Hilachas que van tramando
Autoridad en la Familia XVIII
Conocer a los Hijos
Llueve copiosamente. El ánimo se va tensando y luego se decae. Prestos a retozar en la playa sin embargo estamos obligados a encontrar la belleza de las tardes de jardines verde esmeralda, flores que gotean brillos de luz, caminos embarrados, mesas con manteles a cuadritos y torta de manzana. Los niños se impacientan. Cada uno a su manera se entretiene, se cansa y molesta. Se pelean, se amigan, salen al jardín y vuelven empapados, duermen mal porque no han hecho suficiente ejercicio. Es un buen momento para descubrir en cada uno de ellos la mochila de su mundo personal que los hace más o menos resistentes a las contrariedades como será la de no haber podido ir a la playa, programa que esperan con ansiedad desde los últimos días de clase.
El armario de los juegos y los juguetes ocupa toda la pared de una habitación. Es el mundo maravilloso en el cual se van amontonando los que traen cada año y no se llevan. Los que dejan los Reyes Magos, los de los cumpleaños del verano. Los niños crecen y van dejando los juguetes para los otros niños que van llegando a la familia. Así se acumulan muñecas sin vestidos y vestidos sin muñecas con vías del ferrocarril que ya no llega a ningún lado, soldaditos, coches de paseo y de carrera, pelotas de todos colores y tamaños. Hay pistolas de agua, historietas añejas, casitas de muñecas, rompecabezas, aros y juegos de damas. Naipes, pistas de carrera de coches, puñados de indios y cowboys de plástico, juegos de mesa. Cosas y juguetes que recrean la infancia antigua desde los abuelos, como una caja de Pandora pero feliz, desparramando costumbres, sueños y recuerdos de los que fuimos creciendo, de nuestros hijos y de nuestros nietos. No una vez, muchas, he advertido en la mirada de uno de mis hijos y en su emoción el hallazgo de un “pedazo” de juguete que le devuelve tiempos increíbles de su propia infancia.
Los niños son la parte más importante de la vida, colorean las familias y les dan consistencia, sus juegos nos encantan y nos hacen crecer. Una de las cosas inefables cuando se trata de los niños en la casa es que inevitablemente son distintos y nos ponen frente a lo distinto que somos nosotros. Ellos nos muestran categóricamente la calidad de “único” que tiene cada ser humano en esto de lidiar con la vida que corre.
La “unicidad” es la condición humana por excelencia. Es lo que nos define primariamente ante cualquier otra criatura de la Creación. Cada uno de nosotros es todo lo que es y solamente lo que es y no hay nadie igual a nadie. Hermosa complejidad y hermosa sencillez.
Ante Dios exponemos la única condición que nos hace iguales a Él. Y lo aprendemos antes que nada de los niños…si sabemos verlo.
Cada uno de nuestros hijos es distinto a los otros y cada familia es mejor si hay más “distintos”.
¿Lo hemos pensado alguna vez? Cada uno tiene su temperamento, sus dones, sus debilidades. Cada uno pedirá lo que necesita que es distinto a lo que necesitan los otros. Cada uno resolverá sus problemas de una manera ingeniosa o se moverá en un mar de dulce de leche. Cada uno tendrá más despierta y más imperiosa su parte motriz y el otro dejará que lo guíen los sueños. Éste será rápido y brillante, aquel reflexivo y sereno. Uno que llora por nada y el otro que aprieta los labios, lleno de amor propio, y se calla. El más remolón y el más activo. Y podemos seguir todo el tiempo que quieran señalando las cosas que definen a cada uno de nuestros hijos.
(No es una mala idea una buena lista hecha en conjunto por mamá y papá, con los rasgos principales de cada hijo, aclara muchísimo los conceptos.)
Seguimos. Estamos hablando del Conocimiento de cada hijo.
Cada uno merece nuestra mirada inteligente, comprensiva y sabia. Es indispensable que los podamos reconocer unos de otros y es esa mirada del padre la que configura una personalidad segura y firme. Los que nos miran nos recrean, nos guste o no. Un padre que mira conociendo aprende a respetar, a comprender, a perdonar, a apoyar, aprende a impulsar a su hijo por el camino adecuado.
Al hijo hay que mirarlo pero, sobre todo, hay que verlo.
Y, cuando lo vemos tal como es, podremos aceptarlo tal como es. Curiosa y fantástica necesidad que tiene el hombre, Ser conocido y aceptado por su padre. Con la salvedad de que hay una diferencia contundente entre:
La aceptación del hijo y la aceptación de lo que hace el hijo.
Hay que reprobar lo que él ha hecho mal pero no reprobarlo a él.
Pensemos, pensemos, pensemos. Esa diferencia debe estar siempre presente en la vida de relación con nuestros hijos.
Fuente de grandes dolores es la confusión entre mi hijo y lo que él hace, para bien o para mal.
Cuando hace algo bien no podemos transformarlo en un héroe, cuando hace algo mal no debemos hacerlo un villano.
De lo anterior deducimos que hay dos cosas totalmente negativas en el trato hacia nuestros hijos y que aún siendo padres bien intencionados solemos hacer con más o menos asiduidad y más o menos gravedad:
- Rotular a nuestros hijos
- Comparar a nuestros hijos con sus hermanos o con otros niños.
Ambas cosas deben desaparecer totalmente en nuestra relación con ellos. Ambas nos hablan de un desconocimiento profundo de cada hijo. En la vida de la familia traen desconsuelo y falta de autoestima.
Como hemos dicho en otras ocasiones:
Decir : “Eso no es verdad” y no decir “eres un mentiroso”
“Tus cosas están desordenadas” y no decir “Eres un desastre”
“No hiciste tu tarea” y no decir “Eres un vago”
Podemos seguir horas y horas dando ejemplos sobre el tema.
Relacionamos este conocimiento del hijo que hará tanto bien a su educación y a él mismo, con el tema de los premios y los castigos del que ya hemos hablado anteriormente.
El premio y el castigo tienen que ver con lo que el niño hace y no con lo que el niño es”
Castigo a Pedrito porque rompió el vidrio con la pelota en un lugar que tenía prohibido jugar a la pelota pero no porque es travieso.
Conocer significa no rotular.
Conocer significa no equivocarse de niño.
Conocer es no tener prejuicios y proceder con cada niño como él lo merece.
Conocer es no discriminar, es darle a cada uno lo que le es propio.
En el segundo de los conceptos diremos con toda seguridad y firmeza que:
Solo debe compararse a un niño con lo que él mismo es capaz de hacer. Sólo consigo mismo.
De lo contrario ponemos a los niños en un camino amargo de la competencia fuera de toda competencia. Cada uno tiene sus dones y sus características y compararlos es engañar a unos con otros.
Debemos lograr que la realización personal sea en el plano individual de cada uno. Lo mejor que puede ser él mismo. Otra veces lo hemos dicho y seguiremos repitiendo “El héroe que llegará a ser lo que era.”
La vieja fórmula de las abuelas sabias que nos “hablaban con leyendas y nos llenaban el corazón de creencias y las manos de castañas y nueces”:
“Tratar a todos los niños en forma diferente y amar a todos por igual”
Esos niños y niñas que vienen al mundo a alegrarnos la vida, cada uno, cada uno con su propio encanto, su sonrisa y su mirada. Todos distintos para llenarnos de colores. Que Dios nos permita verlos a cada uno como es y que los bendiga a todos. ¡Que así sea!
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.
