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Hilachas que van tramando – El sol en las vías y todas las emociones

11 Abr

Hilachas que van tramando

El sol en las vías y todas las emociones

              En la estación de mi infancia, para ir de un lado al otro, cruzábamos el puente sobre las vías.  Era magnífico, ancho muy ancho  y alto, muy alto, con los laterales de rejilla gruesa terminados en una cinta chata  de hierro que los sostenía como a un gigante.  Era color verde inglés, emblemático en aquellos tiempos de estaciones con casas enormes e importantes, de techos de tejas a dos aguas, que se repetían a lo largo de todo el trayecto desde la provincia hasta el centro de la ciudad.  El piso del puente tenía planchas muy grandes de cemento color gris, separadas por  apenas una línea de espacio entre una y otra. No se llegaba a ver nada abajo, pero nosotros, pequeños aventureros de seis y siete años vivíamos, cada vez que lo cruzábamos, la gran aventura de ¡¡¡poder caer el vacío!!!  A pesar de que nos costaba subir, los privilegiados éramos, sin duda,  los que para ir y venir del Colegio cruzábamos el puente todos los días. Las escaleras eran inmensas e interminables, con el mismo enrejado grueso en sus laterales, por lo que la sensación era la de estar entre el cielo y la tierra y ver todo hasta el horizonte.

Cuando volvíamos del Colegio en los días más cortos del otoño o el invierno y ya cerca del atardecer, nos deteníamos para mirar hacia el sol que, a lo lejos, caía en dirección a Pilar como una bola de billar incandescente, para meterse entre las  vías que se hacían una sola al final del sendero.

Éramos uno solo, el puente inmóvil y enorme, las vías brillantes con el sol que caía atrapado entre ellas más allá de nuestra vida y más acá de nuestros sueños y nosotros apretujados de guardapolvos blancos no tan blancos, manchadas las manos de tinta y las ganas de llegar para tomar la leche mientras escuchábamos las aventuras de Tarzán o Poncho Negro que nunca estaban en el puente como nosotros, pero que hubieran merecido conocerlo.  Nos colgábamos con los dedos del alambrado y recuerdo que permanecíamos en silencio y casi conteniendo el aliento hasta que el sol hubiera desaparecido de nuestra vista.

Los días nublados esos atardeceres eran magníficos porque desde el puente se veían diferentes a lo que podía verse al nivel de la calle. Rosas y amarillos, fucsias, azulinos y colorados atravesaban ondulantes todo el espacio. Nácar  y dorados se caían  al poniente para que yo los recordara ahora con una nostalgia persistente que me atraviesa sin piedad,  por aquellos chiquillos que éramos tan curiosos, tan ruidosos y llenos de vida y que, sin saberlo, estábamos aprendiendo a emocionarnos.

atardecer vias

Una tarde la maestra de tercer grado nos llevó al puente para enseñarnos los Puntos Cardinales. Y allí empezó otra historia. Primero miramos el sol, después nos hizo señalar su caída con la mano izquierda, aprendimos a que ése era el Oeste.  Al frente el Norte, atrás el Sur y  quedaba el Este por donde nacía el sol cada mañana.   No sólo quedó grabada la lección de geografía–a partir de ese momento fui la dueña de todos los caminos. Mi casa estaba al Norte de la tuya y Tierra del Fuego se había acercado bien desde el Sur.  Todos los mapas encontraron su razón de ser y ningún lugar en la Tierra me sería indiferente. Muchos años después atravesando la Cordillera se completó mi historia cuando sentí que ella era tan imponente, tan inmensa y majestuosa como el puente de mi infancia.

 ¡¡¡Las emociones!!!   Los estremecimientos del alma, la inquietud que se despierta  cuando vamos más allá de la razón y nos dejamos llevar por la belleza, o por la ternura. Cuando jugamos con nuestros sentidos, nos agitamos, nos inquietamos.  Exaltaciones, estremecimientos que nos hacen tan humanos como frágiles. Las emociones que se manifiestan en cambios de semblante, rubor, sonrisa y miedo. Cuando queremos transformarlas, compartirlas, mirar a quien amamos y temblar sin motivo. Cuando tenemos miedo y cuando nos conmovemos.  Todos los estados alterados por nuestra condición de seres humanos tan gozosos y, a la vez, tan inseguros si no podemos controlarlas.

Las emociones que nos pertenecen y nos completan, siempre y cuando sean legítimas.  Así recuerdo a las de “antes”.  Legítimas porque nacían de emociones propias, sin el impulso de una cultura demasiado agresiva. Porque no eran tantas y estaban reservadas a lo personal y compartidas por los que estaban en la misma situación.

Llegaban desde la pantalla cuando el cine era la única máquina de sueños. Desde el patio del colegio en el día de la fiesta Patria cuando cantábamos el Himno y nos sentíamos uno solo.  En las ceremonias de casamiento que sellaban un sueño común a casi todos.  En el amanecer de la playa donde íbamos con mamá y la tía Rosa, y nos quejábamos y nos quejábamos porque no nos gustaba madrugar y después, en silencio, hacíamos nuestro saludo asombrado al sol que se iba desperezando en la arena.

Cuando por primera vez nos besábamos con el corazón acelerado. Cuando se cruzaban miradas de encuentro y de despedida entre amigos o entre amantes.

Cuando nos asomábamos a la cuna de un recién nacido. Cuando él empezaba primer grado y cuando aparecían los primeros brotes del ciruelo descubriendo la primavera.  Cuando escuchábamos aquella melodía precisamente la que sonaba un día inolvidable de verano.

Emociones, emociones. Inevitables, importantes y  legítimas, eran las que subrayaban nuestra condición de personas, de una manera tan natural como contundente.

A veces siento un poco de pena por el número infinito de emociones devaluadas y gritonas que ahora nos proponen muchas veces, y que son provocadas por personas que no saben nada de la vida, por lo menos de la vida verdadera, de la que tiene la dimensión de lo «humano».  La pena es por los jóvenes cuando se los exalta para la mediocridad, en el mal gusto, en el bochinche y el desenfreno. En lo que no conocen.

Entonces nos cansamos de oír que muchos se “aman” aunque sean desconocidos, muchos se “mueren” por banalidades, muchos se enojan y se maltratan, gritan sin escucharse, al menos con la palabra,  porque la calesita de los sueños gira en el mundo del absurdo. Vemos llorar y reír con sentimientos que no conocemos o en los que no creemos porque intuimos que nacen de la histeria, del agotamiento o de la frustración peligrosamente provocada con el afán de dominar ¡vaya a saber uno qué mundo!

Muchos de  los mayores responsables “emocionan” a los más jóvenes saturándolos de experiencias cuando menos desagradables, cuando no obscenas y desaforadas. Agotadoras, frenéticas. Que les roban tiempo de su vida, los confunden y los angustian.

Entonces creo que me gustaría tomarlos de la mano, uno a uno, a los niños tan amados, y llevarlos a mi puente encantado, en silencio, despacio, y dejarlos gozar de una puesta de sol al oeste, donde se terminan las vías;  y después caminar con ellos por el jardín de la estación, deteniéndonos a comparar las flores de colores y alguna mariposa perdida, para seguir a casa bajo la mirada sonriente de los adultos que nos cruzan, a tomar el chocolate caliente y dejar que el corazón se acelere con la tonada que nos anuncia el programa de Tarzán o Poncho Negro.

Me gustaría hacer desaparecer para ellos todo el mundo de emociones artificiales y agresivas. Me gustaría que pudieran emocionarse por sí mismos, en la mejor compañía. Me gustaría que sus emociones fueran legítimas, humanas y profundas.

Me gustaría, me gustaría.  Pensando en ellos. Que Dios los bendiga.

«PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS»