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Hilachas que van tramando – El canasto con frutas de colores

18 Oct

Hilachas que van tramando

El canasto con frutas de colores

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El canasto era de metal pero trabajado como si fuera de mimbre, estaba lleno de frutos de vidrio de colores vivos y compactos, traídos de Colombia por un tío abuelo medio tarambana en uno de sus viajes aventureros que llenaban de fantasía a las mujeres de la familia.  Bellísimos, eran bellísimos.  Nunca vi nada que expresara con tanta sencillez la exuberancia de los colores primarios.  Nada más que colores primarios para que recordáramos que ellos son los únicos que  llenan de  matices a nuestra vida.   Sin ellos  el mundo sería gris y opaco, por eso ocupaban un lugar en la mesa del comedor.  Estuvo desde siempre en la casa familiar y, al paso de los años, lo recuerdo con emociones inefables, compuestas y tibias porque son una parte de las cosas que atesoro como lo mejor de mi propia vida.  Me remontan a una época en la que todo era, la mesa servida, los hijos que abundaban, las vacaciones, las fiestas de cumpleaños, el primer “papá” dicho entre balbuceos, los botines de fútbol, el desayuno de un domingo de lluvia, la casa calentita, el aroma de la comida que más nos gustaba, la complicidad del abuelo con los más chicos, el vestido que se estrena, la muñeca en el sillón, el día de la comunión, la escapada de un fin de semana, los deberes, la mirada cómplice entre los esposos, una tarde de bicicleta, la boca sucia de chocolate del más chico, los pañales, la fiesta de fin de año en la escuela, las manitos del hijo, mamá radiante con su nuevo peinado, papá feliz porque ganó su equipo, una discusión que termina en risa, un diagnóstico favorable, el dolor bien compartido, el patio con el ciruelo, la mermelada de ciruelas de mamá, el primer baile, el hijo adolescente confundido, un atardecer de verano, una tarde de otoño, las hojas en la vereda, el olor de la ropa limpia, el programa que más me gusta, la reunión con los amigos, el asado, el picadito, el “té” con las chicas, la caminata por el barrio, la sombra en el jardín, un rosal que floreció, la plaza, el cine, el mueblecito que se estrena, un regalo de cumpleaños, la Nochebuena en familia,  la llegada a casa desde el trabajo, la charla entre los hermanos, una llamada telefónica, las fotos, los recuerdos.  Todos los olores y los sabores y las imágenes que hacen que la vida sea verdaderamente maravillosa.  Eso que estaba pasando en mi vida mientras yo vivía mi vida de niña en una familia tipo en la ciudad de mis amores, hace unos cuantos años.

Lo recuerdo ahora porque estoy un poco alborotada.  En un artículo de un diario y con motivo del Día de la Madre, una mamá joven, consultada por el cronista ha dicho “que su abuela se quedaba en su casa fregando y atendiendo a su marido y a sus hijos, en plan de sacrificio y su madre creía en una postura feminista donde la mujer no tiene porqué someterse a un hombre, habiendo de algún modo postergado su vida como mujer por  haber sido madre”.  Y así, esta niña, con insolencia y atrevimiento, borraba de un plumazo todo un pasado de mujeres de otros tiempos que la daban entidad a sociedades de otros tiempos.

Estoy alborotada, yo, una enamorada de los tiempos modernos, que me agarro con las dos manos y hasta dónde puedo a todos los “cuchuflitos” tecnológicos que se me acercan, lo cual me hace la vida más ponderable;  y amo los adelantos de la medicina que me alargan la vida y me regalan calidad de vida;  que me siento a esperar el futuro, porque el futuro cada vez me parece más atractivo; que tengo un poco de penita porque me voy a perder muchas cosas de este siglo apasionante ¡a menos que viva ciento cuarenta años! , estoy alborotada, un poco enojada y muy combativa.

La sociedad en la que vivimos se ha acostumbrado a mirar sobre el hombro a los tiempos pasados y llevar agua a su molino como para que esto de la “relatividad” le resulte menos pesado y le haga creer que no hay época más sabia que la que estamos viviendo. Me parece a mí y creo que los historiadores y los filósofos y todos los sabios que saben mucho más que yo me aprobarían, que no se conoce una sociedad que se permita “juzgar” a las anteriores, con tanta liviandad y suficiencia, como la actual.  Usando cada vez un tema distinto, releyendo la historia para el lado que resulte práctico como para justificar todo lo que no están muy seguros de que estén haciendo bien.

¡De acuerdo!, esta época es fenomenal y no me hubiera gustado vivir en otra.  Pero, la felicidad y la alegría están, surgen, se viven y se disfrutan en cualquier momento de la vida personal y del mundo.  También la desgracia, el error en las elecciones, las crisis y los pecados, atraviesan el tejido de cada tiempo con toda impunidad y sin pedir permiso.  Sólo que me pregunto quién les ha hecho creer que las mujeres y las familias de esas mujeres tenían el destino parejo, lleno de frustraciones, de sacrificios, de dolores, de silencios y desprecios.  ¿De dónde sacaron que todo era un mundo gris, uniforme y aburrido donde no pasaban las cosas excitantes que vivimos ahora?  ¿En qué academia aprendieron que todo era represión en lo que respecta al sexo, al erotismo y que las mujeres no sabían gozar?  ¿Por qué necesitan creer todo eso?  ¿Será que el mundo actual las tiene asustadas porque hay algunas cosas que se les pierden en este vértigo general de hacer todo, vivir todo “como se debe” siempre que sea rápido, extravagante, confuso, atrevido, atemorizador y conflictivo?

Les quiero contar algo.  Durante el siglo XX había cosas que se vivían de otra manera.  Había más tiempo, porque no había televisión, ni Internet, ni teléfonos celulares, ¡gracias que había radio y teléfono!.  Las señoras “de su casa” hacían algunas cosas mientras escuchaban la novela de la tarde, cosas como planchar, cocinar, o coser.  Pero todavía les quedaban horas libres para juntarse con sus amigas para tomar el té, charlar o salir un rato a caminar.  No estaban cansadas, por eso a muchas les encantaba dormir la siesta con sus maridos que podían venir a casa al mediodía.  A las que no les gustaba la siesta no la dormían pretextando algún molesto dolor de cabeza.  Igual que ahora.  Aunque ahora las mujeres tenemos más dolores de cabeza porque corremos todo el día a velocidades increíbles y…tenemos menos ganas de dormir la siesta.  Las relaciones sexuales eran algo íntimo y privado y la imaginación se dejaba para los dos que lo vivían y lo gozaban.  Nunca una especie de competencia deportiva que termina siendo igual en todos los casos.  Cada uno elegía lo suyo y eso era lo de ellos.  Nadie les enseñaba desde una pantalla cómo, cuándo o cuánto se hacían las cosas.  Todo era exclusivo.

No había que llevar a los niños a ningún lado, porque casi todos los barrios eran seguros y ellos desde muy chicos disfrutaban de una libertad que ahora envidiamos los mayores.  Los niños iban a la maestra particular, a piano, a inglés y siempre sin que los padres gastaran nada de su tiempo en llevarlos, iban solos.  Por lo que los padres podían dormir la siesta con toda tranquilidad y las veces que querían.  Había mujeres que elegían una profesión o trabajaban por necesidad o por gusto.  Claro que viajaban más cómodas porque siempre alguien les cedía el asiento, llegaban muy a tiempo al trabajo o al consultorio y a media tarde  hasta les sobraba el rato de tomar una taza de té o un mate.  Nunca escuchaban una palabrota y sí alguna galantería.  Cuando los hijos crecían casi siempre encontraban con tiempo de empezar algún curso o iban al cine o al teatro a funciones tempranas.  Los fines de semana se salía, alguno sí y otro no.  Y siempre había tiempo para dormir la siesta que reconfortaba y revivía los primeros ardores de la vida.  Las esposas eran “mi señora” porque en la mayoría de los casos reinaban en el hogar.  Esto es así y es cierto.   Les gustaba alardear con la casa bonita, iban a la peluquería los viernes para estar bien el fin de semana.  No levantaban pesos porque los hombres eran muy hombres.  Charlaban a borbotones, se reían de algunas cosas y lloraban con otras.

Había frigidez y también temperamentos apasionados, igual que ahora.  Hombres guapos y otros no tanto.  Los había corteses y fieles y otros no tanto.  Pusilánimes y violentos.  Igual que ahora.  Había hombres y mujeres leales, y otros pecadores, igual que ahora.  Había llanto y alegrías, penas, sueños, emociones, desencantos, igual que ahora.  Pobreza y despilfarro.  Igual, igual que ahora.

Igual que ahora se necesitaba un lugar para estar a salvo.  Un lugar de refugio en el cual la mirada, el gesto, el silencio compasivo, la risa, la ternura, la pasión, la generosidad, la alegría, el amor, el dolor, el miedo y el arrepentimiento encontraran su medida de lo humano.  Un  lugar que albergara nuestras debilidades, la necesidad de ser amados sin explicaciones, las emociones, los sentimientos que nos dan todas las tonalidades del ser humano.

Se necesitaba un lugar confortable para vivir y compartir.  Un lugar amigable en el que pudiéramos hacer el ridículo y reírnos de ello y también uno para llorar a gritos cuando la vida se hacía implacable.  Un lugar con espacio suficiente como para poder bailar y jugar y aprender las cosas buenas de la vida.  Uno sagrado para poder rezar, vivir nuestros valores, nacer, buscar la trascendencia, y también, despedirnos de la vida con la gracia y la seguridad de aquellos que han sido bien amados.  Igual que ahora. Igual que ahora.

Dejemos de comparar porque en algunos casos salimos perdiendo y en otros somos ganadores pero, si creemos que esto es lo mejor del mundo, no vamos a aprender nada.

Aquellas mujeres y hombres ya vivieron sus felicidades y sus penas.  Ya no están pero su mundo fue para ellos el mejor de todos. Y lo fue.  Doy fe porque mi madre y mis abuelas y mis mayores me lo contaron.  Solo que ahora es distinto y también es el mejor de todos porque lo veo en mis hijos y en sus primos y en sus amigos.  Cada época tiene lo suyo, claro que las mujeres del siglo XX dormían con más frecuencia la siesta con sus maridos y eso las hacía muy felices.

Era otro mundo también maravilloso, en el cual también las víctimas elegían serlo y los amantes se amaban hasta la muerte.

¡Ah, me olvidaba…! Las mujeres del siglo XX  proclamaron con gran alegría y desparpajo el amor libre e invitaban a hacer el amor y no la guerra! ¡Qué mujeres! No tenían nada de sometidas.

¡Qué más les digo!

Que entremos a casa con el paso lento, saboreando cada lugarcito amado.  Dejemos afuera los ruidos descomunales de la calle y escuchemos el sonido del portón en el jardín, la cortina que se mueve con el viento, la risa del hijo que está creciendo, una silla que se movió en el comedor, el tintineo de los cubiertos cuando ponemos la mesa, el agua que corre, la voz de mamá.  Dejemos afuera el tiempo vertiginoso y disfrutemos del tiempo afortunado de estar con el otro, escuchar pacientemente, contar de a poco las mil y una anécdotas del día que ya vivimos.  Crucemos la mirada cómplice con todos y cada uno de estos seres que amamos tanto.   Tomemos la tarea de enseñarle a bailar el vals a la quinceañera que se nos hace mujer y preguntémosle a mamá quién es la señora que nos mira de la foto antigua con un sombrero pequeñito lleno de lentejuelas y aros de perlas que dormía muy contenta la siesta con su marido.  Escuchemos un rato de música que le guste a todos o que “toleren” todos.  Vamos a reírnos de lo que pasa y a provocar la risa cuando algo bueno no pasa.  Y al terminar el día, con la oración que aprendimos y enseñamos, démosle gracias a Dios de tener una familia que cada día nos hace más humanos.  Vivamos un poco como se hacía antes, cuando las mujeres dormían la siesta con sus maridos.

Olvidemos los esquemas alterados de tiempos pasados que parecen hechos por un niño caprichoso o un artista loco.  Miremos con amabilidad el pasado porque en él están todas las explicaciones de lo que somos ahora.

Dejemos relucir el canasto con los vidrios de colores primarios que, junto con un puñado de sueños, nos trajo un tío abuelo de Colombia.  La vida fue, es y será maravillosa.  La nuestra, la mejor.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

 

 

 

 

 

 

 

 

               

         

 

Hilachas que van tramando – Morirse de la risa

14 Sep

Hilachas que van tramando

Morirse de la risa

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Era una tarde de domingo de invierno.  Puesta a hacer algo que me encanta fui a recorrer un Mercado de Pulgas.  Solamente a los que nos gusta eso, nos gusta eso.  Los pasillos eran estrechos y con pozos, los tenderetes rodeados por alambres tejidos se cerraban con puertas muy precarias, adentro de cada uno, según sus especialidades, había cosas increíbles.  Preciosos tesoros escondidos, horrendos objetos viejos.  Un deleite para los que apreciamos las cosas con historia.  Pero ésa es otra historia.

Me detuve en un puesto de muebles y allí, medio oculto, alto y presuntuoso, había un aparador de alzada de roble con la parte de arriba tipo gabinete con dos puertas centrales y otras dos, una a cada lado, con el vidrio biselado tallado en florones, estantes gruesos terminados en curva y arriba, alto y en el medio un remate de madera tallado con las mismas flores de los vidrios.  Cuando lo vi un montón de emociones llenaron mi alma.  Otra vez fui una niña buscando tesoros para jugar en la mesa enorme del comedor de mi abuela.  Ese mueble vacío se llenó de voces, de olores y de sonidos que no tienen competencia entre mis recuerdos.  Era igual al que había en la casa de mi abuela.  Igual al que tuvimos enfrente durante todos los años de la infancia y la adolescencia.  Igual, igual a mí cuando yo empezaba a ser yo.

Mi  abuela, la del aparador, era una mezcla de mujer sacrificada y heroica con una niña a la que el mundo le resultaba siempre una sorpresa.  Era dramática pero ingenua.  Simple y laboriosa.  Una mujer a la que fui conociendo de verdad a medida que yo misma me transformaba en abuela.

Venía de una familia con un montón de mujeres en la que  solamente dos de los hermanos eran varones.  Esto le daba a la vida de todos un componente especial.  Ellas pasaban gran parte del tiempo juntas, con sus hijos de acá para allá.  Siempre había tiempo para una visita, una charla o una tarde de costura juntas.  Cuando crecimos, nuestras abuelas nos llevaban con ellas y nosotras estábamos encantadas.  Y uno se pregunta ¿Cómo puede disfrutar una niña de ocho, diez, doce años una reunión con mujeres de la edad de su abuela?  Sin embargo en cuanto ella decía que se iba a la casa de alguna de sus hermanas corríamos a pedirle que nos llevara.  Allá íbamos, contentas por el programa.

Porque mi abuela se reía a carcajadas.  Ella y sus hermanas se reían a carcajadas.  Lo que ahora resulta inexplicable porque pensando en sus vidas, hijas de inmigrantes, teniendo que trabajar desde que casi no habían salido de la infancia, todas, menos dos, viudas muy jóvenes, con muchos hijos y casas grandes, uno no le encuentra la vuelta.  Ellas tampoco se la buscaban.  La risa era algo espontáneo e inevitable.

Allí estaban alrededor de la mesa grande, charlando, cosiendo, arreglado ropa de unos niños a otros, pelando arvejas, planchando un cuello almidonado y dando uno que otro coscorrón sobre todo a los varones que pasaban corriendo seguidos por el perro o los perros de la casa, alborotando todo y contagiando las risas.

Todo se desarrollaba con tranquilidad hasta que alguna de las hermanas contaba algo gracioso o se acordaba de algo que había pasado que pudiera tener apenas un rastro de humor.  Entonces cualquiera de ellas empezaba a mostrar una especie de inquietud mientras le temblaba el pecho y se le iba transformando el rostro.  Otra preguntaba “¿Qué?” y la primera apenas podía empezar a contar.  Se les iban poniendo los ojitos pequeños y la boca grande.  Empezaban a reír, y las cosas pasaban a mayores, una traía la otra.  Se tentaban de cualquier cosa y la risa continuaba por un buen rato.  Hasta que alguna se levantaba sacudiendo la cabeza como diciendo “¡Estas hermanas mías, qué pocos formales!” y preparaba la tetera para empezar con la merienda.  Pero la mayor parte de las veces volvía la tentación, una miraba a la otra y todo recomenzaba.  Si el relato era nuevo, se repetía una y otra vez y cada vez con más algazara.  Si era conocido, bastaba una palabra hipada entre dos suspiros para que una y otra y otra hermana fueran agregando detalles como claves de entendimiento que las hacía cada vez más graciosas.  Se secaban las lágrimas con aquellos pañuelitos bordados que siempre llevaban en el borde del escote y parecía que todo estaba en orden.  Sin embargo al rato a veces bastaba una mirada de lado para que recomenzara la fiesta.  Después terminaban la tarea, recogían la mesa, nos ponían prolijas y nos íbamos.

De aquellos días recuerdo los relatos más importantes y todavía me tientan, no tanto sus historias pero sí la manera en que me lo transmitían mi abuela y sus hermanas.  A veces había tristeza, duelos, pérdidas, trabajos duros pero, finalmente, la rutina entre ellas tendía a ser suavizada, adornada por las risas que inventaban entre todas.

Me imagino que su reflexión era: la vida es dura, las cosas son difíciles, pero siempre hay lugar para una risa.  Creo que la risa ablandaba sus desventuras.  Riendo vencían a cualquiera de las dificultades que se les presentaban bastante seguido.  Pero no se daban cuenta, era como correr bajo la lluvia después de un día de mucho calor.  Uno se refresca, se alegra, todo cambia para mejor.  Uno se querría quedar más tiempo bajo la lluvia y ya se ha olvidado del sofocón.

Mi abuela y sus hermanas se reían a carcajadas porque eran sencillas y amables.  Porque apreciaban los buenos momentos, porque eran laboriosas y así como lo hacían con la ropa de la familia, arreglaban, cortaban, cosían y llenaban de belleza con sus bordados la vida que, de otra manera, hubiera sido un viaje aburrido sin más opciones que sufrir y quejarse.  Ellas no pensaban en sí mismas.  Estoy segura de que no tenían un conocimiento acabado y objetivo sobre quiénes eran y para qué estaban en este mundo.  Sencillamente estaban en él y conseguían hacerlo más amigable y gentil, más agraciado y fino para sus familias.

Mi abuela se reía a carcajadas y de esa manera, nos regalaba el goce de vivir como si esto fuera fácil y  atrevido.  Como si fuera abundante y eterno.  Como si uno venciera a la tristeza para siempre y siempre volviera a vencerla para toda la eternidad.  Su propia idea de la eternidad solamente se relacionaba con las actividades de la parroquia, las procesiones de la Patrona del barrio y los casamientos, bautismos y responsos que alteraban periódicamente su vida.  Pero ella no sabía que la creaba cada vez que se olvidaba de todo lo otro y se reía con todo el cuerpo, con todo el corazón y con toda el alma.

Ahora, en este tiempo pródigo que nos toca vivir, no nos estamos riendo lo necesario.  Estamos muy conscientes de este mundo, de las cosas que pasan, de nuestro cansancio.  Estamos muy ocupados, muy tensos, muy necesitados de tecnología, muy apegados a grandes emociones.  Opinamos de todo, le tememos al ridículo más que a nada.  Nos preocupamos por cosas que seguramente no nos pasarán.

No tenemos tiempo para reírnos.

No compré el mueble que me recordó a mi infancia.  Es mejor el que tengo atesorado entre mis recuerdos.  Pero me he decidido a reír todas las veces que pueda.  A soltar el cuerpo, a dejarme llevar porque, al fin y al cabo, lo que nos queda de todo el camino es la parte de la alegría.

Nos encantaba ir de paseo con la abuela porque ella se reía a carcajadas.  De eso no me olvidaré nunca.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos