Laderas llenas de flores de colores, viñedos pequeños que se esconden en las vueltas de las montañas.  Escaleritas rústicas que suelen ser difíciles de trepar y que salen de una casa hacia la otra o hacia el cuadrado de la labor de cada día.  Huertas, pequeños estanques para juntar el agua de las montañas.  Pobladores que son amigables y que se paran de una manera diferente, siendo cada uno un equilibrista diestro en eso de vivir sobre superficies que nunca son completamente horizontales.  Estos pueblos nacieron en épocas remotas y fueron construidos con el objeto de estar a salvo de los ataques de otros pueblos que venían del mar a conquistar, con sangre y furia, a saquear y llevarse hombres, mujeres y niños a la esclavitud.  Así se desarrollaron, ariscos y altivos porque nunca fueron dominados.  Terrazas y terrazas de colores comprueban el ingenio de los hombres para sobrevivir, su  voluntad para vivir, su infatigable asociación con la naturaleza que, aunque dura y severa, los cobijó durante siglos y siglos.  Verlos desde el mar es un espectáculo que deslumbra por su magnificencia y su belleza y, cuando ya arriba los recorremos pasando de uno al otro no lo podemos creer.  Hay algunos a mitad de camino del nivel del mar y otros por allá arriba, cerca del cielo.  Y lo más sorprendente: adentro de cada uno, una plaza central de piedra que imaginamos acarreada durante siglos.  Todos tienen una Iglesia más o menos milagrosa cuyo origen es antiquísimo, callecitas que permiten el paso de una sola persona, tabernas, casas, negocios, una vida llena de vigor y movimiento que no se llega a ver desde los bordes, desde donde sí se va muriendo el horizonte del Mare Nostro.  Nos dicen que hasta mitad del siglo XX había algunos habitantes de la zona que nunca habían bajado de la montaña.  Nos dicen que eran felices porque son y se sienten los dueños de toda la belleza del mundo.  Desde el Mar solamente se llega por barco, a pie o en el tren que va bordeando las rocas como si fuera de juguete. Llegamos según las instrucciones y empezamos a caminar, pasando por los cinco pueblos.  En un lugar una escalera de casi cien escalones, en otro un sendero sombreado con bancos para descansar y mirar los matorrales de flores, una casa y el techo con la parra.  Más abajo pequeñísimas playitas rocosas donde el mar se muere suavemente y que, en caso de peligro, eran cercadas desde muy arriba.  En una parte del paseo, entre dos pueblos, hay un camino de cornisa aunque es muy seguro se siente colgado sobre el abismo.  Es imposible caerse pero para mí que sufro las alturas se transforma en una prueba más o menos difícil.  Así  transcurre la jornada.  Entre cantos (estamos en Italia), buena comida y un vino cantarino de la zona (estamos en Italia).  Más tarde volvemos a la ciudad cercana desde donde a la mañana siguiente nos despediremos de nuestros amigos.

Me cuesta dormir porque he pasado un día lleno de emociones y no quiero perderlas.  Antes de cerrar los ojos me siento otra vez en el camino que bordea el precipicio.

Como la vida.  Como mi vida y la de todos.  Con los precipicios pasan muchas cosas.  Uno va o lo llevan.  Mira para abajo aunque le recomiendan no hacerlo o camina con la vista en alto para no tener miedo.  Sabe que depende de los demás y espera que no se lo cruce algún atrevido o bromista o imprudente que lo arrastre al abismo.  Suele temerle pero también disfruta de ese temblor helado que lo despierta y lo pone en alerta.

¡Me pregunto cuántos precipicios habremos recorrido y ni siquiera lo supimos!  La vida es tan incierta y tan repentina que nunca lo sabremos.  Nunca sabremos cuántas veces hemos sido salvados, cuántas nos guiaron a tierra segura, cuántas evitaron que nos asomáramos, y, finalmente cuántas veces salimos indemnes de todo peligro.

Y ¿las veces que caímos en él por nuestra propia imprudencia?

Decía la abuela: “Primero pensar, después decir, y recién entonces, hacer”.

En las cosas importantes ésa es la regla.  En las cosas que nos relacionan con los demás, que siempre son las más importantes, primero pensar lo que nos está pasando, a mí y a ellos, pensarlo bien para no cometer errores importantes.  Después decir lo que nos pasa, lo que queremos hacer, lo que nos emociona, lo que nos ha llevado a dejar de amar o al amor  que nos impulsa a cambiar la vida por otro.  Y decirlo con delicadeza, con compasión, para mí y para él, contar con su humanidad que puede sufrir o gozar con lo que yo digo.  Decirlo dándole el lugar preferente en lo que está pasando.  Decirlo como si no quisiera decirlo o como si fuera lo más importante de mi vida.  Escuchar del otro sus emociones, sus angustias, sus ansiedades y lo que lo hace feliz.  Lo que cree.  Escuchar al otro.  Decirle lo que me pasa y escuchar al otro.  Y después, hacer lo que haya que hacer.

Si lo hacemos al revés estamos caminando por el costado del abismo.  ¡Cuántas veces hemos caminado al costado del abismo!  Por temperamento, por falta de reflexión, por egoísmo u omnipotencia.  Y hemos caído arrastrando con nosotros a los que más queríamos o a los que no lo merecían.  Y nos hemos comprometido sin razón o escapado de lo que debíamos hacer o defender.

Ése es uno de los precipicios que la vida nos tira de frente cuando no lo esperábamos, cuando el paisaje parecía llano y recto, sin curvas escondidas y al ras de la tierra, que es como caminamos todos los días.

Cuando algo es importante.  Primero pensarlo, después decirlo y recién entonces hacerlo. Y volver del viaje a un lugar seguro, sin pesares ni abismos.

Los cinco pueblos increíblemente hermosos son:

Monterosso al MareVernazzaCornigliaManarola, and Riomaggiore.  Los recordaré toda mi vida y espero volver a visitarlos algún día.  Allí, en la montaña, cayéndose al mar azul, llenos de hombres y mujeres valientes que han hecho su vida en equilibrio, caminando con toda elegancia por los bordes de los precipicios.  Cierro los ojos y me animo.

 PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia IV

23 Jun

Autoridad en la familia, parte  4

Imagen

Dadas las expectativas que ha despertado el tema de la Autoridad en la Familia, seguiremos “mechando” tiritas de “Hilachas”, comentando un poco por acá y otro poco por allá.

Vamos a “jugar” a ser padres.  ¿Por qué hablamos de jugar?  Porque para ser padres necesitamos la misma actitud de los niños cuando juegan.  Estar concentrados con toda seriedad en  el juego.  Creer firmemente en lo que hacemos, para lo cual debemos prepararnos muy bien.  Usar la imaginación. Resolver sobre la marcha y…resolver siempre bien para que el juego no se malogre. Contar con un equipo eficiente y amigable.  Poner, ante todo, la función que hemos elegido y después nuestra comodidad o nuestro egoísmo.  Ser incansables.  Ser divertidos.  Ser alegres.  Ser optimistas dispuestos a conquistar el mundo.  Ser perseverantes.  Y, sobre todo, ser generosos con los demás porque los mejores juegos son los que jugamos con los otros.

Vamos a pensar.  Claro que hacer pensar es un objetivo difícil, cuando probablemente se está esperando sólo información y, en algunos casos, un formulario de recetas mágicas sobre algunos aspectos de la educación.

Empezamos por una noticia complicada:  No hay recetas, sólo mamá y papá pensando juntos  En su defecto mamá sola o papá solo, o quien se encargue de la educación de un niño, siempre necesita la opinión y el apoyo de quien corresponda.

Porque volvemos al concepto primero e indispensable para seguir adelante: “Cada niño es único e irrepetible”.  Sus circunstancias, que debemos tener muy en cuenta, van a ser determinantes en la tarea de educar.  Sus circunstancias especiales, no las de los otros, las suyas.

En líneas generales lo que vamos a hacer es el ABC de la educación: enseñarle a:  a) conocerse, b) autoposeerse, c) interactuar con los demás.

Hablemos un poco  de cómo se conforma la personalidad haciendo la salvedad de que hablamos desde la visión de un Orientador Familiar y no desde otro lugar y solo con el objeto de ponernos un poco en situación.

Como se conforma la personalidad

El Hombre es un concepto complejo y paradójico – Hombre no es un ser repentino y estático, el hombre es la persona que se despliega en el tiempo.  Educar es llevar a cabo ese destino.

El edificio de la personalidad tiene, para decirlo sencillamente, tres visiones:

a) Biológico: Si nos quedamos en ese nivel, somos verdaderamente esclavos de nuestros instintos.

b) Psicológico: Es todo lo referido al temperamento, a las pasiones, a los deseos.  Tiene que ver con el “Quiero”

c) Racional: Se refiere a la razón, a la voluntad, al carácterHablamos del ”Debo”

  • Cada uno de los elementos no formaría unidad en sí mismo,
  • Cada  uno de ellos no existiría antes de unirse.

El hombre no es una unión, es una unidad, en la cual convergen y a veces se enfrentan las manifestaciones de la afectividad con lo que tiene que resolver la voluntad.  Es importante que tengamos en cuenta este concepto.

Vamos a dar un ejemplo para los padres que ya se están inquietando.

El ejemplo de los jazmines:

Biológico: Huelo su perfume

Psicológico: Me trae recuerdos, me causa placer, los quiero.

Racional: No puedo apropiarme de los jazmines de un jardín ajeno, no puedo dejar de hacer lo que tengo que hacer para conseguir los jazmines.

Los padres debemos:

  • Adiestrar lo biológico: Enseñamos todas las manifestaciones físicas.  Enseñamos a caminar, a correr, a andar en bicicleta, a controlar los esfínteres, etc.  En este caso con la ayuda directa de otros adultos, familia, maestros, profesores, entrenadores.
  • Instruir: Enseñar lo que tiene que ver con la inteligencia.  Buscar el conocimiento del mundo de la cultura, de las ciencias, de las convenciones sociales, de las costumbres.  En esto es determinante la cooperación de los maestros, instructores, y otros adultos preparados para esa tarea.  De las autoridades, de las leyes, etc.
  • EDUCAR:  Es especialmente la función y la vocación de los padres o adultos que están a cargo del niño.  Educar es enseñar a pasar del “Quiero lo que quiero» a «hago lo que debo”.  Es mover la razón para ser mejor. Es vivir según los principios y elegir cuidadosamente los valores.

Dice Gabriel Castellá, médico, psicólogo y educador argentino, con una admirable síntesis: “El ser humano es biológicamente determinado, psíquicamente condicionado, y espiritualmente libre”.

Y podemos agregar volviendo al concepto de héroe que ya habíamos mencionado:

“Estoy enseñando  a mis hijos a ser lo que deben ser para que lleguen felizmente a ser lo que en verdad son”.  Ya que la esperanza, que es un fuerte motor de la educación,  nos ha convencido de una verdad innegable:  Todos los hombres nacen héroes. Todos nacen buenos. La educación hace el resto.

Un párrafo para hablar de la Instrucción: la Instrucción completará al hombre.  Todos los hombres tienen derecho a ser instruidos. Este concepto pesa más sobre la sociedad en su conjunto.  Los que gobiernan, los que deciden políticas educativas, los que resuelven sobre temas económicos.  Todos aquellos que tienen un lugar importante en la sociedad son corresponsables de la Instrucción de los niños y los jóvenes.  Es una obligación irrenunciable para ellos.

Educar es otra cosa.

Cuando se extiende el concepto de que educan todos, se diluye la responsabilidad.

No educan ni la escuela ni los medios. Educan los padres o las personas a cargo de los niños y cuando ellos no lo hacen acabadamente, otros, no siempre aconsejables, lo harán por ellos.

Los padres deben despertar la “inquietud vital” en la vida de los hijos.  Deben educar la voluntad.

Educamos cuando desarrollamos la voluntad”

«El hombre no es todo lo que puede ser de hombre si no está educado«

Para contestar a muchas inquietudes de los padres suelo contestar con una frase que les produce más inquietud.

 “En el tercer nivel se produce el protagonismo de la familia” “Los padres son los primeros educadores responsables de sus hijos

Leo y releo y siento que la visión amorosa que tengo sobre los niños y los jóvenes me hace ser muy categórica en estas definiciones. Pero, pensemos, ¿cómo sería el mundo si cada niño que llega a él encontrara un adulto dispuesto a amarlo tanto como para  llevar adelante la tarea más importante que existe?  ¡Sería casi perfecto!

No, no soy severa por demás, los niños y los jóvenes son el futuro y la esperanza.  A ellos les debemos todo. El mundo está lleno de padres que quieren hacer lo mejor para sus hijos.  Que Dios los bendiga.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando — Cambiamos

21 Jun

Cambiamos, cambiamos, cambiamos

Imagen 

Las colinas son suaves y redondeadas, en sus laderas los viñedos se suceden unos a otros como si se quisieran caer.  Las líneas bien tiradas hacen surcos especiales y en cada una hay un rosal que previene las pestes y agrega al paisaje la belleza de sus colores.  Abundan los rojos oscuros, hay también rosados y blancos.  Es un alarde de belleza en lugares en los cuales el trabajo laborioso y agotador parecería ser lo único.  Las diferentes áreas de los cultivos se cruzan y entrecruzan según lo exigen los planos de las colinas. Es un dibujo trabajado e interminable que va de una parte del paisaje a otra pasando por pueblos pequeños, cuyos techos rojos, calles angostas y flores en las aceras los hace únicos y especiales.  Los caminos secundarios se hacen líneas a la distancia, aparecen y desaparecen mezclados con los viñedos y los pueblos.  Cada curva trae nuevas sensaciones y siempre sorprende.  Todos tienen en común el valle del río Marne que corre abajo, de color verde oscuro, perezoso en el verano, flanqueado por hileras de árboles que apenas se asoman a sus riberas.  Pensamos que es demasiado, que es el dibujo de un pintor magnífico quien se ha metido con un paisaje que no existe, que no puede existir y lo ha dibujado perfecto, prolijo, creando lo que parece un espejismo.

Nos detenemos en un pueblo.  La gente saluda con mucha gentileza pero es cautelosa.  Supongo que amanece muy temprano y se retira antes del anochecer, y este ritmo los asimila más a la naturaleza y menos a simples pasajeros que llegamos y nos vamos en un instante.

Pero un hombre se acerca y con toda amabilidad nos pone un poco en situación.  Así compartimos una comida y se va la noche charlando y charlando.  Nos dice que es la sexta generación de viñeteros, que ama lo que hace y no piensa en cambiar nada.  Cuenta algo de su trabajo y lo orgulloso que está de los productos de la zona.

Entonces dice algo que me despierta cierta inquietud.

“No pienso cambiar nada de mi vida porque todo está bien y acá en el pueblo tengo todo lo que quiero y todo lo que me gusta”.

Me equivoco.  Mi primera reacción es de una dudosa simpatía.  No puedo creer que alguien no esté necesitando un cambio en su vida. Que todo sea para él satisfactorio si es inalterable.  Ya no me quedo tranquila.  Un cambio es una sustitución, algo que se va y algo que llega.  Es un contraste total entre dos cosas por el que una se transforma en otra.  Cambiar es dar o recibir una cosa por otra que la sustituye.  Es mudar la risa en llanto y la tristeza en alegría.  Así de categórico.  Es sustituir y reemplazar.  Intercambiar, dejar de ser lo que uno era.

El mundo actual tiene el cambio como uno de los paradigmas de la felicidad.

Por eso aún cuando se trata de cosas importantes en nuestra vida, hablamos con toda ligereza de cambiar.

Empezar de vuelta.  Rechazar todo lo que hasta ahora o hasta casi ahora era la felicidad, dejar caer los brazos, renunciar a esperar más tiempo, a descubrir, a reflexionar, y  elegir  el cambio.

Como una fuga hacia adelante.  Sin darse cuenta de que eso significa perder el que era antes para ser alguien diferente, nuevo, con otros tiempos, otros amores y otras soledades.  El cambio por el cambio mismo como si la magia de ser otro asegurara la felicidad eterna.  Como si estar en otro lugar me diera la conjunción entre lo hubiera querido ser y no pude.  Entre lo que hubiera querido vivir y no he podido.

Todo cambio tiene una causa.  Cuanto mayor es su necesidad, mayor es la angustia que ha provocado su deseo.  Cada cambio tiene un costo, perder una parte de uno mismo. Sin embargo hay muchos momentos en nuestra vida en los que un cambio es indispensable para que sigamos siendo nosotros mismos.

Empezamos a aclarar  algunas cosas.

Lo primero es preguntarme si ese cambio es volver a ser, si me había perdido y tengo cambiar para que nada cambie.  Lo otro, si estoy considerando cuánto de mi vida, cuánto de mis amores y mis necesidades estoy dispuesto a cambiar para empezar de nuevo.

Todavía no está claro.  Entonces como una lucesita que titila y amenaza con apagarse llega la respuesta.  La pienso y la digo antes de que se me apague.

No se trata de cambiar lo que soy, sino de mejorar lo que soy para cambiar lo que me pasa.  En una de ésas no tengo que abandonar una familia, no tengo que dejar un país, no tengo que renunciar a un amigo.  Tengo que reconocer lo que me pasa, superar mis propias  contradicciones, hablar con quienes amo, resolver con generosidad para mí y para los otros. Dejarme llevar un poco por la vida poniendo lo mejor que tengo para cambiar lo que corresponda y aceptar lo que me queda.  A veces creemos que cambiamos y sólo hemos estado dando vueltas alrededor de algo sin acercarnos siquiera.  A veces creemos que hemos mejorado y solamente hemos cambiado.

Mala ecuación la de cambiar sin mejorar.  Mala decisión.

La dimensión humana está verdaderamente en el equilibrio entre lo que soy y lo que quiero ser.  La felicidad entre lo que tengo y lo que quiero tener.  La sabiduría: aprender a descubrir una y otra cosa.

Sigo aprendiendo de las personas que menos hubiera pensado.  Dejo a mi inocente interlocutor, el que tiene puesta la “camisa del hombre feliz” y me voy a mi propio mundo sin temerle a los cambios.  A los que me vengan y a los que provoque yo misma, siempre que sea para mejor.

Es tarde, volvemos por unos caminos sinuosos a la luz de una luna gorda y brillante.  Nada me hubiera complacido más.  Le doy gracias a Dios por tanta belleza de la que está siempre allí, siempre igual para todos los hombres del mundo.

 

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Autoridad en la Familia III

15 Jun

La Autoridad en la Familia III

Nuestro Tiempo

Imagen 

Poco podemos hablar  y transmitir sobre la autoridad en la familia si no sabemos algo y hacemos esa referencia al Tiempo que nos toca vivir.  La Familia es el lugar en el que nacemos, vivimos y morimos como personas.

Cualquiera sea la familia, como organización primaria tiene esa misión y la cumple a veces muy bien y otras no tanto, pero como institución es claramente la fundacional de la sociedad, desde siempre.

Nuestras Familias están en nuestro Tiempo y ambos se identifican entre sí, influyendo uno sobre el otro y viceversa.  Si nos preocupa hoy la familia es, sencillamente, porque sabemos que somos los que haremos los cambios necesarios y suficientes para que la sociedad mejore en la medida de lo “humano”.  Cada hombre en su propio tiempo tiene los derechos y los deberes que éste le impone y que son irrenunciables e inevitables.

Hablemos un poco de la “sociedad de consumo”

  • Lo primero que se nos viene a la cabeza es el término (que no se si existe o lo hemos inventado por su practicidad) “amuchados”.  Cada uno de nosotros convive con el mundo entero, amuchados de a miles, de a millones.  Como nunca antes en la historia del hombre.
  • “Amuchados”, amontonados, confundidos en la marea de miles de millones de personas que, por imperio de las comunicaciones, está aquí mismo, dentro de nuestra casa y formando parte de nuestras vidas.  Experiencia que nunca existió antes.  A veces esta característica de la sociedad actual nos abate y le quita a nuestra intimidad y nuestro tiempo vital, una increíble cantidad de cosas.  Apagamos el televisor o las redes sociales y miramos alrededor con la sensación de que se nos fue la “verdadera” realidad.  Que lo que tenemos cerca es una pequeña parte de nosotros mismos. Podemos sentirnos vacíos y solitarios.
  • Primer motivo de stress del hombre moderno: La “tensión externa: lo que la sociedad invade, produce y me exige sin importar si es bueno, malo o intrascendente se “tironea» con la “tensión internaque son los principios, mis valores, mis afectos, mis emociones, todo lo que configura mi persona y mi relación con los demás.

Sin renunciar a la realidad exterior deberíamos recuperar las dimensiones de nuestra realidad personal. 

  • La sociedad de consumo, con todo lo que tiene de positivo, ya que no podemos desconfiar de una sociedad que ha llevado más bienes para hacer la vida más confortable para más gente, tiene una condición: la Ansiedad que es el pivote sin el cual ésta no podría funcionar.

Ansiedad: Estado de agitación, inquietud, zozobra, por un bien que no tenemos”.    Esto significa algo así como que la vida parece ser un banquete extendido ante nosotros y que nos muestra lo que podemos tener y aquello que no podemos tener aunque nos aseguren que sí.

  1. Segundo motivo de stress para el hombre moderno: Se nos presenta como valioso lo que es y lo que no es valioso, sometiendo a hombre moderno a una nueva pregunta vivencial que no tiene precedentes en la historia.  Los bienes siempre fueron insuficientes, hoy son exagerados, relumbrantes y tentadores.  Parece que “todo vale” y que “todo está bien”.  Enorme error producto de la “relatividad” que nos hace tanto daño. Pero éste es un tema para otra oportunidad.
  2. Tercero: Falta entender la rigurosidad de esta Verdad: Todos los bienes no son para todos los hombres.  Ni la juventud es eterna, ni el talento es universal ni, desgraciadamente, el nacimiento es igualitario.  Sin embargo sabemos que todos los hombres somos iguales, cada uno vale por sí mismo, solamente porque es un hombre.  Lo que tiene de “humano” es igual para todos y no podemos darle un precio según sea más o menos exitoso, más o menos inteligente, más o menos bello, más o menos rico, más o menos ingenioso, más o menos inescrupuloso.  Todo hombre merece compartir los bienes que están para él.  Ésta es la mayor tensión que tiene el hombre moderno: la disociación entre lo que merece solamente por ser un hombre y lo que pueda hacer o conseguir de los bienes abundantes de la era moderna que lo engaña haciéndole creer que tendrá todo, cuando quiera y como quiera.
  3. Cuarto:Hay una brecha importante entre: a) lo que es importante para las personas, b) la manera en la que viven su vida diaria.  Si hacemos una lista de las cosas que nos importan y, luego, de las horas que le dedicamos, realmente, a cada una, veremos que “del dicho al hecho hay mucho trecho”.  Generalmente no coinciden: “Lo que más me gusta es estar con mi familia” pero…el trabajo me atrapa, las actividades sociales,  las rutinas físicas, las horas de soledad en las redes sociales, la TV….el cansancio. Etc, etc, etc. “Para mí la amistad es muy importante, pero…me relaciono con mis amigos sólo con mensajitos y los veo poco”  Etc,etc.etc.
  4. Quinto: La sociedad antigua, con todos sus errores, “colaba” los malos ejemplos y tendía a establecer modelos, roles y conductas positivas que la hacían aliada de la educación.  Hoy el éxito mezcla patrones de conducta y hace que los padres y educadores tengan que ir “contra la corriente” añadiendo un problema más a los que surgen en el momento de ejercer la Autoridad.  Es mucho más difícil educar nadando corriente arriba.  Produce más nerviosismo, más preocupación, y sobre todo una gran confusión que es la trampa más importante que tiene la tarea de educar.

Este somero reconocimiento de la sociedad actual no tiene, aunque no parezca a primera vista, una mirada pesimista sobre la sociedad de consumo.  Simplemente debemos reconocer las claves del tiempo en el que vivimos si queremos hacer algo bueno con él.  Creemos firmemente que ésta es una sociedad estimulante, que como nunca antes tiene en sí misma todas las herramientas eficaces para solucionar sus problemas.  Ya que la comunicación fluida, abierta y que se comparte, es la única forma de crecer para mejor.  En todo caso es una sociedad rigurosa, que irrumpe en la intimidad de cada hogar de una manera absoluta y categórica.  Ése es el desafío del hombre moderno.  Somos los mismos hombres de siempre, hombres y mujeres que, desde los primeros tiempos venimos llevando el mundo para adelante.  Los mismos heroicos hombres y mujeres que, desde la rueda y el dominio del fuego, fueron consiguiendo mejoras en su vida cotidiana.  Los que a pesar de las guerras, las hambrunas, las pestes y las catástrofes, hicieron del mundo un lugar mejor para vivir.  Estamos hechos de las mismas sustancias, nos conmueven las mismas pasiones y tenemos la inquietud de la trascendencia tal como nuestros mayores y los otros, todos los que nos precedieron.

Solamente debemos ser conscientes de que los tiempos han cambiado dramáticamente.  Ha cambiado la ciencia y la técnica de una manera que el hombre no llega a asimilarlas, ni en la medida ni con la velocidad que sería deseable.  Si vamos a ejercer la Autoridad para educar, necesitamos una nueva mentalidad, nuevas habilidades, sumadas a le energía de hacer lo mejor y la fortaleza de creer firmemente que podemos conseguirlo.

Esta es la Era de las Comunicaciones.  Como dicen los jóvenes “Es lo que hay”.   Y lo que hay es muy valioso.

Solo tenemos que:

  • “Poner en orden las prioridades”  (Concepto que repetiré hasta el cansancio)
  • “Darnos cuenta”, que es la única manera de andar por estos caminos de Dios con firmeza y buenos resultados.
  • Pensar, pensar, comunicar, comunicar, estudiar, estudiar, comprender, comprender, compartir, compartir todo lo que sabemos.

A pesar de sus males y sus dificultades ésta es la mejor época en la vida de la Humanidad, nos ha tocado a nosotros transitarla con un objetivo cierto e inevitable, “Hacer que la próxima sea siempre la mejor”.

Que así sea.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – Hablando de Espacios

14 Jun

Hablando de Espacios

 Imagen

Las sombras se alargan huyendo de las montañas y de golpe se caen abruptamente cerca de ellas.  Atardeceres muy cortos para una pampeana como yo, acostumbrada a los espacios en los que el horizonte no se termina y la Cordillera aparece demasiado grande, demasiado alta, demasiado  fuerte.  Vemos blancos y marrones, vetas verde oscuras y guiñapos de sol que se van colando.  Aquella majestuosidad nos hace callar y nos empequeñece hasta el silencio absoluto.  Vamos rumiando nuestro desconsuelo porque en esos lugares somos insignificantes. Solamente nos queda juntarnos y …respirar profundo.

La  superposición de los valles, uno atrás de otro, y otro que aparece donde no se esperaba y todo en un desorden divino y, como tal, imponente, nos hace creer que la huida eterna es el único camino.  Hay algún peñasco enorme y oscuro que parece salir de una cueva mitológica, el arroyo empieza a correr y el hielo cubre los charcos grandes.  Cruje la tierra, cae la noche y casi huimos despavoridos de tanta grandeza.

Después entramos y todo el grupo alrededor de la chimenea, disfrutamos de la noche adentro con un vaso de vino caliente con canela, que quiere, quiere pero no puede,  hacernos olvidar, del todo, que la inmensidad sigue allí con sus gigantes agazapados, eternos y fabulosos.  Quiero correr las cortinas porque me asusta que este horizonte se termine ahí nomás. Estoy acostumbrada a que cualquier atardecer mi sombra puede llegar hasta el fondo de la legua, hasta el infinito.   Uno por uno me van abandonando todos ya que la jornada fue dura y las caminatas largas y difíciles.  Me quedo bien abrigada mirando las brasas de todos colores.

Y voy pensando.  ¡Qué simbólico esto de los espacios!  De las dos dimensiones que sitúan al hombre, el Tiempo y el Espacio, esta última es la que puede mostrarse gráfica y realmente.  Lo primero que se me ocurre es que los espacios son más o menos reconocibles y más o menos aceptados según sea el lugar en el cual crecimos y vivimos durante nuestros primeros años. Siempre recuerdo un italiano amigo de mis padres que, habiendo llegado al Puerto de Buenos Aires se trasladó a una ciudad a más de 500 km de distancia y en un momento tuvieron que detenerse porque estaba descompuesto, desesperado ante la lejanía que no se quebraba para ninguno de los lados.  No sabía explicar qué le pasaba, pero era como un niño abandonado. Él necesitaba espacios aéreos fragmentados por montañas.

Esos primeros espacios nos marcan, algunos nos unen y otros nos separan absolutamente.  Forman nuestro carácter y tienen un efecto contundente en nuestra vida.

 “Espacio: Continente de todos los objetos sensibles que existen//Parte del continente que ocupa cada objeto sensible// Transcurso del tiempo.

Espaciosamente: Con espacio y lentitud”

Espacioso: Ancho//Dilatado//Vasto// Lento, pausado”

Espaciar: Poner espacio ente las cosas// Esparcir, divulgar, difundir, dilatar”

Todo tiene que ver con el Espacio en el cual se desarrolla nuestra vida.  El que le damos a los demás y el que necesitamos para nosotros.  El que podemos compartir y disfrutar.

No  lo tenemos claro.  A veces por el amor que estalla, otras por necesidad, competencia, egoísmo, ceguera, vamos avanzando sobre el espacio de los otros y perdemos la proporción de todo.  Y también defendemos fervorosamente el que consideramos nuestro, nos pasamos, exigimos que sea mayor que el que merecemos o lo resignamos en nombre no sabemos de qué.

El lugar especial en el que estallan los espacios es, sin duda, el de la Familia.  La Familia nos contiene a todos y a cada uno de nosotros.  La casa en la que vivimos, el hogar, el mundo de cada familia, es el hueco donde nos sentimos más seguros, donde deberíamos sentirnos más seguros.  Allí siempre, o debería ser siempre, alguien nos ama, nos escucha, nos reprende y nos comprende.  La Familia y los amigos son los lugares en los cuales se nutre la esperanza.  Nuestros amores son los que cierran filas ante las dificultades que aparecen en la vida, que siempre aparecen, y se juntan para festejar los buenos momentos.  Lo ideal entre la gente que se ama es que procuren vivir de tal manera que cuanto menos espacio dejen entre ellos, más espacio tenga cada uno para crecer en libertad.  La fórmula perfecta del amor.

Me estoy imaginando el mundo de los hombres y sus juegos de espacios.  “Poner espacio” en el respeto de la intimidad de cada uno, confiando que esa persona sabe que allí estaremos siempre que nos necesite.  Cruzar los espacios que a veces se entrecruzan y otras se complementan.  Algunos para disfrutar juntos, para elegir lo que nos conviene, para crecer.  Espacio es el lugar entre mi cama y la de mi hermana justo cuando estira su mano para calmar alguna pena de amor adolescente.  Y el pedacito de cielo azul que se ve desde el patio donde jugamos.  El que desaparece en el abrazo de los amantes.  El que se llena de silencio para respetar el silencio del otro.  El momento de reflexión que nos hace acercarnos o alejarnos prudentemente del que lo necesita, según qué necesite.  El que borramos para consolar.  Espacio somos todos y cada uno de nosotros para los demás.  Conviene empezar a reflexionar sobre esto.  Para aprender a no robarlos y saber dónde y cuándo nos corresponde ocuparlos.

Nuestra vida es como la separación que hay entre las rayas de un pentagrama, ordenando la melodía.  A veces merece un tiempo más lento, a veces mucha velocidad.  Hay tiempos en que los espacios se llenan de fantasías y otros que se necesitan para resolver problemas cotidianos, para estar en soledad, para pedir perdón, para aventurarse, para compartir un lugar y un momento que no valdría nada si estamos solos.

Recuerdo mi deleite cuando una maestra inspirada nos enseñó a entrecruzar arcos dibujando con un compás.  Recuerdo como se  iban formando pétalos y después flores y más tarde fantasías que pintábamos de distintos colores.  Teníamos seis años y llenábamos las carpetas que nunca eran lo suficientemente grandes.  Aprendimos a crear belleza creando espacios y llenándolos de luz con todos los colores posibles.  Nos sentíamos halagadas, conformes y orgullosas de aquellos “cuadros” que se quedaron en el rincón más feliz de la infancia.  ¡No sabíamos que, sin saberlo, podríamos haber estado dibujando nuestra vida!

Me estoy olvidando de los miedos que me provocaron estas enormes montañas que parece que se me vienen encima.  Allí los espacios aparecen mirando el cielo.  En mi tierra mirando a lo lejos.  Todos nos enseñan la experiencia vital de tener que adecuarnos a los espacios diferentes, a los espacios que nos tocan.  Y así es con los demás.  Ajustamos nuestros lugares, agregamos las luces y tratamos de vivir en una delicada armonía.

Mañana volvemos a la ciudad.  Camino por las veredas apretadas, respiro profundamente y decido que le voy a dedicar mucho tiempo y empeño a esto de los espacios míos y de los otros.  Por eso de que mejorar las relaciones con los demás hace que la vida sea mejor.  Así es.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Autoridad en la Familia- Reflexiones sobre la mentira

11 Jun

 

Imagen

Autoridad en la familia

Tema específico: Reflexiones sobre las mentiras

Otra vez, en esta mañana de neblina, se ha colado un tema distinto a los que suelo referirme.  ¡Lo que pasa es que he visto lágrimas en los ojos de una niña pequeña y también una madre que no sabe cómo lidiar con el tema de las mentiras!  Buscamos entonces otro sendero de pensamientos y nos vamos a hablar un poco, solamente un poco porque el tema es muy serio y merece mucho, acerca de la mentira en los niños.

Empezamos con algunos conceptos que, si persistimos en estos temas, estarán siempre presentes.  Porque no podemos soslayarlos, por lo contrario fijan sostén, dirección y exigencia para la vida de todos nosotros.

Principios – Valores

Principios: Universales, Eternos – Autoevidentes.

Valores: Se trata de lo que nos interesa, lo que preferimos.  Deberían siempre determinarse desde los principios.

Los padres transmiten los Principios y enseñan los Valores

Mentira  “Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, cree o piensa”.

Mentir:  Decir, expresar, manifestar alguna cosa contraria a la verdad:  alterar a sabiendas con ánimo de engañar – Inducir a error – Falsificar, contrahacer algo – Fingir disfrazar alguna cosa haciendo que parezca otra.

Por razones del medio en el que se transmiten estos conceptos, seguimos en forma de sinopsis.

  • Padres:  deben vivir siempre la verdad.  Manifestarlo y enseñarlo.
  • Reconocer que los hijos, por diferentes razones, a veces encuentran dificultades internas y externas para decir siempre la verdad. (No justificamos, explicamos)
  • Los padres deben estar convencidos y transmitir los beneficios de vivir entre gente que dice siempre la verdad.
  • Hasta los 7 años los niños suelen confundir la realidad con la imaginación. Hay que reconocer muy bien la diferencia entre la “Imaginación” y la “Mentira”.  La mentira siempre tiene un fin preciso: escapar de un castigo, conseguir un bien deseado, sacarse de encima la responsabilidad, etc.  La imaginación no tiene un fin en sí misma, es pura creación y tiene valores propios.  Es bueno para un niño tener imaginación.
  • Los niños mienten siempre:
  1. Si les “conviene”
  2. A la persona que “les conviene”
  3. En el momento que les “sirve”
  4. Por temor
  5. Por comodidad
  6. Por vergüenza
  7. Por amor propio. Etc.
  • Un niño es una persona única para la cual la mentira es un hecho más.  La educación debe actuar en todas las facetas de su personalidad, porque cada virtud es ayuda para las otras.
  • Es importante que los padres sepan que “un niño que miente, No es un mentiroso.  Es solamente un niño que miente.  Y, si estamos a tiempo de corregirlo, esto será solamente una faceta de su educación.
  • Para empezar lo mejor es que el niño tenga verdadero conocimiento de su realidad.  De lo que es importante y lo que es secundario.
  • Los niños deben aprender que mentir no está a la altura de su propia dignidad.  Por lo tanto, se les debe enseñar a despreciar la mentira. Para eso primero se les debe enseñar dentro de sus capacidades a conocerse a sí mismos y respetarse. Lo primero y más difícil de enseñar es que ese niño sea sincero consigo mismo, “que no se mienta”.
  • Como siempre los objetivos que tiene el padre para que su hijo no mienta son distintos a los que tiene el hijo para dejar de mentir.  El niño miente para conseguir algo, el padre busca que no mienta para educarlo.  Con sólo comparar estos objetivos, tan diferentes, encontramos la categoría de cada uno de ellos.  Nos sirve para decidir con cuánta decisión y energía debemos conseguir que nuestros hijos no mientan.
  • Cuanto más pequeño es el niño, más fácil es enseñarle a decir siempre la verdad porque los padres tienen un conocimiento total de su realidad y, por supuesto, cuentan con todos los elementos de edad, experiencia y astucia que el niño todavía no tiene.

Algunas técnicas para enseñar a decir la verdad

  • Lo primero es conseguir que la mentira sea ineficiente.  Que siempre, mentir, sea un fracaso. Es decir que no le sirva.  Que ninguna mentira le sirva.
  • Ante la mentira hay varios  pasos a seguir:
  1. No confundir al niño con la falta que ha cometido.  No rotular,  No clasificarlo como “mentiroso”.  (Recordar que el lenguaje crea la realidad) No crear un niño mentiroso.  Es simplemente un niño que ha mentido.  Nunca le diremos “mentiroso”
  2. No dramatizar.  En la vida cotidiana todos los niños mienten alguna vez.  Lo importante es cortar ese hábito.  No darle entidad en la familia, desterrándolo.
  3. No conviene usar el término “mentira”.  Se puede decir “eso no es cierto”.  Lo mejor es actuar naturalmente, dando muestras de que uno (el padre) sabe de verdad lo que ha pasado. 
  4. Hablar del hecho referido dejando claramente establecido que todo es como lo dice el padre y no de otra manera.
  5. Decir con firmeza las cosas como son y no repetir una y otra vez el concepto .
  6. No seguir nunca la “discusión”.  Actuar como se corresponde con la verdad de los hechos.  Tomar la medida que corresponda y “Cambiar de tema”.

 El objetivo a seguir por el padre, se repite, es que la mentira haya sido un fracaso para el objetivo del niño.

 Ejemplos Concretos:

Juan: “No terminé los deberes porque me dolía la cabeza y no podía pensar bien”.

Mamá o Papá:  Es la última vez que no terminás los deberes como corresponde.  Ya mismo, te sentás a hacerlos bien, todos, y te voy a agregar dos ejercicios.  Y la próxima vez que pase esto vas a tener una penitencia.  (Anunciar y cumplir)  (No se ha mencionado nada que tenga que ver con la “mentira”, y sin embargo ésta ha fracasado)

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

María: No volví justo a la hora que me habían dicho porque Carina se descompuso.

Papá o Mamá: Fue muy irresponsable no pedir ayuda si se descompuso Carina.  Y también no llamar para avisar que te atrasabas.  Ya vas cancelando la salida de mañana a la tarde y, ¡la próxima vez que no llegues a la hora establecida habrá penitencia de aquellas!  (Anunciar y cumplir). (Mentira fracasada y sin nombrar)

.-.-.-.-.-.-.-

Pedro: Me traje este libro porque me lo regaló Juancito.

Mamá o Papá:  Dejás ese libro en tu cartera, mañana se lo devolvés a Juancito y nunca más vas a traer cosas de los otros chicos a menos que te lo hayan prestado y sea para devolver como corresponde.  Porque Juancito tiene edad para prestar pero no para regalar.  La próxima vez que hagas algo así se lo vas a tener que entregar frente a la maestra.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Helena:   Yo no dibujé en la pared.

Mamá:   Las paredes no se dibujan.  Para decorar mejor hacemos un cuadro y lo colgamos. La próxima vez que aparezca la pared dibujada, mamá y papá se van a enojar mucho.

                                              .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Federico: Salí a andar en bici porque pensé que no era necesario terminar ese dibujo porque la maestra no lo había dicho.

Mamá o Papá: Seguramente la maestra lo dijo y no la escuchaste.  Las tareas se hacen, se terminan  y se entregan en tiempo.  Vas a terminar ese dibujo y a hacer otro bien hecho, por esta tarde y mañana no hay bici.  Y la próxima vez en lugar de pensar algo que te “conviene”, hacé lo que tenés que hacer. (Mentira no nombrada y que ha fracasado)

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Los ejemplos son innumerables.  Según las etapas de la vida de cada niño y sus circunstancias. Se debe saber que enseñar a decir la verdad está dentro del contexto de la educación permanente.  Es una más de las facetas de tal educación.

Los padres:

  • Deben tener siempre una actitud de seguridad sin titubeos frente a la mentira del hijo. Por lo que, deben estar seguros de que ha mentido y luego proceder sin dudarlo.
  • Deben reconocer acabadamente la realidad de la vida de cada hijo y ayudarlo él mismo a reconocerla.
  • Hacerse cargo de sus preocupaciones. Acompañarlo en la satisfacción de decir la verdad. Hacer que experimente su propio valor como persona tendiendo al bien.
  • Dar ejemplo.
  • Hablar de lo conveniente que es decir siempre la verdad, precisamente en los momentos en los que no hay conflicto. Hablarlo como se habla de cualquier otro valor, en general, como algo apetecible.  Hacer ver lo tranquilo que uno vive si los otros no le mienten. (En este caso refiriéndose al niño mismo, lo mal que lo pasa si los otros le mienten).
  • Según la edad del niño, contar cuentos o historias  en los que se resalte el valor de vivir respetando la verdad y los beneficios que reporta vivir entre gente que la respeta. Esto último se ha perdido bastante en el mundo actual pero es de una gran eficacia para transmitir valores a los niños y suele ser muy atractivo para ellos. (Por ejemplo la historia del pastorcito que miente)
  • Estar alerta para detectar cuando la mentira se transforma en una actitud generalizada del niño porque entonces cambia todo el panorama y puede tratarse de conflictos mayores.  No dejemos que la mentira invada la vida de nuestros niños.  No hay mentiroso feliz.

Damos por terminadas estas reflexiones. Volveremos por todos los caminos que se van abriendo.  Se me va haciendo familiar esta manera de estar en contacto con otras gentes que no conozco.  Me emociona el mundo moderno y el que viene siempre que podamos mantenerlo en sintonía con los Principios, los Valores y la buena relación entre las personas.  Es decir: mantener el mundo en la medida de lo humano. Qué Dios nos ayude para eso.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando — La cadena nos engaña

10 Jun

La cadena nos engaña

 Imagen

Mi padre tenía los ojos mansos y cautivantes.  Como todo lo que se refería a él una parte de su vida era la realidad, producto de una educación severa dentro de una familia grande;  y lo otro era su mundo personal en el cual todo era posible.  Él alternaba de uno al otro con el solo límite de sus deberes primero como hijo y luego como padre.  Sus ojos presumían de ser bien oscuros porque así nos engañaba con su aspecto español, tez blanca y pelo abundante negro y revuelto.  Pero, si uno lo miraba bien, sus ojos eran claros, mezcla de verde perdido en celeste y con un centro dorado.  Solamente había que mirarlo al sol y con determinación.  Eran ojos mansos y engañosos.  Como él.

Mi padre tenía una mezcla de importancia y atractivo para sus hijos y sus nietos.  Sabía canciones que nadie más sabía.  Se afeitaba cantando, sabía silbar y contar relatos que mezclaban todo, todo lo que el mundo podía ofrecer a esta riada de niños que lo seguíamos embelesados.  También tenía su mundo mágico entre las mujeres, pero esas eran historias que nunca contaba, solamente lo sospechábamos a medida que íbamos creciendo.

Lo que hacía mejor que nadie era enseñarnos a conocer el mundo desde el límite cotidiano.  Nunca se sabía por dónde iba a dispararse el sendero fino de la observación.  Pero podía encontrar la linterna mágica que nos mostraba la luna y sus sombras, sentados en la escalera angosta que llevaba a una terraza de malvones.  Era el primero que descubría el reflejo nuevo en un charco.  Y cómo puede pasar un camello por el ojo de una aguja.  Porque mi padre  nos enseñaba, más que nada, a usar la imaginación, abriendo espacio y tiempos eternos.  Nos llenaba el alma de relatos y, recién cuando fuimos grandes, nos dimos cuenta de que ésa era su forma de enseñarnos la vida desde otro lugar.

Y aprendimos.  Sí que aprendimos algunas cosas.  A veces lo recuerdo de improviso, descarto sus faltas y me regodeo compitiendo con él, que ya no está, para sacar provecho de lo que menos se piensa que puede aguardarnos desde el tumultuoso e inevitable mundo que me toca vivir.  Ahora, cuando los años han suavizado las pasiones y tengo más que los que tuvo él, puedo balancear lo que nos dio con lo que no podíamos esperar de él y todo está bien.

Pero también, como lo aprendimos de él, puedo divagar por caminos aparentes y perder y volver a encontrar el hilo de mis reflexiones, una y otra vez.  Hasta que aparece el tema y allá voy.

Era una mañana de domingo, mi padre estaba en la terraza, la de los malvones y las baldosas gastadas.  Yo estaba jugando en la escalera y oí que me llamaba.

Miré para arriba y lo vi medio inclinado sobre la pared.  En sus manos tenía una cadena brillante y una canasta.  Me dijo que iba a enseñarme algo que algún día me serviría para decidir cosas importantes.  Puse cara de interlocutor inteligente, cómplice de sus “bobadas” y aprendí, ¡vaya si aprendí!

Me pidió algunos de los juguetes de madera y los juntó en la canasta.  Después, mientras tatareaba como distraído, fue bajando lentamente la canasta hasta donde se lo permitió el largo de la cadena.  Izó lentamente ambas y con un pase mágico, que yo no advertí, cambió uno de los eslabones.  El nuevo eslabón era notablemente más chico y débil que el resto. Consecuencia, en cuanto largó otra vez la canasta, ésta se soltó y cayó estrepitosamente al suelo por el hueco de la escalera.  Grité, preocupada por mis juguetes y corrí para abajo seguida por mi padre que trataba de tranquilizarme.  Por suerte nada había sufrido daño porque él se había asegurado de que así fuera.  Ahora en el patio, en aquella mañana de invierno, me mostró el eslabón débil.

Y me dijo: “La cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil”.  “Todas las cadenas tienen la fuerza de su eslabón más débil”.  “No importa que tengas la más gruesa y fuerte del mundo.  Se romperá en ese eslabón y, entonces la cadena no servirá para nada”.

Lo entendí, juro que lo entendí.  Aunque en aquel momento no me di cuenta de lo importante que era ese concepto.

En las cosas materiales esto se comprueba fácilmente, saberlo hace la diferencia entre un artesano eficiente y un aprendiz torpe.  Conocer la naturaleza de la “cadena” de la música hace la diferencia, por ejemplo, entre Mozart y un niño de dos años que golpea un tambor.  Entre un profesional médico que enhebra los síntomas de su paciente y un falso médico que desconoce el valor de cada cosa.  Para levantar una torre mejor evaluamos cada eslabón de cada cadena.  Y así es fácil seguir una línea de pensamiento que nos guía a hacer las cosas bien.

Las verdaderas dificultades aparecen en otros dos casos.

El Tiempo.  Enhebrar el tiempo de nuestra vida juntando los eslabones de cada día y aprender a descubrir en qué momento elegimos el más débil que fue cuando faltamos a nuestra fortaleza para elegir con justicia, con claridad, con conocimiento, poniendo cada cosa en el lugar que corresponde.  No estamos hablando de culpas ni de responsabilidades, a veces elegimos sin fortaleza porque las circunstancias ajenas a nosotros nos arrastran.  El tiempo está hecho de eslabones que tratamos, desde nuestra débil naturaleza humana, de gobernar según nuestros intereses.  Veamos cuáles son los tiempos más débiles, ellos marcarán el resto.  El resto de nuestra vida con mayor o menor importancia, pero definitivamente el resto de nuestra vida.

Lo más difícil son las relaciones humanas.  Nos cuesta entender que siempre la cadena tiene la fuerza de su eslabón más débil.  Y así tenemos una familia perfecta hasta que uno de los cónyuges se quiebra por sus propios fantasmas y todo se termina.  En nuestro trabajo vamos elaborando una tarea en equipo hasta que uno de nosotros no está a la altura de la exigencia y la cadena se quiebra.  Confiamos en una promesa que nos convoca a muchos, hasta que uno de ellos no consigue remontar sus propias debilidades y la cadena ha dejado de servir.  El ser más débil de una familia conflictiva adquiere una adicción y todos sufrimos.  Los jóvenes que se mezclan con quienes, además de corruptos, son más fuertes y sucumben al grupo.

La vida tiene esas cosas que nos sorprenden mal, que nos hieren y hieren a los demás sin que nadie  se lo proponga.

¿Qué hacemos?  Aprender a encontrar el eslabón débil de la cadena de la vida.

Observar, prevenir, hablarlo con quienes amamos.  Ponernos de acuerdo en que reforzaremos ese punto débil que llevaría todo al desastre.  Encadenar una sonrisa al trato cotidiano. Responder con sencillez y fuerza a la ira del otro y trabajar juntos para eliminar ese solo eslabón que lleva la relación hasta el nivel de quiebre.  En todos los casos reconocer, prevenir, reconocer, aceptar nuestras debilidades, reconocer.

Darse cuenta

Vuelvo a mi padre.  Un hombre lleno de debilidades que tenía los ojos mansos y cautivantes, le sonrío, lo guardo entre mis recuerdos más afortunados.  Lo sigo queriendo.  Y trato de que la cadena de mi canasta tenga todos sus eslabones en orden.  Claro, yo sola no puedo, necesito a los otros.  Ése es el eslabón más fuerte en la vida.  Los otros.  Sin ellos todos los eslabones son débiles.  Los otros.

Bajo la escalera que me llevaba a la terraza de los malvones y me voy,  peripuesta como una niña sabia, a vivir otro día de mi vida.

LA JUSTICIA PRIMERO.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – La Autoridad en la Familia II

7 Jun

La Autoridad en la Familia  (Parte II)

 Imagen

Debo reconocer que, inexperta en esto de escribir un blog, siento una gran emoción ante el milagro que se despliega para todos los hombres con esta maravilla de estar comunicados a través de toda la Tierra.  Estamos asistiendo a una Revolución como nunca la hubo en el mundo.  Hemos ido derribando los espacios y los tiempos.  Podemos informar, pedir, escuchar, compartir, aprender, desarrollar, caminar, ver, conocer, y todo lo que es propio de los seres humanos, con toda tranquilidad, desde la intimidad del hogar.   Dios quiera que adaptemos este fenómeno  al respeto a los Principios, a los valores y a las reglas de buena convivencia.

El presente y el futuro me emocionan.

Dada la repercusión que hemos tenido con el tema de Autoridad, seguiremos “mechando” sus contenidos hasta que el interés de mis lectores lo demanden.

Hemos dicho que la Autoridad se conjuga con dos pilares indispensables que hacen a su naturaleza.

1)  La Intención y Actitud de Servicio al otro

2)  El Prestigio de quien la ejerce.

Esto se completa con el otro sujeto de la Autoridad.  En este caso, el hijo, por lo que el tercer pilar que nos falta es:

3)  La Aceptación de la Autoridad de parte del que se someta a ella.

Falta el último y no menos importante

4)  Participación en los valores que van a transmitirse.

Nos detenemos en la figura del hijo.  Es siempre el eslabón más importante en la cadena de la vida.  A él le debemos toda nuestra atención, nuestro cuidado y entrega.

Acá hacemos un alto para remarcar un concepto esencial en estas relaciones de padres e hijos que son la supervivencia de la especie.  Los padres no deben esperar agradecimiento por lo que hagan por sus hijos.  Es una ley natural que los padres los amen y los cuidenSon los responsables directos de ellos y la matriz de su educación.  Desterremos aquello de “¡Con todo lo que hice por  él!”

Es natural  que haga todo por su hijo.  Y éste, por el suyo….Estableciendo una cadena virtuosa que va de unos a otros siempre con el ideal de mejorar.

Lo que debemos establecer es qué es “todo”.  Y, de acuerdo a la experiencia de años con padres de todas las clases sociales y de distintas culturas, lo que los padres quieren para “su” hijo es “Que sea feliz”. “Hago todo para que él sea feliz”.

La felicidad tiene tantas definiciones como seres humanos, no podemos definirla, pero sí podemos pensar, de una manera sencilla, que un hombre feliz lo es cuando está en buena relación consigo mismo y con sus semejantes.  La educación es la herramienta indispensable para lograr eso.  Y hablo no sólo de la educación académica, sino también de la que nos forma como seres humanos, nos enseña a ser mejores, a controlar nuestros impulsos, reflexionar sobre la vida y encontrar nuestro lugar en el mundo.

Mejor pensamos unos minutos en esta idea que es mucho más profunda y esencial en las relaciones filiales de lo que suponemos.

El hijo es una persona única, nunca existió alguien como él y nunca existirá.  Ésa es la manera en que los padres deben ver a sus hijos.  Comparándolos consigo mismos para que sean lo mejor que pueden llegar a ser, y nunca con los otros, mucho menos con sus hermanos.  Cada uno tiene un lugar en el mundo y uno en la familia y eso debe respetarse.

Como un ejercicio práctico para ir conociendo de verdad a nuestro niño tenemos esas preguntas mágicas que suelo repetir y repetir, porque creo que son de un valor especial.

Acá va una secuencia.

1)  Para hacer este ejercicio lo primero que deben hacer los padres es  sentarse en el suelo.  Mirar para arriba y darse cuenta de que así ven el mundo nuestros hijos cuando son pequeños.  Un mundo de adultos en el que entrar cuesta mucho esfuerzo y lleva tiempo.  Ese reconocimiento es el primer paso de la educación.

  • Crecer “hacia” la vida que les toca vivir, mirar para arriba, sentir la autoridad de los padres como un refugio.
  • La contraposición de lo que sus mayores sienten: Crecer “hacia” la tarea que le toca realizar,  mirar hacia abajo, ser el refugio de sus hijos ejerciendo la autoridad.

Nos preguntamos seriamente sobre nuestros hijos porque sin conocimiento acabado de cada uno de ellos no podemos educar.  Y aquí aparecen las preguntas:

  • ¿Quién es?  Reconocerlo en  profundidad.  Sin compararlo con nadie.  Reconocer su carácter, su temperamento, sus emociones, sus sentimientos, todo lo que en él será exclusivo y diferente al resto de las personas.  ¿Qué es lo  qué más le gusta? ¿Qué lo asusta? ¿Con qué suele enojarse? ¿Qué lo divierte? ¿Con qué se entusiasma? ¿Qué lo cansa? Cómo se ríe, cómo duerme, cómo nos mira.  Todo lo que podamos reconocer en él,  mirándolo como si no fuera nuestro hijo, para que “brille con luz propia”.
  • ¿Dónde está?  En esta familia, en este tiempo, en el barrio, en este país, es el primero o el tercero de los hijos.  Va a la escuela, ¿dónde alterna con otros niños? ¿Qué espacios físicos, por pequeños que sean, tiene para él dentro de su casa?  Cursa el primario o el secundario.  Es de una familia grande.  Dónde comparte su tiempo con la familia. Etc, etc, etc
  • ¿Cuáles son sus dones?  Su simpatía, su seriedad.  La destreza para los deportes.  Tiene condiciones para el arte.  Tiene buena voz.  Se le dan muy bien las manualidades.  Tiene facilidad para las ciencias.  ¿Sabe escuchar?  Es elocuente y simpático.  Disfruta ayudando a los otros.  Es ingenioso, charlatán, risueño, ceremonioso.  Aprecia y defiende a la naturaleza.  Sabe tratar a los animales.  Es buen compañero.  Y seguimos….
  • ¿Qué valores voy a transmitirle? Los míos.  Decididamente los míos. ¿Otros? No,  le transmitiré los míos.  Con la seguridad de que:  le transmito mis valores aunque yo no quiera.
  • ¿Qué espera él de mí?  El amor está descontado.  Espera ejemplo, optimismo, delicadeza, perseverancia, entrega, compañía, ingenio, fuerza, confianza.  Seguridad y demostración de amor en forma cotidiana.  Abrazos cariñosos y besos a montones.  Un niño se toma de la mano de sus padres y cruza la carretera tan tranquilo, conversando y sin preocuparse por nada porque sus padres conocen el camino, lo llevan con cuidado y lo dejarán cruzar solo cuando sea el tiempo justo.  Eso espera él de mí, aunque ni él lo sepa.

Todas estas preguntas se hacen en forma de reflexiones, algunos minutos en la semana.  Se agregan las preguntas que los padres y las familias consideren importantes.  Pero deben hacerse formalmente.  En una charla tranquila.  Si fuera posible papá y mamá juntos.  Importa para ver cómo seguimos.  Dibujamos la realidad de nuestro hijo y adecuamos todos los medios necesarios para que la educación lo vaya preparando para ser un hombre feliz.

Todo esto que hemos hecho tiene su resumen en las dos palabras mágicas y contundentes que se refieren a todo lo que pasa en nuestra vida:

Darse cuenta

Otro día seguimos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

 

Hilachas que van tramando – El poderoso efecto del lenguaje

4 Jun

El poderoso efecto del lenguaje

 Imagen

¿Cómo hemos llegado a estar en este lugar? Las vueltas de la vida imponen, algunas veces, buenas sorpresas, otras impensadas calamidades.  Estamos por lo primero.  Un viejo amigo de la juventud nos ha invitado a una serie de seminarios.  El pueblo encerrado entre los cerros es distinto a todo lo que habíamos conocido.  Es achatado, de colores como los cerros que lo rodean.   Silencioso y dueño del tiempo.  Todos sus habitantes tienen el señorío de los montañeses.  Caminan sin apuro porque las subidas son notables y sobre todo, lo que más nos llamó la atención, es su forma de hablar.  Pausada,  marcando con inspiraciones y exhalaciones los accidentes gramaticales que podemos reconocer como si lo estuviéramos leyendo.  Es un verdadero placer escucharlos.  Y también descubrimos que tienen un lenguaje cuidadoso, lleno de palabras bellas, porque hablan el castellano más puro.  Con mi amigo nos descubrimos disfrutando de las bellezas de nuestra lengua heredada de los siglos de oro de la herencia castiza.   Bienvenidos a su tradición.  Escucharlos tiene dos consecuencias.  Una es que disfrutamos como si nos llenáramos la boca de chocolate caliente, espeso y dulzón.  La otra es que empezamos a copiarlos y vamos eligiendo cuidadosamente las palabras, aún en nuestro lenguaje coloquial.  Nos atrevemos y usamos términos y giros idiomáticos que resultarían rebuscados en la vida de la ciudad.  Es una experiencia fantástica.

Voy preparando mi exposición y no me cuesta casi nada porque todo inspira en este lugar del mundo.

El lenguaje es un  instrumento indispensable para el pensamiento.   Basta que se nombre algo para que se convoque su existencia.  Un nombre que se le da a una persona significa, desde entonces, esa persona.  Con todas sus condiciones, ni más ni menos.

Considerando que hoy en la cultura de la comunicación en la que vivimos toda palabra llega a todo el mundo, nunca como ahora en la historia del hombre el uso adecuado o inadecuado del lenguaje produce el cambio inevitable de los paradigmas del comportamiento a niveles  insospechados.

Por el lado negativo agreguemos que nombrar las cosas perversas, malas, peligrosas o letales con palabras que se aplican a la vida cotidiana “levanta” el significado de tales cosas y les saca peligrosidad; las hace “amigables” para el hombre común y a partir de allí se transforman, lentamente, en moralmente correctas.

Si se persiste en usar ese método para ir socavando la vida societaria, cosa que siempre se hace por interés, por dinero o por poder, terminan aquellas cosas hoy despenalizadas en ser legal y socialmente impuestas.

Se usan palabras cuyo significado siempre ha sido cuanto menos injurioso en el lenguaje común y, a fuerza de usarlas, por una desgraciada paradoja, se transforman en una ponderación del vínculo con el otro.

En este momento lo que me despierta tales reflexiones son las palabras de un Intendente, quien dijo que en su ámbito, “no hay narcotraficantes, son pequeños repartidores que se encargan de la venta minorista, pequeños vendedores de drogas que lo hacen al menudeo”,  con lo que asimila esa actividad a cualquiera de un comerciante minorista normal, que trabaja dentro de la ley y las buenas costumbres.  Si  se sigue esa línea de  lenguaje y se empieza a hablar de menudeo, repartidores o venta minorista,  en lo referente a la venta de drogas, lentamente se va imponiendo en el inconsciente colectivo que las dos cosas son iguales.  Se pierde primero el miedo y después el rechazo.  Finalmente da lo mismo una cosa que otra.

¿Exageración?   Busquemos ejemplos en el lenguaje abrumador que usan nuestros jóvenes,  que alguna vez copiamos los adultos y que degradan la definición de muchos valores.  No sólo se degrada el lenguaje, cambian los conceptos, todo da igual, el insulto es ponderación.  La injuria se disfraza de familiaridad con el interlocutor.

Me niego a dar alguno de estos términos porque no quiero darles entidad.  Lo dejo para cada uno de los lectores.

Exactamente lo mismo sucede en el ámbito de las relaciones humanas.

El lenguaje cotidiano con aquellos que amamos, y también con todos los otros, marca inevitablemente la clase de relación que tenemos con ellos.

El lenguaje acompañado por la disposición gestual es todo lo que nos exhibe con nuestros semejantes.  No hay otra forma de hacernos conocer y de conocer a los otros;  no hay otra forma de demostrarles cuánto los amamos y cuánto nos importa su felicidad y su relación con nosotros.

El lenguaje, el gesto y el silencio son los tres actos humanos que nos exponen primariamente ante el prójimo.  No hay otras formas de comunicación en lo personal.

Es bueno reflexionar sobre esto y acostumbrarnos a modificar nuestras expresiones, los tonos de voz, el silencio respetuoso, la sonrisa y el uso del cuerpo cuando se trata del sutil lazo que nos une a los demás.

Sigamos esta línea de pensamiento partiendo de tal exposición.  Exponerse es: mostrarse, presentarse, exhibirse, manifestar, declarar, notificar, explicar, interpretar, aventurarse, arriesgarse, ostentar y exteriorizar.  Eso es lo que hacemos cada minuto de nuestra vida cada uno de nosotros con todos los demás.  Hermosa riada de palabras que nuestra lengua castellana nos regala con tanta generosidad para que ejerzamos el señorío de una estirpe.  El mismo señorío que deberíamos elegir para nuestro lenguaje cotidiano.

El trato puede dignificar o despreciar a una persona.  La palabra crea.

El paisaje se hace complicado, pero siempre bello.  Las callecitas adoquinadas con piedras milenarias terminan en el vasto horizonte de los acantilados.  Sendas de agua se dejan para que no se aneguen las calles, hay flores y flores de colores cuya disposición en innumerables planos las hace ver desde cualquier parte del pueblo.  Las casas, los rincones, los jardines, cada recodo es amigable y bello, sobre todo inesperado.  Sigo caminando por este paraíso al que me ha llevado la vida de una manera sigilosa.  Dejo de pensar y de “rumiar” como me dicen mis amigos.  Seguimos caminando mientras conversar se ha transformado en uno de los placeres que casi, digo casi, habíamos perdido.  Hablamos con espacios, usamos palabras bellas y sentimos que nos reforzamos en nuestra humanidad.  El paisaje acompaña.  Trataremos de llevarlo con nosotros para siempre.  ¡Ojalá así sea!

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El hombre cabizbajo y las hojas

1 Jun

El hombre cabizbajo y las hojas

Imagen

Después de un día agotador en el centro,  me bajo del tren y vengo caminando desde la estación.   El caminito de la vía, casi un sendero en el bosquecito,  es el más ancho de todos los que tienen las estaciones de esta línea; y  se mantiene igual que hace muchos, muchos, años.  Camino con mis recuerdos y con mis realidades de antaño.  Casi diría que voy al centro para sufrir los embates de la gran ciudad y para volver, bajar del tren y caminar hasta casa por ese caminito lleno de enredaderas de campanillas azules y besos robados en la adolescencia.  Niños remontando barriletes y nosotros muy jóvenes, tan jóvenes que no nos dábamos cuenta de que lo éramos!!!

Salgo por el  arco de una pequeña puerta, que ya no existe, a la calle de mi casa y entonces estalla uno de los más preciosos paisajes que he visto.  Los tilos, los liquid ámbar  y los robles, que se mezclan con toda desconsideración y desorden,  han perdido casi todas sus hojas.  Las hay de color amarillo cristalino que se ponen casi transparentes y las otras que llegan, con todos los tonos, a tener un violeta oscuro.  La alfombra es gruesa, crujiente y voladora.  Cada tanto un golpe de viento caprichoso levanta pequeños tornados de colores que juntan las hojas en distintos lugares.  Y vuelta a empezar, de acá para allá.  Maravilloso!

Sin ponernos de acuerdo, así nomás, por apego a la belleza, los vecinos no barremos las hojas–apenas levantamos alguno que otro papel.  De manera que por unas cuadras voy atravesando mi alfombra dorada, distinguiendo los ruidos y gozando de esta tarde de otoño.

Al fondo de la calle la parroquia, con su torre amistosa y las campanadas que alertan a todos los vecinos.  Antes, el Ángelus.  Ahora, que se ha perdido la costumbre de rezarlo, reconocer las horas y apropiarse, por segundos, del tiempo fugitivo.

Desde la esquina dobla un amigo entrañable, que conocemos desde la infancia. Hombre inteligente y sabio, con quien conversar resulta siempre un placer.  Lo que más nos gusta de él es su consecuencia consigo mismo.  Aquí ha nacido, por su profesión de piloto recorrió el mundo más de una vez, habla otras lenguas y ahora, en estos años maduros, disfruta de su barrio, de su historia y de sus realidades.

Converso con él un rato y lo dejo, mirándolo alejarse cabizbajo y cansino, jugando como yo con las hojas.  De pronto pega como una patada de arrastre y eso produce un nuevo remolino, la luz oblicua del sol se refleja a través y por encima de las hojas que caen desordenadamente algunas atropellando y otras leves como el instante.  Ha creado una estela de belleza y vuelve a hacerlo dos o tres veces hasta que yo entro en mi casa.

Me siento a tomar un buen té e inevitablemente, con esa costumbre que tengo de analizar las cosas de las personas, pienso en mi vecino.  Es un hombre feliz.

Me pregunto: ¿Cómo se llega a ser un hombre feliz?

Me propongo darme alguna respuesta.  Lo primero que necesita un hombre feliz es un conocimiento acabado de sí mismo.  No puede un hombre ser feliz sin un conocimiento acabado de sí mismo.  Quien no se conoce no tiene relación adecuada con el universo.  Quien no puede conocerse no puede conocer a sus semejantes y sin ellos no puede tener sentimientos y emociones.  No puede ser generoso, no puede compartir, ni recibir ni conceder.  Todas las aptitudes que tenemos por ser seres humanos.   Y, sin embargo, sin embargo en el mundo moderno, tan emocionante, tan tentador, tan atractivo, no le dedicamos mucho tiempo a conocernos.  Van pasando las horas y enhebro ciertas preguntas necesarias para eso.

¿Quién soy?  Así como de “taquito” creo que sé quién soy.  Pero no.  Si lo pregunto en serio, cierro los ojos y busco una imagen inmediata me remonto a los primeros años de la juventud.  Así soy!  Aquella que quería ser antes de que la vida me hiciera a su manera. Quién soy.  Busco parecerme a los ideales de entonces.  Soy ésa y ésta.  Y las dos.  Dedicaré unos minutos para recorrer el intrincado camino ya recorrido y volver a ponerme en el lugar que corresponde. Voy  a tratar de parecerme a aquella joven llena de promesas. Desentrañar lo mejor que me ha pasado y lo mejor que he hecho.  Reconocerme.  Recuperarme.  Traerme desde entonces hasta acá pasando por todas las etapas de la vida.  Me lo volveré a preguntar.

¿Dónde estoy?  Cambiando siempre que la vida lo exige.  Pero ahora, en este tiempo, con estas realidades.  En esta casa que es la de mi familia.  En este barrio, de esta ciudad de este país que amo tanto porque  es el mío.  Con esta familia, con esta historia y  con todos mis amores.  Los voy a enumerar y renovar con ellos mis compromisos y mis pactos.

¿Cuáles son mis valores?   Lo que me atrae, lo que respeto, lo que deseo, lo que venero, lo que cuesta, lo que me exige.  Voy a repasarlos uno a uno.  Como para que no me vaya a distraer en esto de respetarlos.  Sobre todo son los míos.  Contrariamente a los principios que son universales y comunes a todos los hombres, estos valores míos han “tirado” especialmente de mi vida haciendo caminos para transitarla.  Es bueno que los repase.

¿Cuáles son mis dones?  ¡Qué  los tenemos todos!  Todos tenemos dones de distinta naturaleza.  Saber cuáles son para aceptarlos, para usarlos en la vida de todos los días.  Porque reconocer mis dones hace que sienta la riqueza de ser yo misma.  Y tienda a usarlos para mí y para los otros.  Y pienso en los dones de los demás, en los que me hacen feliz, me divierten, me enseñan, me ayudan.  Voy acrecentando la felicidad.

¿Qué espero yo de los otros y los otros de mí?  Pensarlo a solas significa que trataré de balancear las cosas de tal manera que resulte armoniosa la relación con aquellos que amo.  Quiero llegar hasta el fondo de las cosas.  Quiero que el conocimiento sea útil para la felicidad.  Y con los que no amo pero son cercanos, y los que aprecio y los que debo respetar por ser vecinos, compatriotas, hombres y mujeres en los que me reflejo.  Que son de este mundo.

Ha pasado la tarde y la noche se quiere hacer amiga.  Antes de que sea oscuro salgo a la vereda y pateo en arco las hojas, una, dos, tres veces.  Se despliegan en una lluvia de colores y algunas vuelan suavemente.  Desde la estación está llegando mi amigo que me hace un gesto de ¡¿Estás loca?!

Juntos entramos a la casa.  He decidido que trataré de guardarme unos minutos, aunque sean semanales, para volver a hacerme estas preguntas.  Para no perderme de mí en este fascinante y vertiginoso mundo en el  que me ha tocado vivir.

Pienso en mi vecino, con su gesto loco que yo he imitado.  Mañana lo vamos a invitar a compartir la mesa y hablaremos hasta bien entrada la noche contestando preguntas, preguntando sin rubores.  Aprendiendo a patear bellas hojas que alfombran la vereda en estos días luminosos de otoño.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – La Autoridad en la Familia

29 May

La Autoridad en la Familia

familias

Estas columnas pertenecen a “Hilachas que van Tramando”  pero se las vamos a prestar un ratito a otra tarea que es docente.

Estoy un poco cansada y un poco confundida de escuchar la temida palabra “límites” cuando alguien está tratando de ayudar a los padres a educar a sus hijos.  Por supuesto que los límites son el arma indispensable en la difícil tarea de llevar adelante esa educación.  Pero si nos quedamos con esa retórica y sin dar algunas ideas prácticas, nos quedamos.

Hablamos de los “límites», como hablamos del inconsciente colectivo, de la economía global, de las bellezas naturales, del universo. Y nos quedamos…..indefensos, sin parámetros, atónitos.

Los papás necesitan otra cosa para poder entender:

Qué son los límites

Quiénes los imponen

Hasta dónde y hasta cuándo hay que imponer límites en la vida de los hijos

Qué tienen que ver con la vida cotidiana

Cómo se hace para que los niños los respeten

Por qué nos toca a los padres imponerlos

Quiénes van a “disfrutar” de los beneficios de los límites en el funcionamiento de la familia.

Y más y más y más.

Decía la abuela: “Si hay muchas preguntas y no alcanzan las palabras para explicar algo… eso no funciona.”

Vamos a subir un escalón en el tema de la Autoridad, que es de lo que verdaderamente hablamos cuando hablamos de los límites.  La Autoridad es siempre una sola, la ejerza quien la ejerza y en el ámbito que sea, pero en este caso nos referiremos estrictamente a la Autoridad en la Familia.

La Autoridad está constituida por dos elementos primarios sin los cuales ella no existe.

  • La Voluntad de Servicio de quien la ejerza
  • El Prestigio del mismo.

Abrimos un paréntesis y nos remontamos graciosamente al mundo clásico.  Al de los héroes y los dioses.  En ese contexto aparece una frase que resume muchas de las enseñanzas que nos deja la mitología. ¿Tiene algo que ver una cosa con la otra o a esta hora de la noche se me mezclan las ideas?

Vamos por la frase y todo queda explicado.  Un sabio profesor de Historia Clásica, que tuve la suerte de tener en algún momento de mi carrera, cada vez que terminaba un relato de la mitología remataba con la “frasecita” clásica, presumida  y sabia que decía:

“El héroe llegó a ser lo que era”

Los dioses hacían nacer un héroe, y el destino confirmaba esa cualidad.  El héroe tenía que llegar a ser héroe porque ya lo era.  Iba a soportar todas las pruebas, caminar todos los caminos y llegar a la gloria.  Quedaría en el Panteón de los Elegidos.  ¿Porque era valiente? ¿Porque era fuerte?  No.  Simplemente porque había cumplido con su destino.  Había sido lo que era.  Un héroe.

Volvemos a nuestro tema.

Todos los niños han nacido héroes.   Todos llegan al mundo llenos de dones y de posibilidades.  No hay en ellos ningún elemento negativo.  No los hay egoístas, ni violentos, ni mentirosos.  Por lo contrario son un apretado conjunto de virtudes que la vida les ayudará a desarrollar.   Todos los niños deberían tener la posibilidad de ser héroes que llegan a ser lo que ya eran.

La Educación consiste en “sacar afuera” lo bueno que está adentro.  La Educación es hacer brillar el héroe que nace para que sea un hombre héroe para él y para sus semejantes.  Consiste en lograr que los hijos a) se den cuenta de que deben llegar a ser lo mejor que puedan ser como personas, b) acepten las condiciones que eso requiere, c) entiendan que todo depende de ellos mismos.

Y para eso sirve la Autoridad de los padres. 

Ah¡ Empezamos a entender por qué decimos que la Autoridad tiene dos componentes que hacen a su naturaleza y sin ella no existe.

Sin la Voluntad de Servicio de quien ejerce la Autoridad ésta se transforma en Autoritarismo, o en Anarquía.

Sólo educamos para que el otro sea mejor.  Sólo se nos educa para que seamos mejores.  Lo mejor que cada persona pueda llegar a ser en su propio proyecto de vida, con las limitaciones propias y ambientales que se le presenten.

“La Autoridad, siempre, siempre, siempre, es un servicio que se presta por el bien del otro”

Y allí es donde aparecen los límites.  Los límites que pondrán los padres como las marcaciones de los senderos correctos para vivir;  y los límites que, con el tiempo, pondrá cada uno a sí mismo para poder vivir en armonía con los demás.  Dos reflexiones son importantes:

A)  Ante cualquier duda en el momento de decidir una medida, dar una orden, o imponer una penitencia debo preguntarme: ¿Esto lo hago o lo decido por el bien de mi hijo? O ¿por vanidad, egoísmo, comodidad o cualquier otra cosa que tiene que ver conmigo y no con él?

B)   El servicio implica hacerse cargo del otro hasta que el otro pueda hacerse cargo de sí mismo.

Y ¡el Prestigio! ¡Vaya  palabrita!  No nos equivoquemos, el Prestigio no tiene nada que ver con el éxito, con la fama, ni con las vanidades.  Para hablar del Prestigio necesitaríamos muchas hojas, como para hablar de todos estos temas.  Pero podemos resumir para empezar a entender:

El Prestigio es la correlación entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago, las tres cosas deben ser exactamente lo mismo.

Para que pensemos un poquito más:

Los padres son modelo de referencia para los hijos, aunque no quieran serlo

Empezamos de vuelta.  Los límites son herramientas indispensables para ejercer la autoridad.  Y damos algunos ejemplos concretos.

Empezando por los más chiquitos que son la semilla del héroe como sinónimo de hombre bueno, que queremos que lleguen a ser estas personitas a quienes amamos más que a nadie en el mundo.

Todo adecuado a las distintas edades

  • Saludar cada vez que uno llega o se va de un lugar.
  • Hacer las tareas antes de empezar a jugar.
  • No contestar mal a los mayores.
  • Decir la verdad.
  • Cumplir con lo que se promete.
  • Compartir los juguetes con los otros niños.
  • Guardar los juguetes cuando se termina de jugar.
  • Comer bien sentados a la mesa y no levantarse hasta haber terminado.
  • Lavarse las manos antes de comer.
  • No pegar ni agredir a otro niño bajo ninguna circunstancia.
  • Cumplir los horarios.
  • Etc, etc, etc. de lo que cada padre y cada hogar requiera.

La vida nos entrega a nuestros hijos que cuando nacen son como masilla blanda y de distintos colores.  Cada uno trae sus propios tesoros y su necesidad de ser amado para los cual los acompañaremos hasta que sean hombres y mujeres felices, capaces de relacionarse con los otros y cumplir acabadamente su destino.  Es una tarea de cada día, de cada hora y de cada minuto y depende exclusivamente de sus padres.  Es así.  Suena severo pero es así.  Nuestros hijos son lo que podemos hacer con ellos.  El resto del mundo y la vida puede complicarnos o facilitarnos este objetivo.  Pero somos los padres los primeros responsables.

Los hijos son nuestra maravilla.  Amarlos es, sencillamente, llevarlos a su plenitud.  Es grandioso.  Qué así sea.

Ah! Me quedaba en el tintero!  Muchos besos y abrazos, pero muchos, muchos, como nos gusta a los abuelos!! Qué siempre haya tiempo para eso!

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

25 May

Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

Imagen

Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía dormir la siesta, tirarme a leer en el jardín y hasta saborear una cervecita bien helada antes de la hora de preparar la cena.  Leía la mayor parte del tiempo, en el club y en la casa.  Febrero era un puente mágico entre la vertiginosa y caótica vida de las “vacaciones” y la vuelta a la escuela, los cursos, las reuniones de padres, las vacunas, las tareas, los domingos de convivencia, la vida de relación  y mi trabajo.  Febrero era risueño, tranquilo, permisivo, amigable y ¡corto!

Hoy es noche de luna llena, salgo al jardín y revivo aquellos años, me acerco a la medianera para sentir el perfume de mi madreselva.  Recuerdo que conocí esta casa cuando era muy, muy joven y acabábamos de llegar de vivir en el extranjero.  Vinimos, por primera vez, de noche y, en cuanto salí al jardín, me estalló el perfume de esa madreselva.  No vi más nada, le dije a mi amigo:

“Si me querés de verdad, comprás esta casa o te robás la madreselva”.  Compró la casa donde ahora, una noche de luna llena, estoy reviviendo las maravillas que la vida hizo con mi vida.  Me siento en el suelo, apoyo mi espalda contra el tronco y decido prestarle tiempo a mi tiempo.  No fueron todas alegrías, no.  Hubo enfermedades, dolores, muertes injustas, más injustas que otras muertes.  Abandonos, traiciones.  Problemas.  Lejanías.  Todo tipo de pérdidas.  Pero hoy revivo las maravillas que la vida hizo con mi vida.

Como un plumazo se van olvidando los malos momentos y me queda una increíble luminosidad que recién ahora, en este momento de mi vida, encuentro.

“El Tiempo vuela” “La vida se pasa rapidísimo” “Parece que fue ayer” «Hemos gastado el Tiempo”.

Esta noche de luna llena me tiro de espaldas en el jardín y miro el cielo.  Y entiendo que, en realidad, le he prestado al tiempo toda mi vida que quiero recuperar.  Pensando para atrás le pido que me lo devuelva, pedirle tiempo al Tiempo es recomponer todos los pedacitos de uno que se quedaron en el camino.  Otra vez armar el rompecabezas. Recuperar quién fui, para quien soy hoy.

El pasto está brillante y se oye algún grillo enamorado.  Recuerdo para atrás, con impresiones y emociones. El gusto del helado en las siestas del barrio.  Las bajadas en bicicleta por la calle en desnivel, a todo lo que da y soltando el manubrio. La voz de mi madre llamándome a comer.  La escuela, el frío de la escarcha, el Alta en el cielo y la escarapela.  El tren llegando a la estación.  La pileta y los deberes. Los amigos. El club. El primer beso. El amor que vino y se fue cuando clamábamos porque fuera eterno y teníamos quince años!!  El vestido con la espalda desnuda. Los boleros. Yo volando por el aire mientras disputábamos un concurso de rock!  Las madrugadas para estudiar.  El terror en los finales.  El amanecer entre amigos y mirando el mar.  Los “happenings”.  El primer trabajo. El trajecito de corderoy azul.  El amigo que se transformó en el amor y que siempre fue mi amigo. La Iglesia. La promesa y el primer hogar.  Aprender a manejar.  El amor al galope.  Los hijos. Lo mejor de todo, los hijos.  El susto y lo desconocido, los partos, las batitas, los llantos, las sonrisas que enamoran. La maravilla de los hijos.  Las noches sin dormir.  El cansancio. La luz en el pasillo. Ellos creciendo. Los viajes. El traslado.  Los miedos a lo desconocido. Los años de viajar. La vuelta. Los miedos más reconocidos. Los hijos que se iban yendo y volvían despacito pero nunca del todo.  Mi amigo y yo.  Mis libros. Mi trabajo y mi entusiasmo. El resto de mi familia y los otros amigos del alma.  Todo lo que vivimos con ellos.  Y sigo y sigo.  Mi tiempo no se gastó, lo he acumulado. Recién ahora me doy cuenta.  Vuelvo a ser quien fui desde el principio.  Todo está acá.  Nada se ha perdido y nada se perderá.  En el universo callado de esa luna enorme me reencuentro. Tengo 5, 15,  30 años y tengo 50 y todos los más de 50 que tengo ahora y puedo bailar en el jardín, con una armonía y una gracia que me han dado los años y el tiempo que le volví a robar al Tiempo.  Basta repensarme, y así entender que nunca me fui de mí.  Que trato de ser mejor porque eso es lo que me enseñaron de niña pero siempre soy la misma.  ¡Quién me puede decir que el Tiempo ha pasado si una bella noche de luna me lo trae de vuelta!  Y yo, que ahora soy  una abuela sabia, lo recibo con una sonrisa maliciosa.  Porque lo estaba esperando y me lo quedo.  Todo está acá.  Todo está con nosotros desde el día que nacemos.  Todo vuelve con nuestra sola voluntad siempre que tengamos la perseverancia de recorrer algunos caminos interiores, cerrar los ojos y recuperar los olores, los sonidos y los amores que tuvimos siempre.  Y me apodero de mi Tiempo, para siempre.  Majestuosa como una reina y convencida, categórica, alegre.

Cuando la luna se va a dormir yo vuelvo al cuarto. Me meto despacito en la cama tibia. Beso a mi amigo que sueña sus propios sueños.

Y me voy durmiendo de a poco.  Acabo de conocer mi libertad.  Ya está todo dicho. ¡Cuántas maravillas la vida hace con la vida!

Cuando a la mañana siguiente, saboreando una buena taza de café mi amigo me pregunta “¿Qué te pasa?” Le digo, misteriosa, “Me pasa todo.  Por suerte me pasa todo”.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – De Rebote

23 May

De Rebote

 Imagen

“Es una tarde con el cielo muy azul.  Se oye el rebote de las pelotas en la cancha de tenis.  Ha venido el vicario a tomar el té.  Nunca olvides este día porque, tal vez, no volverás a vivir otro igual”.

Hace muchos años, más de los que querría, era la hora de la siesta pesada, pegajosa y aburrida, yo era una adolescente inquieta y preguntona y me decidí a leer un libro que había encontrado en la biblioteca de una amiga de mamá.  Libro para mayores, serio, profundo y distinto.  La novela se llamaba, en castellano “Nunca olvides este día”.

Ahora aprecio el talento de aquel escritor del cual no registro el nombre, tampoco la frase es textual pero me sigue impresionando la imagen- sonido de las “pelotas rebotando en la cancha de tenis”.   No había nada mejor para meternos en una época  lenta, cortés y novelera.  Hablar de un mundo gentil,  lleno de símbolos de buena vida.  Aroma de té delicioso, el eco lejano del partido y las risas educadas de personajes vestidos de riguroso blanco, que solían aplaudir los triunfos del contrario.  Todo en cámara lenta.  Todo de un tiempo lejano que no era el mío pero que, increíblemente, añoro.

En el tiempo presente, mucho más vertiginoso y acuciante,  me vuelve a la cabeza el concepto de “rebote”.

“Rebote: Rechazo, resistencia de un cuerpo al otro, haciéndolo retroceder- De rechazo- De resultas.  Acción de un cuerpo elástico al que otro lo choca- De resultas de…”

Afuera hace frío, es una mañana gris.  Me dispongo a evaluar esta desazón que me va invadiendo y escribo.  Todos vamos por la vida “rebotando”.  Oponemos fuerzas contrarias al accionar de los otros.  Negativas y positivas, es la única manera de vivir porque todos estamos en este mundo y necesitamos unos de los otros.  Necesitamos unos de los otros.  A veces, digo a veces porque la vida es bastante autoritaria en algunas cosas, podemos elegir a quienes tendremos cerca de nosotros.  Pero, fuera de unas privilegiadas elecciones, vamos encontrando caminos cruzados a cada paso.  Giros de personas y momentos, que constituyen la vida.  Y “rebotamos”.  Bien y mal.

Para rebotar se necesita primero un hecho que producirá toda una cadena de consecuencias; el detonante, el original.  El que desatará todos los otros.  El hecho que, nos cuesta reconocer, será  el “culpable” de la reacción del otro. Vamos de las acciones importantísimas en la vida, de lo vital y lo que clasifica para siempre, hasta el pequeño gesto de cortesía de dejar pasar al otro cuando el espacio es pequeño e insuficiente.

Hay muchos matices en esto de “rebotar”.  Primero la capacidad de reconocer que el hecho disparador es el que origina todo y que ha dependido de mí, de mi decisión, de mi voluntad; a veces de mi generosidad , otras de mi tozudez o de mis errores.  Todas, todas las emociones y los sentimientos que tenemos por el solo hecho de ser humanos, frágiles y pecadores.  Allí empieza todo.

Y ¿cómo puedo medir la reacción del otro?  No puedo.  Por mucho que lo conozca, el otro tiene circunstancias, motivos, realidades, dolores, proyectos, estímulos, cansancios, alegrías, momentos y deseos que escapan a mi percepción, y yo también.  No vale el conocimiento cuando, en algunos casos, el otro aparece como un desconocido que pelea por el “rebote”.

Y sigue el hecho de que, con el mismo disparador, cada persona reacciona en forma distinta.  Por lo mismo, porque todos somos uno e irrepetible, sentimos los mismos dolores pero que parecen diferentes y los mismos goces que lo son.  Todos vivimos el momento de manera diferente, todos queremos que nos quieran pero los matices nos delatan.  Todos “rebotamos” de una manera diferente.

Ya tenemos primero un hecho del que somos autores y, enseguida,  una reacción que no esperábamos.  Distinta cada vez, aún dentro de la posibilidad de que conocemos al otro hasta poder vislumbrar alguna respuesta.  Pero “sabemos lo que hacemos y lo que sentimos pero no sabemos, acabadamente, cómo va a reaccionar el otro”.  Y el otro es el “prójimo”, el más cercano en esta riada de acontecimientos que van clasificando cada acción.

Nuestra expectativa es siempre distinta.  Lo mismo, en otro momento, es distinto.  De pronto el enojo ha conseguido un gesto conciliador del otro y nos sentimos avergonzados y confortados al mismo tiempo.  De pronto solamente hemos querido hacer un comentario y la reacción ha sido devastadora.  Y no estoy hablando solamente de parejas.  Estoy hablando de todas las relaciones humanas.  Estoy hablando de aquella chiquilina que me cedió el asiento en el bus y a quien le agradecí el gesto como una esperanza y me dolió la realidad de que ya estoy para que me den el asiento!!!   Y de la madre que discute con su hijo y los hermanos entre sí, los amigos, los compañeros de trabajo.  El intrincado tejido de las relaciones humanas que nos atrapan aún cuando nos salvan de la soledad.

Hay un infinito camino de “rebotes”.  Desde la sonrisa de un bebe cuando se asoma su madre a la cuna hasta una declaración de guerra de fanáticos religiosos.  Siempre un hecho primero, un receptor que responde, una cadena de acontecimientos cotidianos o de los otros que producen el cambio total del universo.  Basta que una mariposa aletee en esta parte del mundo para que suceda un terremoto en la otra orilla.  Es más fácil pensar antes de actuar a sufrir el “rebote” inesperado.  Es más fácil ponerse de acuerdo entre quienes nos amamos para que nada de lo que hacemos produzca en ellos y en nosotros el “rebote” desmesurado, el que duele, el que no comprende. Es más fácil hacerse cargo del hecho propio y prepararse para un “rebote”  correcto.  El que empieza es el disparador de lo que sigue.  Ser valiente es actuar según debemos y según  sentimos y saber que debemos soportar las consecuencias.

Y cuando debemos actuar, en el terreno de las cosas importantes, sacamos de la manga las tres preguntas cortitas y sabias:

“¿Puedo hacerlo?”

“¿Quiero hacerlo?”

“¿Debo hacerlo?”

Contemos con un silencio, una sonrisa a tiempo, un argumento justo y fuerte, un pedido de mesura.  Un “te quiero mucho”.  La falta de malicia.  La introspección para descubrir los verdaderos propósitos de lo que digo y hago. Y una esperanza cierta: El amor es lo que más rebota”.

Se van apagando las luces de afuera, mi lámpara del escritorio llena de calidez el cuarto.  Estoy divagando con esto de los rebotes.  Y me suena bien.

Sin cerrar los ojos converso con el Vicario que vino a la casa con el parque inmenso y florido.  Miro el cielo azul y oigo el rebote de las pelotas en la cancha de tenis.  Voy a vivir bien este día porque nunca tendré otro igual.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Si me necesitas, te poseo

19 May

Si me necesitas, te poseo

chimenea prendida

Cumbre, antología  de los sentimientos humanos, golpe certero en el centro de nuestra vanidad.

Necesidad: “Aquello a lo que es imposible sustraerse, faltar o resistir.  Impulso también irresistible por el cual se dirigen todas las causas precisas e infalibles en un sentido determinado y no otro.”

Quiere decir que si me necesitas, me he convertido en el punto inevitable de  tu vida.  Un punto en el cual convergen todas tus emociones y tus esfuerzos.

¡Y creemos que eso es amar!  No, la necesidad es una parte del amor, no es el amor.

Ya que  esa necesidad es precisa, forzosa e inevitable no puede menos que ser y suceder y seguir sucediendo, según sea más o menos lo que guardas de dignidad.  Has perdido tu libertad.  Y el otro la suya.  Uno está atado a su deseo de rogar, a su trabajoso oficio de hacerse indispensable para tu vida, el otro a la pena de no poder conmoverse, de no sentir la emoción.

Palabras, palabras que me salen y voy repitiendo cuando voy hacia la casa del campo.  En el paisaje triste de una pampa interminable me acuerdo de ellos y se va colando una dependencia de la otra. Lo diferente es que uno la ha elegido y el otro la padece!

Es un matrimonio de amigos queridos, de toda la vida, pero puede pasarle a  cualquiera.

Empiezan a verse las colinas suaves de las últimas estribaciones de las sierras.  A lo lejos está dibujada en sus crestas la figura del indio durmiendo.  Detengo la marcha en un pequeño bosquecillo de tres árboles.  Me acomodo en el suelo, apoyo mi espalda en la superficie rugosa del eucalipto y me dejo llevar.

Lo primero que se me viene a la cabeza es aquella frase repetida hasta el cansancio de una abuela presente y tan sabia como las colinas de Jerusalem, “El amor no se compra, no se gana. El amor es gratuito”

Todos los amores son gratuitos.  El de Dios.  El del padre y de sus  hijos.  El de los amigos y el amor a la patria.  El mío y el tuyo.  Todos.

Todos se aceptan, se disfrutan y se agradecen.  Ninguno se posee,

¡cuántas guerras se hubieran evitado en el ámbito de las relaciones humanas si lo entendiéramos desde el principio!  Podemos hacernos merecedores de un amor.   Agradecerlo y nutrirlo con nuestra ternura.  No podemos crearlo para nosotros.  No podemos exigirlo, aferrarlo, ni siquiera pedirlo con nuestro mejor talento.

Hay que amar y que la libertad haga lo suyo.

En el caso de los hijos, el amor nace naturalmente cuando ellos nacen y se queda en nosotros para siempre.  No deberíamos tener que pedir el amor de nuestros padres, es parte inherente a la relación filial.  Digamos que si ese amor no existiera, parecería que no existe el sujeto padre.

El amor de los amigos es generoso. Se siente, se elige y se comparte.  No tiene intereses extraños.

El de los amantes es aleatorio y aparece sin razones, y sin razones debe permanecer.  No se ama porque se necesita, o porque se desea.  Se necesita y se desea porque se ama.  Lo que tenga que ver con la admiración o el respeto no tiene nada que ver con el amor.  Lo engrandece, le da sustento, pero no puede crearlo.  ¡No puede crearlo!

Somos iguales.  Nos amamos. Nos necesitamos sin desniveles y en cuanto el equilibrio se quiebra aprenderemos a reconocer, detrás de cada palabra áspera, de cada gesto airado, de una ausencia que se siente categórica, la injusticia de un amor desparejo.

Podrías ser el amante de las noches más recordadas, el hijo que ya está encaminado o la amiga fiel de la adolescencia.  El amor no es una finalidad en sí mismo, está encadenado a quien uno ama.  Si no existe aquél a quien deberíamos amar, el amor no existe.  Se ama, sin proponérselo uno, a quien se ama.  No se puede comprar ni exigir.  No se puede robar, no se puede usar; se siente y termina en sí mismo.  Lo que cambia es decidir qué hacemos con ese amor.

Amar y que la libertad haga lo suyo porque es inherente al otro, le pertenece, lo deja tranquilo; es más apreciable la libertad que el amor.  Puede existir sin él, con lo que tiene de soledad a ultranza, puede existir sin él.  Pero no hay amor que sobreviva a la falta de libertad.

Si me necesitas te poseo.

Lo vi llorar por el abandono.  Pasó del dolor al enojo.  Dejó pedazos de su vida en el pasado y perdió su propia sombra.  Volvía una y otra vez a las mismas preguntas.  Le decíamos  “Mejor que no vuelva. Es una historia terminada, seguí con tu vida”.  Ella empezó a pintar, se ocupaba de sus hijos, tenía el pelo lleno de rulos y de color rojizo oscuro.  Y cuando le pregunté cómo le iba, se sonrió, inclinó un poco la cabeza y me dijo: “Sola, pero entera”.

No hubo tiempo anterior de reflexión.  Uno había creído que el amor era seguro y adquirido y merecido.  La otra se había dejado querer a medio tono hasta que encontró el camino de vuelta a sí misma.  ¡Qué desdicha!

Han pasado unos años, los recordé en este viaje que hago sola.  Me esperan otros amigos y mi amigo que pudo viajar antes.

Me lo propongo y me lo digo en voz alta, como si fuera la loca de la colina,

“El amor es gratuito, ¡pero que me dure toda la vida!”

No sé por qué me acordé hoy de esa historia.  Será que es el primer día muy frío del año, que ya hay leños en la estufa, que se hizo de noche y ¡que estoy aferrada a todos mis amores con la fuerza de un león y la perseverancia de una hormiga!

PRIMERO LA JUSTICIA.  

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando — La Familia es una caravana

18 May

Imagen

La Familia es una Caravana

Cuando digo la palabra “caravana”  es una noche silenciosa, más que silenciosa;  quieta, callada, inmensa.  Percibo la sombra indefinida de mi propio cuerpo y se me viene encima un cielo cuajado de estrellas que parecen acercarse más y más, hasta que todos quedamos solos en presencia de Dios.  Los rumores de la vida cotidiana se han ido acallando y a lo lejos el silencio es absoluto.  Intuyo el desierto pero no le temo.  Intuyo el frío pero alguien me ha arropado.  Me asusta la soledad pero nunca estaré sola.  Puedo descansar, segura y tranquila hasta que la mañana me regale una nueva jornada.  Y la vida continúa.

Caravana: Reunión de viajeros que hacen el viaje juntos para defenderse de los peligros”, “Gran número de personas que se reúnen para ir juntas”, “Multitud, romería, tropel”

Casi se me ocurre que no hace falta seguir adelante con este artículo, porque “Caravana” y “Familia” son dos realidades que complementan y construyen su identidad y sus cualidades.  Pero ¡vamos por ello!

Una familia, al igual que una caravana, reúne a personas que tienen un mismo destino y un mismo objetivo.  Están decididas a compartir  largas jornadas, tareas agotadoras y peligros impensados y, también celebraciones, risas y amores.  Pero nunca se olvidan que tienen un mismo destino y un mismo objetivo.  Días y días en el desierto bajo el sol abrasador, poniendo a salvo a los niños, a los ancianos y a todos aquellos que son más vulnerables, quienes irán en el centro de la caravana.  Días y días compartiendo los víveres, el agua y la sombra protectora. Cada uno tiene su tarea específica y ninguna de esas tareas es menos importante, ya que todos dependen de todos para continuar en la ruta.  Están siempre atentos porque saben que las dificultades y los peligros aparecen repentinamente y nunca, nunca, en el tiempo o la forma en que ellos los hubieran elegido.  Saben que, a veces, deben detenerse cuando la naturaleza se pone agresiva y es mejor no estar en movimiento; entonces deberán empezar a racionar los víveres.  Y en lugar de lamentarse, aprovechan para descansar y juntar nuevas fuerzas que van a necesitar, sin duda, en cada día futuro.  Preguntan a los mayores, quienes ya tienen hechas muchas jornadas y usan bien su experiencia.  Con ellos prepararán las hojas de rutas porque saben dónde están los desfiladeros y los precipicios, cómo sobrevivir a los alacranes o a los bandidos.  Aprenderán de ellos cuál es el agua que no puede tomarse aunque uno se muera de sed y el fruto que puede comerse, en caso de que haya alguno.  Saben que a la noche sigue el día y que después que lleguen a destino todo volverá a empezar para aquellos que sobrevivan;  caminar y caminar, volver y volver con una lejana e inevitable inquietud.  Saben que los días pueden ser larguísimos y llenos de trabajo, esfuerzo y dolor.  También  que durante la travesía nacerán niños que renovarán la esperanza y se encontraran amores que hacen que la vida merezca ser vivida.  A veces recogerán a otros viajeros que se suman al grupo para compartir siempre lo que es inalterable su destino y su objetivo.  Algunos dejarán la caravana porque la vida y la muerte siempre van juntas. El viaje será más o menos largo para cada uno, pero ya lo saben.  Se cruzarán con otras caravanas y, si tienen suerte, podrán hacer las transacciones y los pactos y acuerdos que beneficien a ambas.

Buscarán y llevarán cosas diferentes; en cada lugar y tiempo de su camino deberán pagar y recibirán valores; perderán cosas muy valiosas y, también encontrarán otras, que, por la misma providencia, tal vez resulten más apreciables que las que hubieran elegido.  Atesorarán algunos objetos de culto y recuerdos queridos.  Seguirán la ruta más difícil de la seda o las especias, que los llevarán a mundos desconocidos y fantásticos; o estarán recorriendo caminos seguros y tranquilos con menos riesgo y menos aventura.  Porque cada caravana, cada familia tiene su propio destino, su historia y sus amores.  Solamente coinciden en la obstinada voluntad de crecer juntos, amarse y ser felices.  Habrá alguna en la que dispongan los mercaderes y para los artistas será otra.  Cada uno de los viajeros de una caravana será distinto a los demás y reconocido por los demás, cada uno dará un color nuevo al conjunto.

A veces, siempre que hayan crecido lo suficiente, de cada caravana saldrá otra y otra, como ramas de un tronco vital que se repite en cada una, y, entonces, se hará larga la despedida y categórica la misma herencia común.  A lo largo de cada viaje tratarán de volver a verse y renovar todos los vínculos que los hacen ricos en sentimientos y emociones.  Y asombrarán por la multiplicación de cuentos, costumbres y valores que irán desparramando por sus rutas hasta que la historia se haga infinita y cada caravana, no importa la realidad de su existencia, ocupe un lugar preferente en el eterno caminar del hombre.

Dolores, trabajo, esfuerzo y sufrimiento.  ¿Nos preguntamos por qué seguimos en la caravana, generación tras generación, como si no hubiera otra forma de vivir?  Por los amaneceres de soles color naranja, mientras la Creación se despereza y se llena de sonidos.  Porque cuando llega el atardecer empiezan las horas de descanso y se hace música y se baila. Porque cada encuentro renueva nuestra condición de hombres que comparten, que se comprometen; porque lloramos y reímos juntos.  Y, cuando encontramos un oasis, nos llenamos la boca de agua fresca y los bolsillos de frutos recién arrancados, los jóvenes se ríen y se regalan miradas y gestos. Los mayores contamos historias, nos saludamos y meneamos la cabeza diciendo  ¡ésta es la vida que me gusta!  Porque el banquete se comparte y la ilusión es fácil, sólo se necesita que estemos bien enterados de que la vida es incierta y repentina, como lo dijimos tantas veces, y que aquellos  días de encuentro y alegría valen como toda la eternidad.

Seguimos en la caravana porque tenemos un destino común y en ella, despojados de cualquier vanidad, somos como somos, en la inmensidad de un desierto que no nos permitiría seguir siéndolo.  Porque nos miramos a los ojos y miramos a los ojos de nuestros hijos para encontrar la identidad sin la cual no somos nada.  Porque cada uno depende de los demás y los demás de uno.  Porque compartimos  todo, y nos alegramos de sus alegrías.  Porque llenamos la vida de niños y queremos que los jóvenes estén sanos, fuertes y felices, por eso los acompañamos, los guiamos, y los mantenemos entre nosotros hasta que armen su propia caravana.  Porque el destino de cada uno depende, sin duda, de los otros.  Nos interesa el punto de llegada y el punto de partida y nos preparamos y nos despedimos como partes inseparables de la vida.

Pensemos en nuestra familia como una caravana que hace su camino, que tiene un objetivo y un destino decididos, una caravana en la que nunca estaremos solos, en la que siempre nos amarán como somos y podremos ser como somos sin condicionamientos. Pensemos en nuestra familia como una caravana en las noches de tormenta y también en las fiestas hasta el amanecer, en la mirada feliz de nuestros hijos cuando empieza un nuevo día y en la mirada de amor de los esposos cuando las estrellas se desploman sobre la tierra y llega el momento de la intimidad.

Pensemos en nuestra familia como una caravana de trabajo, de encuentros, de risas y dolores, de riquezas y de despedidas.

Pensemos en nuestra  familia que  camina junta, esperando siempre que el día traiga la primicia de toda una renovación y, cuando llegue el momento de dejar la caravana, estemos tranquilos, ya que ella sigue y sigue bajo las estrellas y junto a Dios.

Sumemos además el eterno caminar al de otras familias que cruzamos en el viaje interminable y que Dios nos Bendiga y nos acompañe a todas en este camino prodigioso.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – ¡Qué desconcierto!

15 May

¡Qué desconcierto!

¡Qué desconcierto!, ¡Qué desánimo! ¡Qué miedo! ¡Qué confusión! ¡Qué asco!

¿Y el futuro?  Todo pasa.  Necesitamos una Nación.

¡¡Al gran Pueblo Argentino, Salud!!!

Primero la justicia. Para todos. Para todos. Para todos

Hilachas que van tramando – Debería haber sido el primer artículo…

13 May

                          Debería haber sido el primer artículo…

Imagen

Por la posición en que está la bella casa del verano, con sus ventanales enormes y desde ellos el jardín que se va para la avenida solitaria, la luz dorada del atardecer entra, sale, se dispara hasta cada rincón y encierra el mundo entero que allí parece terminarse.  Hay un silencio de vasallaje, nada se mueve, todo es dorado y parece atesorar el impreciso tiempo de la vida; que yo, como todos, no conozco y a esta altura de mi propia vida no quiero conocer.  Todo resplandece y se compacta, no hay escapatoria. El instante fugaz parece eterno. Afuera la garza se quedó inmóvil. La luz va teniendo ya la categoría del oro puro, espesa y de reflejos apagados.

Siento una nostalgia como aquella que sentía cuando era muy joven y mi nostalgia no tenía justificación.  Todavía me faltaba vivir mi larga vida.  La tristeza, la exaltación, el desconsuelo, la esperanza, la felicidad, los sentidos afinados,  el esfuerzo desmesurado y el amor a gritos que duele y salva.  Todavía me faltaba vivir eso y más…

Pero soy la misma.  Aquello que yo sentía que me esperaba se desplegó ante mí durante los años que he vivido; y me sigo reconociendo.

Hilachas de la vida. Hilachas que fueron armando la trama. Hilachas que van tramando.

Pienso en mis hijos y en todos los jóvenes que conozco y me decido a contar.

Como no puedo resistirme al hábito de preparar mis tareas en forma ordenada uso las preguntas mágicas que siempre me ayudan en el arduo trabajo de dibujar los caminos.

¿Por qué?  ¿Para qué?  ¿Cómo?  ¿Con qué?  ¿Cuándo?  Y, sobre todo, ¿Para quién?

¿Por qué?

Porque tengo tiempo.  Porque tengo ganas.  Porque me parece importante, para mí y para otros.  Porque en este tiempo de desconsuelo generalizado en lo que se refiere al goce de vivir, la experiencia de alguien que ha vivido mucho y bien le puede servir a otros.

¿Para qué?

Para usar mi tiempo de una manera útil. P ara sacarme las ganas de hablar a calzón quitado en una sociedad que nos confunde con lo de “políticamente correcto” (que le hemos copiado a otras culturas) y que no tiene nada que ver con la desordenada verborragia que nos hacía decir siempre lo que pensábamos, aunque a veces pareciéramos burros, intolerantes, anticuados o desorbitados.  Para hablar sin temer a la intolerancia de los “amantes de la tolerancia declamada”, para quienes, por ejemplo, el amor para toda la vida es imposible, el amor entre un hombre y una mujer está pasado de moda, la fidelidad es cosa de otros tiempos, la palabra empeñada no existe más,  y otras sandeces que sostienen como barriletes desflecados. Para hablar de lo que pienso y exponerme a otras opiniones con el convencimiento de que puedo aprender algo nuevo.

Como a mi edad se han adquirido casi todos los derechos, me permitiré dejarme llevar por esta vocación coloquial y vamos a ir, mis sufridos lectores y yo, de acá para allá, pensando bien para no lastimar y hablando bien para encontrar un espacio serio de reflexión.

Enunciado ya con todo desparpajo lo volátil de mi pensamiento, empiezo por aclarar algunas cosas. De esta manera los que quieran abandonarme por no estar de acuerdo, lo hacen, quedarán ellos satisfechos y yo más liviana y desentendida de enfrentamientos. ¡Vamos a las cosas!  Un ejemplo, se impone un ejemplo:

Me gusta, he vivido, he aprovechado y aprovecho, he disfrutado y disfruto el amor entre un hombre y una mujer.  Cualquier otra elección entre adultos debe ser reconocida, aceptada y respetada para  aquellos que la elijan, pero no se me pida  que me entusiasme y, casi a la fuerza,  confunda estos temas con el de los “Derechos Humanos”.

Los derechos humanos tienen que ver con las personas y tienen tal importancia que exceden cualquier mirada parcial sobre ellos.  Ninguna persona puede ser perseguida, humillada, lastimada por sus ideas políticas, por sus creencias religiosas, por sus capacidades, por el lugar que le tocó en esta vida, sobre todo por lo que ella misma elija para sí misma.  Queda claro, queda bien claro:  le basta con ser una persona humana para que goce de todos los derechos que sólo se limitan con los derechos de los demás.

Lo que me irrita es que, últimamente, se nos escapa la trascendencia fundamental de algunos temas y los reducimos a unos pocos centímetros en el cuerpo humano.

Todo lo que sucede entre adultos y en la intimidad es solamente de ellos y nadie, nadie, puede siquiera opinar, mucho menos ofender o lastimar de ninguna manera.

Pero también todos los seres humanos tenemos el derecho de no ser ofendidos con la exhibición obscena de otras formas de vivir o de pensar.  Rescatamos el pudor, la sensibilidad, el compromiso, la fidelidad.  La vida íntima pero que sea íntima y, entonces sí, que cada uno pueda vivirla como quiera.

Porque creo eso y porque mis años me dan permiso para creer y decir lo que quiero, puedo decir que me gusta un cuerpo de hombre que se ancla perfectamente en el de una mujer.  Los huecos que se rellenan, la fuerza de uno que se abate en la blandura del otro.  Lo imperioso y lo tierno.  Las diferencias.  Amo las diferencias.  Grito que amo las diferencias en una cultura que nos tironea obstinadamente a la más desaforada chatura igualitaria.

Y éste no es el único tema. Es solamente un ejemplo de los innumerables temas que se discuten dejando en la “clandestinidad” a los que pensamos diferente.  En este mundo ¡Dios nos salve de los “desprejuiciados” tan prejuiciosos!

¿Cómo?

Como hice siempre todo, apasionadamente.  Para empezar serán hilachas que harán un libro.  Están destinadas a mis hijos, mis críticos más severos, después a todos aquellos que han seguido mis cursos y, finalmente,  a quienes quieran leerlo.

Con respeto porque no es el caso de que quiera convencer a nadie.  Con entusiasmo porque, en una de esas le ayudo a pensar a alguien.  Con alegría y decisión porque esos son dones que te tiene que traer  la vida cuando te saca la juventud.  Con toda la libertad del mundo porque ése es el regalo prodigioso que te dan los años cuando ya son unos cuantos.

¿Con qué?

¡Uy! Con todo lo que estudié, con todo lo que aprendí, con todo lo que me enseñaron mis mayores, con todo lo que me enseñó la etapa del mundo en la que me tocó vivir, con mis recuerdos, con lo que he leído, con las largas discusiones en las que otras personas me ganaron y me enseñaron.  También con las discusiones que comprobaron que yo tenía razón.  Con lo que lloré, con lo que sentí que tenía derecho, si lo conseguí o no.  ¡Con lo que me reí!  En fin, como la mayoría de la gente, tengo un enorme bagaje de conocimientos cuya medida fiel son los muchos años que he vivido.  Y es hora de que vaya compartiendo y recibiendo con toda libertad, sin tener que disculparme o disculpar a otros.

¿Cuándo?

Ahora, porque el tiempo tiene el valor agregado de haberme enseñado lo que es importante y lo que no.  Ahora que tengo todo el tiempo del mundo porque sé que lo pierdo en cualquier momento y le hago morisquetas porque ya lo usé todo lo que podía y lo que viene…es de regalo.

¿Para quién?

Para quienes estas reflexiones puedan ser útiles.  Porque considero que el mundo se ha transformado, en su conjunto, en una maraña de ideas que confunden.  Para los que están incomunicados en la era de la comunicación.  Para los que no saben qué hacer con su humanidad porque viven atados a algunos aparatitos.  Para los que por esos aparatitos reciben toda clase de información confusa, vertiginosa, irresponsable.  Para los que no han sido enseñados a rescatar lo verdadero de esa información.  Para quienes necesitan leer un ratito, pensar otro ratito, en silencio y tranquilos.  Para los que ya están cerrando el libro porque no les gusta.  Para mí, porque quiero aprender unas cuantas cosas que se me escaparon.

Me acomodo en el porche, tomo mi taza de té riquísimo y corto un trozo de budín de pan bañado en caramelo dorado como la tarde que se va yendo.

La receta era de mi abuela, posiblemente de otras personas.  Mía no es.  Como no es mío todo lo que escribo en esta columna.  Hice las preguntas y las contesté en nombre de todos aquellos que se las quieran hacer y contestar.

Porque inexorablemente todos los que llegamos a esta edad “provecta” (Uy! ¡ya!, cuando no me lo esperaba!) tenemos todos los derechos del mundo menos el de herir a nuestros semejantes.  Porque no quiero herir a nadie, ni enseñarle a nadie lo que no quiera saber.  Más bien quiero caminar a su lado y aprender sin agobios, porque la vida es hermosa y corta. ¡Salud!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Ser – Querer ser – Poder ser

5 May
Ser –  Querer ser  –   Poder ser
Desde esta altura la ciudad crece con sus luces. Edificios enormes, ventanas iluminadas irregularmente que los redibujan de tal manera como para que sean de día unos y de noche otros. Los coches son decenas de  miles, como pequeñas hormigas presurosas con flashes disparados al acaso que se cruzan y se mueven, se escapan y vuelven. Calles amplias y avenidas anchas e imponentes como catedrales.  Es un bosque impenetrable de inmensas estructuras que compiten en formas y tamaños para llegar al cielo de un atardecer inolvidable, herido en su cemento por el parque de faroles tradicionales y terreno quebrado capaz de re ubicar cada noche sus sombras, siempre que en el cielo aparezca la luna, grandota y redonda con cara de vieja sabia.
Dios hizo la Cordillera y los hombres hicieron esta ciudad extravagante a fuerza de ser hermosa.  Dios creó el silencio y la soledad en sus montañas, los hombres llenaron de sones interminables, de luces, de movimiento y de  arrogancia su cordillera.
NYC SILUETA
Amo a esta ciudad, como millones de personas siempre estoy llegando a ella y siempre estoy partiendo con el sentimiento de pertenecer y de ser un extraño al mismo tiempo.  Se ha terminado el seminario, se han ido los nuevos amigos y me espera un año de trabajo del que me gusta;  pero estoy melancólica, pensativa y lejana. Mi amigo se acerca al ventanal enorme desde el que parece que estuviéramos en el aire sin ningún sustento, me abraza y me da un vaso de buena bebida con dos o tres cubos de hielo. Nos quedamos en silencio, sometidos al poderoso influjo del paisaje de la ciudad.   Los hombres se ven de lejos y son pequeños, insignificantes, peor aún, desdibujados.   ¡No se sabe ni qué son! Brutal y categórica afirmación que me desconcierta porque refleja acabadamente lo que estoy pensando.
¿Qué somos en este mundo que parece no tener verdades verdaderas?
Cada sociedad crea valores relativos a sus necesidades, sus circunstancias y sus apetencias.  Esos valores cobijan todo lo que se nos vuelve atractivo porque acceden de algún modo a nuestros intereses primarios.  Los hombrecitos que corren a sus casas desde la ciudad rutilante están sometidos, cada uno de nosotros estamos sometidos, a los valores impuestos por su tiempo.  Este tiempo.
La Edad de las comunicaciones, la Edad de la Información.  La civilización de la Imagen.  Por encima de todo, abarcando todo lo que pasa por nuestra vida.  En este arrogante siglo XXI el modo en que “vemos” las cosas es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos.  La reflexión en profundidad  de cada uno acerca de sí mismo ha pasado a ser un bien escaso, temible y siempre inoportuno.
Contrariamente a otras épocas de la historia en las cuales solamente se clasificaba a los seres humanos en situaciones privilegiadas o notables, el resto era “gente común”.  Actualmente podemos decir que todos entramos en algún tipo de clasificación que nos acota dentro de determinadas “conductas” y nos sitúa en el mercado.  En este imperioso siglo XXI, como nunca, vivimos acorralados por los estereotipos.
“¡Vamos con la palabrita!”:
Estereotipo: “Exageración desorbitada de una condición humana que se repite y se repite”.
Nosotros, los hombrecitos, no tenemos muy claro el “ser”.  Por eso  nos inclinamos deslucidos y consternados ante el modelo que nos toca.  Considerando que siempre nos “toca” un modelo, que puede ser más riguroso e imperativo o simplemente gentil.
Ha empezado a llover, miramos desde arriba lo que se ha transformado en callecitas mojadas. La lluvia en esta ciudad es gorda, pesada e inclemente y contra los vidrios desdibuja en cataratas cualquier realidad hasta crear formas extravagantes que se mueven vertiginosamente.  Me corre un escalofrío, cierro mis brazos alrededor de mí misma.  Le hemos estado dando nombres a cada realidad parcial y con el nombre una identidad concreta, inventada a veces pero concreta. Tanto que la que les toca mueve a las mujeres y a los hombres  a parecerse a ella, a entregarse enteramente a ella.  Me inquieto.
Mujeres.  Antes podían ser jóvenes o mayores, madres o célibes, artistas o maestras, bailarinas o costureras, bellas o feas, todas mujeres, mujeres, mujeres.  Maravillosas, categóricas, asustadas, felices, valientes, perseverantes, enamoradas y gentiles, mujeres, mujeres, mujeres.   Todavía lo que debía ser, era. Y luego venían las majestuosas conquistas que nos iban dando cada día más libertades.
La lluvia ha cambiado las formas, las ha hecho casi diabólicas, las luces se han vuelto rojas y amarillas.  La ciudad hostil.
-“A las mujeres se las quiere hacer hombres”-.
-“Estás desvariando”-
-“Se las quiere hacer hombres, te lo digo. Y a fuerza de reinventarlas como hombres, salen al ruedo de su sexualidad arremetiendo. En el mejor de los casos sin rubores; en el peor, creyendo que su trasero es más importante que su cara y ésta más importante que sus sentimientos.  A  fuerza de reinventarlas y reinventarlas, lo que “es” se transforma en lo que “debe ser”.  Cuando lo que “es” no responde a una verdad y a un principio universal y se limita a una convención cultural determinada y precaria, el peligro es que se transforme en el “debe ser” que cambia roles y conductas de millones de individuos, en este caso de mujeres y con ellas, en forma negativa, a la sociedad a la que pertenecen.  ¡Ah!  Además de hombres deben ser exitosas, responsables, madres a medio tiempo pero felices, luchadoras, fuertes, poco demandantes, rigurosas en sus tareas, comprensivas ante las infidelidades que son “inevitables”, recuperadas a menos de un mes del nacimiento de sus hijos, gimnastas, actualizadas, decididas, resueltas y categóricas.  Sobre todo no deben ser diferentes a los hombres porque en este mundo cruel todos somos relativamente iguales pese a quien pese.
Deberíamos recordar más a menudo que las mujeres somos pura emociones y sentimientos y que desde lo corporal somos para adentro, mientras los hombres son para afuera.  ¡Que nos surge la ternura a borbotones cuando los vemos a los hombres tan torpes para hablar de lo que les pasa.  O que somos generosas porque, sin tener hijos, somos madres en potencia.  Que tenemos miles de conexiones cerebrales que nos hacen hablar, responder, escuchar, retar, gozar y sufrir, hacer y reír al mismo tiempo, mientras nos entendemos perfectamente con las otras mujeres que están haciendo lo mismo, al mismo tiempo.  Que somos tan inteligentes como ellos pero más intuitivas.  Que tenemos la misma capacidad pero estamos más atentas a lo que pasa con los hijos.  Que, como dice el dicho: “No importa que el mundo esté listo para explotar, igual, plantaré mi duraznero.”
 Y, ¡¿cómo se me ocurrió describir otra vez a mis queridas mujeres, de una manera tan considerada  y un poco anticuada?! Me lo permite una etapa de la vida en la que he perdido casi todos los miedos, los complejos y las imposiciones; he ganado la libertad que quiero para ellas.
Y  ¿los hombres? , en la ciudad magnífica, están  los hombres.  Todos.  Y para a ellos, también,  con todas las cosas que el nuevo mundo ha mejorado para todos, aparecen algunas que les alteran el camino y desdibujan su verdadera identidad. ¡Correte, chiquito!
Somos muchos y, cada uno de nosotros es distinto, único e irrepetible. Tenemos, sí, ciertas características que nos sitúan en un grupo y es bueno que podamos, de alguna manera, “clasificarnos” para todos los propósitos prácticos, para que los gobernantes puedan gobernar, para que los empresarios puedan fabricar y vender, para que la salud se mejore para todos, para que la ciencia avance.  Pero la gran conspiración se puso en marcha.  Después que nos dibujan el “ser”, nos cae encima, como un montón de escombros, el “querer ser”.  Igualitos al modelo que nos proponen los especialistas en modelos y definiciones, siempre relativos, siempre lo más lejos de la verdad que se pueda.
Quiero convocar a una cruzada de sencillez y realidades claras; nada de someternos a reglas que aparecen de la nada.  Sí, quiero ser un adolescente respetuoso y prolijo, un adulto mayor que no necesita artilugios para el sexo, un matrimonio de muchos años de casados que es feliz y agradecido de la experiencia. ¡un hombre y una mujer fieles a su pareja, que ni siquiera se distraen mirando alrededor!  Si quiero ser, querer ser, poder ser, lo que soy, sin que nadie me “diseñe”, lo hago!  En el laborioso y arduo camino de la Ciudad, voy desdeñando los conflictos que tengo yo conmigo cuando dejo que otros manden.
Quiero hombres que tengan algunos rasgos femeninos para que puedan dar ternura y generosidad, que sepan escuchar y que sean constantes en sus amores. Quiero mujeres que sean valientes como los hombres, pero para causas bellas.  Que sean cerebrales para mejorar, mejor, al mundo.  Que tengan el arrojo de decidir sobre su propia vida y que lleguen a los cargos más altos  porque lo merecen.  Y también quiero que las diferencias entre unos y otros  sean claras, relucientes e integradoras.
Es hora de bajar y salir por la ciudad.  Me mira con cara de ¡ya está bien, basta de filosofar!  La misma sonrisa burlona que tendrá mientras caminamos entre otros miles por esta ciudad fascinante.  ¡Viva las diferencias!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Suficiente–Demasiado

1 May

SuficienteDemasiado

Imagen

Este capítulo debería llamarse Camogli y la balanza,  porque la imagen  de esa bella ciudad de Italia se interpone a cualquier intento de reflexionar sobre temas concretos.

Sólo visiones y visiones de las pequeñas casas montadas sobre calles de diferentes niveles, calles empedradas y sinuosas que suben y bajan y se encuentran en esquinas de ángulos tan cercanos  que extendemos los brazos y  alcanzan para contenerlos.   Una para arriba, otra para abajo siguiendo lo que habrá sido el sendero de las mulas cuando Europa era nueva.

Las casas mágicas de Camogli tienen la entrada en la calle de arriba, con el patio bien abajo  y para acceder debemos cruzarlo con  un puentecillo privado, de barandas de hierro adornadas con forma de flores y racimos de uva, producto de la imaginación de algún artesano enamorado.  Los patios, de cerámicos de colores y plantas airosas,  están enganchados a la parte posterior, abajo, donde está la otra entrada- salida, que, ahora sí, da a  la bahía y al mar. Uno se pregunta cómo será vivir en una casa entera de escaleras y recovecos.  La bahía es pequeña y rodeada de edificios apiñados y agarrados como temblando a las laderas;  y parece que fueran a caerse o a volar. Todos de colores pastel y engañosos porque  en muchas paredes hay dibujos de ventanas y paisajes y frentes de casa de paredes amarillas y persianas verdes que se mezclan con las verdaderas hasta que uno no sabe dónde está la verdad y dónde los sueños. Como si los habitantes de  la ciudad quisieran confundirnos para que no nos quedemos.  Para que “se enamoren de nosotros, nos amen y después se vayan”.

Camogli  – Caso delle Mogli, “la casa de las esposas”. La historia es la de las mujeres de los pescadores que quedaban en el pueblo, vacío de hombres cuando estos salían a pescar.  Ellas  pintaban y pintaban sus casas, cada una de un color diferente para que sus maridos las reconocieran cuando estaban volviendo del Mar Nuestro y fueran palpitando el abrazo que festejaba otra victoria de la vida sobre la tormenta.  Casas que, cuando no volvía un pescador, dejaban de pintarse por años hasta que algún varón de la familia tomaba su lugar y empezaba el nuevo desafío.  En esta ciudad las casas se mezclan sin morigerarse, al contrario, se exaltan, se ponderan y se atropellan, como las flores multicolores que caen en cascadas de las rocas; las armonías y los contrastes, los colores, los desniveles, la historia, los sonidos y el sol sobre el mar más azul de la tierra.

Caminando por una de las callecitas interiores pasamos por una pequeña tienda de antigüedades que ¡son antiguas cuando se trata de Europa!  En la vidriera atiborrada de cosas había una balanza de dos platos dorados, con el triángulo de la aguja en el medio. Larga y retacona, negra, fileteada de dorado. Brillante y desdeñosa, como si le tocara pesar las injusticias del mundo. Me enamoré.  Tuve que pelear para comprarla y convencer a mi amigo de que podíamos traerla en el avión.  Aunque reconozco que fue muy difícil, lo logré.  Me la desarmaron y la colocaron en una caja más o menos fuerte. Era del siglo XIX, de origen alemán pero, según el vendedor, se había venido para Italia a buscar sol y alegría.  Después se vino con nosotros para enseñarnos algunas cosas de la justicia.

En el puerto, en plena bahía al amparo del mar nos sentamos aquella tarde de verano. Los barcos se mecían a destiempo y el rumor de las olas golpeteando contra el muelle nos producía una especie de serenidad ideal para disfrutar del atardecer. Habíamos comprado un buen vino rosado y dos copas de cristal que todavía se lucen en la vitrina que tengo ante mi vista.  Levantamos nuestras copas para que las últimas luces las atravesaran.  Éramos tan jóvenes como ahora que no somos tan jóvenes.  Y tan felices como ahora que ya no somos jóvenes.

La balanza y Camogli me robaron lo suficiente y lo demasiado.  Uno de los conceptos más precisos y sutiles que tenemos que distinguir en cada momento de nuestra vida.

¿Cuánto es suficiente y cuánto demasiado cuando amamos? ¿Cuándo es suficiente el esfuerzo en nuestro trabajo y cuándo es demasiado? ¿Cómo reconocemos el momento de ceder, si se nos confunde el demasiado pronto con el demasiado tarde? ¿Es suficiente la regla de vida con nuestros hijos o les pesamos demasiado?  ¿Tenemos suficientes cosas o nos están aplastando los “demasiados”?  En una sociedad que convoca para que todo sea “demasiado”, ¿quiénes nos ayudan a reconocer lo “suficiente”?

¿Soy una mujer, una amante, una madre, una hija, una hermana, una amiga “suficiente” o peso en los demás con un “demasiado” rotundo que los aleja de mí? ¿Pido demasiado? ¿Doy lo suficiente? ¿Me dan de más o está todo bien? ¿Alguien se sobrepasa o yo me quedo corta? ¿En qué? ¡En todas las cosas de la vida cuyo valor ya debería conocer a esta altura de la mía!  Pero somos muy humanos los humanos. No tenemos el juicio certero. Vamos y vamos caminando por las callecitas de lugares como esta ciudad bellísima y no damos siempre en la tecla de la justicia! Por ahí, entonces, se cuela el dolor que provocamos unos a otros. En una de ésas todo se trata de saber elegir las pesas y ponerlas adecuadamente en la balanza.

Confusiones de vida que no se resuelven con facilidad. Reflexiones que siempre tienden a mejorarnos. Cruces de caminos que nos ponen en el lugar más armonioso y nos permiten ser más felices y hacer más felices a los demás.  Imposible es, para mí, descubrir el punto exacto en el que se cuele la justicia.

Saco de su caja las pequeñas pesas doradas que se escalonan de una manera casi graciosa, como soldaditos de juguete, las tengo en mis manos, le doy a cada una un nombre especial y las voy alternando en la balanza como si yo conociera el valor exacto de cada cosa.  Todavía, a esta altura de mi vida tengo un largo camino para recorrer y, casi siempre, como todos, seguiré  eligiendo reiteradamente  con mis sentimientos y mis emociones.  Que Dios me ayude.

Esperaré a mi amigo con una copa de vino rosado y lo voy a invitar a repetir un atardecer en Camogli, como para que esta hermosa ciudad se quede en nuestro futuro. Que siempre esté en nuestro futuro.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Tarde de Campo

28 Abr

Tarde de campo

Imagen

El paisaje es único.  La casa colonial está al final de un camino de unos cuantos kilómetros  que mezcla con lápiz fino los potreros, los arroyos y las sierras de distintas formas y tamaños. Para llegar hay que abrir tres o cuatro distintas tranqueras. Es de rigor, aparecen en un recodo o se descubren en el horizonte. Se baja otro, nunca el que maneja. En cada curva, cambia el paisaje y la luz que lo alumbra. Nos va dejando sin aliento. Venimos desde que éramos niños y nos va dejando sin aliento. Si llegamos de mañana estalla el sol por doquier y el paisaje es amigable, de colores, sereno. Si llegamos de tarde va cayendo una melancolía que apura el paso y tenemos ganas de escaparnos de esa enorme maravilla para aterrizar en la cocina campera con relumbrón y mate cocido.

La entrada propiamente dicha nos lleva al patio trasero de la casa por una avenida que mide algo así como doscientos metros. Es  un camino de tierra de unos doce metros de ancho, bordeado, de cada lado,  por dos hileras de abetos azules que se quieren tocar a cierta altura.  Serían demasiado imponentes para nosotros si no fuera porque antes del horizonte se van dibujando, a uno y otro lado del campo, las últimas estribaciones de las sierras que son silenciosas e imponentes pero declaman a viva voz su majestuosidad.

Vamos viendo laderas de colores verdes y marrones, animales que se juntan en racimos.  Vegetación cada vez más importante hasta que en el llano, aparecen los colores de la siembra amarilla y la casa que es enorme aunque parece pequeña en el paisaje.

Alli vive gente que queremos mucho.  De ellos me acuerdo esta tarde.

Estoy sola en casa, empiezo a sentirme inquieta.  Entro del jardín adonde estuve trabajando en los canteros y doy vueltas hasta que me siento a la computadora.  Tengo miedo, confusión, ansiedad.

La pantalla se me hace enorme y me quedo mirándola hasta que las cosas se van aclarando.  Me acuerdo de don Adolfo. Me lo contó una tarde de otoño, sentados los dos en la galería de baldosas con filigranas, bancos de plaza verdes y el cuadrado de pasto con los rosales de floración tardía.

“Me pasó hace muchos años. Yo había contratado a un administrador porque el trabajo del campo y los números juntos se me habían hecho pesados.  Quería alguien que entendiera de estas labores. Quedarme tranquilo, tenerle confianza, descansar  y, para qué decirlo, pagarle bien y que lo mereciera!

Este hombre llegó con muy buenas recomendaciones. Se me hizo familiero y simpático y las cosas se iban dando como yo había querido.”  Don Adolfo levantó la vista hacia el borde afilado de la sierra que está al lado de la casa, allí mismo adonde se ocultaba el sol y se veían los jinetes volver de la cabalgata. Sus figuras recortadas arriba  como sombras de un teatro chino, sus voces lejanas y el canto alargado de los benteveos que se iban a dormir- “Hasta que algo empezó a ir no tan bien. ¡Ya sabe! Alguna vaca que se fugaba por el cañaveral, las cuentas que se venían abultando y, algún que otro desconocido al que se contrataba para tareas ocasionales. Las cosas empezaban a no gustarme.”- Suspiró y apareció esa sonrisa maliciosa que solamente he visto en nuestros hombres campesinos, escurridiza como un rayo de luz,  que los pone más allá de cualquier pretendida picardía ciudadana.-“Empecé a repasar los números con más cuidado, me volví a subir a la camioneta a contar las vacas, revisé los contratos y me di cuenta de que el señor administrador estaba “refalando” en la tarea de administrar “mi” estancia.  ¿Sabe m’ija? Le di la oportunidad! ¡Bien qué se la di! Pero el hombre no entendió lo más importante de todo. Lo hablé con él un par de veces. Nada, la cosa seguía mal. Teníamos un contrato que yo quería cumplir porque, soy de otra clase! En cuanto se cumplió el plazo legal lo di de baja!»- Ya casi había llegado la noche, toda la familia se juntaba en la cocina atraídos por el olorcito de un guiso de cordero que se calentaba a leña, nunca supe por qué si se calienta a leña tiene otro sabor pero es así- “Lo último que le dije al hombre fue: “Yo hubiera aguantado que te quedaras con algo, y hasta me hubiera hecho el sonso si las cosas andaban! Pero…te olvidaste de que la Estancia era mía! Y parecía que te la querías llevar puesta! No. Era mía y sigue siendo mía. Yo elijo a los administradores y cuando termina el contrato se van, porque la Estancia sigue siendo mía!”

Nos quedamos en silencio hasta que nos llamaron a comer. Don Adolfo se levantó con la dificultad propia de un hombre de su edad, y, ya en la cocina, se sentó a la cabecera de la mesa. El lugar que le correspondía sin que nadie tuviera que declamarlo. La cena fue como siempre, buena compañía, buena comida y el señorío de los dueños de casa que hacen, naturalmente, un culto de la hospitalidad.

Me acuerdo de aquella charla y me voy sintiendo mejor.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Las cosas iban bien…

27 Abr

                                      Las cosas iban bien

Imagen

Trabajando en mi computadora veo reflejada una imagen en la que, difícil de creer, no había reparado nunca. Estoy en la casa de siempre y en mi escritorio. Contaba con imágenes que, por reflejo,  cambiaban constantemente en la pantalla y formaban parte de mis sensaciones sin que yo lo notara.

A mis espaldas está cerrada la ventana que da al jardín y lo que ella muestra es parte del techo del garaje, un arbusto que se asoma adelante, un árbol enorme,  la pared con la enredadera, la reja y otro techo de tejas del vecino además de una escalera exterior, más plantas y el paredón de ladrillos del fondo engalanado con una Santa Rita que puede ser centenaria y se ha apropiado de casi todo el paisaje íntimo del jardín de mi casa. Eso es lo que veo reflejado en la pantalla: mi ventana, mi jardín en ella; lo que tengo atrás pero que me enfrenta.

Todo un mundo escalonado en planos que seguramente he ignorado porque el brillo del sol molestaba y siempre me resultó cómodo entornar las persianas.

Hoy el cielo aparece con una tormenta inquietante e inevitable. Todo es color gris oscuro y todo está inmóvil esperando el estallido.  Lo primero que me impresiona es el silencio. Hasta los pájaros se han callado y vaya a saber dónde están ahora. Así me quedo yo. Esperando la tormenta mientras me  intranquilizan  esas imágenes que veo en la pantalla  de mi computadora.  El cielo se va poniendo más y más negro.

La visión es tan  imponente  como engañosa.  Me doy vuelta y miro directamente a la ventana. Lo primero que gano es el ordenamiento de los planos que, por el reflejo, se habían  mezclado  confusamente como si el árbol enorme se acercara peligrosamente a la ventana y los arbustos pudieran alejarse hacia la Santa Rita, cuyos colores habían empalidecido en los tonos desvaídos que la tormenta nos propone. Mirando de frente uno siempre se tranquiliza.  Hasta el cielo, oscuro, maligno, amenazante, se aleja un poco hacia el cielo verdadero, se hace menos pesado y el viento, que empieza a soplar, nos pide paso calladamente hasta que todo estalla.

Pienso y pienso. Me apoyo en el alfeizar de la ventana y se me ocurre que ver y conocer algo, no es lo mismo que entenderlo.

La vida nos tira cosas a las que parece que nos acostumbramos, y sí, debiéramos conocer. Nos lleva por senderos cotidianos, caminando junto a personas que amamos y viviendo situaciones que nos parecen amigables.  Pero de pronto entra un desasosiego, una extrema tristeza o un malhumor que sacude el ánimo.

La vida nos dará una lección porque las cosas iban bien y nosotros creíamos que iban mejor de lo que iban. Se impone pensar, escuchar a los otros, remover la tentación de lo cotidiano. Se impone el silencio para escuchar. Entre dos, entre todos los seres que amamos, a veces se impone remover la distracción de las palabras y dejar que escuche el corazón, transformando nuestro enojo, o nuestra tristeza y la confusión que ella nos produce, en las realidades de los otros.

Es el momento en que debemos conversar escuchando, en lugar de las palabras, las voces de las cosas que el otro representa para mí.

Y después de que el corazón ha escuchado, se impone la razón. El pensamiento disciplinado para escuchar y transmitir lo de verdad importante.   Acostumbramos buscar en el otro aquello que debilite su poder de resistir nuestra influencia. Somos pobremente humanos cuando se nos hace fácil opinar en la línea que sostiene nuestros deseos.

Estamos muy solos cuando vemos solamente el paisaje reflejado.  Hemos avanzado sobre la voluntad del otro para que siga escondido o dejamos que dominara nuestra voluntad de conocerlo. Hemos creído que somos lo que nos pasa. Contamos con la temida asistencia de la vida presurosa, bullanguera y precipitada que se hace cargo de nosotros y de nuestra felicidad, la del otro y la del universo en el que vivimos.

Empezaremos por los datos más obvios que proporciona la misma persona, aquello que está delante de nuestros ojos pero que,  confundidos por los detalles, no vemos, olvidando los tiempos que ha llevado  toda una vida para formar a ése a quien amo.   Hacer caso a lo evidente.

Descubrir que hemos creado cosas donde no había pero también donde no era necesario.

Saber primero y después comunicar.    Cambiar de un sopetón el “pues yo también quiero” por el “yo también te quiero”.

Creemos y creen ellos, el prójimo, que hemos  invertido mucho pero, en una de esas, todos hemos  seleccionando mal las prioridades.  Tal vez, digo tal vez porque no quiero lastimarme ni lastimarle con una pretendida y falsa autoridad en estas cosas de la vida. Solamente pregunto y pregunto y digo:” en este gran amor, en este proyecto magnífico que significó todos nuestros sueños y nuestros esfuerzos, tal vez, digo tal vez con la humildad del amante que ama, tal vez hemos levantado estructuras antes de que hubiera necesidades de ellas” Y después descansamos creyendo que estaba todo hecho. Y seguimos descansando de lo obvio,  porque el movimiento no permite la reflexión.

Aprecio mis momentos de tristeza porque se me aclaran muchas cosas cuando estoy triste.  Busco al otro, trato de conocerlo, aprendo de la generosidad como valor indispensable en el campo de los afectos. Y después, cuando todo ha pasado con la tormenta de mis emociones, de mis propósitos  y de mis amores, vuelvo a pertenecerme. Puedo volver a mi pantalla engañosa, retomar mi trabajo. Aplacar los temores de la soledad en la multitud. Sonreír.

Acordarme de cuando era muy joven y muy inocente de mis propios deseos.

Del desconocimiento a la duda, de la duda a la esperanza.

De la incertidumbre y la perplejidad, que nos vacían de certezas, iremos despejando el camino hacia una nueva persona con paisajes claros y bien definidos.

Una nueva persona rodeada de otras nuevas personas que son la sal de la única vida que viviremos.

La tormenta no ha pasado. El cielo sigue amenazador y empiezo a preguntarme como le habrá ido a mi familia recorriendo la ciudad en la tormenta.

He caminado caminos más difíciles y más confusos pero siento que hoy fui y volví hacia todos los paisajes engañosos de mi vida y volví para mirarlos de frente.

Empieza otra tarea.  Apago mi computadora,  me preparo un café bien caliente, con chocolate y canela, y me siento frente a la ventana en mi mecedora que cruje y cruje mientras miro la tormenta de frente.

Es una bella tarde de otoño.

                                                 PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Las cosas sin importancia

24 Abr

                     Las cosas sin importancia

Recursos de mujeres en tardes de nostalgia. Así podría llamar a las ocasiones, una vez o dos por año,  en las cuales nos reunimos un grupo de mujeres a tomar el té en el lugar que más nos gusta. Un hotel de los más tradicionales de mi ciudad, que ha sido restaurado  hasta el último detalle y que ofrece un servicio de aquellos.

Lo primero que me asombra es que de pronto, como si se agitara una campanita de orden, empezamos a llamarnos sin ton ni son, todas con la misma inquietud. Hace mucho que no lo hacemos, tenemos ganas de sentarnos a charlar y que nos atiendan.

Por una tarde me quiero sentir como una reina.

Allá vamos. Es un día especial, me visto con ropa de señora que toma el té con sus amigas, una tarde de otoño.  La Avenida tiene una subida que se completa con las escaleras a la entrada. Los coches se dejan en una media rotonda al revés que se engalana con pisos de mármoles oscuros, alfombra y arañas antiguas. Un caballero andante vestido de bedel, joven, sonriente y educado nos lleva el coche como si susurrara. Ya empiezo a ser una reina.

Pasillos que parecen salones; hay salones inmensos que se continúan; espejos, arreglos florales, una mesa en la que se cuida hasta el último detalle con las tazas y platos de la mejor porcelana, los cubiertos pesados y brillantes y las bandejas escalonadas que rematan en un anillo florido para que las pasemos de una a otra y nos sirvamos las delicias  que se nos ofrecen. Tarde de té que nos marea con la cantidad de variaciones de gustos y aromas. Poco acostumbradas, no sabemos casi elegir y lo hacemos al azar porque son todos riquísimos. Pruebo uno de aroma a flores sureñas.

Me voy despegando de la charla y se me ocurre seguir con la mirada los arabescos de la claraboya art decó de color verde francés, esa mezcla entre verde pálido y celeste, que remata el jardín de invierno.

Podría decirse que estoy en estado de felicidad y, en este caso, provocado por  estas cosas sin importancia real. Se me ocurre preguntarme cuántas cosas sin importancia hacen a la felicidad de las personas. En un alarde de conexiones hago una lista imaginaria de las cosas según sean importantes o no.

Un poco contagiadas por el ambiente mis amigas han bajado el tono de voz, inadvertidamente usan un lenguaje muy decoroso y se sonríen con toda generosidad.  Las miro, las veo felices en el tiempo fugaz de una tarde impecable y pienso en la importancia de las cosas sin importancia.

Los seres humanos somos una viva paradoja a la hora de tocar algunos temas. Por ejemplo, sabemos que nuestra relación de unos con otros está basada en cosas tan trascendentales como el amor, el compromiso, la fidelidad, el sacrificio, la dedicación, la entrega y la perseverancia.

Sin embargo, todo ello tan importante lo vivimos y lo comunicamos diariamente a través de gestos y actitudes sencillas y cotidianas, de a una y sin importancia aparente, que forman la trama sobre la cual vamos dibujando nuestra vida.  Hay algo singular, en estas experiencias con los seres que amamos, en este caso de nuestra familia, especialmente entre los esposos,  solemos dar por descontado que gozamos de tales bienes.

Pero entonces, porque somos humanos, débiles y falibles y distraídos, perdemos la atención debida y empezamos a descuidar las cosas cotidianas, las que son “cosas sin importancia” que, si pensamos detenidamente en ello, resultan los engranajes de la comunicación mediante la cual los otros saben de mí y yo de los otros; por los cuales los otros y yo sabemos que nos amamos; que nos interesa, recíprocamente, lo que nos pasa..

A las limitaciones básicas de los sentidos se acoplan las realidades externas e internas de la vida moderna; el cansancio, las preocupaciones, los problemas, el tiempo que no alcanza y tantas otras circunstancias que alteran, perjudicando nuestra convivencia.  Es así como nos olvidamos lo importante que son las cosas sin importancia. Entonces es, justamente, cuando me olvido de decir cuánto te quiero, me olvido de sonreír, de escuchar, de aprobar lo que haces, de reír, de abrazar, de emocionarme.

Diría la abuela que me olvido hasta de lo más pequeño, lo que ella llamaba “las palabras mágicas: Permiso,  por favor, perdón, gracias, lo siento, buenos días, hasta mañana, que descanses…”  Las pequeñas y sabrosas palabras mágicas que forman el más eficiente engranaje de relación amistosa que tenemos.  Las que, inadvertidamente, formarán parte de nuestra comunicación cotidiana. Las que nos hacen más personas.

Nuestros actos nunca son neutros, siempre expresan nuestras emociones y nuestros sentimientos. Nos comunicamos por las palabras,  por el tono y el volumen, por el ritmo y la intensidad de la voz; también por los gestos, por la postura corporal, por la mirada. Y lo hacemos todos los días de nuestra vida, sólo es cuestión de prestar atención a lo que hacemos.

Debo escuchar para comprender, no para contestar, y menos para contestar airadamente.  Debo prestar atención a las emociones de los otros y a sus sentimientos, soy el espejo de ellos. Debo tratar de descubrir sus necesidades sencillas, las que les hagan la vida más confortable y placentera. Si soy el primero que llega me toca preparar una buena comida, la casa tibia, una sonrisa de bienvenida. Si soy el último, el asombro renovado del reencuentro, el agradecimiento, después la ayuda.  Todo eso es la actitud,  ni más ni menos que la relación entre el ser y la manera de ser. Mostremos a los que amamos lo mejor de nosotros mismos y esperemos de ellos lo mismo.  Démosle importancia a las cosas aparentemente sin importancia que forman la trama de nuestra vida cotidiana.

En todos estos años, trabajando con los temas de familia, he conocido matrimonios que se terminaron y relaciones familiares que quedaron mal heridas. Las que más me dolieron, sin ninguna duda, fueron aquellas en las que, aparentemente no había un motivo importante y categórico para tal fracaso. “Se habían dejado de amar”, “No estaban cómodos juntos”, “Estaban aburridos”,  “Se trataban mal”, “No tenían diálogo”  eran algunas expresiones que querían explicar lo inexplicable.  Ninguno se acordaba el momento en que todo había empezado.  Sencillamente un día habían empezado a tratarse mal y no se habían dado cuenta. Seguramente fue el día en que no le dieron importancia a las cosas sin importancia.

El primer fruto del amor es la alegría, y  la alegría se educa, la alegría se enseña y se aprende, se copia, se expresa, se transmite. Tal aprendizaje siempre es a través de lo cotidiano.  La alegría busca el asombro renovado de una vida feliz en la familia, con los amigos, con los colegas. La alegría pone de manifiesto lo importante, es un homenaje a aquellos que amamos. La alegría es mirar con cariño, como una caricia de lejos. La alegría separa los tiempos  de dolor, que nunca elegimos,  de los otros tiempos que sí hemos decidido elegir y nos da fuerzas para tolerarlos o para disfrutarlos según corresponda.  Cuando transitamos tiempos en los cuales  no hay dolor apelemos a la alegría, expresada,  proclamada y reconocida en las pequeñas cosas sin importancia de todos los días.

El amor es ingenioso, gozar es parte del compromiso con los demás, hacer saber a quienes amamos cuánto los amamos nos hace inolvidables.

En mi tarde de té ha llegado la hora del poniente. En este lugar se vive por la luz dorada que se cuela por la claraboya del patio lleno de plantas, rebota en brillos caprichosos y se va acostando en la sonrisa de cada una de nosotras, mis amigas y yo.

Brindo por ellas y por mí.  Les digo: ¡Gracias!

Hilachas que van tramando – La Comunicación en el Matrimonio

21 Abr

La Comunicación en el Matrimonio

Sábado de sol radiante. Estoy tratando de ordenar los papeles, los libros y mi escritorio.  Me cuesta recuperar la rutina del trabajo porque todo este tiempo hemos vivido en algo así como un mundo paralelo, desprolijo e imprevisible. Me asomo a la ventana y los dos rosales de rosas diminutas que suelen adornar mi casa, están casi ocultos por la montaña de cosas que se siguen secando y, sin embargo, tienen pimpollos. Pequeños estallidos de rojo y rosa fuerte. Todo va volviendo a la normalidad.  Renuevo mi  tarea y entre los papeles encuentro un artículo que había escrito hace algunos años para una revista.  Me animo y lo publico porque, a veces,  los tiempos difíciles alteran las relaciones y viene muy bien una reflexión al respecto. ¡A mí me viene muy bien reaprender lo que alguna vez creí que sabía de memoria!

Nuestras flores- Rojas Nov 2007,  rosas, abril 2008 008

Siglo XXI, la maraña de comunicaciones que nos ayudan y nos acechan, nos hace pensar en una calesita vertiginosa en la cual buena parte de la población gira y gira. Algunos, sobre todo los más jóvenes, disfrutan enormemente este festival. Lo fantástico es que pueden sentir, al unísono y con todos los colores posibles la seducción de un mundo, aparentemente a su disposición;  lo dramático es que no se den cuenta de que esa misma algarabía les puede llevar la vida entera para dejarlos vacíos de contenido en cuanto algo trascendente los deje en cuclillas y desnudos, como hemos nacido todos y cada uno de nosotros. Y que esa algarabía no es la vida entera.

Los mayores repasan laboriosamente todos los circuitos de su propia formación. Prueban, encuentran y festejan hasta que un nuevo dispositivo los  vuelve a poner en la franja más ceñida de su humanidad y  aparece la ansiedad de volver a lo más sencillo. Pero todos estamos embarcados en este Siglo XXI, maravilloso, insolente, impetuoso, precipitado y genial.  Es, sin duda, el comienzo de una “nueva Edad”.  No sabemos para donde se dispara pero sí sabemos que es inevitable y dramáticamente atractivo,  que se mueve a velocidades inimaginables y que es lo que tenemos.

Sólo cabe diferenciar entre: “La edad de las Comunicaciones” y “La edad de la Comunicación”

No hay ninguna duda cuando hablamos acerca de las comunicaciones, el avance impresionante de la técnica y de las ciencias ha conseguido que todos los rincones del mundo puedan comunicarse, completa y simultáneamente, en lapsos de tiempo que provocarían vértigo a los hombres que vivieron hasta cincuenta años antes del final del milenio. El tema que hoy, sin embargo, nos ocupa  y nos preocupa es el de la comunicación.

El cruzamiento de las comunicaciones múltiples y simultáneas ha enriquecido a la sociedad en general, traduciéndose en lo que llamamos “la globalización de la cultura”.  Tal efecto ha traído inimaginables consecuencias en todo el mundo, desde la caída del Muro de Berlín,  hasta la difusión de los más insignificantes detalles de estilo en la moda que uniforma a los adolescentes de todo el planeta. No hay duda de que la  difusión y mezcla de todos los opuestos, diferentes y exclusivos ámbitos de cada cultura, enriquecen al todo.  Se produce sin embargo y como efecto negativo, una especie de aceptación pasiva de estereotipos de conductas y actitudes que  confunde las relaciones entre los seres humanos y corta, como efecto inmediato, la comunicación que debe nacer del conocimiento de la realidad y el esfuerzo personal de todos y cada uno. Se dan por descontadas muchas cosas que nos han sido incorporadas desde esa fiebre de “clasificar”, “unificar”, “desprejuiciar”, “generalizar”, “uniformar”, “definir” , desconociendo que en el plano de las relaciones personales, cada ser humano es único y especial, lo que transforma a la comunicación directa y personal con aquellos que amamos en la manera natural de vivir.

La comunicación entre los seres humanos es parte de su naturaleza, porque el hombre no puede vivir solo, se relaciona con sus semejantes de todas las maneras posibles y en ello consiste su “humanidad”.

Dos son los casos en que las relaciones humanas responden a la pura voluntad de los que las establecen: la amistad y el matrimonio. De los dos, el matrimonio, por su naturaleza, hasta puede conllevar algunas características de la amistad, que se va estableciendo entre los cónyuges a lo largo de la vida.

En lo que se refiere al tema de la comunicación en el matrimonio es conveniente aclarar primero algunos puntos con referencia a la institución matrimonial. El matrimonio además de ser la piedra fundacional de toda la estructura social desde el fondo de la historia del hombre, es un proyecto que nace entre dos seres que se atraen mutuamente, tienen una ilusión amorosa y la intención y el deseo de ser felices, pero no es sólo eso. El matrimonio es una institución natural, social y a veces religiosa, con fines específicos, entre los que se encuentran la vida comunitaria, la “ayuda mutua” y la procreación de los hijos.  Dentro del matrimonio los cónyuges deben “ayudarse” en la tarea de perfeccionarse, educarse mutuamente y realizar lo  mejor que tengan de sí mismos. El matrimonio no asegura por sí la felicidad ni el perfeccionamiento de los cónyuges, ellos deben ir a él con determinada voluntad y disposición. Para estos fines es imprescindible la “comunicación” entre los esposos. Para poder comunicarse con otro es necesario, ante todo, un conocimiento personal y completo sobre uno mismo y la intencionalidad de “conocer” y “darse a conocer” recíproca. De tal conocimiento nace una aceptación de la persona amada y elegida para compartir la vida. Y la voluntad de “escuchar” a esa persona durante toda la vida que se comparta.

Dar, Recibir, Hablar y Hacer  son los ejes que marcan las líneas de toda relación entre cónyuges. Para que ellos se conformen adecuadamente se necesitan tres condiciones:

  • Conocimiento de la realidad existente del otro,  saber ponerse en su lugar sin perder la objetividad
  • Aprecio del otro en una única dimensión, con toda su carga de cosas positivas y negativas, reconociendo su valor y demostrándolo
  • Congruencia en la integración funcional de uno con otro, de tal modo que tengan una experiencia común total, un reconocimiento de la situación que viven y una comunicación abierta para que actúen siempre de acuerdo con lo que realmente sienten y piensan

La comunicación tiene un sustento indispensable que se refiere a los valores que los cónyuges comparten en forma expresa y también implícita, en la forma de vida que eligen para su proyecto familiar. Y también tiene una “historia” que se hace de privilegiar los buenos recuerdos en las malas épocas. Se desarrolla de una manera formal en momentos especiales de la vida conyugal y familiar; y de una manera espontánea en los momentos normales de la vida cotidiana que, por otra parte, son los habituales en los que se nota la “buena comunicación” de los cónyuges. Una buena comunicación es parte del amor incondicional que le da a las personas la seguridad que todos necesitamos para ser felices.

El lenguaje para una buena o mala comunicación será el adecuado a cada pareja, que lo elegirá, único e irrepetible, como lo es ella misma. Estará hecho de gestos cotidianos, de palabras, que nunca son neutras dentro del matrimonio, de matices en las voces, de decisiones tomadas para complacer y ayudar o para mortificar al otro;  de miradas que alientan y que curan o de las otras;  de silencios elocuentes. Sobre todo será, según el caso,  una confirmación constante del amor o del desamor que siente uno por el otro, y del proyecto de felicidad o fracaso común y recíproco.

Las mujeres tienen mayor predisposición para comunicarse, a ellas les resulta más fácil hablar de  lo que sienten, están más abiertas a las confidencias y privilegian las situaciones románticas. El hombre tiene mayor inclinación a hablar de cosas concretas, no suele resultarle fácil hablar de lo que le pasa y a veces le cuesta manifestar sus sentimientos. Pero ambos pueden hacer una buena tarea para complementarse en la eficiencia de su comunicación mutua.

La posibilidad de comunicarse no es un don que se  recibe en forma gratuita. Requiere una intencionalidad, un esfuerzo diario y un abandono de uno mismo para ayudar al otro en su perfeccionamiento y su felicidad. Es bueno que se le haga saber a todos aquellos que van a formar un matrimonio que como todo lo que “vale”, no es fácil y “cuesta mucho”.

Sólo el ser humano goza de las capacidades de conocerse, amarse y comunicarse. El matrimonio es conocerse y amarse, la comunicación lo hace posible.

He cumplido con una parte de mis tareas. Me voy al jardín para cortar algunas rosas con las cuales adornar mi escritorio. Vamos volviendo a la normalidad.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – La Fama no es Puro Cuento

17 Abr

La fama no es puro cuento

En la Avenida ancha y majestuosa, flanqueada por una edificación adecuada a su naturaleza, hay dos tipos de luces. Las de los faroles de hierro antiguo, con su copete de cuadrante y cristales, que están colocados ordenadamente cada pocos metros, y las de los coches que van pasando.  Aunque las luces de los faroles son las que están quietas, ellas parecen ajustar  la velocidad de los coches entre uno y otro segmento.  De tal manera que esa inmovilidad corrige diferencias y todo se hace armonioso, aunque un poco alucinante.

Salimos de una reunión familiar, que nos ha resultado muy agradable, como de la cueva adonde el fuego es preservado y tenemos la supervivencia asegurada.

Hace mucho frío y una incipiente neblina confirmará la visión extraña y grandiosa del paisaje urbano. Otra más que el hombre le roba a la naturaleza.

Tenemos que caminar un par de cuadras para buscar el coche y la niebla, que ya se comió a las estrellas, nos va aislando en este universo vertiginoso. La avenida nos parece más ancha que nunca, aunque de cuando en cuando un cantero verde rodeado de una pequeña reja nos asegura que estamos en nuestro propio mundo. El resto son sensaciones extrañas de estar en un lugar desconocido, bello e inquietante, aunque sea en nuestra propia ciudad.

En el coche recuperamos nuestra identidad, y nos sumamos a las luces que vienen hasta que somos uno más en lo que parece una carrera.

Imagen

Yo tengo ganas de hablar.  Es lo mismo cada vez. Me impacta una situación distinta, me atrae un paisaje y es el disparador de una serie de reflexiones que aparecen desordenadas, empujándose una a otra hasta que la idea se va desenroscando y se arma el pensamiento.

En la reunión éramos un grupo de parientes y amigos y disfrutamos de buenas bebidas, cosas ricas para comer y de la charla informal y recurrente.  Sólo una persona  parecía ajena.  Escuchaba con atención pero con la mirada perdida en dos, la que miraba y la que estaba ausente.  Cada tanto quería intervenir pero tenía una manera un poco dramática, con pausas constantes y tonos descendentes, hasta que los otros optaban por interrumpir y seguir con lo suyo.

No había forma de que pudiera mantener el interés de sus contertulios. Hasta descubrí cruces de miradas entre críticas y divertidas.  Así es esa persona. Una de esas que van por la vida escuchándose solo a ellas mismas, mirando el pozo de una soledad particular que parecen haber adquirido con perseverancia y voluntad; desconociendo lo que son los otros, lo que los otros quieren, lo que necesitan.

Conozco su historia.

Con el ronroneo del motor y el calor de la calefacción nos espera un viaje más o menos largo hasta casa.  La realidad es que a nosotros siempre en los dos extremos de cada viaje hay alguien que nos quiere y a quien le gusta estar con nosotros. La sensación placentera, de ser y estar donde se debe ser y estar, nos viene acompañando en estos años de madurez y nos hace sentir una felicidad enorme, adecuada a este tramo de la vida. La única felicidad legítima cuando se ven cayendo los goces de la juventud.

Le digo a mi amigo:

-“La vida es imprevista e inapelable. Nadie nos dice que cada decisión que tomamos cuando somos muy jóvenes caerá sobre nosotros con la fuerza de lo inevitable cuando llegue la madurez. Vamos tallando nuestra fama desde el principio”-

La fama, la honra, el crédito, que nos va a acompañar toda la vida. Elegimos ser como somos cuando ni sabemos que estamos eligiendo. Ponemos a los demás por delante o por detrás de nuestros propios deseos y necesidades en tiempos en que la vida nos pertenece sin titubeos. Somos generosos o indiferentes, sonreímos o tenemos el ceño fruncido como si el mundo nos debiera un trato especial.  Somos precisos en nuestro perfil para con nosotros y para con los demás. Y todo eso sin tener la mínima idea de lo que estamos haciendo.

Casi desde la adolescencia armamos el mundo definitivo de nuestras relaciones y, porque somos humanos, tendemos a ponernos en el lugar privilegiado. Lo hacemos sin saber, siempre lo hacemos sin saber. Nos movemos entre la verdadera entrega a los demás, nuestra vanidad, o la capacidad de convivir bien con nuestros semejantes.

Digo que lo hacemos sin saber porque cuando somos muy jóvenes todavía nuestros recursos vienen de aquellos que nos enseñaron, modelando nuestro carácter y nuestra actitud con su propio ejemplo. Después nos toca corregir y corregir y volver a empezar en una suerte de mejorar la relación con el mundo y con los otros.

Algunos tienen la suerte de modificar cosas, algunos tienen quienes los aman y se educan recíprocamente en esto de las relaciones, otros arrastran definitivamente el carácter de ser como se les da la gana sin pensar detenidamente en los demás.

Sin embargo alguien debería enseñarnos bien pronto que sólo cuando colocamos en orden las prioridades y en ellas estamos bien equilibrados entre el amor a los demás y el amor propio, todo parece salir bien. Al contrario cuando nos hemos aislado en nuestras propias necesidades y no sabemos cómo es, verdaderamente, el paisaje exterior, al paso de los años habremos descubierto que la vida ha hecho su propio camino, que parece en estos casos ir por otro lado; la realidad entonces será desgarradora.

Lo malo es que el mundo, que siempre es de los otros,  con toda su rigurosidad, finalmente  nos pone de frente con nuestras propias faltas y nos remite a la soledad cuando casi  no hay camino de regreso.

Es bastante general que nos quejemos por las cosas que dejamos de hacer. Por los signos de envejecimiento que van moldeando nuestra apariencia y nuestras emociones. Es bastante común que digamos “¡Ahora que lo tengo claro.  Si volviera atrás, haría esto o aquello!”-  Y no nos damos cuenta de que nos estamos refiriendo a lo más elemental de nuestra condición humana, la satisfacción personal.

No es eso lo importante.  ¡No es eso!

Lo importante es el lugar que ocupamos entre los otros. Ellos son la referencia más clara de lo que hemos hecho siempre y de lo que hemos sido siempre.   Vamos tallando nuestra fama desde el principio pero no lo sabemos.  Eso es lo riguroso de la vida. Que no lo sabemos hasta que es tarde.

Me dice:

-“Tampoco te lo pasás pensando qué les gusta a los demás y vivís por eso! Los seres humanos siempre tenemos algo que reprochar y algo que exigir de los otros!-

-“Me hablás de lo que hacemos y yo hablo de lo que somos. Y del tiempo. Del tiempo inevitable que nos pasamos mientras la vida se va yendo. Alguien nos tendría que contar lo que pasa cuando todavía estamos empezando a buscar un lugar en el mundo. Porque en ese momento elegimos para siempre.”-

-“Es fácil. ¡Es buen negocio ser bueno!”- Y me da una palmadita en la pierna, empiezo a darme cuenta de que a esta altura de la noche, después de una buena velada y alguna copa de vino, en el calorcito del coche y la pronta llegada a casa, no hay interlocutor para mis disquisiciones.

Cuando llegamos teníamos dos mensajes telefónicos. Nada importante, uno de nuestros hijos que quería saber si habíamos llegado bien y otro para invitarnos a una jornada deportiva.

Nos miramos, nos sonreímos. El mundo es algo armonioso, sobre todo cuando  alguien nos enseñó, cuando era el tiempo de hacerlo, que no somos nada de nada, de nada, si nos somos con los otros. De verdad.

Voy apagando las luces de mi bella casa. Me detengo a mirar la vitrina del living donde tengo tantas pequeñeces que me recuerdan cosas buenas. El hogar todavía está caliente con algunas brasas y a salvo de lo desconocido. Le digo a él que me quedo un rato para pensar.  Para recordar y agradecer que el mensaje haya llegado a tiempo.  Voy saboreando una copita de licor ambarino y dulzón.  Suspiro, oigo las campanadas del reloj.  Y, finalmente, me voy a dormir tan campante.

Hilachas que van tramando – El silencio: culpa o desprecio

16 Abr
El silencio: culpa o desprecio
 
Hoy es un día de sol radiante. Las sombras de la inundación parecen haber quedado atrás. Mi casa está invadida de cosas para secar. Lo más engorroso son los libros, los preciosos libros que deben pasar por un largo proceso para recomponerse y que están cubriendo los pisos de una buena parte de la casa. Me siento a la computadora para volver al trabajo que ya tengo bastante abandonado desde aquel martes de malas sorpresas.
Pero no puedo. El deber va para un lado y las emociones para el otro. Todavía estoy atravesada por las revelaciones del programa que el domingo a la noche descubrió la locura de una corrupción atroz que hiere a todas las capas de nuestra sociedad. La acusación, por lo desmesurada, parece extraída de una película de ciencia ficción. En la cual a la vista aparecen bolsos de dinero que se pesa; individuos despreciables, amorales, arrogantes, con una falta de inteligencia tan notable como los monigotes de los teatros de títeres, a los cuales les falta altura hasta para ser parte de la mafia. Acusaciones que llegan y sacuden instituciones tan fundamentales como la del Presidente de la Nación Argentina.
¿Se escucha bien?  Presidente de la Nación Argentina. En negrilla y subrayado. El concepto hace temblar por lo categórico. El Presidente de la Nación Argentina.  Y me corre frío. Lo primero que se me viene a la cabeza es una especie de dibujito animado en el que veo desmoronarse y caer, uno por uno, todos los edificios emblemáticos de la República. La Casa Rosada, el Congreso de la Nación, el Palacio de los Tribunales. Después, como una carrera de dominó, caen cada escuela, cada hospital, cada carretera, cada dique. Los campos cultivados, cada fábrica. Todos los clubes, las bibliotecas, los negocios. Cuando le llega el turno a la Cordillera, ella arrastra a cada uno de los ciudadanos de esta Patria desconsolada. Y allí estamos todos, los niños, los hombres y mujeres de todas las edades, los religiosos y los ateos, los sanos y los enfermos, los buenos y los malos,  los que pensamos igual y los que disentimos, los inteligentes y los simples, los ricos y los pobres, los justos y los réprobos. Todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra magnífica.  Todos cayendo desordenadamente en la fosa inmunda de la corrupción. Víctimas de la soberbia y el poder.  Todos, todos, todos.  ¿Es desmesurada mi visión?
Estamos hablando de corrupción inédita, primaria, en la persona de quien o quienes ostentan o han ostentado el cargo de Presidente de la Nación Argentina
 
Debo reconocer que estoy pasada de emociones, que el corazón me palpita y que lamento por aquellos que no estén hoy sorprendidos, preocupados, asustados, los que no vean la realidad más extrema, que nos amenaza a cada uno y a todos nosotros.
Hay dos posibilidades.
La primera es que todo sea la creación de un megalómano que puso en vilo a la sociedad y se aprovechó de la buena fe y la preocupación de uno de los periodistas más importantes del país.  En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
La segunda es que todo sea verdad, que estamos en un lugar y un tiempo desgraciados que pueden arrasar hasta con nuestras esperanzas de un país mejor. En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
Si todo lo denunciado es verdad queda una sola posibilidad: los culpables deben pagar lo que han hecho al pueblo de la Nación Argentina. Deben ser castigados con la fuerza de la Ley. Y deben devolver lo que han robado.
Si lo denunciado es mentira, los acusados merecen ser resarcidos absolutamente del daño que se ha hecho a su honra y reputación. Y en eso tenemos que coincidir todos los argentinos. Y ¡ojalá así fuera! Porque entonces respiraríamos aliviados porque hemos escapado de un magnicidio en lo que se refiere al pueblo argentino.
Pero en los dos casos, lo único que no podemos aceptar es el silencio sobre el tema.
Cuando uno es acusado de algo muy grave y lesivo, que afecta a su honra y a su vida, debe hablar todo el tema con las personas que respeta y que ama; aclararlo y satisfacer toda la inquietud de aquellas personas. Lo contrario es desprecio total para aquellos con los que tenemos una relación seria, para aquellos que nos importan, que queremos o que respetamos.
El que siendo culpable calla, otorga. El que calla siendo inocente, desprecia y falta a su obligación de llevar tranquilidad a los otros.
cabildo
Nosotros, los ciudadanos de la Nación Argentina merecemos tales explicaciones, somos los dueños de la transparencia debida.
Debo reconocer que tengo los ojos llenos de lágrimas. Que estoy asustada, impresionada como cuando tenía el agua en el subsuelo de mi casa y la oía golpear contra las paredes como un animal sucio, desconocido y malvado.
Estoy necesitando, como cuando era una niña, que nuestros mayores me arropen, me aclaren y me aseguren que todo está bien, que estoy cuidada y que esto es un mal sueño.
¡Qué Dios nos cuide y nos proteja a todos los argentinos!!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS

Hilachas que van tramando – ¡Viva la Patria!

11 Abr

¡Viva la Patria!

Estoy desorientada,  inquieta y triste. Ha vuelto a llover y, desde mi casa ya casi recompuesta aunque está llena de cosas que se están secando y ¡no huele a rosas!, tengo presente a toda la gente que sigue sufriendo esta situación de necesidad extrema.  A los que fueron víctimas de los elementos y a los que están en la indigencia, en la pobreza y en el abandono. Y pienso “¡Ésta no es mi Patria!”  En mi Patria, el país más rico de la Tierra, no puede haber gente en estado de indigencia. No puede haber gente a la que no se la puede recuperar de una tormenta feroz. No puede. No debe. No puede.

Uno de mis nietos, adolescente, me dice:

“Éste no es el país más rico de la Tierra”

“No-le digo-no por su realidad pero sí por su naturaleza. Tiene todos los climas, todos los accidentes geográficos, una naturaleza paciente que  pocas veces en la historia nos acosa. Tiene una población escasa, comparada con su territorio. Tiene la mejor tierra de la Tierra.  Enormes reservas de agua. El cielo más azul y la Cruz del Sur.”

Les voy a contar una historia a mis nietos.

“Cuando yo era chica…..»Abuela, ¿eso era casi en la Colonia?»- «Sí, Tesoro, después hablaremos de eso!”

“Cuando yo era chica y llegaban los días de la Patria… ¿Qué son los días de la Patria?”, me pregunta uno de los más chicos.

“¡Los días que ahora se llaman Feriado Largo!  El 9 de Julio, el 25 de Mayo, el 20 de Junio, el 17 de Agosto, el 11 de Septiembre…»

Por ejemplo, llegaba el 9 de Julio. Mi madre almidonaba el delantal hasta que parecía de roca! Y me molestaba con su roce en el cuello y los puños. Desde unos días antes la maestra nos iba hablando de las Gestas Patrias, de la consolidación de la Independencia. Dibujábamos, leíamos, aprendíamos poesías. La Patria se nos iba metiendo en las venas y llenaba todas nuestras emociones.  Y ese día habría alguno de los alumnos que iban a “representar” en algún acto escolar, con uniformes que habían hecho las abuelas y el gorro afilado de los soldados de Tucumán, el solideo de los obispos, y las galeras lustrosas que se guardaban año tras año en los armarios de la escuela. Esa mañana nos despertaban más temprano, apenas minutos después de las 6hs. Tomábamos el desayuno siempre a las corridas y, en una mañana todavía oscura íbamos hacia la estación. Casi todas las personas con las que nos cruzábamos tenían la escarapela prendida en su pecho y parecía que todos respiraban profundamente como para que se luciera!!!  Las casas y los negocios estaban adornados con algún signo patrio, aunque fuera pequeño. El tren no venía tan lleno como en un día laborable, y los adultos nos miraban con aprobación mientras nosotros nos pavoneábamos por ser los actores principales del día, porque era feriado y la mayor actividad se concentraba en las escuelas.

Mi madre, como todas las madres, nos llenaba de abrigos debajo del delantal porque no podía llevarse nada encima y ¡¡¡parecíamos pequeñas naves blancas que en cualquier momento levantábamos vuelo!!!

La formación para izar la bandera era en la plaza, justo enfrente de mi colegio. Allí llegaban delegaciones de muchas escuelas del barrio. Las maestras, en nuestro caso las monjas, ponían las manos adentro de sus mangas enormes pero eran rápidas para sacarlas cuando necesitábamos un coscorrón por no mantener el silencio y la compostura adecuada al momento.  En cuanto se iluminaba bien la plaza con el sol radiante, empezaba a sonar “Aurora”, la canción a la Bandera, que, desde entonces, cada vez que la oigo, me pone todos los sentidos a funcionar; siento el frío y la emoción. El canto a toda voz y el orgullo enorme de ser argentina. “Es la Bandera de la Patria mía/ del sol nacida que me ha dado Dios”  Y esa Bandera era la que nos aseguraba un lugar privilegiado en el mundo. Era la que acogía a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

bandera-argentina

Después  íbamos al comedor a tomar el vasito de chocolate que tenía ese gusto particular de fiesta en el colegio, con el cartón acanalado para que no nos quemara.  E invadíamos el patio con nuestros juegos, felices porque estábamos en una fiesta. Cuando al día siguiente era sábado todo relucía porque podíamos quedarnos desvelados hasta más tarde y ¡no teníamos deberes!  Creíamos en una Patria acogedora, nos sentíamos seguros, esperábamos el futuro con una enorme confianza.

Éste es el futuro: Pobreza, indigencia, dolor. Una tormenta de aquellas y todo se desmorona.  Hay inundados y hay pobres. Hay muertos y hay indigentes.

Unos, producto de una tragedia. Otros arrastrando la peor de las tragedias, la de ser los pobres del “cuarto mundo”, los pobres de los países ricos.  Los pobres que nos avergüenzan. Los pobres sin sentido. Lo que viven en  una Patria abstracta. Que se invoca, en nombre de pesados intereses disfrazados de ideales. Que está siempre más allá de sus necesidades. Una Patria en la que ellos, definitivamente, no existen.  Una Patria que se declama y a la que se quiere vestir de fiesta cuando sólo tiene harapos.

Mis nietos se han ido dejándome sola.  Estoy triste, desorientada. La calma que me rodea es pura melancolía.  Esta Patria mía nos encuentra distraídos. Ocupados en otras cosas. Estamos perdiendo el rumbo.

Una Nación no puede ser más feliz, más próspera, más grande y bella que el más pobre de sus hijos.

Ellos son el espejo donde debemos mirarnos. Debemos mirarnos en los que no tienen nada, en su falta de educación, en su falta de salud, en su desesperanza. En lo injusto de su desamparo.

Cada niño, cada joven al que le cortan el futuro, cada uno de ellos son la medida de esta Patria declamada.

Recuerdo mi entusiasmo y mi felicidad cuando miraba la enorme bandera que ondeaba a su antojo en el patio del colegio. Recuerdo nuestro canto desafinado y sobre todo, el orgullo y la felicidad de haber nacido en esta tierra.

Quiero recobrar la medida exacta de pertenecer, para todos. Quiero la Patria que nos merecemos, todos. Quiero que esta tierra no tenga hambre, porque le sobra comida. Quiero que no tenga gente sin casa porque le sobra territorio. Quiero que haya escuela para todos porque sobra la materia prima. Quiero que los argentinos viajen, trabajen, descansen, se rían, se diviertan y se amen con todas las posibilidades de esta tierra rica. Quiero volver a cantar “Aurora”, recuperar mi inocencia y mi orgullo.

¡Viva la Patria!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos, Para todos.

Hilachas que van tramando – El sol en las vías y todas las emociones

11 Abr

Hilachas que van tramando

El sol en las vías y todas las emociones

              En la estación de mi infancia, para ir de un lado al otro, cruzábamos el puente sobre las vías.  Era magnífico, ancho muy ancho  y alto, muy alto, con los laterales de rejilla gruesa terminados en una cinta chata  de hierro que los sostenía como a un gigante.  Era color verde inglés, emblemático en aquellos tiempos de estaciones con casas enormes e importantes, de techos de tejas a dos aguas, que se repetían a lo largo de todo el trayecto desde la provincia hasta el centro de la ciudad.  El piso del puente tenía planchas muy grandes de cemento color gris, separadas por  apenas una línea de espacio entre una y otra. No se llegaba a ver nada abajo, pero nosotros, pequeños aventureros de seis y siete años vivíamos, cada vez que lo cruzábamos, la gran aventura de ¡¡¡poder caer el vacío!!!  A pesar de que nos costaba subir, los privilegiados éramos, sin duda,  los que para ir y venir del Colegio cruzábamos el puente todos los días. Las escaleras eran inmensas e interminables, con el mismo enrejado grueso en sus laterales, por lo que la sensación era la de estar entre el cielo y la tierra y ver todo hasta el horizonte.

Cuando volvíamos del Colegio en los días más cortos del otoño o el invierno y ya cerca del atardecer, nos deteníamos para mirar hacia el sol que, a lo lejos, caía en dirección a Pilar como una bola de billar incandescente, para meterse entre las  vías que se hacían una sola al final del sendero.

Éramos uno solo, el puente inmóvil y enorme, las vías brillantes con el sol que caía atrapado entre ellas más allá de nuestra vida y más acá de nuestros sueños y nosotros apretujados de guardapolvos blancos no tan blancos, manchadas las manos de tinta y las ganas de llegar para tomar la leche mientras escuchábamos las aventuras de Tarzán o Poncho Negro que nunca estaban en el puente como nosotros, pero que hubieran merecido conocerlo.  Nos colgábamos con los dedos del alambrado y recuerdo que permanecíamos en silencio y casi conteniendo el aliento hasta que el sol hubiera desaparecido de nuestra vista.

Los días nublados esos atardeceres eran magníficos porque desde el puente se veían diferentes a lo que podía verse al nivel de la calle. Rosas y amarillos, fucsias, azulinos y colorados atravesaban ondulantes todo el espacio. Nácar  y dorados se caían  al poniente para que yo los recordara ahora con una nostalgia persistente que me atraviesa sin piedad,  por aquellos chiquillos que éramos tan curiosos, tan ruidosos y llenos de vida y que, sin saberlo, estábamos aprendiendo a emocionarnos.

atardecer vias

Una tarde la maestra de tercer grado nos llevó al puente para enseñarnos los Puntos Cardinales. Y allí empezó otra historia. Primero miramos el sol, después nos hizo señalar su caída con la mano izquierda, aprendimos a que ése era el Oeste.  Al frente el Norte, atrás el Sur y  quedaba el Este por donde nacía el sol cada mañana.   No sólo quedó grabada la lección de geografía–a partir de ese momento fui la dueña de todos los caminos. Mi casa estaba al Norte de la tuya y Tierra del Fuego se había acercado bien desde el Sur.  Todos los mapas encontraron su razón de ser y ningún lugar en la Tierra me sería indiferente. Muchos años después atravesando la Cordillera se completó mi historia cuando sentí que ella era tan imponente, tan inmensa y majestuosa como el puente de mi infancia.

 ¡¡¡Las emociones!!!   Los estremecimientos del alma, la inquietud que se despierta  cuando vamos más allá de la razón y nos dejamos llevar por la belleza, o por la ternura. Cuando jugamos con nuestros sentidos, nos agitamos, nos inquietamos.  Exaltaciones, estremecimientos que nos hacen tan humanos como frágiles. Las emociones que se manifiestan en cambios de semblante, rubor, sonrisa y miedo. Cuando queremos transformarlas, compartirlas, mirar a quien amamos y temblar sin motivo. Cuando tenemos miedo y cuando nos conmovemos.  Todos los estados alterados por nuestra condición de seres humanos tan gozosos y, a la vez, tan inseguros si no podemos controlarlas.

Las emociones que nos pertenecen y nos completan, siempre y cuando sean legítimas.  Así recuerdo a las de “antes”.  Legítimas porque nacían de emociones propias, sin el impulso de una cultura demasiado agresiva. Porque no eran tantas y estaban reservadas a lo personal y compartidas por los que estaban en la misma situación.

Llegaban desde la pantalla cuando el cine era la única máquina de sueños. Desde el patio del colegio en el día de la fiesta Patria cuando cantábamos el Himno y nos sentíamos uno solo.  En las ceremonias de casamiento que sellaban un sueño común a casi todos.  En el amanecer de la playa donde íbamos con mamá y la tía Rosa, y nos quejábamos y nos quejábamos porque no nos gustaba madrugar y después, en silencio, hacíamos nuestro saludo asombrado al sol que se iba desperezando en la arena.

Cuando por primera vez nos besábamos con el corazón acelerado. Cuando se cruzaban miradas de encuentro y de despedida entre amigos o entre amantes.

Cuando nos asomábamos a la cuna de un recién nacido. Cuando él empezaba primer grado y cuando aparecían los primeros brotes del ciruelo descubriendo la primavera.  Cuando escuchábamos aquella melodía precisamente la que sonaba un día inolvidable de verano.

Emociones, emociones. Inevitables, importantes y  legítimas, eran las que subrayaban nuestra condición de personas, de una manera tan natural como contundente.

A veces siento un poco de pena por el número infinito de emociones devaluadas y gritonas que ahora nos proponen muchas veces, y que son provocadas por personas que no saben nada de la vida, por lo menos de la vida verdadera, de la que tiene la dimensión de lo «humano».  La pena es por los jóvenes cuando se los exalta para la mediocridad, en el mal gusto, en el bochinche y el desenfreno. En lo que no conocen.

Entonces nos cansamos de oír que muchos se “aman” aunque sean desconocidos, muchos se “mueren” por banalidades, muchos se enojan y se maltratan, gritan sin escucharse, al menos con la palabra,  porque la calesita de los sueños gira en el mundo del absurdo. Vemos llorar y reír con sentimientos que no conocemos o en los que no creemos porque intuimos que nacen de la histeria, del agotamiento o de la frustración peligrosamente provocada con el afán de dominar ¡vaya a saber uno qué mundo!

Muchos de  los mayores responsables “emocionan” a los más jóvenes saturándolos de experiencias cuando menos desagradables, cuando no obscenas y desaforadas. Agotadoras, frenéticas. Que les roban tiempo de su vida, los confunden y los angustian.

Entonces creo que me gustaría tomarlos de la mano, uno a uno, a los niños tan amados, y llevarlos a mi puente encantado, en silencio, despacio, y dejarlos gozar de una puesta de sol al oeste, donde se terminan las vías;  y después caminar con ellos por el jardín de la estación, deteniéndonos a comparar las flores de colores y alguna mariposa perdida, para seguir a casa bajo la mirada sonriente de los adultos que nos cruzan, a tomar el chocolate caliente y dejar que el corazón se acelere con la tonada que nos anuncia el programa de Tarzán o Poncho Negro.

Me gustaría hacer desaparecer para ellos todo el mundo de emociones artificiales y agresivas. Me gustaría que pudieran emocionarse por sí mismos, en la mejor compañía. Me gustaría que sus emociones fueran legítimas, humanas y profundas.

Me gustaría, me gustaría.  Pensando en ellos. Que Dios los bendiga.

«PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS»

Hilachas que van tramando- Para todos

10 Abr

Antes de retomar las tareas comunes, cuando las cosas se han normalizado para algunos de nosotros y siguen oscuras y desesperanzadas para el resto,  los hombres de buena voluntad que habitan en esta Patria amada, no sabemos bien qué hacer.  Empecemos a ordenar las prioridades.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.justicia

Hilachas que van tramando – Nunca antes

7 Abr

Hilachas que van tramando –  Nunca antes

tragica-inundacion-en-la-plata-1689638w300Frente a la computadora, y dispuesta a comunicarme una vez más a través de mi blog, no sé cómo decir las cosas que me pasan y las que siento. Dejaré, entonces, que lo hagan las emociones y las imágenes que se hicieron cargo de mi vida estos últimos tiempos. La madrugada de hace cinco días nos despertó el ruido de agua cayendo a borbotones dentro de la casa. La noche se hizo más oscura cuando quisimos prender la luz y nos dimos cuenta de que estábamos sin electricidad. Andar a oscuras, sentir que el piso está mojado.  Parpadear, cerrar los ojos con fuerza como para que todo eso desaparezca y volver a abrirlos para terminar de despertar a una realidad que colmó hasta el límite, cada minuto de nuestra vida desde entonces. Había llegado una de las peores tormentas que registra la  ciudad adonde nacimos y adonde vivimos, con algunos períodos en los que anduvimos por otras partes del mundo en esa mezcla rara de gitanos y burgueses que somos. La tormenta en la ciudad amada, la más bella de la Tierra. A tientas conseguimos encontrar unos fósforos y prender esos lindos candelabros que nunca creímos que sirvieran para algo más que resaltar la mesa de nuestras reuniones.   Cuando nos asomamos al piso inferior, un subsuelo que siempre ha sido escritorio y bodega, vimos que había agua hasta casi un metro de altura y que las cosas flotaban a su antojo. Por suerte la planta principal estaba a salvo, solamente había algo de agua que entraba por una ventana mal cerrada. Respiramos y, con una ingenuidad conmovedora nos dispusimos a reconocer el terreno. Afuera la calle era un río que, felizmente, en nuestra cuadra no pasaba del cordón. Solamente cien metros más abajo el agua había arrasado con todo, en algunos casos llegando a más de un metro de altura; había cosas saliendo por las puertas y ventanas y flotando en la superficie como formas grotescas y amenazantes de una especie de pesadilla que empezábamos a reconocer y que todavía no sabíamos que no era nuestra, era de aquellos que vivían en barrios menos privilegiados y perdían todo más la vida de los seres queridos.  Después la tragedia se generalizó. A medida que pasaban las horas nos íbamos enterando de la desdichada situación de miles de personas.  Y nosotros empezábamos  a vivir de otra manera.  Ese día y los subsiguientes terminábamos agotados, sin las cosas que son parte de nuestra vida cotidiana. Sin teléfono, sin Internet, sin televisión, perdiendo todo lo que había en el freezer, con un hilito de agua para bañarnos.  Lo peor era el atardecer. Mientras la tarde se moría desplegando los colores de la tormenta que a veces parecía alejarse y volvía con toda su amenaza, las sombras se hacían pesadas, temblorosas; el ánimo iba cayendo y a la luz oscilante de las velas comíamos en silencio, llenos de aprensión, temiendo que subiera el agua, ahora turbia y perversa como un animal peligroso y amenazante.  Sabíamos, lo hemos hablado muchas veces,  que nuestra situación era nada comparada con las noticias que oíamos de la antigua radio a pilas que habíamos encontrado en un armario. Pero, pequeños seres humanos atados a nuestras emociones, íbamos transitando como en un mundo paralelo en el que no hay nada más que soledad y desolación.  Querer y no poder, subir un espacio en la intuición del mundo y tratar de sobrevivir a los impulsos que nos quieren dejar inermes al solo amparo de las emociones.

La noche se hacía larga y nos sobresaltaba cualquier cambio exterior que pudiera traer la sospecha de otra lluvia. Vana presencia de la esperanza. Cielo cerrado, temor, cansancio y derrota. Acá, en mi ciudad y más todavía en otra ciudad cercana, el paisaje exterior iba mutando; en una iban cambiando las cosas, el agua retrocedió, empezaban las operaciones de limpieza, la gente se quedaba al sol, en las veredas, cerrando los ojos con alivio. En la otra explotaba la tragedia, las aguas no se iban, los muertos no podían contarse porque se necesitaba que fueran menos de los que eran y las cifras se mentían. Alguien dijo “Por lo menos si tuviera una taza de café caliente”.  Alguien salvaba a un niño pero no podía hacerlo con su abuelo. Otro héroe se ataba una soga a la cintura y salía con su valor a recoger náufragos de la ciudad. Hubo heroísmo y  saqueo, pero mayormente heroísmo.  Hubo quien dio la vida por los demás, quien se acercó a su enemigo para enfrentar juntos el terror de otra noche interminable. Hubo cuerpos flotando a la deriva y niños que lloraban sobre un tejado aferrados a una madre valerosa y llena de dolor. Hubo frío y hambre.  Frío, dolor y hambre. Frío, miedo, dolor y hambre. Frío dolor, hambre y muerte. Entonces empecé a sentir tanta compasión que me quedé sin aliento. Solamente podía vivir un desteñido reflejo de las realidades que estaban acosando la vida de tantas personas, pero esos desconocidos  se me hicieron cercanos, se montaron con su desesperación en el más recóndito lugar de mis emociones y lloré por ellos. A la luz de las velas, con mi alma mojada lloré por ellos. Y se me multiplicaron en el espacio y en el tiempo, como todos los hombres que sufren la injusticia de otros hombres. Porque la naturaleza había sido dura con los hombres y de eso no hay culpables,  pero los hombres que gobiernan no sabían, no podían o no querían mitigar el dolor de la tragedia. Y me imaginé a todos los hombres de mi hermosa Patria. Y me imaginé a todos los que habitan el llano, a los que somos el pueblo. Y a los que gobernaron antes y a los que gobiernan ahora. Los que no supieron o no quisieron prevenir. A los que se olvidaron que tener autoridad es solamente servir a los demás. Y me imaginé los despachos relucientes y los coches con escolta y los sillones mullidos y lloré por las vidas que se llevó una corriente de agua sucia. Por ese niño que perdió sus juguetes y por ese otro al que se le murió el abuelo.  Y no puedo soportarlo. Todo lo que hemos vivido y seguimos viviendo en este momento los privilegiados que solamente perdimos cosas  no es nada comparado con la desmesurada, inhumana, aterradora  injusticia de ser ignorado para el tiempo de ahora y para el futuro por aquellos que deben hacer lo que hay que hacer. Grité mirando la pared con la marca del agua porque quiero un mundo en el que la tragedia sea de la naturaleza y la compasión y el cumplimiento del deber  se  la lleven por delante. Gobernar es prever pero prever con la vista en nuestros semejantes. ¡No hay derecho!. ¿Quién les dio el derecho de gobernar a aquellos que no comparten las tragedias que enlutan a todo un pueblo?  ¿Cómo es posible que no se arrodillen bajando la cabeza ante tanto dolor? ¿Cómo pueden tener una comida caliente, una cama mullida y un mundo de colores cuando las sombras invaden la vida de los otros? ¿Qué es lo que tiene que venir después de la tormenta?  ¿Cómo les enseñamos a los pueblos que su derecho a la felicidad está más allá de cualquier derecho que tengan quienes gobiernan su nación? ¿Cómo separamos los errores de las culpas y las culpas de los errores? ¿Cómo permitimos los hombres justos que alguien se atreva, ose, se anime a dar vuelta la cara y mirar para otro lado cuando el bienestar de su gente depende de sus acciones y de sus decisiones?  Grito y agito mis puños y me pego contra la pared que va agrandando las sombras a medida que se baja la luz de las velas. No!, justicia no es solamente votar. Justicia no es solamente tolerar, justicia no es solamente repartir. Justicia es saber, estar convencido, meter en las entrañas y en el corazón la realidad de los otros. Justicia es saber que todo es de los otros. Justicia es prevenir las tragedias de la naturaleza, del hambre, de la enfermedad, de la pobreza y separar aquello que no puede evitarse de lo que depende de nosotros. Justicia son los otros por encima de nuestro orgullo y nuestro egoísmo cuando somos autoridad. Justicia es sentir tanto dolor que se quede uno sin aliento y no pueda respirar.

No sé qué podemos hacer. Nosotros todavía estamos viviendo a la luz de las velas y sigue cercando mi realidad este mundo paralelo en el que vivo entre el día y la noche. Pero esto también va a terminar y, después, estoy decidida a aprender, a escuchar, sobre todo estoy decidida a que me duela.  El primer día de sol se va yendo, le agradezco a Dios lo insignificante de mis pérdidas. Miro a mi amigo que comparte toda mi vida. Seco mis lágrimas y prometo que no me voy, que nadie me roba una Patria justa.  Que quiero para mis hijos y mis nietos, para todos los hombres que han sufrido esta vez y para los que les toque en el futuro, el cumplimiento de cada deber, más severo cuanto más privilegiado.  Bajo la cabeza ante las vidas que se perdieron, les pido perdón a quienes sufren lo que  no merecen. Que ellos sean semilla fértil de justicia.  Que así sea.

Hilachas que van tramando – El Lago del Cráter

30 Mar

El Lago del Cráter

Buscábamos el lugar al que llegábamos en el medio de un viaje agotador.  Tal como lo habían descripto algunos lugareños era un  inmenso hueco circular de unos cuantos kilómetros de diámetro, como si hubiera sido diseñado con un compás  digno de los dioses, lleno hasta el borde de agua de un color singular. Azul perfecto, iluminado desde abajo hacia arriba, supongo que a causa de su profundidad y del cielo reflejado sin una nube. Las luces aparecían y desaparecían de la superficie en una magnífica secuencia irrepetible.  Era un azul transparente y compacto, los dioses además de dibujar el hueco le habían tirado su color favorito, el símbolo de su divinidad.

El lago del CráterAlrededor había pequeños accidentes rocosos y un sendero para recorrerlo. Por momentos se interrumpía. Bajábamos y subíamos pequeños estrados, en cada uno de ellos había distintas flores silvestres de todos colores revelando la llegada de la primavera.  Cada tanto un manchón de nieve rezagada que se hacía eterna en la sombra de una roca.  Y rodeando todo la presencia lejana, irregular y obstinada de las montañas que formaban parte de aquella cadena de volcanes dormidos.  Todo majestuoso e imponente nos volvía a la realidad de nuestra pequeñez pero como estábamos a la altura de la boca de un volcán, el resto de las montañas no parecían tan altas y los valles eran más profundos.Dicen que la profundidad del lago es de 1200 y que su nombre original era Mazama, en la lengua náhuatl, que hablaban los aztecas y que fue llevada desde el sur hacia estos lugares tan lejanos por algún  misionero  empeñado en seguir convirtiendo a gente que no la hablaba. Casualidades, cadenas de comportamientos  y de voluntades que unen a los hombres de todas las épocas  de manera tal que siempre encontramos historias nuevas y cautivadoras.

Nos imaginamos la sorpresa y el deleite de John Wesley Hillman,  primer estadounidense de origen europeo del que se tiene constancia que fue quien llegó al lago el 12 de junio de 1853, y al que llamó «Deep Blue Lake» (Lago Azul Intenso). Lo llamaron Lago Azul, Lago Majestad y finalmente Lago Cráter, nombre que es el que permanece.  Los tres son un resumen de las características del lago: es azul, es majestuoso y tiene la fascinación de esconder un volcán.

El frío ya empieza a sentirse y caminamos a paso forzado hacia la hostería en la que pasaremos la noche.  Hay un ambiente acogedor por el enorme hogar de leños con su enrejado de hierro y los estantes de madera en el que relucen cacharros de cobre de distintas formas y tonos.

De loza rústica es la  chocolatera que nos traen a la mesa y los tazones son de fondo lacre con rayas en colores primitivos. Sin pensar ni un minuto nos decidimos por un chocolate caliente y espeso y para nuestra delicia la mesa se llena de espuma y vapor. Nos traen galletas de uva y avellana, crocantes afuera y  tibias, sabrosas y musicales cuando las mordemos. El grupo bastante bullicioso ha quedado en silencio aletargado por el resplandor de las llamas mientras afuera el paisaje retrocede hacia la noche.

Alguien habla de las coincidencias, de los encuentros y de las opciones. Mucho para una tarde de excursión pero después del chocolate ha vuelto la energía y hablamos.

¿Por qué Hilachas que van tramando?

Porque la vida está hecha de hilachas que forman una trama.

Hubiera creído que se refería  a la trama que la vida te arma por sí sola.

Y te sorprende.

Y te agita.

Y te complica.

La Vida es una Trama

“Conjunto de hilos que, cruzados con los de la urdimbre, forman un tejido” “Disposición interna, contextura, unión, trabazón entre las partes de una materia, asunto u otra cosa, y, especialmente, el enredo o conjunto de sucesos, enlazados entre sí, que preceden al desenlace de una obra dramática o novelesca”

Puesta a desarrollar este tema, otra vez, no puedo menos que consultar un buen diccionario para aclarar mis ideas y ordenar su expresión. ¡Casi me desanima la definición anterior porque parece innecesario este artículo! ¡Hasta que con mi robusta tozudez me decido a desarrollar lo que fue “mi” idea y no dejar que me la quite un diccionario por muy prestigioso que sea!

Puedo decir que mi vida es un conjunto de vidas entrelazadas que forman un tejido nuevo.

La urdimbre,  la tosca aspereza de la arpillera en la cual se va a tejer nuestra vida personal precede a todo: es el momento y el lugar en el cual nacemos, es lo que no podemos elegir. Esta matriz de nuestra vida, de la vida de cada uno de nosotros;  impondrá su textura, la densidad de su trama, un tejido difícil y severo y también, en algunos casos, la suave tersura de la seda. Las circunstancias de nuestro nacimiento dictarán reglas severas, a veces impiadosas; otras, gráciles y livianas como una suave brisa de verano. Lo que nos hace igualmente humanos y vulnerables es que: todos, al nacer, recibimos nuestra vida, toda nuestra vida y nada más que nuestra vida. Cada una distinta y singular, y que, al principio y por algún tiempo, no podemos cambiar.

Vuelvo a la Enciclopedia:

Trama: “Florecimiento y flor de los árboles, especialmente del olivo”

¡Vamos en la dirección correcta

La vida es florecimiento no importan las circunstancias en las que hemos nacido si nos damos la oportunidad de estar por encima de ellas.

Porque, inexorablemente, hay un momento en el que el diseño de esta trama corre por nuestra cuenta, decidimos los colores, el tema principal, aprendemos a dibujar a “mano alzada”, dudamos y cambiamos muchas veces el rumbo, olvidamos la tarea, nos cansamos, nos desilusionamos, algunas veces la distracción es peligrosa, a veces se vuelve a generar la esperanza y se van resolviendo los matices; la vida se hace, por algún tiempo, severa y, otros,  impone equilibrio y belleza… y nosotros seguimos, ingenuos creadores de nuestro propio universo. Es bueno “darse cuenta” de qué manera podemos hacer la mejor obra con nosotros mismos.

Tenemos, entonces, la arpillera y también los primeros bosquejos y dibujos que van armando el “quién soy” “dónde estoy” seguidos por el más convocante: “quién quiero ser”, “cómo quiero ser”

Ese mundo personal se completa y florece con la creación de nuestra familia y la elección de nuestros buenos amigos.  Entonces el árbol empieza a florecer.

La Vida es una trama que  iremos tejiendo con un inquietante sentimiento de creación que nos une y dispone a otro ser humano. Haremos un bosquejo conjunto, que será la inspiración y el desafío de todo artista. Elegiremos los colores sabiendo que otras realidades  externas pueden alterar nuestra creación; serán las influencias de la cultura en la que vivimos, las personas que nos acompañen en el momento histórico que nos toca, la Fe que hemos heredado, la salud, las realidades económicas, la paz o la guerra, la educación, “el resto”. Habrá momentos en que los colores se mezclen y desaparezcan, otros en los cuales resplandece el bordado y todo es armonía.

Habrá tiempos en los cuales se enroscará el hilo, y hasta llegará a cortarse, son aquellos momentos en que todo parece fracasar, entonces lo tensamos y hacemos los nudos muy fuertes y hasta nos atrevemos a ocultarlos en el revés de la trama para que no se deshaga lo andado. Pero…seguimos adelante.  Por momentos el tapiz resplandecerá en toda su belleza y pensaremos que la obra está completa, hasta que la vida, casualmente,  lo desdibuje y nos haga sentir que estamos, otra vez,  frente  a un lienzo en blanco… Habrá que empezar de vuelta y recuperar el bosquejo, el dibujo, los colores nuevos y la esperanza.

En ese tapiz estamos nosotros, nuestros seres más queridos y la vida que nos toca.

                                    Alguno de nosotros dibujará rasgos fuertes, paisajes magníficos y vidas especiales; otros harán un delicado trabajo, discreto y cuidadoso. Para todos:

La Vida es una trama que empieza con uno mismo y con los que nos rodean, puestos a crear, llenando de belleza y esperanza cada detalle.  Lo importante es tener la conciencia de la obra que se realiza,  la imaginación de verla y la increíble oportunidad de ser creador y parte de toda creación

Volvamos frecuentemente a este tapiz. Vivamos la clara epopeya de acompañar nuestras circunstancias, de superarlas o de gozarlas, según sea lo que nos ha tocado. Cambiemos lo que hay que cambiar, busquemos el equilibrio y la armonía, hagamos brillar sus colores. Pongamos, con manos de artista, un empeño incansable en busca de la felicidad.

La noche ya es cerrada.  Aunque no lo vemos presentimos el peso de un paisaje duro e imponente. Se me ocurre que eso mismo nos pasa con esta cultura que influye tanto en la vida de cada uno de nosotros.  Vale analizarlo, prepararse, armar el gráfico de aquello en lo que dejaremos que otros manden y aquello que es nuestra singularidad.  Queda mucho por hablar y más aún por resolver

Vamos dejando el lugar para ir a los cuartos y dormir bajo una claraboya que nos deja ver las estrellas y el relumbrar de las nieves eternas.

La Vida es bella, la vida es verdaderamente bella.

Masitas de Avellanas del Lago del Cráter

Esta receta, como todas, puede pertenecer a alguien que desconozco. Las mujeres de mi familia la hemos estado preparando y saboreando año tras año por más de una generación.

250 gramos de manteca, más o menos

250 gramos de azúcar, más o menos

Polvo de hornear

200 gramos de avellanas peladas, tostadas y molidas

Un buen puñado de pasas de uva  mojadas en whisky

200 gramos de harina, también más o menos

4 o 5 huevos

Ablandar la manteca y batirla con el azúcar hasta que tome consistencia de crema espesa, agregar los huevos uno a uno batiendo al mismo tiempo.  Tamizar la harina y el polvo de hornear, unir a las avellanas y esto a la crema anterior.

Colocar en un molde rectangular de un tamaño según sea el espesor que queremos para las masitas. Horno no muy fuerte hasta…que estén hechas. Hay que probar.

No son las que comimos en el Lago del Cráter, pero…son riquísimas y lo merecen.

Vino la noche y el vino calentado cerca de la estufa de leños. No hagamos balances ni tomemos resoluciones. En la trama de la vida a veces, algunas veces hay que dejarse llevar por el momento mágico.

 

 

 

                                   

                                         

Felices Pascuas!

30 Mar
Felices Pascuas para todos los hombres del mundo.
Imagen
Que la salida de Egipto sea, también,  el comienzo de la libertad de los cristianos y que esa libertad   nos permita salir de Egipto, cada día de nuestra vida.
Todos juntos, todos iguales para amar a nuestros semejantes como Él nos amó. Felices Pascuas

La Familia es un calidoscopio

26 Mar

La Familia es un Calidoscopio

Calidoscopio: «Aparato consistente en un tubo con dos espejos inclinados que multiplican simétricamente las imágenes de los objetos colocados entre ellos»

¡Qué definición escueta y sin gracia para lo que era una de las maravillas de nuestra infancia! El primer calidoscopio que llegó a mi vida venía en una hermosa caja de madera brillante; me lo dio mi padre después de elegirlo entre las cosas que habían quedado de la abuela. Él sabía que nada podría haberme gustado más que eso. Tuvo la intuición de lo que iba a deslumbrarme y la generosidad de abrirme a un mundo de sensaciones y sueños. Si agregamos las siestas de ese verano y la frescura del piso adamascado del zaguán de casa, tenemos la certeza de una niña pequeña que inventaba historias y creaba formas y colores que nunca antes  hubiera imaginado.

Hoy lo tengo ante mi vista, un poco machucado por los años pero tentador y desafiante. Lo enfoco, miro por su pequeño visor y ¡otra vez la escalada de formas inimaginables, siempre distintas y siempre bellísimas! Me estoy distrayendo justo cuando me acabo de sentar para escribir sobre la familia. Gira y gira, me parece que tiene música, busco una armonía entre el color y el sonido y finalmente ¡Descubro que la  relación era entre mi calidoscopio y la familia!

La familia es una construcción sencilla, tan sencilla que viene desde el fondo de la existencia de los hombres. Con pequeñísimas diferencias se fue construyendo siempre a partir de la fórmula inicial: un hombre, una mujer, el llamado de la especie y los hijos. Después cada cultura le fue agregando ritos y formalidades, las religiones le dieron el sustento de la trascendencia y los hombres la defendieron, intuitivamente, como el molde en el cual se fragua la identidad. Como un calidoscopio, la familia es redonda y sólida, fácilmente reconocible y al alcance de la mano de cualquiera de nosotros.  Pero, cuando nos asomamos a su interior, si sabemos encontrarlo, tiene, escondido, un mundo fascinante. Un pequeño movimiento y todos los colores vuelven a rearmarse, las formas desafían toda imaginación, aparecen matices que molestan y otros que resaltan la belleza.

Como somos seres humanos, pequeños y perdidos en el tiempo y el espacio, nos aferramos a lo que conocemos; cuando transitamos tiempos tranquilos, nos sentimos cómodos y  queremos que la familia se quede así. Hemos encontrado un dibujo que nos encanta. Queremos disfrutar, como si disfrutar fuera que todo esté siempre igual, seguro, inamovible.  La casa en orden, los hijos sanos y durmiendo cada uno en su cama, bien en la escuela, un trabajo adecuado, las cuentas pagas, unas vacaciones que se acercan, el resto de la familia grande tranquila y en paz. Cada cristal relumbra inmóvil, cada color desafía, sin alteraciones,  la definición de la belleza. El mundo es mágico y pródigo hasta que, un movimiento, a veces notable y otras, completamente imperceptible, modifica el rompecabezas de luces y las cosas cambian absolutamente.  ¿Alguien no lo ha vivido? ¿Quién movió mi calidoscopio? ¡He perdido la imagen que creía que podía retener hasta cuando yo quisiera!  Hoy nació otro hijo, cambiamos de casa, se pierde un trabajo, alguien se enferma, apareció un nuevo trabajo, hubo un accidente, nos ganamos un premio inesperado  o se fue un ser querido. Lloramos y reímos con las cosas que nos pasan, buenas y malas, a veces porque las provocamos, otras, porque la vida irrumpe, inevitable y provoca dolor o regala maravillas. El calidoscopio sigue girando y girando, arma y desarma.

Cada uno tiene una visión diferente del conjunto, cada uno prefiere éste u otro momento de nuestra familia, éste u otro gesto de quienes amamos, ésta u otra decisión ante una emergencia, ésta o la otra persona que viene a integrarse a nosotros. Aquel momento en que todos éramos chicos y jugábamos o este día más cercano en que nos dimos cuenta de que los hijos habían crecido tanto que ya no eran solamente nuestros. Cuando pudimos pedir perdón y cuando lloramos por nuestras faltas, cuando el dolor nos hizo bajar la cabeza y cuando cantamos al amor que empezaba, cuando tuvimos que volver al principio y cuando miramos alrededor con la satisfacción del deber cumplido.

A veces lo giramos vertiginosamente como para ver todos los dibujos posibles. ¿No sabemos que la secuencia es infinita e irrepetible?   ¡No entendimos que lo único inalterable es el calidoscopio!  Nuestra familia. Su capacidad para crear belleza, su adaptación a los caminos de la vida, su cerco cerrado de madera lustrada que nos contiene a todos para que no dejemos escapar los colores y las luces.

Si el calidoscopio se rompe, cada uno de los cristales resulta ser un insignificante pedazo de vidrio irregular. Por lo contrario, juntos y girando son la manifestación de la belleza y la armonía. Juntos, cada cristal se vuelve importantísimo e irremplazable. Si están verdaderamente juntos no puede haber mejores diseños, luces más brillantes, visión más atractiva y conmovedora.

Por otro lado cada familia tiene personas de colores tenues, que se mueven con suavidad y parece que sólo estuvieran para resaltar a los otros colores. También están los rojos y los verdes brillantes y los amarillos que nos llenan de calor y pasión. Están los castaños y  los grises cuando los años pasaron ligero y el rosa y el celeste de los que nacen en la familia. Estamos todos los colores posibles, todos los matices, todas las formas y cada uno de nosotros, único e irrepetible en nuestra familia, le da identidad y consistencia al resto. Somos luz y color si estamos juntos. Tenemos sentido si estamos juntos.

Esta familia y la otra y la otra, prismas de equilibro y armonía, molde y refugio de una sociedad que se asienta en todas ellas. Cada familia y ésta y la otra para cuidar a las otras familias que no son tan afortunadas; para abrirse pródiga y generosa cuando seres solitarios, enfermos o abandonados,  necesitan de su amparo. Cada familia como la tentación real y tangible para los jóvenes que todavía no empezaron ese camino. Cada familia para abrigar, compartir, trabajar para los demás, mejorar la sociedad en su conjunto. Cada una de esas familias educando para mejorar, consolando para curar, acompañando, regalando belleza y despertando optimismo.

                                  Miles y miles de prismas prendidos y brillando en el espacio son las familias- calidoscopio que en su intimidad misteriosa vuelcan los colores de la vida para el resto de mundo.

No es una ilusión ciega. Es la fe renovada en los verdaderos valores. La familia es una realidad que existe y existirá mientras existan los hombres. En esta época tan difícil que está viviendo la sociedad y que, de una u otra manera, nos afecta a todos y a cada uno de nosotros, renovamos la esperanza en el pilar más sólido de los que sostienen la historia. Debemos creer en nuestra familia; confiamos en su eficacia y sabemos de su categoría. En esta época de relativismo y confusión estamos más seguros de conocer el camino. Se necesitan ideas claras, esfuerzo cotidiano, convencimiento, sacrificio, entrega, compromiso, sudor y lágrimas sin distracciones; todos los días y cada día.  Debemos ser ejemplo y sonrisa para todos, debemos mostrar conciencia y serenidad.

Hilachas que van tramando – El gran invento de Dios

25 Mar

El gran invento de Dios

La casa estaba al fondo de un camino de ripio, después de atravesar unas rejas enormes que más parecían un tendido de encajes con bastones altísimos y rosetas arriba.  Enfrente de ella un terreno de pedregullo muy grande, rodeado de una doble hilera de cipreses.  Se adivinaba, atrás de la casa un jardín con suaves desniveles que acompañaban las lomas del terreno. Digo se adivinaban porque no se veían, pero la casa, magnífica, merecía ese jardín oculto, la barranca y el arroyo. Y, los que llegábamos a ella, lo creíamos.

A los costados de la casa salían dos cercos de ligustre que marcaban en forma categórica la diferencia entre los dos lugares, el suelo árido grisáceo del frente y el parque con fuentes, flores y estatuas de Dianas cazadoras tan caras a los italianos y tan sugerentes para nosotros.villa italiana

La casa, enorme, rectangular, simétrica, con ventanas altas e interminables que se repetían  en las dos plantas, estaba rematada por balustrada y penachos. Era una postal italiana.  Con una escalera majestuosa de mármol que subía desde el ruido rasposo del patio y cortinas interiores de gasa blanca que se movían al aire suave de la tarde resaltando las paredes  despintadas de viejos tonos rosados y amarillos,  y un friso celeste cielo para cortar el cielo de verdad, con angelitos rubicundos y racimos pompeyanos,.

Veníamos de una mañana de playa. Nuestros amigos italianos ya se habían ido para la capital. Estábamos solos en la casa ancestral, de puertas abiertas y grandes habitaciones continuadas, con historias y relatos y hasta leyendas que se habían ido colgando de sus paredes hasta que éstas susurraban y cantaban con toda gracia e impunidad.  Yo quería escuchar y recorría los pasillos enormes, cruzando, una tras otra, las puertas amigables que me llevaban a lugares sorprendentes. Cada  espacio ornado de cuadros, terciopelos, divanes, gasas y porcelanas.  Tapices con historia.

La servidumbre venía del pueblo por lo que, mágicamente, la casa se re-acomodaba cada mañana, y después las personas se iban, desligadas de aquellos tiempos en los que le pertenecían como si fueran parte de sus paredes.

Entramos al hall enorme.  El techo estaba pintado con frescos del siglo XVII. Nuestros amigos, los dueños de casa,  nos habían contado su historia y aprendimos a mirarlos. Las figuras formaban parte de un paisaje bucólico con doncellas y soldados gallardos mezclados con ángeles rubicundos y señores en una campiña dorada, con campesinos recogiendo la cosecha. Todo sereno, callado y lejano. Pero bastaba sentarse en uno de los escalones superiores, en el lugar preciso y mirar de costado para descubrir  las verdaderas figuras encargadas por el príncipe italiano, varón de muchas historias, lujurioso y adorado. Entonces las mujeres mostraban sus pechos voluptuosos, las miradas se hacían diálogos, los campesinos, para espiar,  levantaban las faldas de las cosechadoras  y todos los placeres eran permitidos, todos los cuerpos gozaban, todas las miradas decían que sí y se hacía  la  eternidad.

Mi amigo y yo teníamos el cuerpo áspero de arena y el calor del sol metido hasta los huesos. Sabíamos a sal y almendras. Mi amigo y yo éramos muy jóvenes y ya conocíamos los juegos del amor que nos gustaba.  Íbamos por más.  Nuevos lugares, nuevas formas.  Nuevas figuras que nos dejaban cansados hasta las lágrimas. Teníamos miedo de que el tiempo no fuera suficiente. El tiempo nunca es suficiente; y  el amor está ahí, en esa curva, en las gotas de sudor que recorren el pecho y gotean en los mosaicos romanos; el amor que se resbala, entra, tropieza, intenta  y se aprieta con la boca y con las manos, hasta que ese poquito, ese poquito de eternidad,  que es todo el que tenemos,  nos hace infinitamente felices y dispuestos a reverenciar a quien está a nuestro lado. Y a pensar en repetir y repetir porque el tiempo es corto.  Me miraba con una sonrisa agotada, los cuerpos desbaratados y sin aliento.

-¿Qué?-

-¡Qué invento el de Dios!- le dije.

Me miró preguntando  con las cejas y con una media sonrisa.

-¡Cuál?-

-“Ésto. Lo que acabamos de hacer”

Se quedó en silencio para que yo siguiera hablando, como hace siempre.

-“Preguntame para qué Dios inventó esto!!”-

-“¿Para qué?”-

-¡Para hacernos olvidar que el tiempo es tan corto!-

Hoy que nuestros tiempos han recorrido un largo camino seguimos descubriendo uno del otro todas las otras claves del amor. Este que nos une en la historia, en los hijos y en los nietos. Y, si lo deseamos lo suficiente, cerramos los ojos y volvemos a la casa italiana, la escalera de mármol y las cortinas de gasa que se movían al viento.

¿En qué estoy pensando?  Quiero contarles a los que ahora son jóvenes que no se necesita nada más que dos cuerpos y un gran amor.

Me apena que se les haga creer que el amor es el encuentro fortuito y rápido con alguien que apenas conocen, cuando el amor es un lento, deseable y apasionante conocimiento de otro cuerpo, que se hace a lo largo del tiempo de cada uno.  Hasta que se siente  y se conoce el olor del otro; como se mueven los músculos de su cara si goza, como llora cuando llega al final del amor, como se agradecen uno al otro lo que no pueden explicar.

Cada día aparece en la nueva forma del amor de ese día. No se cambian las personas, se cambia como se aman.  El amor no es para acumular, juntar o reunir trofeos, el amor es embellecer, dar complemento, término o perfección a una cosa.

No quiero que esos jóvenes se crean que es  solamente un encuentro físico con pretensiones de algo más, cuando, de verdad,  el amor es más y más profundo, más y más placentero, más y más satisfactorio, más apasionado y necesario,  cada vez que ocurre.    Me enoja que les hagan creer que necesitan juguetes y estimulantes. Cuando sólo hacen falta dos cuerpos con muchos huecos y un gran amor.

Dios nos ha dado un tiempo muy corto, pero, cuando vio la soledad que podríamos haber padecido, inventó el amor para que por un instante, por un tiempo brevísimo, tuviéramos una parte de su propia eternidad. Tan breve es la nuestra que dura lo que el grito de placer entre dos cuerpos que se conocen bien.

No hace falta más que un gran amor y dos a vivirlo.

Doy fe.

Hilachas que van tramando – No hay autonomía posterior al hecho

24 Mar

                       No hay autonomía posterior al hecho

De niños íbamos a visitar a las “tías de Billinghurst”, Joaquina y Florentina.

Entre las dos parecía que sumaban 200 años. Flacas y acrisoladas como un olivo. Nada de redondeces y menos de sutilezas. Vestidas con blusas y polleras de unas telas livianas de motivos siempre pequeños, en toda la gama que va del blanco al negro.  Era un estilo que, posteriormente, cuando todo adquirió  nombre para el mercado, se llamó Liberty. Florecillas robadas a los modelos de las cuáqueras americanas, iguales de valientes y lanzadas a la aventura; aquellas para recorrer miles y miles de kilómetros del Este al Oeste, por territorios inhóspitos; éstas, las tías, viviendo en pleno siglo XX en un suburbio de la gran ciudad, sin agua corriente y sin electricidad, cosa que duró hasta que los sobrinos, ya grandes, se impusieron y las trajeron de una vez  por todas a la “civilización”.

Florentina, la mayor, parecía tener  el cuerpo más gastado; caminaba doblada en ángulo recto pero siempre con pasos fuertes y decididos, ella decía que estaba así de tanto trabajar en la quinta.  Joaquina, alta y esbelta, madera de colonizadores, respetaba a su hermana, que le llevaba un par de años, con una devoción categórica.

Si me pongo a pensar, recuerdo los botellones de cerámica marrón y beige, de origen inglés, que habían sido originalmente de whisky,  que se usaban  para llevar el agua a la mesa.  Un brocal de pozo tapado y la roldana que chirriaba lentamente en las siestas de verano adelantando el placer del agua más dulce que he tomado en mi vida. La casa de techo a dos aguas, muy sencilla. La mesa de la cocina y las sillas patonas, antiguas y fuertes como las tías, y que hoy serían un lujo para cualquier  decorador.

Dos veces por año iba toda la familia.  ¡Y cuándo digo toda, digo muy toda porque mi padre y sus hermanos eran 8 y se habían dedicado a tener hijos como si el mundo dependiera de ellos solos!  Íbamos, decía, en distintos medios de locomoción, según la jerarquía que era una cuestión de edad. La abuela Carmen, base y estatura de la familia, en el asiento de adelante  del  Studebaker del hijo médico. Atrás la nuera y sus dos tías solteronas.

En los otros coches menos ostentosos y a veces traicioneros, porque los podían dejar de a pie, el resto de los mayores hasta que alcanzaran las plazas, con los debidos privilegios para la embarazada de turno o la madre reciente.

Y los que quedábamos, en la parte de atrás del camión del tío Pepe. ¡Allí estaba la fiesta!

Colocaban un banco de madera a lo largo a cada lado del furgón, algunos banquitos sueltos, un par de almohadones de los viejos, y el resto, generalmente los varones jóvenes, alardeaban e iban de pie.

La dinámica de todo el viaje haría pensar que recorreríamos cientos de kilómetros pero…eran otro tiempos!   El viaje era corto en  duración pero emocionante en aventuras!

Nos levantaban muy temprano a la mañana,  una buena taza de leche y ¡ale!  A subirse al camión saltando por la puerta trasera puesta en forma de rampa y que tenía unas varillas gruesas para trabar el talón y seguir avanzando.

Recuerdo lo emocionante que era vestirse para la ocasión.  Como yo era una de las pequeñas de ese grupo de primos, siempre heredaba de las mayores y, cuando íbamos a Billingurst usaba, o usé  una vez y me quedó enganchado en el recuerdo, unos “breeches” de lana jaspeados, y las botas de media caña marrones y brillantes, blusa blanca y un chaleco color castaño con cuello volcado y botones marrones. Fruto, tal vez, de los sueños que mi mamá le robaba a las tardes de cine de Hollywood los martes de “damas”.

El caso es que yo era toda una amazona y corrí innumerables carreras montada en la rama más baja del ciruelo que estaba cerca del patio de las tías.  Ellas nos esperaban secas y cariñosas, con aires de severidad desmentida por el brillo de sus ojos.  El patio de tierra aplastada estaba ya regado con agua blanca que mataba los bichos; el otro patio, el de mosaicos de arabescos amarillos y marrones brillaba a fuerza de jabón seco y unas enceradoras de palo de escoba que sujetaba en su extremo un apretado nudo de tiras de trapos de lana con el que frotábamos el piso, como se hacía entonces, muy divertidos, los más chicos de la familia.

Olor a empanadas para despuntar el vicio  y la carne y achuras en el asador al cuidado de dos o tres  amigos solterones de mi padre y sus hermanos,   que pasaban  el 1 de Mayo con nosotros.  El sol de Mayo ya aparecía tembloroso entre las ramas medio desnudas de los frutales. Todo el grupo masculino de la familia y los amigos se reconocían por unas siglas que iban a aparecer en cada regalo y tarjeta de invitación o colecta, “la C. Social”.  A ese grupo se iban agregando todos los varones de la familia a medida que iban creciendo y cuando crecíamos nosotras, las mujeres,  nos enterábamos de que ese nombre correspondía a “Caballeriza Social”,  poco delicado para andar voceándolo por todos lados pero útil para crear una identidad que desafió el paso del tiempo.

En una pieza dejaban los abrigos y carteras, los bolsos y los paquetes todos los mayores  y, en la otra, los niños.  Enfrente de la entrada a la casa de las tías había una maderera que juntaba cantidades enormes de virutas, y, dos veces por año, puesto el camión de cola, con el fondo levantado como para descargar, nos tirábamos a la montaña de virutas.  Nunca me voy a olvidar la mezcla de diversión y miedo que me daba la travesura.

Íbamos a buscar huevos al gallinero, y después nos largábamos a las calles, que eran todas de tierra,  a buscar otras aventuras.

Fue en una de esas excursiones que aprendí una lección que me sirvió para toda la vida, a mí, a mis hijos y a todos aquellos a quienes llegué con mis enseñanzas.

Habíamos salido a caminar, éramos 7 u 8 primas, todas entre 10 y 14 años.  Contábamos historias mientras nos alejábamos de la casa. La calle de tierra por la que íbamos era más ancha que las otras y estaba flanqueada por dos zanjones profundos con laderas verdes y perfumadas y muy poca  agua en el fondo.  Fuimos pateando terrones y piedras hasta que  descubrimos  una pequeña plantación de hinojos que habían crecido al acaso en una curva del camino.  Nos sentamos recostadas en los bordes de la zanja  decididas a saborearlos.  Recuerdo su color brillante, su gusto anisado  y sobre todo, el olor mezclado con el pasto y alguno que otro yuyo del camino, recuerdo el mugido de una vaca sola en el cuadro vecino, los pájaros que saltaban de poste en poste y, cuando levanté la cabeza buscando el sol de la tarde, un nido de hornero, y otro y otro. Recuerdo a mis primas queridas y el brillo de las botas opacado por el barro del zanjón.  A lo lejos un viejo espantapájaros en la huerta de los italianos.

Una de las mayores con aire burlón metió la mano hasta el fondo del bolsillo de las “bombachas” de campo y sacó un atado de cigarrillos; después nos mostró un encendedor plateado brillante, que nos dejó a todas boquiabiertas.  ¡Qué osadía!  ¡¿Íbamos a fumar?!

Al rato, entre toses y arcadas estábamos disfrutando a lo grande, se hizo un silencio ominoso de parte de las que estaban de cara a la calle.  Para mí y para las otras que estaban de espaldas todo acabó cuando vimos recortada sobre el grupo la sombra de la figura alta, altísima, flaca y envarada de la tía Joaquina.   ¡Todas las caras asustadas mirando como si miráramos al cielo! Pero al cielo oscurecido de los castigos infinitos que terminan con la felicidad de cualquiera.  Porque todavía fumar era cosa de hombres, ¡no lo hacían las mujeres de la familia, excepto mamá y la Tía Rosa que eran muy modernas  y hasta manejaban los coches!  Además era una falta gravísima si se consideraba la edad de las penitentes.

¡Fue todo un susto!  La  tía nos miró como para fulminarnos, esperó un minuto para que nos calara el miedo y después dijo con su voz fuerte, pronunciando todas las consonantes como solía hacer:

“Vuelvan para la casa y prepárense para lo que venga.  Porque no hay autonomía posterior al hecho”

Se dio vuelta y se fue dejando atrás el diluvio universal.   Estuvimos todavía un rato porque, aparte del temor al castigo, nos había confundido la frase.  Alguien dijo:

“Esto lo aprendió de las Pueyrredón, porque ellas hablan siempre difícil”

Otra:

“Habla a lo antiguo, en una de esas quiere decir que nos perdonan.”

“¡Ni te lo pienses!, ¡Se viene el patadón!”

“Encima me cayó mal ese cigarro”

Y allí volvimos, remolonas y cabizbajas, bordeando el zanjón.  No hablo del castigo, que debe haber sido menor al esperado, porque no lo recuerdo bien.

Pero nunca olvidaré la sensación opresiva de sentir que la suerte estaba echada.   Después de cometer la falta habíamos perdido la libertad de una tarde  que, hasta entonces, había sido formidable.

No hay autonomía posterior al hecho. ¡Cuántas veces a lo largo de la vida querríamos volver atrás  para recuperar la tranquilidad! ¡Cuántas veces nos arrepentimos por no haberlo “pensado antes!”

¡Cuántos destinos de frustran, se desoyen o se arruinan porque no pensamos claramente en  lo que viene después de lo que hacemos!

Muchas, muchas veces detuve mi paso para pensar cuánto de mi libertad se vería comprometida por lo que yo hiciera.  Y hoy lo sigo pensando.

La libertad es un valor absoluto con distintos compromisos. La verdadera libertad es “poder seguir eligiendo”, norma de vida que aprendí de mis mayores.

Pensar antes de hacer.  La cadena vital que todos los seres humanos enfrentamos,  desde  la responsabilidad, que nos lleva a hacernos cargo de lo que hacemos;  la consecuencia de lo que hacemos que, generalmente, se corta sola porque  es independiente  de nuestra voluntad y no la podemos calcular;  el tiempo impiadoso que nunca vuelve atrás;  y la libertad como un valor indivisible cuya pérdida desde lo más pequeño, hasta lo más grande, nos saca, cada vez que actuamos mal, un pedazo de nuestra propia humanidad.

En la India milenaria se dice:

“Hay que pensarlo antes, porque lo más difícil no es subirse al tigre, lo más difícil es bajarse del tigre”.

Un tango, sabiduría porteña: “Pensalo bien, antes de de dar ese paso. Que quizás mañana acaso, te puedas arrepentir”

Termino una clase, miro a todos mis oyentes, gente de todas las edades y ocupaciones,  padres de familia, docentes.  Recorro con la mirada  el aula tan sofisticada, tan cómoda y desde la que  puedo llegar a todo el mundo en este mundo de maravillas tecnológicas y,  cuando se levanta la niebla de los años, vuelvo a  Joaquina y Florentina, a mis años jóvenes, a mis amores infantiles y  a las aventuras de zanjón. Bajo la cabeza y con todo mi corazón, les agradezco las marcas impresas en mi alma, sus ejemplos y, sobre todo, la naturalidad  con que transitaron por la vida, cuando ésta era simple, justa y buena. Los ojos se me llenan de lágrimas y me alegro de habérselo contado a mis alumnos.

                       

Comentario novela: «Cristales y colores»

12 Mar

Anéken me preguntó si tenía miedo al fuego. Saqué del fuego una brasa y me la coloqué en el brazo. Casi enseguida la apartó y pareció satisfecho. Pronto la seriedad de la reunión dio lugar a tranquila charla y risas contenidas”. Ese relato y una foto inspiraron esta novela que transcurre a mediados del siglo XIX y se mueve entre dos mundos. Estancieros y colonos del interior del país, enfrentados con indios bravos que venían del Sur. Hombres y mujeres de uno y otro lado, que debieron convivir, aprender y olvidar. Pocos cronistas se han dedicado a hablar, de esta manera, sobre la formidable aventura humana que significó la conquista del Desierto en Argentina. La historia grande está basada en hechos reales y también las descripciones, muy detalladas, de la vida cotidiana en las tierras de los indios manzaneros. Sus dioses y sus bailes, sus comidas, la forma que tenían de divertirse y la extrema bravura de sus guerreros, los mejores de nuestra historia. Por el lado de la civilización veremos desfilar hombres y mujeres que iban de la vida peligrosa en la frontera a la opulencia de una clase social rica y educada. Sus palacetes, sus viajes y sus pasiones. Se nos harán familiares sus nombres y sus rangos. Sufriremos y gozaremos con ellos el momento histórico que les ha tocado vivir. El cruce de sus destinos aparentemente tan distintos y la inocencia con la que, definitivamente, fueron los testigos privilegiados del final de una época en el término apretado de sus propias vidas, como nunca había pasado antes. Felicitas e Inacayal, entre todos los otros, aprendieron que la sangre era del mismo color y cada comunidad tenía sus dolores y sus festejos, sellados por un lado por el avance de la civilización y por otro, por el respeto y la admiración, mezclados con el miedo que tenía el hombre blanco ante los dueños del fin del mundo. Todo empieza con una fiesta de la cosecha en una estancia y un malón que llega, destruye y se lleva cosas y cautivos. La historia va y viene entre dos mundos y dos épocas. Sólo podría haber pasado, tal como se cuenta, en aquella época de cristales y colores, de cambios profundos y pasiones irrepetibles.

http://www.amazon.com/Cristales-Colores-estancia-cautivos-irrepetibles/dp/1481025449/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1364175522&sr=8-1&keywords=cristales+y+colores

Hilachas que van tramando – Como quiero que me quieran

12 Mar

Como quiero que me quieran

foto bosque alemán

 

La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito.  No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz  en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto  pero de una manera absoluta y, sobre todo,  ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.

El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;

y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada y que alcanzaba con un tecito y un beso cariñoso, respetaron la orden implícita de dejarme sola conmigo misma, con la intuición de amor verdadero que me tienen; por el cual, a veces me dejan desprenderme de  ellos y entrar en las vueltas y revueltas de mi soledad .

Por eso, cada día se turnaban para estar un rato conmigo y el resto, ¡ale!, a tu antojo!  El único que está siempre es mi amigo. Pero él tiene su propia y rica soledad y sus tiempos. A los dos nos alcanza con saber que el otro está cerca, que compartimos amores y nos elegimos todos los días.

Bien desparramada en el sillón, al principio estuve desordenada y ociosa. No tenía ganas de leer, ni siquiera de pensar. La calma era igual afuera que adentro.  A tal punto había llegado que ni siquiera me inquietaba ese estado.  Al contrario. Había perdido el sometimiento acostumbrado que yo tengo cuando se trata de mi propia voluntad de hacer, y hacer, y sentir y  comunicarme y hacer. Llegó el cansancio más claro y determinante que se hubiera metido alguna vez en mi vida. Era raro y, sin embargo, tranquilizador. Era categórico y majestuoso.  Y yo lo sentía y lo observaba como si fuera ajeno, un ser distinto a mí que llenaba cada hueco de mí.  Difícil de explicar. Cuando lo intento me paso de un sendero al otro y dejo correr los dedos en la máquina para que las ideas se apropien de mis emociones y yo aprenda cosas nuevas e importantes cuando creía que ya no tenía muchas oportunidades de seguir aprendiendo cosas importantes.

De la nada total, considerando que los únicos acontecimientos eran comer, mirar la TV y dormir, pasé a un estado de bienaventuranza con imágenes interiores que me distraían del entorno. ¡Y no estaba tomando ningún medicamento!

La primera imagen fue un bosquecillo raleado pero familiar que, por capricho de mi imaginación he situado en algún pueblo del sur de Alemania.  Tal vez porque tenemos una anécdota muy graciosa en uno de esos lugares, una tarde de verano en la que nos perdimos en el medio del campo y, pasando por  delante de una granja aparecimos en un lugar al que bautizamos el bosque de Caperucita Roja, pero sin pretensiones de lobos.

Caminé por un sendero muy amigable, al costado de un río saltarín, pequeño  y presuntuoso que tenía mucha profundidad y poco ancho. El sol daba solamente sobre el agua y las riberas, ya que el bosquecillo estaba manchado de sombras muy agradables para reparo del calor.  Caminábamos o caminaba yo sola, pero tengo la impresión de que dialogaba con alguien, frases cortas, destinadas sólo a llamar la atención sobre diferentes colores, olores y chispazos de luz.

Detrás de un recodo del río, anticipando otra curva, donde los árboles parecían haber crecido en altura, había una construcción de madera, clara, manchada y muy vieja, que si me apuran un poco diría que  era amarilla y opaca.  Una casa desproporcionada en altura y con ventanas muy pequeñas. Después me di cuenta de que era un molino.  Enormes ruedas de madera engranaban desde la altura del techo hasta el cauce del río, en distintos planos y de distinto tamaño.  Se movían lentamente y llenaban el lugar con un sonido monótono salpicado de trinos de pájaros y del  suave eco de las plantas que se movían a destiempo.

El agua del río arrastró mi vida hacia las ruedas y moliendo, moliendo, se fue haciendo historia. Como la de todos.  Inevitable, precaria y sorprendente. Sin emociones y casi sin recuerdos aparece, relumbrando, el elemento más contundente entre todos los que han hecho que yo sea ésta y no otra.  ¡Hasta ahora no lo había reconocido!

Como casi todo el mundo me he pasado la vida buscando la aprobación, como mínimo y el amor como la aprobación absoluta, de los demás.  Eso hacemos todos. En mayor o menor medida.

He sonreído a extraños y explicado a otros no tan extraños, cosas que no merecían ser explicadas. Me he sometido a decisiones injustas y otras que me mejoraron como persona.  He cambiado de opiniones, insegura ante la convocatoria de otros. A veces eso ha sido bueno y, a veces, riesgoso.  No pude desarrollar acabadamente algunas de mis capacidades porque me retiré ante la mirada de los demás y, también, debo reconocerlo, crecí oportunamente hasta lo mejor de mí misma cuando los otros me aceptaron bien.

La necesidad de la aprobación de los demás, está implícita en una  escala infinita y variada que compone toda la trama del destino universal.

En esa necesidad todos somos actores y receptores.  Aprobamos y somos aprobados. Amamos y somos amados. Todos. Todos. Nunca sabemos quiénes son los otros hasta que sabemos cómo nos aprueban y cómo nos quieren. Nunca los otros sabrán quienes somos hasta que descubran lo mismo.

Todos somos sujetos activos y pasivos de esa misma necesidad de aprobación. Pero con matices que distinguen a cada hombre de los otros, a cada época de las otras.

¿De dónde llega el mensaje? De los primeros y más inmediatos actores de nuestra vida. ¿Los matices?  Hay quienes dan por descontada esa aprobación. Son aquellos que triunfan contra viento y marea. Los que en la cúspide del éxito dicen con toda naturalidad:

“¡Yo estaba seguro de que alguna vez iba a triunfar de esta manera!”  Y todos aprobamos como si éste fuera el bendito dueño de una profecía. Como si viniera de los dioses. Tal vez porque la única aprobación que necesitaron fuera la de esos dioses.

¿Qué triunfos?  Todos distintos. Algunos están anclados en el amor de la familia, otros vuelan a conquistar multitudes. En el rango más numeroso estamos los que vamos rebotando aquí y allá de a pedacitos de aceptaciones y amores.

Los últimos, los que nunca serán primeros, son los que no pueden caminar sin la aprobación de todos los demás. A los tumbos, sufriendo y haciendo sufrir a todos.

Pero todos queremos que nos quieran.

También cada uno de nosotros condiciona a los demás en esta tensión de voluntades que hacen el mundo para los hombres.

Cuando en la vida nos toca ser los actores nos hemos equivocado, a veces hasta tal punto, que no pudimos  reconocer en el enojo del otro, que lo único que esperaba de nosotros era nuestra aprobación o nuestro amor según fuera el grado de relación que teníamos.

Unos con otros y de otros. Desde el Génesis. Desde el Padre. Desde nuestro padre y desde cada uno de nuestros semejantes. Aprobamos y somos aprobados. Nos aman y amamos. Con heroísmo, con displicencia, con inseguridad y con señorío. Con generosidad y con alegría.

Sigo el curso del río y llego a las piedras que fueron moliendo mi vida.  Algunas cosas las hice bien, otras no tanto.  De mis fracasos tengo toda la culpa si  fracasé cuando no terminaba de estar convencida  de mis habilidades y dudaba de mis derechos porque la no aprobación de los otros me paralizó hasta el silencio. De mis éxitos también la tengo, porque escuché la aprobación de aquellos que valía la pena escuchar y aprendí, algo aprendí de tantas confusiones. Sigue la molienda y el sonido rumoroso del río.

¿Cómo quiero que me quieran?  ¡A esta altura de mi vida! Ya no de una manera especial. Quiero que me quieran con toda libertad; que me quieran porque sí. Quiero que me quieran los buenos. Los que me puedan enseñar, porque todavía tengo mucho que aprender.

Quiero que me quieran los que todavía valoran mi propio cariño hacia ellos.

No quiero que me quieran los extraños, los soberbios, los prejuiciosos, los injustos, los mentirosos.

Después de todo ya tengo todo el derecho de elegir.

El río sigue corriendo, el tiempo es infinito y corto.

Me quedo entre dormida hasta que me despierta mi amigo que viene silbando bajito por el sendero que cruje, como si hubiera escuchado mis pensamientos y estuviera de acuerdo en todo.

Le sonrío y le digo que lo amo con todo mi corazón y él me pone cara de  “¡¿qué te pasa calabaza?!» Que es un viejo código familiar.

Nos quedamos en silencio mirando correr el agua hasta que la noche tiende un manto de quietud sobre la Creación.

JUSTICIA PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando- Las mujeres somos fuertes

12 Mar

                    Las Mujeres Somos Fuertes

 

El té cumpleaños se iba desarrollando con toda normalidad si consideramos normalidad una mesa bien puesta, mantel bordado blanco de la época de las abuelas, tazas de porcelana y copas de cristal que nos transportaban a  otros tiempos  más gentiles y preciosos. La repostería casera, y el refuerzo de algunos sándwiches de miga y otras exquisiteces de la confitería del barrio, llenaban de colorido la mesa alargada donde todo parecía desbordar.

Un grupo de mujeres de distintas edades, todas hablando al mismo tiempo, todas hablando de distintas cosas y cruzando las respuestas por encima y a través de las otras con esa particularidad difícil de explicar en términos de equilibrio, que tienen las charlas de mujeres.  Afuera los niños, también de todas las edades, jugaban haciendo “ki-ki-la-la”  (la palabra familiar que reemplaza entre los más chicos la de “quilombo”, por una cuestión de pureza del idioma) y gritando tan fuerte como para que se los escuchara desde algún planeta lejano.  En la puerta que llevaba al jardín, una tía abuela, que nunca había tenido hijos, extendía  piernas y brazos con el heroico mandato de “no pasarán”.  Todo fuera para que sus sobrinas, que siempre habían sido tan gentiles y amorosas con ella, disfrutaran de cierto sosiego mientras tomaban su taza de té.  Aunque, a veces,  alguno de los más chicos lograba pasar la barrera llorando porque “me pegó para sacarme la pelota” o “no me dejan jugar con ellas”;  entraban, eran consolados por su madre que, mientras secaba las lágrimas y daba besos seguía con su charla, le daba una palmadita suave en el trasero y lo mandaba de vuelta, con una suave admonición a la tía con espíritu de maestra jardinera: “No los dejes pasar a menos que se incendie el jardín”.

El grupo era bastante homogéneo, profesionales jóvenes, entre 35 y 45 años, todas madres de familia, todas exitosas, fuertes y decididas.  El resto, tres o cuatro mujeres de una generación anterior. Casi todas éramos de la misma familia  y unas pocas, amigas.

Las conversaciones se fueron entremezclando, confundiendo y saliendo a flote hasta que todas llegaron a un solo cauce.  El “tema”.  Las mujeres del siglo XXI.   Las magníficas, bellas, comprometidas, inteligentes, responsables, agotadas, confundidas, y sobresaltadas mujeres del siglo XXI.

Las mayores apenas pudimos establecer alguna comparación con lo que había sido nuestra vida, madres de familia;  mujeres profesionales y no tanto, exitosas y no tanto, fuertes y decididas de la segunda mitad del siglo XX. Después, su vehemencia venció a nuestros intentos y  nos dimos cuenta de que, a pesar de que todo lo que se decía era “sabido”,  había entre aquellas mujeres jóvenes una carga de emoción y experiencias personales muy diferentes a las nuestras.  Con gran atención las escuchamos.

Todos sus pesares fueron expuestos en aquella charla en el té cumpleaños  de mantel blanco bordado, copas de cristal, tazas de porcelana  que nos transportaban a otros tiempos más felices y preciosos.

Fui tomando nota de lo que estaba oyendo buscando un hilo conductor para llegar a las definiciones.  Los diálogos entrecruzados fueron subiendo de tono y de volumen, la charla se hacía personal y las emociones quebraban sus propias reglas,  mientras ellas coincidían en tantas experiencias similares.  Algo dolía.

Al fin, una de ellas, con la voz casi quebrada,  dijo lo que más la angustiaba y luego se quedó en silencio. Una tras otra fueron callando  y la idea  nos atrapó a todas  como un amanecer de colores distinto a todos los colores.

Primera conclusión: Esas mujeres a las que la vida había situado en un plano privilegiado, estaban acongojadas. Si pudiera decirlo sin ser cruel diría que tuve la impresión de que la vida, tan generosa con ellas, sin embargo las estaba avasallando.

Las mujeres fuertes del siglo XXI gozan del ostentoso regalo de su poder adquirido en las heroicas luchas de las feministas del otro siglo siendo que, a cambio, aceptan el vasallaje que les impone una sociedad rumbosa en la que tienden a desaparecer las diferencias, las identidades, las seguridades y los propósitos nobles. Las mujeres del siglo XXI responden a estereotipos, cuanto menos, despiadados.

Ella con voz enérgica y los ojos brillantes había dicho:

“¡Lo qué más me tortura es la duda!¡Siempre tengo que decidir entre muchas cosas, no estoy segura de nada, me agota!”

Me recordó al  personaje de una película de hace unos años que, escapado de un país totalitario, visita  por primera vez un supermercado bien provisto y, ante la oferta de una cantidad interminable de marcas y calidades de café, se turba y se desmaya.

Dudar es estar con el ánimo perplejo y suspendido entre resoluciones y juicios contradictorios.  Es abandonar la seguridad de lo conocido, dejar caer todos los escudos  y avanzar por uno u otro sendero. Para dudar primero tenemos que quedar inermes, sin barreras, sin anticuerpos. Si multiplicamos esa duda en un arco inmenso que va desde la sencilla elección de una marca de  cereal entre decenas de ellos en el supermercado, hasta la definición de la propia identidad  y del  lugar que ontológicamente ocupamos en la sociedad de la cual somos la mitad;  y todo eso cada día, cada día, cada hora de cada día, el resultado es deshacer el equilibrio indispensable que nos permite vivir y convivir poniendo cada cosa en su lugar.

¿Y, dónde genera  tanta duda?  Hoy tiene tres patas

a)     El relativismo

b)    Los estereotipos

c)     Los mandatos inflexibles de la sociedad.

¿En qué se asienta?

En la Ansiedad.

Uy! Otra taza de té caliente y un trozo de torta de manzana para hacer más llevaderos estos pensamientos que nos van poniendo frente a un precipicio de emociones,  casi no queremos saber….

La sociedad en la que vivimos tiene, como todas, juntos y separados, los gérmenes de su supervivencia y los de su maldición. Técnica y ciencia desbordadas, mejoras para la vida de los hombres, bienes  en cantidad,  un mundo interminable a sus pies es lo  magnífico,  y su precio:  la Ansiedad como el pivote  indispensable para que siga existiendo.

La Ansiedad es un estado de intranquilidad,  zozobra, inquietud, de extrema aflicción  por un bien que no tenemos.  Tan íntima es la ansiedad a la sociedad en que vivimos que no podría ésta sostenerse sin aquella.  El mundo actual se nos presenta como un banquete extendido que nos muestra lo que podemos tener y nos miente sobre lo que no podemos tener.  Nos confunde sobre todo cuando nos presenta, como valioso  y con la misma entidad,  lo que es y lo que no es valioso.  No sabemos entonces qué elegir.

Otro tema es que entre tantos bienes exagerados, relumbrantes y tentadores nos falta entender que no son para todos. Ni la juventud es eterna, ni el talento es universal, ni el nacimiento igualitario.  Toda esta confusión está abonada por un relativismo a ultranza que nos hace creer que todas las cosas no son como son, sino como queremos que sean. Un voluntarismo que se lleva hasta la última resistencia de estas maravillosas mujeres que a esta altura no tienen bien definidas las “verdades verdaderas” como las llamaría mi abuela.

El primer consejo que les daría es que si quieren tener una buena vida deben poner en orden sus prioridades;  porque cuando las oigo hablar me estoy sospechando que hay una brecha muy grande entre lo que, verdaderamente,  es importante para ellas y la manera que viven su vida diaria.

Les regalo una idea de madre y abuela.

Hagamos cada una, a solas, sinceramente  y sin prejuicio una lista de las prioridades de su vida.  Y, con el mismo cuidado nos hacemos dos preguntas básicas

¿Quién manda en mí?

¿Quién dejo yo qué mande en mí?

¡El resultado podemos no contárselo a nadie pero,  debemos ser  sinceras a ultranza con nosotras mismas!

La verdadera elección sería entonces tratar de ser lo mejor que podemos, y de hacer lo mejor que podemos con aquello que nos ha sido dado, con toda la libertad del mundo.  Y recordando como principio que la libertad es legítima cuando se forja en el bien y en la verdad.

Lo peor que les pasa a mis amadas mujeres del siglo XXI es que en esta rara mezcla de relativismo, mandato imperioso de la sociedad en la que viven, y estereotipo de mujer que tienen grabado a fuego, están juntas pero solas con la soledad de los fuertes y la confusión de los que no saben bien quienes son.

Mientras las miro me digo que, con toda la fuerza que tengo voy a ir acompañándolas en estas reflexiones de hilachas de la vida que va tramando para ver si juntas compartimos algo más que un te cumpleaños en una tarde desapacible, con el mantel blanco bordado que era de la abuela, las copas de cristal, las tazas de porcelana y los niños gritando afuera mientras disfrutan la suerte de tenerlas por madres.

Armado el arco que relaciona a las mujeres fuertes de mi generación con las actuales,  que esto sea, también,  mi homenaje a las magníficas amazonas del siglo XXI.

Se han ido todas las mujeres fuertes del siglo XXI. El comedor vacío quedará desordenado hasta la mañana siguiente.  El silencio se me llena de preguntas y de dudas. ¡Todavía! ¿Quién te dijo qué la vida es fácil? ¿Quién te dijo que esto te pasa a ti solamente?

Apago la luz y me voy por el corredor.

Vídeo

La Autoridad en la Familia – Zully Poratelli

7 Mar

La escritora Zully Poratelli, fue invitada a el programa “La Puerta Abierta” para hablar sobre la familia.

Vídeo

La Evolución Del Matrimonio – Zully Poratelli

7 Mar

La escritora Zully Poratelli, fue invitada a el programa «La Puerta Abierta» para hablar sobre el matrimonio.