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Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

25 May

Hilachas que van tramando – Prestarle tiempo al tiempo…y pedírselo de vuelta

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Noche de luna llena. El jardín resplandece plateado, el árbol hermoso que está al fondo crece como una montaña y la noche está llena de sonidos que me recuerdan otros sonidos iguales hace muchos, muchos años. Entonces, pasados ya los días de playa con su increíble rueda amasadora de olas, arena, mallas mojadas, cabecitas caídas sobre la mesa en la cena, bolsos, sombrillas, baldes y moldes. Pelotas para los varones, pieles ardidas, un poco de fiebre, valijas para ir y para volver; veranos increíbles en lo que todo era movimiento y  goce y nos dejaban aturdidos de cansancio y felices de volver a casa.  Entonces, vuelvo a decir, llegaba el mes de Febrero.  El de mis verdaderas vacaciones.  Los niños disfrutaban del club, sin arena y con horarios.  Los mayores no teníamos horarios y, por ejemplo, yo podía dormir la siesta, tirarme a leer en el jardín y hasta saborear una cervecita bien helada antes de la hora de preparar la cena.  Leía la mayor parte del tiempo, en el club y en la casa.  Febrero era un puente mágico entre la vertiginosa y caótica vida de las “vacaciones” y la vuelta a la escuela, los cursos, las reuniones de padres, las vacunas, las tareas, los domingos de convivencia, la vida de relación  y mi trabajo.  Febrero era risueño, tranquilo, permisivo, amigable y ¡corto!

Hoy es noche de luna llena, salgo al jardín y revivo aquellos años, me acerco a la medianera para sentir el perfume de mi madreselva.  Recuerdo que conocí esta casa cuando era muy, muy joven y acabábamos de llegar de vivir en el extranjero.  Vinimos, por primera vez, de noche y, en cuanto salí al jardín, me estalló el perfume de esa madreselva.  No vi más nada, le dije a mi amigo:

“Si me querés de verdad, comprás esta casa o te robás la madreselva”.  Compró la casa donde ahora, una noche de luna llena, estoy reviviendo las maravillas que la vida hizo con mi vida.  Me siento en el suelo, apoyo mi espalda contra el tronco y decido prestarle tiempo a mi tiempo.  No fueron todas alegrías, no.  Hubo enfermedades, dolores, muertes injustas, más injustas que otras muertes.  Abandonos, traiciones.  Problemas.  Lejanías.  Todo tipo de pérdidas.  Pero hoy revivo las maravillas que la vida hizo con mi vida.

Como un plumazo se van olvidando los malos momentos y me queda una increíble luminosidad que recién ahora, en este momento de mi vida, encuentro.

“El Tiempo vuela” “La vida se pasa rapidísimo” “Parece que fue ayer” «Hemos gastado el Tiempo”.

Esta noche de luna llena me tiro de espaldas en el jardín y miro el cielo.  Y entiendo que, en realidad, le he prestado al tiempo toda mi vida que quiero recuperar.  Pensando para atrás le pido que me lo devuelva, pedirle tiempo al Tiempo es recomponer todos los pedacitos de uno que se quedaron en el camino.  Otra vez armar el rompecabezas. Recuperar quién fui, para quien soy hoy.

El pasto está brillante y se oye algún grillo enamorado.  Recuerdo para atrás, con impresiones y emociones. El gusto del helado en las siestas del barrio.  Las bajadas en bicicleta por la calle en desnivel, a todo lo que da y soltando el manubrio. La voz de mi madre llamándome a comer.  La escuela, el frío de la escarcha, el Alta en el cielo y la escarapela.  El tren llegando a la estación.  La pileta y los deberes. Los amigos. El club. El primer beso. El amor que vino y se fue cuando clamábamos porque fuera eterno y teníamos quince años!!  El vestido con la espalda desnuda. Los boleros. Yo volando por el aire mientras disputábamos un concurso de rock!  Las madrugadas para estudiar.  El terror en los finales.  El amanecer entre amigos y mirando el mar.  Los “happenings”.  El primer trabajo. El trajecito de corderoy azul.  El amigo que se transformó en el amor y que siempre fue mi amigo. La Iglesia. La promesa y el primer hogar.  Aprender a manejar.  El amor al galope.  Los hijos. Lo mejor de todo, los hijos.  El susto y lo desconocido, los partos, las batitas, los llantos, las sonrisas que enamoran. La maravilla de los hijos.  Las noches sin dormir.  El cansancio. La luz en el pasillo. Ellos creciendo. Los viajes. El traslado.  Los miedos a lo desconocido. Los años de viajar. La vuelta. Los miedos más reconocidos. Los hijos que se iban yendo y volvían despacito pero nunca del todo.  Mi amigo y yo.  Mis libros. Mi trabajo y mi entusiasmo. El resto de mi familia y los otros amigos del alma.  Todo lo que vivimos con ellos.  Y sigo y sigo.  Mi tiempo no se gastó, lo he acumulado. Recién ahora me doy cuenta.  Vuelvo a ser quien fui desde el principio.  Todo está acá.  Nada se ha perdido y nada se perderá.  En el universo callado de esa luna enorme me reencuentro. Tengo 5, 15,  30 años y tengo 50 y todos los más de 50 que tengo ahora y puedo bailar en el jardín, con una armonía y una gracia que me han dado los años y el tiempo que le volví a robar al Tiempo.  Basta repensarme, y así entender que nunca me fui de mí.  Que trato de ser mejor porque eso es lo que me enseñaron de niña pero siempre soy la misma.  ¡Quién me puede decir que el Tiempo ha pasado si una bella noche de luna me lo trae de vuelta!  Y yo, que ahora soy  una abuela sabia, lo recibo con una sonrisa maliciosa.  Porque lo estaba esperando y me lo quedo.  Todo está acá.  Todo está con nosotros desde el día que nacemos.  Todo vuelve con nuestra sola voluntad siempre que tengamos la perseverancia de recorrer algunos caminos interiores, cerrar los ojos y recuperar los olores, los sonidos y los amores que tuvimos siempre.  Y me apodero de mi Tiempo, para siempre.  Majestuosa como una reina y convencida, categórica, alegre.

Cuando la luna se va a dormir yo vuelvo al cuarto. Me meto despacito en la cama tibia. Beso a mi amigo que sueña sus propios sueños.

Y me voy durmiendo de a poco.  Acabo de conocer mi libertad.  Ya está todo dicho. ¡Cuántas maravillas la vida hace con la vida!

Cuando a la mañana siguiente, saboreando una buena taza de café mi amigo me pregunta “¿Qué te pasa?” Le digo, misteriosa, “Me pasa todo.  Por suerte me pasa todo”.

PRIMERO LA JUSTICIA

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – Si me necesitas, te poseo

19 May

Si me necesitas, te poseo

chimenea prendida

Cumbre, antología  de los sentimientos humanos, golpe certero en el centro de nuestra vanidad.

Necesidad: “Aquello a lo que es imposible sustraerse, faltar o resistir.  Impulso también irresistible por el cual se dirigen todas las causas precisas e infalibles en un sentido determinado y no otro.”

Quiere decir que si me necesitas, me he convertido en el punto inevitable de  tu vida.  Un punto en el cual convergen todas tus emociones y tus esfuerzos.

¡Y creemos que eso es amar!  No, la necesidad es una parte del amor, no es el amor.

Ya que  esa necesidad es precisa, forzosa e inevitable no puede menos que ser y suceder y seguir sucediendo, según sea más o menos lo que guardas de dignidad.  Has perdido tu libertad.  Y el otro la suya.  Uno está atado a su deseo de rogar, a su trabajoso oficio de hacerse indispensable para tu vida, el otro a la pena de no poder conmoverse, de no sentir la emoción.

Palabras, palabras que me salen y voy repitiendo cuando voy hacia la casa del campo.  En el paisaje triste de una pampa interminable me acuerdo de ellos y se va colando una dependencia de la otra. Lo diferente es que uno la ha elegido y el otro la padece!

Es un matrimonio de amigos queridos, de toda la vida, pero puede pasarle a  cualquiera.

Empiezan a verse las colinas suaves de las últimas estribaciones de las sierras.  A lo lejos está dibujada en sus crestas la figura del indio durmiendo.  Detengo la marcha en un pequeño bosquecillo de tres árboles.  Me acomodo en el suelo, apoyo mi espalda en la superficie rugosa del eucalipto y me dejo llevar.

Lo primero que se me viene a la cabeza es aquella frase repetida hasta el cansancio de una abuela presente y tan sabia como las colinas de Jerusalem, “El amor no se compra, no se gana. El amor es gratuito”

Todos los amores son gratuitos.  El de Dios.  El del padre y de sus  hijos.  El de los amigos y el amor a la patria.  El mío y el tuyo.  Todos.

Todos se aceptan, se disfrutan y se agradecen.  Ninguno se posee,

¡cuántas guerras se hubieran evitado en el ámbito de las relaciones humanas si lo entendiéramos desde el principio!  Podemos hacernos merecedores de un amor.   Agradecerlo y nutrirlo con nuestra ternura.  No podemos crearlo para nosotros.  No podemos exigirlo, aferrarlo, ni siquiera pedirlo con nuestro mejor talento.

Hay que amar y que la libertad haga lo suyo.

En el caso de los hijos, el amor nace naturalmente cuando ellos nacen y se queda en nosotros para siempre.  No deberíamos tener que pedir el amor de nuestros padres, es parte inherente a la relación filial.  Digamos que si ese amor no existiera, parecería que no existe el sujeto padre.

El amor de los amigos es generoso. Se siente, se elige y se comparte.  No tiene intereses extraños.

El de los amantes es aleatorio y aparece sin razones, y sin razones debe permanecer.  No se ama porque se necesita, o porque se desea.  Se necesita y se desea porque se ama.  Lo que tenga que ver con la admiración o el respeto no tiene nada que ver con el amor.  Lo engrandece, le da sustento, pero no puede crearlo.  ¡No puede crearlo!

Somos iguales.  Nos amamos. Nos necesitamos sin desniveles y en cuanto el equilibrio se quiebra aprenderemos a reconocer, detrás de cada palabra áspera, de cada gesto airado, de una ausencia que se siente categórica, la injusticia de un amor desparejo.

Podrías ser el amante de las noches más recordadas, el hijo que ya está encaminado o la amiga fiel de la adolescencia.  El amor no es una finalidad en sí mismo, está encadenado a quien uno ama.  Si no existe aquél a quien deberíamos amar, el amor no existe.  Se ama, sin proponérselo uno, a quien se ama.  No se puede comprar ni exigir.  No se puede robar, no se puede usar; se siente y termina en sí mismo.  Lo que cambia es decidir qué hacemos con ese amor.

Amar y que la libertad haga lo suyo porque es inherente al otro, le pertenece, lo deja tranquilo; es más apreciable la libertad que el amor.  Puede existir sin él, con lo que tiene de soledad a ultranza, puede existir sin él.  Pero no hay amor que sobreviva a la falta de libertad.

Si me necesitas te poseo.

Lo vi llorar por el abandono.  Pasó del dolor al enojo.  Dejó pedazos de su vida en el pasado y perdió su propia sombra.  Volvía una y otra vez a las mismas preguntas.  Le decíamos  “Mejor que no vuelva. Es una historia terminada, seguí con tu vida”.  Ella empezó a pintar, se ocupaba de sus hijos, tenía el pelo lleno de rulos y de color rojizo oscuro.  Y cuando le pregunté cómo le iba, se sonrió, inclinó un poco la cabeza y me dijo: “Sola, pero entera”.

No hubo tiempo anterior de reflexión.  Uno había creído que el amor era seguro y adquirido y merecido.  La otra se había dejado querer a medio tono hasta que encontró el camino de vuelta a sí misma.  ¡Qué desdicha!

Han pasado unos años, los recordé en este viaje que hago sola.  Me esperan otros amigos y mi amigo que pudo viajar antes.

Me lo propongo y me lo digo en voz alta, como si fuera la loca de la colina,

“El amor es gratuito, ¡pero que me dure toda la vida!”

No sé por qué me acordé hoy de esa historia.  Será que es el primer día muy frío del año, que ya hay leños en la estufa, que se hizo de noche y ¡que estoy aferrada a todos mis amores con la fuerza de un león y la perseverancia de una hormiga!

PRIMERO LA JUSTICIA.  

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Ser – Querer ser – Poder ser

5 May
Ser –  Querer ser  –   Poder ser
Desde esta altura la ciudad crece con sus luces. Edificios enormes, ventanas iluminadas irregularmente que los redibujan de tal manera como para que sean de día unos y de noche otros. Los coches son decenas de  miles, como pequeñas hormigas presurosas con flashes disparados al acaso que se cruzan y se mueven, se escapan y vuelven. Calles amplias y avenidas anchas e imponentes como catedrales.  Es un bosque impenetrable de inmensas estructuras que compiten en formas y tamaños para llegar al cielo de un atardecer inolvidable, herido en su cemento por el parque de faroles tradicionales y terreno quebrado capaz de re ubicar cada noche sus sombras, siempre que en el cielo aparezca la luna, grandota y redonda con cara de vieja sabia.
Dios hizo la Cordillera y los hombres hicieron esta ciudad extravagante a fuerza de ser hermosa.  Dios creó el silencio y la soledad en sus montañas, los hombres llenaron de sones interminables, de luces, de movimiento y de  arrogancia su cordillera.
NYC SILUETA
Amo a esta ciudad, como millones de personas siempre estoy llegando a ella y siempre estoy partiendo con el sentimiento de pertenecer y de ser un extraño al mismo tiempo.  Se ha terminado el seminario, se han ido los nuevos amigos y me espera un año de trabajo del que me gusta;  pero estoy melancólica, pensativa y lejana. Mi amigo se acerca al ventanal enorme desde el que parece que estuviéramos en el aire sin ningún sustento, me abraza y me da un vaso de buena bebida con dos o tres cubos de hielo. Nos quedamos en silencio, sometidos al poderoso influjo del paisaje de la ciudad.   Los hombres se ven de lejos y son pequeños, insignificantes, peor aún, desdibujados.   ¡No se sabe ni qué son! Brutal y categórica afirmación que me desconcierta porque refleja acabadamente lo que estoy pensando.
¿Qué somos en este mundo que parece no tener verdades verdaderas?
Cada sociedad crea valores relativos a sus necesidades, sus circunstancias y sus apetencias.  Esos valores cobijan todo lo que se nos vuelve atractivo porque acceden de algún modo a nuestros intereses primarios.  Los hombrecitos que corren a sus casas desde la ciudad rutilante están sometidos, cada uno de nosotros estamos sometidos, a los valores impuestos por su tiempo.  Este tiempo.
La Edad de las comunicaciones, la Edad de la Información.  La civilización de la Imagen.  Por encima de todo, abarcando todo lo que pasa por nuestra vida.  En este arrogante siglo XXI el modo en que “vemos” las cosas es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos.  La reflexión en profundidad  de cada uno acerca de sí mismo ha pasado a ser un bien escaso, temible y siempre inoportuno.
Contrariamente a otras épocas de la historia en las cuales solamente se clasificaba a los seres humanos en situaciones privilegiadas o notables, el resto era “gente común”.  Actualmente podemos decir que todos entramos en algún tipo de clasificación que nos acota dentro de determinadas “conductas” y nos sitúa en el mercado.  En este imperioso siglo XXI, como nunca, vivimos acorralados por los estereotipos.
“¡Vamos con la palabrita!”:
Estereotipo: “Exageración desorbitada de una condición humana que se repite y se repite”.
Nosotros, los hombrecitos, no tenemos muy claro el “ser”.  Por eso  nos inclinamos deslucidos y consternados ante el modelo que nos toca.  Considerando que siempre nos “toca” un modelo, que puede ser más riguroso e imperativo o simplemente gentil.
Ha empezado a llover, miramos desde arriba lo que se ha transformado en callecitas mojadas. La lluvia en esta ciudad es gorda, pesada e inclemente y contra los vidrios desdibuja en cataratas cualquier realidad hasta crear formas extravagantes que se mueven vertiginosamente.  Me corre un escalofrío, cierro mis brazos alrededor de mí misma.  Le hemos estado dando nombres a cada realidad parcial y con el nombre una identidad concreta, inventada a veces pero concreta. Tanto que la que les toca mueve a las mujeres y a los hombres  a parecerse a ella, a entregarse enteramente a ella.  Me inquieto.
Mujeres.  Antes podían ser jóvenes o mayores, madres o célibes, artistas o maestras, bailarinas o costureras, bellas o feas, todas mujeres, mujeres, mujeres.  Maravillosas, categóricas, asustadas, felices, valientes, perseverantes, enamoradas y gentiles, mujeres, mujeres, mujeres.   Todavía lo que debía ser, era. Y luego venían las majestuosas conquistas que nos iban dando cada día más libertades.
La lluvia ha cambiado las formas, las ha hecho casi diabólicas, las luces se han vuelto rojas y amarillas.  La ciudad hostil.
-“A las mujeres se las quiere hacer hombres”-.
-“Estás desvariando”-
-“Se las quiere hacer hombres, te lo digo. Y a fuerza de reinventarlas como hombres, salen al ruedo de su sexualidad arremetiendo. En el mejor de los casos sin rubores; en el peor, creyendo que su trasero es más importante que su cara y ésta más importante que sus sentimientos.  A  fuerza de reinventarlas y reinventarlas, lo que “es” se transforma en lo que “debe ser”.  Cuando lo que “es” no responde a una verdad y a un principio universal y se limita a una convención cultural determinada y precaria, el peligro es que se transforme en el “debe ser” que cambia roles y conductas de millones de individuos, en este caso de mujeres y con ellas, en forma negativa, a la sociedad a la que pertenecen.  ¡Ah!  Además de hombres deben ser exitosas, responsables, madres a medio tiempo pero felices, luchadoras, fuertes, poco demandantes, rigurosas en sus tareas, comprensivas ante las infidelidades que son “inevitables”, recuperadas a menos de un mes del nacimiento de sus hijos, gimnastas, actualizadas, decididas, resueltas y categóricas.  Sobre todo no deben ser diferentes a los hombres porque en este mundo cruel todos somos relativamente iguales pese a quien pese.
Deberíamos recordar más a menudo que las mujeres somos pura emociones y sentimientos y que desde lo corporal somos para adentro, mientras los hombres son para afuera.  ¡Que nos surge la ternura a borbotones cuando los vemos a los hombres tan torpes para hablar de lo que les pasa.  O que somos generosas porque, sin tener hijos, somos madres en potencia.  Que tenemos miles de conexiones cerebrales que nos hacen hablar, responder, escuchar, retar, gozar y sufrir, hacer y reír al mismo tiempo, mientras nos entendemos perfectamente con las otras mujeres que están haciendo lo mismo, al mismo tiempo.  Que somos tan inteligentes como ellos pero más intuitivas.  Que tenemos la misma capacidad pero estamos más atentas a lo que pasa con los hijos.  Que, como dice el dicho: “No importa que el mundo esté listo para explotar, igual, plantaré mi duraznero.”
 Y, ¡¿cómo se me ocurrió describir otra vez a mis queridas mujeres, de una manera tan considerada  y un poco anticuada?! Me lo permite una etapa de la vida en la que he perdido casi todos los miedos, los complejos y las imposiciones; he ganado la libertad que quiero para ellas.
Y  ¿los hombres? , en la ciudad magnífica, están  los hombres.  Todos.  Y para a ellos, también,  con todas las cosas que el nuevo mundo ha mejorado para todos, aparecen algunas que les alteran el camino y desdibujan su verdadera identidad. ¡Correte, chiquito!
Somos muchos y, cada uno de nosotros es distinto, único e irrepetible. Tenemos, sí, ciertas características que nos sitúan en un grupo y es bueno que podamos, de alguna manera, “clasificarnos” para todos los propósitos prácticos, para que los gobernantes puedan gobernar, para que los empresarios puedan fabricar y vender, para que la salud se mejore para todos, para que la ciencia avance.  Pero la gran conspiración se puso en marcha.  Después que nos dibujan el “ser”, nos cae encima, como un montón de escombros, el “querer ser”.  Igualitos al modelo que nos proponen los especialistas en modelos y definiciones, siempre relativos, siempre lo más lejos de la verdad que se pueda.
Quiero convocar a una cruzada de sencillez y realidades claras; nada de someternos a reglas que aparecen de la nada.  Sí, quiero ser un adolescente respetuoso y prolijo, un adulto mayor que no necesita artilugios para el sexo, un matrimonio de muchos años de casados que es feliz y agradecido de la experiencia. ¡un hombre y una mujer fieles a su pareja, que ni siquiera se distraen mirando alrededor!  Si quiero ser, querer ser, poder ser, lo que soy, sin que nadie me “diseñe”, lo hago!  En el laborioso y arduo camino de la Ciudad, voy desdeñando los conflictos que tengo yo conmigo cuando dejo que otros manden.
Quiero hombres que tengan algunos rasgos femeninos para que puedan dar ternura y generosidad, que sepan escuchar y que sean constantes en sus amores. Quiero mujeres que sean valientes como los hombres, pero para causas bellas.  Que sean cerebrales para mejorar, mejor, al mundo.  Que tengan el arrojo de decidir sobre su propia vida y que lleguen a los cargos más altos  porque lo merecen.  Y también quiero que las diferencias entre unos y otros  sean claras, relucientes e integradoras.
Es hora de bajar y salir por la ciudad.  Me mira con cara de ¡ya está bien, basta de filosofar!  La misma sonrisa burlona que tendrá mientras caminamos entre otros miles por esta ciudad fascinante.  ¡Viva las diferencias!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – La Comunicación en el Matrimonio

21 Abr

La Comunicación en el Matrimonio

Sábado de sol radiante. Estoy tratando de ordenar los papeles, los libros y mi escritorio.  Me cuesta recuperar la rutina del trabajo porque todo este tiempo hemos vivido en algo así como un mundo paralelo, desprolijo e imprevisible. Me asomo a la ventana y los dos rosales de rosas diminutas que suelen adornar mi casa, están casi ocultos por la montaña de cosas que se siguen secando y, sin embargo, tienen pimpollos. Pequeños estallidos de rojo y rosa fuerte. Todo va volviendo a la normalidad.  Renuevo mi  tarea y entre los papeles encuentro un artículo que había escrito hace algunos años para una revista.  Me animo y lo publico porque, a veces,  los tiempos difíciles alteran las relaciones y viene muy bien una reflexión al respecto. ¡A mí me viene muy bien reaprender lo que alguna vez creí que sabía de memoria!

Nuestras flores- Rojas Nov 2007,  rosas, abril 2008 008

Siglo XXI, la maraña de comunicaciones que nos ayudan y nos acechan, nos hace pensar en una calesita vertiginosa en la cual buena parte de la población gira y gira. Algunos, sobre todo los más jóvenes, disfrutan enormemente este festival. Lo fantástico es que pueden sentir, al unísono y con todos los colores posibles la seducción de un mundo, aparentemente a su disposición;  lo dramático es que no se den cuenta de que esa misma algarabía les puede llevar la vida entera para dejarlos vacíos de contenido en cuanto algo trascendente los deje en cuclillas y desnudos, como hemos nacido todos y cada uno de nosotros. Y que esa algarabía no es la vida entera.

Los mayores repasan laboriosamente todos los circuitos de su propia formación. Prueban, encuentran y festejan hasta que un nuevo dispositivo los  vuelve a poner en la franja más ceñida de su humanidad y  aparece la ansiedad de volver a lo más sencillo. Pero todos estamos embarcados en este Siglo XXI, maravilloso, insolente, impetuoso, precipitado y genial.  Es, sin duda, el comienzo de una “nueva Edad”.  No sabemos para donde se dispara pero sí sabemos que es inevitable y dramáticamente atractivo,  que se mueve a velocidades inimaginables y que es lo que tenemos.

Sólo cabe diferenciar entre: “La edad de las Comunicaciones” y “La edad de la Comunicación”

No hay ninguna duda cuando hablamos acerca de las comunicaciones, el avance impresionante de la técnica y de las ciencias ha conseguido que todos los rincones del mundo puedan comunicarse, completa y simultáneamente, en lapsos de tiempo que provocarían vértigo a los hombres que vivieron hasta cincuenta años antes del final del milenio. El tema que hoy, sin embargo, nos ocupa  y nos preocupa es el de la comunicación.

El cruzamiento de las comunicaciones múltiples y simultáneas ha enriquecido a la sociedad en general, traduciéndose en lo que llamamos “la globalización de la cultura”.  Tal efecto ha traído inimaginables consecuencias en todo el mundo, desde la caída del Muro de Berlín,  hasta la difusión de los más insignificantes detalles de estilo en la moda que uniforma a los adolescentes de todo el planeta. No hay duda de que la  difusión y mezcla de todos los opuestos, diferentes y exclusivos ámbitos de cada cultura, enriquecen al todo.  Se produce sin embargo y como efecto negativo, una especie de aceptación pasiva de estereotipos de conductas y actitudes que  confunde las relaciones entre los seres humanos y corta, como efecto inmediato, la comunicación que debe nacer del conocimiento de la realidad y el esfuerzo personal de todos y cada uno. Se dan por descontadas muchas cosas que nos han sido incorporadas desde esa fiebre de “clasificar”, “unificar”, “desprejuiciar”, “generalizar”, “uniformar”, “definir” , desconociendo que en el plano de las relaciones personales, cada ser humano es único y especial, lo que transforma a la comunicación directa y personal con aquellos que amamos en la manera natural de vivir.

La comunicación entre los seres humanos es parte de su naturaleza, porque el hombre no puede vivir solo, se relaciona con sus semejantes de todas las maneras posibles y en ello consiste su “humanidad”.

Dos son los casos en que las relaciones humanas responden a la pura voluntad de los que las establecen: la amistad y el matrimonio. De los dos, el matrimonio, por su naturaleza, hasta puede conllevar algunas características de la amistad, que se va estableciendo entre los cónyuges a lo largo de la vida.

En lo que se refiere al tema de la comunicación en el matrimonio es conveniente aclarar primero algunos puntos con referencia a la institución matrimonial. El matrimonio además de ser la piedra fundacional de toda la estructura social desde el fondo de la historia del hombre, es un proyecto que nace entre dos seres que se atraen mutuamente, tienen una ilusión amorosa y la intención y el deseo de ser felices, pero no es sólo eso. El matrimonio es una institución natural, social y a veces religiosa, con fines específicos, entre los que se encuentran la vida comunitaria, la “ayuda mutua” y la procreación de los hijos.  Dentro del matrimonio los cónyuges deben “ayudarse” en la tarea de perfeccionarse, educarse mutuamente y realizar lo  mejor que tengan de sí mismos. El matrimonio no asegura por sí la felicidad ni el perfeccionamiento de los cónyuges, ellos deben ir a él con determinada voluntad y disposición. Para estos fines es imprescindible la “comunicación” entre los esposos. Para poder comunicarse con otro es necesario, ante todo, un conocimiento personal y completo sobre uno mismo y la intencionalidad de “conocer” y “darse a conocer” recíproca. De tal conocimiento nace una aceptación de la persona amada y elegida para compartir la vida. Y la voluntad de “escuchar” a esa persona durante toda la vida que se comparta.

Dar, Recibir, Hablar y Hacer  son los ejes que marcan las líneas de toda relación entre cónyuges. Para que ellos se conformen adecuadamente se necesitan tres condiciones:

  • Conocimiento de la realidad existente del otro,  saber ponerse en su lugar sin perder la objetividad
  • Aprecio del otro en una única dimensión, con toda su carga de cosas positivas y negativas, reconociendo su valor y demostrándolo
  • Congruencia en la integración funcional de uno con otro, de tal modo que tengan una experiencia común total, un reconocimiento de la situación que viven y una comunicación abierta para que actúen siempre de acuerdo con lo que realmente sienten y piensan

La comunicación tiene un sustento indispensable que se refiere a los valores que los cónyuges comparten en forma expresa y también implícita, en la forma de vida que eligen para su proyecto familiar. Y también tiene una “historia” que se hace de privilegiar los buenos recuerdos en las malas épocas. Se desarrolla de una manera formal en momentos especiales de la vida conyugal y familiar; y de una manera espontánea en los momentos normales de la vida cotidiana que, por otra parte, son los habituales en los que se nota la “buena comunicación” de los cónyuges. Una buena comunicación es parte del amor incondicional que le da a las personas la seguridad que todos necesitamos para ser felices.

El lenguaje para una buena o mala comunicación será el adecuado a cada pareja, que lo elegirá, único e irrepetible, como lo es ella misma. Estará hecho de gestos cotidianos, de palabras, que nunca son neutras dentro del matrimonio, de matices en las voces, de decisiones tomadas para complacer y ayudar o para mortificar al otro;  de miradas que alientan y que curan o de las otras;  de silencios elocuentes. Sobre todo será, según el caso,  una confirmación constante del amor o del desamor que siente uno por el otro, y del proyecto de felicidad o fracaso común y recíproco.

Las mujeres tienen mayor predisposición para comunicarse, a ellas les resulta más fácil hablar de  lo que sienten, están más abiertas a las confidencias y privilegian las situaciones románticas. El hombre tiene mayor inclinación a hablar de cosas concretas, no suele resultarle fácil hablar de lo que le pasa y a veces le cuesta manifestar sus sentimientos. Pero ambos pueden hacer una buena tarea para complementarse en la eficiencia de su comunicación mutua.

La posibilidad de comunicarse no es un don que se  recibe en forma gratuita. Requiere una intencionalidad, un esfuerzo diario y un abandono de uno mismo para ayudar al otro en su perfeccionamiento y su felicidad. Es bueno que se le haga saber a todos aquellos que van a formar un matrimonio que como todo lo que “vale”, no es fácil y “cuesta mucho”.

Sólo el ser humano goza de las capacidades de conocerse, amarse y comunicarse. El matrimonio es conocerse y amarse, la comunicación lo hace posible.

He cumplido con una parte de mis tareas. Me voy al jardín para cortar algunas rosas con las cuales adornar mi escritorio. Vamos volviendo a la normalidad.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS.  PARA TODOS.

 

Hilachas que van tramando – La Fama no es Puro Cuento

17 Abr

La fama no es puro cuento

En la Avenida ancha y majestuosa, flanqueada por una edificación adecuada a su naturaleza, hay dos tipos de luces. Las de los faroles de hierro antiguo, con su copete de cuadrante y cristales, que están colocados ordenadamente cada pocos metros, y las de los coches que van pasando.  Aunque las luces de los faroles son las que están quietas, ellas parecen ajustar  la velocidad de los coches entre uno y otro segmento.  De tal manera que esa inmovilidad corrige diferencias y todo se hace armonioso, aunque un poco alucinante.

Salimos de una reunión familiar, que nos ha resultado muy agradable, como de la cueva adonde el fuego es preservado y tenemos la supervivencia asegurada.

Hace mucho frío y una incipiente neblina confirmará la visión extraña y grandiosa del paisaje urbano. Otra más que el hombre le roba a la naturaleza.

Tenemos que caminar un par de cuadras para buscar el coche y la niebla, que ya se comió a las estrellas, nos va aislando en este universo vertiginoso. La avenida nos parece más ancha que nunca, aunque de cuando en cuando un cantero verde rodeado de una pequeña reja nos asegura que estamos en nuestro propio mundo. El resto son sensaciones extrañas de estar en un lugar desconocido, bello e inquietante, aunque sea en nuestra propia ciudad.

En el coche recuperamos nuestra identidad, y nos sumamos a las luces que vienen hasta que somos uno más en lo que parece una carrera.

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Yo tengo ganas de hablar.  Es lo mismo cada vez. Me impacta una situación distinta, me atrae un paisaje y es el disparador de una serie de reflexiones que aparecen desordenadas, empujándose una a otra hasta que la idea se va desenroscando y se arma el pensamiento.

En la reunión éramos un grupo de parientes y amigos y disfrutamos de buenas bebidas, cosas ricas para comer y de la charla informal y recurrente.  Sólo una persona  parecía ajena.  Escuchaba con atención pero con la mirada perdida en dos, la que miraba y la que estaba ausente.  Cada tanto quería intervenir pero tenía una manera un poco dramática, con pausas constantes y tonos descendentes, hasta que los otros optaban por interrumpir y seguir con lo suyo.

No había forma de que pudiera mantener el interés de sus contertulios. Hasta descubrí cruces de miradas entre críticas y divertidas.  Así es esa persona. Una de esas que van por la vida escuchándose solo a ellas mismas, mirando el pozo de una soledad particular que parecen haber adquirido con perseverancia y voluntad; desconociendo lo que son los otros, lo que los otros quieren, lo que necesitan.

Conozco su historia.

Con el ronroneo del motor y el calor de la calefacción nos espera un viaje más o menos largo hasta casa.  La realidad es que a nosotros siempre en los dos extremos de cada viaje hay alguien que nos quiere y a quien le gusta estar con nosotros. La sensación placentera, de ser y estar donde se debe ser y estar, nos viene acompañando en estos años de madurez y nos hace sentir una felicidad enorme, adecuada a este tramo de la vida. La única felicidad legítima cuando se ven cayendo los goces de la juventud.

Le digo a mi amigo:

-“La vida es imprevista e inapelable. Nadie nos dice que cada decisión que tomamos cuando somos muy jóvenes caerá sobre nosotros con la fuerza de lo inevitable cuando llegue la madurez. Vamos tallando nuestra fama desde el principio”-

La fama, la honra, el crédito, que nos va a acompañar toda la vida. Elegimos ser como somos cuando ni sabemos que estamos eligiendo. Ponemos a los demás por delante o por detrás de nuestros propios deseos y necesidades en tiempos en que la vida nos pertenece sin titubeos. Somos generosos o indiferentes, sonreímos o tenemos el ceño fruncido como si el mundo nos debiera un trato especial.  Somos precisos en nuestro perfil para con nosotros y para con los demás. Y todo eso sin tener la mínima idea de lo que estamos haciendo.

Casi desde la adolescencia armamos el mundo definitivo de nuestras relaciones y, porque somos humanos, tendemos a ponernos en el lugar privilegiado. Lo hacemos sin saber, siempre lo hacemos sin saber. Nos movemos entre la verdadera entrega a los demás, nuestra vanidad, o la capacidad de convivir bien con nuestros semejantes.

Digo que lo hacemos sin saber porque cuando somos muy jóvenes todavía nuestros recursos vienen de aquellos que nos enseñaron, modelando nuestro carácter y nuestra actitud con su propio ejemplo. Después nos toca corregir y corregir y volver a empezar en una suerte de mejorar la relación con el mundo y con los otros.

Algunos tienen la suerte de modificar cosas, algunos tienen quienes los aman y se educan recíprocamente en esto de las relaciones, otros arrastran definitivamente el carácter de ser como se les da la gana sin pensar detenidamente en los demás.

Sin embargo alguien debería enseñarnos bien pronto que sólo cuando colocamos en orden las prioridades y en ellas estamos bien equilibrados entre el amor a los demás y el amor propio, todo parece salir bien. Al contrario cuando nos hemos aislado en nuestras propias necesidades y no sabemos cómo es, verdaderamente, el paisaje exterior, al paso de los años habremos descubierto que la vida ha hecho su propio camino, que parece en estos casos ir por otro lado; la realidad entonces será desgarradora.

Lo malo es que el mundo, que siempre es de los otros,  con toda su rigurosidad, finalmente  nos pone de frente con nuestras propias faltas y nos remite a la soledad cuando casi  no hay camino de regreso.

Es bastante general que nos quejemos por las cosas que dejamos de hacer. Por los signos de envejecimiento que van moldeando nuestra apariencia y nuestras emociones. Es bastante común que digamos “¡Ahora que lo tengo claro.  Si volviera atrás, haría esto o aquello!”-  Y no nos damos cuenta de que nos estamos refiriendo a lo más elemental de nuestra condición humana, la satisfacción personal.

No es eso lo importante.  ¡No es eso!

Lo importante es el lugar que ocupamos entre los otros. Ellos son la referencia más clara de lo que hemos hecho siempre y de lo que hemos sido siempre.   Vamos tallando nuestra fama desde el principio pero no lo sabemos.  Eso es lo riguroso de la vida. Que no lo sabemos hasta que es tarde.

Me dice:

-“Tampoco te lo pasás pensando qué les gusta a los demás y vivís por eso! Los seres humanos siempre tenemos algo que reprochar y algo que exigir de los otros!-

-“Me hablás de lo que hacemos y yo hablo de lo que somos. Y del tiempo. Del tiempo inevitable que nos pasamos mientras la vida se va yendo. Alguien nos tendría que contar lo que pasa cuando todavía estamos empezando a buscar un lugar en el mundo. Porque en ese momento elegimos para siempre.”-

-“Es fácil. ¡Es buen negocio ser bueno!”- Y me da una palmadita en la pierna, empiezo a darme cuenta de que a esta altura de la noche, después de una buena velada y alguna copa de vino, en el calorcito del coche y la pronta llegada a casa, no hay interlocutor para mis disquisiciones.

Cuando llegamos teníamos dos mensajes telefónicos. Nada importante, uno de nuestros hijos que quería saber si habíamos llegado bien y otro para invitarnos a una jornada deportiva.

Nos miramos, nos sonreímos. El mundo es algo armonioso, sobre todo cuando  alguien nos enseñó, cuando era el tiempo de hacerlo, que no somos nada de nada, de nada, si nos somos con los otros. De verdad.

Voy apagando las luces de mi bella casa. Me detengo a mirar la vitrina del living donde tengo tantas pequeñeces que me recuerdan cosas buenas. El hogar todavía está caliente con algunas brasas y a salvo de lo desconocido. Le digo a él que me quedo un rato para pensar.  Para recordar y agradecer que el mensaje haya llegado a tiempo.  Voy saboreando una copita de licor ambarino y dulzón.  Suspiro, oigo las campanadas del reloj.  Y, finalmente, me voy a dormir tan campante.

La Familia es un calidoscopio

26 Mar

La Familia es un Calidoscopio

Calidoscopio: «Aparato consistente en un tubo con dos espejos inclinados que multiplican simétricamente las imágenes de los objetos colocados entre ellos»

¡Qué definición escueta y sin gracia para lo que era una de las maravillas de nuestra infancia! El primer calidoscopio que llegó a mi vida venía en una hermosa caja de madera brillante; me lo dio mi padre después de elegirlo entre las cosas que habían quedado de la abuela. Él sabía que nada podría haberme gustado más que eso. Tuvo la intuición de lo que iba a deslumbrarme y la generosidad de abrirme a un mundo de sensaciones y sueños. Si agregamos las siestas de ese verano y la frescura del piso adamascado del zaguán de casa, tenemos la certeza de una niña pequeña que inventaba historias y creaba formas y colores que nunca antes  hubiera imaginado.

Hoy lo tengo ante mi vista, un poco machucado por los años pero tentador y desafiante. Lo enfoco, miro por su pequeño visor y ¡otra vez la escalada de formas inimaginables, siempre distintas y siempre bellísimas! Me estoy distrayendo justo cuando me acabo de sentar para escribir sobre la familia. Gira y gira, me parece que tiene música, busco una armonía entre el color y el sonido y finalmente ¡Descubro que la  relación era entre mi calidoscopio y la familia!

La familia es una construcción sencilla, tan sencilla que viene desde el fondo de la existencia de los hombres. Con pequeñísimas diferencias se fue construyendo siempre a partir de la fórmula inicial: un hombre, una mujer, el llamado de la especie y los hijos. Después cada cultura le fue agregando ritos y formalidades, las religiones le dieron el sustento de la trascendencia y los hombres la defendieron, intuitivamente, como el molde en el cual se fragua la identidad. Como un calidoscopio, la familia es redonda y sólida, fácilmente reconocible y al alcance de la mano de cualquiera de nosotros.  Pero, cuando nos asomamos a su interior, si sabemos encontrarlo, tiene, escondido, un mundo fascinante. Un pequeño movimiento y todos los colores vuelven a rearmarse, las formas desafían toda imaginación, aparecen matices que molestan y otros que resaltan la belleza.

Como somos seres humanos, pequeños y perdidos en el tiempo y el espacio, nos aferramos a lo que conocemos; cuando transitamos tiempos tranquilos, nos sentimos cómodos y  queremos que la familia se quede así. Hemos encontrado un dibujo que nos encanta. Queremos disfrutar, como si disfrutar fuera que todo esté siempre igual, seguro, inamovible.  La casa en orden, los hijos sanos y durmiendo cada uno en su cama, bien en la escuela, un trabajo adecuado, las cuentas pagas, unas vacaciones que se acercan, el resto de la familia grande tranquila y en paz. Cada cristal relumbra inmóvil, cada color desafía, sin alteraciones,  la definición de la belleza. El mundo es mágico y pródigo hasta que, un movimiento, a veces notable y otras, completamente imperceptible, modifica el rompecabezas de luces y las cosas cambian absolutamente.  ¿Alguien no lo ha vivido? ¿Quién movió mi calidoscopio? ¡He perdido la imagen que creía que podía retener hasta cuando yo quisiera!  Hoy nació otro hijo, cambiamos de casa, se pierde un trabajo, alguien se enferma, apareció un nuevo trabajo, hubo un accidente, nos ganamos un premio inesperado  o se fue un ser querido. Lloramos y reímos con las cosas que nos pasan, buenas y malas, a veces porque las provocamos, otras, porque la vida irrumpe, inevitable y provoca dolor o regala maravillas. El calidoscopio sigue girando y girando, arma y desarma.

Cada uno tiene una visión diferente del conjunto, cada uno prefiere éste u otro momento de nuestra familia, éste u otro gesto de quienes amamos, ésta u otra decisión ante una emergencia, ésta o la otra persona que viene a integrarse a nosotros. Aquel momento en que todos éramos chicos y jugábamos o este día más cercano en que nos dimos cuenta de que los hijos habían crecido tanto que ya no eran solamente nuestros. Cuando pudimos pedir perdón y cuando lloramos por nuestras faltas, cuando el dolor nos hizo bajar la cabeza y cuando cantamos al amor que empezaba, cuando tuvimos que volver al principio y cuando miramos alrededor con la satisfacción del deber cumplido.

A veces lo giramos vertiginosamente como para ver todos los dibujos posibles. ¿No sabemos que la secuencia es infinita e irrepetible?   ¡No entendimos que lo único inalterable es el calidoscopio!  Nuestra familia. Su capacidad para crear belleza, su adaptación a los caminos de la vida, su cerco cerrado de madera lustrada que nos contiene a todos para que no dejemos escapar los colores y las luces.

Si el calidoscopio se rompe, cada uno de los cristales resulta ser un insignificante pedazo de vidrio irregular. Por lo contrario, juntos y girando son la manifestación de la belleza y la armonía. Juntos, cada cristal se vuelve importantísimo e irremplazable. Si están verdaderamente juntos no puede haber mejores diseños, luces más brillantes, visión más atractiva y conmovedora.

Por otro lado cada familia tiene personas de colores tenues, que se mueven con suavidad y parece que sólo estuvieran para resaltar a los otros colores. También están los rojos y los verdes brillantes y los amarillos que nos llenan de calor y pasión. Están los castaños y  los grises cuando los años pasaron ligero y el rosa y el celeste de los que nacen en la familia. Estamos todos los colores posibles, todos los matices, todas las formas y cada uno de nosotros, único e irrepetible en nuestra familia, le da identidad y consistencia al resto. Somos luz y color si estamos juntos. Tenemos sentido si estamos juntos.

Esta familia y la otra y la otra, prismas de equilibro y armonía, molde y refugio de una sociedad que se asienta en todas ellas. Cada familia y ésta y la otra para cuidar a las otras familias que no son tan afortunadas; para abrirse pródiga y generosa cuando seres solitarios, enfermos o abandonados,  necesitan de su amparo. Cada familia como la tentación real y tangible para los jóvenes que todavía no empezaron ese camino. Cada familia para abrigar, compartir, trabajar para los demás, mejorar la sociedad en su conjunto. Cada una de esas familias educando para mejorar, consolando para curar, acompañando, regalando belleza y despertando optimismo.

                                  Miles y miles de prismas prendidos y brillando en el espacio son las familias- calidoscopio que en su intimidad misteriosa vuelcan los colores de la vida para el resto de mundo.

No es una ilusión ciega. Es la fe renovada en los verdaderos valores. La familia es una realidad que existe y existirá mientras existan los hombres. En esta época tan difícil que está viviendo la sociedad y que, de una u otra manera, nos afecta a todos y a cada uno de nosotros, renovamos la esperanza en el pilar más sólido de los que sostienen la historia. Debemos creer en nuestra familia; confiamos en su eficacia y sabemos de su categoría. En esta época de relativismo y confusión estamos más seguros de conocer el camino. Se necesitan ideas claras, esfuerzo cotidiano, convencimiento, sacrificio, entrega, compromiso, sudor y lágrimas sin distracciones; todos los días y cada día.  Debemos ser ejemplo y sonrisa para todos, debemos mostrar conciencia y serenidad.

Hilachas que van tramando – El gran invento de Dios

25 Mar

El gran invento de Dios

La casa estaba al fondo de un camino de ripio, después de atravesar unas rejas enormes que más parecían un tendido de encajes con bastones altísimos y rosetas arriba.  Enfrente de ella un terreno de pedregullo muy grande, rodeado de una doble hilera de cipreses.  Se adivinaba, atrás de la casa un jardín con suaves desniveles que acompañaban las lomas del terreno. Digo se adivinaban porque no se veían, pero la casa, magnífica, merecía ese jardín oculto, la barranca y el arroyo. Y, los que llegábamos a ella, lo creíamos.

A los costados de la casa salían dos cercos de ligustre que marcaban en forma categórica la diferencia entre los dos lugares, el suelo árido grisáceo del frente y el parque con fuentes, flores y estatuas de Dianas cazadoras tan caras a los italianos y tan sugerentes para nosotros.villa italiana

La casa, enorme, rectangular, simétrica, con ventanas altas e interminables que se repetían  en las dos plantas, estaba rematada por balustrada y penachos. Era una postal italiana.  Con una escalera majestuosa de mármol que subía desde el ruido rasposo del patio y cortinas interiores de gasa blanca que se movían al aire suave de la tarde resaltando las paredes  despintadas de viejos tonos rosados y amarillos,  y un friso celeste cielo para cortar el cielo de verdad, con angelitos rubicundos y racimos pompeyanos,.

Veníamos de una mañana de playa. Nuestros amigos italianos ya se habían ido para la capital. Estábamos solos en la casa ancestral, de puertas abiertas y grandes habitaciones continuadas, con historias y relatos y hasta leyendas que se habían ido colgando de sus paredes hasta que éstas susurraban y cantaban con toda gracia e impunidad.  Yo quería escuchar y recorría los pasillos enormes, cruzando, una tras otra, las puertas amigables que me llevaban a lugares sorprendentes. Cada  espacio ornado de cuadros, terciopelos, divanes, gasas y porcelanas.  Tapices con historia.

La servidumbre venía del pueblo por lo que, mágicamente, la casa se re-acomodaba cada mañana, y después las personas se iban, desligadas de aquellos tiempos en los que le pertenecían como si fueran parte de sus paredes.

Entramos al hall enorme.  El techo estaba pintado con frescos del siglo XVII. Nuestros amigos, los dueños de casa,  nos habían contado su historia y aprendimos a mirarlos. Las figuras formaban parte de un paisaje bucólico con doncellas y soldados gallardos mezclados con ángeles rubicundos y señores en una campiña dorada, con campesinos recogiendo la cosecha. Todo sereno, callado y lejano. Pero bastaba sentarse en uno de los escalones superiores, en el lugar preciso y mirar de costado para descubrir  las verdaderas figuras encargadas por el príncipe italiano, varón de muchas historias, lujurioso y adorado. Entonces las mujeres mostraban sus pechos voluptuosos, las miradas se hacían diálogos, los campesinos, para espiar,  levantaban las faldas de las cosechadoras  y todos los placeres eran permitidos, todos los cuerpos gozaban, todas las miradas decían que sí y se hacía  la  eternidad.

Mi amigo y yo teníamos el cuerpo áspero de arena y el calor del sol metido hasta los huesos. Sabíamos a sal y almendras. Mi amigo y yo éramos muy jóvenes y ya conocíamos los juegos del amor que nos gustaba.  Íbamos por más.  Nuevos lugares, nuevas formas.  Nuevas figuras que nos dejaban cansados hasta las lágrimas. Teníamos miedo de que el tiempo no fuera suficiente. El tiempo nunca es suficiente; y  el amor está ahí, en esa curva, en las gotas de sudor que recorren el pecho y gotean en los mosaicos romanos; el amor que se resbala, entra, tropieza, intenta  y se aprieta con la boca y con las manos, hasta que ese poquito, ese poquito de eternidad,  que es todo el que tenemos,  nos hace infinitamente felices y dispuestos a reverenciar a quien está a nuestro lado. Y a pensar en repetir y repetir porque el tiempo es corto.  Me miraba con una sonrisa agotada, los cuerpos desbaratados y sin aliento.

-¿Qué?-

-¡Qué invento el de Dios!- le dije.

Me miró preguntando  con las cejas y con una media sonrisa.

-¡Cuál?-

-“Ésto. Lo que acabamos de hacer”

Se quedó en silencio para que yo siguiera hablando, como hace siempre.

-“Preguntame para qué Dios inventó esto!!”-

-“¿Para qué?”-

-¡Para hacernos olvidar que el tiempo es tan corto!-

Hoy que nuestros tiempos han recorrido un largo camino seguimos descubriendo uno del otro todas las otras claves del amor. Este que nos une en la historia, en los hijos y en los nietos. Y, si lo deseamos lo suficiente, cerramos los ojos y volvemos a la casa italiana, la escalera de mármol y las cortinas de gasa que se movían al viento.

¿En qué estoy pensando?  Quiero contarles a los que ahora son jóvenes que no se necesita nada más que dos cuerpos y un gran amor.

Me apena que se les haga creer que el amor es el encuentro fortuito y rápido con alguien que apenas conocen, cuando el amor es un lento, deseable y apasionante conocimiento de otro cuerpo, que se hace a lo largo del tiempo de cada uno.  Hasta que se siente  y se conoce el olor del otro; como se mueven los músculos de su cara si goza, como llora cuando llega al final del amor, como se agradecen uno al otro lo que no pueden explicar.

Cada día aparece en la nueva forma del amor de ese día. No se cambian las personas, se cambia como se aman.  El amor no es para acumular, juntar o reunir trofeos, el amor es embellecer, dar complemento, término o perfección a una cosa.

No quiero que esos jóvenes se crean que es  solamente un encuentro físico con pretensiones de algo más, cuando, de verdad,  el amor es más y más profundo, más y más placentero, más y más satisfactorio, más apasionado y necesario,  cada vez que ocurre.    Me enoja que les hagan creer que necesitan juguetes y estimulantes. Cuando sólo hacen falta dos cuerpos con muchos huecos y un gran amor.

Dios nos ha dado un tiempo muy corto, pero, cuando vio la soledad que podríamos haber padecido, inventó el amor para que por un instante, por un tiempo brevísimo, tuviéramos una parte de su propia eternidad. Tan breve es la nuestra que dura lo que el grito de placer entre dos cuerpos que se conocen bien.

No hace falta más que un gran amor y dos a vivirlo.

Doy fe.

Comentario novela: «Cristales y colores»

12 Mar

Anéken me preguntó si tenía miedo al fuego. Saqué del fuego una brasa y me la coloqué en el brazo. Casi enseguida la apartó y pareció satisfecho. Pronto la seriedad de la reunión dio lugar a tranquila charla y risas contenidas”. Ese relato y una foto inspiraron esta novela que transcurre a mediados del siglo XIX y se mueve entre dos mundos. Estancieros y colonos del interior del país, enfrentados con indios bravos que venían del Sur. Hombres y mujeres de uno y otro lado, que debieron convivir, aprender y olvidar. Pocos cronistas se han dedicado a hablar, de esta manera, sobre la formidable aventura humana que significó la conquista del Desierto en Argentina. La historia grande está basada en hechos reales y también las descripciones, muy detalladas, de la vida cotidiana en las tierras de los indios manzaneros. Sus dioses y sus bailes, sus comidas, la forma que tenían de divertirse y la extrema bravura de sus guerreros, los mejores de nuestra historia. Por el lado de la civilización veremos desfilar hombres y mujeres que iban de la vida peligrosa en la frontera a la opulencia de una clase social rica y educada. Sus palacetes, sus viajes y sus pasiones. Se nos harán familiares sus nombres y sus rangos. Sufriremos y gozaremos con ellos el momento histórico que les ha tocado vivir. El cruce de sus destinos aparentemente tan distintos y la inocencia con la que, definitivamente, fueron los testigos privilegiados del final de una época en el término apretado de sus propias vidas, como nunca había pasado antes. Felicitas e Inacayal, entre todos los otros, aprendieron que la sangre era del mismo color y cada comunidad tenía sus dolores y sus festejos, sellados por un lado por el avance de la civilización y por otro, por el respeto y la admiración, mezclados con el miedo que tenía el hombre blanco ante los dueños del fin del mundo. Todo empieza con una fiesta de la cosecha en una estancia y un malón que llega, destruye y se lleva cosas y cautivos. La historia va y viene entre dos mundos y dos épocas. Sólo podría haber pasado, tal como se cuenta, en aquella época de cristales y colores, de cambios profundos y pasiones irrepetibles.

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