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Hilachas que van tramando – El silencio: culpa o desprecio

16 Abr
El silencio: culpa o desprecio
 
Hoy es un día de sol radiante. Las sombras de la inundación parecen haber quedado atrás. Mi casa está invadida de cosas para secar. Lo más engorroso son los libros, los preciosos libros que deben pasar por un largo proceso para recomponerse y que están cubriendo los pisos de una buena parte de la casa. Me siento a la computadora para volver al trabajo que ya tengo bastante abandonado desde aquel martes de malas sorpresas.
Pero no puedo. El deber va para un lado y las emociones para el otro. Todavía estoy atravesada por las revelaciones del programa que el domingo a la noche descubrió la locura de una corrupción atroz que hiere a todas las capas de nuestra sociedad. La acusación, por lo desmesurada, parece extraída de una película de ciencia ficción. En la cual a la vista aparecen bolsos de dinero que se pesa; individuos despreciables, amorales, arrogantes, con una falta de inteligencia tan notable como los monigotes de los teatros de títeres, a los cuales les falta altura hasta para ser parte de la mafia. Acusaciones que llegan y sacuden instituciones tan fundamentales como la del Presidente de la Nación Argentina.
¿Se escucha bien?  Presidente de la Nación Argentina. En negrilla y subrayado. El concepto hace temblar por lo categórico. El Presidente de la Nación Argentina.  Y me corre frío. Lo primero que se me viene a la cabeza es una especie de dibujito animado en el que veo desmoronarse y caer, uno por uno, todos los edificios emblemáticos de la República. La Casa Rosada, el Congreso de la Nación, el Palacio de los Tribunales. Después, como una carrera de dominó, caen cada escuela, cada hospital, cada carretera, cada dique. Los campos cultivados, cada fábrica. Todos los clubes, las bibliotecas, los negocios. Cuando le llega el turno a la Cordillera, ella arrastra a cada uno de los ciudadanos de esta Patria desconsolada. Y allí estamos todos, los niños, los hombres y mujeres de todas las edades, los religiosos y los ateos, los sanos y los enfermos, los buenos y los malos,  los que pensamos igual y los que disentimos, los inteligentes y los simples, los ricos y los pobres, los justos y los réprobos. Todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra magnífica.  Todos cayendo desordenadamente en la fosa inmunda de la corrupción. Víctimas de la soberbia y el poder.  Todos, todos, todos.  ¿Es desmesurada mi visión?
Estamos hablando de corrupción inédita, primaria, en la persona de quien o quienes ostentan o han ostentado el cargo de Presidente de la Nación Argentina
 
Debo reconocer que estoy pasada de emociones, que el corazón me palpita y que lamento por aquellos que no estén hoy sorprendidos, preocupados, asustados, los que no vean la realidad más extrema, que nos amenaza a cada uno y a todos nosotros.
Hay dos posibilidades.
La primera es que todo sea la creación de un megalómano que puso en vilo a la sociedad y se aprovechó de la buena fe y la preocupación de uno de los periodistas más importantes del país.  En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
La segunda es que todo sea verdad, que estamos en un lugar y un tiempo desgraciados que pueden arrasar hasta con nuestras esperanzas de un país mejor. En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
Si todo lo denunciado es verdad queda una sola posibilidad: los culpables deben pagar lo que han hecho al pueblo de la Nación Argentina. Deben ser castigados con la fuerza de la Ley. Y deben devolver lo que han robado.
Si lo denunciado es mentira, los acusados merecen ser resarcidos absolutamente del daño que se ha hecho a su honra y reputación. Y en eso tenemos que coincidir todos los argentinos. Y ¡ojalá así fuera! Porque entonces respiraríamos aliviados porque hemos escapado de un magnicidio en lo que se refiere al pueblo argentino.
Pero en los dos casos, lo único que no podemos aceptar es el silencio sobre el tema.
Cuando uno es acusado de algo muy grave y lesivo, que afecta a su honra y a su vida, debe hablar todo el tema con las personas que respeta y que ama; aclararlo y satisfacer toda la inquietud de aquellas personas. Lo contrario es desprecio total para aquellos con los que tenemos una relación seria, para aquellos que nos importan, que queremos o que respetamos.
El que siendo culpable calla, otorga. El que calla siendo inocente, desprecia y falta a su obligación de llevar tranquilidad a los otros.
cabildo
Nosotros, los ciudadanos de la Nación Argentina merecemos tales explicaciones, somos los dueños de la transparencia debida.
Debo reconocer que tengo los ojos llenos de lágrimas. Que estoy asustada, impresionada como cuando tenía el agua en el subsuelo de mi casa y la oía golpear contra las paredes como un animal sucio, desconocido y malvado.
Estoy necesitando, como cuando era una niña, que nuestros mayores me arropen, me aclaren y me aseguren que todo está bien, que estoy cuidada y que esto es un mal sueño.
¡Qué Dios nos cuide y nos proteja a todos los argentinos!!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS

Hilachas que van tramando – ¡Viva la Patria!

11 Abr

¡Viva la Patria!

Estoy desorientada,  inquieta y triste. Ha vuelto a llover y, desde mi casa ya casi recompuesta aunque está llena de cosas que se están secando y ¡no huele a rosas!, tengo presente a toda la gente que sigue sufriendo esta situación de necesidad extrema.  A los que fueron víctimas de los elementos y a los que están en la indigencia, en la pobreza y en el abandono. Y pienso “¡Ésta no es mi Patria!”  En mi Patria, el país más rico de la Tierra, no puede haber gente en estado de indigencia. No puede haber gente a la que no se la puede recuperar de una tormenta feroz. No puede. No debe. No puede.

Uno de mis nietos, adolescente, me dice:

“Éste no es el país más rico de la Tierra”

“No-le digo-no por su realidad pero sí por su naturaleza. Tiene todos los climas, todos los accidentes geográficos, una naturaleza paciente que  pocas veces en la historia nos acosa. Tiene una población escasa, comparada con su territorio. Tiene la mejor tierra de la Tierra.  Enormes reservas de agua. El cielo más azul y la Cruz del Sur.”

Les voy a contar una historia a mis nietos.

“Cuando yo era chica…..»Abuela, ¿eso era casi en la Colonia?»- «Sí, Tesoro, después hablaremos de eso!”

“Cuando yo era chica y llegaban los días de la Patria… ¿Qué son los días de la Patria?”, me pregunta uno de los más chicos.

“¡Los días que ahora se llaman Feriado Largo!  El 9 de Julio, el 25 de Mayo, el 20 de Junio, el 17 de Agosto, el 11 de Septiembre…»

Por ejemplo, llegaba el 9 de Julio. Mi madre almidonaba el delantal hasta que parecía de roca! Y me molestaba con su roce en el cuello y los puños. Desde unos días antes la maestra nos iba hablando de las Gestas Patrias, de la consolidación de la Independencia. Dibujábamos, leíamos, aprendíamos poesías. La Patria se nos iba metiendo en las venas y llenaba todas nuestras emociones.  Y ese día habría alguno de los alumnos que iban a “representar” en algún acto escolar, con uniformes que habían hecho las abuelas y el gorro afilado de los soldados de Tucumán, el solideo de los obispos, y las galeras lustrosas que se guardaban año tras año en los armarios de la escuela. Esa mañana nos despertaban más temprano, apenas minutos después de las 6hs. Tomábamos el desayuno siempre a las corridas y, en una mañana todavía oscura íbamos hacia la estación. Casi todas las personas con las que nos cruzábamos tenían la escarapela prendida en su pecho y parecía que todos respiraban profundamente como para que se luciera!!!  Las casas y los negocios estaban adornados con algún signo patrio, aunque fuera pequeño. El tren no venía tan lleno como en un día laborable, y los adultos nos miraban con aprobación mientras nosotros nos pavoneábamos por ser los actores principales del día, porque era feriado y la mayor actividad se concentraba en las escuelas.

Mi madre, como todas las madres, nos llenaba de abrigos debajo del delantal porque no podía llevarse nada encima y ¡¡¡parecíamos pequeñas naves blancas que en cualquier momento levantábamos vuelo!!!

La formación para izar la bandera era en la plaza, justo enfrente de mi colegio. Allí llegaban delegaciones de muchas escuelas del barrio. Las maestras, en nuestro caso las monjas, ponían las manos adentro de sus mangas enormes pero eran rápidas para sacarlas cuando necesitábamos un coscorrón por no mantener el silencio y la compostura adecuada al momento.  En cuanto se iluminaba bien la plaza con el sol radiante, empezaba a sonar “Aurora”, la canción a la Bandera, que, desde entonces, cada vez que la oigo, me pone todos los sentidos a funcionar; siento el frío y la emoción. El canto a toda voz y el orgullo enorme de ser argentina. “Es la Bandera de la Patria mía/ del sol nacida que me ha dado Dios”  Y esa Bandera era la que nos aseguraba un lugar privilegiado en el mundo. Era la que acogía a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

bandera-argentina

Después  íbamos al comedor a tomar el vasito de chocolate que tenía ese gusto particular de fiesta en el colegio, con el cartón acanalado para que no nos quemara.  E invadíamos el patio con nuestros juegos, felices porque estábamos en una fiesta. Cuando al día siguiente era sábado todo relucía porque podíamos quedarnos desvelados hasta más tarde y ¡no teníamos deberes!  Creíamos en una Patria acogedora, nos sentíamos seguros, esperábamos el futuro con una enorme confianza.

Éste es el futuro: Pobreza, indigencia, dolor. Una tormenta de aquellas y todo se desmorona.  Hay inundados y hay pobres. Hay muertos y hay indigentes.

Unos, producto de una tragedia. Otros arrastrando la peor de las tragedias, la de ser los pobres del “cuarto mundo”, los pobres de los países ricos.  Los pobres que nos avergüenzan. Los pobres sin sentido. Lo que viven en  una Patria abstracta. Que se invoca, en nombre de pesados intereses disfrazados de ideales. Que está siempre más allá de sus necesidades. Una Patria en la que ellos, definitivamente, no existen.  Una Patria que se declama y a la que se quiere vestir de fiesta cuando sólo tiene harapos.

Mis nietos se han ido dejándome sola.  Estoy triste, desorientada. La calma que me rodea es pura melancolía.  Esta Patria mía nos encuentra distraídos. Ocupados en otras cosas. Estamos perdiendo el rumbo.

Una Nación no puede ser más feliz, más próspera, más grande y bella que el más pobre de sus hijos.

Ellos son el espejo donde debemos mirarnos. Debemos mirarnos en los que no tienen nada, en su falta de educación, en su falta de salud, en su desesperanza. En lo injusto de su desamparo.

Cada niño, cada joven al que le cortan el futuro, cada uno de ellos son la medida de esta Patria declamada.

Recuerdo mi entusiasmo y mi felicidad cuando miraba la enorme bandera que ondeaba a su antojo en el patio del colegio. Recuerdo nuestro canto desafinado y sobre todo, el orgullo y la felicidad de haber nacido en esta tierra.

Quiero recobrar la medida exacta de pertenecer, para todos. Quiero la Patria que nos merecemos, todos. Quiero que esta tierra no tenga hambre, porque le sobra comida. Quiero que no tenga gente sin casa porque le sobra territorio. Quiero que haya escuela para todos porque sobra la materia prima. Quiero que los argentinos viajen, trabajen, descansen, se rían, se diviertan y se amen con todas las posibilidades de esta tierra rica. Quiero volver a cantar “Aurora”, recuperar mi inocencia y mi orgullo.

¡Viva la Patria!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos, Para todos.