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Hilachas que van tramando – No hay autonomía posterior al hecho

24 Mar

                       No hay autonomía posterior al hecho

De niños íbamos a visitar a las “tías de Billinghurst”, Joaquina y Florentina.

Entre las dos parecía que sumaban 200 años. Flacas y acrisoladas como un olivo. Nada de redondeces y menos de sutilezas. Vestidas con blusas y polleras de unas telas livianas de motivos siempre pequeños, en toda la gama que va del blanco al negro.  Era un estilo que, posteriormente, cuando todo adquirió  nombre para el mercado, se llamó Liberty. Florecillas robadas a los modelos de las cuáqueras americanas, iguales de valientes y lanzadas a la aventura; aquellas para recorrer miles y miles de kilómetros del Este al Oeste, por territorios inhóspitos; éstas, las tías, viviendo en pleno siglo XX en un suburbio de la gran ciudad, sin agua corriente y sin electricidad, cosa que duró hasta que los sobrinos, ya grandes, se impusieron y las trajeron de una vez  por todas a la “civilización”.

Florentina, la mayor, parecía tener  el cuerpo más gastado; caminaba doblada en ángulo recto pero siempre con pasos fuertes y decididos, ella decía que estaba así de tanto trabajar en la quinta.  Joaquina, alta y esbelta, madera de colonizadores, respetaba a su hermana, que le llevaba un par de años, con una devoción categórica.

Si me pongo a pensar, recuerdo los botellones de cerámica marrón y beige, de origen inglés, que habían sido originalmente de whisky,  que se usaban  para llevar el agua a la mesa.  Un brocal de pozo tapado y la roldana que chirriaba lentamente en las siestas de verano adelantando el placer del agua más dulce que he tomado en mi vida. La casa de techo a dos aguas, muy sencilla. La mesa de la cocina y las sillas patonas, antiguas y fuertes como las tías, y que hoy serían un lujo para cualquier  decorador.

Dos veces por año iba toda la familia.  ¡Y cuándo digo toda, digo muy toda porque mi padre y sus hermanos eran 8 y se habían dedicado a tener hijos como si el mundo dependiera de ellos solos!  Íbamos, decía, en distintos medios de locomoción, según la jerarquía que era una cuestión de edad. La abuela Carmen, base y estatura de la familia, en el asiento de adelante  del  Studebaker del hijo médico. Atrás la nuera y sus dos tías solteronas.

En los otros coches menos ostentosos y a veces traicioneros, porque los podían dejar de a pie, el resto de los mayores hasta que alcanzaran las plazas, con los debidos privilegios para la embarazada de turno o la madre reciente.

Y los que quedábamos, en la parte de atrás del camión del tío Pepe. ¡Allí estaba la fiesta!

Colocaban un banco de madera a lo largo a cada lado del furgón, algunos banquitos sueltos, un par de almohadones de los viejos, y el resto, generalmente los varones jóvenes, alardeaban e iban de pie.

La dinámica de todo el viaje haría pensar que recorreríamos cientos de kilómetros pero…eran otro tiempos!   El viaje era corto en  duración pero emocionante en aventuras!

Nos levantaban muy temprano a la mañana,  una buena taza de leche y ¡ale!  A subirse al camión saltando por la puerta trasera puesta en forma de rampa y que tenía unas varillas gruesas para trabar el talón y seguir avanzando.

Recuerdo lo emocionante que era vestirse para la ocasión.  Como yo era una de las pequeñas de ese grupo de primos, siempre heredaba de las mayores y, cuando íbamos a Billingurst usaba, o usé  una vez y me quedó enganchado en el recuerdo, unos “breeches” de lana jaspeados, y las botas de media caña marrones y brillantes, blusa blanca y un chaleco color castaño con cuello volcado y botones marrones. Fruto, tal vez, de los sueños que mi mamá le robaba a las tardes de cine de Hollywood los martes de “damas”.

El caso es que yo era toda una amazona y corrí innumerables carreras montada en la rama más baja del ciruelo que estaba cerca del patio de las tías.  Ellas nos esperaban secas y cariñosas, con aires de severidad desmentida por el brillo de sus ojos.  El patio de tierra aplastada estaba ya regado con agua blanca que mataba los bichos; el otro patio, el de mosaicos de arabescos amarillos y marrones brillaba a fuerza de jabón seco y unas enceradoras de palo de escoba que sujetaba en su extremo un apretado nudo de tiras de trapos de lana con el que frotábamos el piso, como se hacía entonces, muy divertidos, los más chicos de la familia.

Olor a empanadas para despuntar el vicio  y la carne y achuras en el asador al cuidado de dos o tres  amigos solterones de mi padre y sus hermanos,   que pasaban  el 1 de Mayo con nosotros.  El sol de Mayo ya aparecía tembloroso entre las ramas medio desnudas de los frutales. Todo el grupo masculino de la familia y los amigos se reconocían por unas siglas que iban a aparecer en cada regalo y tarjeta de invitación o colecta, “la C. Social”.  A ese grupo se iban agregando todos los varones de la familia a medida que iban creciendo y cuando crecíamos nosotras, las mujeres,  nos enterábamos de que ese nombre correspondía a “Caballeriza Social”,  poco delicado para andar voceándolo por todos lados pero útil para crear una identidad que desafió el paso del tiempo.

En una pieza dejaban los abrigos y carteras, los bolsos y los paquetes todos los mayores  y, en la otra, los niños.  Enfrente de la entrada a la casa de las tías había una maderera que juntaba cantidades enormes de virutas, y, dos veces por año, puesto el camión de cola, con el fondo levantado como para descargar, nos tirábamos a la montaña de virutas.  Nunca me voy a olvidar la mezcla de diversión y miedo que me daba la travesura.

Íbamos a buscar huevos al gallinero, y después nos largábamos a las calles, que eran todas de tierra,  a buscar otras aventuras.

Fue en una de esas excursiones que aprendí una lección que me sirvió para toda la vida, a mí, a mis hijos y a todos aquellos a quienes llegué con mis enseñanzas.

Habíamos salido a caminar, éramos 7 u 8 primas, todas entre 10 y 14 años.  Contábamos historias mientras nos alejábamos de la casa. La calle de tierra por la que íbamos era más ancha que las otras y estaba flanqueada por dos zanjones profundos con laderas verdes y perfumadas y muy poca  agua en el fondo.  Fuimos pateando terrones y piedras hasta que  descubrimos  una pequeña plantación de hinojos que habían crecido al acaso en una curva del camino.  Nos sentamos recostadas en los bordes de la zanja  decididas a saborearlos.  Recuerdo su color brillante, su gusto anisado  y sobre todo, el olor mezclado con el pasto y alguno que otro yuyo del camino, recuerdo el mugido de una vaca sola en el cuadro vecino, los pájaros que saltaban de poste en poste y, cuando levanté la cabeza buscando el sol de la tarde, un nido de hornero, y otro y otro. Recuerdo a mis primas queridas y el brillo de las botas opacado por el barro del zanjón.  A lo lejos un viejo espantapájaros en la huerta de los italianos.

Una de las mayores con aire burlón metió la mano hasta el fondo del bolsillo de las “bombachas” de campo y sacó un atado de cigarrillos; después nos mostró un encendedor plateado brillante, que nos dejó a todas boquiabiertas.  ¡Qué osadía!  ¡¿Íbamos a fumar?!

Al rato, entre toses y arcadas estábamos disfrutando a lo grande, se hizo un silencio ominoso de parte de las que estaban de cara a la calle.  Para mí y para las otras que estaban de espaldas todo acabó cuando vimos recortada sobre el grupo la sombra de la figura alta, altísima, flaca y envarada de la tía Joaquina.   ¡Todas las caras asustadas mirando como si miráramos al cielo! Pero al cielo oscurecido de los castigos infinitos que terminan con la felicidad de cualquiera.  Porque todavía fumar era cosa de hombres, ¡no lo hacían las mujeres de la familia, excepto mamá y la Tía Rosa que eran muy modernas  y hasta manejaban los coches!  Además era una falta gravísima si se consideraba la edad de las penitentes.

¡Fue todo un susto!  La  tía nos miró como para fulminarnos, esperó un minuto para que nos calara el miedo y después dijo con su voz fuerte, pronunciando todas las consonantes como solía hacer:

“Vuelvan para la casa y prepárense para lo que venga.  Porque no hay autonomía posterior al hecho”

Se dio vuelta y se fue dejando atrás el diluvio universal.   Estuvimos todavía un rato porque, aparte del temor al castigo, nos había confundido la frase.  Alguien dijo:

“Esto lo aprendió de las Pueyrredón, porque ellas hablan siempre difícil”

Otra:

“Habla a lo antiguo, en una de esas quiere decir que nos perdonan.”

“¡Ni te lo pienses!, ¡Se viene el patadón!”

“Encima me cayó mal ese cigarro”

Y allí volvimos, remolonas y cabizbajas, bordeando el zanjón.  No hablo del castigo, que debe haber sido menor al esperado, porque no lo recuerdo bien.

Pero nunca olvidaré la sensación opresiva de sentir que la suerte estaba echada.   Después de cometer la falta habíamos perdido la libertad de una tarde  que, hasta entonces, había sido formidable.

No hay autonomía posterior al hecho. ¡Cuántas veces a lo largo de la vida querríamos volver atrás  para recuperar la tranquilidad! ¡Cuántas veces nos arrepentimos por no haberlo “pensado antes!”

¡Cuántos destinos de frustran, se desoyen o se arruinan porque no pensamos claramente en  lo que viene después de lo que hacemos!

Muchas, muchas veces detuve mi paso para pensar cuánto de mi libertad se vería comprometida por lo que yo hiciera.  Y hoy lo sigo pensando.

La libertad es un valor absoluto con distintos compromisos. La verdadera libertad es “poder seguir eligiendo”, norma de vida que aprendí de mis mayores.

Pensar antes de hacer.  La cadena vital que todos los seres humanos enfrentamos,  desde  la responsabilidad, que nos lleva a hacernos cargo de lo que hacemos;  la consecuencia de lo que hacemos que, generalmente, se corta sola porque  es independiente  de nuestra voluntad y no la podemos calcular;  el tiempo impiadoso que nunca vuelve atrás;  y la libertad como un valor indivisible cuya pérdida desde lo más pequeño, hasta lo más grande, nos saca, cada vez que actuamos mal, un pedazo de nuestra propia humanidad.

En la India milenaria se dice:

“Hay que pensarlo antes, porque lo más difícil no es subirse al tigre, lo más difícil es bajarse del tigre”.

Un tango, sabiduría porteña: “Pensalo bien, antes de de dar ese paso. Que quizás mañana acaso, te puedas arrepentir”

Termino una clase, miro a todos mis oyentes, gente de todas las edades y ocupaciones,  padres de familia, docentes.  Recorro con la mirada  el aula tan sofisticada, tan cómoda y desde la que  puedo llegar a todo el mundo en este mundo de maravillas tecnológicas y,  cuando se levanta la niebla de los años, vuelvo a  Joaquina y Florentina, a mis años jóvenes, a mis amores infantiles y  a las aventuras de zanjón. Bajo la cabeza y con todo mi corazón, les agradezco las marcas impresas en mi alma, sus ejemplos y, sobre todo, la naturalidad  con que transitaron por la vida, cuando ésta era simple, justa y buena. Los ojos se me llenan de lágrimas y me alegro de habérselo contado a mis alumnos.