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Hilachas que van tramando – Los dos soles

19 Sep

atardecer

El cielo y la tierra se juntan en el lugar mágico.  Vuelvo cada tanto, casi sin darme cuenta,  aquí  donde la  arena y el agua se meten una dentro de la otra.  La arena áspera, crujiente y olorosa y el agua moviéndose suavemente en un ir y venir de colores alilados que el cielo copia y cambia.  Un muelle avejentado medio cubierto de pajonal se cruza entre nosotros y el horizonte mientras una larga hilera de algas y restos que trae la marea se dibuja zigzagueando, marcando la zeta mágica de los pintores, casi sin pensarlo, de puro arte en la naturaleza.

El esplendor de los colores traspasa la luz y se cae sobre todo el paisaje.  Los dos soles, en un alarde prodigioso se van sumergiendo en el poniente.  La escena es para disfrutar en silencio y en la más absoluta quietud.  Nada parece ser mejor o más bello que lo que estoy viviendo.  Me parece ver la silueta dibujada de una niña y su padre esperando el crepitar del sol cuando el agua apagara su fuego.   Juro que lo escuché entonces, de la mano de mi padre, juro que creía que aquello se repetía cada atardecer y me preguntaba quién volvía a encenderlo a la mañana.  Lo creo.  Sigo oyendo ese silencio complejo, susurrante y magnífico.

Los soles se han alineado de tal manera que no sabemos o no queremos saber cuál es el verdadero.

Como muchas veces en la vida, no sabemos qué es lo verdadero cuando amamos, de dónde salió el amor que nos parte por la mitad.  Cuando somos jóvenes somos bellos pero en ese tiempo, justamente en ese tiempo, no sabemos qué es la juventud.  Ni hasta dónde llegaremos con nuestro heroísmo cuando sea necesario.   Ni por qué la vida se fue cruzando y entrecruzando para que lleguemos a este momento.  A veces ni sabemos si hemos sido valiosos, y otras veces si alguien nos conoce de verdad.

Nos confunden nuestras emociones.  Elegimos al azar, siempre es al azar, muchos caminos de la vida.  No sabemos y no queremos saber porque el peso de tal conocimiento sería inaguantable.

La vida está llena de misterios como los dos soles.  Según ellos se ocultan me lleno de recuerdos que se van alineando como la música que los convoca.  Desde siempre, desde el fondo de mi historia van apareciendo escenas que como siluetas desacompasadas se acomodan allí mismo en la arena áspera y fría.  Soy la niña que escucha apagar el sol.  Y la joven que no sabe qué tan joven es.  Y la mujer de todos los mundos posibles para quien la vida, como a todos, la sorprendió un día y la hizo moverse en todas las direcciones que no había elegido.  Que no quiero saber.  Y en otras que pudo elegir, como todos.  Como todos los seres humanos que somos iguales en nuestra pequeñez y en nuestra vulnerabilidad.

Con los dos soles desaparecen los trazos fuertes y, en cambio, se van sintiendo las cosas simples que son las que verdaderamente y sin duda podemos elegir.  Un helado de chocolate camino a casa.  El baile en la galería.  El beso y el abrazo.  El viento en el rostro en la Costanera.  Un perfume.  La piel brillante y el aliento dulce.  Los nervios de un encuentro.  El tren.  La música, siempre la música.  Las sandalias con el taco altísimo y la cabeza reclinada en un hombro que parecía el más fuerte del mundo.  Los exámenes.  La complicidad de los compañeros.  El único gol de mi vida.  El cansancio después de los partidos.  Las carcajadas.  ¡Nos reíamos a carcajadas casi todos los días!  El baile que hacía temblar a los mayores, bailando alrededor del reloj.  En la pantalla “Un verano para recordar” con los jóvenes suecos que se desnudaban.  El happening y la minifalda que paseábamos por todos lados con aire de que esto es lo más natural del mundo y yo tengo las mejores piernas que puedan mostrarse aunque nos aleteaba un susto que lo único que nos enseñaba era a estar por encima de las circunstancias.  La lluvia repicando.  El pan fresco y el café con leche en las madrugadas de estudiar y estudiar.

El tren repleto para ir al trabajo.  El cansancio.  Las poesías.  Las de los otros que nos parecían geniales y las nuestras que no podíamos mostrarle más que al amigo más amigo que en el fondo estaba enamorado de nosotras mientras nosotras suspirábamos por otro.  Las lágrimas porque no nos querían.  La carta de amor sobre la mesa de luz.  El llanto por un desencuentro y la música para consolarnos.  El tren a la distancia.  La flor en el pelo.

No sé y no quiero saber cuál de los dos soles es el verdadero porque lo único que existe es esta ilusión de la belleza que se lleva puesta el ocaso.

Sé que todo lo que he vivido en este instante no son recuerdos, es lo que de verdad estoy viviendo y reviviendo porque nada se fue de mí.  Yo soy la que era y así me gusta.  Nadie me lo contó, es mío.  Lo que ha pasado es que la imagen y el sonido de este atardecer se metieron en mi alma y revolviendo todo me convocaron todo lo que me ha pasado como si pasara ahora.  Soy aquella y ésta, la que seré y la que alguna vez no estará.  Pero nadie me lo contó, cuando convoco mis recuerdos todo está allí.  El paisaje bellísimo, los dos soles y yo.  Toda yo.

Mañana será como si no hubiera pasado nada.  Cada día a vivirlo como se pueda.  Pero yo pienso volver porque algún día, si tengo suerte, algún día me encuentro otra vez con los dos soles y me doy un paseo inolvidable por todo lo que he vivido.  Es necesario.  Vamos a decir  ¡Esto era todo. Y era tanto!  Gracias a Dios.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – Una mirada nueva

10 Mar

Hilachas que van Tramando

Una mirada nueva

Imagen 

El paisaje es rudo, solitario, lo llenan árboles semidesnudos que no se llevan bien entre ellos.  Cruzamos un arroyo correntoso caminando sobre un tronco que lo atraviesa de orilla a orilla, lo cual nos hace temblar y vuelve más atractiva nuestra aventura.  Pasados los arbustos espinosos que crecen en las laderas del zanjón, con sus hojas salpicadas de rojos y amarillos, empieza un suelo que nos engaña con su color verde brillante pero que flota sobre barro en el cual se nos hunden las zapatillas.  El verde es brillante y peligroso aunque sólo sea por empaparnos hasta los tobillos mientras nos reímos como si no nos importara.  Hay un árbol abatido casi seguro durante la última tormenta y debemos ayudar a los más chiquitos a pasar por encima porque los alrededores están muy anegados.

Todo era parte de una tarde de otoño durante la cual habíamos salido  a recorrer zonas apartadas.  Nada del paisaje se nos entregaba.  Nosotros habíamos salido a la caminata muy alegres, los niños cantaban y pronto todos nos sumamos al coro.  Descubríamos algún pájaro nuevo, los restos de un esqueleto de jabalí que se transformaba en un dinosaurio, fantasía alimentada con toda naturalidad por los mayores; árboles para saltar y para sortear.  Ninguno para trepar porque sentíamos una cierta hostilidad en el ambiente, tal vez porque no era una zona que habíamos visitado desde hacía mucho tiempo.  Nada del paisaje se hacía amigable.  Más bien distante y silencioso.  Le faltaba algo para ser una belleza bella.

Al fondo una sorpresa, un espacio muy grande sin árboles, con el mismo pasto pero sin barro, lleno de sol y tibio, y atrás, un poco más atrás, la pared rocosa de las sierras.  Una estructura vertical de colores grises y marrones, con pocos arbustos desparramados y agujeros de cuevas pequeñas que la montaña cobijaba y en algunos casos ocultaba con matas de arbustos que en otoño se tornaban de colores.  Sierras que nuestros hijos habían escalado desde que eran chicos y que siempre nos hacían sentir sobresaltados hasta que todos estaban de vuelta en la casa, cansados, hambrientos y exultantes, hablando a borbotones, interrumpiéndose unos a otros y acumulando recuerdos que se  irían haciendo más y más queridos con los años.

No regresé a ese lugar precisamente ahora, lo que pasó es que, buscando algo, cayeron desde un estante superior una buena cantidad de fotos, una de las cuales me llevó de vuelta a ese momento.

Sentada en el suelo me quedé mirando la escena y  todo cambió.  Me pareció que la imagen era mucho más soleada, que no había barro en el piso y que los árboles se sentían bien unos con otros.  Había desaparecido la hostilidad.  Atrás, las sierras reaparecían con toda su realidad, luminosas, reflejando la luz dorada del atardecer, sin sobresaltos, casi cálidas, casi como si entendieran.  Todo era igual en la foto pero todo era distinto en mi mirada.

Una mirada nueva para recordar, borrando en forma espontánea lo que me había dado miedo, lo que me había dolido o preocupado.  La foto se hacía más y más clara, más y más bella, más cercana.

Miramos según lo que nos pasa, según lo que tememos perder o lo que ansiamos tener.  Miramos cada vez de una manera distinta.  Ahora ha llegado el momento de remirar casi todas las escalas de la vida que va pasando y estoy tentada de ir borrando aquello que me excede, que me trabó alguna vez el ritmo acompasado de lo que yo quería para mí misma.  Como todos.

Puestos a mirar para atrás es que necesitamos una mirada nueva para cambiar un pasado en lo que nos pese, en lo que nos duele, en aquello en que somos prisioneros de algo o de alguien.  Una mirada en la que dejemos de ser rehenes de cosas que nos pasaron antes y que no podemos cambiar.  Una mirada nueva para perdonar y ser perdonados.  Para resaltar lo que fue bueno, en el fondo y en las formas.  También una mirada para fijar los detalles de nuestra vida que se nos habían pasado desapercibidos mientras la ocupación de vivir llenaba todos los huecos.

Es necesario reencontrar aquella sonrisa de alguien que hemos amado siempre, el gesto de la mano y también la luz que entraba por la ventana.  Volver a una juventud de todos los que éramos jóvenes y llenábamos el cuadro con tanta energía y tanta inconsciencia que hasta en las fotos todo  parecía moverse sin pausa y todo era ruido y sonidos.  Una mirada nueva que refresque las emociones, reviva los olores y los sabores  de toda la vida.

También esa mirada nueva para entender algunas cosas que nos pasaron, para saborear la ternura de aquellos que no habíamos sabido conocer, para reírnos de lo que valía la pena, para colorear con colores nuevos un pasado que sólo así puede ser presente.  Un pasado que convoque y al que no le temamos.

¡Hay tantas cosas qué debemos mirar de nuevo!

Con una consigna: solamente lo que nos hace bien, después de hacer los balances, pagar las deudas y olvidar los malos momentos, solamente mirar y recordar lo que nos hace bien, para que el mundo se reinstale armoniosamente.

Hasta los más jóvenes merecen tener una mirada nueva sobre lo que les pasa, para que no les pase porque les duele o para cementar lo que les está pasando si los hace felices y que  les dure para toda la vida.

Y una mirada infantil de ahora en adelante.  A propósito, entre una de las tantas reflexiones que me llegan de los más jóvenes de la familia rescato la última de uno de mis nietos, un varón de 8 años que le contó a su mamá que su amigo Matías se había ido a Chile cruzando la Cordillera en coche, pero “no manejaba él, manejaba el padre”.

Me sumo a tal mirada, todo es posible, desde cruzar la Cordillera manejando un coche cuando uno tiene 8 años, hasta descubrir  el color ambiguo de una rosa.  La vista del jardín cuando se abren los postigones bien temprano a la mañana, el pliegue de esa cortina que se balancea, la sonrisa de mi amigo, el tren a la distancia, un libro sobre la mesita y la esperanza luminosa del día que vamos a vivir.  Nuestras propias manos y los gestos de los otros.

Parar un momento y mirar.  Como si todo se tratara de mirar.

Mirar, mirar, elegir qué nos vamos a guardar de esas miradas, volver a la imagen, retocar, iluminar, integrarla a los buenos momentos.  Y dejarla ir con la seguridad de que vamos acopiando belleza y armonía que nos van a servir en los momentos en que la vida golpee sin piedad, que todos los tenemos.

Mirar en la oscuridad y llenarla de luz desde adentro.

Mirada nueva a los que amamos, al lugar en el que vivimos, al momento de la vida que nos está pasando mientras la vida sigue tan airosa para todos, nosotros y los otros y si perdemos esa mirada perdemos ese pedazo de ella.

Mirar con atención como mira un niño el camino de las hormigas en el jardín, con los ojos grandes del pequeño que da palmas en la canción que le cantamos y así posee el mundo hasta los confines.  Mirar sin separar pero olvidando.  Con anhelo de cosas nuevas, mirar como mira uno sin quedarse solamente en experiencias de los otros, mirar compartiendo lo que nos gusta, lo que nos hace reír, lo que nos sacude el ánimo hasta llenarnos de emociones.

Mirar esperando que todo sea posible, sin prejuicios, dispuestos a encantarnos y a sorprendernos con la naturalidad de los más chicos.  Todo puede pasar y todo lo que pase puede ser bueno.

Voy a enmarcar la foto en cuestión, para no olvidarme.   La quiero tener presente con el propósito de que vaya cambiando según mi mirada y sea una de las más bellas que he tenido. Como la vida.  Siempre es la misma para cada uno, pero a uno le pasan cosas que la hacen distinta.

Cuando el alma sienta alguna derrota me voy a ir a cruzar el arroyo haciendo equilibrio sobre un tronco atravesado, caminaré el pasto verde y sin barro, voy a llegar hasta la base de la sierra sin sentirme tan pequeña como soy y, en una de ésas, me atrevo a escalar para llegar arriba y descubrir el paisaje entero.  Y también voy a ir cuando me sienta muy feliz.  En una de ésas me atrevo, cambio la mirada y me hago nueva.  En una de ésas.

Primero la Justicia. Para todos. Para todos. Para todos.

Hilachas que van tramando – Relaciones son Consecuencias

24 Jul

Hilachas que van tramando

Relaciones son Consecuencias

                                                                      Imagen

Rojo como un tomate maduro, el sol se pone detrás del pajonal.  Y las pajas, arremolinadas y en suave movimiento se vuelven anaranjadas con el brillo que viene del reflejo del agua que las contiene.  Atrás el cielo comparte colores y la sensación es que el horizonte debe ser interminable y silencioso.  Algunos pájaros sobrevuelan pero no podemos mirarlos porque la luz nos encandila y solamente podemos oírlos cantar mientras van acallando el tono.  Un benteveo trasnochado sigue marcando un ritmo de melancolía que define a la tarde.  Las huellas de un carro terminan en el agua por lo que hemos deducido que hay tierra más allá.  Y más allá,  pero en todo el frente el pajonal ha hecho una barrera que no se puede pasar.  No importa,  nos quedamos en un montecito, en silencio para no perdernos nada de esto que pasa todos los días y siempre es diferente.  Por unos minutos sigue el sol bien rojo y el resto anaranjado.  Ver esto de la obra de Dios es un privilegio que a veces no reconocemos.

Como si me contagiara el texto de hoy será lento, muy alargado y cansino.  Hoy escribo para mí.   Hay algunas reflexiones que me están haciendo falta.

Como la compañía de mis lectores.

Aspectos de la vida condicionados por el pasado:

  • Todo transbordador espacial en la torre de lanzamiento tiene dos depósitos de combustible adosados al cohete principal.  Los ingenieros querían que fueran mayores pero se tenían que transportar por tren desde otro lugar del país hasta la base del lanzamiento.
  • La línea férrea entre la fábrica y Cabo Cañaveral cruza las Montañas Rocosas a través de un túnel que no permite el paso de depósitos de más tamaño.
  • ¿Por qué el túnel tiene esas dimensiones?  Porque el ancho de los túneles viene determinado por el ancho del tren y éste, a su vez, tiene relación directa con la separación de las vías.  La distancia estándar entre los rieles de la vía del tren en EEUU es aproximadamente de 4 pies, 8,5 pulgadas (1,4 mts).
  • ¿Por qué?  Porque los ferrocarriles norteamericanos se construyeron igual que los británicos por ingenieros ingleses que pensaron que era una buena idea ya que permitía usar locomotoras inglesas.
  • ¿Por qué los ingleses construyeron de esa forma?  Porque las primeras líneas de ferrocarril fueron diseñadas por los mismos ingenieros que construyeron los tranvías que ya utilizaban esta misma medida.
  • ¿Por qué esa distancia?  Porque los constructores de tranvías eran los mismos que anteriormente construían carros y utilizaron los mismos métodos y las mismas herramientas.
  • ¿Por qué los carros utilizaban este estándar?  Porque en toda Europa las huellas de los caminos de piedra ya estaban marcadas y cualquier otra medida hubiese causado la rotura de los ejes de los carros.
  • ¿Por qué los carros utilizaban ese estándar?  Porque en toda Europa las huellas de casi todos los caminos se remontaban a la época de los romanos y se hicieron para facilitar el desplazamiento de las legiones.
  • ¿Por qué los romanos adoptaron esta medida?  Porque los carros de guerra romanos estaban tirados por dos caballos.  Los caballos galopando uno al lado del otro debían tener la suficiente separación para no molestarse.  Con el fin de mejorar la estabilidad del carro, las ruedas no debían coincidir con las pisadas de los caballos y a la vez, no debían estar demasiado separadas para no causar accidentes cuando dos carros se cruzaran.
  • La separación entre los rieles del ferrocarril norteamericano (1,4 mts) viene determinada porque 2.200 años antes, en otro continente, los carros se habían construido en función de las dimensiones del anca de los caballos.
  • Una restricción en el diseño del medio de transporte más sofisticado del mundo, el transbordador espacial, viene determinada por el anca de un caballo.

Relación: Conexión, correspondencia, enlace entre dos cosas// Conexión, vínculo, trato, comunicación,  entre dos o más cosas o dos o más personas.

Consecuencia: Proposición que rigurosamente se deduce de otra u otras// Hecho o suceso que resulta de otro// Correspondencia lógica entre los actos de una persona y sus ideas o principios// Se entiende que una cosa se sigue o infiere de otra.

Así es en la vida.  Todo está relacionado, cada relación es una consecuencia y, a su vez, tiene una consecuencia.  Lo que es diferente es la importancia de cada relación.  La entidad de cada una.

Nos preguntamos hasta dónde podemos elegir las cosas que relacionamos.   Aquel encuentro.  Una discusión.  Un estado de ánimo que nos hizo tomar una decisión.  Doblar ésta u otra esquina.  Elegir un equipo de trabajo.  Una carrera, traer hijos al mundo.  Decidirnos por un barrio, un país, un viaje, una historia.

Si solamente estuviéramos conscientes de que lo que marca nuestra vida son las consecuencias,  las interminables consecuencias de cada relación que hemos establecido entre los hechos de nuestra vida, todo sería más fácil.

Deberíamos aprender a distinguir entre lo que resolverá el azar y lo que elegimos nosotros, y eso se aprende viviendo.  Arriesgando.  Acertando.

A distinguir entre lo importante y lo secundario. Entre lo inofensivo y lo determinante.  Entre lo que puede cambiar nuestra vida y la de los otros.

Lo que puede herir a nuestros semejantes o lo que nos dejará maltrechos y aquello que aportará felicidad a la vida de todos.

Pero no se puede con todo.  El límite es la espontaneidad que necesitamos para vivir, esa especie de candor que nos hace ciegos a toda especulación y nos permite, casi alegremente, ir decidiendo relaciones sin medir las consecuencias.

Entonces la sabiduría sería encontrar el debido equilibrio entre lo que se decide por emociones, valentía, esperanza y  voluntad;  y lo que hay que pensar, muy bien, pensar muy bien.  Y volver a pensar.

A veces remontamos el pasado, y encontramos que el hilo conductor de nuestros males o de nuestras alegrías es aquella primera decisión.  La que tomamos sin darnos cuenta o la que pensamos seriamente.  Nos acongoja lo que sucedió después o seguimos muy ufanos de nuestra elección.

El pasado no condiciona siempre el presente, no lo ordena siempre, pero…lo “viste”.  Mirar para atrás, unos minutos.  Conocer las primeras relaciones, aceptarlas, y dejarlas atrás cambiando lo que se quiera y pueda y abandonando lo que se quiera y pueda.

Casi siempre si investigamos en el pasado encontramos huellas de cómo solucionar cuestiones del presente.  Lo importante es no exagerar el tiempo de reflexión.  Pensamos en el pasado “un ratito”  para aprender y nada más.  Después nos vamos por el presente y el futuro.

Siempre podremos rescatar cosas buenas de nuestro pasado.  Siempre. S iempre.  Basta con elegir una actitud abarcadora de toda la vida y darle el valor que tiene.  Para seguir adelante con felicidad no hay otro camino.

Aprender para adelante.  Llenar los tanques de combustible que la vida nos permita y ganar los espacios que se extienden ante nosotros.

Las relaciones de las cosas tienen consecuencia.  Las relaciones son consecuencias.  Y nosotros, criaturas humanas, vulnerables, caóticas y con esperanza, trataremos de armar el tejido apretado de nuestras cosas, un día tras otro y tras otro.  Como si pudiéramos decidirlo.  Y, sí, podemos decidirlo, y es justo que podamos porque, al fin y al cabo es nuestra propia vida.

Una serie interminable de relaciones y consecuencias.  Nuestra propia vida.

El sol tomate se pierde entre los juncos naranjas, quedan pocos brillos en la tarde.  Mañana será otro día.  Por suerte de este nos quedará la belleza y el otro traerá la esperanza.  Nos vamos caminando por la huella.  La vida es maravillosa.

PRIMERO LA JUSTICIA.

PARA TODOS.  PARA TODOS.  PARA TODOS.