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Hilachas que van tramando – No hay autonomía posterior al hecho

24 Mar

                       No hay autonomía posterior al hecho

De niños íbamos a visitar a las “tías de Billinghurst”, Joaquina y Florentina.

Entre las dos parecía que sumaban 200 años. Flacas y acrisoladas como un olivo. Nada de redondeces y menos de sutilezas. Vestidas con blusas y polleras de unas telas livianas de motivos siempre pequeños, en toda la gama que va del blanco al negro.  Era un estilo que, posteriormente, cuando todo adquirió  nombre para el mercado, se llamó Liberty. Florecillas robadas a los modelos de las cuáqueras americanas, iguales de valientes y lanzadas a la aventura; aquellas para recorrer miles y miles de kilómetros del Este al Oeste, por territorios inhóspitos; éstas, las tías, viviendo en pleno siglo XX en un suburbio de la gran ciudad, sin agua corriente y sin electricidad, cosa que duró hasta que los sobrinos, ya grandes, se impusieron y las trajeron de una vez  por todas a la “civilización”.

Florentina, la mayor, parecía tener  el cuerpo más gastado; caminaba doblada en ángulo recto pero siempre con pasos fuertes y decididos, ella decía que estaba así de tanto trabajar en la quinta.  Joaquina, alta y esbelta, madera de colonizadores, respetaba a su hermana, que le llevaba un par de años, con una devoción categórica.

Si me pongo a pensar, recuerdo los botellones de cerámica marrón y beige, de origen inglés, que habían sido originalmente de whisky,  que se usaban  para llevar el agua a la mesa.  Un brocal de pozo tapado y la roldana que chirriaba lentamente en las siestas de verano adelantando el placer del agua más dulce que he tomado en mi vida. La casa de techo a dos aguas, muy sencilla. La mesa de la cocina y las sillas patonas, antiguas y fuertes como las tías, y que hoy serían un lujo para cualquier  decorador.

Dos veces por año iba toda la familia.  ¡Y cuándo digo toda, digo muy toda porque mi padre y sus hermanos eran 8 y se habían dedicado a tener hijos como si el mundo dependiera de ellos solos!  Íbamos, decía, en distintos medios de locomoción, según la jerarquía que era una cuestión de edad. La abuela Carmen, base y estatura de la familia, en el asiento de adelante  del  Studebaker del hijo médico. Atrás la nuera y sus dos tías solteronas.

En los otros coches menos ostentosos y a veces traicioneros, porque los podían dejar de a pie, el resto de los mayores hasta que alcanzaran las plazas, con los debidos privilegios para la embarazada de turno o la madre reciente.

Y los que quedábamos, en la parte de atrás del camión del tío Pepe. ¡Allí estaba la fiesta!

Colocaban un banco de madera a lo largo a cada lado del furgón, algunos banquitos sueltos, un par de almohadones de los viejos, y el resto, generalmente los varones jóvenes, alardeaban e iban de pie.

La dinámica de todo el viaje haría pensar que recorreríamos cientos de kilómetros pero…eran otro tiempos!   El viaje era corto en  duración pero emocionante en aventuras!

Nos levantaban muy temprano a la mañana,  una buena taza de leche y ¡ale!  A subirse al camión saltando por la puerta trasera puesta en forma de rampa y que tenía unas varillas gruesas para trabar el talón y seguir avanzando.

Recuerdo lo emocionante que era vestirse para la ocasión.  Como yo era una de las pequeñas de ese grupo de primos, siempre heredaba de las mayores y, cuando íbamos a Billingurst usaba, o usé  una vez y me quedó enganchado en el recuerdo, unos “breeches” de lana jaspeados, y las botas de media caña marrones y brillantes, blusa blanca y un chaleco color castaño con cuello volcado y botones marrones. Fruto, tal vez, de los sueños que mi mamá le robaba a las tardes de cine de Hollywood los martes de “damas”.

El caso es que yo era toda una amazona y corrí innumerables carreras montada en la rama más baja del ciruelo que estaba cerca del patio de las tías.  Ellas nos esperaban secas y cariñosas, con aires de severidad desmentida por el brillo de sus ojos.  El patio de tierra aplastada estaba ya regado con agua blanca que mataba los bichos; el otro patio, el de mosaicos de arabescos amarillos y marrones brillaba a fuerza de jabón seco y unas enceradoras de palo de escoba que sujetaba en su extremo un apretado nudo de tiras de trapos de lana con el que frotábamos el piso, como se hacía entonces, muy divertidos, los más chicos de la familia.

Olor a empanadas para despuntar el vicio  y la carne y achuras en el asador al cuidado de dos o tres  amigos solterones de mi padre y sus hermanos,   que pasaban  el 1 de Mayo con nosotros.  El sol de Mayo ya aparecía tembloroso entre las ramas medio desnudas de los frutales. Todo el grupo masculino de la familia y los amigos se reconocían por unas siglas que iban a aparecer en cada regalo y tarjeta de invitación o colecta, “la C. Social”.  A ese grupo se iban agregando todos los varones de la familia a medida que iban creciendo y cuando crecíamos nosotras, las mujeres,  nos enterábamos de que ese nombre correspondía a “Caballeriza Social”,  poco delicado para andar voceándolo por todos lados pero útil para crear una identidad que desafió el paso del tiempo.

En una pieza dejaban los abrigos y carteras, los bolsos y los paquetes todos los mayores  y, en la otra, los niños.  Enfrente de la entrada a la casa de las tías había una maderera que juntaba cantidades enormes de virutas, y, dos veces por año, puesto el camión de cola, con el fondo levantado como para descargar, nos tirábamos a la montaña de virutas.  Nunca me voy a olvidar la mezcla de diversión y miedo que me daba la travesura.

Íbamos a buscar huevos al gallinero, y después nos largábamos a las calles, que eran todas de tierra,  a buscar otras aventuras.

Fue en una de esas excursiones que aprendí una lección que me sirvió para toda la vida, a mí, a mis hijos y a todos aquellos a quienes llegué con mis enseñanzas.

Habíamos salido a caminar, éramos 7 u 8 primas, todas entre 10 y 14 años.  Contábamos historias mientras nos alejábamos de la casa. La calle de tierra por la que íbamos era más ancha que las otras y estaba flanqueada por dos zanjones profundos con laderas verdes y perfumadas y muy poca  agua en el fondo.  Fuimos pateando terrones y piedras hasta que  descubrimos  una pequeña plantación de hinojos que habían crecido al acaso en una curva del camino.  Nos sentamos recostadas en los bordes de la zanja  decididas a saborearlos.  Recuerdo su color brillante, su gusto anisado  y sobre todo, el olor mezclado con el pasto y alguno que otro yuyo del camino, recuerdo el mugido de una vaca sola en el cuadro vecino, los pájaros que saltaban de poste en poste y, cuando levanté la cabeza buscando el sol de la tarde, un nido de hornero, y otro y otro. Recuerdo a mis primas queridas y el brillo de las botas opacado por el barro del zanjón.  A lo lejos un viejo espantapájaros en la huerta de los italianos.

Una de las mayores con aire burlón metió la mano hasta el fondo del bolsillo de las “bombachas” de campo y sacó un atado de cigarrillos; después nos mostró un encendedor plateado brillante, que nos dejó a todas boquiabiertas.  ¡Qué osadía!  ¡¿Íbamos a fumar?!

Al rato, entre toses y arcadas estábamos disfrutando a lo grande, se hizo un silencio ominoso de parte de las que estaban de cara a la calle.  Para mí y para las otras que estaban de espaldas todo acabó cuando vimos recortada sobre el grupo la sombra de la figura alta, altísima, flaca y envarada de la tía Joaquina.   ¡Todas las caras asustadas mirando como si miráramos al cielo! Pero al cielo oscurecido de los castigos infinitos que terminan con la felicidad de cualquiera.  Porque todavía fumar era cosa de hombres, ¡no lo hacían las mujeres de la familia, excepto mamá y la Tía Rosa que eran muy modernas  y hasta manejaban los coches!  Además era una falta gravísima si se consideraba la edad de las penitentes.

¡Fue todo un susto!  La  tía nos miró como para fulminarnos, esperó un minuto para que nos calara el miedo y después dijo con su voz fuerte, pronunciando todas las consonantes como solía hacer:

“Vuelvan para la casa y prepárense para lo que venga.  Porque no hay autonomía posterior al hecho”

Se dio vuelta y se fue dejando atrás el diluvio universal.   Estuvimos todavía un rato porque, aparte del temor al castigo, nos había confundido la frase.  Alguien dijo:

“Esto lo aprendió de las Pueyrredón, porque ellas hablan siempre difícil”

Otra:

“Habla a lo antiguo, en una de esas quiere decir que nos perdonan.”

“¡Ni te lo pienses!, ¡Se viene el patadón!”

“Encima me cayó mal ese cigarro”

Y allí volvimos, remolonas y cabizbajas, bordeando el zanjón.  No hablo del castigo, que debe haber sido menor al esperado, porque no lo recuerdo bien.

Pero nunca olvidaré la sensación opresiva de sentir que la suerte estaba echada.   Después de cometer la falta habíamos perdido la libertad de una tarde  que, hasta entonces, había sido formidable.

No hay autonomía posterior al hecho. ¡Cuántas veces a lo largo de la vida querríamos volver atrás  para recuperar la tranquilidad! ¡Cuántas veces nos arrepentimos por no haberlo “pensado antes!”

¡Cuántos destinos de frustran, se desoyen o se arruinan porque no pensamos claramente en  lo que viene después de lo que hacemos!

Muchas, muchas veces detuve mi paso para pensar cuánto de mi libertad se vería comprometida por lo que yo hiciera.  Y hoy lo sigo pensando.

La libertad es un valor absoluto con distintos compromisos. La verdadera libertad es “poder seguir eligiendo”, norma de vida que aprendí de mis mayores.

Pensar antes de hacer.  La cadena vital que todos los seres humanos enfrentamos,  desde  la responsabilidad, que nos lleva a hacernos cargo de lo que hacemos;  la consecuencia de lo que hacemos que, generalmente, se corta sola porque  es independiente  de nuestra voluntad y no la podemos calcular;  el tiempo impiadoso que nunca vuelve atrás;  y la libertad como un valor indivisible cuya pérdida desde lo más pequeño, hasta lo más grande, nos saca, cada vez que actuamos mal, un pedazo de nuestra propia humanidad.

En la India milenaria se dice:

“Hay que pensarlo antes, porque lo más difícil no es subirse al tigre, lo más difícil es bajarse del tigre”.

Un tango, sabiduría porteña: “Pensalo bien, antes de de dar ese paso. Que quizás mañana acaso, te puedas arrepentir”

Termino una clase, miro a todos mis oyentes, gente de todas las edades y ocupaciones,  padres de familia, docentes.  Recorro con la mirada  el aula tan sofisticada, tan cómoda y desde la que  puedo llegar a todo el mundo en este mundo de maravillas tecnológicas y,  cuando se levanta la niebla de los años, vuelvo a  Joaquina y Florentina, a mis años jóvenes, a mis amores infantiles y  a las aventuras de zanjón. Bajo la cabeza y con todo mi corazón, les agradezco las marcas impresas en mi alma, sus ejemplos y, sobre todo, la naturalidad  con que transitaron por la vida, cuando ésta era simple, justa y buena. Los ojos se me llenan de lágrimas y me alegro de habérselo contado a mis alumnos.

                       

Hilachas que van tramando – Como quiero que me quieran

12 Mar

Como quiero que me quieran

foto bosque alemán

 

La tarde se presenta gris, pero un gris lavadito.  No sabemos en qué va a convertirse pero tiene que ver con mi estado de ánimo de los últimos tiempos. El haber tenido que pasar por una operación, y el consecuente reposo, detuvo la máquina tenaz  en la que se había convertido mi vida, tratando de conseguir todo lo que me parecía bueno, de disfrutar todo lo que se me hacía atrayente, de estar con aquellos que amo tanto  pero de una manera absoluta y, sobre todo,  ocupando los rangos que tengo y ostento en mi familia.

El reposo se convirtió, de alguna manera, en lejanía, porque aquellos que amo se dieron cuenta de que iba a aprovechar esta quietud para entrar en mis propios dominios;

y, entre otras cosas, con la excusa de que ellos están todos muy ocupados, que yo estoy debidamente cuidada y que alcanzaba con un tecito y un beso cariñoso, respetaron la orden implícita de dejarme sola conmigo misma, con la intuición de amor verdadero que me tienen; por el cual, a veces me dejan desprenderme de  ellos y entrar en las vueltas y revueltas de mi soledad .

Por eso, cada día se turnaban para estar un rato conmigo y el resto, ¡ale!, a tu antojo!  El único que está siempre es mi amigo. Pero él tiene su propia y rica soledad y sus tiempos. A los dos nos alcanza con saber que el otro está cerca, que compartimos amores y nos elegimos todos los días.

Bien desparramada en el sillón, al principio estuve desordenada y ociosa. No tenía ganas de leer, ni siquiera de pensar. La calma era igual afuera que adentro.  A tal punto había llegado que ni siquiera me inquietaba ese estado.  Al contrario. Había perdido el sometimiento acostumbrado que yo tengo cuando se trata de mi propia voluntad de hacer, y hacer, y sentir y  comunicarme y hacer. Llegó el cansancio más claro y determinante que se hubiera metido alguna vez en mi vida. Era raro y, sin embargo, tranquilizador. Era categórico y majestuoso.  Y yo lo sentía y lo observaba como si fuera ajeno, un ser distinto a mí que llenaba cada hueco de mí.  Difícil de explicar. Cuando lo intento me paso de un sendero al otro y dejo correr los dedos en la máquina para que las ideas se apropien de mis emociones y yo aprenda cosas nuevas e importantes cuando creía que ya no tenía muchas oportunidades de seguir aprendiendo cosas importantes.

De la nada total, considerando que los únicos acontecimientos eran comer, mirar la TV y dormir, pasé a un estado de bienaventuranza con imágenes interiores que me distraían del entorno. ¡Y no estaba tomando ningún medicamento!

La primera imagen fue un bosquecillo raleado pero familiar que, por capricho de mi imaginación he situado en algún pueblo del sur de Alemania.  Tal vez porque tenemos una anécdota muy graciosa en uno de esos lugares, una tarde de verano en la que nos perdimos en el medio del campo y, pasando por  delante de una granja aparecimos en un lugar al que bautizamos el bosque de Caperucita Roja, pero sin pretensiones de lobos.

Caminé por un sendero muy amigable, al costado de un río saltarín, pequeño  y presuntuoso que tenía mucha profundidad y poco ancho. El sol daba solamente sobre el agua y las riberas, ya que el bosquecillo estaba manchado de sombras muy agradables para reparo del calor.  Caminábamos o caminaba yo sola, pero tengo la impresión de que dialogaba con alguien, frases cortas, destinadas sólo a llamar la atención sobre diferentes colores, olores y chispazos de luz.

Detrás de un recodo del río, anticipando otra curva, donde los árboles parecían haber crecido en altura, había una construcción de madera, clara, manchada y muy vieja, que si me apuran un poco diría que  era amarilla y opaca.  Una casa desproporcionada en altura y con ventanas muy pequeñas. Después me di cuenta de que era un molino.  Enormes ruedas de madera engranaban desde la altura del techo hasta el cauce del río, en distintos planos y de distinto tamaño.  Se movían lentamente y llenaban el lugar con un sonido monótono salpicado de trinos de pájaros y del  suave eco de las plantas que se movían a destiempo.

El agua del río arrastró mi vida hacia las ruedas y moliendo, moliendo, se fue haciendo historia. Como la de todos.  Inevitable, precaria y sorprendente. Sin emociones y casi sin recuerdos aparece, relumbrando, el elemento más contundente entre todos los que han hecho que yo sea ésta y no otra.  ¡Hasta ahora no lo había reconocido!

Como casi todo el mundo me he pasado la vida buscando la aprobación, como mínimo y el amor como la aprobación absoluta, de los demás.  Eso hacemos todos. En mayor o menor medida.

He sonreído a extraños y explicado a otros no tan extraños, cosas que no merecían ser explicadas. Me he sometido a decisiones injustas y otras que me mejoraron como persona.  He cambiado de opiniones, insegura ante la convocatoria de otros. A veces eso ha sido bueno y, a veces, riesgoso.  No pude desarrollar acabadamente algunas de mis capacidades porque me retiré ante la mirada de los demás y, también, debo reconocerlo, crecí oportunamente hasta lo mejor de mí misma cuando los otros me aceptaron bien.

La necesidad de la aprobación de los demás, está implícita en una  escala infinita y variada que compone toda la trama del destino universal.

En esa necesidad todos somos actores y receptores.  Aprobamos y somos aprobados. Amamos y somos amados. Todos. Todos. Nunca sabemos quiénes son los otros hasta que sabemos cómo nos aprueban y cómo nos quieren. Nunca los otros sabrán quienes somos hasta que descubran lo mismo.

Todos somos sujetos activos y pasivos de esa misma necesidad de aprobación. Pero con matices que distinguen a cada hombre de los otros, a cada época de las otras.

¿De dónde llega el mensaje? De los primeros y más inmediatos actores de nuestra vida. ¿Los matices?  Hay quienes dan por descontada esa aprobación. Son aquellos que triunfan contra viento y marea. Los que en la cúspide del éxito dicen con toda naturalidad:

“¡Yo estaba seguro de que alguna vez iba a triunfar de esta manera!”  Y todos aprobamos como si éste fuera el bendito dueño de una profecía. Como si viniera de los dioses. Tal vez porque la única aprobación que necesitaron fuera la de esos dioses.

¿Qué triunfos?  Todos distintos. Algunos están anclados en el amor de la familia, otros vuelan a conquistar multitudes. En el rango más numeroso estamos los que vamos rebotando aquí y allá de a pedacitos de aceptaciones y amores.

Los últimos, los que nunca serán primeros, son los que no pueden caminar sin la aprobación de todos los demás. A los tumbos, sufriendo y haciendo sufrir a todos.

Pero todos queremos que nos quieran.

También cada uno de nosotros condiciona a los demás en esta tensión de voluntades que hacen el mundo para los hombres.

Cuando en la vida nos toca ser los actores nos hemos equivocado, a veces hasta tal punto, que no pudimos  reconocer en el enojo del otro, que lo único que esperaba de nosotros era nuestra aprobación o nuestro amor según fuera el grado de relación que teníamos.

Unos con otros y de otros. Desde el Génesis. Desde el Padre. Desde nuestro padre y desde cada uno de nuestros semejantes. Aprobamos y somos aprobados. Nos aman y amamos. Con heroísmo, con displicencia, con inseguridad y con señorío. Con generosidad y con alegría.

Sigo el curso del río y llego a las piedras que fueron moliendo mi vida.  Algunas cosas las hice bien, otras no tanto.  De mis fracasos tengo toda la culpa si  fracasé cuando no terminaba de estar convencida  de mis habilidades y dudaba de mis derechos porque la no aprobación de los otros me paralizó hasta el silencio. De mis éxitos también la tengo, porque escuché la aprobación de aquellos que valía la pena escuchar y aprendí, algo aprendí de tantas confusiones. Sigue la molienda y el sonido rumoroso del río.

¿Cómo quiero que me quieran?  ¡A esta altura de mi vida! Ya no de una manera especial. Quiero que me quieran con toda libertad; que me quieran porque sí. Quiero que me quieran los buenos. Los que me puedan enseñar, porque todavía tengo mucho que aprender.

Quiero que me quieran los que todavía valoran mi propio cariño hacia ellos.

No quiero que me quieran los extraños, los soberbios, los prejuiciosos, los injustos, los mentirosos.

Después de todo ya tengo todo el derecho de elegir.

El río sigue corriendo, el tiempo es infinito y corto.

Me quedo entre dormida hasta que me despierta mi amigo que viene silbando bajito por el sendero que cruje, como si hubiera escuchado mis pensamientos y estuviera de acuerdo en todo.

Le sonrío y le digo que lo amo con todo mi corazón y él me pone cara de  “¡¿qué te pasa calabaza?!» Que es un viejo código familiar.

Nos quedamos en silencio mirando correr el agua hasta que la noche tiende un manto de quietud sobre la Creación.

JUSTICIA PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando- Las mujeres somos fuertes

12 Mar

                    Las Mujeres Somos Fuertes

 

El té cumpleaños se iba desarrollando con toda normalidad si consideramos normalidad una mesa bien puesta, mantel bordado blanco de la época de las abuelas, tazas de porcelana y copas de cristal que nos transportaban a  otros tiempos  más gentiles y preciosos. La repostería casera, y el refuerzo de algunos sándwiches de miga y otras exquisiteces de la confitería del barrio, llenaban de colorido la mesa alargada donde todo parecía desbordar.

Un grupo de mujeres de distintas edades, todas hablando al mismo tiempo, todas hablando de distintas cosas y cruzando las respuestas por encima y a través de las otras con esa particularidad difícil de explicar en términos de equilibrio, que tienen las charlas de mujeres.  Afuera los niños, también de todas las edades, jugaban haciendo “ki-ki-la-la”  (la palabra familiar que reemplaza entre los más chicos la de “quilombo”, por una cuestión de pureza del idioma) y gritando tan fuerte como para que se los escuchara desde algún planeta lejano.  En la puerta que llevaba al jardín, una tía abuela, que nunca había tenido hijos, extendía  piernas y brazos con el heroico mandato de “no pasarán”.  Todo fuera para que sus sobrinas, que siempre habían sido tan gentiles y amorosas con ella, disfrutaran de cierto sosiego mientras tomaban su taza de té.  Aunque, a veces,  alguno de los más chicos lograba pasar la barrera llorando porque “me pegó para sacarme la pelota” o “no me dejan jugar con ellas”;  entraban, eran consolados por su madre que, mientras secaba las lágrimas y daba besos seguía con su charla, le daba una palmadita suave en el trasero y lo mandaba de vuelta, con una suave admonición a la tía con espíritu de maestra jardinera: “No los dejes pasar a menos que se incendie el jardín”.

El grupo era bastante homogéneo, profesionales jóvenes, entre 35 y 45 años, todas madres de familia, todas exitosas, fuertes y decididas.  El resto, tres o cuatro mujeres de una generación anterior. Casi todas éramos de la misma familia  y unas pocas, amigas.

Las conversaciones se fueron entremezclando, confundiendo y saliendo a flote hasta que todas llegaron a un solo cauce.  El “tema”.  Las mujeres del siglo XXI.   Las magníficas, bellas, comprometidas, inteligentes, responsables, agotadas, confundidas, y sobresaltadas mujeres del siglo XXI.

Las mayores apenas pudimos establecer alguna comparación con lo que había sido nuestra vida, madres de familia;  mujeres profesionales y no tanto, exitosas y no tanto, fuertes y decididas de la segunda mitad del siglo XX. Después, su vehemencia venció a nuestros intentos y  nos dimos cuenta de que, a pesar de que todo lo que se decía era “sabido”,  había entre aquellas mujeres jóvenes una carga de emoción y experiencias personales muy diferentes a las nuestras.  Con gran atención las escuchamos.

Todos sus pesares fueron expuestos en aquella charla en el té cumpleaños  de mantel blanco bordado, copas de cristal, tazas de porcelana  que nos transportaban a otros tiempos más felices y preciosos.

Fui tomando nota de lo que estaba oyendo buscando un hilo conductor para llegar a las definiciones.  Los diálogos entrecruzados fueron subiendo de tono y de volumen, la charla se hacía personal y las emociones quebraban sus propias reglas,  mientras ellas coincidían en tantas experiencias similares.  Algo dolía.

Al fin, una de ellas, con la voz casi quebrada,  dijo lo que más la angustiaba y luego se quedó en silencio. Una tras otra fueron callando  y la idea  nos atrapó a todas  como un amanecer de colores distinto a todos los colores.

Primera conclusión: Esas mujeres a las que la vida había situado en un plano privilegiado, estaban acongojadas. Si pudiera decirlo sin ser cruel diría que tuve la impresión de que la vida, tan generosa con ellas, sin embargo las estaba avasallando.

Las mujeres fuertes del siglo XXI gozan del ostentoso regalo de su poder adquirido en las heroicas luchas de las feministas del otro siglo siendo que, a cambio, aceptan el vasallaje que les impone una sociedad rumbosa en la que tienden a desaparecer las diferencias, las identidades, las seguridades y los propósitos nobles. Las mujeres del siglo XXI responden a estereotipos, cuanto menos, despiadados.

Ella con voz enérgica y los ojos brillantes había dicho:

“¡Lo qué más me tortura es la duda!¡Siempre tengo que decidir entre muchas cosas, no estoy segura de nada, me agota!”

Me recordó al  personaje de una película de hace unos años que, escapado de un país totalitario, visita  por primera vez un supermercado bien provisto y, ante la oferta de una cantidad interminable de marcas y calidades de café, se turba y se desmaya.

Dudar es estar con el ánimo perplejo y suspendido entre resoluciones y juicios contradictorios.  Es abandonar la seguridad de lo conocido, dejar caer todos los escudos  y avanzar por uno u otro sendero. Para dudar primero tenemos que quedar inermes, sin barreras, sin anticuerpos. Si multiplicamos esa duda en un arco inmenso que va desde la sencilla elección de una marca de  cereal entre decenas de ellos en el supermercado, hasta la definición de la propia identidad  y del  lugar que ontológicamente ocupamos en la sociedad de la cual somos la mitad;  y todo eso cada día, cada día, cada hora de cada día, el resultado es deshacer el equilibrio indispensable que nos permite vivir y convivir poniendo cada cosa en su lugar.

¿Y, dónde genera  tanta duda?  Hoy tiene tres patas

a)     El relativismo

b)    Los estereotipos

c)     Los mandatos inflexibles de la sociedad.

¿En qué se asienta?

En la Ansiedad.

Uy! Otra taza de té caliente y un trozo de torta de manzana para hacer más llevaderos estos pensamientos que nos van poniendo frente a un precipicio de emociones,  casi no queremos saber….

La sociedad en la que vivimos tiene, como todas, juntos y separados, los gérmenes de su supervivencia y los de su maldición. Técnica y ciencia desbordadas, mejoras para la vida de los hombres, bienes  en cantidad,  un mundo interminable a sus pies es lo  magnífico,  y su precio:  la Ansiedad como el pivote  indispensable para que siga existiendo.

La Ansiedad es un estado de intranquilidad,  zozobra, inquietud, de extrema aflicción  por un bien que no tenemos.  Tan íntima es la ansiedad a la sociedad en que vivimos que no podría ésta sostenerse sin aquella.  El mundo actual se nos presenta como un banquete extendido que nos muestra lo que podemos tener y nos miente sobre lo que no podemos tener.  Nos confunde sobre todo cuando nos presenta, como valioso  y con la misma entidad,  lo que es y lo que no es valioso.  No sabemos entonces qué elegir.

Otro tema es que entre tantos bienes exagerados, relumbrantes y tentadores nos falta entender que no son para todos. Ni la juventud es eterna, ni el talento es universal, ni el nacimiento igualitario.  Toda esta confusión está abonada por un relativismo a ultranza que nos hace creer que todas las cosas no son como son, sino como queremos que sean. Un voluntarismo que se lleva hasta la última resistencia de estas maravillosas mujeres que a esta altura no tienen bien definidas las “verdades verdaderas” como las llamaría mi abuela.

El primer consejo que les daría es que si quieren tener una buena vida deben poner en orden sus prioridades;  porque cuando las oigo hablar me estoy sospechando que hay una brecha muy grande entre lo que, verdaderamente,  es importante para ellas y la manera que viven su vida diaria.

Les regalo una idea de madre y abuela.

Hagamos cada una, a solas, sinceramente  y sin prejuicio una lista de las prioridades de su vida.  Y, con el mismo cuidado nos hacemos dos preguntas básicas

¿Quién manda en mí?

¿Quién dejo yo qué mande en mí?

¡El resultado podemos no contárselo a nadie pero,  debemos ser  sinceras a ultranza con nosotras mismas!

La verdadera elección sería entonces tratar de ser lo mejor que podemos, y de hacer lo mejor que podemos con aquello que nos ha sido dado, con toda la libertad del mundo.  Y recordando como principio que la libertad es legítima cuando se forja en el bien y en la verdad.

Lo peor que les pasa a mis amadas mujeres del siglo XXI es que en esta rara mezcla de relativismo, mandato imperioso de la sociedad en la que viven, y estereotipo de mujer que tienen grabado a fuego, están juntas pero solas con la soledad de los fuertes y la confusión de los que no saben bien quienes son.

Mientras las miro me digo que, con toda la fuerza que tengo voy a ir acompañándolas en estas reflexiones de hilachas de la vida que va tramando para ver si juntas compartimos algo más que un te cumpleaños en una tarde desapacible, con el mantel blanco bordado que era de la abuela, las copas de cristal, las tazas de porcelana y los niños gritando afuera mientras disfrutan la suerte de tenerlas por madres.

Armado el arco que relaciona a las mujeres fuertes de mi generación con las actuales,  que esto sea, también,  mi homenaje a las magníficas amazonas del siglo XXI.

Se han ido todas las mujeres fuertes del siglo XXI. El comedor vacío quedará desordenado hasta la mañana siguiente.  El silencio se me llena de preguntas y de dudas. ¡Todavía! ¿Quién te dijo qué la vida es fácil? ¿Quién te dijo que esto te pasa a ti solamente?

Apago la luz y me voy por el corredor.

Vídeo

La Autoridad en la Familia – Zully Poratelli

7 Mar

La escritora Zully Poratelli, fue invitada a el programa “La Puerta Abierta” para hablar sobre la familia.