Hilachas que van tramando
Morirse de la risa
Era una tarde de domingo de invierno. Puesta a hacer algo que me encanta fui a recorrer un Mercado de Pulgas. Solamente a los que nos gusta eso, nos gusta eso. Los pasillos eran estrechos y con pozos, los tenderetes rodeados por alambres tejidos se cerraban con puertas muy precarias, adentro de cada uno, según sus especialidades, había cosas increíbles. Preciosos tesoros escondidos, horrendos objetos viejos. Un deleite para los que apreciamos las cosas con historia. Pero ésa es otra historia.
Me detuve en un puesto de muebles y allí, medio oculto, alto y presuntuoso, había un aparador de alzada de roble con la parte de arriba tipo gabinete con dos puertas centrales y otras dos, una a cada lado, con el vidrio biselado tallado en florones, estantes gruesos terminados en curva y arriba, alto y en el medio un remate de madera tallado con las mismas flores de los vidrios. Cuando lo vi un montón de emociones llenaron mi alma. Otra vez fui una niña buscando tesoros para jugar en la mesa enorme del comedor de mi abuela. Ese mueble vacío se llenó de voces, de olores y de sonidos que no tienen competencia entre mis recuerdos. Era igual al que había en la casa de mi abuela. Igual al que tuvimos enfrente durante todos los años de la infancia y la adolescencia. Igual, igual a mí cuando yo empezaba a ser yo.
Mi abuela, la del aparador, era una mezcla de mujer sacrificada y heroica con una niña a la que el mundo le resultaba siempre una sorpresa. Era dramática pero ingenua. Simple y laboriosa. Una mujer a la que fui conociendo de verdad a medida que yo misma me transformaba en abuela.
Venía de una familia con un montón de mujeres en la que solamente dos de los hermanos eran varones. Esto le daba a la vida de todos un componente especial. Ellas pasaban gran parte del tiempo juntas, con sus hijos de acá para allá. Siempre había tiempo para una visita, una charla o una tarde de costura juntas. Cuando crecimos, nuestras abuelas nos llevaban con ellas y nosotras estábamos encantadas. Y uno se pregunta ¿Cómo puede disfrutar una niña de ocho, diez, doce años una reunión con mujeres de la edad de su abuela? Sin embargo en cuanto ella decía que se iba a la casa de alguna de sus hermanas corríamos a pedirle que nos llevara. Allá íbamos, contentas por el programa.
Porque mi abuela se reía a carcajadas. Ella y sus hermanas se reían a carcajadas. Lo que ahora resulta inexplicable porque pensando en sus vidas, hijas de inmigrantes, teniendo que trabajar desde que casi no habían salido de la infancia, todas, menos dos, viudas muy jóvenes, con muchos hijos y casas grandes, uno no le encuentra la vuelta. Ellas tampoco se la buscaban. La risa era algo espontáneo e inevitable.
Allí estaban alrededor de la mesa grande, charlando, cosiendo, arreglado ropa de unos niños a otros, pelando arvejas, planchando un cuello almidonado y dando uno que otro coscorrón sobre todo a los varones que pasaban corriendo seguidos por el perro o los perros de la casa, alborotando todo y contagiando las risas.
Todo se desarrollaba con tranquilidad hasta que alguna de las hermanas contaba algo gracioso o se acordaba de algo que había pasado que pudiera tener apenas un rastro de humor. Entonces cualquiera de ellas empezaba a mostrar una especie de inquietud mientras le temblaba el pecho y se le iba transformando el rostro. Otra preguntaba “¿Qué?” y la primera apenas podía empezar a contar. Se les iban poniendo los ojitos pequeños y la boca grande. Empezaban a reír, y las cosas pasaban a mayores, una traía la otra. Se tentaban de cualquier cosa y la risa continuaba por un buen rato. Hasta que alguna se levantaba sacudiendo la cabeza como diciendo “¡Estas hermanas mías, qué pocos formales!” y preparaba la tetera para empezar con la merienda. Pero la mayor parte de las veces volvía la tentación, una miraba a la otra y todo recomenzaba. Si el relato era nuevo, se repetía una y otra vez y cada vez con más algazara. Si era conocido, bastaba una palabra hipada entre dos suspiros para que una y otra y otra hermana fueran agregando detalles como claves de entendimiento que las hacía cada vez más graciosas. Se secaban las lágrimas con aquellos pañuelitos bordados que siempre llevaban en el borde del escote y parecía que todo estaba en orden. Sin embargo al rato a veces bastaba una mirada de lado para que recomenzara la fiesta. Después terminaban la tarea, recogían la mesa, nos ponían prolijas y nos íbamos.
De aquellos días recuerdo los relatos más importantes y todavía me tientan, no tanto sus historias pero sí la manera en que me lo transmitían mi abuela y sus hermanas. A veces había tristeza, duelos, pérdidas, trabajos duros pero, finalmente, la rutina entre ellas tendía a ser suavizada, adornada por las risas que inventaban entre todas.
Me imagino que su reflexión era: la vida es dura, las cosas son difíciles, pero siempre hay lugar para una risa. Creo que la risa ablandaba sus desventuras. Riendo vencían a cualquiera de las dificultades que se les presentaban bastante seguido. Pero no se daban cuenta, era como correr bajo la lluvia después de un día de mucho calor. Uno se refresca, se alegra, todo cambia para mejor. Uno se querría quedar más tiempo bajo la lluvia y ya se ha olvidado del sofocón.
Mi abuela y sus hermanas se reían a carcajadas porque eran sencillas y amables. Porque apreciaban los buenos momentos, porque eran laboriosas y así como lo hacían con la ropa de la familia, arreglaban, cortaban, cosían y llenaban de belleza con sus bordados la vida que, de otra manera, hubiera sido un viaje aburrido sin más opciones que sufrir y quejarse. Ellas no pensaban en sí mismas. Estoy segura de que no tenían un conocimiento acabado y objetivo sobre quiénes eran y para qué estaban en este mundo. Sencillamente estaban en él y conseguían hacerlo más amigable y gentil, más agraciado y fino para sus familias.
Mi abuela se reía a carcajadas y de esa manera, nos regalaba el goce de vivir como si esto fuera fácil y atrevido. Como si fuera abundante y eterno. Como si uno venciera a la tristeza para siempre y siempre volviera a vencerla para toda la eternidad. Su propia idea de la eternidad solamente se relacionaba con las actividades de la parroquia, las procesiones de la Patrona del barrio y los casamientos, bautismos y responsos que alteraban periódicamente su vida. Pero ella no sabía que la creaba cada vez que se olvidaba de todo lo otro y se reía con todo el cuerpo, con todo el corazón y con toda el alma.
Ahora, en este tiempo pródigo que nos toca vivir, no nos estamos riendo lo necesario. Estamos muy conscientes de este mundo, de las cosas que pasan, de nuestro cansancio. Estamos muy ocupados, muy tensos, muy necesitados de tecnología, muy apegados a grandes emociones. Opinamos de todo, le tememos al ridículo más que a nada. Nos preocupamos por cosas que seguramente no nos pasarán.
No tenemos tiempo para reírnos.
No compré el mueble que me recordó a mi infancia. Es mejor el que tengo atesorado entre mis recuerdos. Pero me he decidido a reír todas las veces que pueda. A soltar el cuerpo, a dejarme llevar porque, al fin y al cabo, lo que nos queda de todo el camino es la parte de la alegría.
Nos encantaba ir de paseo con la abuela porque ella se reía a carcajadas. De eso no me olvidaré nunca.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

