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Suficiente–Demasiado

1 May

SuficienteDemasiado

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Este capítulo debería llamarse Camogli y la balanza,  porque la imagen  de esa bella ciudad de Italia se interpone a cualquier intento de reflexionar sobre temas concretos.

Sólo visiones y visiones de las pequeñas casas montadas sobre calles de diferentes niveles, calles empedradas y sinuosas que suben y bajan y se encuentran en esquinas de ángulos tan cercanos  que extendemos los brazos y  alcanzan para contenerlos.   Una para arriba, otra para abajo siguiendo lo que habrá sido el sendero de las mulas cuando Europa era nueva.

Las casas mágicas de Camogli tienen la entrada en la calle de arriba, con el patio bien abajo  y para acceder debemos cruzarlo con  un puentecillo privado, de barandas de hierro adornadas con forma de flores y racimos de uva, producto de la imaginación de algún artesano enamorado.  Los patios, de cerámicos de colores y plantas airosas,  están enganchados a la parte posterior, abajo, donde está la otra entrada- salida, que, ahora sí, da a  la bahía y al mar. Uno se pregunta cómo será vivir en una casa entera de escaleras y recovecos.  La bahía es pequeña y rodeada de edificios apiñados y agarrados como temblando a las laderas;  y parece que fueran a caerse o a volar. Todos de colores pastel y engañosos porque  en muchas paredes hay dibujos de ventanas y paisajes y frentes de casa de paredes amarillas y persianas verdes que se mezclan con las verdaderas hasta que uno no sabe dónde está la verdad y dónde los sueños. Como si los habitantes de  la ciudad quisieran confundirnos para que no nos quedemos.  Para que “se enamoren de nosotros, nos amen y después se vayan”.

Camogli  – Caso delle Mogli, “la casa de las esposas”. La historia es la de las mujeres de los pescadores que quedaban en el pueblo, vacío de hombres cuando estos salían a pescar.  Ellas  pintaban y pintaban sus casas, cada una de un color diferente para que sus maridos las reconocieran cuando estaban volviendo del Mar Nuestro y fueran palpitando el abrazo que festejaba otra victoria de la vida sobre la tormenta.  Casas que, cuando no volvía un pescador, dejaban de pintarse por años hasta que algún varón de la familia tomaba su lugar y empezaba el nuevo desafío.  En esta ciudad las casas se mezclan sin morigerarse, al contrario, se exaltan, se ponderan y se atropellan, como las flores multicolores que caen en cascadas de las rocas; las armonías y los contrastes, los colores, los desniveles, la historia, los sonidos y el sol sobre el mar más azul de la tierra.

Caminando por una de las callecitas interiores pasamos por una pequeña tienda de antigüedades que ¡son antiguas cuando se trata de Europa!  En la vidriera atiborrada de cosas había una balanza de dos platos dorados, con el triángulo de la aguja en el medio. Larga y retacona, negra, fileteada de dorado. Brillante y desdeñosa, como si le tocara pesar las injusticias del mundo. Me enamoré.  Tuve que pelear para comprarla y convencer a mi amigo de que podíamos traerla en el avión.  Aunque reconozco que fue muy difícil, lo logré.  Me la desarmaron y la colocaron en una caja más o menos fuerte. Era del siglo XIX, de origen alemán pero, según el vendedor, se había venido para Italia a buscar sol y alegría.  Después se vino con nosotros para enseñarnos algunas cosas de la justicia.

En el puerto, en plena bahía al amparo del mar nos sentamos aquella tarde de verano. Los barcos se mecían a destiempo y el rumor de las olas golpeteando contra el muelle nos producía una especie de serenidad ideal para disfrutar del atardecer. Habíamos comprado un buen vino rosado y dos copas de cristal que todavía se lucen en la vitrina que tengo ante mi vista.  Levantamos nuestras copas para que las últimas luces las atravesaran.  Éramos tan jóvenes como ahora que no somos tan jóvenes.  Y tan felices como ahora que ya no somos jóvenes.

La balanza y Camogli me robaron lo suficiente y lo demasiado.  Uno de los conceptos más precisos y sutiles que tenemos que distinguir en cada momento de nuestra vida.

¿Cuánto es suficiente y cuánto demasiado cuando amamos? ¿Cuándo es suficiente el esfuerzo en nuestro trabajo y cuándo es demasiado? ¿Cómo reconocemos el momento de ceder, si se nos confunde el demasiado pronto con el demasiado tarde? ¿Es suficiente la regla de vida con nuestros hijos o les pesamos demasiado?  ¿Tenemos suficientes cosas o nos están aplastando los “demasiados”?  En una sociedad que convoca para que todo sea “demasiado”, ¿quiénes nos ayudan a reconocer lo “suficiente”?

¿Soy una mujer, una amante, una madre, una hija, una hermana, una amiga “suficiente” o peso en los demás con un “demasiado” rotundo que los aleja de mí? ¿Pido demasiado? ¿Doy lo suficiente? ¿Me dan de más o está todo bien? ¿Alguien se sobrepasa o yo me quedo corta? ¿En qué? ¡En todas las cosas de la vida cuyo valor ya debería conocer a esta altura de la mía!  Pero somos muy humanos los humanos. No tenemos el juicio certero. Vamos y vamos caminando por las callecitas de lugares como esta ciudad bellísima y no damos siempre en la tecla de la justicia! Por ahí, entonces, se cuela el dolor que provocamos unos a otros. En una de ésas todo se trata de saber elegir las pesas y ponerlas adecuadamente en la balanza.

Confusiones de vida que no se resuelven con facilidad. Reflexiones que siempre tienden a mejorarnos. Cruces de caminos que nos ponen en el lugar más armonioso y nos permiten ser más felices y hacer más felices a los demás.  Imposible es, para mí, descubrir el punto exacto en el que se cuele la justicia.

Saco de su caja las pequeñas pesas doradas que se escalonan de una manera casi graciosa, como soldaditos de juguete, las tengo en mis manos, le doy a cada una un nombre especial y las voy alternando en la balanza como si yo conociera el valor exacto de cada cosa.  Todavía, a esta altura de mi vida tengo un largo camino para recorrer y, casi siempre, como todos, seguiré  eligiendo reiteradamente  con mis sentimientos y mis emociones.  Que Dios me ayude.

Esperaré a mi amigo con una copa de vino rosado y lo voy a invitar a repetir un atardecer en Camogli, como para que esta hermosa ciudad se quede en nuestro futuro. Que siempre esté en nuestro futuro.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – La Fama no es Puro Cuento

17 Abr

La fama no es puro cuento

En la Avenida ancha y majestuosa, flanqueada por una edificación adecuada a su naturaleza, hay dos tipos de luces. Las de los faroles de hierro antiguo, con su copete de cuadrante y cristales, que están colocados ordenadamente cada pocos metros, y las de los coches que van pasando.  Aunque las luces de los faroles son las que están quietas, ellas parecen ajustar  la velocidad de los coches entre uno y otro segmento.  De tal manera que esa inmovilidad corrige diferencias y todo se hace armonioso, aunque un poco alucinante.

Salimos de una reunión familiar, que nos ha resultado muy agradable, como de la cueva adonde el fuego es preservado y tenemos la supervivencia asegurada.

Hace mucho frío y una incipiente neblina confirmará la visión extraña y grandiosa del paisaje urbano. Otra más que el hombre le roba a la naturaleza.

Tenemos que caminar un par de cuadras para buscar el coche y la niebla, que ya se comió a las estrellas, nos va aislando en este universo vertiginoso. La avenida nos parece más ancha que nunca, aunque de cuando en cuando un cantero verde rodeado de una pequeña reja nos asegura que estamos en nuestro propio mundo. El resto son sensaciones extrañas de estar en un lugar desconocido, bello e inquietante, aunque sea en nuestra propia ciudad.

En el coche recuperamos nuestra identidad, y nos sumamos a las luces que vienen hasta que somos uno más en lo que parece una carrera.

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Yo tengo ganas de hablar.  Es lo mismo cada vez. Me impacta una situación distinta, me atrae un paisaje y es el disparador de una serie de reflexiones que aparecen desordenadas, empujándose una a otra hasta que la idea se va desenroscando y se arma el pensamiento.

En la reunión éramos un grupo de parientes y amigos y disfrutamos de buenas bebidas, cosas ricas para comer y de la charla informal y recurrente.  Sólo una persona  parecía ajena.  Escuchaba con atención pero con la mirada perdida en dos, la que miraba y la que estaba ausente.  Cada tanto quería intervenir pero tenía una manera un poco dramática, con pausas constantes y tonos descendentes, hasta que los otros optaban por interrumpir y seguir con lo suyo.

No había forma de que pudiera mantener el interés de sus contertulios. Hasta descubrí cruces de miradas entre críticas y divertidas.  Así es esa persona. Una de esas que van por la vida escuchándose solo a ellas mismas, mirando el pozo de una soledad particular que parecen haber adquirido con perseverancia y voluntad; desconociendo lo que son los otros, lo que los otros quieren, lo que necesitan.

Conozco su historia.

Con el ronroneo del motor y el calor de la calefacción nos espera un viaje más o menos largo hasta casa.  La realidad es que a nosotros siempre en los dos extremos de cada viaje hay alguien que nos quiere y a quien le gusta estar con nosotros. La sensación placentera, de ser y estar donde se debe ser y estar, nos viene acompañando en estos años de madurez y nos hace sentir una felicidad enorme, adecuada a este tramo de la vida. La única felicidad legítima cuando se ven cayendo los goces de la juventud.

Le digo a mi amigo:

-“La vida es imprevista e inapelable. Nadie nos dice que cada decisión que tomamos cuando somos muy jóvenes caerá sobre nosotros con la fuerza de lo inevitable cuando llegue la madurez. Vamos tallando nuestra fama desde el principio”-

La fama, la honra, el crédito, que nos va a acompañar toda la vida. Elegimos ser como somos cuando ni sabemos que estamos eligiendo. Ponemos a los demás por delante o por detrás de nuestros propios deseos y necesidades en tiempos en que la vida nos pertenece sin titubeos. Somos generosos o indiferentes, sonreímos o tenemos el ceño fruncido como si el mundo nos debiera un trato especial.  Somos precisos en nuestro perfil para con nosotros y para con los demás. Y todo eso sin tener la mínima idea de lo que estamos haciendo.

Casi desde la adolescencia armamos el mundo definitivo de nuestras relaciones y, porque somos humanos, tendemos a ponernos en el lugar privilegiado. Lo hacemos sin saber, siempre lo hacemos sin saber. Nos movemos entre la verdadera entrega a los demás, nuestra vanidad, o la capacidad de convivir bien con nuestros semejantes.

Digo que lo hacemos sin saber porque cuando somos muy jóvenes todavía nuestros recursos vienen de aquellos que nos enseñaron, modelando nuestro carácter y nuestra actitud con su propio ejemplo. Después nos toca corregir y corregir y volver a empezar en una suerte de mejorar la relación con el mundo y con los otros.

Algunos tienen la suerte de modificar cosas, algunos tienen quienes los aman y se educan recíprocamente en esto de las relaciones, otros arrastran definitivamente el carácter de ser como se les da la gana sin pensar detenidamente en los demás.

Sin embargo alguien debería enseñarnos bien pronto que sólo cuando colocamos en orden las prioridades y en ellas estamos bien equilibrados entre el amor a los demás y el amor propio, todo parece salir bien. Al contrario cuando nos hemos aislado en nuestras propias necesidades y no sabemos cómo es, verdaderamente, el paisaje exterior, al paso de los años habremos descubierto que la vida ha hecho su propio camino, que parece en estos casos ir por otro lado; la realidad entonces será desgarradora.

Lo malo es que el mundo, que siempre es de los otros,  con toda su rigurosidad, finalmente  nos pone de frente con nuestras propias faltas y nos remite a la soledad cuando casi  no hay camino de regreso.

Es bastante general que nos quejemos por las cosas que dejamos de hacer. Por los signos de envejecimiento que van moldeando nuestra apariencia y nuestras emociones. Es bastante común que digamos “¡Ahora que lo tengo claro.  Si volviera atrás, haría esto o aquello!”-  Y no nos damos cuenta de que nos estamos refiriendo a lo más elemental de nuestra condición humana, la satisfacción personal.

No es eso lo importante.  ¡No es eso!

Lo importante es el lugar que ocupamos entre los otros. Ellos son la referencia más clara de lo que hemos hecho siempre y de lo que hemos sido siempre.   Vamos tallando nuestra fama desde el principio pero no lo sabemos.  Eso es lo riguroso de la vida. Que no lo sabemos hasta que es tarde.

Me dice:

-“Tampoco te lo pasás pensando qué les gusta a los demás y vivís por eso! Los seres humanos siempre tenemos algo que reprochar y algo que exigir de los otros!-

-“Me hablás de lo que hacemos y yo hablo de lo que somos. Y del tiempo. Del tiempo inevitable que nos pasamos mientras la vida se va yendo. Alguien nos tendría que contar lo que pasa cuando todavía estamos empezando a buscar un lugar en el mundo. Porque en ese momento elegimos para siempre.”-

-“Es fácil. ¡Es buen negocio ser bueno!”- Y me da una palmadita en la pierna, empiezo a darme cuenta de que a esta altura de la noche, después de una buena velada y alguna copa de vino, en el calorcito del coche y la pronta llegada a casa, no hay interlocutor para mis disquisiciones.

Cuando llegamos teníamos dos mensajes telefónicos. Nada importante, uno de nuestros hijos que quería saber si habíamos llegado bien y otro para invitarnos a una jornada deportiva.

Nos miramos, nos sonreímos. El mundo es algo armonioso, sobre todo cuando  alguien nos enseñó, cuando era el tiempo de hacerlo, que no somos nada de nada, de nada, si nos somos con los otros. De verdad.

Voy apagando las luces de mi bella casa. Me detengo a mirar la vitrina del living donde tengo tantas pequeñeces que me recuerdan cosas buenas. El hogar todavía está caliente con algunas brasas y a salvo de lo desconocido. Le digo a él que me quedo un rato para pensar.  Para recordar y agradecer que el mensaje haya llegado a tiempo.  Voy saboreando una copita de licor ambarino y dulzón.  Suspiro, oigo las campanadas del reloj.  Y, finalmente, me voy a dormir tan campante.