El gran invento de Dios
La casa estaba al fondo de un camino de ripio, después de atravesar unas rejas enormes que más parecían un tendido de encajes con bastones altísimos y rosetas arriba. Enfrente de ella un terreno de pedregullo muy grande, rodeado de una doble hilera de cipreses. Se adivinaba, atrás de la casa un jardín con suaves desniveles que acompañaban las lomas del terreno. Digo se adivinaban porque no se veían, pero la casa, magnífica, merecía ese jardín oculto, la barranca y el arroyo. Y, los que llegábamos a ella, lo creíamos.
A los costados de la casa salían dos cercos de ligustre que marcaban en forma categórica la diferencia entre los dos lugares, el suelo árido grisáceo del frente y el parque con fuentes, flores y estatuas de Dianas cazadoras tan caras a los italianos y tan sugerentes para nosotros.
La casa, enorme, rectangular, simétrica, con ventanas altas e interminables que se repetían en las dos plantas, estaba rematada por balustrada y penachos. Era una postal italiana. Con una escalera majestuosa de mármol que subía desde el ruido rasposo del patio y cortinas interiores de gasa blanca que se movían al aire suave de la tarde resaltando las paredes despintadas de viejos tonos rosados y amarillos, y un friso celeste cielo para cortar el cielo de verdad, con angelitos rubicundos y racimos pompeyanos,.
Veníamos de una mañana de playa. Nuestros amigos italianos ya se habían ido para la capital. Estábamos solos en la casa ancestral, de puertas abiertas y grandes habitaciones continuadas, con historias y relatos y hasta leyendas que se habían ido colgando de sus paredes hasta que éstas susurraban y cantaban con toda gracia e impunidad. Yo quería escuchar y recorría los pasillos enormes, cruzando, una tras otra, las puertas amigables que me llevaban a lugares sorprendentes. Cada espacio ornado de cuadros, terciopelos, divanes, gasas y porcelanas. Tapices con historia.
La servidumbre venía del pueblo por lo que, mágicamente, la casa se re-acomodaba cada mañana, y después las personas se iban, desligadas de aquellos tiempos en los que le pertenecían como si fueran parte de sus paredes.
Entramos al hall enorme. El techo estaba pintado con frescos del siglo XVII. Nuestros amigos, los dueños de casa, nos habían contado su historia y aprendimos a mirarlos. Las figuras formaban parte de un paisaje bucólico con doncellas y soldados gallardos mezclados con ángeles rubicundos y señores en una campiña dorada, con campesinos recogiendo la cosecha. Todo sereno, callado y lejano. Pero bastaba sentarse en uno de los escalones superiores, en el lugar preciso y mirar de costado para descubrir las verdaderas figuras encargadas por el príncipe italiano, varón de muchas historias, lujurioso y adorado. Entonces las mujeres mostraban sus pechos voluptuosos, las miradas se hacían diálogos, los campesinos, para espiar, levantaban las faldas de las cosechadoras y todos los placeres eran permitidos, todos los cuerpos gozaban, todas las miradas decían que sí y se hacía la eternidad.
Mi amigo y yo teníamos el cuerpo áspero de arena y el calor del sol metido hasta los huesos. Sabíamos a sal y almendras. Mi amigo y yo éramos muy jóvenes y ya conocíamos los juegos del amor que nos gustaba. Íbamos por más. Nuevos lugares, nuevas formas. Nuevas figuras que nos dejaban cansados hasta las lágrimas. Teníamos miedo de que el tiempo no fuera suficiente. El tiempo nunca es suficiente; y el amor está ahí, en esa curva, en las gotas de sudor que recorren el pecho y gotean en los mosaicos romanos; el amor que se resbala, entra, tropieza, intenta y se aprieta con la boca y con las manos, hasta que ese poquito, ese poquito de eternidad, que es todo el que tenemos, nos hace infinitamente felices y dispuestos a reverenciar a quien está a nuestro lado. Y a pensar en repetir y repetir porque el tiempo es corto. Me miraba con una sonrisa agotada, los cuerpos desbaratados y sin aliento.
-¿Qué?-
-¡Qué invento el de Dios!- le dije.
Me miró preguntando con las cejas y con una media sonrisa.
-¡Cuál?-
-“Ésto. Lo que acabamos de hacer”
Se quedó en silencio para que yo siguiera hablando, como hace siempre.
-“Preguntame para qué Dios inventó esto!!”-
-“¿Para qué?”-
-¡Para hacernos olvidar que el tiempo es tan corto!-
Hoy que nuestros tiempos han recorrido un largo camino seguimos descubriendo uno del otro todas las otras claves del amor. Este que nos une en la historia, en los hijos y en los nietos. Y, si lo deseamos lo suficiente, cerramos los ojos y volvemos a la casa italiana, la escalera de mármol y las cortinas de gasa que se movían al viento.
¿En qué estoy pensando? Quiero contarles a los que ahora son jóvenes que no se necesita nada más que dos cuerpos y un gran amor.
Me apena que se les haga creer que el amor es el encuentro fortuito y rápido con alguien que apenas conocen, cuando el amor es un lento, deseable y apasionante conocimiento de otro cuerpo, que se hace a lo largo del tiempo de cada uno. Hasta que se siente y se conoce el olor del otro; como se mueven los músculos de su cara si goza, como llora cuando llega al final del amor, como se agradecen uno al otro lo que no pueden explicar.
Cada día aparece en la nueva forma del amor de ese día. No se cambian las personas, se cambia como se aman. El amor no es para acumular, juntar o reunir trofeos, el amor es embellecer, dar complemento, término o perfección a una cosa.
No quiero que esos jóvenes se crean que es solamente un encuentro físico con pretensiones de algo más, cuando, de verdad, el amor es más y más profundo, más y más placentero, más y más satisfactorio, más apasionado y necesario, cada vez que ocurre. Me enoja que les hagan creer que necesitan juguetes y estimulantes. Cuando sólo hacen falta dos cuerpos con muchos huecos y un gran amor.
Dios nos ha dado un tiempo muy corto, pero, cuando vio la soledad que podríamos haber padecido, inventó el amor para que por un instante, por un tiempo brevísimo, tuviéramos una parte de su propia eternidad. Tan breve es la nuestra que dura lo que el grito de placer entre dos cuerpos que se conocen bien.
No hace falta más que un gran amor y dos a vivirlo.
Doy fe.