Tag Archives: ciudad

Ser – Querer ser – Poder ser

5 May
Ser –  Querer ser  –   Poder ser
Desde esta altura la ciudad crece con sus luces. Edificios enormes, ventanas iluminadas irregularmente que los redibujan de tal manera como para que sean de día unos y de noche otros. Los coches son decenas de  miles, como pequeñas hormigas presurosas con flashes disparados al acaso que se cruzan y se mueven, se escapan y vuelven. Calles amplias y avenidas anchas e imponentes como catedrales.  Es un bosque impenetrable de inmensas estructuras que compiten en formas y tamaños para llegar al cielo de un atardecer inolvidable, herido en su cemento por el parque de faroles tradicionales y terreno quebrado capaz de re ubicar cada noche sus sombras, siempre que en el cielo aparezca la luna, grandota y redonda con cara de vieja sabia.
Dios hizo la Cordillera y los hombres hicieron esta ciudad extravagante a fuerza de ser hermosa.  Dios creó el silencio y la soledad en sus montañas, los hombres llenaron de sones interminables, de luces, de movimiento y de  arrogancia su cordillera.
NYC SILUETA
Amo a esta ciudad, como millones de personas siempre estoy llegando a ella y siempre estoy partiendo con el sentimiento de pertenecer y de ser un extraño al mismo tiempo.  Se ha terminado el seminario, se han ido los nuevos amigos y me espera un año de trabajo del que me gusta;  pero estoy melancólica, pensativa y lejana. Mi amigo se acerca al ventanal enorme desde el que parece que estuviéramos en el aire sin ningún sustento, me abraza y me da un vaso de buena bebida con dos o tres cubos de hielo. Nos quedamos en silencio, sometidos al poderoso influjo del paisaje de la ciudad.   Los hombres se ven de lejos y son pequeños, insignificantes, peor aún, desdibujados.   ¡No se sabe ni qué son! Brutal y categórica afirmación que me desconcierta porque refleja acabadamente lo que estoy pensando.
¿Qué somos en este mundo que parece no tener verdades verdaderas?
Cada sociedad crea valores relativos a sus necesidades, sus circunstancias y sus apetencias.  Esos valores cobijan todo lo que se nos vuelve atractivo porque acceden de algún modo a nuestros intereses primarios.  Los hombrecitos que corren a sus casas desde la ciudad rutilante están sometidos, cada uno de nosotros estamos sometidos, a los valores impuestos por su tiempo.  Este tiempo.
La Edad de las comunicaciones, la Edad de la Información.  La civilización de la Imagen.  Por encima de todo, abarcando todo lo que pasa por nuestra vida.  En este arrogante siglo XXI el modo en que “vemos” las cosas es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos.  La reflexión en profundidad  de cada uno acerca de sí mismo ha pasado a ser un bien escaso, temible y siempre inoportuno.
Contrariamente a otras épocas de la historia en las cuales solamente se clasificaba a los seres humanos en situaciones privilegiadas o notables, el resto era “gente común”.  Actualmente podemos decir que todos entramos en algún tipo de clasificación que nos acota dentro de determinadas “conductas” y nos sitúa en el mercado.  En este imperioso siglo XXI, como nunca, vivimos acorralados por los estereotipos.
“¡Vamos con la palabrita!”:
Estereotipo: “Exageración desorbitada de una condición humana que se repite y se repite”.
Nosotros, los hombrecitos, no tenemos muy claro el “ser”.  Por eso  nos inclinamos deslucidos y consternados ante el modelo que nos toca.  Considerando que siempre nos “toca” un modelo, que puede ser más riguroso e imperativo o simplemente gentil.
Ha empezado a llover, miramos desde arriba lo que se ha transformado en callecitas mojadas. La lluvia en esta ciudad es gorda, pesada e inclemente y contra los vidrios desdibuja en cataratas cualquier realidad hasta crear formas extravagantes que se mueven vertiginosamente.  Me corre un escalofrío, cierro mis brazos alrededor de mí misma.  Le hemos estado dando nombres a cada realidad parcial y con el nombre una identidad concreta, inventada a veces pero concreta. Tanto que la que les toca mueve a las mujeres y a los hombres  a parecerse a ella, a entregarse enteramente a ella.  Me inquieto.
Mujeres.  Antes podían ser jóvenes o mayores, madres o célibes, artistas o maestras, bailarinas o costureras, bellas o feas, todas mujeres, mujeres, mujeres.  Maravillosas, categóricas, asustadas, felices, valientes, perseverantes, enamoradas y gentiles, mujeres, mujeres, mujeres.   Todavía lo que debía ser, era. Y luego venían las majestuosas conquistas que nos iban dando cada día más libertades.
La lluvia ha cambiado las formas, las ha hecho casi diabólicas, las luces se han vuelto rojas y amarillas.  La ciudad hostil.
-“A las mujeres se las quiere hacer hombres”-.
-“Estás desvariando”-
-“Se las quiere hacer hombres, te lo digo. Y a fuerza de reinventarlas como hombres, salen al ruedo de su sexualidad arremetiendo. En el mejor de los casos sin rubores; en el peor, creyendo que su trasero es más importante que su cara y ésta más importante que sus sentimientos.  A  fuerza de reinventarlas y reinventarlas, lo que “es” se transforma en lo que “debe ser”.  Cuando lo que “es” no responde a una verdad y a un principio universal y se limita a una convención cultural determinada y precaria, el peligro es que se transforme en el “debe ser” que cambia roles y conductas de millones de individuos, en este caso de mujeres y con ellas, en forma negativa, a la sociedad a la que pertenecen.  ¡Ah!  Además de hombres deben ser exitosas, responsables, madres a medio tiempo pero felices, luchadoras, fuertes, poco demandantes, rigurosas en sus tareas, comprensivas ante las infidelidades que son “inevitables”, recuperadas a menos de un mes del nacimiento de sus hijos, gimnastas, actualizadas, decididas, resueltas y categóricas.  Sobre todo no deben ser diferentes a los hombres porque en este mundo cruel todos somos relativamente iguales pese a quien pese.
Deberíamos recordar más a menudo que las mujeres somos pura emociones y sentimientos y que desde lo corporal somos para adentro, mientras los hombres son para afuera.  ¡Que nos surge la ternura a borbotones cuando los vemos a los hombres tan torpes para hablar de lo que les pasa.  O que somos generosas porque, sin tener hijos, somos madres en potencia.  Que tenemos miles de conexiones cerebrales que nos hacen hablar, responder, escuchar, retar, gozar y sufrir, hacer y reír al mismo tiempo, mientras nos entendemos perfectamente con las otras mujeres que están haciendo lo mismo, al mismo tiempo.  Que somos tan inteligentes como ellos pero más intuitivas.  Que tenemos la misma capacidad pero estamos más atentas a lo que pasa con los hijos.  Que, como dice el dicho: “No importa que el mundo esté listo para explotar, igual, plantaré mi duraznero.”
 Y, ¡¿cómo se me ocurrió describir otra vez a mis queridas mujeres, de una manera tan considerada  y un poco anticuada?! Me lo permite una etapa de la vida en la que he perdido casi todos los miedos, los complejos y las imposiciones; he ganado la libertad que quiero para ellas.
Y  ¿los hombres? , en la ciudad magnífica, están  los hombres.  Todos.  Y para a ellos, también,  con todas las cosas que el nuevo mundo ha mejorado para todos, aparecen algunas que les alteran el camino y desdibujan su verdadera identidad. ¡Correte, chiquito!
Somos muchos y, cada uno de nosotros es distinto, único e irrepetible. Tenemos, sí, ciertas características que nos sitúan en un grupo y es bueno que podamos, de alguna manera, “clasificarnos” para todos los propósitos prácticos, para que los gobernantes puedan gobernar, para que los empresarios puedan fabricar y vender, para que la salud se mejore para todos, para que la ciencia avance.  Pero la gran conspiración se puso en marcha.  Después que nos dibujan el “ser”, nos cae encima, como un montón de escombros, el “querer ser”.  Igualitos al modelo que nos proponen los especialistas en modelos y definiciones, siempre relativos, siempre lo más lejos de la verdad que se pueda.
Quiero convocar a una cruzada de sencillez y realidades claras; nada de someternos a reglas que aparecen de la nada.  Sí, quiero ser un adolescente respetuoso y prolijo, un adulto mayor que no necesita artilugios para el sexo, un matrimonio de muchos años de casados que es feliz y agradecido de la experiencia. ¡un hombre y una mujer fieles a su pareja, que ni siquiera se distraen mirando alrededor!  Si quiero ser, querer ser, poder ser, lo que soy, sin que nadie me “diseñe”, lo hago!  En el laborioso y arduo camino de la Ciudad, voy desdeñando los conflictos que tengo yo conmigo cuando dejo que otros manden.
Quiero hombres que tengan algunos rasgos femeninos para que puedan dar ternura y generosidad, que sepan escuchar y que sean constantes en sus amores. Quiero mujeres que sean valientes como los hombres, pero para causas bellas.  Que sean cerebrales para mejorar, mejor, al mundo.  Que tengan el arrojo de decidir sobre su propia vida y que lleguen a los cargos más altos  porque lo merecen.  Y también quiero que las diferencias entre unos y otros  sean claras, relucientes e integradoras.
Es hora de bajar y salir por la ciudad.  Me mira con cara de ¡ya está bien, basta de filosofar!  La misma sonrisa burlona que tendrá mientras caminamos entre otros miles por esta ciudad fascinante.  ¡Viva las diferencias!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.