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El niño y sus circunstancias

26 Ene

Hilachas que van tramando

Vamos a contar una historia de un niño como tantos otros que tenemos correteando por las familias.  Tiene 10 años, es seductor de ojitos negros, travieso, de atención dispersa.  Cada año es una larga dificultad entre él y sus padres.  Una madeja que se desmadeja entre la travesura medio peligrosa, la falta de atención en clase, la charla interminable justo cuando no se puede charlar y las notas que reflejan todas estas desgracias. Desobediencia tras desobediencia.

Lo vamos a llamar Darío.  Cuenta con toda nuestra simpatía porque sus faltas las comparte con los padres que están absolutamente confundidos y sufriendo por el “hijo ladrón” el que se lleva la simpatía de todos cuando baja la cabeza y sube las pestañas y esa condición lo lleva por mal camino porque en el fondo todo se le tolera.  Ya probaron todo, el castigo del día, de la semana y del mes.  No hay juegos, no hay pantalla ni teléfono.  Todo ha ido escalando lentamente hasta descolocar los ánimos de toda la familia.

Se hace amigo de los niños más complicados, aquellos que hacen trampas para conseguir las figuritas que necesitan para llenar el álbum y de los empujones en el partido, la broma soez y apropiarse de algo de un compañero.

Los padres de Darío sufren porque se ven encima la adolescencia y saben que será difícil porque los tiempos son difíciles.

Su preocupación se divide en dos conceptos, saben que su hijo está muy apegado a las malas compañías y va por mal camino, que le falla la voluntad de hacer las cosas bien y que le resulta difícil aceptar frustraciones y al mismo tiempo saben que es una persona buena, que de tener la oportunidad saldría adelante.

No encuentran la forma.  Siguen escalando las penitencias, pero las notas no levantan y las visitas a la Dirección para ser amonestado se hacen frecuentes. Todo trae al hogar una sensación de fracaso e intolerancia en la cual todos se sienten abandonados; los dos hermanos de Darío, uno mayor y otro menor muestran abatimiento y dejan de prestar atención a lo que se considera relación familiar normal para irse cada vez más a la casa de amigos.

Es el momento de encontrar otro camino ingenioso, nuevo y categórico.

El problema es claro para quienes han abordado soluciones difíciles,

Se están persiguiendo objetivos

Los padres tienen un plan positivo para todos sus hijos, que adquieran valores, que imiten los buenos ejemplos, que sepan amar y ser amados. Nada alcanza.  Parecen ir tras un objetivo sano y convocante pero algo falla.

El final está en el principio

Y por lo tanto

La solución está al principio

El principio es tratar de hacer las cosas bien pero nos estamos olvidando de  lo más importante, lo que provoca el principio, lo que marca todos los caminos y todas las realidades,

Las circunstancias

¿Y qué son las circunstancias? Son el requisito y causa, el detalle que favorece o desarregla la vida de las personas.  Las circunstancias de nuestro nacimiento aportan educación, salud, alegría, fortaleza, reconocimiento personal o la interminable cadena de acontecimientos que predisponen nuestra vida para el dolor.  Las circunstancias son como la lotería de la vida.  El premio mayor o ningún premio.

Pero no todo está perdido porque no todo está sometido al azar.

A la circunstancia oponemos la voluntad.

“Los resultados espléndidos no los lograron jamás sino aquellos que tuvieron el valor de creer que dentro de ellos mismos había algo superior a sus circunstancias”

Empezamos ese camino.  En este caso los padres de Darío reconocieron que su hijo estaba como prisionero de ciertas circunstancias y por simple intuición y vieja sabiduría decidieron eso: cambiar las circunstancias.  Ir más allá de los objetivos que por nobles que sean tienen el espacio de lo fragmentado y giran y se mezclan en el ámbito de las circunstancias.

Hicieron un plan de acción.  Hablaron seriamente con su hijo y le hicieron saber que durante ese año que empezaba, el último de su escuela primaria, se iban a cambiar un montón de hábitos familiares y personales que ellos consideraban negativos.

A partir del primer día de clase sus tareas escolares iban a ser fiscalizadas de cerca por sus padres quienes estarían a mano para toda consulta, debían ser terminadas en forma prolija para ser presentadas a su maestra.  Las lecciones se estudiarían y padre o madre ayudaría a exponerlas como si fueran las maestras, todos los días leerían un texto de una sola carilla y lo contarían brevemente.  La mochila estaría en orden, todos los días Darío se ocuparía que sus útiles estuvieran todos y en buenas condiciones.

Por supuesto que podía encontrarse con sus amigos y tener actividades con ellos pero se le explicó que había cosas que podía compartir con todos y otras cosas que estaban un poco limitadas según fuera uno u otro niño.  No todas las compañías eran aceptadas alegremente, desde ahora y por ese año. Para eso en una conversación amable sus padres le pidieron que pensara en la manera de ser de sus amigos y que tratara de entender que, por sobre todo, estas decisiones de “cambio de circunstancias” eran solamente para su bien.  Que los primeros días serían difíciles para todos y que tuviera un poco de paciencia cooperando con esta nueva situación. Porque:

“Para cambiar una situación deben cambiar sus circunstancias”

El principio fue difícil. Se requirió mucha paciencia y mucha voluntad y decisión de los padres que buscaban ser todo lo convincentes y serenos que se necesitara.  Pasando los días y las semanas Darío se apuraba para tener todo listo y poder dedicarse a sus juegos y a estar con sus amigos.  Las tareas se convirtieron en temas de conversación, iba apareciendo un mundo nuevo.  El orden de su mochila y el de su vida le resultaban muy cómodos, empezaron a cambiar las notas y se sentía raro e incómodo con algunos de sus compañeros.  Cuando subieron sus notas y, sobre todo cuando no había visitas a la Dirección ni notas de advertencia en el cuaderno, se le hizo más cómodo el nuevo sistema.  Lo atrajo el éxito como una nueva salida en su vida.  Había que despegarse del fracaso y sentir las bondades del éxito.

Darío le tomó el gusto a hacer las cosas bien. Tenía menos nervios y más tiempo para hacer las cosas que le gustaban.  Dejó de estar en el grupo de los incorregibles que había tenido mucha adrenalina y nada de placer. Llegó a fin de año sin ansiedades, como un alumno normal, con tiempo para jugar y divertirse y aprender y mejorar cada día.  Ya pasado mitad del año los padres fueron aflojando la atención aunque siguieron  muy de cerca para que el año fuera verdaderamente fructífero.

 Las cosas mejoraron para todos. 

“Para educar a veces se necesita cambiar las circunstancias de manera radical

“Tener en claro que hacer las cosas bien es mejor que hacerlas mal”

“Adquirir hábitos cotidianos positivos”

“El que pierde la paciencia pierde la guerra”

“Si no cambian las circunstancias los objetivos suelen ser traicionados y casi nunca se logran”

Y muchos otros paradigmas de la educación que a veces nuestra sociedad ciertamente olvida o confunde.  Esta historia es cierta.  Como dicen en la Televisión, se cambiaron los nombres.  Darío que no es Darío empieza a cursar su 5to año del secundario.  Es un muchachito feliz, no es el mejor alumno pero considera que es muy cómodo no llevarse materias y no lo hace.  Piensa seguir una carrera de ciencias.

De todo lo relatado el gran secreto fue que padres que aman a sus hijos deben aprender a usar las herramientas correctas.  

“Cambio de circunstancias y a tiempo para que sirva”

“Sin miedo y con mucho amor que es lo mejor para educar a los hijos”

Hilachas que van tramando- Vamos dibujando

22 Dic

Hilachas que van tramando

Vamos dibujando

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Éramos pequeñas, estudiantes aplicadas y muy atentas, escribiendo en los cuadernos tradicionales de dos rayas para que mantuviéramos la letra pareja.  Hoy, casi llegando las Navidades, a pesar de las altas temperaturas no me cuesta nada recrear la escena.  Laboriosamente escribíamos las definiciones, y después con aquellos útiles maravillosos y simples: la regla, la escuadra, el transportador y el compás, debíamos trazar las rayas para ilustrar lo que habíamos aprendido.

Teníamos las cabecitas inclinadas como empujando para el pupitre, la mano derecha aferrando con mucha fuerza la lapicera y los moños azules que revoloteaban sobre las trenzas como pájaros en el aula.  Algunas iban de corrido, mientras charlaban murmurando con la compañera;  las otras, la mayoría, no podían distraerse, apretaban los labios y forzaban la postura como para que no se escaparan las figuras.  Todas teníamos delantales blancos, almidonados, con dos bolsillos muy grandes, cuello redondo y los botones en la espalda. Atrás, en las perchas del fondo, los gabanes azules y las boinas de corderoy.  Adelante la Hermana Fidelia que tenía el raro encanto de ser la más severa de todas y la más amada de aquellas niñas cuando, ya grandes, nos fuéramos de su lado entendiendo muchas cosas que entonces no podíamos entender.  Alguna mano se levantaba tímidamente para preguntar sabiendo que ella no aceptaba preguntas “insustanciables”, “cómodas” o poco “prácticas” como nos decía muy seria.  “Nada dignas de niñas que recibían la educación tan esmerada como nosotras”.  Igual, cada tanto,  nos animábamos a levantar la mano para que nos sorprendiera con una sonrisa que le llenaba la cara cuando la pregunta denotaba cierta calidad.

Estábamos aprendiendo geometría.

Línea: Extensión considerada en una sola dimensión: la longitud.  Sucesión infinita de puntos.

Recta: Distancia más corta entre dos puntos.

Paralelas: Rectas que no se tocan en ningún punto.

Verticales, Horizontales, oblicuas, segmentos, convergentes, divergentes.

Igual que las líneas de la vida. Igual que trazar las líneas de la vida.

Buena tarea teníamos tratando de aprender, fijar y recordar para las pruebas.  Cuando la realidad era que sin darnos cuenta empezábamos a armar el dibujo de nuestra propia vida.

Éramos pequeñas, compañeras desde los cinco años y hasta que dejáramos el colegio con nuestro título de Maestra.  Toda la vida, toda la vida juntas.  Como esas líneas sucesión infinita de puntos.  Íbamos andando sin saber que andábamos la experiencia más formadora e inolvidable que tendríamos.

El Colegio, que ocupaba una manzana, estaba lleno de corredores y galerías, escaleras y patios en los que habríamos de vivir una parte fundamental de nuestra vida llevándolo, después, con nosotras adonde quiera que fuéramos.  No lo sabíamos todavía.

Hoy que es tiempo de añoranza y cuando la vida ha machacado cada minuto de sí misma llenando nuestros años de experiencias inevitables, dolorosas o felices, alegres, traviesas, responsables o no, severas, vitales y tan nuestras, recobramos aquellas imágenes y descubrimos que, siendo otras, nos sentimos las mismas.

Vamos andando.  A lo largo del camino nos acompañan distintas personas, muchas personas.  Todas tienen su lugar en nuestra vida.  Algunos son compañeros de ruta ocasionales, otros están con nosotros por largos períodos y se desvanecen en alguna curva del camino.  Dejan o no un recuerdo fecundo en nuestra vida.  Habrá quienes ni siquiera recordamos.  Y aquellos que parecieron tan importantes y no lo eran.  O, también, los que dejamos de ver y nos habían enseñado algo que seguimos valorando.  Están los que nos provocaron alguna desventura y los que nos llenaron de orgullo o de alegría.  Pero se fueron.  También todos los que se quedaron.  Los que nos hicieron escapar y los que nos dejaron con el alma arrugadita.  Los amantes y los amados.  Los que se llevaron un pedazo de nuestra vida y los que hubiéramos preferido no conocer.

Están los que por temporadas perdemos de vista pero siguen siendo indispensables para que seamos lo que somos y, cada vez que los recobramos, nos sorprende esta continuidad de ser lo que siempre hemos sido, cambiando solamente colores y matices.  Como mis compañeras de Colegio que me devuelven mi propia imagen ahora enriquecida con sus impresiones, para que yo cambie de lugar y de pupitre según las cosas que ellas vieron en mí.

Vamos dibujando, todos.  Somos los caminantes, compañeros de ruta, peregrinos, mendigantes y bailarines en una caravana interminable que después seguirá sin nosotros pero que no será la misma sin nosotros.

Lo más importante es que están los que siempre han caminado cerca.  Nuestros amores.  Los que nos hacen ser lo que somos.  Los que resaltan nuestra humanidad y representan el nudo vital de todo.  Nosotros somos lo que ellos ven.  Como en una película. Pasa que algunas veces volvemos a ver una película de cuando éramos jóvenes y nos damos cuenta de que no habíamos entendido lo que pasaba cuando la habíamos visto por primera vez.  La edad va cambiando el punto de perspectiva de la vida.  Leemos y releemos lo que nos ha pasado y, según sea el momento en que lo hacemos, todo es diferente.  Aquella clase de geometría será distinta según la recordemos a los 20, 30 o 60 años.  Según estemos pasando un buen momento o despidiendo a alguien que queríamos mucho.  Si nos acordamos en un momento de dolor o cuando suenan las voces de la alegría.  Según ahora que soy una señora grande y escribo para mí pero también para mis lectores.  En esos momentos los que completan nuestro conocimiento personal y del mundo son las otras personas.  Siempre los otros y nosotros juntos como la única forma de ser y de sentir.

Lo que no cambia es que somos caminantes que compartimos el sendero estemos o no de acuerdo.  Estemos o no de acuerdo, las líneas  que marcan nuestras líneas, las rectas en las que andaremos, los segmentos en los que hemos detenido el paso o salido corriendo.  Las oblicuas, las tangenciales, las paralelas que trazan los caminos, todas armando el diagrama de nuestra vida están ahí apilando y superponiendo esquemas de una rara belleza que vamos entendiendo y amando según pasan los años.

Somos siempre parte de un todo en el que los demás nos reconocen y nos dan entidad.  Entonces, cuando entendemos, al fin nos aceptamos.

Llegan estos días de reflexión, compartimos sentimientos, creencias, esperanzas.   Estamos especialmente sensibles.  Reconocemos en el dibujo original de aquellas clases de la infancia todas las direcciones posibles en las que la vida se fue acumulando.  Necesitamos de los otros, dibujamos juntos lo que nos pasa.  Somos los otros y estamos en ellos.  Es bueno que miremos a nuestro lado a esos caminantes.

Escuchemos sus voces, estrechemos sus manos.  No dejemos escapar el momento que ahora pasa.  Que cada uno de ellos se nos haga único y personal.

Y que más allá estén los que no conocemos pero deberíamos conocer porque son los puntos infinitos en los que se configura la vida de todos.  Por eso debemos decidir que nadie nos sea indiferente ya que compartimos el tiempo y el espacio común.  Crucemos las líneas de la vida sabiendo que nadie sobra y nadie falta en la humanidad.  Que somos todos iguales, que somos todos lo mismo y que esa es la única manera de existir.

Imaginemos el espacio exterior con una línea sin fin que se pierde hacia el infinito mientras las estrellas parecen caer hacia  nosotros, miles, millones, quietas, silenciosas e imponentes.  Y seguimos, seguimos, siempre.  Somos el producto de una geometría genial que nos hace pequeños pero inevitables en el espacio.  Pequeños, casi invisibles, somos sin embargo el milagro de la creación.

Feliz Navidad para todos por su mensaje de amor que llega a todos los credos.  Que el año 2014 mejore las relaciones entre todos los seres humanos, perdidos en un espacio infinito al que solamente el amor explica y da forma.

Que así sea.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

25 May

Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía dormir la siesta, tirarme a leer en el jardín y hasta saborear una cervecita bien helada antes de la hora de preparar la cena.  Leía la mayor parte del tiempo, en el club y en la casa.  Febrero era un puente mágico entre la vertiginosa y caótica vida de las “vacaciones” y la vuelta a la escuela, los cursos, las reuniones de padres, las vacunas, las tareas, los domingos de convivencia, la vida de relación  y mi trabajo.  Febrero era risueño, tranquilo, permisivo, amigable y ¡corto!

Hoy es noche de luna llena, salgo al jardín y revivo aquellos años, me acerco a la medianera para sentir el perfume de mi madreselva.  Recuerdo que conocí esta casa cuando era muy, muy joven y acabábamos de llegar de vivir en el extranjero.  Vinimos, por primera vez, de noche y, en cuanto salí al jardín, me estalló el perfume de esa madreselva.  No vi más nada, le dije a mi amigo:

“Si me querés de verdad, comprás esta casa o te robás la madreselva”.  Compró la casa donde ahora, una noche de luna llena, estoy reviviendo las maravillas que la vida hizo con mi vida.  Me siento en el suelo, apoyo mi espalda contra el tronco y decido prestarle tiempo a mi tiempo.  No fueron todas alegrías, no.  Hubo enfermedades, dolores, muertes injustas, más injustas que otras muertes.  Abandonos, traiciones.  Problemas.  Lejanías.  Todo tipo de pérdidas.  Pero hoy revivo las maravillas que la vida hizo con mi vida.

Como un plumazo se van olvidando los malos momentos y me queda una increíble luminosidad que recién ahora, en este momento de mi vida, encuentro.

“El Tiempo vuela” “La vida se pasa rapidísimo” “Parece que fue ayer” «Hemos gastado el Tiempo”.

Esta noche de luna llena me tiro de espaldas en el jardín y miro el cielo.  Y entiendo que, en realidad, le he prestado al tiempo toda mi vida que quiero recuperar.  Pensando para atrás le pido que me lo devuelva, pedirle tiempo al Tiempo es recomponer todos los pedacitos de uno que se quedaron en el camino.  Otra vez armar el rompecabezas. Recuperar quién fui, para quien soy hoy.

El pasto está brillante y se oye algún grillo enamorado.  Recuerdo para atrás, con impresiones y emociones. El gusto del helado en las siestas del barrio.  Las bajadas en bicicleta por la calle en desnivel, a todo lo que da y soltando el manubrio. La voz de mi madre llamándome a comer.  La escuela, el frío de la escarcha, el Alta en el cielo y la escarapela.  El tren llegando a la estación.  La pileta y los deberes. Los amigos. El club. El primer beso. El amor que vino y se fue cuando clamábamos porque fuera eterno y teníamos quince años!!  El vestido con la espalda desnuda. Los boleros. Yo volando por el aire mientras disputábamos un concurso de rock!  Las madrugadas para estudiar.  El terror en los finales.  El amanecer entre amigos y mirando el mar.  Los “happenings”.  El primer trabajo. El trajecito de corderoy azul.  El amigo que se transformó en el amor y que siempre fue mi amigo. La Iglesia. La promesa y el primer hogar.  Aprender a manejar.  El amor al galope.  Los hijos. Lo mejor de todo, los hijos.  El susto y lo desconocido, los partos, las batitas, los llantos, las sonrisas que enamoran. La maravilla de los hijos.  Las noches sin dormir.  El cansancio. La luz en el pasillo. Ellos creciendo. Los viajes. El traslado.  Los miedos a lo desconocido. Los años de viajar. La vuelta. Los miedos más reconocidos. Los hijos que se iban yendo y volvían despacito pero nunca del todo.  Mi amigo y yo.  Mis libros. Mi trabajo y mi entusiasmo. El resto de mi familia y los otros amigos del alma.  Todo lo que vivimos con ellos.  Y sigo y sigo.  Mi tiempo no se gastó, lo he acumulado. Recién ahora me doy cuenta.  Vuelvo a ser quien fui desde el principio.  Todo está acá.  Nada se ha perdido y nada se perderá.  En el universo callado de esa luna enorme me reencuentro. Tengo 5, 15,  30 años y tengo 50 y todos los más de 50 que tengo ahora y puedo bailar en el jardín, con una armonía y una gracia que me han dado los años y el tiempo que le volví a robar al Tiempo.  Basta repensarme, y así entender que nunca me fui de mí.  Que trato de ser mejor porque eso es lo que me enseñaron de niña pero siempre soy la misma.  ¡Quién me puede decir que el Tiempo ha pasado si una bella noche de luna me lo trae de vuelta!  Y yo, que ahora soy  una abuela sabia, lo recibo con una sonrisa maliciosa.  Porque lo estaba esperando y me lo quedo.  Todo está acá.  Todo está con nosotros desde el día que nacemos.  Todo vuelve con nuestra sola voluntad siempre que tengamos la perseverancia de recorrer algunos caminos interiores, cerrar los ojos y recuperar los olores, los sonidos y los amores que tuvimos siempre.  Y me apodero de mi Tiempo, para siempre.  Majestuosa como una reina y convencida, categórica, alegre.

Cuando la luna se va a dormir yo vuelvo al cuarto. Me meto despacito en la cama tibia. Beso a mi amigo que sueña sus propios sueños.

Y me voy durmiendo de a poco.  Acabo de conocer mi libertad.  Ya está todo dicho. ¡Cuántas maravillas la vida hace con la vida!

Cuando a la mañana siguiente, saboreando una buena taza de café mi amigo me pregunta “¿Qué te pasa?” Le digo, misteriosa, “Me pasa todo.  Por suerte me pasa todo”.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El sol en las vías y todas las emociones

11 Abr

Hilachas que van tramando

El sol en las vías y todas las emociones

              En la estación de mi infancia, para ir de un lado al otro, cruzábamos el puente sobre las vías.  Era magnífico, ancho muy ancho  y alto, muy alto, con los laterales de rejilla gruesa terminados en una cinta chata  de hierro que los sostenía como a un gigante.  Era color verde inglés, emblemático en aquellos tiempos de estaciones con casas enormes e importantes, de techos de tejas a dos aguas, que se repetían a lo largo de todo el trayecto desde la provincia hasta el centro de la ciudad.  El piso del puente tenía planchas muy grandes de cemento color gris, separadas por  apenas una línea de espacio entre una y otra. No se llegaba a ver nada abajo, pero nosotros, pequeños aventureros de seis y siete años vivíamos, cada vez que lo cruzábamos, la gran aventura de ¡¡¡poder caer el vacío!!!  A pesar de que nos costaba subir, los privilegiados éramos, sin duda,  los que para ir y venir del Colegio cruzábamos el puente todos los días. Las escaleras eran inmensas e interminables, con el mismo enrejado grueso en sus laterales, por lo que la sensación era la de estar entre el cielo y la tierra y ver todo hasta el horizonte.

Cuando volvíamos del Colegio en los días más cortos del otoño o el invierno y ya cerca del atardecer, nos deteníamos para mirar hacia el sol que, a lo lejos, caía en dirección a Pilar como una bola de billar incandescente, para meterse entre las  vías que se hacían una sola al final del sendero.

Éramos uno solo, el puente inmóvil y enorme, las vías brillantes con el sol que caía atrapado entre ellas más allá de nuestra vida y más acá de nuestros sueños y nosotros apretujados de guardapolvos blancos no tan blancos, manchadas las manos de tinta y las ganas de llegar para tomar la leche mientras escuchábamos las aventuras de Tarzán o Poncho Negro que nunca estaban en el puente como nosotros, pero que hubieran merecido conocerlo.  Nos colgábamos con los dedos del alambrado y recuerdo que permanecíamos en silencio y casi conteniendo el aliento hasta que el sol hubiera desaparecido de nuestra vista.

Los días nublados esos atardeceres eran magníficos porque desde el puente se veían diferentes a lo que podía verse al nivel de la calle. Rosas y amarillos, fucsias, azulinos y colorados atravesaban ondulantes todo el espacio. Nácar  y dorados se caían  al poniente para que yo los recordara ahora con una nostalgia persistente que me atraviesa sin piedad,  por aquellos chiquillos que éramos tan curiosos, tan ruidosos y llenos de vida y que, sin saberlo, estábamos aprendiendo a emocionarnos.

atardecer vias

Una tarde la maestra de tercer grado nos llevó al puente para enseñarnos los Puntos Cardinales. Y allí empezó otra historia. Primero miramos el sol, después nos hizo señalar su caída con la mano izquierda, aprendimos a que ése era el Oeste.  Al frente el Norte, atrás el Sur y  quedaba el Este por donde nacía el sol cada mañana.   No sólo quedó grabada la lección de geografía–a partir de ese momento fui la dueña de todos los caminos. Mi casa estaba al Norte de la tuya y Tierra del Fuego se había acercado bien desde el Sur.  Todos los mapas encontraron su razón de ser y ningún lugar en la Tierra me sería indiferente. Muchos años después atravesando la Cordillera se completó mi historia cuando sentí que ella era tan imponente, tan inmensa y majestuosa como el puente de mi infancia.

 ¡¡¡Las emociones!!!   Los estremecimientos del alma, la inquietud que se despierta  cuando vamos más allá de la razón y nos dejamos llevar por la belleza, o por la ternura. Cuando jugamos con nuestros sentidos, nos agitamos, nos inquietamos.  Exaltaciones, estremecimientos que nos hacen tan humanos como frágiles. Las emociones que se manifiestan en cambios de semblante, rubor, sonrisa y miedo. Cuando queremos transformarlas, compartirlas, mirar a quien amamos y temblar sin motivo. Cuando tenemos miedo y cuando nos conmovemos.  Todos los estados alterados por nuestra condición de seres humanos tan gozosos y, a la vez, tan inseguros si no podemos controlarlas.

Las emociones que nos pertenecen y nos completan, siempre y cuando sean legítimas.  Así recuerdo a las de “antes”.  Legítimas porque nacían de emociones propias, sin el impulso de una cultura demasiado agresiva. Porque no eran tantas y estaban reservadas a lo personal y compartidas por los que estaban en la misma situación.

Llegaban desde la pantalla cuando el cine era la única máquina de sueños. Desde el patio del colegio en el día de la fiesta Patria cuando cantábamos el Himno y nos sentíamos uno solo.  En las ceremonias de casamiento que sellaban un sueño común a casi todos.  En el amanecer de la playa donde íbamos con mamá y la tía Rosa, y nos quejábamos y nos quejábamos porque no nos gustaba madrugar y después, en silencio, hacíamos nuestro saludo asombrado al sol que se iba desperezando en la arena.

Cuando por primera vez nos besábamos con el corazón acelerado. Cuando se cruzaban miradas de encuentro y de despedida entre amigos o entre amantes.

Cuando nos asomábamos a la cuna de un recién nacido. Cuando él empezaba primer grado y cuando aparecían los primeros brotes del ciruelo descubriendo la primavera.  Cuando escuchábamos aquella melodía precisamente la que sonaba un día inolvidable de verano.

Emociones, emociones. Inevitables, importantes y  legítimas, eran las que subrayaban nuestra condición de personas, de una manera tan natural como contundente.

A veces siento un poco de pena por el número infinito de emociones devaluadas y gritonas que ahora nos proponen muchas veces, y que son provocadas por personas que no saben nada de la vida, por lo menos de la vida verdadera, de la que tiene la dimensión de lo «humano».  La pena es por los jóvenes cuando se los exalta para la mediocridad, en el mal gusto, en el bochinche y el desenfreno. En lo que no conocen.

Entonces nos cansamos de oír que muchos se “aman” aunque sean desconocidos, muchos se “mueren” por banalidades, muchos se enojan y se maltratan, gritan sin escucharse, al menos con la palabra,  porque la calesita de los sueños gira en el mundo del absurdo. Vemos llorar y reír con sentimientos que no conocemos o en los que no creemos porque intuimos que nacen de la histeria, del agotamiento o de la frustración peligrosamente provocada con el afán de dominar ¡vaya a saber uno qué mundo!

Muchos de  los mayores responsables “emocionan” a los más jóvenes saturándolos de experiencias cuando menos desagradables, cuando no obscenas y desaforadas. Agotadoras, frenéticas. Que les roban tiempo de su vida, los confunden y los angustian.

Entonces creo que me gustaría tomarlos de la mano, uno a uno, a los niños tan amados, y llevarlos a mi puente encantado, en silencio, despacio, y dejarlos gozar de una puesta de sol al oeste, donde se terminan las vías;  y después caminar con ellos por el jardín de la estación, deteniéndonos a comparar las flores de colores y alguna mariposa perdida, para seguir a casa bajo la mirada sonriente de los adultos que nos cruzan, a tomar el chocolate caliente y dejar que el corazón se acelere con la tonada que nos anuncia el programa de Tarzán o Poncho Negro.

Me gustaría hacer desaparecer para ellos todo el mundo de emociones artificiales y agresivas. Me gustaría que pudieran emocionarse por sí mismos, en la mejor compañía. Me gustaría que sus emociones fueran legítimas, humanas y profundas.

Me gustaría, me gustaría.  Pensando en ellos. Que Dios los bendiga.

«PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS»