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Hilachas que van tramando — Caminando por el precipicio

26 Jun

Caminando por el precipicio

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“Cinque Terre”.  Nombre magnífico por lo que evoca y lo que es.   Una tierra dura y escabrosa que se levanta en lo más azul del Mediterráneo, en la Riviera Italiana.  Son cinco pueblos arrinconados contra la montaña, como gemas estrelladas en las rocas que se asoman al mar.  Y entre ellos, senderos angostos que en algunos lugares caen al vacío.  Laderas llenas de flores de colores, viñedos pequeños que se esconden en las vueltas de las montañas.  Escaleritas rústicas que suelen ser difíciles de trepar y que salen de una casa hacia la otra o hacia el cuadrado de la labor de cada día.  Huertas, pequeños estanques para juntar el agua de las montañas.  Pobladores que son amigables y que se paran de una manera diferente, siendo cada uno un equilibrista diestro en eso de vivir sobre superficies que nunca son completamente horizontales.  Estos pueblos nacieron en épocas remotas y fueron construidos con el objeto de estar a salvo de los ataques de otros pueblos que venían del mar a conquistar, con sangre y furia, a saquear y llevarse hombres, mujeres y niños a la esclavitud.  Así se desarrollaron, ariscos y altivos porque nunca fueron dominados.  Terrazas y terrazas de colores comprueban el ingenio de los hombres para sobrevivir, su  voluntad para vivir, su infatigable asociación con la naturaleza que, aunque dura y severa, los cobijó durante siglos y siglos.  Verlos desde el mar es un espectáculo que deslumbra por su magnificencia y su belleza y, cuando ya arriba los recorremos pasando de uno al otro no lo podemos creer.  Hay algunos a mitad de camino del nivel del mar y otros por allá arriba, cerca del cielo.  Y lo más sorprendente: adentro de cada uno, una plaza central de piedra que imaginamos acarreada durante siglos.  Todos tienen una Iglesia más o menos milagrosa cuyo origen es antiquísimo, callecitas que permiten el paso de una sola persona, tabernas, casas, negocios, una vida llena de vigor y movimiento que no se llega a ver desde los bordes, desde donde sí se va muriendo el horizonte del Mare Nostro.  Nos dicen que hasta mitad del siglo XX había algunos habitantes de la zona que nunca habían bajado de la montaña.  Nos dicen que eran felices porque son y se sienten los dueños de toda la belleza del mundo.  Desde el Mar solamente se llega por barco, a pie o en el tren que va bordeando las rocas como si fuera de juguete. Llegamos según las instrucciones y empezamos a caminar, pasando por los cinco pueblos.  En un lugar una escalera de casi cien escalones, en otro un sendero sombreado con bancos para descansar y mirar los matorrales de flores, una casa y el techo con la parra.  Más abajo pequeñísimas playitas rocosas donde el mar se muere suavemente y que, en caso de peligro, eran cercadas desde muy arriba.  En una parte del paseo, entre dos pueblos, hay un camino de cornisa aunque es muy seguro se siente colgado sobre el abismo.  Es imposible caerse pero para mí que sufro las alturas se transforma en una prueba más o menos difícil.  Así  transcurre la jornada.  Entre cantos (estamos en Italia), buena comida y un vino cantarino de la zona (estamos en Italia).  Más tarde volvemos a la ciudad cercana desde donde a la mañana siguiente nos despediremos de nuestros amigos.

Me cuesta dormir porque he pasado un día lleno de emociones y no quiero perderlas.  Antes de cerrar los ojos me siento otra vez en el camino que bordea el precipicio.

Como la vida.  Como mi vida y la de todos.  Con los precipicios pasan muchas cosas.  Uno va o lo llevan.  Mira para abajo aunque le recomiendan no hacerlo o camina con la vista en alto para no tener miedo.  Sabe que depende de los demás y espera que no se lo cruce algún atrevido o bromista o imprudente que lo arrastre al abismo.  Suele temerle pero también disfruta de ese temblor helado que lo despierta y lo pone en alerta.

¡Me pregunto cuántos precipicios habremos recorrido y ni siquiera lo supimos!  La vida es tan incierta y tan repentina que nunca lo sabremos.  Nunca sabremos cuántas veces hemos sido salvados, cuántas nos guiaron a tierra segura, cuántas evitaron que nos asomáramos, y, finalmente cuántas veces salimos indemnes de todo peligro.

Y ¿las veces que caímos en él por nuestra propia imprudencia?

Decía la abuela: “Primero pensar, después decir, y recién entonces, hacer”.

En las cosas importantes ésa es la regla.  En las cosas que nos relacionan con los demás, que siempre son las más importantes, primero pensar lo que nos está pasando, a mí y a ellos, pensarlo bien para no cometer errores importantes.  Después decir lo que nos pasa, lo que queremos hacer, lo que nos emociona, lo que nos ha llevado a dejar de amar o al amor  que nos impulsa a cambiar la vida por otro.  Y decirlo con delicadeza, con compasión, para mí y para él, contar con su humanidad que puede sufrir o gozar con lo que yo digo.  Decirlo dándole el lugar preferente en lo que está pasando.  Decirlo como si no quisiera decirlo o como si fuera lo más importante de mi vida.  Escuchar del otro sus emociones, sus angustias, sus ansiedades y lo que lo hace feliz.  Lo que cree.  Escuchar al otro.  Decirle lo que me pasa y escuchar al otro.  Y después, hacer lo que haya que hacer.

Si lo hacemos al revés estamos caminando por el costado del abismo.  ¡Cuántas veces hemos caminado al costado del abismo!  Por temperamento, por falta de reflexión, por egoísmo u omnipotencia.  Y hemos caído arrastrando con nosotros a los que más queríamos o a los que no lo merecían.  Y nos hemos comprometido sin razón o escapado de lo que debíamos hacer o defender.

Ése es uno de los precipicios que la vida nos tira de frente cuando no lo esperábamos, cuando el paisaje parecía llano y recto, sin curvas escondidas y al ras de la tierra, que es como caminamos todos los días.

Cuando algo es importante.  Primero pensarlo, después decirlo y recién entonces hacerlo. Y volver del viaje a un lugar seguro, sin pesares ni abismos.

Los cinco pueblos increíblemente hermosos son:

Monterosso al MareVernazzaCornigliaManarola, and Riomaggiore.  Los recordaré toda mi vida y espero volver a visitarlos algún día.  Allí, en la montaña, cayéndose al mar azul, llenos de hombres y mujeres valientes que han hecho su vida en equilibrio, caminando con toda elegancia por los bordes de los precipicios.  Cierro los ojos y me animo.

 PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Suficiente–Demasiado

1 May

SuficienteDemasiado

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Este capítulo debería llamarse Camogli y la balanza,  porque la imagen  de esa bella ciudad de Italia se interpone a cualquier intento de reflexionar sobre temas concretos.

Sólo visiones y visiones de las pequeñas casas montadas sobre calles de diferentes niveles, calles empedradas y sinuosas que suben y bajan y se encuentran en esquinas de ángulos tan cercanos  que extendemos los brazos y  alcanzan para contenerlos.   Una para arriba, otra para abajo siguiendo lo que habrá sido el sendero de las mulas cuando Europa era nueva.

Las casas mágicas de Camogli tienen la entrada en la calle de arriba, con el patio bien abajo  y para acceder debemos cruzarlo con  un puentecillo privado, de barandas de hierro adornadas con forma de flores y racimos de uva, producto de la imaginación de algún artesano enamorado.  Los patios, de cerámicos de colores y plantas airosas,  están enganchados a la parte posterior, abajo, donde está la otra entrada- salida, que, ahora sí, da a  la bahía y al mar. Uno se pregunta cómo será vivir en una casa entera de escaleras y recovecos.  La bahía es pequeña y rodeada de edificios apiñados y agarrados como temblando a las laderas;  y parece que fueran a caerse o a volar. Todos de colores pastel y engañosos porque  en muchas paredes hay dibujos de ventanas y paisajes y frentes de casa de paredes amarillas y persianas verdes que se mezclan con las verdaderas hasta que uno no sabe dónde está la verdad y dónde los sueños. Como si los habitantes de  la ciudad quisieran confundirnos para que no nos quedemos.  Para que “se enamoren de nosotros, nos amen y después se vayan”.

Camogli  – Caso delle Mogli, “la casa de las esposas”. La historia es la de las mujeres de los pescadores que quedaban en el pueblo, vacío de hombres cuando estos salían a pescar.  Ellas  pintaban y pintaban sus casas, cada una de un color diferente para que sus maridos las reconocieran cuando estaban volviendo del Mar Nuestro y fueran palpitando el abrazo que festejaba otra victoria de la vida sobre la tormenta.  Casas que, cuando no volvía un pescador, dejaban de pintarse por años hasta que algún varón de la familia tomaba su lugar y empezaba el nuevo desafío.  En esta ciudad las casas se mezclan sin morigerarse, al contrario, se exaltan, se ponderan y se atropellan, como las flores multicolores que caen en cascadas de las rocas; las armonías y los contrastes, los colores, los desniveles, la historia, los sonidos y el sol sobre el mar más azul de la tierra.

Caminando por una de las callecitas interiores pasamos por una pequeña tienda de antigüedades que ¡son antiguas cuando se trata de Europa!  En la vidriera atiborrada de cosas había una balanza de dos platos dorados, con el triángulo de la aguja en el medio. Larga y retacona, negra, fileteada de dorado. Brillante y desdeñosa, como si le tocara pesar las injusticias del mundo. Me enamoré.  Tuve que pelear para comprarla y convencer a mi amigo de que podíamos traerla en el avión.  Aunque reconozco que fue muy difícil, lo logré.  Me la desarmaron y la colocaron en una caja más o menos fuerte. Era del siglo XIX, de origen alemán pero, según el vendedor, se había venido para Italia a buscar sol y alegría.  Después se vino con nosotros para enseñarnos algunas cosas de la justicia.

En el puerto, en plena bahía al amparo del mar nos sentamos aquella tarde de verano. Los barcos se mecían a destiempo y el rumor de las olas golpeteando contra el muelle nos producía una especie de serenidad ideal para disfrutar del atardecer. Habíamos comprado un buen vino rosado y dos copas de cristal que todavía se lucen en la vitrina que tengo ante mi vista.  Levantamos nuestras copas para que las últimas luces las atravesaran.  Éramos tan jóvenes como ahora que no somos tan jóvenes.  Y tan felices como ahora que ya no somos jóvenes.

La balanza y Camogli me robaron lo suficiente y lo demasiado.  Uno de los conceptos más precisos y sutiles que tenemos que distinguir en cada momento de nuestra vida.

¿Cuánto es suficiente y cuánto demasiado cuando amamos? ¿Cuándo es suficiente el esfuerzo en nuestro trabajo y cuándo es demasiado? ¿Cómo reconocemos el momento de ceder, si se nos confunde el demasiado pronto con el demasiado tarde? ¿Es suficiente la regla de vida con nuestros hijos o les pesamos demasiado?  ¿Tenemos suficientes cosas o nos están aplastando los “demasiados”?  En una sociedad que convoca para que todo sea “demasiado”, ¿quiénes nos ayudan a reconocer lo “suficiente”?

¿Soy una mujer, una amante, una madre, una hija, una hermana, una amiga “suficiente” o peso en los demás con un “demasiado” rotundo que los aleja de mí? ¿Pido demasiado? ¿Doy lo suficiente? ¿Me dan de más o está todo bien? ¿Alguien se sobrepasa o yo me quedo corta? ¿En qué? ¡En todas las cosas de la vida cuyo valor ya debería conocer a esta altura de la mía!  Pero somos muy humanos los humanos. No tenemos el juicio certero. Vamos y vamos caminando por las callecitas de lugares como esta ciudad bellísima y no damos siempre en la tecla de la justicia! Por ahí, entonces, se cuela el dolor que provocamos unos a otros. En una de ésas todo se trata de saber elegir las pesas y ponerlas adecuadamente en la balanza.

Confusiones de vida que no se resuelven con facilidad. Reflexiones que siempre tienden a mejorarnos. Cruces de caminos que nos ponen en el lugar más armonioso y nos permiten ser más felices y hacer más felices a los demás.  Imposible es, para mí, descubrir el punto exacto en el que se cuele la justicia.

Saco de su caja las pequeñas pesas doradas que se escalonan de una manera casi graciosa, como soldaditos de juguete, las tengo en mis manos, le doy a cada una un nombre especial y las voy alternando en la balanza como si yo conociera el valor exacto de cada cosa.  Todavía, a esta altura de mi vida tengo un largo camino para recorrer y, casi siempre, como todos, seguiré  eligiendo reiteradamente  con mis sentimientos y mis emociones.  Que Dios me ayude.

Esperaré a mi amigo con una copa de vino rosado y lo voy a invitar a repetir un atardecer en Camogli, como para que esta hermosa ciudad se quede en nuestro futuro. Que siempre esté en nuestro futuro.

PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS.