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Hilachas que van tramando – El Sendero Escondido

23 Feb

Hilachas que van Tramando

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El sendero escondido

Cuando la naturaleza se arrebata y cae sobre nosotros el mundo entero se hace presente.  No es el miedo a perecer, ni la memoria de la especie que revive los terrores de la cueva oscura.  No es el peligro inmediato.  No.  Es el encierro.  Es la desventurada sensación de que no podemos escapar.  Y no podemos. Han caído cataratas de agua, rayos y truenos tan poderosos y temibles como los de los cuentos de la infancia.  El instinto vital se acalla, nos inclinamos temblorosos ante todos los dioses del tiempo.  Si la tormenta persiste uno y otro y otro día, de una manera sigilosa se cierra el círculo de la esperanza.  Es el encierro.  Es la imposibilidad de cambiar las cosas.  El fracaso, la melancolía, la más implacable realidad de nuestra pequeñez. Llueve, hay relámpagos y los truenos descargan toda la fuerza del cielo que nosotros habíamos despreciado sin pensar.  La tierra parece que se rasga y la cortina de agua va a impedir que nos salvemos unos a otros.  Algunos ratos se abre el gris del cielo amenazador y el sol aparece para que no nos vayamos a morir de pena. Pero el Tata Dios se complace en confundirnos  y  las tormentas se suceden días y días.

Me pongo a pensar en tantas personas y tantas cosas que están sometidas a fuerzas semejantes en la vida.  En  aquellos  que deben someterse a la voluntad de otros.  Porque los otros lo quieren o lo deciden; o porque ellos mismos tienen la capacidad de brillar intensamente pero sólo cuando van menguando su propia luz en aras de lo que otros demandan.

Los otros son los que los aman y son buenos, los que los aman y no lo son.  Los que no los aman pero también son buenos, los que no los aman y no lo son.  Como la naturaleza desatada con la lluvia esos otros los aturden, los seducen, los encierran.  Les dejan el mandato de provocar la felicidad, de asegurarles la felicidad.

Entregados en cuerpo y alma a la omnipotencia de los otros estas personas tan especiales siguen reviviendo en cada día y cada uno de esos días vuelven a sonreír, a reír, a reírse a carcajadas, a considerar nuevos proyectos, a olvidarse de sí mismos con una gracia tal, que nadie puede sospechar la fuerza de su propia fuerza.  Claro que al cabo del tiempo eso se traslucirá en tristeza, la peor de todas, la tristeza de la que no se sabe que uno tiene porque la viene soslayando desde casi siempre.

Pero no son sólo personas, también hay situaciones que nos encierran como el círculo de agua cayendo a borbotones este día de melancolía y reflexión.  Agua que borra el paisaje.  Agua que nos mete en nosotros mismos y no nos deja ver para afuera.  Y nos quedamos tan campantes creyendo que somos felices.  Laboriosos obreros de la felicidad sin compensación son aquellos que viven para los demás pero no con el mandato bíblico de amar al prójimo sino con la cierta vanidad humana de ser el que ama más o el que resiste más.  Llevando la imagen bruñida de su propia omnipotencia por todos los caminos del Señor.  Todavía sin reconocer que de ello el costo será la tristeza.

La lluvia sigue una, dos semanas.  Se vuelve agobiante.  Ya no alcanza el deseo de ser útil para provocar la felicidad de los otros.  Cada uno ha encontrado el límite de sus fuerzas y empieza a mostrar su propia vulnerabilidad. Cada uno necesita también que los otros lo hagan feliz.  Ése es el secreto.  El amor es gratuito y generoso y olvida, pero las personas deben ser amadas a cambio.  Amadas. Igual, de distinta manera pero igual.  Cada uno amando como puede y queriendo amar más de lo que puede.  El amor es gratuito pero tiene que ir en ambas direcciones.

La vida también es gratuita pero igual, de cualquier manera, tiene que tener algunas compensaciones.

El encierro del agua promueve todas estas interioridades, saca afuera lo que no cabe.  Escalamos desde lo más profundo y mirando el espejo turbulento del agua empezamos a llenar  el alma de primicias.  Los vidrios de las ventanas se opacan, no nos queda otra cosa que mirar para adentro y sacar lo que no cabe.

Un día y otro, una parte de la vida, toda la vida.

Hasta que al fin un día cualquiera, a media tarde, se hace la luz.  Deja de llover.  Los pájaros empiezan, casi tímidamente, a cantar de a uno, las nubes van encontrando formas.  Empiezan a gotear las canaletas, lo último, lo que quedaba del encierro.   Reluce el ladrillo y la luz se vuelve  dorada.

Primero llega el asombro, el gozo, la exaltación de la libertad que sumada a toda esta  belleza es invencible.  Miramos para dónde salir y allí está, allí estuvo siempre el sendero escondido.  Verde, sencillo, desteñido.  Casi oculto detrás de un roble y metiéndose por entre las hortensias.  Para empezar a recorrerlo con un poco de miedo  y mucha curiosidad.  Mojándose los pies y el cuerpo en el desfiladero de las ramas.  Tentador.

Como en la vida.  A veces se termina el encierro, llega el tiempo de salir escapando de lo que nos atrapaba.  Una situación, una persona, una ambición equivocada, vanidad, obstinación, ignorancia, sencilla ingenuidad.  Proyectos que no se cumplieron pero que parecen estar delante de nosotros cuando ya no es tiempo.   Tiempo que ya se fue y sin embargo quiere imponerse al presente.  Todo, todo lo que nos encierra.

Y da miedo.  Porque el sendero nuevo gira y desaparece, no sabemos adónde va, hasta dónde llega. No sabemos qué nos espera.  Si entra en el bosque de los milagros o se pierde entre jardines abandonados.  Casi empezamos a extrañar el encierro de la lluvia feroz porque nos había dejado sin propósito y casi sin tener que decidir nada.

Da miedo.  No importa que los rayos de sol del atardecer vayan cambiando los relumbrones.  Que las hortensias se hagan de otros colores.  Que los pájaros nos prometan alegría.  Da miedo.  Salir del encierro da miedo.  Y nadie puede resolverlo por nosotros.  Nadie promete bonanzas fuera del encierro.  Somos cada uno, su encierro y su sendero para escapar de él. ¡Como para no tener miedo!

Pero nos acercamos, damos dos pasos y otros más,  sentimos la humedad del suelo, y descalzos empezamos a sonreír. Todavía no llegamos al recodo del sendero pero ya no retrocedemos.  No importa lo que venga siempre es una nueva oportunidad.  Las gotas que salpican nos hacen reír, un pájaro vuela rasando borracho de gozo.  Caminamos, da miedo pero caminamos.

Cada uno su propio sendero.  Por ahora se terminó la lluvia, la nostalgia, la melancolía.  Caminamos el sendero escondido y ya nos alegramos por lo que vamos a encontrar después del recodo.

Todo esto me lo contó una mujer cuya amistad había compartido en forma ocasional.  Me habló de la lluvia, del encierro, de los días que se le hicieron interminables.  Del anillo de agua fiera que la había asustado.  Y después me llevó hasta donde empezaba el sendero escondido y, sin invitarme a recorrerlo me miró con una sonrisa maliciosa de los que aprendieron a empezar de nuevo.

Veranos lluviosos, implacables, sin sol.  Veranos en los que  la lluvia nos puede regalar cosas mágicas.   Si no le tenemos miedo.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.