Las cosas sin importancia
Recursos de mujeres en tardes de nostalgia. Así podría llamar a las ocasiones, una vez o dos por año, en las cuales nos reunimos un grupo de mujeres a tomar el té en el lugar que más nos gusta. Un hotel de los más tradicionales de mi ciudad, que ha sido restaurado hasta el último detalle y que ofrece un servicio de aquellos.
Lo primero que me asombra es que de pronto, como si se agitara una campanita de orden, empezamos a llamarnos sin ton ni son, todas con la misma inquietud. Hace mucho que no lo hacemos, tenemos ganas de sentarnos a charlar y que nos atiendan.
Por una tarde me quiero sentir como una reina.
Allá vamos. Es un día especial, me visto con ropa de señora que toma el té con sus amigas, una tarde de otoño. La Avenida tiene una subida que se completa con las escaleras a la entrada. Los coches se dejan en una media rotonda al revés que se engalana con pisos de mármoles oscuros, alfombra y arañas antiguas. Un caballero andante vestido de bedel, joven, sonriente y educado nos lleva el coche como si susurrara. Ya empiezo a ser una reina.
Pasillos que parecen salones; hay salones inmensos que se continúan; espejos, arreglos florales, una mesa en la que se cuida hasta el último detalle con las tazas y platos de la mejor porcelana, los cubiertos pesados y brillantes y las bandejas escalonadas que rematan en un anillo florido para que las pasemos de una a otra y nos sirvamos las delicias que se nos ofrecen. Tarde de té que nos marea con la cantidad de variaciones de gustos y aromas. Poco acostumbradas, no sabemos casi elegir y lo hacemos al azar porque son todos riquísimos. Pruebo uno de aroma a flores sureñas.

Me voy despegando de la charla y se me ocurre seguir con la mirada los arabescos de la claraboya art decó de color verde francés, esa mezcla entre verde pálido y celeste, que remata el jardín de invierno.
Podría decirse que estoy en estado de felicidad y, en este caso, provocado por estas cosas sin importancia real. Se me ocurre preguntarme cuántas cosas sin importancia hacen a la felicidad de las personas. En un alarde de conexiones hago una lista imaginaria de las cosas según sean importantes o no.
Un poco contagiadas por el ambiente mis amigas han bajado el tono de voz, inadvertidamente usan un lenguaje muy decoroso y se sonríen con toda generosidad. Las miro, las veo felices en el tiempo fugaz de una tarde impecable y pienso en la importancia de las cosas sin importancia.
Los seres humanos somos una viva paradoja a la hora de tocar algunos temas. Por ejemplo, sabemos que nuestra relación de unos con otros está basada en cosas tan trascendentales como el amor, el compromiso, la fidelidad, el sacrificio, la dedicación, la entrega y la perseverancia.
Sin embargo, todo ello tan importante lo vivimos y lo comunicamos diariamente a través de gestos y actitudes sencillas y cotidianas, de a una y sin importancia aparente, que forman la trama sobre la cual vamos dibujando nuestra vida. Hay algo singular, en estas experiencias con los seres que amamos, en este caso de nuestra familia, especialmente entre los esposos, solemos dar por descontado que gozamos de tales bienes.
Pero entonces, porque somos humanos, débiles y falibles y distraídos, perdemos la atención debida y empezamos a descuidar las cosas cotidianas, las que son “cosas sin importancia” que, si pensamos detenidamente en ello, resultan los engranajes de la comunicación mediante la cual los otros saben de mí y yo de los otros; por los cuales los otros y yo sabemos que nos amamos; que nos interesa, recíprocamente, lo que nos pasa..
A las limitaciones básicas de los sentidos se acoplan las realidades externas e internas de la vida moderna; el cansancio, las preocupaciones, los problemas, el tiempo que no alcanza y tantas otras circunstancias que alteran, perjudicando nuestra convivencia. Es así como nos olvidamos lo importante que son las cosas sin importancia. Entonces es, justamente, cuando me olvido de decir cuánto te quiero, me olvido de sonreír, de escuchar, de aprobar lo que haces, de reír, de abrazar, de emocionarme.
Diría la abuela que me olvido hasta de lo más pequeño, lo que ella llamaba “las palabras mágicas: Permiso, por favor, perdón, gracias, lo siento, buenos días, hasta mañana, que descanses…” Las pequeñas y sabrosas palabras mágicas que forman el más eficiente engranaje de relación amistosa que tenemos. Las que, inadvertidamente, formarán parte de nuestra comunicación cotidiana. Las que nos hacen más personas.
Nuestros actos nunca son neutros, siempre expresan nuestras emociones y nuestros sentimientos. Nos comunicamos por las palabras, por el tono y el volumen, por el ritmo y la intensidad de la voz; también por los gestos, por la postura corporal, por la mirada. Y lo hacemos todos los días de nuestra vida, sólo es cuestión de prestar atención a lo que hacemos.
Debo escuchar para comprender, no para contestar, y menos para contestar airadamente. Debo prestar atención a las emociones de los otros y a sus sentimientos, soy el espejo de ellos. Debo tratar de descubrir sus necesidades sencillas, las que les hagan la vida más confortable y placentera. Si soy el primero que llega me toca preparar una buena comida, la casa tibia, una sonrisa de bienvenida. Si soy el último, el asombro renovado del reencuentro, el agradecimiento, después la ayuda. Todo eso es la actitud, ni más ni menos que la relación entre el ser y la manera de ser. Mostremos a los que amamos lo mejor de nosotros mismos y esperemos de ellos lo mismo. Démosle importancia a las cosas aparentemente sin importancia que forman la trama de nuestra vida cotidiana.
En todos estos años, trabajando con los temas de familia, he conocido matrimonios que se terminaron y relaciones familiares que quedaron mal heridas. Las que más me dolieron, sin ninguna duda, fueron aquellas en las que, aparentemente no había un motivo importante y categórico para tal fracaso. “Se habían dejado de amar”, “No estaban cómodos juntos”, “Estaban aburridos”, “Se trataban mal”, “No tenían diálogo” eran algunas expresiones que querían explicar lo inexplicable. Ninguno se acordaba el momento en que todo había empezado. Sencillamente un día habían empezado a tratarse mal y no se habían dado cuenta. Seguramente fue el día en que no le dieron importancia a las cosas sin importancia.
El primer fruto del amor es la alegría, y la alegría se educa, la alegría se enseña y se aprende, se copia, se expresa, se transmite. Tal aprendizaje siempre es a través de lo cotidiano. La alegría busca el asombro renovado de una vida feliz en la familia, con los amigos, con los colegas. La alegría pone de manifiesto lo importante, es un homenaje a aquellos que amamos. La alegría es mirar con cariño, como una caricia de lejos. La alegría separa los tiempos de dolor, que nunca elegimos, de los otros tiempos que sí hemos decidido elegir y nos da fuerzas para tolerarlos o para disfrutarlos según corresponda. Cuando transitamos tiempos en los cuales no hay dolor apelemos a la alegría, expresada, proclamada y reconocida en las pequeñas cosas sin importancia de todos los días.
El amor es ingenioso, gozar es parte del compromiso con los demás, hacer saber a quienes amamos cuánto los amamos nos hace inolvidables.
En mi tarde de té ha llegado la hora del poniente. En este lugar se vive por la luz dorada que se cuela por la claraboya del patio lleno de plantas, rebota en brillos caprichosos y se va acostando en la sonrisa de cada una de nosotras, mis amigas y yo.
Brindo por ellas y por mí. Les digo: ¡Gracias!