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Hilachas que van tramando – Hablando de Espacios

14 Jun

Hablando de Espacios

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Las sombras se alargan huyendo de las montañas y de golpe se caen abruptamente cerca de ellas.  Atardeceres muy cortos para una pampeana como yo, acostumbrada a los espacios en los que el horizonte no se termina y la Cordillera aparece demasiado grande, demasiado alta, demasiado  fuerte.  Vemos blancos y marrones, vetas verde oscuras y guiñapos de sol que se van colando.  Aquella majestuosidad nos hace callar y nos empequeñece hasta el silencio absoluto.  Vamos rumiando nuestro desconsuelo porque en esos lugares somos insignificantes. Solamente nos queda juntarnos y …respirar profundo.

La  superposición de los valles, uno atrás de otro, y otro que aparece donde no se esperaba y todo en un desorden divino y, como tal, imponente, nos hace creer que la huida eterna es el único camino.  Hay algún peñasco enorme y oscuro que parece salir de una cueva mitológica, el arroyo empieza a correr y el hielo cubre los charcos grandes.  Cruje la tierra, cae la noche y casi huimos despavoridos de tanta grandeza.

Después entramos y todo el grupo alrededor de la chimenea, disfrutamos de la noche adentro con un vaso de vino caliente con canela, que quiere, quiere pero no puede,  hacernos olvidar, del todo, que la inmensidad sigue allí con sus gigantes agazapados, eternos y fabulosos.  Quiero correr las cortinas porque me asusta que este horizonte se termine ahí nomás. Estoy acostumbrada a que cualquier atardecer mi sombra puede llegar hasta el fondo de la legua, hasta el infinito.   Uno por uno me van abandonando todos ya que la jornada fue dura y las caminatas largas y difíciles.  Me quedo bien abrigada mirando las brasas de todos colores.

Y voy pensando.  ¡Qué simbólico esto de los espacios!  De las dos dimensiones que sitúan al hombre, el Tiempo y el Espacio, esta última es la que puede mostrarse gráfica y realmente.  Lo primero que se me ocurre es que los espacios son más o menos reconocibles y más o menos aceptados según sea el lugar en el cual crecimos y vivimos durante nuestros primeros años. Siempre recuerdo un italiano amigo de mis padres que, habiendo llegado al Puerto de Buenos Aires se trasladó a una ciudad a más de 500 km de distancia y en un momento tuvieron que detenerse porque estaba descompuesto, desesperado ante la lejanía que no se quebraba para ninguno de los lados.  No sabía explicar qué le pasaba, pero era como un niño abandonado. Él necesitaba espacios aéreos fragmentados por montañas.

Esos primeros espacios nos marcan, algunos nos unen y otros nos separan absolutamente.  Forman nuestro carácter y tienen un efecto contundente en nuestra vida.

 “Espacio: Continente de todos los objetos sensibles que existen//Parte del continente que ocupa cada objeto sensible// Transcurso del tiempo.

Espaciosamente: Con espacio y lentitud”

Espacioso: Ancho//Dilatado//Vasto// Lento, pausado”

Espaciar: Poner espacio ente las cosas// Esparcir, divulgar, difundir, dilatar”

Todo tiene que ver con el Espacio en el cual se desarrolla nuestra vida.  El que le damos a los demás y el que necesitamos para nosotros.  El que podemos compartir y disfrutar.

No  lo tenemos claro.  A veces por el amor que estalla, otras por necesidad, competencia, egoísmo, ceguera, vamos avanzando sobre el espacio de los otros y perdemos la proporción de todo.  Y también defendemos fervorosamente el que consideramos nuestro, nos pasamos, exigimos que sea mayor que el que merecemos o lo resignamos en nombre no sabemos de qué.

El lugar especial en el que estallan los espacios es, sin duda, el de la Familia.  La Familia nos contiene a todos y a cada uno de nosotros.  La casa en la que vivimos, el hogar, el mundo de cada familia, es el hueco donde nos sentimos más seguros, donde deberíamos sentirnos más seguros.  Allí siempre, o debería ser siempre, alguien nos ama, nos escucha, nos reprende y nos comprende.  La Familia y los amigos son los lugares en los cuales se nutre la esperanza.  Nuestros amores son los que cierran filas ante las dificultades que aparecen en la vida, que siempre aparecen, y se juntan para festejar los buenos momentos.  Lo ideal entre la gente que se ama es que procuren vivir de tal manera que cuanto menos espacio dejen entre ellos, más espacio tenga cada uno para crecer en libertad.  La fórmula perfecta del amor.

Me estoy imaginando el mundo de los hombres y sus juegos de espacios.  “Poner espacio” en el respeto de la intimidad de cada uno, confiando que esa persona sabe que allí estaremos siempre que nos necesite.  Cruzar los espacios que a veces se entrecruzan y otras se complementan.  Algunos para disfrutar juntos, para elegir lo que nos conviene, para crecer.  Espacio es el lugar entre mi cama y la de mi hermana justo cuando estira su mano para calmar alguna pena de amor adolescente.  Y el pedacito de cielo azul que se ve desde el patio donde jugamos.  El que desaparece en el abrazo de los amantes.  El que se llena de silencio para respetar el silencio del otro.  El momento de reflexión que nos hace acercarnos o alejarnos prudentemente del que lo necesita, según qué necesite.  El que borramos para consolar.  Espacio somos todos y cada uno de nosotros para los demás.  Conviene empezar a reflexionar sobre esto.  Para aprender a no robarlos y saber dónde y cuándo nos corresponde ocuparlos.

Nuestra vida es como la separación que hay entre las rayas de un pentagrama, ordenando la melodía.  A veces merece un tiempo más lento, a veces mucha velocidad.  Hay tiempos en que los espacios se llenan de fantasías y otros que se necesitan para resolver problemas cotidianos, para estar en soledad, para pedir perdón, para aventurarse, para compartir un lugar y un momento que no valdría nada si estamos solos.

Recuerdo mi deleite cuando una maestra inspirada nos enseñó a entrecruzar arcos dibujando con un compás.  Recuerdo como se  iban formando pétalos y después flores y más tarde fantasías que pintábamos de distintos colores.  Teníamos seis años y llenábamos las carpetas que nunca eran lo suficientemente grandes.  Aprendimos a crear belleza creando espacios y llenándolos de luz con todos los colores posibles.  Nos sentíamos halagadas, conformes y orgullosas de aquellos “cuadros” que se quedaron en el rincón más feliz de la infancia.  ¡No sabíamos que, sin saberlo, podríamos haber estado dibujando nuestra vida!

Me estoy olvidando de los miedos que me provocaron estas enormes montañas que parece que se me vienen encima.  Allí los espacios aparecen mirando el cielo.  En mi tierra mirando a lo lejos.  Todos nos enseñan la experiencia vital de tener que adecuarnos a los espacios diferentes, a los espacios que nos tocan.  Y así es con los demás.  Ajustamos nuestros lugares, agregamos las luces y tratamos de vivir en una delicada armonía.

Mañana volvemos a la ciudad.  Camino por las veredas apretadas, respiro profundamente y decido que le voy a dedicar mucho tiempo y empeño a esto de los espacios míos y de los otros.  Por eso de que mejorar las relaciones con los demás hace que la vida sea mejor.  Así es.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.