
Primero la Justicia- Para todos. Para todos. Para todos.

Primero la Justicia- Para todos. Para todos. Para todos.
Hilachas que van Tramando
Una mirada nueva
El paisaje es rudo, solitario, lo llenan árboles semidesnudos que no se llevan bien entre ellos. Cruzamos un arroyo correntoso caminando sobre un tronco que lo atraviesa de orilla a orilla, lo cual nos hace temblar y vuelve más atractiva nuestra aventura. Pasados los arbustos espinosos que crecen en las laderas del zanjón, con sus hojas salpicadas de rojos y amarillos, empieza un suelo que nos engaña con su color verde brillante pero que flota sobre barro en el cual se nos hunden las zapatillas. El verde es brillante y peligroso aunque sólo sea por empaparnos hasta los tobillos mientras nos reímos como si no nos importara. Hay un árbol abatido casi seguro durante la última tormenta y debemos ayudar a los más chiquitos a pasar por encima porque los alrededores están muy anegados.
Todo era parte de una tarde de otoño durante la cual habíamos salido a recorrer zonas apartadas. Nada del paisaje se nos entregaba. Nosotros habíamos salido a la caminata muy alegres, los niños cantaban y pronto todos nos sumamos al coro. Descubríamos algún pájaro nuevo, los restos de un esqueleto de jabalí que se transformaba en un dinosaurio, fantasía alimentada con toda naturalidad por los mayores; árboles para saltar y para sortear. Ninguno para trepar porque sentíamos una cierta hostilidad en el ambiente, tal vez porque no era una zona que habíamos visitado desde hacía mucho tiempo. Nada del paisaje se hacía amigable. Más bien distante y silencioso. Le faltaba algo para ser una belleza bella.
Al fondo una sorpresa, un espacio muy grande sin árboles, con el mismo pasto pero sin barro, lleno de sol y tibio, y atrás, un poco más atrás, la pared rocosa de las sierras. Una estructura vertical de colores grises y marrones, con pocos arbustos desparramados y agujeros de cuevas pequeñas que la montaña cobijaba y en algunos casos ocultaba con matas de arbustos que en otoño se tornaban de colores. Sierras que nuestros hijos habían escalado desde que eran chicos y que siempre nos hacían sentir sobresaltados hasta que todos estaban de vuelta en la casa, cansados, hambrientos y exultantes, hablando a borbotones, interrumpiéndose unos a otros y acumulando recuerdos que se irían haciendo más y más queridos con los años.
No regresé a ese lugar precisamente ahora, lo que pasó es que, buscando algo, cayeron desde un estante superior una buena cantidad de fotos, una de las cuales me llevó de vuelta a ese momento.
Sentada en el suelo me quedé mirando la escena y todo cambió. Me pareció que la imagen era mucho más soleada, que no había barro en el piso y que los árboles se sentían bien unos con otros. Había desaparecido la hostilidad. Atrás, las sierras reaparecían con toda su realidad, luminosas, reflejando la luz dorada del atardecer, sin sobresaltos, casi cálidas, casi como si entendieran. Todo era igual en la foto pero todo era distinto en mi mirada.
Una mirada nueva para recordar, borrando en forma espontánea lo que me había dado miedo, lo que me había dolido o preocupado. La foto se hacía más y más clara, más y más bella, más cercana.
Miramos según lo que nos pasa, según lo que tememos perder o lo que ansiamos tener. Miramos cada vez de una manera distinta. Ahora ha llegado el momento de remirar casi todas las escalas de la vida que va pasando y estoy tentada de ir borrando aquello que me excede, que me trabó alguna vez el ritmo acompasado de lo que yo quería para mí misma. Como todos.
Puestos a mirar para atrás es que necesitamos una mirada nueva para cambiar un pasado en lo que nos pese, en lo que nos duele, en aquello en que somos prisioneros de algo o de alguien. Una mirada en la que dejemos de ser rehenes de cosas que nos pasaron antes y que no podemos cambiar. Una mirada nueva para perdonar y ser perdonados. Para resaltar lo que fue bueno, en el fondo y en las formas. También una mirada para fijar los detalles de nuestra vida que se nos habían pasado desapercibidos mientras la ocupación de vivir llenaba todos los huecos.
Es necesario reencontrar aquella sonrisa de alguien que hemos amado siempre, el gesto de la mano y también la luz que entraba por la ventana. Volver a una juventud de todos los que éramos jóvenes y llenábamos el cuadro con tanta energía y tanta inconsciencia que hasta en las fotos todo parecía moverse sin pausa y todo era ruido y sonidos. Una mirada nueva que refresque las emociones, reviva los olores y los sabores de toda la vida.
También esa mirada nueva para entender algunas cosas que nos pasaron, para saborear la ternura de aquellos que no habíamos sabido conocer, para reírnos de lo que valía la pena, para colorear con colores nuevos un pasado que sólo así puede ser presente. Un pasado que convoque y al que no le temamos.
¡Hay tantas cosas qué debemos mirar de nuevo!
Con una consigna: solamente lo que nos hace bien, después de hacer los balances, pagar las deudas y olvidar los malos momentos, solamente mirar y recordar lo que nos hace bien, para que el mundo se reinstale armoniosamente.
Hasta los más jóvenes merecen tener una mirada nueva sobre lo que les pasa, para que no les pase porque les duele o para cementar lo que les está pasando si los hace felices y que les dure para toda la vida.
Y una mirada infantil de ahora en adelante. A propósito, entre una de las tantas reflexiones que me llegan de los más jóvenes de la familia rescato la última de uno de mis nietos, un varón de 8 años que le contó a su mamá que su amigo Matías se había ido a Chile cruzando la Cordillera en coche, pero “no manejaba él, manejaba el padre”.
Me sumo a tal mirada, todo es posible, desde cruzar la Cordillera manejando un coche cuando uno tiene 8 años, hasta descubrir el color ambiguo de una rosa. La vista del jardín cuando se abren los postigones bien temprano a la mañana, el pliegue de esa cortina que se balancea, la sonrisa de mi amigo, el tren a la distancia, un libro sobre la mesita y la esperanza luminosa del día que vamos a vivir. Nuestras propias manos y los gestos de los otros.
Parar un momento y mirar. Como si todo se tratara de mirar.
Mirar, mirar, elegir qué nos vamos a guardar de esas miradas, volver a la imagen, retocar, iluminar, integrarla a los buenos momentos. Y dejarla ir con la seguridad de que vamos acopiando belleza y armonía que nos van a servir en los momentos en que la vida golpee sin piedad, que todos los tenemos.
Mirar en la oscuridad y llenarla de luz desde adentro.
Mirada nueva a los que amamos, al lugar en el que vivimos, al momento de la vida que nos está pasando mientras la vida sigue tan airosa para todos, nosotros y los otros y si perdemos esa mirada perdemos ese pedazo de ella.
Mirar con atención como mira un niño el camino de las hormigas en el jardín, con los ojos grandes del pequeño que da palmas en la canción que le cantamos y así posee el mundo hasta los confines. Mirar sin separar pero olvidando. Con anhelo de cosas nuevas, mirar como mira uno sin quedarse solamente en experiencias de los otros, mirar compartiendo lo que nos gusta, lo que nos hace reír, lo que nos sacude el ánimo hasta llenarnos de emociones.
Mirar esperando que todo sea posible, sin prejuicios, dispuestos a encantarnos y a sorprendernos con la naturalidad de los más chicos. Todo puede pasar y todo lo que pase puede ser bueno.
Voy a enmarcar la foto en cuestión, para no olvidarme. La quiero tener presente con el propósito de que vaya cambiando según mi mirada y sea una de las más bellas que he tenido. Como la vida. Siempre es la misma para cada uno, pero a uno le pasan cosas que la hacen distinta.
Cuando el alma sienta alguna derrota me voy a ir a cruzar el arroyo haciendo equilibrio sobre un tronco atravesado, caminaré el pasto verde y sin barro, voy a llegar hasta la base de la sierra sin sentirme tan pequeña como soy y, en una de ésas, me atrevo a escalar para llegar arriba y descubrir el paisaje entero. Y también voy a ir cuando me sienta muy feliz. En una de ésas me atrevo, cambio la mirada y me hago nueva. En una de ésas.
Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.