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El niño y sus circunstancias

26 Ene

Hilachas que van tramando

Vamos a contar una historia de un niño como tantos otros que tenemos correteando por las familias.  Tiene 10 años, es seductor de ojitos negros, travieso, de atención dispersa.  Cada año es una larga dificultad entre él y sus padres.  Una madeja que se desmadeja entre la travesura medio peligrosa, la falta de atención en clase, la charla interminable justo cuando no se puede charlar y las notas que reflejan todas estas desgracias. Desobediencia tras desobediencia.

Lo vamos a llamar Darío.  Cuenta con toda nuestra simpatía porque sus faltas las comparte con los padres que están absolutamente confundidos y sufriendo por el “hijo ladrón” el que se lleva la simpatía de todos cuando baja la cabeza y sube las pestañas y esa condición lo lleva por mal camino porque en el fondo todo se le tolera.  Ya probaron todo, el castigo del día, de la semana y del mes.  No hay juegos, no hay pantalla ni teléfono.  Todo ha ido escalando lentamente hasta descolocar los ánimos de toda la familia.

Se hace amigo de los niños más complicados, aquellos que hacen trampas para conseguir las figuritas que necesitan para llenar el álbum y de los empujones en el partido, la broma soez y apropiarse de algo de un compañero.

Los padres de Darío sufren porque se ven encima la adolescencia y saben que será difícil porque los tiempos son difíciles.

Su preocupación se divide en dos conceptos, saben que su hijo está muy apegado a las malas compañías y va por mal camino, que le falla la voluntad de hacer las cosas bien y que le resulta difícil aceptar frustraciones y al mismo tiempo saben que es una persona buena, que de tener la oportunidad saldría adelante.

No encuentran la forma.  Siguen escalando las penitencias, pero las notas no levantan y las visitas a la Dirección para ser amonestado se hacen frecuentes. Todo trae al hogar una sensación de fracaso e intolerancia en la cual todos se sienten abandonados; los dos hermanos de Darío, uno mayor y otro menor muestran abatimiento y dejan de prestar atención a lo que se considera relación familiar normal para irse cada vez más a la casa de amigos.

Es el momento de encontrar otro camino ingenioso, nuevo y categórico.

El problema es claro para quienes han abordado soluciones difíciles,

Se están persiguiendo objetivos

Los padres tienen un plan positivo para todos sus hijos, que adquieran valores, que imiten los buenos ejemplos, que sepan amar y ser amados. Nada alcanza.  Parecen ir tras un objetivo sano y convocante pero algo falla.

El final está en el principio

Y por lo tanto

La solución está al principio

El principio es tratar de hacer las cosas bien pero nos estamos olvidando de  lo más importante, lo que provoca el principio, lo que marca todos los caminos y todas las realidades,

Las circunstancias

¿Y qué son las circunstancias? Son el requisito y causa, el detalle que favorece o desarregla la vida de las personas.  Las circunstancias de nuestro nacimiento aportan educación, salud, alegría, fortaleza, reconocimiento personal o la interminable cadena de acontecimientos que predisponen nuestra vida para el dolor.  Las circunstancias son como la lotería de la vida.  El premio mayor o ningún premio.

Pero no todo está perdido porque no todo está sometido al azar.

A la circunstancia oponemos la voluntad.

“Los resultados espléndidos no los lograron jamás sino aquellos que tuvieron el valor de creer que dentro de ellos mismos había algo superior a sus circunstancias”

Empezamos ese camino.  En este caso los padres de Darío reconocieron que su hijo estaba como prisionero de ciertas circunstancias y por simple intuición y vieja sabiduría decidieron eso: cambiar las circunstancias.  Ir más allá de los objetivos que por nobles que sean tienen el espacio de lo fragmentado y giran y se mezclan en el ámbito de las circunstancias.

Hicieron un plan de acción.  Hablaron seriamente con su hijo y le hicieron saber que durante ese año que empezaba, el último de su escuela primaria, se iban a cambiar un montón de hábitos familiares y personales que ellos consideraban negativos.

A partir del primer día de clase sus tareas escolares iban a ser fiscalizadas de cerca por sus padres quienes estarían a mano para toda consulta, debían ser terminadas en forma prolija para ser presentadas a su maestra.  Las lecciones se estudiarían y padre o madre ayudaría a exponerlas como si fueran las maestras, todos los días leerían un texto de una sola carilla y lo contarían brevemente.  La mochila estaría en orden, todos los días Darío se ocuparía que sus útiles estuvieran todos y en buenas condiciones.

Por supuesto que podía encontrarse con sus amigos y tener actividades con ellos pero se le explicó que había cosas que podía compartir con todos y otras cosas que estaban un poco limitadas según fuera uno u otro niño.  No todas las compañías eran aceptadas alegremente, desde ahora y por ese año. Para eso en una conversación amable sus padres le pidieron que pensara en la manera de ser de sus amigos y que tratara de entender que, por sobre todo, estas decisiones de “cambio de circunstancias” eran solamente para su bien.  Que los primeros días serían difíciles para todos y que tuviera un poco de paciencia cooperando con esta nueva situación. Porque:

“Para cambiar una situación deben cambiar sus circunstancias”

El principio fue difícil. Se requirió mucha paciencia y mucha voluntad y decisión de los padres que buscaban ser todo lo convincentes y serenos que se necesitara.  Pasando los días y las semanas Darío se apuraba para tener todo listo y poder dedicarse a sus juegos y a estar con sus amigos.  Las tareas se convirtieron en temas de conversación, iba apareciendo un mundo nuevo.  El orden de su mochila y el de su vida le resultaban muy cómodos, empezaron a cambiar las notas y se sentía raro e incómodo con algunos de sus compañeros.  Cuando subieron sus notas y, sobre todo cuando no había visitas a la Dirección ni notas de advertencia en el cuaderno, se le hizo más cómodo el nuevo sistema.  Lo atrajo el éxito como una nueva salida en su vida.  Había que despegarse del fracaso y sentir las bondades del éxito.

Darío le tomó el gusto a hacer las cosas bien. Tenía menos nervios y más tiempo para hacer las cosas que le gustaban.  Dejó de estar en el grupo de los incorregibles que había tenido mucha adrenalina y nada de placer. Llegó a fin de año sin ansiedades, como un alumno normal, con tiempo para jugar y divertirse y aprender y mejorar cada día.  Ya pasado mitad del año los padres fueron aflojando la atención aunque siguieron  muy de cerca para que el año fuera verdaderamente fructífero.

 Las cosas mejoraron para todos. 

“Para educar a veces se necesita cambiar las circunstancias de manera radical

“Tener en claro que hacer las cosas bien es mejor que hacerlas mal”

“Adquirir hábitos cotidianos positivos”

“El que pierde la paciencia pierde la guerra”

“Si no cambian las circunstancias los objetivos suelen ser traicionados y casi nunca se logran”

Y muchos otros paradigmas de la educación que a veces nuestra sociedad ciertamente olvida o confunde.  Esta historia es cierta.  Como dicen en la Televisión, se cambiaron los nombres.  Darío que no es Darío empieza a cursar su 5to año del secundario.  Es un muchachito feliz, no es el mejor alumno pero considera que es muy cómodo no llevarse materias y no lo hace.  Piensa seguir una carrera de ciencias.

De todo lo relatado el gran secreto fue que padres que aman a sus hijos deben aprender a usar las herramientas correctas.  

“Cambio de circunstancias y a tiempo para que sirva”

“Sin miedo y con mucho amor que es lo mejor para educar a los hijos”

Hilachas que van Tramando Autoridad en la familia XXIII “Mandar bien”- Frente a frente

11 Jul
rosas
Me parece ver a mi madre y también a mi abuela recorriendo la casa empeñadas en mejorar la vida de sus gentes. A veces murmurando alguna queja, masticando protestas o tarareando la canción que les gustaba. En casa siempre había música.  Siempre. Todo lo que pasaba tenía su correlato en el sonido de distintas melodías y canciones que llenaban el espíritu de un montón de cosas buenas, aunque no nos dábamos cuenta. Con los años el tesoro de los recuerdos se hace presente cuando escucho esa música.  Son pliegues y pliegues de toda una vida que va pasando y cada uno de ellos se dobla sobre el total, cobra vida y resplandece  cuando, de sorpresa y sin pensarlo, me encuentro cantando a toda voz las canciones que poblaron mi infancia. Cada vez más canto y recuerdo. Cada vez más acumulo el tiempo en lugar de gastarlo y cuando canto o escucho cantar recobro el total de todas mis emociones, que es la manera de volver a vivir. Viene el patio con la escalera de los malvones y la terraza y el cantero de las calas. El toldo, los sillones de hierro y la columna presuntuosa que terminaba en arabescos. Mi madre o mi abuela haciéndose cargo de la educación de los niños hasta que llegaran los hombres, a quienes se les hacía creer que todo había consistido en esperarlos para que las cosas marcharan.  ¿Qué tiene que ver todo esto con mis cursos sobre la familia?  Todo. A medida que pasan los años y puedo seguir acumulando experiencia y conocimiento, compruebo que la sencilla sabiduría de mis mayores se engarzaba en los principios básicos, naturales y claros que fueron la matriz de toda educación. Y escucho a mi madre y a mi abuela desde alguna canción que me sitúa en una anécdota, una máxima o un mandato tan corrientes en aquellos tiempos y que se nos iban haciendo camino en la tarea de crecer con lo mejor que éramos y que teníamos.
Pasábamos corriendo por el salón, seguramente escapando de una travesura para salir indemnes, cuando nos detenía una voz severa que podía ser la de cualquiera de nuestros mayores; “¿Quién rompió el vidrio de la ventana del cuartito?”.  No se trataba de mentir o de fingir que no teníamos nada que ver, era la humillación de haber hecho algo que no debíamos haber hecho, la rabia de ser torpes, el fastidio de ser descubiertos.
Entonces venía la frase que se entronca, seguramente, en lo más profundo del conocimiento del ser humano  “¡Mirame cuando te hablo! No mires para otro lado cuándo te estoy preguntando algo!”
Eso era lo peor de todo.  Había que mirar y sostener la mirada para que se supiera todo de nosotros. Entonces esto suponía algunas  grandes herramientas para nuestra educación.
·        Nos conocían al dedillo porque mirando a los ojos no deja lugar al escondite.
·        Nos subordinábamos a la autoridad de quienes la ejercían por nuestro bien.
·        Fijábamos el hecho, la regla o la obligación sin mucho esfuerzo. No íbamos a olvidarlo.
·        A partir de ese momento y habiendo creado el pacto de “Ya me di cuenta” de ida y de vuelta, se suponía que habíamos aprendido la lección.
·        Mamá, papá, los abuelos, los tíos, los maestros eran personas que podía leer las mentes infantiles, todo lo sabían y mejor era decir siempre la verdad.
Mirando a los ojos se percibe como acción y como efecto, al otro.  Hay una sensación interior que resulta de una impresión material hecha con nuestros sentidos.  Percibir es crear un conocimiento o una idea.  Finalmente y como corolario.  Si percibimos y somos percibidos hay un nuevo pacto entre nosotros.
Educar es también percibir al otro, recibirlo en su naturaleza y conocerlo en profundidad.  Cosa muy importante cuando se trata de nuestros hijos o de todo niño que está a nuestro cuidado.
 
El hecho de “Mandar frente a frente” tiene múltiples beneficios y grandes resultados.
 
Miramos a nuestros hijos y ellos nos miran cuando les decimos que los amamos. Cuando les decimos que estamos felices de tenerlos. Cuando los acompañamos por la vida que les toque vivir.  Mirarnos a los ojos hace transparentes nuestras emociones y nuestros sentimientos, la carga de pertenencia que eso provoca es uno de los mejores regalos de la infancia que va a continuar toda la vida.
Cuando cometemos errores es mejor mirar de frente y aceptar, lamentarlo y cambiar.  No volver a cometerlo. Y todo este proceso es más fácil si hemos mirado de frente a quien corresponda.
 
Mirar a los ojos sirve también en la vida cotidiana.  Ejemplos:
a)     Mamá está trabajando en su escritorio y los niños mirando televisión. Mama grita “¡Apagan ese televisor y se van a a dormir”.  Lo grita una y mil veces y el universo sigue impertérrito sin cambiar nada.  Mamá se pone nerviosa, grita, y se declara vencida.
b)    Mamá deja por un momento lo que está haciendo y frente a Juancito se planta: “Mirame a los ojos, apagá la tele y te vas a dormir,
¿entendiste?”  Juancito muy a desgano, sin embargo, apaga la televisión y se dispone a ir a dormir porque no tiene escapatoria.
Hay que creerlo, ¡es difícil ignorar a una madre cuando es explícita y te mira a los ojos!
a)     Papá grita desde el garaje: “¡Necesito alguien que me ayude para llevar este equipaje al coche!”  Puede esperar un nuevo milenio.
b)    Papá se acerca, llama a Pedro y le dice “Necesito que me ayudes para llevar el equipaje al coche, ahora.”
Difícil de creer pero resulta. ¡Usar el nombre, mirar de frente y decir las cosas con claridad hace la vida más confortable!
 
Mirar de frente.  Ser claro y percibir.  Comprometerse y comprometer al otro.  Frente a frente.  Una forma de evitarnos algunas frases que ya son célebres desde la primera infancia.  “Nunca me llamaste” “No te oí” “No entendí lo que me decías” “Nunca me dijiste eso”  “Yo no sabía que me estabas hablando a mí” y miles de ellas que nos hacen la vida cotidiana un poco más áspera.
Como tantos principios en la educación el de “Frente a frente” empieza desde los primeros años.  Se hace costumbre para las cosas importantes de la vida. Nos facilita el entendimiento.  Nos permite ganar tiempo, del de todos los días y del que va en serio. Nos evita rabietas inmerecidas.  Establece algunos códigos de buena convivencia.  Como tantos principios de la Autoridad en la familia, es sencillo, posible y poco pretencioso pero significa mucho en la vida cotidiana para evitar conflictos que, si se repiten, mortifican al conjunto.
 
Nos miramos frente a frente para lo bueno y para lo malo.  Para indicar algo muy simple y para retar con severidad cuando se necesita.  Para decir cuánto amamos a alguien y para pedir perdón.  Para saber que somos unos para otros.  Cuando aprendemos a mirarnos lo primero que se siente es la complacencia del hijo que sabe que se lo “ve”, se lo “conoce” y “pertenece”. Es estar a cargo de alguien que nos conoce.  Es tan confortable como la “siestita” en brazos de mamá.  Para toda la vida estaremos impresos en las pupilas de aquellos que supieron mirarnos de verdad.  
 
Suena una melodía para mí inolvidable.  Mamá me levanta la barbilla y me mira a los ojos y yo, que tenía miedo, suspiro y me aflojo.  Y yo que estaba confundida sonrío y levanto los hombros entregada a su cariño. Y yo que me había “portado mal” le pido perdón, nos miramos y el mundo recobra toda su armonía.
Frente a frente con los que amamos y con el resto, porque esas miradas de confianza nos dieron toda la entidad que necesitábamos para ser lo que felizmente somos.  Frente a frente para mirar a nuestros hijos con toda la carga que tenemos de amor para ellos. Y el mundo va a ir mejorando.
 

Primero la Justicia- Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van Tramando – Autoridad en la Familia XVIII – Conocer a los hijos

2 Feb

Hilachas que van tramando

Autoridad en la Familia  XVIII

Conocer a los Hijos

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Llueve copiosamente.  El ánimo se va tensando y luego se decae.  Prestos a retozar en la playa sin embargo estamos obligados a encontrar la belleza de las tardes de jardines verde esmeralda, flores que gotean brillos de luz, caminos embarrados, mesas con manteles a cuadritos y torta de manzana.  Los niños se impacientan.  Cada uno a su manera se entretiene, se cansa y molesta.  Se pelean, se amigan, salen al jardín y vuelven empapados, duermen mal porque no han hecho suficiente ejercicio.  Es un buen momento para descubrir en cada uno de ellos la mochila de su mundo personal que los hace más o menos resistentes a las contrariedades como será la de no haber podido ir a la playa, programa que esperan con ansiedad desde los últimos días de clase.

El armario de los juegos y los juguetes ocupa toda la pared de una habitación.  Es el mundo maravilloso en el cual se van amontonando los que traen cada año y no se llevan.  Los que dejan los Reyes Magos, los de los cumpleaños del verano.  Los niños crecen y van dejando los juguetes para los otros niños que van llegando a la familia.  Así se acumulan muñecas sin vestidos y vestidos sin muñecas con vías del ferrocarril que ya no llega a ningún lado, soldaditos, coches de paseo y de carrera, pelotas de todos colores y tamaños.  Hay pistolas de agua, historietas añejas, casitas de muñecas, rompecabezas, aros y juegos de damas.  Naipes, pistas de carrera de coches, puñados de indios y cowboys de plástico, juegos de mesa. Cosas y juguetes que recrean la infancia antigua desde los abuelos, como una caja de Pandora pero feliz, desparramando costumbres, sueños y recuerdos de los que fuimos creciendo, de nuestros hijos y de nuestros nietos.  No una vez, muchas, he advertido en la mirada de uno de mis hijos y en su emoción el hallazgo de un “pedazo” de juguete que le devuelve tiempos increíbles de su propia infancia.

Los niños son la parte más importante de la vida, colorean las familias y les dan consistencia, sus juegos nos encantan y nos hacen crecer.  Una de las cosas inefables cuando se trata de los niños en la casa es que inevitablemente son distintos y nos ponen frente a lo distinto que somos nosotros.  Ellos nos muestran categóricamente la calidad de “único” que tiene cada ser humano en esto de lidiar con la vida que corre.

La “unicidad” es la condición humana por excelencia.  Es lo que nos define primariamente ante cualquier otra criatura de la Creación.  Cada uno de nosotros es todo lo que es y solamente lo que es y no hay nadie igual a nadie.  Hermosa complejidad y hermosa sencillez.

Ante Dios exponemos la única condición que nos hace iguales a Él.  Y lo aprendemos antes que nada de los niños…si sabemos verlo.

Cada uno de nuestros hijos es distinto a los otros y cada familia es mejor si hay más “distintos”.

¿Lo hemos pensado alguna vez?  Cada uno tiene su temperamento, sus dones, sus debilidades.  Cada uno pedirá lo que necesita que es distinto a lo que necesitan los otros.  Cada uno resolverá sus problemas de una manera ingeniosa o se moverá en un mar de dulce de leche.  Cada uno tendrá más despierta y más imperiosa su parte motriz y el otro dejará que lo guíen los sueños.  Éste será rápido y brillante, aquel reflexivo y sereno.  Uno que llora por nada y el otro que aprieta los labios, lleno de amor propio, y se calla.  El más remolón y el más activo.  Y podemos seguir todo el tiempo que quieran señalando las cosas que definen a cada uno de nuestros hijos.

(No es una mala idea una buena lista hecha en conjunto por mamá y papá, con los rasgos principales de cada hijo, aclara muchísimo los conceptos.)

Seguimos.  Estamos hablando del Conocimiento de cada hijo.

Cada uno merece nuestra mirada inteligente, comprensiva y sabia.  Es indispensable que los podamos reconocer unos de otros y es esa mirada del padre la que configura una personalidad segura y firme.  Los que nos miran nos recrean, nos guste o no.  Un padre que mira conociendo aprende a respetar, a comprender, a perdonar, a apoyar, aprende a impulsar a su hijo por el camino adecuado.

Al hijo hay que mirarlo pero, sobre todo, hay que verlo.

Y, cuando lo vemos tal como es, podremos aceptarlo tal como es.  Curiosa y fantástica necesidad que tiene el hombre,  Ser conocido y aceptado por su padre.  Con la salvedad de  que hay una diferencia contundente entre:

La aceptación del hijo y la aceptación de lo que hace el hijo.

Hay que  reprobar lo que él ha hecho mal pero no reprobarlo a él.

Pensemos, pensemos, pensemos.  Esa diferencia debe estar siempre presente en la vida de relación con nuestros hijos.

Fuente de grandes dolores es la confusión entre mi hijo y lo que él hace, para bien o para mal.

Cuando hace algo bien no podemos transformarlo en un héroe, cuando hace algo mal no debemos hacerlo un villano.

De lo anterior deducimos que hay dos cosas totalmente negativas en el trato hacia nuestros hijos y que aún siendo padres bien intencionados solemos hacer con más o menos asiduidad y más o menos gravedad:

  • Rotular a nuestros hijos
  • Comparar a nuestros hijos con sus hermanos o con otros niños.

Ambas cosas deben desaparecer totalmente en nuestra relación con ellos.  Ambas nos hablan de un desconocimiento profundo de cada hijo.  En la vida de la familia traen desconsuelo y falta de autoestima.

Como hemos dicho en otras ocasiones:

Decir : “Eso no es verdad” y no decir “eres un mentiroso”

Tus cosas están desordenadas” y no decir “Eres un desastre”

“No hiciste tu tarea” y no decir “Eres un vago”

Podemos seguir horas y horas dando ejemplos sobre el tema.

Relacionamos este conocimiento del hijo que hará tanto bien a su educación y a él mismo, con el tema de los premios y los castigos del que ya hemos hablado anteriormente.

El premio y el castigo tienen que ver con lo que el niño hace y no con lo que el niño es”

Castigo a Pedrito porque rompió el vidrio con la pelota en un lugar que tenía prohibido jugar a la pelota pero no porque es travieso.

Conocer significa no rotular.

Conocer significa no equivocarse de niño.

Conocer es no tener prejuicios y proceder con cada niño como él lo merece.

Conocer es no discriminar, es darle a cada uno lo que le es propio.

En el segundo de los conceptos diremos con toda seguridad y firmeza que:

Solo debe compararse a un niño con lo que él mismo es capaz de hacer.  Sólo consigo mismo.

De lo contrario ponemos a los niños en un camino amargo de la competencia fuera de toda competencia.  Cada uno tiene sus dones y sus características y compararlos es engañar a unos con otros.

Debemos lograr que la realización personal sea en el plano individual de cada uno.  Lo mejor que puede ser él mismo.  Otra veces lo hemos dicho y seguiremos repitiendo  “El héroe que llegará a ser lo que era.”

La vieja fórmula de las abuelas sabias que nos “hablaban con leyendas y nos llenaban el corazón de creencias y las manos de castañas y nueces”:

Tratar a todos los niños en forma diferente y amar a todos por igual

Esos niños y niñas que vienen al mundo a alegrarnos la vida, cada uno, cada uno con su propio encanto, su sonrisa y su mirada.  Todos distintos para llenarnos de colores.  Que Dios nos permita verlos a cada uno como es y que los bendiga a todos.  ¡Que así sea!

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.