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Podría ser yo…

16 Dic

PODRÍA SER YO…

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Salía para el supermercado.  Un atardecer sereno se caía sobre el río.  Del otro lado la ciudad relumbrante y poderosa se iba desvaneciendo en el agua.  Todo brillaba pero en silencio.  Caminé por el boulevar disfrutando de ese momento cuando oí música y cantos que venían desde una calle lateral.  Resultó ser una procesión en honor a la Virgen de la Consolata que agrupaba a una buena cantidad de gente.  Lo de siempre, cantos, velas, flores, niños y mujeres con una profunda piedad, hombres con unas capas celestes y otros hombres, los sacerdotes, con sus túnicas blancas orladas de verde.  Adelante y al final sendos patrulleros que acompañaban el recorrido con sus luces de colores.

Como tantas manifestaciones religiosas de distintos credos, que siempre respeto y trato de compartir, porque Dios es uno solo.  Uno solo.  Por suerte y, aunque a veces lo tratemos como si fueran muchos, es uno solo.  Y nosotros le hablamos de distinta manera.  Lo que pasa es que todas las buenas maneras complacen a Dios no importa de donde vengan, ni de quien vengan.  Y eso es muy bueno.

Casi en la mitad de la procesión, unos hombres llevaban en andas una imagen de la Virgen.  Lo hacían con los pasos tan clásicos en la liturgia católica, la imagen era preciosa y yo empecé a acompañarlos desde la acera, casi sin darme cuenta.  Casi sin darme cuenta estaba rezando en silencio y casi sin darme cuenta estaba llorando.  Sin consuelo y, aparentemente, sin motivo.

Era el día en que en todo el mundo se invitaba a rezar por la Paz.  Ahora que  lo estoy contando se me hacen ilegibles las palabras en la computadora, estoy llorando.  Estoy hablando de la Paz y estoy llorando.

Por la Paz que no es simbólica, es lo que se refiere a hombres, mujeres y niños.  Todos ellos sufriendo situaciones absolutamente injustas, más injustas ahora, en este tiempo presuntuoso en que nos creemos que ya estamos de vuelta de todo y que sabemos lo que son los derechos humanos y que es malo discriminar, y que la libertad es un bien inevitable, y que todos queremos ser más buenos que los otros, y que el mundo tiene que ser de todos.  Y todas esas cosas que nos hacen sentir bien.

Ellos se mueren, se mueren en las calles entre los escombros, se desangran hasta que cesa el fuego y alguien los levanta para sacarlos del medio, se mueren entre incendios y gritos.  Lo peor no son los gritos, lo peor es cuando llega el silencio.  Y el espanto.  Y ese niño de poquitos años que vaga por las calles ensangrentado y ha perdido a su familia, y también su vida y su identidad porque todo quedó hecho polvo y nadie sabe de dónde vino.  Las mujeres van a parir oyendo el tableteo de las ametralladoras, los soldados corren como conejos que serán cazados, en algún momento serán cazados.  Los jóvenes se arriman a las paredes porque tienen miedo, porque todavía no han vivido nada y temen que no han de vivirlo.  La mayoría no ha de vivirlo.  Se mueren los niños y los ancianos y los hombres y las mujeres porque la tragedia los iguala como miserables seres que no tienen ningún derecho.  Hay sangre por todos lados, no hay calmantes.  Y cuando pasen los días no habrá comida.  Ni agua, ni médicos, ni piedad ni consuelo.  Sólo seres desventurados a los que el zarpazo de la muerte les llegó de la mano de otros seres que no saben lo que hacen.  Unos y otros perdiendo lo que tienen de humanos.

Les ha explotado la vida de todos los días, se les ha acabado la vida de todos los días.  No tienen más, nunca más, la vida que tenían hasta hoy.  La preciosa vida que creían que les estaba perteneciendo.

Los más afortunados se irán por las fronteras llevando consigo lo poco que puedan.  Y después caerán como bolsas de plomo en otras comunidades en las que no tienen cabida.  ¡Cuántas veces hemos visto o imaginado pueblos enteros caminando sin rumbo y por los caminos de Dios dejando caer las cosas que se van haciendo más y más pesadas!  Desaparecen los juegos y las escuelas, llega el hambre, la prostitución y las venganzas.  Se oye gritar bajo los escombros, alguien perderá la vista y otro las piernas.  Alguien perderá la cordura porque el dolor y el miedo reemplazan a todo lo demás.  Se perderá el marido de la esposa, los hijos, los hermanos entre ellos, algunos nos sabrán nunca qué pasó con sus seres queridos.  No habrá más una plaza, ni una escuela, ni el negocio del barrio adonde los vecinos hacíamos tertulia.  Nadie tendrá una sinagoga, una iglesia o una mezquita para rezarle al Dios de todos, que es uno solo.  Nadie tendrá un templo, sea cual sea su Fe.  Y todos se sentirán abandonados.  En tinieblas porque Dios está en silencio.  Y más gritos y más sangre, y más ruido y más hambre, más dolor y más crueldad, y muerte, muerte, muerte.

¡Quién nos dijo a nosotros los hombres que podemos matar a otros hombres?  ¿Quién nos volvió locos de tal manera que cortamos de raíz la vida de otros seres humanos, su felicidad, su esperanza, sus derechos, sus cuerpos?  ¿Quién tiene derecho a destruir una casa, todas las cosas ajenas, los recuerdos, las fotos, los libros, los hijos?

En toda la historia los hombres pelearon guerras para cambiar sociedades.  ¡¡Pero eran otros tiempos!!!  No sabían mucho unos de otros, eran todos extraños, el mundo muy grande y las culturas muy diferentes.  La maldad tenía excusas.

¡Pero en el Siglo XXI!  Todos conocemos la cara de todos.  Sabemos lo que pasa aquí y allá.  Matamos lo conocido.  No podemos mirar para otro lado porque todo lo que pasa, pasa en nuestra casa.  En nuestro televisor, en la tableta o en el teléfono.  Siglo XXI absurdo en su impiedad.  ¡No tenemos excusas!  Sabemos que somos todos iguales, sabemos que el mundo tiene ciertas dimensiones.  Oímos lo que hablan, lo que cantan, como aman y en lo que creen; ningún rostro, ninguna cultura nos sorprenden, nos mimetizamos en las modas, nos entendemos en los miles de idiomas que hablamos.  No.  ¡No puede haber más guerras en este Siglo XXI!  Y, sin embargo, éstas aparecen en uno u otro lugar de la Tierra, da lo mismo, la crueldad y el horror no tienen Patria ni territorio.  Y los seres humanos somos todos iguales.  Algunos, sin embargo, son menos iguales que otros.  Me quedé en un rincón temerosa de seguir caminando hasta que unos brazos fuertes y torpes me abrazaron.  Por primera vez, ¡por primera vez en mi vida no sentí ningún consuelo!  Sólo le dije “¡Podría haber sido yo!”

¿Quién me preservó de tales demonios?  ¿Quién manejó esa lotería diabólica que hace que algunos tengamos todos los derechos y otros todas las desgracias?  ¡Podría ser yo!

Lo único que podemos hacer es tomar consciencia de que esto no es justo. De que esto es letal.  Que por cada hombre que muere en una guerra se pierde un poco de humanidad para todos. Debemos hacer que ese convencimiento vaya venciendo la fuerza de los malvados.  Que se sienta en el mundo entero la ira de los justos.  Debemos rechazar la violencia.  Debemos manifestarnos cada uno a su manera.  Ya no hay ninguna excusa para la violencia en este Siglo XXI.  Vamos a rezar, cada uno en su credo, a un Dios que a veces parece que está en silencio. Vamos a hacerlo cada uno en su idioma, y otros a la Naturaleza y a los duendes del bosque, y a los cielos y a la Tierra.  Cada uno a lo que crea que tenga una fuerza superior para terminar con toda esta locura.  Vamos a rezar porque podríamos ser ellos.  Somos ellos.  Somos otra parte de ellos.  Vamos pensar en la Paz.  Vamos a hablar de la Paz.  Vamos a exigir la Paz.  Todos, todos  tenemos derecho a gozar de la Paz.  ¡Podría ser yo!

Bajo la cabeza con toda humildad, les pido a los otros que me cobijen, que me cuiden, porque podría ser yo.

Que Dios nos ampare a todos.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando – El silencio: culpa o desprecio

16 Abr
El silencio: culpa o desprecio
 
Hoy es un día de sol radiante. Las sombras de la inundación parecen haber quedado atrás. Mi casa está invadida de cosas para secar. Lo más engorroso son los libros, los preciosos libros que deben pasar por un largo proceso para recomponerse y que están cubriendo los pisos de una buena parte de la casa. Me siento a la computadora para volver al trabajo que ya tengo bastante abandonado desde aquel martes de malas sorpresas.
Pero no puedo. El deber va para un lado y las emociones para el otro. Todavía estoy atravesada por las revelaciones del programa que el domingo a la noche descubrió la locura de una corrupción atroz que hiere a todas las capas de nuestra sociedad. La acusación, por lo desmesurada, parece extraída de una película de ciencia ficción. En la cual a la vista aparecen bolsos de dinero que se pesa; individuos despreciables, amorales, arrogantes, con una falta de inteligencia tan notable como los monigotes de los teatros de títeres, a los cuales les falta altura hasta para ser parte de la mafia. Acusaciones que llegan y sacuden instituciones tan fundamentales como la del Presidente de la Nación Argentina.
¿Se escucha bien?  Presidente de la Nación Argentina. En negrilla y subrayado. El concepto hace temblar por lo categórico. El Presidente de la Nación Argentina.  Y me corre frío. Lo primero que se me viene a la cabeza es una especie de dibujito animado en el que veo desmoronarse y caer, uno por uno, todos los edificios emblemáticos de la República. La Casa Rosada, el Congreso de la Nación, el Palacio de los Tribunales. Después, como una carrera de dominó, caen cada escuela, cada hospital, cada carretera, cada dique. Los campos cultivados, cada fábrica. Todos los clubes, las bibliotecas, los negocios. Cuando le llega el turno a la Cordillera, ella arrastra a cada uno de los ciudadanos de esta Patria desconsolada. Y allí estamos todos, los niños, los hombres y mujeres de todas las edades, los religiosos y los ateos, los sanos y los enfermos, los buenos y los malos,  los que pensamos igual y los que disentimos, los inteligentes y los simples, los ricos y los pobres, los justos y los réprobos. Todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra magnífica.  Todos cayendo desordenadamente en la fosa inmunda de la corrupción. Víctimas de la soberbia y el poder.  Todos, todos, todos.  ¿Es desmesurada mi visión?
Estamos hablando de corrupción inédita, primaria, en la persona de quien o quienes ostentan o han ostentado el cargo de Presidente de la Nación Argentina
 
Debo reconocer que estoy pasada de emociones, que el corazón me palpita y que lamento por aquellos que no estén hoy sorprendidos, preocupados, asustados, los que no vean la realidad más extrema, que nos amenaza a cada uno y a todos nosotros.
Hay dos posibilidades.
La primera es que todo sea la creación de un megalómano que puso en vilo a la sociedad y se aprovechó de la buena fe y la preocupación de uno de los periodistas más importantes del país.  En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
La segunda es que todo sea verdad, que estamos en un lugar y un tiempo desgraciados que pueden arrasar hasta con nuestras esperanzas de un país mejor. En todo caso, lo imprescindible y lo urgente es, ya mismo, abocarse a una investigación profunda. Y, eventualmente, aclarar las cosas.
Si todo lo denunciado es verdad queda una sola posibilidad: los culpables deben pagar lo que han hecho al pueblo de la Nación Argentina. Deben ser castigados con la fuerza de la Ley. Y deben devolver lo que han robado.
Si lo denunciado es mentira, los acusados merecen ser resarcidos absolutamente del daño que se ha hecho a su honra y reputación. Y en eso tenemos que coincidir todos los argentinos. Y ¡ojalá así fuera! Porque entonces respiraríamos aliviados porque hemos escapado de un magnicidio en lo que se refiere al pueblo argentino.
Pero en los dos casos, lo único que no podemos aceptar es el silencio sobre el tema.
Cuando uno es acusado de algo muy grave y lesivo, que afecta a su honra y a su vida, debe hablar todo el tema con las personas que respeta y que ama; aclararlo y satisfacer toda la inquietud de aquellas personas. Lo contrario es desprecio total para aquellos con los que tenemos una relación seria, para aquellos que nos importan, que queremos o que respetamos.
El que siendo culpable calla, otorga. El que calla siendo inocente, desprecia y falta a su obligación de llevar tranquilidad a los otros.
cabildo
Nosotros, los ciudadanos de la Nación Argentina merecemos tales explicaciones, somos los dueños de la transparencia debida.
Debo reconocer que tengo los ojos llenos de lágrimas. Que estoy asustada, impresionada como cuando tenía el agua en el subsuelo de mi casa y la oía golpear contra las paredes como un animal sucio, desconocido y malvado.
Estoy necesitando, como cuando era una niña, que nuestros mayores me arropen, me aclaren y me aseguren que todo está bien, que estoy cuidada y que esto es un mal sueño.
¡Qué Dios nos cuide y nos proteja a todos los argentinos!!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS

Hilachas que van tramando – El sol en las vías y todas las emociones

11 Abr

Hilachas que van tramando

El sol en las vías y todas las emociones

              En la estación de mi infancia, para ir de un lado al otro, cruzábamos el puente sobre las vías.  Era magnífico, ancho muy ancho  y alto, muy alto, con los laterales de rejilla gruesa terminados en una cinta chata  de hierro que los sostenía como a un gigante.  Era color verde inglés, emblemático en aquellos tiempos de estaciones con casas enormes e importantes, de techos de tejas a dos aguas, que se repetían a lo largo de todo el trayecto desde la provincia hasta el centro de la ciudad.  El piso del puente tenía planchas muy grandes de cemento color gris, separadas por  apenas una línea de espacio entre una y otra. No se llegaba a ver nada abajo, pero nosotros, pequeños aventureros de seis y siete años vivíamos, cada vez que lo cruzábamos, la gran aventura de ¡¡¡poder caer el vacío!!!  A pesar de que nos costaba subir, los privilegiados éramos, sin duda,  los que para ir y venir del Colegio cruzábamos el puente todos los días. Las escaleras eran inmensas e interminables, con el mismo enrejado grueso en sus laterales, por lo que la sensación era la de estar entre el cielo y la tierra y ver todo hasta el horizonte.

Cuando volvíamos del Colegio en los días más cortos del otoño o el invierno y ya cerca del atardecer, nos deteníamos para mirar hacia el sol que, a lo lejos, caía en dirección a Pilar como una bola de billar incandescente, para meterse entre las  vías que se hacían una sola al final del sendero.

Éramos uno solo, el puente inmóvil y enorme, las vías brillantes con el sol que caía atrapado entre ellas más allá de nuestra vida y más acá de nuestros sueños y nosotros apretujados de guardapolvos blancos no tan blancos, manchadas las manos de tinta y las ganas de llegar para tomar la leche mientras escuchábamos las aventuras de Tarzán o Poncho Negro que nunca estaban en el puente como nosotros, pero que hubieran merecido conocerlo.  Nos colgábamos con los dedos del alambrado y recuerdo que permanecíamos en silencio y casi conteniendo el aliento hasta que el sol hubiera desaparecido de nuestra vista.

Los días nublados esos atardeceres eran magníficos porque desde el puente se veían diferentes a lo que podía verse al nivel de la calle. Rosas y amarillos, fucsias, azulinos y colorados atravesaban ondulantes todo el espacio. Nácar  y dorados se caían  al poniente para que yo los recordara ahora con una nostalgia persistente que me atraviesa sin piedad,  por aquellos chiquillos que éramos tan curiosos, tan ruidosos y llenos de vida y que, sin saberlo, estábamos aprendiendo a emocionarnos.

atardecer vias

Una tarde la maestra de tercer grado nos llevó al puente para enseñarnos los Puntos Cardinales. Y allí empezó otra historia. Primero miramos el sol, después nos hizo señalar su caída con la mano izquierda, aprendimos a que ése era el Oeste.  Al frente el Norte, atrás el Sur y  quedaba el Este por donde nacía el sol cada mañana.   No sólo quedó grabada la lección de geografía–a partir de ese momento fui la dueña de todos los caminos. Mi casa estaba al Norte de la tuya y Tierra del Fuego se había acercado bien desde el Sur.  Todos los mapas encontraron su razón de ser y ningún lugar en la Tierra me sería indiferente. Muchos años después atravesando la Cordillera se completó mi historia cuando sentí que ella era tan imponente, tan inmensa y majestuosa como el puente de mi infancia.

 ¡¡¡Las emociones!!!   Los estremecimientos del alma, la inquietud que se despierta  cuando vamos más allá de la razón y nos dejamos llevar por la belleza, o por la ternura. Cuando jugamos con nuestros sentidos, nos agitamos, nos inquietamos.  Exaltaciones, estremecimientos que nos hacen tan humanos como frágiles. Las emociones que se manifiestan en cambios de semblante, rubor, sonrisa y miedo. Cuando queremos transformarlas, compartirlas, mirar a quien amamos y temblar sin motivo. Cuando tenemos miedo y cuando nos conmovemos.  Todos los estados alterados por nuestra condición de seres humanos tan gozosos y, a la vez, tan inseguros si no podemos controlarlas.

Las emociones que nos pertenecen y nos completan, siempre y cuando sean legítimas.  Así recuerdo a las de “antes”.  Legítimas porque nacían de emociones propias, sin el impulso de una cultura demasiado agresiva. Porque no eran tantas y estaban reservadas a lo personal y compartidas por los que estaban en la misma situación.

Llegaban desde la pantalla cuando el cine era la única máquina de sueños. Desde el patio del colegio en el día de la fiesta Patria cuando cantábamos el Himno y nos sentíamos uno solo.  En las ceremonias de casamiento que sellaban un sueño común a casi todos.  En el amanecer de la playa donde íbamos con mamá y la tía Rosa, y nos quejábamos y nos quejábamos porque no nos gustaba madrugar y después, en silencio, hacíamos nuestro saludo asombrado al sol que se iba desperezando en la arena.

Cuando por primera vez nos besábamos con el corazón acelerado. Cuando se cruzaban miradas de encuentro y de despedida entre amigos o entre amantes.

Cuando nos asomábamos a la cuna de un recién nacido. Cuando él empezaba primer grado y cuando aparecían los primeros brotes del ciruelo descubriendo la primavera.  Cuando escuchábamos aquella melodía precisamente la que sonaba un día inolvidable de verano.

Emociones, emociones. Inevitables, importantes y  legítimas, eran las que subrayaban nuestra condición de personas, de una manera tan natural como contundente.

A veces siento un poco de pena por el número infinito de emociones devaluadas y gritonas que ahora nos proponen muchas veces, y que son provocadas por personas que no saben nada de la vida, por lo menos de la vida verdadera, de la que tiene la dimensión de lo «humano».  La pena es por los jóvenes cuando se los exalta para la mediocridad, en el mal gusto, en el bochinche y el desenfreno. En lo que no conocen.

Entonces nos cansamos de oír que muchos se “aman” aunque sean desconocidos, muchos se “mueren” por banalidades, muchos se enojan y se maltratan, gritan sin escucharse, al menos con la palabra,  porque la calesita de los sueños gira en el mundo del absurdo. Vemos llorar y reír con sentimientos que no conocemos o en los que no creemos porque intuimos que nacen de la histeria, del agotamiento o de la frustración peligrosamente provocada con el afán de dominar ¡vaya a saber uno qué mundo!

Muchos de  los mayores responsables “emocionan” a los más jóvenes saturándolos de experiencias cuando menos desagradables, cuando no obscenas y desaforadas. Agotadoras, frenéticas. Que les roban tiempo de su vida, los confunden y los angustian.

Entonces creo que me gustaría tomarlos de la mano, uno a uno, a los niños tan amados, y llevarlos a mi puente encantado, en silencio, despacio, y dejarlos gozar de una puesta de sol al oeste, donde se terminan las vías;  y después caminar con ellos por el jardín de la estación, deteniéndonos a comparar las flores de colores y alguna mariposa perdida, para seguir a casa bajo la mirada sonriente de los adultos que nos cruzan, a tomar el chocolate caliente y dejar que el corazón se acelere con la tonada que nos anuncia el programa de Tarzán o Poncho Negro.

Me gustaría hacer desaparecer para ellos todo el mundo de emociones artificiales y agresivas. Me gustaría que pudieran emocionarse por sí mismos, en la mejor compañía. Me gustaría que sus emociones fueran legítimas, humanas y profundas.

Me gustaría, me gustaría.  Pensando en ellos. Que Dios los bendiga.

«PRIMERO LA JUSTICIA. PARA TODOS. PARA TODOS. PARA TODOS»

Hilachas que van tramando – Nunca antes

7 Abr

Hilachas que van tramando –  Nunca antes

tragica-inundacion-en-la-plata-1689638w300Frente a la computadora, y dispuesta a comunicarme una vez más a través de mi blog, no sé cómo decir las cosas que me pasan y las que siento. Dejaré, entonces, que lo hagan las emociones y las imágenes que se hicieron cargo de mi vida estos últimos tiempos. La madrugada de hace cinco días nos despertó el ruido de agua cayendo a borbotones dentro de la casa. La noche se hizo más oscura cuando quisimos prender la luz y nos dimos cuenta de que estábamos sin electricidad. Andar a oscuras, sentir que el piso está mojado.  Parpadear, cerrar los ojos con fuerza como para que todo eso desaparezca y volver a abrirlos para terminar de despertar a una realidad que colmó hasta el límite, cada minuto de nuestra vida desde entonces. Había llegado una de las peores tormentas que registra la  ciudad adonde nacimos y adonde vivimos, con algunos períodos en los que anduvimos por otras partes del mundo en esa mezcla rara de gitanos y burgueses que somos. La tormenta en la ciudad amada, la más bella de la Tierra. A tientas conseguimos encontrar unos fósforos y prender esos lindos candelabros que nunca creímos que sirvieran para algo más que resaltar la mesa de nuestras reuniones.   Cuando nos asomamos al piso inferior, un subsuelo que siempre ha sido escritorio y bodega, vimos que había agua hasta casi un metro de altura y que las cosas flotaban a su antojo. Por suerte la planta principal estaba a salvo, solamente había algo de agua que entraba por una ventana mal cerrada. Respiramos y, con una ingenuidad conmovedora nos dispusimos a reconocer el terreno. Afuera la calle era un río que, felizmente, en nuestra cuadra no pasaba del cordón. Solamente cien metros más abajo el agua había arrasado con todo, en algunos casos llegando a más de un metro de altura; había cosas saliendo por las puertas y ventanas y flotando en la superficie como formas grotescas y amenazantes de una especie de pesadilla que empezábamos a reconocer y que todavía no sabíamos que no era nuestra, era de aquellos que vivían en barrios menos privilegiados y perdían todo más la vida de los seres queridos.  Después la tragedia se generalizó. A medida que pasaban las horas nos íbamos enterando de la desdichada situación de miles de personas.  Y nosotros empezábamos  a vivir de otra manera.  Ese día y los subsiguientes terminábamos agotados, sin las cosas que son parte de nuestra vida cotidiana. Sin teléfono, sin Internet, sin televisión, perdiendo todo lo que había en el freezer, con un hilito de agua para bañarnos.  Lo peor era el atardecer. Mientras la tarde se moría desplegando los colores de la tormenta que a veces parecía alejarse y volvía con toda su amenaza, las sombras se hacían pesadas, temblorosas; el ánimo iba cayendo y a la luz oscilante de las velas comíamos en silencio, llenos de aprensión, temiendo que subiera el agua, ahora turbia y perversa como un animal peligroso y amenazante.  Sabíamos, lo hemos hablado muchas veces,  que nuestra situación era nada comparada con las noticias que oíamos de la antigua radio a pilas que habíamos encontrado en un armario. Pero, pequeños seres humanos atados a nuestras emociones, íbamos transitando como en un mundo paralelo en el que no hay nada más que soledad y desolación.  Querer y no poder, subir un espacio en la intuición del mundo y tratar de sobrevivir a los impulsos que nos quieren dejar inermes al solo amparo de las emociones.

La noche se hacía larga y nos sobresaltaba cualquier cambio exterior que pudiera traer la sospecha de otra lluvia. Vana presencia de la esperanza. Cielo cerrado, temor, cansancio y derrota. Acá, en mi ciudad y más todavía en otra ciudad cercana, el paisaje exterior iba mutando; en una iban cambiando las cosas, el agua retrocedió, empezaban las operaciones de limpieza, la gente se quedaba al sol, en las veredas, cerrando los ojos con alivio. En la otra explotaba la tragedia, las aguas no se iban, los muertos no podían contarse porque se necesitaba que fueran menos de los que eran y las cifras se mentían. Alguien dijo “Por lo menos si tuviera una taza de café caliente”.  Alguien salvaba a un niño pero no podía hacerlo con su abuelo. Otro héroe se ataba una soga a la cintura y salía con su valor a recoger náufragos de la ciudad. Hubo heroísmo y  saqueo, pero mayormente heroísmo.  Hubo quien dio la vida por los demás, quien se acercó a su enemigo para enfrentar juntos el terror de otra noche interminable. Hubo cuerpos flotando a la deriva y niños que lloraban sobre un tejado aferrados a una madre valerosa y llena de dolor. Hubo frío y hambre.  Frío, dolor y hambre. Frío, miedo, dolor y hambre. Frío dolor, hambre y muerte. Entonces empecé a sentir tanta compasión que me quedé sin aliento. Solamente podía vivir un desteñido reflejo de las realidades que estaban acosando la vida de tantas personas, pero esos desconocidos  se me hicieron cercanos, se montaron con su desesperación en el más recóndito lugar de mis emociones y lloré por ellos. A la luz de las velas, con mi alma mojada lloré por ellos. Y se me multiplicaron en el espacio y en el tiempo, como todos los hombres que sufren la injusticia de otros hombres. Porque la naturaleza había sido dura con los hombres y de eso no hay culpables,  pero los hombres que gobiernan no sabían, no podían o no querían mitigar el dolor de la tragedia. Y me imaginé a todos los hombres de mi hermosa Patria. Y me imaginé a todos los que habitan el llano, a los que somos el pueblo. Y a los que gobernaron antes y a los que gobiernan ahora. Los que no supieron o no quisieron prevenir. A los que se olvidaron que tener autoridad es solamente servir a los demás. Y me imaginé los despachos relucientes y los coches con escolta y los sillones mullidos y lloré por las vidas que se llevó una corriente de agua sucia. Por ese niño que perdió sus juguetes y por ese otro al que se le murió el abuelo.  Y no puedo soportarlo. Todo lo que hemos vivido y seguimos viviendo en este momento los privilegiados que solamente perdimos cosas  no es nada comparado con la desmesurada, inhumana, aterradora  injusticia de ser ignorado para el tiempo de ahora y para el futuro por aquellos que deben hacer lo que hay que hacer. Grité mirando la pared con la marca del agua porque quiero un mundo en el que la tragedia sea de la naturaleza y la compasión y el cumplimiento del deber  se  la lleven por delante. Gobernar es prever pero prever con la vista en nuestros semejantes. ¡No hay derecho!. ¿Quién les dio el derecho de gobernar a aquellos que no comparten las tragedias que enlutan a todo un pueblo?  ¿Cómo es posible que no se arrodillen bajando la cabeza ante tanto dolor? ¿Cómo pueden tener una comida caliente, una cama mullida y un mundo de colores cuando las sombras invaden la vida de los otros? ¿Qué es lo que tiene que venir después de la tormenta?  ¿Cómo les enseñamos a los pueblos que su derecho a la felicidad está más allá de cualquier derecho que tengan quienes gobiernan su nación? ¿Cómo separamos los errores de las culpas y las culpas de los errores? ¿Cómo permitimos los hombres justos que alguien se atreva, ose, se anime a dar vuelta la cara y mirar para otro lado cuando el bienestar de su gente depende de sus acciones y de sus decisiones?  Grito y agito mis puños y me pego contra la pared que va agrandando las sombras a medida que se baja la luz de las velas. No!, justicia no es solamente votar. Justicia no es solamente tolerar, justicia no es solamente repartir. Justicia es saber, estar convencido, meter en las entrañas y en el corazón la realidad de los otros. Justicia es saber que todo es de los otros. Justicia es prevenir las tragedias de la naturaleza, del hambre, de la enfermedad, de la pobreza y separar aquello que no puede evitarse de lo que depende de nosotros. Justicia son los otros por encima de nuestro orgullo y nuestro egoísmo cuando somos autoridad. Justicia es sentir tanto dolor que se quede uno sin aliento y no pueda respirar.

No sé qué podemos hacer. Nosotros todavía estamos viviendo a la luz de las velas y sigue cercando mi realidad este mundo paralelo en el que vivo entre el día y la noche. Pero esto también va a terminar y, después, estoy decidida a aprender, a escuchar, sobre todo estoy decidida a que me duela.  El primer día de sol se va yendo, le agradezco a Dios lo insignificante de mis pérdidas. Miro a mi amigo que comparte toda mi vida. Seco mis lágrimas y prometo que no me voy, que nadie me roba una Patria justa.  Que quiero para mis hijos y mis nietos, para todos los hombres que han sufrido esta vez y para los que les toque en el futuro, el cumplimiento de cada deber, más severo cuanto más privilegiado.  Bajo la cabeza ante las vidas que se perdieron, les pido perdón a quienes sufren lo que  no merecen. Que ellos sean semilla fértil de justicia.  Que así sea.