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Hilachas que van tramando – El canasto con frutas de colores

18 Oct

Hilachas que van tramando

El canasto con frutas de colores

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El canasto era de metal pero trabajado como si fuera de mimbre, estaba lleno de frutos de vidrio de colores vivos y compactos, traídos de Colombia por un tío abuelo medio tarambana en uno de sus viajes aventureros que llenaban de fantasía a las mujeres de la familia.  Bellísimos, eran bellísimos.  Nunca vi nada que expresara con tanta sencillez la exuberancia de los colores primarios.  Nada más que colores primarios para que recordáramos que ellos son los únicos que  llenan de  matices a nuestra vida.   Sin ellos  el mundo sería gris y opaco, por eso ocupaban un lugar en la mesa del comedor.  Estuvo desde siempre en la casa familiar y, al paso de los años, lo recuerdo con emociones inefables, compuestas y tibias porque son una parte de las cosas que atesoro como lo mejor de mi propia vida.  Me remontan a una época en la que todo era, la mesa servida, los hijos que abundaban, las vacaciones, las fiestas de cumpleaños, el primer “papá” dicho entre balbuceos, los botines de fútbol, el desayuno de un domingo de lluvia, la casa calentita, el aroma de la comida que más nos gustaba, la complicidad del abuelo con los más chicos, el vestido que se estrena, la muñeca en el sillón, el día de la comunión, la escapada de un fin de semana, los deberes, la mirada cómplice entre los esposos, una tarde de bicicleta, la boca sucia de chocolate del más chico, los pañales, la fiesta de fin de año en la escuela, las manitos del hijo, mamá radiante con su nuevo peinado, papá feliz porque ganó su equipo, una discusión que termina en risa, un diagnóstico favorable, el dolor bien compartido, el patio con el ciruelo, la mermelada de ciruelas de mamá, el primer baile, el hijo adolescente confundido, un atardecer de verano, una tarde de otoño, las hojas en la vereda, el olor de la ropa limpia, el programa que más me gusta, la reunión con los amigos, el asado, el picadito, el “té” con las chicas, la caminata por el barrio, la sombra en el jardín, un rosal que floreció, la plaza, el cine, el mueblecito que se estrena, un regalo de cumpleaños, la Nochebuena en familia,  la llegada a casa desde el trabajo, la charla entre los hermanos, una llamada telefónica, las fotos, los recuerdos.  Todos los olores y los sabores y las imágenes que hacen que la vida sea verdaderamente maravillosa.  Eso que estaba pasando en mi vida mientras yo vivía mi vida de niña en una familia tipo en la ciudad de mis amores, hace unos cuantos años.

Lo recuerdo ahora porque estoy un poco alborotada.  En un artículo de un diario y con motivo del Día de la Madre, una mamá joven, consultada por el cronista ha dicho “que su abuela se quedaba en su casa fregando y atendiendo a su marido y a sus hijos, en plan de sacrificio y su madre creía en una postura feminista donde la mujer no tiene porqué someterse a un hombre, habiendo de algún modo postergado su vida como mujer por  haber sido madre”.  Y así, esta niña, con insolencia y atrevimiento, borraba de un plumazo todo un pasado de mujeres de otros tiempos que la daban entidad a sociedades de otros tiempos.

Estoy alborotada, yo, una enamorada de los tiempos modernos, que me agarro con las dos manos y hasta dónde puedo a todos los “cuchuflitos” tecnológicos que se me acercan, lo cual me hace la vida más ponderable;  y amo los adelantos de la medicina que me alargan la vida y me regalan calidad de vida;  que me siento a esperar el futuro, porque el futuro cada vez me parece más atractivo; que tengo un poco de penita porque me voy a perder muchas cosas de este siglo apasionante ¡a menos que viva ciento cuarenta años! , estoy alborotada, un poco enojada y muy combativa.

La sociedad en la que vivimos se ha acostumbrado a mirar sobre el hombro a los tiempos pasados y llevar agua a su molino como para que esto de la “relatividad” le resulte menos pesado y le haga creer que no hay época más sabia que la que estamos viviendo. Me parece a mí y creo que los historiadores y los filósofos y todos los sabios que saben mucho más que yo me aprobarían, que no se conoce una sociedad que se permita “juzgar” a las anteriores, con tanta liviandad y suficiencia, como la actual.  Usando cada vez un tema distinto, releyendo la historia para el lado que resulte práctico como para justificar todo lo que no están muy seguros de que estén haciendo bien.

¡De acuerdo!, esta época es fenomenal y no me hubiera gustado vivir en otra.  Pero, la felicidad y la alegría están, surgen, se viven y se disfrutan en cualquier momento de la vida personal y del mundo.  También la desgracia, el error en las elecciones, las crisis y los pecados, atraviesan el tejido de cada tiempo con toda impunidad y sin pedir permiso.  Sólo que me pregunto quién les ha hecho creer que las mujeres y las familias de esas mujeres tenían el destino parejo, lleno de frustraciones, de sacrificios, de dolores, de silencios y desprecios.  ¿De dónde sacaron que todo era un mundo gris, uniforme y aburrido donde no pasaban las cosas excitantes que vivimos ahora?  ¿En qué academia aprendieron que todo era represión en lo que respecta al sexo, al erotismo y que las mujeres no sabían gozar?  ¿Por qué necesitan creer todo eso?  ¿Será que el mundo actual las tiene asustadas porque hay algunas cosas que se les pierden en este vértigo general de hacer todo, vivir todo “como se debe” siempre que sea rápido, extravagante, confuso, atrevido, atemorizador y conflictivo?

Les quiero contar algo.  Durante el siglo XX había cosas que se vivían de otra manera.  Había más tiempo, porque no había televisión, ni Internet, ni teléfonos celulares, ¡gracias que había radio y teléfono!.  Las señoras “de su casa” hacían algunas cosas mientras escuchaban la novela de la tarde, cosas como planchar, cocinar, o coser.  Pero todavía les quedaban horas libres para juntarse con sus amigas para tomar el té, charlar o salir un rato a caminar.  No estaban cansadas, por eso a muchas les encantaba dormir la siesta con sus maridos que podían venir a casa al mediodía.  A las que no les gustaba la siesta no la dormían pretextando algún molesto dolor de cabeza.  Igual que ahora.  Aunque ahora las mujeres tenemos más dolores de cabeza porque corremos todo el día a velocidades increíbles y…tenemos menos ganas de dormir la siesta.  Las relaciones sexuales eran algo íntimo y privado y la imaginación se dejaba para los dos que lo vivían y lo gozaban.  Nunca una especie de competencia deportiva que termina siendo igual en todos los casos.  Cada uno elegía lo suyo y eso era lo de ellos.  Nadie les enseñaba desde una pantalla cómo, cuándo o cuánto se hacían las cosas.  Todo era exclusivo.

No había que llevar a los niños a ningún lado, porque casi todos los barrios eran seguros y ellos desde muy chicos disfrutaban de una libertad que ahora envidiamos los mayores.  Los niños iban a la maestra particular, a piano, a inglés y siempre sin que los padres gastaran nada de su tiempo en llevarlos, iban solos.  Por lo que los padres podían dormir la siesta con toda tranquilidad y las veces que querían.  Había mujeres que elegían una profesión o trabajaban por necesidad o por gusto.  Claro que viajaban más cómodas porque siempre alguien les cedía el asiento, llegaban muy a tiempo al trabajo o al consultorio y a media tarde  hasta les sobraba el rato de tomar una taza de té o un mate.  Nunca escuchaban una palabrota y sí alguna galantería.  Cuando los hijos crecían casi siempre encontraban con tiempo de empezar algún curso o iban al cine o al teatro a funciones tempranas.  Los fines de semana se salía, alguno sí y otro no.  Y siempre había tiempo para dormir la siesta que reconfortaba y revivía los primeros ardores de la vida.  Las esposas eran “mi señora” porque en la mayoría de los casos reinaban en el hogar.  Esto es así y es cierto.   Les gustaba alardear con la casa bonita, iban a la peluquería los viernes para estar bien el fin de semana.  No levantaban pesos porque los hombres eran muy hombres.  Charlaban a borbotones, se reían de algunas cosas y lloraban con otras.

Había frigidez y también temperamentos apasionados, igual que ahora.  Hombres guapos y otros no tanto.  Los había corteses y fieles y otros no tanto.  Pusilánimes y violentos.  Igual que ahora.  Había hombres y mujeres leales, y otros pecadores, igual que ahora.  Había llanto y alegrías, penas, sueños, emociones, desencantos, igual que ahora.  Pobreza y despilfarro.  Igual, igual que ahora.

Igual que ahora se necesitaba un lugar para estar a salvo.  Un lugar de refugio en el cual la mirada, el gesto, el silencio compasivo, la risa, la ternura, la pasión, la generosidad, la alegría, el amor, el dolor, el miedo y el arrepentimiento encontraran su medida de lo humano.  Un  lugar que albergara nuestras debilidades, la necesidad de ser amados sin explicaciones, las emociones, los sentimientos que nos dan todas las tonalidades del ser humano.

Se necesitaba un lugar confortable para vivir y compartir.  Un lugar amigable en el que pudiéramos hacer el ridículo y reírnos de ello y también uno para llorar a gritos cuando la vida se hacía implacable.  Un lugar con espacio suficiente como para poder bailar y jugar y aprender las cosas buenas de la vida.  Uno sagrado para poder rezar, vivir nuestros valores, nacer, buscar la trascendencia, y también, despedirnos de la vida con la gracia y la seguridad de aquellos que han sido bien amados.  Igual que ahora. Igual que ahora.

Dejemos de comparar porque en algunos casos salimos perdiendo y en otros somos ganadores pero, si creemos que esto es lo mejor del mundo, no vamos a aprender nada.

Aquellas mujeres y hombres ya vivieron sus felicidades y sus penas.  Ya no están pero su mundo fue para ellos el mejor de todos. Y lo fue.  Doy fe porque mi madre y mis abuelas y mis mayores me lo contaron.  Solo que ahora es distinto y también es el mejor de todos porque lo veo en mis hijos y en sus primos y en sus amigos.  Cada época tiene lo suyo, claro que las mujeres del siglo XX dormían con más frecuencia la siesta con sus maridos y eso las hacía muy felices.

Era otro mundo también maravilloso, en el cual también las víctimas elegían serlo y los amantes se amaban hasta la muerte.

¡Ah, me olvidaba…! Las mujeres del siglo XX  proclamaron con gran alegría y desparpajo el amor libre e invitaban a hacer el amor y no la guerra! ¡Qué mujeres! No tenían nada de sometidas.

¡Qué más les digo!

Que entremos a casa con el paso lento, saboreando cada lugarcito amado.  Dejemos afuera los ruidos descomunales de la calle y escuchemos el sonido del portón en el jardín, la cortina que se mueve con el viento, la risa del hijo que está creciendo, una silla que se movió en el comedor, el tintineo de los cubiertos cuando ponemos la mesa, el agua que corre, la voz de mamá.  Dejemos afuera el tiempo vertiginoso y disfrutemos del tiempo afortunado de estar con el otro, escuchar pacientemente, contar de a poco las mil y una anécdotas del día que ya vivimos.  Crucemos la mirada cómplice con todos y cada uno de estos seres que amamos tanto.   Tomemos la tarea de enseñarle a bailar el vals a la quinceañera que se nos hace mujer y preguntémosle a mamá quién es la señora que nos mira de la foto antigua con un sombrero pequeñito lleno de lentejuelas y aros de perlas que dormía muy contenta la siesta con su marido.  Escuchemos un rato de música que le guste a todos o que “toleren” todos.  Vamos a reírnos de lo que pasa y a provocar la risa cuando algo bueno no pasa.  Y al terminar el día, con la oración que aprendimos y enseñamos, démosle gracias a Dios de tener una familia que cada día nos hace más humanos.  Vivamos un poco como se hacía antes, cuando las mujeres dormían la siesta con sus maridos.

Olvidemos los esquemas alterados de tiempos pasados que parecen hechos por un niño caprichoso o un artista loco.  Miremos con amabilidad el pasado porque en él están todas las explicaciones de lo que somos ahora.

Dejemos relucir el canasto con los vidrios de colores primarios que, junto con un puñado de sueños, nos trajo un tío abuelo de Colombia.  La vida fue, es y será maravillosa.  La nuestra, la mejor.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos

 

 

 

 

 

 

 

 

               

         

 

Hilachas que van tramando – ¡¡Ay mi alma!!

4 Oct

Hilachas que van tramando

¡Ay, mi alma!

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La reunión se desarrolla de una manera tranquila, se oyen conversaciones como murmullos.  El hall central es un recinto que termina en una escalera imponente de mármol con pasamanos de  madera  que, en el primer descanso y a cada lado tiene lámparas con figuras femeninas típicas del Art Noveau, mármol de Carrara trabajado con una exquisita delicadeza, cuerpos desnudos, opulentos y tentadores.  La cabeza coronada por trenzas que se retuercen alrededor y dejan escapar mechones de pelo, los ojos bajos, las mejillas blandas y una sonrisa esbozada de costado.  Toda sensualidad y misterio.  ¿Qué noche han pasado las doncellas? Podríamos inventar cortinas de gasa al viento y camas con dosel.  Cada una sostiene la lámpara terminada en una bocha de cristal tallada en florones y guardas. La luz domina toda la escena.

Los tres pisos se abren alrededor del hueco del hall con barandas acordes al estilo, desde allí se asoman los invitados para mirar hacia abajo el piso de damero negro y blanco cortado en las mejores canteras de Italia.

Después, arriba, sosteniendo el techo trabajado en relieve de racimos de uva y querubines, en cada ángulo de cada piso hay figuras de hombres, también de mármol, fuertes, musculosos, con nariz recta, pelo ensortijado, y hombros fuertes con los que mantienen toda la estructura.  Las piernas tensas como el acero, el torso en el que se dibuja el esfuerzo y el sexo pequeño como para que no distraiga del conjunto.

Hombres y mujeres a los que llegamos sobre una alfombra roja de ceremonia. Hombres y mujeres que representan la mirada antigua  sobre la belleza de unos y otros. La reunión se transforma en una fiesta y el palacio, que de eso se trata, pasa a un segundo plano para dar lugar a la comida, la música y todo el ritual de una boda por lo alto.

Pero yo los recuerdo y me han despertado cierta inquietud para pensar en las diferencias y las similitudes que hay entre los hombres y las mujeres.  Tengo la suerte de poder visitar el palacio en una ocasión menos formal, estoy casi sola con unos y otras y me detengo inventando historias. Me apena que estas estatuas siempre estén atadas a su destino de mármol inmóvil y no puedan ni tocarse. Aunque creo que, a veces, cuando se apagan las luces y los serenos se retiran, dejan sus lugares y se juntan a celebrar los dones de hermosura con los que los han tallado.  Solamente hermosura sin un ápice de emoción, amarga condena no tener emociones, ser absolutamente iguales excepto en la belleza.

Entonces  pienso en nosotras a quienes nos sido dado ser mujeres de verdad, distintas a los hombres, en el mismo plano pero distintas.  Estamos hechas para adentro, ellos para afuera.  Somos delicadas, ellos son fuertes; apreciamos la ternura, ellos las definiciones;  nos gusta recorrer el camino, ellos miran el objetivo.  Para nosotras el mundo está hecho para cuidarlo, ellos lo conquistan con sus sueños y vienen a curarse las heridas cuando fracasan.  Ellos son fuertes en sus exigencias, nosotras somos fuertes para vivir.  Ellos son audaces, nosotras valientes para encarar la vida.

Somos diferentes.  Y también somos iguales en muchas cosas.  Por ejemplo en lo que se refiere a la inteligencia, la ambición, la voluntad, el sosiego; somos iguales en nuestras emociones, podemos sentir miedo y júbilo, tenemos sueños compartidos iguales y diferentes.  Amamos y sufrimos, salimos a competir, y nos ocultamos cuando se lastima nuestro amor propio.

Somos iguales en muchas cosas y totalmente distintos en otras.

¡Gracias a Dios! ¡¡¡Que ha compuesto dos iguales que son diferentes para placer y alegría de ambos!!!

Sin embargo en nuestro mundo, nuestro mientras transitamos por él, parece que nos deleita asegurar e insistir e insistir que no hay diferencias entre unos y otros.  Ninguna.  Y que es fundamental limar las que haya para que todos seamos lo mismo.  Grave error  ¡como si fueran lo mismo el mar y la cordillera, el viento y el sol, el invierno y el cielo de verano!  Pero seguimos insistiendo y dejamos que los jóvenes queden indecisos, se asusten, se confundan y se pierdan la oportunidad de vivir a pleno aquello que les ha sido dado como es, no solo su cuerpo, también su identidad, categóricamente su identidad.

No somos iguales.  Nos parecemos nada más.

Somos personas, eso es común a todos.  Somos seres que tienen sentimientos y viven emociones.  Como personas elegimos los valores que nos importan y tendemos a vivir nuestra vida como queremos.  Eso está bien, y es una conquista del nuevo mundo. En eso somos iguales.  Nos desvela nuestra sexualidad, nos gusta ser hermosos, como lo es un hombre y como lo es una mujer.

Hasta hace pocos años no sabíamos lo que es ser “políticamente” correctos y en los cuestionarios poníamos sexo femenino, sexo masculino.  ¡¡¡A todos los aires!!!  Hasta que alguien pensó que ésa era una definición negativa y nos borró de un plumazo las diferencias.  Sin pensar que hay un límite muy fino que se pasa en el preciso momento en que se hacen difusas las características diferentes entre un hombre y una mujer, entonces la mujer es menos mujer y el hombre menos hombre.

¿No está resultando familiar esa figura andrógina que no despierta ninguna apetencia?

¿Nos gusta verdaderamente? ¿Nos gusta una mujer que se equipara a los hombres en su sexualidad? ¿La que deja de ser un hueco tibio para largarse  a la conquista del desierto? ¿La que quiere ser como ellos? ¿Simplemente como ellos? ¿La que compite sin piedad por el puesto del gerente? ¿La que maldice o grita? ¿La que duda de su propia ternura? ¿La que nunca quiere perder? ¿La que es fuerte, fuerte, fuerte hasta el cansancio y no se cansa de seguir peleando?

Ellos, por su parte, todavía no han batallado para encontrar un nuevo lugar en este mundo apasionante que relativiza todo, hasta el sexo.  ¿Nos gusta un hombre que ha perdido su capacidad de cuidarnos? ¿Queremos que le resulte  fácil la conquista o que vayamos a un sorteo hasta ver quién la comienza y, entonces los encaramos de frente? ¿Eso nos gusta? ¿De verdad qué nos gusta?

¿De verdad que nos molesta qué nos cedan el paso o nos ayuden con las cargas pesadas? ¿Basta que cambien  un pañal o que den una mamadera y los consideramos de avanzada? O, queremos otras cosas…..

Juntos redondeamos el mundo.  Ellos saliendo para afuera, nosotras guardando las cosas que más queremos.  Ellos son ímpetu y lanza, nosotras caricia y risas.  Ellos merecen tener su lugar en el mundo, nosotras tenemos la maternidad.  Nosotras conocemos el color de nuestra sangre, a ellos les han enseñado a derramarla por los siglos de los siglos.

Ellos son hombres y cuanto más hombres, mejor; nosotras somos mujeres, mejores que nunca cuando somos más mujeres.  En lo que hagamos, gerentes de empresas, docentes, obreros, artesanos, artistas, científicos, astronautas, médicos, filántropos,  padres de familia, presidentes, cuanto más hombre sea un hombre y  cuanto más mujer sea una mujer, será mejor. .

El mundo tiene que tener todos los colores. ¡¡¡Ay mi alma si desaparece alguno!!!  ¡Qué sería de nosotros si fuéramos absolutamente iguales!!!

Me voy caminando hacia la calle donde la vida se hace real, estruendosa, acelerada; atrás quedaron las estatuas de Carrara, el salón y mis divagaciones.

Me pongo una flor en el sombrero y le sonrío a todos los que pasan.  Pequeñas libertades de una señora mayor que ya está de vuelta de muchas cosas.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Ser – Querer ser – Poder ser

5 May
Ser –  Querer ser  –   Poder ser
Desde esta altura la ciudad crece con sus luces. Edificios enormes, ventanas iluminadas irregularmente que los redibujan de tal manera como para que sean de día unos y de noche otros. Los coches son decenas de  miles, como pequeñas hormigas presurosas con flashes disparados al acaso que se cruzan y se mueven, se escapan y vuelven. Calles amplias y avenidas anchas e imponentes como catedrales.  Es un bosque impenetrable de inmensas estructuras que compiten en formas y tamaños para llegar al cielo de un atardecer inolvidable, herido en su cemento por el parque de faroles tradicionales y terreno quebrado capaz de re ubicar cada noche sus sombras, siempre que en el cielo aparezca la luna, grandota y redonda con cara de vieja sabia.
Dios hizo la Cordillera y los hombres hicieron esta ciudad extravagante a fuerza de ser hermosa.  Dios creó el silencio y la soledad en sus montañas, los hombres llenaron de sones interminables, de luces, de movimiento y de  arrogancia su cordillera.
NYC SILUETA
Amo a esta ciudad, como millones de personas siempre estoy llegando a ella y siempre estoy partiendo con el sentimiento de pertenecer y de ser un extraño al mismo tiempo.  Se ha terminado el seminario, se han ido los nuevos amigos y me espera un año de trabajo del que me gusta;  pero estoy melancólica, pensativa y lejana. Mi amigo se acerca al ventanal enorme desde el que parece que estuviéramos en el aire sin ningún sustento, me abraza y me da un vaso de buena bebida con dos o tres cubos de hielo. Nos quedamos en silencio, sometidos al poderoso influjo del paisaje de la ciudad.   Los hombres se ven de lejos y son pequeños, insignificantes, peor aún, desdibujados.   ¡No se sabe ni qué son! Brutal y categórica afirmación que me desconcierta porque refleja acabadamente lo que estoy pensando.
¿Qué somos en este mundo que parece no tener verdades verdaderas?
Cada sociedad crea valores relativos a sus necesidades, sus circunstancias y sus apetencias.  Esos valores cobijan todo lo que se nos vuelve atractivo porque acceden de algún modo a nuestros intereses primarios.  Los hombrecitos que corren a sus casas desde la ciudad rutilante están sometidos, cada uno de nosotros estamos sometidos, a los valores impuestos por su tiempo.  Este tiempo.
La Edad de las comunicaciones, la Edad de la Información.  La civilización de la Imagen.  Por encima de todo, abarcando todo lo que pasa por nuestra vida.  En este arrogante siglo XXI el modo en que “vemos” las cosas es la fuente del modo en que pensamos y del modo en que actuamos.  La reflexión en profundidad  de cada uno acerca de sí mismo ha pasado a ser un bien escaso, temible y siempre inoportuno.
Contrariamente a otras épocas de la historia en las cuales solamente se clasificaba a los seres humanos en situaciones privilegiadas o notables, el resto era “gente común”.  Actualmente podemos decir que todos entramos en algún tipo de clasificación que nos acota dentro de determinadas “conductas” y nos sitúa en el mercado.  En este imperioso siglo XXI, como nunca, vivimos acorralados por los estereotipos.
“¡Vamos con la palabrita!”:
Estereotipo: “Exageración desorbitada de una condición humana que se repite y se repite”.
Nosotros, los hombrecitos, no tenemos muy claro el “ser”.  Por eso  nos inclinamos deslucidos y consternados ante el modelo que nos toca.  Considerando que siempre nos “toca” un modelo, que puede ser más riguroso e imperativo o simplemente gentil.
Ha empezado a llover, miramos desde arriba lo que se ha transformado en callecitas mojadas. La lluvia en esta ciudad es gorda, pesada e inclemente y contra los vidrios desdibuja en cataratas cualquier realidad hasta crear formas extravagantes que se mueven vertiginosamente.  Me corre un escalofrío, cierro mis brazos alrededor de mí misma.  Le hemos estado dando nombres a cada realidad parcial y con el nombre una identidad concreta, inventada a veces pero concreta. Tanto que la que les toca mueve a las mujeres y a los hombres  a parecerse a ella, a entregarse enteramente a ella.  Me inquieto.
Mujeres.  Antes podían ser jóvenes o mayores, madres o célibes, artistas o maestras, bailarinas o costureras, bellas o feas, todas mujeres, mujeres, mujeres.  Maravillosas, categóricas, asustadas, felices, valientes, perseverantes, enamoradas y gentiles, mujeres, mujeres, mujeres.   Todavía lo que debía ser, era. Y luego venían las majestuosas conquistas que nos iban dando cada día más libertades.
La lluvia ha cambiado las formas, las ha hecho casi diabólicas, las luces se han vuelto rojas y amarillas.  La ciudad hostil.
-“A las mujeres se las quiere hacer hombres”-.
-“Estás desvariando”-
-“Se las quiere hacer hombres, te lo digo. Y a fuerza de reinventarlas como hombres, salen al ruedo de su sexualidad arremetiendo. En el mejor de los casos sin rubores; en el peor, creyendo que su trasero es más importante que su cara y ésta más importante que sus sentimientos.  A  fuerza de reinventarlas y reinventarlas, lo que “es” se transforma en lo que “debe ser”.  Cuando lo que “es” no responde a una verdad y a un principio universal y se limita a una convención cultural determinada y precaria, el peligro es que se transforme en el “debe ser” que cambia roles y conductas de millones de individuos, en este caso de mujeres y con ellas, en forma negativa, a la sociedad a la que pertenecen.  ¡Ah!  Además de hombres deben ser exitosas, responsables, madres a medio tiempo pero felices, luchadoras, fuertes, poco demandantes, rigurosas en sus tareas, comprensivas ante las infidelidades que son “inevitables”, recuperadas a menos de un mes del nacimiento de sus hijos, gimnastas, actualizadas, decididas, resueltas y categóricas.  Sobre todo no deben ser diferentes a los hombres porque en este mundo cruel todos somos relativamente iguales pese a quien pese.
Deberíamos recordar más a menudo que las mujeres somos pura emociones y sentimientos y que desde lo corporal somos para adentro, mientras los hombres son para afuera.  ¡Que nos surge la ternura a borbotones cuando los vemos a los hombres tan torpes para hablar de lo que les pasa.  O que somos generosas porque, sin tener hijos, somos madres en potencia.  Que tenemos miles de conexiones cerebrales que nos hacen hablar, responder, escuchar, retar, gozar y sufrir, hacer y reír al mismo tiempo, mientras nos entendemos perfectamente con las otras mujeres que están haciendo lo mismo, al mismo tiempo.  Que somos tan inteligentes como ellos pero más intuitivas.  Que tenemos la misma capacidad pero estamos más atentas a lo que pasa con los hijos.  Que, como dice el dicho: “No importa que el mundo esté listo para explotar, igual, plantaré mi duraznero.”
 Y, ¡¿cómo se me ocurrió describir otra vez a mis queridas mujeres, de una manera tan considerada  y un poco anticuada?! Me lo permite una etapa de la vida en la que he perdido casi todos los miedos, los complejos y las imposiciones; he ganado la libertad que quiero para ellas.
Y  ¿los hombres? , en la ciudad magnífica, están  los hombres.  Todos.  Y para a ellos, también,  con todas las cosas que el nuevo mundo ha mejorado para todos, aparecen algunas que les alteran el camino y desdibujan su verdadera identidad. ¡Correte, chiquito!
Somos muchos y, cada uno de nosotros es distinto, único e irrepetible. Tenemos, sí, ciertas características que nos sitúan en un grupo y es bueno que podamos, de alguna manera, “clasificarnos” para todos los propósitos prácticos, para que los gobernantes puedan gobernar, para que los empresarios puedan fabricar y vender, para que la salud se mejore para todos, para que la ciencia avance.  Pero la gran conspiración se puso en marcha.  Después que nos dibujan el “ser”, nos cae encima, como un montón de escombros, el “querer ser”.  Igualitos al modelo que nos proponen los especialistas en modelos y definiciones, siempre relativos, siempre lo más lejos de la verdad que se pueda.
Quiero convocar a una cruzada de sencillez y realidades claras; nada de someternos a reglas que aparecen de la nada.  Sí, quiero ser un adolescente respetuoso y prolijo, un adulto mayor que no necesita artilugios para el sexo, un matrimonio de muchos años de casados que es feliz y agradecido de la experiencia. ¡un hombre y una mujer fieles a su pareja, que ni siquiera se distraen mirando alrededor!  Si quiero ser, querer ser, poder ser, lo que soy, sin que nadie me “diseñe”, lo hago!  En el laborioso y arduo camino de la Ciudad, voy desdeñando los conflictos que tengo yo conmigo cuando dejo que otros manden.
Quiero hombres que tengan algunos rasgos femeninos para que puedan dar ternura y generosidad, que sepan escuchar y que sean constantes en sus amores. Quiero mujeres que sean valientes como los hombres, pero para causas bellas.  Que sean cerebrales para mejorar, mejor, al mundo.  Que tengan el arrojo de decidir sobre su propia vida y que lleguen a los cargos más altos  porque lo merecen.  Y también quiero que las diferencias entre unos y otros  sean claras, relucientes e integradoras.
Es hora de bajar y salir por la ciudad.  Me mira con cara de ¡ya está bien, basta de filosofar!  La misma sonrisa burlona que tendrá mientras caminamos entre otros miles por esta ciudad fascinante.  ¡Viva las diferencias!

PRIMERO LA JUSTICIA.  PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.

Hilachas que van tramando- Las mujeres somos fuertes

12 Mar

                    Las Mujeres Somos Fuertes

 

El té cumpleaños se iba desarrollando con toda normalidad si consideramos normalidad una mesa bien puesta, mantel bordado blanco de la época de las abuelas, tazas de porcelana y copas de cristal que nos transportaban a  otros tiempos  más gentiles y preciosos. La repostería casera, y el refuerzo de algunos sándwiches de miga y otras exquisiteces de la confitería del barrio, llenaban de colorido la mesa alargada donde todo parecía desbordar.

Un grupo de mujeres de distintas edades, todas hablando al mismo tiempo, todas hablando de distintas cosas y cruzando las respuestas por encima y a través de las otras con esa particularidad difícil de explicar en términos de equilibrio, que tienen las charlas de mujeres.  Afuera los niños, también de todas las edades, jugaban haciendo “ki-ki-la-la”  (la palabra familiar que reemplaza entre los más chicos la de “quilombo”, por una cuestión de pureza del idioma) y gritando tan fuerte como para que se los escuchara desde algún planeta lejano.  En la puerta que llevaba al jardín, una tía abuela, que nunca había tenido hijos, extendía  piernas y brazos con el heroico mandato de “no pasarán”.  Todo fuera para que sus sobrinas, que siempre habían sido tan gentiles y amorosas con ella, disfrutaran de cierto sosiego mientras tomaban su taza de té.  Aunque, a veces,  alguno de los más chicos lograba pasar la barrera llorando porque “me pegó para sacarme la pelota” o “no me dejan jugar con ellas”;  entraban, eran consolados por su madre que, mientras secaba las lágrimas y daba besos seguía con su charla, le daba una palmadita suave en el trasero y lo mandaba de vuelta, con una suave admonición a la tía con espíritu de maestra jardinera: “No los dejes pasar a menos que se incendie el jardín”.

El grupo era bastante homogéneo, profesionales jóvenes, entre 35 y 45 años, todas madres de familia, todas exitosas, fuertes y decididas.  El resto, tres o cuatro mujeres de una generación anterior. Casi todas éramos de la misma familia  y unas pocas, amigas.

Las conversaciones se fueron entremezclando, confundiendo y saliendo a flote hasta que todas llegaron a un solo cauce.  El “tema”.  Las mujeres del siglo XXI.   Las magníficas, bellas, comprometidas, inteligentes, responsables, agotadas, confundidas, y sobresaltadas mujeres del siglo XXI.

Las mayores apenas pudimos establecer alguna comparación con lo que había sido nuestra vida, madres de familia;  mujeres profesionales y no tanto, exitosas y no tanto, fuertes y decididas de la segunda mitad del siglo XX. Después, su vehemencia venció a nuestros intentos y  nos dimos cuenta de que, a pesar de que todo lo que se decía era “sabido”,  había entre aquellas mujeres jóvenes una carga de emoción y experiencias personales muy diferentes a las nuestras.  Con gran atención las escuchamos.

Todos sus pesares fueron expuestos en aquella charla en el té cumpleaños  de mantel blanco bordado, copas de cristal, tazas de porcelana  que nos transportaban a otros tiempos más felices y preciosos.

Fui tomando nota de lo que estaba oyendo buscando un hilo conductor para llegar a las definiciones.  Los diálogos entrecruzados fueron subiendo de tono y de volumen, la charla se hacía personal y las emociones quebraban sus propias reglas,  mientras ellas coincidían en tantas experiencias similares.  Algo dolía.

Al fin, una de ellas, con la voz casi quebrada,  dijo lo que más la angustiaba y luego se quedó en silencio. Una tras otra fueron callando  y la idea  nos atrapó a todas  como un amanecer de colores distinto a todos los colores.

Primera conclusión: Esas mujeres a las que la vida había situado en un plano privilegiado, estaban acongojadas. Si pudiera decirlo sin ser cruel diría que tuve la impresión de que la vida, tan generosa con ellas, sin embargo las estaba avasallando.

Las mujeres fuertes del siglo XXI gozan del ostentoso regalo de su poder adquirido en las heroicas luchas de las feministas del otro siglo siendo que, a cambio, aceptan el vasallaje que les impone una sociedad rumbosa en la que tienden a desaparecer las diferencias, las identidades, las seguridades y los propósitos nobles. Las mujeres del siglo XXI responden a estereotipos, cuanto menos, despiadados.

Ella con voz enérgica y los ojos brillantes había dicho:

“¡Lo qué más me tortura es la duda!¡Siempre tengo que decidir entre muchas cosas, no estoy segura de nada, me agota!”

Me recordó al  personaje de una película de hace unos años que, escapado de un país totalitario, visita  por primera vez un supermercado bien provisto y, ante la oferta de una cantidad interminable de marcas y calidades de café, se turba y se desmaya.

Dudar es estar con el ánimo perplejo y suspendido entre resoluciones y juicios contradictorios.  Es abandonar la seguridad de lo conocido, dejar caer todos los escudos  y avanzar por uno u otro sendero. Para dudar primero tenemos que quedar inermes, sin barreras, sin anticuerpos. Si multiplicamos esa duda en un arco inmenso que va desde la sencilla elección de una marca de  cereal entre decenas de ellos en el supermercado, hasta la definición de la propia identidad  y del  lugar que ontológicamente ocupamos en la sociedad de la cual somos la mitad;  y todo eso cada día, cada día, cada hora de cada día, el resultado es deshacer el equilibrio indispensable que nos permite vivir y convivir poniendo cada cosa en su lugar.

¿Y, dónde genera  tanta duda?  Hoy tiene tres patas

a)     El relativismo

b)    Los estereotipos

c)     Los mandatos inflexibles de la sociedad.

¿En qué se asienta?

En la Ansiedad.

Uy! Otra taza de té caliente y un trozo de torta de manzana para hacer más llevaderos estos pensamientos que nos van poniendo frente a un precipicio de emociones,  casi no queremos saber….

La sociedad en la que vivimos tiene, como todas, juntos y separados, los gérmenes de su supervivencia y los de su maldición. Técnica y ciencia desbordadas, mejoras para la vida de los hombres, bienes  en cantidad,  un mundo interminable a sus pies es lo  magnífico,  y su precio:  la Ansiedad como el pivote  indispensable para que siga existiendo.

La Ansiedad es un estado de intranquilidad,  zozobra, inquietud, de extrema aflicción  por un bien que no tenemos.  Tan íntima es la ansiedad a la sociedad en que vivimos que no podría ésta sostenerse sin aquella.  El mundo actual se nos presenta como un banquete extendido que nos muestra lo que podemos tener y nos miente sobre lo que no podemos tener.  Nos confunde sobre todo cuando nos presenta, como valioso  y con la misma entidad,  lo que es y lo que no es valioso.  No sabemos entonces qué elegir.

Otro tema es que entre tantos bienes exagerados, relumbrantes y tentadores nos falta entender que no son para todos. Ni la juventud es eterna, ni el talento es universal, ni el nacimiento igualitario.  Toda esta confusión está abonada por un relativismo a ultranza que nos hace creer que todas las cosas no son como son, sino como queremos que sean. Un voluntarismo que se lleva hasta la última resistencia de estas maravillosas mujeres que a esta altura no tienen bien definidas las “verdades verdaderas” como las llamaría mi abuela.

El primer consejo que les daría es que si quieren tener una buena vida deben poner en orden sus prioridades;  porque cuando las oigo hablar me estoy sospechando que hay una brecha muy grande entre lo que, verdaderamente,  es importante para ellas y la manera que viven su vida diaria.

Les regalo una idea de madre y abuela.

Hagamos cada una, a solas, sinceramente  y sin prejuicio una lista de las prioridades de su vida.  Y, con el mismo cuidado nos hacemos dos preguntas básicas

¿Quién manda en mí?

¿Quién dejo yo qué mande en mí?

¡El resultado podemos no contárselo a nadie pero,  debemos ser  sinceras a ultranza con nosotras mismas!

La verdadera elección sería entonces tratar de ser lo mejor que podemos, y de hacer lo mejor que podemos con aquello que nos ha sido dado, con toda la libertad del mundo.  Y recordando como principio que la libertad es legítima cuando se forja en el bien y en la verdad.

Lo peor que les pasa a mis amadas mujeres del siglo XXI es que en esta rara mezcla de relativismo, mandato imperioso de la sociedad en la que viven, y estereotipo de mujer que tienen grabado a fuego, están juntas pero solas con la soledad de los fuertes y la confusión de los que no saben bien quienes son.

Mientras las miro me digo que, con toda la fuerza que tengo voy a ir acompañándolas en estas reflexiones de hilachas de la vida que va tramando para ver si juntas compartimos algo más que un te cumpleaños en una tarde desapacible, con el mantel blanco bordado que era de la abuela, las copas de cristal, las tazas de porcelana y los niños gritando afuera mientras disfrutan la suerte de tenerlas por madres.

Armado el arco que relaciona a las mujeres fuertes de mi generación con las actuales,  que esto sea, también,  mi homenaje a las magníficas amazonas del siglo XXI.

Se han ido todas las mujeres fuertes del siglo XXI. El comedor vacío quedará desordenado hasta la mañana siguiente.  El silencio se me llena de preguntas y de dudas. ¡Todavía! ¿Quién te dijo qué la vida es fácil? ¿Quién te dijo que esto te pasa a ti solamente?

Apago la luz y me voy por el corredor.